Introspección

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Mi vida es una penetración. Es constante, es una mentira, es un centrifugado, ruidoso, molesto, efectivo, es un minuto escaso en el microondas para evitar la explosión de la leche en la ventanilla distorsionada y el horrendo olor a goma quemada, es un día de lluvia sobre la tierra desorganizada; sucia, es el viento crujiendo una rama que rompe de un corte la mejilla de un adolescente, y es mi corazón quieto por un único segundo, como el éxito efímero en aquella puerta que tus dedos un día sostuvieron entreabierta.  El éxito es un rotulador rojo.

La penetración es una frase incrédula que queda en el crédulo viaje de ida y vuelta en cualquier habitación rural lejos de la algarabía. La algarabía es la suela de un zapato manejada por una simple idea, basada por una mera emoción. La ira es un pecado contenido. La gente yendo y viniendo, entrando y saliendo, viéndose y olvidándose. La gente en ambos sentidos, infiltrándose entre la gente, apareciendo y desapareciendo. Y entre la gente, mi vida, insulsa, incomprensible e incomprendida, estéril y etérea.  Caigo como la invisible gota de agua entre la lluvia que desaparece confundiéndose en un charco. Y por alguna nimia estupidez, insiste la necesidad de notoriedad, pero ya soy idéntico al resto del mundo. Sin embargo, me aferro a cualquier pedestal, y al pisar, la caja de cartón vacía, y hundo mis pies en el barro. Mi cuerpo, mi pene, mi cabeza, mi persona convertida en más gente. La gente convertida en mí mismo.

Mi nombre es una palabra irreconocible. La edad continúa incompleta y el estado de ánimo insatisfecho. Están sintonizando una emisora de radio mientras avanzo lento por una adicción incontrolable que aún no ha tomado dirección. Penetro. Penetro mis dedos, los tuyos, los suyos, los ajenos, penetro una esponja, penetro tu cuerpo, el mío, el suyo, el de otro, otro, y otro, y otra, penetro un melón, dos almohadas, una sandía, un cojín, tu boca, la mía, penetro el retrete, un árbol, dos donuts, mis calzoncillos rotos y bragas amarillas. Mi vida es una penetración. Penetro y no he leído la señal, tampoco he abierto ni cerrado la puerta. Mi vida es un desorden mental ordenado meramente por la apariencia. El equilibrio de mi vida es una erección. Me siento, y alrededor, en un corro sin final, trece rostros distintos imitando ser yo. En esta interminable adicción, no encuentro el fondo.

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-¿Penetrarías a alguien ahora mismo?

-Una silla.

-Hablamos de algo, hablamos de alguien. ¿Cuál?

-Cualquiera.

-¿Por qué?

-No siento interés por las elecciones. La similitud es tan intranscendente como la diferencia.

-Tal vez es síntoma de apatía. Elige.

-Aquella. -Señalé.

-¿Motivo?

-Es la única que está vacía.

-¿Hay algo que no hayas penetrado?

-El corazón.

-¿Metafóricamente?

-Literalmente.

Su última reflexión ante mi respuesta parece haber sido más intensa y le obliga a desdoblar las piernas. Los dedos de sus largas manos han salido del enchufe para agarrar dos cables pelados de alta tensión. Se aferra a ellos, como si el dolor salvara a la humanidad. El hombre es un hombre, viste una corbata en la que puede verse la etiqueta, la marca, no el precio, cuelga sobre el respaldo de su silla la americana, parece más alto, y a la altura de mis ojos hay un brillo inusual y provocado; son sus zapatos. Mira alrededor y después vuelve con un movimiento lento hacia mi cuerpo sentado.

-¿Por qué has venido?

-El pan de la cocina se puso demasiado duro.

-¿Y?

-Salí a buscar pan fresco.

¿Y creíste que aquí lo encontrarías?

-Te he mentido.

-¿Por qué?

-No hay motivo, lo he hecho -respondo-. No compro el pan. Yo no compro el pan como ella para rellenar la soledad, yo no llevo el coche al taller y pienso en el olor a gasolina, no me doy duchas de agua fría para evitar la masturbación, no cocino para olvidar el consumo de drogas, no escucho música para alzar el ánimo o enterrarlo, no salgo a correr para ordenar los pensamientos y agotar la apatía, tampoco hablo por Internet para dar con otro ser vivo que sirva de nexo en el amor, yo no soy un hábito habitual, y estoy aquí sentado sin ningún motivo.

-¿Qué hay de los sí?

-Hago que todo mi deseo penetre dentro de mí.

-¿Por qué estás aquí?

-Acumulo un exceso dentro de mí, afuera hacía frío, he desdoblado sesenta y tres bragas amarillas que he esparcido única y exclusivamente por la cocina, no había nada en mis calcetines, no entendía el quemazón con forma de huevo en la alfombra del salón, y habéis escrito su nombre en el contestador automático.

Palpo en el pecho de mi camisa, verde y con pequeños globos de cumpleaños, todos y cada uno de ellos amarillos. Empujo mi silla hacia atrás levantando las dos patas delanteras escasos dos centímetros, mis ojos caen en la aparición de uno de los lazos de mis cordones negros escapando de debajo del pantalón, lo advierto, no dejo que vaya más allá de ser una curiosa circunstancia, así que no lo corrijo y extraigo una cajetilla azul, arrugada, doblada y rota con tan sólo tres cigarrillos. Ofrezco. Nadie responde.

-Sobrio, frío, nervioso y hambriento quise comerme una hamburguesa con queso y tomate, sin pepinillos, pero los hindúes también habían bajado la persiana. Han escrito la palabra felicidad con sprays de colores. Pensé en un café, vi un whisky, sentí tristeza por una bolsita de té encogiéndose en el agua hirviendo, apareció ella en mi cabeza cerrando la puerta mientras me amenazaba a mí mismo con un revólver, y la respuesta que buscáis es que me equivoqué en el número del portal.

-¿Y qué creías encontrar aquí?

-No creo en lo que iba a encontrar.

-¿Y ahora?

-Quiero dejar de ser lo que sois para poder dejar de ser yo mismo.

-¿Es posible?

-Sí.

-¿Cómo?

-Yo no soy capaz.

Enciendo el cigarrillo, levanto mi camisa y coloco sobre mi pierna izquierda el mismo revólver. Me apretaba la cadera bajo el cinturón y observo el relieve de la culata sobre mi piel. Nadie pestañea ante la amenaza, tampoco esquivan el humo. En aquel primer segundo, cuando la bocanada de aire enciende la nicotina y mi respiración emerge como una densa columna gris, imagino todas aquellas cabezas caminando despacio sin sus cuerpos. Sus ojos huyen y miran estupefactos la destreza de sus cuellos. Cabezas bailando alrededor de una penetración, cabezas buscando su inyección adecuada, cabezas lamiendo penes flácidos, oliendo pegamento escolar, mordiendo pastillas insostenibles entre los dedos, bebiendo botellas ya vacías, disparando a su propia sien sin una pizca suficiente de valentía ni efectividad. Y allí, aquella imagen a mi alrededor también soy yo. Detrás de mi cigarrillo, en aquel silencio cómodo y contemplativo, asalta la figura de un forense examinando cualquier cadáver. Vuelvo a no ser yo. Veo un ser humano confuso con sangre entre los dedos, la mira como a un objeto extraño y desconocido y la borra apresurada en los bolsillos traseros de sus pantalones. Nosotros mismos. Las cabezas regresan cabizbajas en orden, y escogen cuello con acierto. Abro los ojos y dejo escapar una sonrisa corta bajo los labios que cubren mi barba. Apenas han transcurrido quince minutos en aquella habitación y nada ha sucedido.

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Soy un niño. Las dos piernas saltan e intentan entrar al mismo tiempo, pero caen y me sujeta el culo cuando caigo al suelo. La abuela hunde el cuchillo en el bizcocho y niega con la cabeza. Idéntico gesto haría dos meses después cuando papá terminó la botella y la caja de madera que había debajo de la cama. Desde el suelo, con los pantalones rojos en los tobillos, yo pataleo, me enzarzo, tiemblo, y en ese inquieto minuto he logrado desnudar mis piernas. Arrugados, acobardados, enmarañados, incluso irreconocibles, están junto a una larga lámpara de pie apagada. Cobijados.

A mamá le gusta sacar punta a los lapiceros. En vertical, negros y amarillos, media docena forma un corro en un cesto pequeño de mimbre sobre una mesa de cristal. Olvido los pantalones, gateo con diligencia y observo la similitud entre ellos. No distingo una sola punta más afilada que otra. O quizá, siendo un niño, carezco de la percepción de los detalles. En cambio, sí dispongo del deseo del tacto. El lapicero es ligero, suave y áspero, contradictorio, y al mismo tiempo, honesto. Es enorme entre mis dedos. Balancea como una vara en desequilibrio que evidentemente caerá. Es la primera vez que me despreocupa lo que sucede alrededor. El lapicero cobra la vida justa, no respira, ni siquiera observa, me mira y engulle. Nada más es necesario. Lo chupo, lo aprieto con los labios, lo muerdo y el dolor me satisface. El paladar se enrarece. Lo extraigo, lo miro y me mira. Lo coloco sobre el labio superior y lentamente él asciende hacia el orificio derecho de mi nariz. Ni siquiera he de alzar los dedos o empujar. Sube. Su inserción cosquillea, estriñe mis ojos, y al final, donde el minúsculo espacio une el conducto de la fosa nasal con la garganta, es mi mano derecha la que me hiere. Insiste y ya ha escondido cerca de la mitad del lapicero negro y amarillo. Duele como estremece el chasquido de una rama. Después, asustada, la nariz mea sobre mis labios. El lapicero ha desaparecido y mis dos manos, cómplices y testigos, están ensangrentadas.

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Los techos son altos, incluso diría soberbios, las ventanas oscuras, lo que evidencia una contradicción funcional. Hay arena en la alfombra de felpa que cubre el círculo porque cruje el suelo cuando rasco la punta de mis zapatillas a un lado y otro. En la esquina de la habitación, detrás de la puerta abierta, junto a una pizarra negra en desuso, descubro una mesa rectangular con un mantel de papel arrugado, manchado, mal doblado, donde uno mismo puede servirse bolsitas de té negro, verde, manzanilla o alguna infusión laxante. En un recipiente de metal se amontonan sin orden un puñado de azucarillos, blancos, oscuros y rosados. En un termo, agua caliente, en otro termo, café y en cuatro jarras de cristal, leche, zumo de naranja y piña, y agua. Seis hombres ocupan mi lado izquierdo, de manera incongruente, el creativo, tres mujeres mi lado derecho, tres hombres y una mujer continúan delante de mí. Sólo he oído una voz y enciendo un segundo cigarrillo.

-¿Por qué habéis tomado asiento? -Pregunto mientras escondo la cajetilla en el bolsillo de la camisa.

-Porque compartimos un mismo deseo.

-Siempre hay un nexo de unión entre un violinista y su director, pero jamás un mismo deseo. Quizá puedo oír alguna de sus voces…

El peso de sus narices les impide levantar los ojos y pienso que ojalá huyeran con el pánico a sus espaldas sin alzar la mirada y chocaran su miedo contra el marco de una puerta, o equivocaran la huída, rompieran el cristal y cayeran por la ventana. Nadie corre, tampoco habla, nadie respira, nada sucede, y por un instante dudo que estoy aquí.

-Sienten miedo escénico.

-¡Ja! Moriremos ante manos de desconocidos. ¿Por qué desaprovechamos estar vivos? Desnudémonos. ¡Hagámoslo! Follémonos, mordisqueémonos, comámonos, metámonos y matémonos, olvidemos lo que hemos de ser y seamos lo que realmente somos y queremos ser. Observemos sin filtro el interior de nuestros propios actos o estados de ánimo o de conciencia. Literal. Hagamos sin motivo, únicamente instinto. Seamos, y al serlo sé que seremos consecuentes, evidentes, sinceros, honestos…

-¿Introspección?

-Penetración. -Apago el cigarrillo en la alfombra y tomo el revólver- Todo lo que sale entra mejor.

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Nadie alrededor. La cocaína fría ha salido del bolsillo de mi pantalón. Puede observarme, olerme, amarme y, al desabrochar el cinturón de plástico, me anudan los testículos y veo mi cuerpo desnudo convertido en un croissant durmiendo en los cómodos labios mojados de una vagina. Hay restos de alcohol bailando en la punta de mi lengua y palabras embarradas desgastando mi voz. No entiendo porqué. Esta vez me inquieta el movimiento que no gobierno. Me orino, aprieto, me aguanto, escapa orín, me muerdo los dientes, chasqueo las rodillas, tiemblan, crujo los dedos, me desmayo, pero no es mi cuerpo, tan sólo el aire que quedaba dentro de mí. Lo veo derrumbado en el suelo, preso, ebrio de asfixia, y sonrío. No sé quién soy, me conozco, tampoco quiénes son, sé sus nombres, no sé dónde estoy y conozco el lugar.

-En ocasiones quisiera ser la piel de un plátano y matar pasos descuidados.

-¿De qué coño estás hablando?

-De la vida.

-¿Ser una cáscara de plátano es vida?

-La casualidad lo es.

-¿Quién está hablando?

-Nosotros.

Mi nosotros ha sonado tres veces y en ninguna ha mejorado la nitidez. Él junto a él y junto a mí, los tres somos media luna en la oscuridad. En la repisa de metal respiran con fuerza cada uno de nuestros nombres maldecidos. Ni siquiera es la primera vez. Voy a adentrarme en una bañera de hielo y los nervios han comprado un billete demasiado caro para una exclusiva primera fila. Mis dedos tienen las uñas sucias, lamentamos no poder atenderle, primer y segundo apellido, una y siete de la madrugada de un uno de enero, y la palma de su mano sirve el dinero en un pasillo oscuro con principio y fin. Pienso en los lápices afilados de mamá y en el doctor poniendo alcohol en un algodón para taponar la hemorragia. Aún nadie, y el mundo alrededor.

-¿Algún consejo?

-No soples antes de aspirar.

-¿Duele?

-Pica.

-¿Y después?

-Duerme.

Rápido. La vida es una escena veloz que tan sólo la muerte parece querer contemplar, y de ahí la pereza de los recuerdos. La cocaína penetra espesa, torpe, desorientada, y necesita de ayuda. La cocaína se atasca, se aferra a los poros de la piel, pellizca, y al aspirar con fuerza escala como si el viento empujara un trozo de papel en el suelo. Y al final, cae. Y el final nunca sabe poner punto y final y lo hace seguido. Una vez más.

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La penetración de mis ojos en uno y cada uno de los trece desconocidos que están sentados en aquella reunión hubiera dejado de ser anónima en el instante que uno y cada uno de nosotros hubiéramos estirado las rodillas escupiendo nuestra mierda en un plato frío y roto. Les intimida el arma. Leo sus nombres escritos en un papel bajo uno de los hombros. Recoger cada una de las palabras de cada uno de los allí presentes esconden entre las manos me hubiera ayudado a conocerme a mí mismo. Un charco me ahoga y desconozco cómo vuelvo a salir a flote. Han manchado sus manos de mierda y no logran respirar con claridad con cada uno de los pensamientos que han pululado en voz alta y descontrolados lejos de mi cabeza. Hechos.

El hombre que gobierna de corbata planchada se pone de pie y recorre con lentitud el círculo trazando con precisión una línea ovalada que cerca la distancia entre él y yo. Es alto, de piernas delgadas, pudieran ser interminables si no las movieran sus caderas. Su rostro es aplastado, como mi cuerpo bajo decenas de lapiceros. Es muy delgado, incipiente, pálido, y de gesto arrugado en los hoyuelos. Por algún motivo, aquellos ojos pequeños hila la posición de mi libre mano derecha en un constante ejercicio de desconfianza.

Oigo las sillas crujir bajo sus nalgas. Oigo sus voces imitando voces peleando en sus cabezas. Oigo mis voces multiplicándose y gritando al unísono las mismas palabras. Oigo mis dedos masturbándose esta mañana de pie ante el lavabo, oigo mi chillido artificial ante el descontrol de la eyaculación mientras mis dedos sujetan el cepillo cubierto de pasta de dientes. Y mis dedos desenroscando papel higiénico, y mis dedos hundiendo los diez números de un mismo teléfono, y mis dedos con las llaves temblando, y mis dedos hambrientos, y mis dedos acariciando un gatillo que sólo aprieto con las siete balas en el cenicero. Cuando suena el silencio, y un soplo choca en mi piel, despierto. Mi cuerpo está frío y meado.

La corbata larga vuelve a tomar asiento. Alza sus extremidades superiores y me enseña las palmas de la mano.

-¿Puedo decirte algo?

-Si lo piensa, sí.

-Has tomado la silla equivocada. Matar aquí no te dará el éxito ni la respuesta que buscas.

-¿Por qué? ¿Hablamos de dificultad o de atractivo?

-La dificultad es un atractivo, pero yo te hablo de seres vivos.

-Nos equivocamos al definir planta como ser vivo.

-¿Y cómo les definirías?

-Morimos cuando dejamos nuestras adiciones porque dejamos de ser nosotros mismos.

.

Después de ella.

Cayó la ceniza sobre su espalda cuando unté mis dedos en la copa de vino y humedecí aquellas gotas oscuras en la dulce cobardía de su ano, minúsculo, impenetrable, seco, oscuro, cobarde, quejica e incompatible conmigo mismo.

Sin ella he comprado mil bragas amarillas de diseños distintos para mujeres aparentemente iguales. Al desnudarlas, todas son distintas, todas miran distinto, todas, huelen, hablan y escuchan diferente, todas satisfacen mis insatisfacciones sin éxito, y sin embargo, todas imitan lo mismo, inevitablemente por caminos que jamás antes había conocido. Ellas también son yo mismo.

Su respiración caía como una esponja de plomo sobre la almohada, y mi vértigo ya resbalaba veloz por la espalda hasta estrellarse en la rigidez de su cuello. El tabaco se asentaba en mis pulmones como un peso que arruga un globo de agua. No sostendría el tiempo necesario la erección, la deslicé entre sus piernas, danzó en el aire, sentí frío, y el contacto con el vello erizó su espina dorsal.

He asumido mis actos como míos. Me penetro, no respiro, duele el corazón herido, y continúo sumiso a una espiral interminable que de alguna manera aún me permite continuar con vida y total impunidad. Nadie castiga lo inmoral y abofeteo a mujeres sin nombre cuando no terminan el desayuno. Cada vez hay más altura entre mis ojos y el suelo, y con la edad esquivo mejor a los desconocidos. Padezco un vértigo terminal y no miro abajo porque prefiero ser cigarro que cenicero. Entonces bebo, bebo, bebo, pongo hielo, escupo, lleno el vaso, no saboreo, bebo, ingiero, digiero, no invito, estrangulo el cuello hasta que todas las distancias noto que han muerto, sueño ser un pene incapaz de adentrarme en ningún lugar, y en tal escenario, desquiciado, me aterro.

Vomité con delicadeza un leve soplido en la oreja que quedó al descubierto entre su pelo. La piel nerviosa absorbió el vino, vi una gota muerta en las sábanas, el ano engulló el resto, repetí, mis dedos rojos humedecieron, y con el mismo resultado, desenmascaré la ira, volqué la copa entre sus nalgas, chocó, se rompió, hubo sangre, lancé los añicos, escupí el cigarrillo, hundí los dedos de mis manos sujetándolos a los huesos de sus caderas, empujé, apenas penetré, insistí, gritó, grité, reí, chilló, empujé, y la sangre y el vino se mezclaron entre placer y dolor.

Hay bragas amarillas en el suelo y ninguna de las que compré con mi dinero cubrieron su cuerpo. Creo ser un hombre diminuto incapaz de ver más allá porque delante de mí se alinean lapiceros negros y amarillos, todos afilados y ensangrentados. Lapiceros enormes que pronto rodarán hacia mí. Los lapiceros me acuchillan, la muerte me envuelve y me abriga, me aplastan botellas que jamás beberé, y bajo ellas no veo pies, tan sólo descordinados bailes sin control. Me arrastro hasta estrellar mi cabeza en el tercer cajón. Allí guardo bolsas de droga impura entre los calcetines de rayas y las bragas amarillas. No soy yo, pero estoy exactamente ahí.

Después de mí.

.

El aire y un click hacen temblar las trece sillas.

-Nunca me atrevo a conversar con la muerte.

-Por eso estás aquí.

-Por la penetración, la incomprensión, la desorientación, la adicción, la tristeza y la soberbia.

-¿Y el desamor?

-Eso es la incomprensión.

-Y todo lo que te sucede es real, no son sueños…

-¿Cuál es la diferencia? A veces sueño que estoy pensando, y siempre acabo descubriendo que soy capaz de hacer todo lo que pienso salvo una única.

Click, aire, click, aire, click, aire, click, aire, click y aire, click, aire. La pistola cae de entre mis dedos y suena pesada en la alfombra. Rendición sin motivo. La sonrisa vuelve a emerger entre la barba, y aprovecho el terror que aparece dando saltos como una rana enloquecida sobre sus cabezas para perder el tiempo entre sus rostros. Veo manos tapando los ojos, veo barbillas pegadas a los cuellos, veo lágrimas en los labios, veo pelos despeinados, veo dedos hundidos en los muslos, veo mi cuerpo en otros cuerpos, veo sus cuerpos incapaces de penetrar en el mío.

-Ahora que sabemos que no nos va a matar, -retoma el hombre de la corbata planchada- y tampoco quitarte la vida, ¿podríamos servirnos un té?

-Sí, el azúcar siempre es un gran alivio.

-Has utilizado la palabra única. ¿Cuál crees que ha sido el motivo?

-Lo sé. El motivo es su increíble parentesco con última.

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Ella era amarilla porque repetía sin descanso que el amarillo era la felicidad haciendo el amor con la locura. Ella quería volar en el agua mientras no permitía que sacara mi pene de su boca cuando me corría. Ella quería dormir en tostadas quemadas y embadurnarme el ano con mermelada de ciruela, quemar todos los televisores del planeta y desaparecer sin que nadie por ella preguntara. Ella quería ser única y coleccionaba llaves de tamaño diminuto en un mismo aro de metal, pero jamás halló la puerta que buscaba. Y en esa minúscula habitación de un céntrico hostal, sucedió, y sucedo a diario sin saber bien el motivo.

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Paseo despacio la mirada alrededor del círculo, descubro la inseguridad, las cabezas ahogándose en los zapatos, donde inexplicablemente parecen estar seguros. Solo él sostiene su firme posición, sujeta el timón, observa, y espera paciente un recoveco. Somos seres con un miedo aterrador a nosotros mismos. El miedo nace en uno mismo.

Nadie toma té. El sonido de los pasos apresurados marcando el hermoso ritmo de las escaleras. La música en los sonidos. El hombre aún mantiene sus nalgas pegadas a la silla, yo hundo los dedos debajo de mi pantalón vaquero, colocando ambos pulgares sobre mi cinturón de cuero, y al notar el pubis enraizado bajo los calzoncillos siento un cosquilleo y evidentemente es una erección. Podría levantarme, asumir la equivocación, e irme.

Lo hago.

Errar el tiempo restante de una forma desordenada, y si bien, constante. Dormir con desasosiego, deshacerme de él, aliviar la ausencia de sexo, y paciente, que el tiempo agote me sangre.

Lo he hecho ya.

He renunciado a un propósito ideal en estado de vómitos y diarrea con una aguja ensangrentada en el tobillo. Me añoro sucio e indefenso.

El revólver está frío, se hunde bajo el pantalón en el mismo relieve aún latente en mi piel, he de comprar el pan, ordenar las bragas amarillas que desparramé en el suelo de la cocina, desenroscar un par de calcetines y marcar los mismos diez números de teléfono. Hay colillas muertas alrededor de mi silla, hay sillas desnudas que penetraría otro día. Las bolsitas de té y los azucarillos han sobrevivido. Él afloja la corbata con los ojos en el brillo de sus zapatos. Mis pasos por los escalones entonan una melodía inacabada. Soy yo. Tengo treinta y dos años. Soy lo que sois.

Fotografía: Eikoh Hosoe

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