Palabras

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Había muerto la palabra y nadie de los allí presentes, dignos, sobrios y ebrios, supo qué decir. Habían perdido su nombre los objetos, su significado, y en aquel silencio tan absoluto, era delicioso el sonido abstracto de los pensamientos, como un rugido animal llevando sus zarpas hasta la lentitud de su presa. 

Tenía los pies gordos como un oso peludo. Echaba miel en la ginebra y compraba pescado congelado sin espinas. La fiera que era, había muerto. El pelo enraizado que nacía sobre ambos empeines me provocaba cosquillas sobre los dedos. El frío se mezclaba con el humo, y el aire, sin filo, había aprendido a cortar los labios. Los dedos, los de las manos, que no los de los pies, estaban también desnudos y estirados sobre un escritorio del siglo dieciséis, que compré en una minúscula tienda de muebles antiguos en un callejón sin salida de un pequeño y desconocido lugar. Preguntaron por él sólo una vez. Llenaba una copa de cristal con un vino blanco y discutíamos su procedencia. En ambos aspectos,  me negué.

-Supermercado.

-¿Y por qué escriben Nueva Zelanda en la etiqueta?

-Para clasificar. Jamás procedemos del origen porque nos lo impide recordar toda la mierda que arrastramos por el camino.

-¿Dónde lo compraste?

-En el supermercado.

-Hablo del mueble.

-Yo también. ¿Deseas beber más vino procedente del supermercado?

-No.

-Entonces debemos terminar.

Vivían siete mil millones de habitantes en todos los rincones del planeta aún habitables, y muchos no tuvieron una mínima excusa porque habían desaparecido. La muerte de las palabras había deshecho las frases, y por consiguiente los motivos que excusaban a la ausencia, las explicaciones, las mentiras y las verdades, las conversaciones, transcendentales y banales, e incluso los silencios cómodos e incómodos. Sin el habla era imposible callarse. Sin la palabra, las letras yacían huérfanas, distanciadas las unas de las otras. En el vacío, páginas enumeradas caminaban aún ordenadas, pero desorientadas, sin inicio ni final. Débiles, las cabezas bajo la piel dejaron de ser cabezas al carecer de una razón. Números sin saber que eran fecha y hora. Así, nadie tuvo que justificar la falta a la ceremonia. Un funeral sin la religión adecuada, porque la palabra, tan usada, conocida, jamás había puesto límite a las creencias.

Poseía una adicción inhumana al café negro. Bebía diecinueve tazas de cartón desechable en un solo día, y doce de cerámica blanca en una sola noche. No era manía, era rutina. Tenía un corazón incómodo bajo el pecho, agotado, insensible y estúpido, y bajo él, un intestino grueso y delgado sangriento, gaseoso y dolorido, y a la vista, unos ojos abollados, como pisados, amoratados, y al mismo tiempo, cálidos sobre una barba que cubría la delgadez del cuello. El cuerpo era un envoltorio falso, pero lo mostraba aunque fuera la gran mentira, porque él, sin duda, proclamaba mi significado.

-¿Y usted qué cree significar?

-Dicen de él que es un ser animado racional.

-¿El hombre?

-Sí, porque la mujer carece de importancia para el diccionario. El humano plural sólo es un conjunto de hombres. Lea y verá.

-Lo hago.

-Entonces lea más. 

-¿Qué quería?

-Ese mueble. ¿Cuánto cuesta?

En tal sobrio evento, aunque difuso, en el mero significado de lo abstracto, sólo los números tuvieron el valor de enaltecer su presencia. Números de todos los lugares, de trazo manual, adulto e infantil, apresurado y cuidado, tallado, grabado, mecanografiado, e incluso sellado. Números embarrados, emborronados, tachados, errados y acertados. Números incrementando su importancia, números altos, bajos, inapreciables, imprescindibles, deseados, olvidados, números rojos, negros o invisibles. Positivos, negativos y neutrales, sin género, carentes de singular y plural, e indescriptibles por el adjetivo desaparecido. Todos, ante un féretro sin nombre y de material inclasificable, no supieron llorar. Había empezado a esconderse el cadáver bajo la tierra. Alguien dijo tres, sin embargo, nadie supo precisar cuál era la medida. 

Era un hombre alto, y corpulento por la alimentación excesiva, regular y destructiva. Carecía de sensatez, había roto el sentimiento con tanto deseo de olvido, y como  detalle, evacuaba cada mañana los deshechos que debía mantener conmigo. Era un ser humano masculino. Venía a ser un varón porque vestía calzoncillos elásticos y en ellos escondía un pene pequeño, oscuro, circuncidado, arrugado, en ocasiones inservible, y siempre peludo. El tamaño aplastado por el vello. Era un oso afable sentado en una silla de madera, que en silencio y paciente, sujetaba contradictorio y ansioso la cuchara a la espera de su sopa. Era un cuento ya inventado, pero me leía una y otra vez sin descubrir qué demonios era yo. Aparecía solitario entre tanto ser humano, y sentado frente aquel escritorio, había perdido el significado de todas las teclas que quedaban bajo las duras y amarillas yemas de mis dedos. El humo no chocaba contra la ventana, se desparramaba. El sol piaba sobre el alféizar y pronto empezaría a llover. Desconocía el nombre del día de la semana, intuía el momento numérico de aquella mañana, sabía el año exacto de mi vida. Cuarenta y tres. Pronto sonaría la puerta de madera que escondía mi habitación.  

-¿Has pensado en la invitación?

-La deniego.

-¿Y yo?

-Todavía tengo tu respuesta en blanco.

-Ven, por favor.

-No lo haré, he de pensar y es más importante.

-¿Qué piensas?

-He visto higos colgados de la rama de un árbol. Los he visto pochos, maduros e inmaduros, y odio los higos porque de pequeño me rompí una pierna al caer de una higuera. He observado la anchura y la deformidad de las ramas, he pensado en mujeres gordas retorciéndose en un orgasmo, y entonces, excitado, vi moverse mi dedo, lo vi firme, con determinación. Caía como el que ya ha decidido dar el salto al vacío cuando aún no se ha movido, porque ya siente flexionar las rodillas y despegar los pies del suelo. Imagínalo. Mi dedo sobre la tecla, mi dedo regresando, mi dedo conectado a mi cerebro, mis dedos, mis ideas …

-¿Y?

-Y oí un cristal roto y pensé en sangre, en mucha sangre, en una fregona incapaz de limpiar las huellas de mis calcetines, y luego oí tus nudillos en la puerta, las caras de los invitados y mi soledad.

-¿De qué demonios me hablas, Frederic?

-De mí, siempre hablo de mí.

-No vas a venir…

-Tampoco ir.

Enterrada, aparecieron las conjeturas. Nadie explicaba por qué la palabra no latía. Más allá de que el corazón se hubiera detenido y el cerebro careciera de vida, la pregunta era quién había matado a la palabra. Con la declaración de inocencia de la edad, el culpable o la culpable, o ambos, permanecían en paradero desconocido. Ni escritores, ni lectores, ni oradores, ni oyentes, ni seres elocuentes, deductivos, tampoco detectives, ni siquiera afanosos o ávidos intelectuales, y tampoco resolutivos adictos a crucigramas tenían el valor de definir lo sucedido. Su fallecimiento era una avería sin arreglo que había provocado y deteriorado el funcionamiento de algo, y algo era la comunicación verbal y escrita. 

Me cortaba las uñas con el mismo cuchillo que cortaba el queso. Un queso duro, maduro, maloliente y sabroso. Queso y vino. La sangre sobre la alfombrilla evidenciaba mi desacierto, y el pico afilado, un futuro calcetín roto si no enmendaba el error con una lima. Ofrecí mi desinterés y cubrí la herida con papel higiénico, miré a otro lado y vi la miel, que espesa y flotante, daba un color especial a la ginebra. Y vi la puerta entornada que tintineaba por el viento, y decidí no empujarla, y en el vaivén musical que provenía desde algún lado, no supe dar una respuesta al por qué yo era yo y no quien siempre deseé ser. Llegó el silencio. La edad caía desde mi cabeza cuando abría el grifo de la ducha y me desinteresaba aquella inesperada erección entre el vaho. La paciencia ya no hacía caso al tiempo y mi tiempo se impacientaba, y al liberar todos aquellos pensamientos, no tuve una palabra acorde a su significado. Disfrazados, horas después, bebíamos en una fiesta, que al menos, decía más verdades que mentiras.

-¿Qué deseas ser en la vida?

-Capitán de un barco. 

-¿De uno solo?

-Sí, y solo.

-¿Dónde irías?

-No iría, escaparía. Si voy, me muevo de un lugar hacia otro, y estaría yéndome en todo momento. Escapo porque salgo de un lugar en el que estoy encerrado. 

-¿Lugar como metáfora de la vida?

-Lugar como espacio.

-Frederic, deberías no beber otra copa.

-Beberé la misma.

 ↓

La palabra bajo la tierra era recordada sin conocer con exactitud el valor de aquellos recuerdos. La memoria, que aún vivía, intentaba sostenerse de pie sin el nombre concreto de todo lo que había pasado o se había hablado. El olvido engrandecido con el protagonismo que jamás antes había tenido. Y a cielo abierto, la lluvia caía como agua rota sobre el funeral, que había llegado a término, pero no terminado. No hubo una sola palabra que leer en aquella lápida. Aquellos números delimitando su vida, y aquellas flores con vida delimitando su muerte. La palabra tal vez murió el día que las mentiras dijeron toda la verdad y su sentido o significado desaparecieron. 

 

El sexo era el gesto estúpido. Aullar era dar aullidos y oía susurrar, When the men take me to the devil tree. Enredarme en sus brazos, de sobra conocidos, sujetarme a sus dedos para no caer cuando jamás caíamos, morder un pezón y otro sin alimentarme, embadurnar mis labios con el espeso sudor de sus axilas mientras el aliento embadurnaba de alcohol el aire que palidecía sobre el único colchón, y en la escena sin un romántico escenario, mi pene lánguido arrugado en su interior. Gemir era el sonido natural de la voz en el dolor y la lástima, y sin embargo, era lujuria bajo la suave entonación, She’s the one who begged me. Take me home. Los dos enfrentados por sesenta y tres segundos de desconexión vital. Empujándonos, me abandonó la cabeza y desenroscó el tapón de la media botella de ginebra que quedaba en lo alto del frigorífico de la cocina. Huía y me cazaba, depredador y presa con los géneros cambiados, y en la carrera, el desacierto, el gusto necesario, como una pizca de sal sobre el arroz blanco. El sexo entre los dos era el silencio cómodo, la inspiración, el fracaso inevitable en el mismo destino, el semen alrededor de su ombligo, el aliento lejos del movimiento deseado, y el cigarrillo yendo y viniendo a nuestros labios. El sexo era el desperdicio de una luz encendida en el techo de una habitación vacía. 

-¿Has pensado en el final?

-No, me corría, era inevitable, lo era porque tu respiración cuando gime me excita, por eso cerré los ojos e imaginé bolsas abiertas de basura con cáscaras de plátano y espinas carcomidas de pescado, y algo de mierda esparcida en las aceras, porque supe que si me alejaba de aquellas imágenes y te miraba a los ojos, pensaría, y con el pensamiento perdería la fuerza y nadie disfrutaría, y después, la huida con zapatillas desatadas, la bebida sin límite en la cartera, y tú y yo en la espera distanciada, en espacios opuestos, en el mismo tiempo, y obcecados en el olvido. Elegí correrme.

-Hablo de tu escritura. 

-Y yo. 

-Eres idiota. 

-Mejor apaga tú mi cigarrillo.

-¿Dónde vas?

-Al final.

La tumba, el lugar donde había sido enterrado el cadáver ganaba espacio, y al mismo tiempo, soledad. Alguien mencionó aquella carencia como el único motivo de la muerte. Nadie escuchó porque la escucha continuaba en un coma de larga duración. En un copioso desfile, los números presentes empezaban a ser ausentes, y para evitar el caos, marchaban en fila. Un número primo contaba a un número cardinal que verdad y mentira eran amigos. Contaba otro número ordinal que la amistad ya hacía tiempo que carecía de significado porque en ella debiera existir afecto personal, puro y desinteresado que nace y se fortalece con el trato. Verdad solía follar con hipocresía contaron a la vez dos hermanos gemelos algebraicos, y sumaron a su farfullo que mentira veía el sexo como invitado porque todo sucedía en la mansión de un adinerado morbo. De pronto, un número natural detuvo al grupo, y entre lágrimas contó que verdad mató a mentira el día que mentira le dijo la verdad sobre lo que realmente sentía.

 

Era un hombre debajo de un envoltorio, odiaba la Navidad, las luces, que no los árboles, y las tartas repletas de velas en cualquier cumpleaños, que no el chocolate. Era un tipo aparente, parecía pero no era, sin sobresalto y con miedo al salto, y desdibujado con excesivo trazo. Alrededor de mí, una máquina de escribir dormía sobre el armario, una alfombra oriental tumbada en el pasillo que yo caminaba, que no pisaba, para desbaratar los dolorosos pensamientos propiciados por la ausencia real de mí mismo. Era tres habitaciones en una casa de una pequeña ciudad, y ella junto a mí. El amor entre los dos como la cuarta definición que mencionaba tendencia a la unión sexual. Y un coche blanco de cuatro puertas y un maletero tras las vistas del salón, una chimenea humeante en invierno, la higuera junto a la ventana que miraba cuando no escribía, y a su lado, sin cogerle la mano, una enorme biblioteca enamorada del escritorio del siglo dieciséis. Era un hombre medio, acomodado, acostumbrado, esperado y desesperado, emocionalmente equilibrado en el escaparate interminable para los seres humanos que nunca me conocieron. Honestamente, estaba desequilibrado, desconocía mi significado, pero sincerarme puso sentido a las palabras. 

-Nunca he sido lo que dije ser. 

-¿Por qué?

-Porque desconozco quién soy yo, qué me define, desconozco el uso de las palabras, el potencial de los verbos, el abuso de los adjetivos o la exactitud de los adverbios.

-¿Y qué hay de las historias?

-Los ingleses distinguen la palabra historia con minúsculas de la historia con mayúsculas. Tal vez viene a ser que, el pasado es Historia, y el futuro, que lo vas a contar o inventar, es historia.

-¿De qué demonios hablas, Frederic?

-History or story. 

-¿Por eso ya no escribes?

-No escribo porque lo que escribo hace mucho tiempo que dejó de estar vivo. No escribo porque miento, y hacerlo es escribir lo contrario a lo que sé, creo y pienso. No escribo porque sé que hay una rata gris que circula libre por mi cabeza royendo mis ideas, y cuando las quiero escribir, todas ya están mordidas y podridas. No escribo porque me he rendido, porque cuando lo hago, me miro, y ya no veo el motivo.

-Ser tú, ese es el motivo.

-¿Quién soy yo?

-¿Es un acertijo, Frederic?

-Maté a la palabra. La fui infiel, la amé sin conocerla, me dejé llevar, me acostumbré a su presencia,  me olvidé de ella, y un día, al escribirla, leí que ella y yo éramos completos desconocidos. No puedo escribir y pensar que me queda vino en la copa. Emma, hace mucho tiempo que debí dejar de besarte porque deseo terminar el beso para terminarme esa maldita copa de vino. 

-¿Hablas de amor o escritura?

-Hablo de coherencia.

 

La palabra no escribió herencia porque los conjuntos de bienes poseídos dejaron de ser con el fallecimiento. No hubo un resultado de la autopsia, pero sí muchas letras desordenadas sobre la mesa fría del forense. Un testigo reveló que ella nunca entendió cómo amor y dolor pudieron estar enamorados. Palabra jamás acudió a la fiesta de palabras, y un día después, apareció muerta en un lugar que nadie reconoció ni ubicó. Alcohol, tan sobrio, veía como le bebían ego, pereza, narcisismo y albedrío. Palabra vivía sola, y al despertar el planeta, con el cadáver aún sin descubrir, nadie nada comprendía. La palabra amor ya hacía mucho tiempo que estaba mal escrita, la lectura había sido abandonada, y con ella la interpretación de todo sentido y lógica. El final de su vida fue una infección masiva de malas doctrinas y peores ejemplos, un constante deterioro que hundió la condición de la propia palabra, una despreocupación evidenciando la falta de cuidado, un cuchillo como instrumento para cortar muy afilado en manos del cerebro equivocado, y un final. El final. La muerte con alevosía fue a cargo de la incongruencia.

Fotografía: Sandra Leal Ruiz

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