Nada

01_When-The-Room-Becomes-Water-_1Nada sucedía alrededor. El odio rompía las ventanas tras las que ya nadie habitaba, los cuerpos desnudos abandonados escondían sus cabezas en canciones desafinadas,  y las piedras, al ver  tanta desidia, se arrinconaron junto a la hierba, la encendieron, la fumaron, flotaron y desaparecieron. Desde hacía un tiempo abstracto ya nada crecía sobre ningún trozo de tierra. Llovía y lloraba, moqueaba, gemía, gimoteaba. Nada, como la asfixia embotellada en un suspiro. Nada, como lo absurdo del agua ahogándose en el fondo del mar. Nada en el interior. Nada era un televisor. Nada era una conversación, nada era la misma canción en la misma emisora de radio, nada parecía un destornillador en el cajón de la cocina, nada simulaba ser un colchón tapado, sin sábanas, con almohadas, sin arrugas, y en una clara habitación. Nada era el orden de los botones de colores bajo las yemas gastadas de tantos dedos infantiles, juveniles, adultos, nada era el aburrimiento, las ruedas, el acelerador, la cerveza, el sexo sin condón, el desconocimiento, nada era un vecindario sin hola ni adiós, nada era la innecesaria explicación a tanta sin razón. Nada era el hastío, la pereza y la cobardía. Y en aquel alrededor, donde nada habitaba, veía cómo la tristeza copaba los columpios y balanceaba histérica sin advertir que chirriaba en exceso el peligro y las cadenas. No iba nadie a morir. Tampoco sucedería nada.

×

-Me rompió el viento y giré en el aire como las cuchillas afiladas de una batidora que con cuidado preciso cortan el huevo para convertirlo en mayonesa.

-Vi unos dedos…

-Pero no existieron. Yo existo. Roto, desorientado, mojado, unté mi piel en el aire, perdí las raíces y nunca regresé al tronco ni a la hierba.

-¿Y aún sigues dando vueltas?

-Como un cuchillo en busca del rencor que palpita a la altura del cuello.

-Recuerdo una hoja viva en tus tobillos.

-Y una flor a punto de nacer a la altura de mis ojos.

-El fruto terminó podrido.

-Olvido.

-¿Y qué sucedió? 

-Nada, porque nadie lo vio.

-¿Es el árbol que cae solo en un bosque?

-Hay una inmortalidad inexplicable en las ramas. 

-Hay una mortalidad excesiva en las emociones.

×

Manuela se calzó las zapatillas de casa con cautela, escondió sus pechos minúsculos y estriados bajo el camisón rosa afilado, y buscó las gafas sobre un libro de relatos en blanco y negro. Creía haber oído aullar a un lobo, lo había imaginado herido, disparado, no acuchillado, escandalosamente ensangrentado y solitario. Recorrió el borde de su cama con la luz apagada, ni siquiera le guió el filo de la luna rompiendo el cierre de las cortinas, y entre sombras, cuando las tres y doce de la madrugada eran números iluminados por una luz roja electrónica, y siendo domingo y con el sermón aún en las amígdalas como el semen espeso, clavó tres pestañeos en el crucifijo antes de abandonar su minúscula habitación. En la calle, el viento continuaba silbando al compás que, caprichoso, marcaban los espacios entre las ramas. Era una mujer delgada, de piel albina, con el rostro inundado de pecas, cercano a la asfixia, el pelo recogido por una coleta, y los ojos claros, aplastados por las ojeras e iluminados por la edad. Su voz era pesada, densa y al mismo tiempo suave, vaga o amena, como el murmullo del aire burbujeando bajo el agua de una bañera. Manuela era Manuela, acumulaba servilletas dobladas en triángulo sin utilizar de color rosáceo debajo de la cama, y en el cenicero que olvidaba en la repisa de la ventana, cigarrillos apagados con una sola calada. A la derecha, pese a tanta oscuridad, podía enumerar con facilidad los perfumes, las cremas, el maquillaje, un espejo, velas, y los cuadernos repletos de anotaciones sin lectores ni lecturas. Manuela era Manuela porque oía su nombre cuando pisaba la madera y ésta crepitaba bajo sus pies. Alguien ante nadie. Bajo el marco de la puerta descolgó una bufanda gruesa de invierno, se cubrió el cuello, después puso sus huesudas manos en el pomo del armario, las bisagras se abrieron tras despegarse el imán, descolgó una chaqueta de lana de una de las perchas, al hacerlo, todas sonaron, el viento pareció querer escuchar aquel tintineo, no lo hizo, tan sólo fue un instante de confusión, y abrigada, al fin, decidió bajar las dieciséis escaleras que le llevaban al comedor. Abajo, esperaba encontrar un lobo educado sentado en el sofá y bebiendo una taza de té. Manuela no tenía a nadie alrededor y su marido continuaba dormido en su colchón. Manuela no quería a nadie y no recordaba el ritmo del corazón que descansaba tras la puerta cerrada de la segunda habitación. Abajo, escribió pastas sobre un papel blanco que colgaba del frigorífico y observó. 

×

-Nadie hace nada por sobrevivir.

-Pero sobreviven.

-¡Escúchame! Dije nadie. Mira, un pie me pataleó y perdí el equilibrio que había alcanzado en un imposible horizontal…

-¿Por qué siempre culpamos de nuestros desequilibrios?

-…Y perdí el peso, y la belleza, la confianza y la palabra, y disfracé todas las carencias.

-Apenas perdiste meras gotas de agua e hiciste del hecho un acontecimiento.

-Todo es relativo.

-Einstein.

-Hablo del agua.

-Un átomo de oxígeno y dos de hidrógeno.

-¡No! Agua es vida, ¿no? Lo es, sí, cierto, y a mí me la arrebataron, pero, ¿por qué no morí?

-Las gotas secas son las que mueren.

-La lluvia, un día, también dejará de caer, ¿Y después qué?

-Saltará al vacío.

-Un suicidio más que merecido.

-¿Y después?

-Las suelas ya no mirarán al pisar.

-Sólo es cuestión de un tropiezo que todo quede roto en dos.

-¿Todo? ¿Tanto queda? ¿Y después qué?

-Lo mismo que antes.

-¿Qué?

-Nada.

 ×

Nada era un billete sobre otro. El amor pudriéndose lentamente a diario en un jarrón de cristal con el agua turbia y las flores de plástico, y el sol acobardado tras la densidad y eternidad de las nubes bajas. Nada era un campo de maíz sin principio ni final, y sin embargo, la carretera le observaba desde un límite, con extrañeza, con desquicio, sosteniendo su apatía y obligatoriedad en aquella curva. Nada eran ramas sin un diseño concreto, aunque siempre con un excelente acabado. Nada eran dibujos infantiles al lado de leche y cereales, ambos derramados sobre una bandeja con ojos de plástico ensalzados. Nada eran números en rojo sobre exámenes olvidados en cajones cerrados. Nada era el dinero acostumbrado a ser algo en una mesa, contabilizado, que no contado, mientras el humo emergía espeso de dos tazas de sopa de calabacín. Nadie movía las cucharillas de metal. Nadie movía nada y nada decidió no mover a nadie. Manuela imitó con precisión aquella quietud y bajó de un empujón los párpados para no mirar a nadie. Amaba que nada sucediera alrededor. No escuchó el timbre, que sonó, ni siquiera esquivó los pasos acelerados de Emma, que saltaba de un cojín a otro en busca de la palabra atención sin un libro a su alrededor. Manuela notó los dedos de Manuel, el frío áspero le atormentó, pero no llovió.

-Bebe.

-No he tenido aún tiempo para oler.

-Hazlo a la vez.

-Suéltame.

La mano no fue liberada, escapó desgarrada y corrió asustada hacia la bandeja con los ojos de plástico ensalzados. La levantó, la leche derramada dibujó una exclamación, el tazón resbaló, ella enderezó la muñeca, no cayó porque el equilibrio regresó, y con los pies temblorosos y cojos, crujió alejándose su caminar.

Manuela escondía su pico en un nido elaborado junto a la ventana, donde un pollito amarillo repetía una palabra inventada e inexistente, y además, acopiaba entre sus patitas acentos abandonados que mimaba bajo el calor de sus plumas. Manuela perdía su imaginación en el blanco liso y sutilmente granulado de la esquina de su habitación, ponía tabaco en un papel de fumar, lo posaba con mimo y lentitud, y acariciaba su propia cabeza con la palma derecha de su mano sin oír un leve pío. Detrás, quietas, permanecían las escaleras que le habían llevado a la habitación. Respiró pero no olió. Allí la nada era más real. Nada era mirar hacia delante. Delante era prioridad. Adelante, en cambio, más allá. Después era despertar. Adelante era lo inminente, lo evidente, lo superficial. Adelante era permitirse a sí misma continuar. Ella tenía delante una ventana, un pollito amarillo sosteniéndole el mechero y toda la transparencia sin un halo de claridad. El suelo crujió, respiró, le olió, le oyó, le sintió, no le vio. 

-¿Qué miras?

-No veo nada.

-¿Estás ciega, cariño?

-Estoy harta.

-¿Hartazgo?

-Exceso.

-Es irónico hablar de exceso cuando siempre hablas de nada. ¿Quieres decir que tanta nada es un exceso? 

-¿Has observado el final del árbol?

-No. He contado el dinero, he tomado la sopa, Emma juega en la cocina con un rompecabezas, y yo, yo… voy a darme una ducha. Es domingo. ¿Qué vas a hacer tú?

-Nada. 

-Podrías, podrías, puedes no encender ese cigarrillo, no dar la calada… -Ralentizó la voz, la pisó, la ahogó, la liberó como si soltara un embrague, cogió sus caderas y le obligó a dar un paso hacia atrás.- Y darte un baño de espuma…

-No lo necesito.

-¿Y qué es lo que demonios necesitas, Manuela? -Soltó su blusa y miró hacia la puerta entreabierta, donde durante un segundo le alivió el murmullo de su hija.- Tal vez nuestros pies, como dices, se confundieron en el mismo camino, o de camino, o dimos pasos distanciados o a distinto ritmo, o copiamos un camino y nunca fuimos nosotros mismos, meramente imitamos, aparentamos, o el camino era un callejón sin salida y chocamos cada día como un muro que ni esquivamos ni queremos romper, o llámalo todo es una mierda, pero nada, ¿nada? ¿nada de lo que hemos hecho justifica que hoy aún no continuemos en el mismo lugar?

-Lo escupiste al fin, Manuel, nada de lo que hemos hecho.

-¿No hay nada que pueda hacer? -Suspiró.

-Nada.

 ×

-El viento las arrincona en los bordillos.

-El agua las dobla como folios en blanco.

-¿Sin escritos?

-Escribió una hoja de Otoño un epitafio y lo rompió el peso de una piedra.

-¿Es verdad?

-Nada es cierto, pero todo lo que no observamos puede suceder.

-He amanecido abrazado por el hielo, tan duro, quieto, frío e iluminado, y al fin han desaparecido los giros.

-Nunca nada fuiste tú. 

-¿Qué?

-A ti nunca te ha pasado nada. Lo ves, lo adquieres o lo robas, lo utilizas, lo vendes o lo cuentas, pero no es tuyo.

-¿Quién habló de posesivos?

-Lo tuyo no eres tú, todavía estás a mi lado en lo alto de este árbol. Tú no eres ellas.

-¿Quiénes son ellas?

-Hay un perro que muerde, rompe en dos, retuerce, esconde bajo la tierra. Hay un ser humano que enciende una cerilla, otra y otra, que quema un papel, que quema, hay otro que azota, golpea, hiere, ensangrienta, hay dos que introducen en anos, que deshilachan un jersey, que escriben sobre la arena, hay ojos tuertos y olvidos en los arcenes. Pero tú no. 

-¿Por qué yo no?

-Tú eres el fin de un árbol. 

×

Abrieron una botella, el corcho golpeó en el techo, después en un ojo, no hubo sangre, únicamente cambió el color de la piel y aumentaron las voces y su volumen. No llegó a necesitar parche ni a denominarse tuerto. Manuela había sentado al lobo en el felpudo hacía dos horas con un plato de flores cubierto de doce dulces pastas, y al cerrar la puerta de la calle, no tuvo preocupación alguna por lo estático que vivía el frío últimamente. Nadie le dijo adiós, nadie le vio, nadie se movió, nadie existió. O nada había sucedido. Emma había tirado de dos pantalones distintos y ninguno había caído y tampoco le habían respondido. Manuel escondió hielo en un trapo, Manuela olió el miedo en el ojo cerrado, y ciega imitó. Bebió la ebriedad, otro bosque había desaparecido y los cadáveres continuaban desafinados, alineados, ignorados y derribados.  

Abrieron otra botella, el corcho golpeó en un cuadro, los trozos de cristal cayeron sobre la alfombra y el arte tergiversado por la euforia no captó atención alguna. Ninguna. Ni una sola de las personas o cosas. Manuel barrió con el pie y acarició con los dedos los milímetros redondos de droga que guardaba en un bolsillo. Manuela envenenó el aire con la respiración, y liberó del acoso de dos copas a un vaso de leche en una taza de barro porque su presencia también distorsionaba el escenario. Desde el felpudo, el lobo observaba cómo en un patio de una casa, doce ramas jugaban a merced del tiempo y el viento al corro de las patatas.

Abrieron otra botella y el corcho chocó con una bombilla desamparada, no inmutó el sobresalto, se hizo tenue y necesaria la oscuridad, y bailaron con desvergüenza los pies calzados sin restos de barro que desprender. Bailaban los ojos sin restos de barro y bailaban los pensamientos embarrados. Hacía días que nadie tomaba té. Hacía semanas que no olía a café. Hacía años que ingerir era beber. El baile entre seres vivos heridos lo certificó una ambulancia inexistente sin luces ni sirenas. Más hielo. Todos no bebieron. Hielo en las heridas, hielo en la piel, hielo en los vasos, hielo en la sangre apresurada, hielo en las emociones infravaloradas, hielo ahogándose en el agua. Emma había subido las escaleras sin percibir la y su existencia, ni contarlas. Manuela comenzó a escalar los escalones, y nada era su trayecto y su final. 

Abrieron otra botella y no golpearon. Bebieron en copas desordenadas sobre una mesa de cristal con flores de plástico que continuaban perpetuando la belleza inapreciable. Nada eran todos los ojos. Beber sobre y por un libro escrito en una habitación a idénticas horas, sin saber si sus dedos empujaban las letras o las letras empujaban a sus dedos a terminar el camino. Manuel delante y detrás. Beber para escribir cada mañana, muy temprano, mientras una idéntica prostituta ingería sin cariño el mismo final de una felación. Y Emma durmiendo a su corazón sin vaivén alguno tras la puerta de la segunda habitación. Y Manuela buscando el pollito amarillo en el nido de la ventana junto a decenas de cigarrillos apagados con una sola calada. Y en tal desbarajuste emocional y grupal, el lobo, afilaba sus colmillos con una piedra redonda y mojada, y cogía una pasta del pequeño plato de flores.

Abrieron otra botella y la música era nada. Nada era Manuela, que sola anudaba los cordones de sus zapatos con toda la fuerza necesaria para que le dolieran los dedos. Nada era Manuel, que metía las manos en el bolsillo derecho de su pantalón, y nervioso y con gusto pasaba bajo la uña del pulgar el filo de su documento de identidad. Emma creía que los árboles le daban mordiscos diminutos en las orejas, sentía cosquillas, y aunque nadie oía porque nada era la escucha, ella reía. 

Manuela equilibró los cordones, tensó, y no leyó su nombre en las letras de madera que colgaban de la puerta de la segunda habitación. Bebieron champagne en copas alargadas, vino en copas anchas, cerveza en vasos grandes y latas que terminaron arrugadas, licores en vasitos achatados, bebieron, bebieron y los tapones se desordenaron por el suelo, y los cristales se respiraron una vez más. Nada era la excitación, la penetración, la emoción, el deseo, el ritmo pausado y acelerado de cualquier corazón. Nada eran fotografías en un marco, nada era tanto pensamiento contenido.

×

-Soy ellas. El hombre arrancó su vehículo después de tres intentos, aceleró y el humo enturbió el silencio y el aire, el sol peleó su salida entre tres densas nubes que no avanzaban por el peso de la lluvia, lo consiguió, la luz afiló el lapicero y delineó sombras en el asfalto, la señora desnuda corrió la cortina, volvió a tomar un vaso de leche caliente ante la la ventana, derramó el final por la fachada, y una paloma gris tropezó.

-¿Contigo?

-No. Conmigo.

-¿Y ahora no eres tú?

-Como ellas, ramas, distintas e idénticas. Soy cada una de las partes que nacen de un tronco o un tallo principal. 

-Con hojas, flores, frutos…

-Una rama.

-¿Y al revés?

-Amar.

×

-¿Cuántos años han transcurrido?

-Ninguno.

-¿Continúo aquí?

-Conmigo…

-Pero sin mí.

-Siempre tan poética.

-Ha desaparecido la belleza y el sentimiento en las palabras. 

Nada sucedía alrededor. Manuela acumulaba todo el dolor a su alrededor, no pesaba y cegaba. Los cordones de los zapatos le hinchaban ambas muñecas, pero la asfixia circulatoria le calmaba. Inconformista, tenía palabras que repudiaba. A su lado, incongruente e inexplicable, Manuel sostenía hielo sobre su ojo bajo el equilibrio de la cocaína. Emma dormía. 

-¿Hay algo que pueda hacer?

-Nada.

×

 Fotografía: Marina Black

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6 comentarios en “Nada

  1. Hay escenas que se me escapan y no consigo enlazar. Comprender el final de esta historia desde la cabeza del escritor, podría parecer una petición casi obscena. Pero hoy no es el día.
    La costumbre de destacar el ingenio no se llama rutina. Tampoco obligación.

    “Tal vez nuestros pies, como dices, se confundieron en el mismo camino, o de camino, o dimos pasos distanciados o a distinto ritmo, o copiamos un camino y nunca fuimos nosotros mismos, meramente imitamos, aparentamos, o el camino era un callejón sin salida y chocamos cada día como un muro que ni esquivamos ni queremos romper, o llámalo todo es una mierda, pero nada, ¿nada?”

    Como curiosidad, la fotografía…
    Te persigo, Daniel.

    • Tal vez deba poner las sillas alrededor de la mesa y comer la sopa sin esperar a disfrutar de su aroma.
      San, ojalá escribiera más para el lector, de esta manera, las escenas no sólo estarían enlazadas, sino que serían una sola.
      Pregunta cuando creas que sea el día y responderé…
      Valoro por tu comentario que tal vez escribir nada fue demasiado… Y también creo que sabes que mis historias a veces escapan del inicio y el final.
      Gracias por hacerme reflexionar!

      • Daniel, si un escritor escribiera menos para el lector, nada de las cosas que se hacen hoy en día tendrían sentido, cientos de folios amarillearían sobre la moqueta de alguna habitación y escribir nada nunca sería demasiado.
        Yo no sé nada de las espirales que giran en las mentes de las personas y, visto lo que a diario veo, cada vez quiero saber menos.
        Reflexionar es un verbo muy redondo.
        Gracias a ti por, a veces, hacerme dudar…

  2. Perdona, lamarsaldabc, pero si te ha llegado algún correo mío es porque de alguna manera estás suscrito a mi blog. No obstante, creo que este comentario tampoco era para el relato ‘Nada’.

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