Menudos

Isabel Muñoz1

Mi cuerpo había comenzado a disminuir lentamente. Desperté completamente encogido, empequeñecido, aplastado e incompleto. Y sin embargo, entero. Lo moví a la derecha, lo levanté con la sujeción de la palma de mis manos, y la sospecha era una evidencia porque mis pies colgaban de la cama. Tras de mí, ella todavía aparecía dormida y bajo las sábanas. Un aire cobarde entraba por la ventana abierta y el murmullo ni disponía de valor para subir por las paredes. Volví a ella. Su posición hacía confusa su estatura. Sin dictamen, intuí que la disminución del ser humano se estaba produciendo como el deterioro de una fruta madura, después mascullé una inusual enfermedad y finalmente digerí mi muerte. La estupidez se acentuaba en mí como ciertos pronombres personales y deseché la paranoia como un cartón de leche vacío en el contenedor común. Elevé la voz, carraspeé y tosí, provocando un eco capaz de firmar sin pudor como la muerte en cualquier espacio en blanco. Bajo la almohada vibró el teléfono, pareció un delirio, fue certero, lo levanté, respondí, y entre aullidos, mamá, que padecía un vértigo nivel siete, decía que había llamado a los bomberos porque en un pis de madrugada se quedó dormida y era incapaz siquiera de echar un vistazo a la alfombrilla.

-Carla, creo que hoy no podré cortar las naranjas.

-¿Huelga de cuchillos? No importa, es domingo, es muy temprano. Duerme.

-La altura ha crecido.

-Tú solo apártalo del fuego, que odio el café con ese aroma a quemado.

-Tengo la sensación de que nuestro alrededor ha ganado en importancia. O que nosotros la estamos perdiendo.

-¿Nosotros?

-Y ellos.

-No hay nadie más aquí, cariño, duerme…

-Hablo de los objetos, hablo de nuestros cuerpos.

Carla se revolvió al fin hacia el centro de la cama y mantuvo la mirada cerrada. Ni siquiera sintió la ligereza en el movimiento, sólo buscó con sus dedos mi pene arrugado bajo los calzoncillos. No halló diferencia temporal en el recorrido, tampoco hubo distinta medida en su mano. Los dos continuábamos en idéntica proporción. Tal vez era el entorno lo que había crecido. Cuando sus ojos hinchados pestañearon y me vieron, fue la grandiosidad del televisor tras mi cabeza lo que le hizo dar un pequeño salto sobre sí misma. Oí sus palabras enmudecidas en aquel labio mordido, escalonado y sobrio sobre su huesuda barbilla, pero en aquella inhóspita escena, no supe identificar la clase de miedo que nos vigilaba.

.

La visión de un beso adulzoraba cualquier instante. Oí sin azúcar, y los chicles huyeron sin aliento escaleras arriba. Gateé círculos interminables en un ascenso exhausto. Yo tenía mis pies entre sus labios mientras el aire respiraba pausado por la nariz, y por primera vez, al levantar la mirada, no vi el horizonte. Era mi vista, que al igual que mi cuerpo, había empequeñecido. Todo lo que vagaba quieto en mi entorno era una densa niebla sin fin ni principio. Busqué las esquinas, busqué los bordes, los acantilados, moví agitadamente los brazos, pero hubo una idea y recordé que, pese a su aparente gordura y densidad, las nubes atraviesan siempre la yema de los dedos. Mi cerebro buscó la humedad y el frío, pero no sentí cómo merodeaba el vaho a mi alrededor. Busqué mis pies sobre los labios y también habían desaparecido. O estaban ahí porque continuaba de pie y tal vez no los alcanzaba a ver. Observé. Vi la dificultad de tal acción en aquel instante idéntico o monótono. Carla dormía, su  boca permanecía sellada, un sobre desnudo lloraba sobre la mesilla de la habitación, y yo, estable y paciente, esperé que el temporal pasara. No lo hizo. Porque mi cuerpo cayó en un bostezo y el aliento me engulló.

.

-¿Duermes?

-Sueño -respondí.

-Estás empapado -dijo Carla.

-Dicen que la fiebre estira los huesos…

-Ya no hay espacio bajo tu piel.

-¿Qué soñabas?

-Que me comías.

.

Era culpa del sueño, en exceso, de la pereza con sobrepeso tumbada en el sofá con un paquete de patas fritas engrasándonos los dedos, de la mañana con evidencia, de la inercia empujándonos con suma facilidad hacia el día siguiente, la semana, el mes, el año, toda una vida. Era culpa de lo inadvertido; nosotros mismos. Ninguno prestábamos atención, y por ende, estábamos envueltos en cualquier evasión. El ego sometiéndonos al egoísmo. Así, con todo, nuestra presencia era inútil y crecía el número de ciegos alrededor con el don de mirar. Era culpa, por primera vez, propia, sin un fleco suelto con la etiqueta de excusa a la que poder aferrarse. Culpables inapelables por ensalzar los objetos hasta valores incalculables. Era mi sentencia, y en la consciencia, Carla escuchaba aquellas palabras que recitaba en voz alta, y no obtuve de ella un mínimo gesto que amenazara la interrupción. 

El cuerpo no me abandonaba, pensé, perdía importancia. Si bien, bajo aquellos inocuos pensamientos, él aún era él. Detuve el gigante bolígrafo entre mis dedos, liberé el dolor y decidí dejarle caer. El punto que había intentado iniciar no había logrado ser una línea. Retumbó sobre la alfombra y quedó muerto tras rodar un giro y escaso medio. Volví a examinar la altura de la cama, el teléfono tembló sobre la almohada y apresurado gateé despacio hasta él. 

-Cocino subida a una escalera. Tienes que venir, papá observa la quietud del sol en la esquina de la ventana, se quedará ciego, y pregunta por ti cada hora. 

-Ya no conducen coches, mamá. 

-Coge un autobús. 

-Ningún tipo de vehículo.

-Papá duerme en el suelo, sobre la madera, y se ahoga con tanta tela de pijama, y además, tiene miedo a su propio desnudo, así que entenderás, hijo, que el testarudo no se ducha… 

-Nosotros no hemos bajado de la cama…

-¿Habéis llamado al trabajo? Debéis pelar la fruta, hay bacterias, dicen que la fruta, la fruta, sí, la fruta, ya no crece al aire libre, la ponen en plásticos, es la fruta, la fruta, hijo, ¿peláis la fruta?

-No comemos…

-¿Qué?

-No podemos bajar de la cama.

-Habladurías. Llama a los bomberos… -Hizo una pausa y pidió a papa que quitara la música- Siempre escucha el mismo disco, tan alto… el mismo, las mismas canciones, ¿Tú sabes por qué? Da igual, llamaré yo a los bomberos por ti. ¿Sabes cómo me bajaron de la taza del váter?

-Ni siquiera sé cómo subes a una escalera, mamá. Ni siquiera lo puedo imaginar…

-La fruta, lo dice la tele…

-Quizá debamos dormir menos.

.

La mañana cuarta, el reloj ensordecía con un tic tac aparentemente más lento al resultar más pesado cada uno de sus componentes. Aquella circunferencia monumental clavada a la pared absorbía el silencio como una buena esponja el agua. Continuábamos sumidos en una calma habitual, tumbados sobre menos de la mitad de la cama, hambrientos, asustados e impotentes, y ni ella ni yo queríamos abandonar aquel espacio. Nos obcecaba que, si el origen provenía del sueño, el desenlace tendría idéntica ubicación. Aquella frase había emergido sin matices ni fisuras en su estreno, pero ahora la veía arrinconada y carcomida como un tabla rota y sin uso. Dormir nos destruía. Nos enrojecía los ojos, nos hinchaba los párpados, nos debilitaba el pelo, que caía mudo sobre las sábanas, y disminuía la distancia entre nuestros pies y cabeza.

-Pensaremos del revés.

-O caminaremos con la cabeza.

-Ojalá pudiéramos preparar café.

-¿Has imaginado una taza entre tus manos? -Sugerí.

Carla movió sus dedos y valoró la fuerza que podía quedar en ellos. Después los enterró bajo la pesadez de la almohada. 

-¿Cómo muere la sed? -Preguntó rascándose con el pulgar el árido paladar.

-¿Y cómo se llaman las personas con visión selectiva?

-Quieres decir los que no pueden ver de lejos, o de cerca…

-Quiero decir los que sólo ven cerca de uno mismo porque no quieren ver lejos de…

-¿Narcisismo?

-Es un gran motivo para ser menudos.

No nos oímos respirar, tampoco nos vimos mirar, ninguno quiso hablar más. El aire incluso aparentaba con arrogancia una mayor inmensidad, e ignorar su invisibilidad comenzaba a ser altamente molesto. Aplastaba sobre los dos. La única conversación que necesitábamos era la observación del uno al otro como dos especies distintas y desconocidas enfrentadas al primer encuentro. Lo hacíamos entre las sombras, tapados, protegidos por aquel techo de nuestra habitación ahora interminable. Aquella piel que tanto nos había incordiado al hacernos el amor era reconocible, y sin embargo, una extraña, como si de pronto un tiempo excesivo se hubiera aposentado entre ella y yo. E inexplicablemente, éramos todavía la pareja que decidió poner rumbo a un largo viaje con una única maleta temblando entre las piernas mientras volvía a sonar por quinta vez el ritmo incisivo y acelerado de una misma canción. ‘…And when I get low, oh, I get high…’ 

.

El quinto no amaneció como solía, y vino a mí la imagen de un botellín de cerveza vacío y decolorado junto a una tubería de desagüe de una calle. Aún así, el día era de día, la luz evidenciaba la habitación y el aire continuaba sus libres idas y venidas. Carla tenía enganchados sus dedos al excesivo tamaño de mis calzoncillos. Hablaba, le respondía, replicaba, le insistía, continuaba, nos interrumpíamos y callábamos. A veces perdía el tiempo sumiso en los detalles, que aun gigantescos, no podía negar que se hubieran miniaturizado. Pensé en el sol, en la luna, o en un avión que yo simulaba mover por el cielo con el sutil espacio que dejaba entre dos de mis dedos. El objeto visto desde la distancia, y nosotros habíamos perdido cualquier mínimo poder real que nos quedara sobre la apreciación.

-¿Es tu creencia? 

-Creer es inútil, es mi afirmación…

-¡Guau!

-¿Asombro o perro? -Me deshice de una arruga entre los pies y cogí con fuerza su mano, desenganchándola así de mis calzoncillos- El ser humano siempre tuvo una perspectiva, y de pronto, la perspectiva decide observarnos. Y los dos aquí, cariño, somos los mismos si no fuera por el entorno que tan lentamente nos devora. No hay virus, es una circunstancia vital e inevitable.

-¿No éramos nosotros los que comíamos, los que respirábamos, los que veíamos? 

-Carla, yo estoy hambriento y veo salchichas gigantes, pero incompletas porque no caben en tan poco espacio.

-El hambre es otro pensamiento y acabará desapareciendo. ¿No crees?

-Afirmo. -La respuesta tembló, y mi voz estuvo enredada durante dos segundos en la primera sílaba, e incluso temí que se quedara atrapada como una rueda en el barro. 

-¿Bajamos de la cama?

-Ni siquiera me reconozco, me avergüenzo, me empequeñezco más si cabe ante tus ojos, y tal vez me impacienta el proceso…

-No dudes. Para mí siempre fuiste el hombre perfecto.

-¿Lo fui?

Cuando volví a observar su figura, había lágrimas encharcando su ombligo. Después, sin aviso, dormía. Su posición en espiral lo insinuaba. Pensé que teníamos ante nosotros una enorme mentira. Era constante. Una evolución sin devolución. Despierto, no descubrí nada cierto. Volví a nosotros dos, vivos como dos hilos deshilachados entre la inmensidad de las sábanas. Dormido, sus labios volvieron a difícilmente sostenerme de pie en un espacio imaginario. Ella descomunalmente inadaptable al entorno, yo inexistente, y al mismo tiempo, no era así porque todo en ella era ella y todo en mí era yo. Respiró y me comió.

.

-¿Por qué no duele? -Preguntó Carla.

-Tampoco le duele a una mosca ser una mosca.

-Hay un cambio, cariño. Debe haber dolor. Nuestros órganos, los huesos, los ligamentos, la piel el cerebro… ¡Los dientes!

-No creo que sea la muerte.

-Es miércoles.

-Sí, sin duda un mal día para la muerte -. Empujé su cuerpo hacia mí y la cabeza cayó sobre mi pecho-. Ya no oigo ruido en las calles.

-Han cambiado los sonidos.

-Y la voz.

-Jamás volveremos a escuchar una canción.

-Mamá no ha vuelto a llamar…

-Ni tomaremos zumo de naranja.

La altura comenzaba a ser imposible. Una medida inaceptable. Mis pies estaban tan cerca de mi cabeza que era evidente la pérdida de proporción de mi cuerpo. Intentaba palpar el latido de mi corazón y, débil, lo hallaba arrinconado cerca del cuello. Carla no soltaba mis intuitivos dedos y yo deseaba que no lo hiciera.

-No noto las uñas.

-Ni hay líneas de la vida.

La palma de mi mano, abierta, en el aire, carecía de forma exacta ante mis ojos. Un palmo no era un palmo. Descompuesta, la silueta de los cinco dedos aún existía, pero era como el vago recuerdo de un dibujo de tiza en el asfalto desdibujado por la lluvia.

La cama era un punto inexacto en el desierto sin señalización, sin un atisbo de cualquiera de los bordes. Había un cabello enorme, quieto, pesado, largo y ondulado. Desde mi posición era incapaz de ver con nitidez el sillín de la bicicleta que descansaba junto al armario. La ceguera narcisista me estrangulaba. Chillé mudo, mirar más allá, pero incluso de pie sobre el colchón era incapaz de hallar un final a la cama. Una arruga se elevaba monumental a dos kilómetros. La frase parecía no tener espacio en mi cabeza, pero de alguna manera existió.

-Nunca sueltes mi mano. -Insistió Carla apretando con fuerza.

-Siéntate.

-¿Soy un perro?

-Lo fuiste el martes.

-Sumiso e irrepetible.

-Hoy ni las pezuñas. -Sonrió.

-El humor es cobardía.

-Eres un insecto -declaró-. ¿Una mosca, decías? El humor, el amor, el sudor es un claro síntoma de miedo. Que no saltes de la cama e intentes preparar un buen desayuno también lo es.

-Podría volar…

-O podría llevarte el viento si soplara en tu camino.

Había una mueca imposible de imitar en aquel labio mordido. Los labios que me comían. Ella volvió apretar con fuerza mi mano. Incapaz desde hace días de verme la cabeza en el ovalado espejo de la pared, ni la sombra, me adivinaba mirándole a ella. Pronto, al dormir, todo desaparecería.

.

En lo alto, la altura reía con una pipa humeante de madera entre los dientes, señalando con un dedo mientras decenas de pétalos negros de enormes flores caían sobre mí. Reían también. La niebla pasó con alboroto y me miraba con la densidad que solía, ya acomodada en la ventana que rompía en dos la pared de nuestra sobria habitación. Quieta, muda y escandalosa, me incomodaba su presencia haciendo de la realidad mi confusión. El aire continuaba en todas partes sin una medida exacta. Los pétalos se volvieron ásperas hojas de otoño, y al intentar apartarlas de mí, se rompieron como copos de nieve. Hubo un ronquido ensordecedor como el timbre de un teléfono, y entonces, decenas de plumas muertas aparecieron sentadas sobre el mismo taburete cojo, asustado, mojado, mareado, hundido e incomprensiblemente quieto. Alguien mencionó como se produjo el roto en el cojín. El timbre regresó. Temblaba bajo el bolsillo del pantalón. La nieve cubría mi escaso cuerpo desnudo y el término diminutivo era el final de un río en un acantilado donde trece dedos de tres manos hundían bajo el agua mi cabeza. Desperecé mi cuerpo, lo agité en busca de mí, y cuando hube respirado, lo consciente aún avanzaba sin equilibrio. Me miré a mi mismo, pero la nieve se derretía lentamente, como miel espesa que cae por el borde de un vaso. Había aprendido a bailar descalzo sobre una baldosa de hielo. No había razón para enredarse en aquel vago entretenimiento, sin embargo, no podía parar de repetir el movimiento. Era una hora vacía, inhóspita y estrecha en algún imposible lugar en mi cerebro. Me veía, pero ya no sabía qué era exterior o interior.

.

-Sólo dime adiós. 

-¿Con un beso?

-Y sentimiento.

-Es miércoles otra vez, no puede ser la muerte.

-Te volveré a comer en sueños.

-Y matarás el apetito.

-Y seré culpable.

-¿Crees que el amor también empequeñece?

-No. Sólo se deteriora.

-Adiós, Carla.

.

Arena. Una mosca chocaba en ningún cristal sin más propósito que un nuevo intento. O nada. Aún permanecía vivo porque un pensamiento tras otro me empujaba a continuar siendo un ser vivo. Nadie. Tenía la certeza de que el narcisismo yacía como un cadáver descompuesto, irreconocible, nauseabundo e insoportable. Respiración. Carla era la esencia en algún punto inexacto, donde sus sueños sujetaban el cuchillo y cortaba cuatro naranjas. Mamá despertó sobre un cáscara de fruta cuando dos bomberos la llevaron hasta la escalera donde cocinaba, papá, sin rastro del sol, ya oía la misma canción porque ya no sonaba, yo, desaparecido, pensaba pensamientos sin la utilidad deseada, y el planeta bailaba en círculos a idéntico ritmo sin el cansancio de un peso. Todas las verdades eran inciertas y cualquier movimiento era un trazo invisible o desdibujado, y en cambio, existente.

Fotografía: Isabel Muñoz

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