Respira

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Entonces el aire había subido su precio, la cartera continuaba vacía, ella sostenía la pistola sobre mi labio inferior, y alrededor, todos respiraban con tranquilidad. Yo, en cambio, me asfixiaba. La oscuridad me obsequiaba claridad, el vacío multitud, y el ahogo ingenio. Ella era una lectora de las que me atrevía a denominar inexistente. Desnuda, exhibía una piel espumosa y sutil, escondía anillos negros entre el hambre de sus pechos, y emitía una voz lúcida y descansada, como la brisa pausada que mueve la hierba. Había una cárcel melancólica en sus pestañas. Yo, a su lado, no respiraba y era un escritor que tampoco escribía porque había perdido las hojas en blanco, y además, acopiaba innumerables escritas. Era adulto, me sentía envejecido, evidentemente avaro, sobrio era mudo, y en el exterior, donde todos respiraban con tranquilidad, un hombre desconsiderado, desconocido e infeliz. Para todos los ojos que siempre había escrito, no había tiempo, y además, desconocían el valioso coste de mi aire. Ella era la regla confirmada por la excepción.

Sinuosa, despegó el arma de entre mis dientes con ilimitada lentitud, como si al hacerlo me hiriera, y tumbó su cuerpo desnudo sobre la tensión de la sábana blanca que engrandecía la armadura de hierro forjado. Sus movimientos engordaban la densidad de la atmósfera, y en ella, incontables capas de aire. Con una pierna descompasada, haciendo de cada paso un tropiezo, me acerqué lentamente sin el valor ansiado. Ella era un cisne que aseaba sus plumas antes de echar a volar. Yo era un pato que pelea por una miga de pan. En ella, el escritor dejaba de ser yo, tenía un hilo de cordura y evitaba perder la supervivencia.

-¿Dónde terminó tu última historia?

-Escribí mil y veintidós palabras.

-No sé quién decidió medir la distancia en números. ¿Dónde?

-Ellos delimitan la cuantía del amor, fechas y aniversarios, la belleza en tallas, la amistad en cuántos, la riqueza en monedas, la vida en años… -Me lamí el labio inferior y hallé metal.-En ningún lugar. 

-Los mataría y así moriría la prisa.

-Sin ellos no hay palabras.-Me arrodillé lentamente y pegué mi nariz en la fijación inerte de sus ojos. -¿Cuál es tu atracción?

-El poder de las letras bien organizadas.

-¿Y la desnudez?

-Hay un sinónimo entre leerte y amarte, y un símil cercano al deseo, sin embargo, aún desconozco qué los une.

-¿Y cómo?

-Como raíces de un árbol arrancado, aferradas a la tierra.

-¿Y quién eres tú?

-La tierra.

En aquella habitación gigantesca repleta de muebles vacíos, porque las ropas colgadas de las perchas carecían de cuerpos, en aquel enorme espacio de ventanales tapiados por revistas de papel sepia por la exposición constante al sol, alrededor de estanterías llenas de libros leídos y no leídos, ella se masturbaba con lentitud y ternura. Deduje que apenas cuatro minutos bastarían para mi muerte en caso de asfixia por impago de aire. Concluí que los minutos eran menos valiosos que las horas, y en cambio, cada vez había más monedas desperdiciadas por el placer efímero de los segundos. Hacía demasiado tiempo que no entendía una sola palabra, y únicamente leía y veía, porque la escritura había dejado de ser la osadía, y como un virus se expandía triste y devaluada. 

-Desabrocha el cinturón y no dejes caer los pantalones de golpe.

-¿Y los calzoncillos?

-Sugieren elegancia.

-¿Y los calcetines?

-Desenróllalos con los dedos sin que queden del revés.

-¿Qué haremos?

-Olernos.

Ella tenía la piel blanca como la nieve imberbe  y helada. Al fondo, el cielo azul y los árboles perenne nevados. Mi respiración se arrugaba encadenada hacia su deseo. Ella poseía una altura que finalizaba en la alto de la almohada, y al cruzar mis piernas sobre las suyas, rogaban sobre su cuello mis pupilas. Ella era una mujer desnuda con una línea gruesa de pelo negro en el pubis, piernas delgadas como espigas de trigo, y dos pechos diminutos con pezones imperceptibles como fresas de invierno. Ella respiraba sin el rumor del aire sobre su lengua, y al eyacular bajo su viente, abrazados y con el calor palpitando lejos del corazón, no decíamos todas las palabras que teníamos, las callábamos mientras nos mirábamos, y yo, con el aliento  mojado, siempre quería romper la perfección neutra de sus labios separados. 

El agua hirviendo no hervía cuando caía por su cuello. Mis nalgas estaban sentadas en una silla que nadie ocupaba y me creí vacío, la mesa redonda parecía haber rodado y había perfeccionado su circunferencia, como la plastilina bajo la palma de un niño. Él continuaba ahí, yo no continuaba allí. Las preguntas llegaban con un sólo símbolo de interrogación y no sabía cómo evitar el enfado de la palabra irritación.

-Sexo? 

-Empecé con la adolescencia, me masturbaba con una fotografía de los pechos de una embarazada de la enciclopedia de papá.

-Letra?

-E de embarazo.

-No tenías revistas pornográficas?

-Las mujeres de aquella enciclopedia me parecían más reales, diría que honestas, la imaginación era de verdad.

-La imaginación nunca es de verdad.

-Usted lo es. 

-Qué escribías cuando eras niño?

-Escribía letras, letras, una detrás de otra, sin saber bien qué escribía. Como ahora, pero sin lectores.

-Quién te lee?

-No es quien me lee, es quién me entiende.

-Y por qué lo haces?

-Porque sin aire todo parece suceder más despacio.

El agua hirviendo volvió a correr por su cuello y el bolígrafo anotó palabras sueltas en distintas líneas. Yo odié la desidia de su trazo y sentí frío y nauseas. Leí dos títulos de una frase en la librería, vi la línea de polvo sobre las cubiertas y quise esconderme en la oscuridad que había sobre los libros. Recordé su cuerpo desnudo,  la cárcel melancólica bajo sus pestañas, y el silencio inusual después de los gritos. 

-Tengo una oferta para ti.

-Necesitarás mi demanda.

-Lo sé.

-Él murió.

-¿Quién es él?

-Yo, el escritor.

El cenicero continuaba vacío, la luz chocaba en las oscuras cortinas, el café humeaba en una copa de vino sin él, y tres libros permanecían abiertos en la misma página con muchas palabras idénticas, pero diferentes historias. Las leí. Utilicé todos los órdenes posibles y valoré los contenidos. El revólver era la pistola y brillaba junto a un ramo de flores marchito, y el silencio, mientras movía mis ojos, engrandecía la lectura de las palabras. Las leía una y otra vez porque ellas eran ahora mi único enemigo. Me habían vencido, no podía dominarlas, ni siquiera escribirlas sin la pretensión generalizada, tampoco quería porque sentía que lanzándolas al vacío las traicionaba y abandonaba. Quería ser otro idiota, pero cuidaba del remordimiento y crecía como una enredadera entre mis entrañas.

Mi escritura no celebró un funeral y murió lejos de cualquier accidente doméstico. No hubo olvido, únicamente desaparición. Nadie llamó a tristeza, tampoco al tercer timbre de la derecha junto al portal con los bordes chamuscados, no cayeron lágrimas hacia un suicidio inevitable, y al echarme de menos, jamás recuperé el valor disfrazado de osadía. No lo recordaba, lo inventaba. O lo soñé. Hubo una tormenta eléctrica, era domingo, eran las dos de la madrugada, era primavera, fotografié los cristales iluminados durante una hora, y cuando llegó la calma y observé las líneas blancas distorsionadas sobre la noche, decidí abandonarla. Odiaba la escritura, la repudiaba, y sin embargo, de forma extraña, aquel desamor me obligaba a vigilarla. Era repugnante ver que con el paso del tiempo, las palabras yacían deterioradas en manos de valientes analfabetos. Infieles o adulteradas, violadas, las letras parecían pulular con orgullo, pese a que una vez cosidas, muchas iban sin la corrección adecuada. Eran los monstruos deformados que nadie miraba a la cara. Quizá yo había muerto para ser el escritor vivo que no respiraba. Me obsesionaba la respiración y comprobar que continuara ahí, junto a mí. Lo pensé, lo digerí, vomité, bebí, y puse un nuevo número en el calendario con un bolígrafo negro. En el espejo veía muchos pelos blancos desenfocados, y en el mes de febrero, muchos planes que no llegaron a ser hechos. La soledad no desaparecía con la compañía.

El aire, aun sucio, subía su precio. En la calle, mi ausente respiración era un gesto incrédulo y desconcertante. Las sandalias chasqueaban bajo la planta de mis pies a cada paso, pero aquel horroroso ruido pasaba desapercibido. Aterraba mi rostro, o la ausencia en mis ojos, o el mutismo que yo utilizaba como arma para la desaparición. Si los muertos no respiran, no caminan. Aquel pensamiento azotaba mi trasero infantil posado sobre las piernas de un sacerdote que sonreía sentado en una rústica silla de madera. El mundo estaba repleto de ciudadanos en sillas ansiando dar su castigo. El pan que compré tenía la corteza dura. Una vez más, las palabras. Los saludos, las despedidas, los cumplidos, las frases hechas, los monosílabos ante las preguntas prefabricadas, y en el silencio incómodo, el tiempo. Sin aire no existen. Otro pensamiento como azote. Pagué, respiré con ansia y necesidad, y el aliento que se enrocó en mi paladar había adquirido un rancio sabor a cerveza disipada. Regresé a casa y arrastré las cortinas. Creí que las ventanas caían sobre los alféizares como hielo juzgado a mediodía en los tejados, sin embargo, era la lluvia que hacía borrar la tinta de las páginas de las revistas. Las teclas se retorcían de dolor lejos de mis dedos, sonreí nostálgico, el té permanecía frío en la misma taza azul de flores azules que hacía meses no había bebido, quedaba café templado en la copa de vino, no iba a obedecer a la necesidad de mis pulmones, pero aquel martes tampoco supe morir porque la puerta evidenció cuál era la esencia de su material cuando ella utilizó sus nudillos. 

-¿Olí a café?

-Hoy no es jueves. 

-Eché de menos leerte.

-No quedan historias.

-Mil y veintidós palabras.

-Puedes terminarte la copa. 

Los zapatos rojos sin tacón quedaron bajo los pies de mi abrigo de invierno que colgaba de un perchero de madera blanca. Sacudió el sombrero en la calle, y las gotas, ligeras, hicieron un arco sobre la baldosa. Cuando empujé la puerta hacia el marco, ella ya había subido las escaleras hasta la habitación y no escuchó el golpe rudo que supuso el cierre. Pensé que tres minutos eran suficientes para poner punto y final a cualquier vida. Carecía de dinero, y el aire que necesitaba asesinar requería el ahorro de toda una vida. No entendí aquella reflexión, pero estuvo en mi cabeza y vino conmigo en distintas fuentes, en varios colores y tamaños durante cada uno de los escalones. Después, nada. Después las ideas empezaron a deshincharse en mi cerebro y vi que aparecían en el suelo como globos de colores rotos. El agua era sangre, las sonrisas de los niños tornaron hacia el desconcierto, y los adultos, una vez más, cogieron a sus hijos en brazos, corrieron, bajaron la cabeza y escondieron la mirada allá donde todo aparentaba ser seguro. No conocía a nadie. Me ahogaba, pero el aire ya había alcanzado una cifra desorbitada, no había peso en mi dinero, y la muerte carecería del último suspiro. Ella estaba desnuda sobre la cama y yo no tenía palabras. 

-Cuando era niño, y pensaba en la piel, veía naranjas peladas sobre una mesa de madera.

-¿Qué piensas ahora que eres un adulto?

-Soy un viejo e imagino cómo sería meter la cabeza en tu vagina para hacerte el amor con mis ideas.

-¡Maldita seas! ¿En serio? -Juntó las piernas y levantó las rodillas hasta el abdomen- Quizá quieras morir como naciste.

-Sería lo lógico.

-¿Cómo eran las mil y veintidós palabras?

-El personaje que era el protagonista vino de la muerte, aunque la existencia de la muerte fuera paradójica al ser el inicio de la inexistencia… -Cerré los ojos aparentando recordar, no había necesidad, y me concentré en la necesaria e inminente erección. -Sí, vino de la muerte, me pidió una infusión de hierbas y un cigarrillo liado, después, tomó asiento.

-¿Vino de una vagina?

-Ojalá se me hubiera ocurrido, pero no sucedió así. Además, si la muerte procediera de una vagina, hablaría de un aborto, o tal vez debería haber escrito la palabra vida, o a lo mejor nunca haber puesto una sola palabra. -Torcí el gesto y me busqué arrepentido en las estanterías-. Sin embargo, lo hice, y jamás di importancia a la procedencia, sino al acontecimiento. El lector, estúpido en un alto porcentaje de los casos, es perezoso, no quiere aburrirse con el por qué del camino, quiere los acontecimientos y el destino.

-No creo que la lectura sea cometido del escritor.

-Ni la escritura deba pensar en el lector.

-¿Por eso ya no escribes?

-No, es mera honestidad.

-No mientas, tu escritura es justa.-Volvió a estirar sus piernas desnudas, pero las cubrió con una almohada- ¿Para qué venía el personaje?

-Nunca lo supe. Trajo una intención, un conflicto interno, y dejó una huella hermosa en el sofá, pero cuando le brindé el vaso ya había desaparecido.

-¿Respiraba?

-No lo vi.

-¿Se ve?

-En los ojos.

-Penétrame.

↓ 

Abrí el libro por la página doscientos cero nueve, y en el nueve me quedé quieto. El hombre que estaba frente a mí debería pesar ciento cincuenta kilos. Aún no había perdido todo el pelo, la barbilla había desaparecido en el cuello, y sus ojos, cuando miraban de frente, parecían no dejar de vigilar su nariz. No leí, no escuché mi voz pidiéndome que leyera, no observé las letras, tampoco las palabras, no vi cómo mis ojos rogaban que lo hiciera, sólo esperé que él terminara de transcribir mi última frase. Comprendí que me absorbía el paso del tiempo, y en la página doscientos uno cero, el protagonista mataba a un gato negro con dos líneas blancas en el lomo. Aquella lectura me desconcertó. La locura me concentró. Leí nuevamente, e incluso lo hice en desorden, pero el acontecimiento podía leerse de forma idéntica en cualquiera de sus caminos. La muerte agitando la bandera en todos los destinos. Después, busqué la copa de vino, crucé las piernas, y vi un vacío en la punta de mi calcetín, me lamí el labio superior y encontré café, sentí pereza, desidia, odio, tristeza, y al ver una errata en la siguiente línea, me envolvió la palabra negligencia; me ahogó. Falso, me ahorcaba. El hombre gordo no acudía porque no rogué auxilio. Él cambió su bolígrafo, eligió uno rojo, y yo, o el escritor, dos cuerpos que debían ser uno solo, me retorcía a los pies de la cama con el libro abierto en la página uno entre los dedos. Me veía morir y únicamente lo deseaba escribir. Tedio o descuido entró por la puerta. La falta de oxígeno emborronaba mi visión y no le reconocí. 

-¿Quieres hablar del cuerpo?

-Sí. 

-¿Quién es?

-Soy yo. 

El hombre gordo miró a mi derecha, olvidando la asfixia del escritor con el libro entre los dedos. Yo continuaba sentado sosteniendo el mismo libro por la página dos cientos diez. Había una diferencia sin aprecio entre mi muerte y yo. El hombre estiró la americana, metió la mano izquierda en el bolsillo, limpió el sudor de su frente y tragó saliva. 

-Permítame que dude de que el cuerpo que duerme en la cama sea usted. -Miró hacia atrás en busca de algo y regresó la mirada a mí- ¿Tiene agua?

-No. Tengo sed, pero no tengo agua. 

-¿Un grifo?

-Bebo café templado en una copa de vino. Beba.

-Déjelo -Volvió a ajustar el bolígrafo entre sus dedos y depositó el pañuelo de nuevo en la americana- Creo que va a tener que hablarme del cuerpo de la mujer.

Los zapatos de bailarina de ella no elevaron su talón, se arrastraron como si el peso inexistente le obligara a hacerlo de esa manera. Vi páginas correr a un lado y a otro sin liberarse de los lomos, pero no eran lectores, era el viento. Ella había perdido más color, estaba sentada a mi lado, y podía ver la librería a través de su piel, huesos y órganos. Me pregunté por su sangre. Él apretó su corbata, como si al ajustar el nudo bajo la nuez protegiera su respiración, o enalteciera su corazón. Vertió agua hirviendo en una taza rosa con una pantera sonriente. Yo puse todos los puntos al final de todas las frases que ya ningún día pensaba escribir, y olvidé las comas donde antes colocaba los tenedores. La mesa redonda aliviaba porque nadie se sentaba en los extremos. Era el último hombre en la vida que deseaba ver, pero el flequillo lo había recogido con un peine hacia atrás, y su cara aparecía clara, amplia y limpia a un solo metro de la mía. Inevitablemente, aún mis dedos sostenían con firmeza y decisión aquel refresco de limón sin un hielo. No bebí, y no iba a evitar que murieran mis ideas pese a la frase simple que vomitó a continuación.

-Usted no ha matado a nadie. 

-¿Ni siquiera a mí?

-La muerte no respira, tampoco habla, y menos aún piensa. 

-Yo siempre creí que cada vez había más cadáveres en las calles.

-¿Y creía ser uno de ellos?

-No, creí que como mi escritura había dejado de respirar, yo, como otro estúpido y mediocre escritor, también moriría.

¿Por eso vino aquí?

-Yo no vine aquí, aparecí.

-Yo le vi venir por el pasillo con las manos en los bolsillos y la nariz señalando la alfombra. -Bebió el agua hirviendo y clavó la punta del bolígrafo sobre el cuaderno en blanco hasta en seis ocasiones.- ¿Tal vez quiera desaparecer?

-Lo intento, pero siempre desaparecen ellos antes que yo. 

-¿Quiénes son ellos?

-Ella. Ella me hizo el amor, ella leyó mi escritura, a ella le prometí al escritor, pero nunca tuvo valor, y un día no despertó y se volvió transparente. Después él con un bolígrafo rojo, con su peso sobre las maderas de mi casa, señalando un cuerpo que era incapaz de ver, y yo asfixiándome en el suelo con un libro entre los dedos. Entonces yo cogí un revólver junto a un ramo de flores marchito, y el hombre gordo, aterrado, rompió los cristales cubiertos de papeles de revista y huyó. Después la niña con una falda azul puesta del revés, un domingo, el chico que no dejaba de crecer con lágrimas entre los dientes, de madrugada los elefantes enamorados pidiéndome el divorcio, y con el primer café aún templado en la copa de vino, policías rogándome la documentación por dos cervezas frías que no poseía, y la señora que dormía de pie y pestañeaba demasiado para no perder nitidez, y una noche a las doce del mediodía, todas las comas abandonadas carcajeando junto a las cucharas, y desesperado, corrí, corrí, corrí, me desorienté y continué corriendo, y hoy, usted con su corbata junto al cuello enalteciendo su corazón y con la nariz por encima de los ojos.

-¿Hace uso de narcóticos?

-Ayer estaban deprimidos en una esquina, compartían una botella de vino, miraban las nubes pasar, pero no hallaban formas en su cabeza, sólo trazos abstractos, y  aburridos, bajaron sus braguetas y se masturbaron para eyacular sobre una galleta. El último la comió de un sólo mordisco. 

-¿Está usted ahí?

 -¿Y usted?

El cañón chocó con mis dientes como un vendedor de libros viejos insistiendo en la puerta cerrada. No ofrecí aliento, sólo esperé observando desde la mirilla la mala colocación del felpudo. Ella continuaba desnuda, había frutos secos en una taza de metal azul con la palabra felicidad en francés, y cuando mis ojos eran pinceles finos, podían pintar con precisión cada una de las arrugas de las sábanas que quedaban bajo su piel. Ansiaba engullir de un sólo mordisco la falta de oxígeno. El cañón volvió a chocar e hirió mis encías, el escritor me miró con lástima sobre una mecedora de mimbre que, junto al armario, balanceaba en la oscuridad de la habitación. Había una estrella de luz en los cristales rotos, había una comba colgada del pomo y el bolígrafo rojo junto a una pata de la cama. El cañón ardía sobre mis labios y el silencio tenía un ruido inusual.

-¿Y después de tu muerte?

-La tuya.

-¿Y la historia de las mil y veintidós páginas?

-Existe el limbo para los que nunca mueren.

Volví a examinar con ansia cada uno de los departamentos de mis pantalones, pero allí ya no estaban las balas y la sangre encharcaba mi boca. Aún tenía una erección con el preservativo arrugado repleto de semen. Jamás pensé en la elegancia de mi muerte. Me maravilló lo hermoso de mi estúpido pensamiento, uno más, pero era el aire, o quizá los pulmones en blanco lo que me estaba empujando a no saber quién había protagonizado aquella conversación.

Fotografía: Kishin Shinoyama

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7 comentarios en “Respira

  1. Como si de una lectora inexistente se tratara, pero al revés, este relato es la excepción que confirma mi regla: Hay mucha gente que te lee, aunque yo te diga lo contrario…
    Felicitaciones, Daniel Diez, por la entonación con la que envuelves a las palabras para hacerlas respirar.

    • El siguiente paso será la comprensión lectora, o bien el ‘feedback’ inexistente actual del lector. En tanto, como escritor de un blog literario gratuito, seguiré manteniendo con vida mi escritura.
      Invitada siempre, a leer. Se te echaba de menos.

  2. Yo quiero ser esa lectora y que me penetres…bueno…tal vez no ese día en que todo termina…no de ese modo…pero si alguna vez he de morir que sea con un viejo metiendo la cabeza en mi vagina para hacerme el amor con sus ideas…así que si algún día llegas a viejo…yo seré gustosa esa lectora que tan ávida de palabras describiste…

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