Colores

5353_3c7cDejé de ser yo. Los colores habían escapado como ratas desesperadas en un naufragio. El agua es el asesino paciente. Llovían frases lapidarias en mi cabeza y ni una sola piedra. Yo, monocromática, buscaba encuadres imposibles a tres cubiertos de color rosa, inmóviles y fríos sobre la mesa. El tenedor ya no respiraba. La cuchara siempre envidió al cuchillo. Elegí no tocarlos, meramente usé mi muda observación y terminé exhausta. Esperaba que huyeran los tres para hallar alguna pista. Yo, blanca y negra, era una mujer diminuta y pequeña ante la grandiosidad de cualquier colorido ser humano. Personas coloreadas que, balbuceando, hablando, gritando, paseando y pasando, asomándose, enseñando y mostrando, eran molestas manchas que trataban de pintar mi alrededor. Yo me había quedado completamente sola y sin trazo, pequeña e ilocalizable, desnuda y calzada, maquillada y mustia, y tan minúscula, que me perdía constantemente a mí misma. Me había emborronado hasta desbaratar uno a uno todos mis razonables sentidos. Yo sobre el lienzo, como una ceja caída e imperceptible, tan irritante para la limpia y erudita perfección del arte. Ellos, los desconocidos, señalándome con dedos feos y uñas largas, rotas y descuidadas, y sin percibir que habían ensuciado con sus huellas mi cristal. Ellos oscureciendo la luz que había adquirido con enorme esfuerzo durante todos mis años. Rota y sola, como animal lastimado me lamía para adormecer el dolor. Era alta, joven y envejecida, delgada, tanto que me avergonzaban los huesos. Poseía la melena rizada, corta, roja, peinada, y además, falsa. Era adicta a los olores fuertes. Sólo él logró esconderse en mis nalgas cuando estaba mojada. Era callada, con el olfato casi nulo, y en consecuencia, había perdido el paladar. Dejé de ser yo el día que todo el escaso mundo que daba vueltas en mi universo, adoró ser alguien, y el día que, lo que de verdad deseaba y poseía, el único color que necesitaba, desapareció.

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Rojo estuvo afeitándose la barba en el fregadero de la cocina, le castigué, y sujetó un libro repleto de comas y acentos que leyó sin prisa. Azul se masturbaba en el taburete de la cocina vigilando una botella de cerveza vacía y caliente, y con los ojos cerrados, besé su nariz. Amarillo lamía helados de vainilla derretidos en pequeños botes de plástico, y al descubrirle, escondí su adicción en el frigorífico. Rosa cogía la mano a Naranja, nada más. Negro era yo, y al pestañear y desabotonarme la blusa, surgió el brillo, el rostro de Blanco, lo inerte, y mi vida se aclaró. Agité los pinceles con los ojos doloridos y las paredes quedaron ensangrentadas de grises que parecían escapar corriendo hacia el techo. Agité el pincel, y sus dientes sin palabras concisas comenzaron a podrirse bajo sus labios sin una alegre mueca. Agité el pincel y las lágrimas cayeron lentamente sobre un bote vacío de pintura sin ella. Los colores reían con las carcajadas en los brazos mientras las emociones huían de la batalla atravesando un inmenso campo de flores incoloras. 

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Pequeños, los pinceles estaban limpios en el fregadero. El gris descansaba y aparentaba estar muerto. Me acerqué y comprobé su respiración en el suave movimiento del pecho. Me fascinaba lo inusual e imposible. A mi lado, ella tenía los dedos embadurnados de rosa, las mejillas de verde, y el azul había empezado a gotearle desde la barbilla. Era tarde, el sol había tumbado las flores, oscurecido la hierba, y tras la montaña sé que bajaba la marea. En la casa, la pequeña cama continuaba cerrada, la leche en el vaso, junto a las tres galletas, templada sobre la mesa, y, la línea blanca seca en el cristal, se revolvía y rompía lo único que la permitía ser íntegra. Papá bebía una copa de vino mientras sujetaba la mirada vacía en la pantalla. Una mancha roja enturbiaba el cristal porque movía la base en círculos sobre los pantalones vaqueros a la altura de su rodilla. Humedecí el trapo, lo estrujé entre mis manos y le limpié el cuello a Martina. El azul se tornó verde en el tejido amarillo. La hierba comenzaba a confundirse con la oscuridad y sentí la necesidad de correr las cortinas.

-¿Sabes por qué dormimos? -Pregunté.

-Para soñar. -Respondió mientras arrastraba un taburete hasta el fregadero.

-Y ser más inteligentes.

-¿Yo lo soy, mamá?

-No lo diré yo, jamás lo debes decir tú, lo dirán otros.

-¿Quiénes?

-Quienes no te conocen.

-En el colegio dicen que hay un test.

-Test es un nombre muy feo para una persona.

Cuando la pintura intoxicó el desagüe, papá había apagado el televisor, abandonado la copa de vino, aún completa, junto a la cesta de fruta de la cocina, y yo no podía ver el resultado que me hacía sonreír en el lienzo que ocupaba toda la pared. 

-¡Papá! Mamá dice que otros dirán que yo soy inteligente. ¿Es verdad?

Sus pasos ya subían las escaleras hacia la habitación. Oyó la pregunta, oyó su voz, su nombre común nominativo, pero los escalones continuaron sonando bajo la planta de sus pies descalzos. Cuando el grifo del lavabo gruñó como solía y él empujó la puerta para alejar el sonido, yo había terminado de limpiar su cara y le tendí una toalla.  

-Papá tiene sueño porque quiere ser más inteligente -le excusé-. Vacía el vaso de leche y cómete, al menos, dos galletas.

-A papá no le gusta que pinte como tú. 

-Él prefiere que colorees dentro de la línea.

-¿Qué línea?

-La que ya existe.

-¿Y aquí no hay líneas?

-Ni siquiera colores.

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Había dos coches del mismo color y diseño cruzados en la carretera. Había cristales de tres colores en el asfalto y voces descontroladas sin un oyente. Imaginé que las voces fueran espadas, y proyecté en un punto fijo ríos de sangre negra y confusa escondiendo el cemento. Bebí agua hirviendo en una taza blanca ovalada, descansé, eché en falta sabor, y con un dolor inaguantable en el estómago, sin conocer el motivo, comencé a abrir uno a uno y con desesperación todos los cajones vacíos de aquel hogar. Atrás, los tacones habían agujerado los cartones que cubrían el suelo. Debajo de mis pasos hubo realidad, y era una moqueta. Dentro, hubo cantidad, y eran corbatas negras. Los colores habían desaparecido, sentía incomodidad y la piel languidecía bajo el aire. La puerta cerrada y la manilla rosa. Los colores aún escondidos. Era una mujer fantasma, exhausta y hambrienta. Me desmayé. Quizá los huesos querían abandonarme. 

Desperté oscura y tendida. Pensé en la sujeción de las pinzas, en la ropa temblando en la calle, en papá siendo mi marido bebiendo botellas de vino en copas de cristal, en los cubiertos de plástico rosa entre sus dedos pequeños, en los pinceles de su habitación moviéndose sin límites, pensé en el silencio, y sin pestañear, esta vez sí, desperté. Vi los lienzos castigados, sujetando su propio caos bajo sábanas grises y negras. Me descalcé, coloqué los zapatos frente al rodapié, y observé la inexistencia de un camino en los agujeros del cartón. Se arrastraron mis pies hacia otra habitación, mojé la palma de mi mano porque mi frente estaba empapada de sudor, y noté un desconocido frío arrugándome la nuca. Crecía un roto en el papel que cubría el cristal y la luz resbalaba veloz como por un tobogán. Allí había un balcón y miraba a una charca en la que nadaban tres peces, que difusos, como el grano de una fotografía antigua, daban vueltas alrededor del agua. Nunca vi saltar a las dos ranas que fueron verdes y ocupaban la cúspide de aquel semicírculo. Había algo en mi mirada porque a nada sabía ponerle color, y algo tenía una definición que carecía de valor para pronunciar. Bebí más agua, ya no hervía, me tumbé con debilidad en el suelo y, a través de la luz, vi motas de polvo emerger de los agujeros. El sudor seguía huyendo de mí lentamente y ni siquiera la oscuridad había logrado la calma. La manilla rosa también se hacía de noche. Me desnudé y vigilé. Quizá el alma quería abandonarme. 

Martina todavía era una niña, estaba en ropa interior, rosa, no le habían crecido los pechos, y su pelo rojo le caía como ramas de un sauce llorón sobre los hombros. No hacía ruido, jamás elevaba la voz, y había aprendido el orden de los cubiertos en el cajón de la cocina hacía una semana. En el medio de aquella habitación vacía, sentada, ella tenía las piernas cruzadas, los brazos en su espalda y los ojos cerrados. Yo tenía demasiado peso en el estómago. Dejé también caer el bolso cargado de objetos estúpidos y recogí mi aliento del suelo. Olía a sudor bajo mi blusa y sentía una extrema lentitud en el parpadeo. Papá no había vuelto a casa porque ya no se iba. A su lado hablaba la televisión y aún respiraba su aliento a vinagre sobre mis ojos. En el jardín llovía. En la calle también. Cuando el amor desaparece las palabras tienen miedo a hablar. Vacías, mienten. Me liberé el cabello, posé mi mano, giré la manilla rosa, abrí, pasé y cerré muy despacio la puerta. Dentro, en su cuarto, podía respirar.

-¿Qué escondes ahí?

-Un pincel y pinturas.

-¿Y por qué tienes los ojos cerrados?

-Estoy observando los colores que corren de un lado a otro en mi cabeza, mamá. He descubierto que pueden mezclarse sin confundirse.

-¿Cómo las personas?

-No, son colores mamá -Corrigió Martina sin abandonar aquella posición-. Yo confundo mucho a las personas cuando están de espaldas. A los colores, nunca. 

-¿Quieres decir que los colores no mienten?

-Las personas son las que mienten, mamá, los colores siempre dicen la verdad.

-¿Qué persona te ha mentido, cariño?

-Papá.

La habitación era un cuadrado enorme sin un mueble. Los huecos habían engordado con el paso de los días porque los lienzos de Martina habían puesto más peso en las paredes. Me descalcé los zapatos de tacón, enganché mis manos a las piernas desnudas de mi hija, y mis ojos hinchados recorrieron los puntos secos que cubrían sus mejillas. Allí había colores.

-Pinta, Martina. Pinta. 

Me sorprendió mi voz repitiéndose en tono tan alto. Era un alfiler arañando la madera. Le recordé a él quitándome los pendientes con delicadeza, las medias con lentitud, los zapatos con prisa y el sujetador con torpeza. Oí cómo una bisagra se movía, sin embargo, el ruido volvió de nuevo, escuché en vez de oír, y asumí que era un soplo de viento desorientado. En el salón, el rectángulo blanco de la pared evidenciaba que la televisión no estaba. Era el único silencio que aliviaba. Me sorprendió mi voz insistiendo, y el techo quieto no me obsequió con una respuesta. Las ventanas cubiertas, el suelo escondido, la habitación cerrada, y yo, sin lágrimas, consumiéndome como una copa de vino vertida en un desagüe. Me sorprendió mi grito repitiendo la misma pregunta a la página sesenta y tres de una revista. 

-¿Dónde están?

-El fuego sonreía en lo alto de la montaña, los árboles huyeron aterrados, y en la hierba, junto a un círculo de piedras, podía verse la pintura derritiéndose. Nadie quiso evitarlo. -Explicó un papel que tiritaba en la ventana.

-¿A dónde fueron?

-El agua corría deprisa por el fregadero y la puerta quedó abierta. -Dijo una mota de polvo bailando en una esquina.-Todos lo sabíamos.

-¿Y dónde estaba yo?

-Tú hacía mucho tiempo que habías desaparecido.

Vi como el pene de Púrpura se adentraba lentamente entre las piernas anoréxicas de Violeta. Ambos colores poseían un cuerpo hermoso, sin un solo vello, y estaban a punto de iniciar un acto sexual inmediato, brusco, apresurado, y en consonancia con el planeta, normal. Al día siguiente confundieron todo lo sucedido con el arrepentimiento y evitaron mirarse a los ojos. Marrón, el vecino, madrugó como en él era habitual, preparó un café solo y sin azúcar, y bebió al tiempo que, con minuciosidad y sentado sobre el tambor de la lavadora, limpiaba la escopeta aun a riesgo de que Blanco, de nuevo, pusiera el centrifugado y desencadenara en tragedia. Púrpura olió sus dedos y pensó en la goma de las bragas dejando huella en la piel de Violeta. Su último beso quedó suspendido en el aire, a la distancia de la punta de una lengua. Amarillo, travieso, lamía sellos que pegaba en la esquina de los sobres mientras soñaba con helados en un frigorífico repleto de zanahorias. Azul le espiaba y eyaculaba subido a una coja escalera de madera. Negro era yo. Golpeé mi altura con el pomo de la puerta y vi gotas rosas en las uñas de mis pies. La sensatez dentro de la línea. La cordura era un camino recto. 

La casa la vendió una señora mayor que decía vivir sola en una granja en lo alto de la montaña, la única que podíamos divisar en el árido condado de aquel frío país en el que habíamos decidido vivir. Era una mujer erróneamente cercana porque mezclaba la distancia corporal con la cercanía verbal. Y en aquella cálida conversación, repetía sin descanso, en cada frase, la palabra espléndido. Lo hacía constantemente en sus distintos géneros, en singular y plural, en lo abstracto y concreto, en los objetos y los seres vivos. Las ventanas eran espléndidas, las paredes eran espléndidas, las puertas eran espléndidas, la campana que colgaba de la caseta del jardín era espléndida, la hierba que llevaba meses sin cortar sería espléndida, la ubicación de la propiedad, sin duda, era espléndida, e inmejorable, la taza del váter orientada hacia la ventana era una decisión del fontanero, y espléndida, los espacios, la moqueta que cubría el salón, la madera que daba calidez a la cocina, los techos altos adornados con vigas de madera, y el precio, a bajo interés y menores cuotas mensuales, todo, incluso ella vendiendo era espléndida. Una ardilla cruzando el jardín y escalando con soltura el tronco de un árbol sin él, también fue espléndida. Incluso mi marido era espléndido con aquel cuerpo largo, escuálido de no comer y una elevada y obsesiva dosis de ejercicio. Arreglado en apariencia, serio, sin una sola arruga entre los ojos y la frente limpia por la ausencia de gestos, con el pelo recortado sin la necesidad de un peinado, e inevitablemente, su sobresaliente y espléndida amabilidad. Adriano, pensé, no era espléndido, era imposible. Sin embargo, la señora mayor repetía esa palabra con una sonrisa y sin mostrar un solo diente, al tiempo que posaba la palma derecha de su mano sobre el hombro huesudo de mi marido. Él era capaz invitar a un café a cualquier desconocido e inevitablemente seducirlo. Él dijo sí a aquella mujer de corta estatura, labios estáticos bajo su nariz, ojos desconfiados engrandeciéndose tras unas minúsculas gafas de montura rosa, y voz agria y artificial pese a la dulzura de las palabras utilizadas. No yo. Yo no dije sí, tampoco mencioné el no, y ni siquiera fui espléndida en ninguno de los dos encuentros. Ella, la vendedora, únicamente se dignó a mencionar mi embarazo emancipándose debajo del abrigo. Y allí, con el bolígrafo aún ardiendo entre los dedos, con la mesa plegable sujetando el peso del contrato, yo tenía la urgente necesidad de desnudarme. 

-Hay un calor inusual. 

-No hay colores, Álex. 

-Necesito quitarme las bragas, necesito liberar mis pechos, me arden, seguro que el calor los está dañando y oscureciendo. -Busqué en el bolso, pero no extraje nada- Pintaremos de púrpura las paredes de nuestra habitación.

-¿El amor no era rojo?

-El amor es calor, no es un color, pero en ambos casos, cariño, el púrpura emana pasión. 

-De acuerdo. -Dijo seco mientras esperaba que tras la puerta de aquella habitación regresara la señora- Contigo siempre he creído que los sentimientos carecen de colores. Tus colores deben ser transparentes.

-¿Y mi arte?

-Incomprensible. -Bromeó dirigiendo la mirada al tronco sin árbol, donde la ardilla continuaba allí. 

-Eres idiota, cariño. Todos los colores guardan emociones. 

-Ilústrame.

-El rojo me aterra. El verde me tranquiliza, el amarillo me enloquece, el azul me entusiasma, el negro me confunde, el blanco me entristece…

-¿Y el violeta?

-Me produce una extraña melancolía. El naranja me brinda la felicidad. 

-¿Cuál es mi color?

-Como los ojos de un bebé, Adriano, aún no te has definido. 

-¿Hablábamos de esta casa? 

-¿Y cuál es tu opinión al respecto?

-Espléndida. 

Los dos nos miramos, y sin un color, sonreímos. 

Yo era una escultura erudita, quieta, indefensa ante los ojos y objetivos del turista endemoniado. Desnuda, en lo alto de un árbol, pintaba mi piel con un pincel que era mi mano y no había pintura. Gritaban, señalaban, rogaban, miraban, reían, fotografiaban, y cuando el dolor rendía el movimiento de mi brazo, caía, y una cama de aire me recogía. Era un cuerpo invisible cada vez que me miraba. 

-¿Se encuentra bien?

-No me encuentro.

-¡Puede caerse!

-Puedo volar…

Yo era una lágrima inteligente arrinconada en uno de los lados de la nariz, paciente, deseando esquivar el movimiento de los labios para huir. Yo era una mujer atormentada sin una gota. Era la cordura hecha añicos en una habitación cerrada. Yo era una mujer atada a un hilo invisible. Abría y cerraba puertas, pero continuaba la ausencia transparente. Martina en blanco, Adriano en negro. 

Una manzana había quitado toda su piel sin desabrocharse un botón, la vi en el suelo, enredándose sobre sí misma, podrida, y con los pies en el aire en plena calle. El verbo caminar en infinitivo yacía en otro suelo, desangrado, tiñendo uno a uno y todos ellos, los azulejos blancos del lavabo público de caballeros. Llovía alrededor de mi paraguas, y atrás, el cielo no apagaba el fuego. Mi arte, su arte alineado en lienzos, desordenado en folios, acumulado en cuadernos, había comenzado a ser humo denso en la chimenea que tocaba el cielo sobre el tejado.

Llovía en la plaza, donde una señora de cien años vendía periódicos usados que únicamente yo compraba para amueblar las paredes y cubrir las ventanas, embaldosar sobre el cartón el suelo, oscurecer el día y secar mi piel mojada cuando la fiebre me empapaba. Ella me vendía papeles doblados sin letras honestas y yo le tendía mi tiempo. El reloj era dinero hecho con pinturas infantiles. La compañía como adquisición de noticias falsas, erróneas, e inútiles. Fotografías antiguas, fotografías olvidadas, fotografías, todas en mi entorno, mirándome, ahogándome, sirviéndome la risa, la sonrisa, el tono de voz, y obviando mi gesto, mi lloro, a mí misma.

-¿Los lee? -Preguntó recogiéndose con una goma el pelo que el viento empujaba y le escondía la cara.

-Los veo.

-¿La diferencia?

-El tiempo, la velocidad, el aprendizaje, el pensamiento y la inteligencia. ¿Usted lee, ve u observa un cuadro?

-¿Pintura?

-Arte.

-El arte, decía mi marido, que dudo descanse en paz, se siente. En cambio decía, el amor se tiene, el sexo se hace y el cariño no existe. Luego descubrí que compraba todo eso. -Buscó en el bolso y me mostró con orgullo el extremo derecho de la portada de un periódico- Mil novecientos ochenta y uno. El año más feliz de su vida.

-¿Murió?

-Desapareció.

-¿Y por qué aún sigue aquí?

-No sé borrar mi silueta. -Guardó la hoja con mimo y rascó su nariz para esconder la mirada- ¿Es usted la señora de la casa de papel?

-La espléndida casa de papel -Corregí.

-Nunca vuelven.

Las luces eran cables enredados a ramas de plástico de un árbol de Navidad, y cada paso rodado, eran dudas sobre zapatos rojos de charol. Doce días. Volveré. Doce días. Intimidad. Doce días. Pensamientos. Doce días. Colores. Rojo hundiéndose en mi lengua deseosa. Verde peinándome los ojos. Amarillo rompiéndome la piel bajo el vello de mis tobillos. Negro introduciéndose lentamente en mí. Rosa en los cubiertos de plástico de Martina. Blanco careciendo de las ideas necesarias, y todos ordenados en aquel desorden tan maravilloso.

-¿Tarde?

-Sí, después de las dos suele llamarse tarde. La noche oscurece por si sola y es más fácil identificarla.

-He pintado.

-No dejes de hacerlo, cariño. 

-¿Doce días?

-Doce colores.

-Papá dice que no volverás, que te vas a vivir a una isla desconocida.

Vi el cuerpo de Martina con el pincel limpio y hundido en un bote de cristal repleto de agua. Recordé lo oscuro de la mermelada de ciruela y el ruido del cuchillo al untar las tostadas. Después, oí crujir mi rodilla cuando la doblé, y besé su mejilla, por una vez, limpia.

-Papá ya vive en su propia isla -bromeé antes de tirar de la manilla rosa para cerrar su puerta-. Pinta, Martina, pinta.

Adriano tenía las piernas desnudas sobre la mesa, sin cruzar, y sostenía con torpeza un sandwich de queso fundido que goteaba lentamente en un plato de cristal. Le miré desde el marco. No bebía. Tampoco miraba la tele encendida. Asomé mi cabeza hasta atravesar la puerta, y como si firmara un cheque sin un solo fondo, le sonreí.

-El corte de pelo ha cambiado el color de tu mirada.

-¿Y es?

-Negro.

-Doce días.

La carretera era inhóspita, nerviosa y con rectas inhabitables, pero no levantaba el pie del acelerador. El embrague caía pesado bajo mi pie. La lluvia confundía la realidad, y en la curva, sin rozar el freno, las ruedas gritaron como preludio de un sobredimensionado drama. Era viernes, los árboles que custodiaban el camino caían rendidos bajo la tormenta, y al desequilibrarme sobre el asiento, el agua dio un severo zarpazo a la acera. Corregí el volante y pensé en todos los colores que Martina y yo habíamos dejado listos en su habitación. Perder el control jamás fue un descontrol. El río cubría varios metros la orilla, aumenté una velocidad, sin embargo, la nitidez continuaba desaparecida. Vi los cubiertos rosas moverse en la guantera, vi la canción encasquetada en el estribillo, pero permití que sucediera aquella molestia. Desprenderme como un alfiler. El volante temblaba en el hambriento asfalto, y la oscuridad carecía de su color habitual. Pensé, quizá víctima de la muerte de dos farolas. Reduje el volumen y aumenté la prisa. El ansia es un enemigo caníbal y hambriento. Desprenderme como un alfiler. Hundí el empeine, noté un extraño temblor en la rueda trasera derecha, y creí ver que, uno a uno, todos los árboles que dejaba atrás caían sobre mí. Las ramas se abalanzaban, las hojas me escondían, y la luz tenue que indicaba la velocidad se emborronaba. La imaginación era un arte o meramente fue un principio de incertidumbre. El coche continuaba en la carretera, y yo, con las palmas de las manos empapadas en sudor, por una evidente razón, continuaba firme y maniatada al volante. Quieta, con el motor apagado, sin iluminar la oscuridad de la espléndida casa, busqué el teléfono en el bolso entre innumerables objetos estúpidos. No había una sola respuesta.

Quise que el coche iluminara el salón y volví a poner el motor en marcha. Vi mi silueta huesuda e inadvertida en el cristal, la lluvia rompiendo el rizo de mi corto cabello y enalteciendo la tristeza. Clavé la llave como si aquel gesto fuera una inyección de insulina, giré, una, dos y tres, empujé la puerta, golpeó el pomo en la pared trasera, clavé el tacón en el suelo de moqueta, y cuando grité Martina, el eco evidenció que las pinturas de su cuarto estaban vacías.

Negro era yo. Rojo buscaba tiritas como un ser irracional y enloquecido porque veía morir naranjas en el exprimidor. Blanco era él. Azul continuaba enamorado de Amarillo, que lamía helados encerrado en el cuarto de baño mientras le caían lágrimas transparentes sin un gemido. Verde crecía cuando bebía, Marrón limpiaba su escopeta, y Violeta y Púrpura coincidían cada mañana en un paso de cebra que cruzaban en sentido opuesto, y nunca se miraban. Naranja había dejado de existir porque el tacto de sus dedos jamás regresó. Rosa era ella. En los pinceles secos, los colores ya habían fallecido.  

Fotografía: Peter Lindbergh

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4 comentarios en “Colores

  1. Empieza diciendo ,” deje de ser yo ” y termina diciendo “negro era yo ” y entre ellas , “era una mujer atada a un hilo invisible” , “no me encuentro “,”donde estaba yo?”,” cuando el amor desaparece las palabras tienen miedo a hablar, vacías mienten”,”escuché en vez de oír que era un soplo de aire se orientado” . Y , “desprenderme como un alfiler” ,que bella es esta frase, con todas ellas he pasado por todos los colores , asfixia , dolor, desamor,depresión ,ternura , nostalgia y soledad . Bello poema y muy bien elegida la fotografía !

    • Me alegra que hayas tenido todas esas emociones al leer. Sí decir que, ‘desprenderme como un alfiler’ es la única frase que no es mía. Es del grupo Pauline en la playa. Así que ellos se quedan con todo el honor de tan besa frase.
      Gracias, Pilar, por tus palabra.s

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