Sapos

321afd4048dc96354d097e3ccf80e903Había llovido una plaga de sapos en mi cabeza. Sentado, con mis dos zapatos, el uno sobre el otro, y ambos fuera de mis pies, sentí la necesidad de dar un brinco y caer muy lejos de mí mismo. El caballo de la noche anterior daba coces sobre mis sienes. Hojas sueltas bailando a un lado y a otro. Ni rastro del viento. Escribí una mayúscula al azar en mi memoria, y poco a poco, como un helado bajo el sol, fue arrepintiéndose hasta desaparecer. La minúscula en plena llantina se suicidaba. Desperté, y ante mí observaba a un señor de edad pesada, con la cabeza abierta por un disparo, los ojos repletos de dobleces erradas, una pérdida irrecuperable del cabello frontal, ensangrentada la camisa beige y la corbata blanca, que yo, como anotación, jamás hubiera elegido. Vi cruzarse a una magdalena que perdía su parte deliciosa al hundirse en la leche. Sorprendido, inicié el trazo de una exclamación en mi cabeza, contemplé con hipnotismo la irregularidad de la barbilla ensanchada, vi al punto lejos de la raya sufrir un hinchazón, y ante mí, el mismo hombre. Creí ver como sus dientes saltaban al vacío desde los labios sin musitar un tímido adiós. Presos de un pánico, corrían esquivando los bolígrafos que habían rodado sobre la mesa.

-¿Ha muerto? -Preguntó la mujer de la falda escocesa que, sin golpear la puerta, había usurpado la escena del crimen. 

-Tal vez apagado, desvaído, poco activo o marchito. Pero muerto, creo, es un término exagerado.

-Marchitas son las flores.  

-Y las flores están vivas sin respirar.

-Él no respira.

-¿Hoy quién lo hace? 

-Hay un disparo de bala en el lado derecho de su nariz, bajo su ojo derecho.

-O izquierdo si lo explicara él. ¿Qué hora es?

-No es importante.

-Lo pregunto. Lo es para mí. Tengo una plaga de sapos en mi cabeza, letras desesperadas gritándome porque no se entienden en la distancia, y sé que en apenas unos minutos, tú y yo habremos desaparecido y nadie preguntará por nosotros. -Lo dije con tono exhausto y escaso-. Al menos, saber la hora en la que todo va a suceder. ¿Quién es usted?

-La fotógrafa. 

-Imágenes por encima del tiempo. -Reflexioné pensando en la soledad del lugar.

-Guarda el arma.

No obedecí, tan sólo desenvainé un falso punto y final, lo clavé al final de esta frase, y continué escribiendo.

El reloj de la habitación tenía las luces verdes, el autobús efectuaba su parada a las siete, cero y tres de la mañana en la marquesina que quedaba bajo el árbol centenario que acechaba con sus ramas degolladas, y yo, con los ojos hinchados porque había perdido el sueño al evitar que los elefantes de mi cabeza se despertaran, tenía tres hojas escritas repletas de faltas de ortografía en una pequeña carpeta roja que quemaría con velas blancas, pequeñas y redondas. Había cumplido dieciséis, perdido la virginidad en un trastero, y bebido una botella de ron sin hielo hasta perder la conciencia. Entonces era un tipo honesto. Los elefantes despertaron, y comenzó a dolerme ambas sienes y las muelas que tenía junto a la garganta.

Ser escritor. Mi nombre había perdido la batalla el día que dejó de ser completo por la pereza de la raza humana, convirtiéndose, uno más, en un fugaz monosílabo. Desabotonaba botellas, despellejaba páginas, desconocía, desechaba, desperdiciaba, y desde mí, jamás alcancé ser yo mismo. Era un adolescente encadenado a la inmediata densidad y al deseo sexual. Era un niño por el peso excesivo de los sueños, la caca en los calzoncillos en los estados etílicos desmesurados, y la eyaculación precoz ante el murmullo cercano de cualquier pelo púbico. Era un incrédulo por la repetición de los rezos nocturnos ante los evidentes e inminentes desastres. Las velas gastadas dentro de los cajones, la marihuana desmigada sobre el tapete de ajedrez, las colillas rotas por la mitad, y la fotografía de ella sobre un corcho agujereado. Delgado, coleccionista de espejos cuadrados de pequeñas dimensiones, y apasionado, ella nunca llegaba tarde, y el autobús, tras sonar la campanilla, no frenaba lo suficiente. La marquesina volvió a empequeñecer lentamente y yo ya me había convertido en un ser adulto. Trescientas doce hojas balanceaban sobre los bolsillos delanteros de mi pantalón, y el señor que a mi lado olía a alcanfor y menta, leyó una palabra y la hizo cuestión. 

-¿Qué es ser escritor? 

-Una persona que escribe. -Definí.

Las faltas ortográficas sirvieron un nuevo vaso y pusieron sus pies descalzos y malolientes sobre cualquier mesa. Pronto, cualquier hache muda desaparecería. 

A mi lado, de rodillas, como si buscara el plano sombrío de su bragueta, ella ya tomaba fotografías sin color y con una sonrisa. El contraste era antinatural. Mantenía el cigarro encendido entre sus largas y viejas uñas, coloreadas, añadiría afiladas, y en uno de sus meñiques, aquel anillo horrendo parecía brillar por pura maldición y deseosa maldad. Recordé los huesudos dedos que exprimían naranjas con rabia y me masturbaban cada noche. Hoy dormían en otro cajón. La mujer daba pasos de duda sobre unos zapatos con olor a cuero, verdes, y mal atados cordones amarillos. Buscaba un encuadre inusual para un desinteresado cadáver. De ellos, los pies, emergían medias de distintos colores. El negro en la pierna izquierda hasta la rodilla, el marrón hasta media espinilla en la derecha. La falda, de cuadros rojos y azules, era densa como un puré de avena, y al mismo tiempo, firme como la piel de un elefante. Busqué el mío en mi interior. Aún dormía. Mi arma continuaba a la vista.   

-¿Cuántas fotografías necesita?

-La muerte exige todas las perspectivas, todos los encuadres, porque pese a ser de un solo gesto, nada es igual según cómo se mire.

-¿Y qué me dice de la vida?

-Se está convirtiendo en uno plano fijo, y añadiré, astuta y atrevida, aburrido y repetitivo.

-¿Cuántas? -Insistí.

-La muerte es el estado más cercano a la desaparición, no debo escatimar ante la última oportunidad.

-Sí, como el amor, aun de mentira, si lo tienes, lo exprimes hasta extraerle todo el jugo y romperle la piel. Lo hacemos porque siempre guardamos el miedo latente de que mañana pueda ser la última vez -ironicé rascándome la nariz-. Continúe. 

-¿De qué habla?

-De medias naranjas.

Yo no me moví de mi asiento. Hundí los dedos en un flan de huevo que inventé en mi cabeza y luego los chupé uno a uno. Amaba el sabor a caramelo. Mi cuerpo, en el calor y el silencio, respondió con media erección. Vi los pliegues de una gran cantidad de dinero ligero en los bolsillos del cuerpo abatido. Sin cruzar la mirada, tampoco la palabra, dejé fluir mi respiración, careció de sonido, y esperé que ella terminara.

-¿Por qué crees que sujeta tantas hojas?

-Porque escribí demasiado. 

-Yo una vez bebí demasiado y también me sujetaron. -Pulsó, sonó un click y puso la tapa al objetivo- ¿Escribes?

-Tengo muchas palabras en la cabeza, si las dejo dentro, explotaría.

-¿Cómo un globo?

-Como una bomba radiactiva repleta de chicles de mascar.

-¿Sabor?

-Frambuesa.

-¡Qué muerte más horrible! -Reajustó la tapa en el objetivo, hizo click y apagó la cámara- La policía llegará en escasos minutos.

-¿Qué hora es?

-No es importante.

El cuerpo había dejado de sangrar, y la fregona continuaba con descaro flirteando con otra interrogación inicial olvidada. La descripción de lo sucedido continuaba sin ser un hecho claro en mis ideas.

Los dos ocupábamos lados opuestos o enfrentados de una misma mesa de madera. El reloj de la pared, sobre su cabeza, era de agujas y permanecía quieto en las tres y cuarto, de manera que sólo una aguja quedaba a la vista. Tal vez no respirábamos ninguno de los dos. Los sapos comían insectos y la escritura parecía ubicarme en un espacio inexistente. El tiempo era otra vez. Por lo acontecido y escrito, éramos un instante anterior. El elefante que desequilibraba la cordura en mi cabeza dormía sobre tres almohadas, sin sábanas ni colchón, y al despertar, chillaba inmóvil y atrapado en el escaso espacio de un ataúd oscuro bajo la humedad de la tierra y la hermosa y fresca hierba. La muerte era un sueño interminable que me obsesionaba.

La mesa, retomo, era rústica y grande, las tres y cuarto, y los dos mirándonos y esperando una palabra. Respirábamos, sin lugar a dudas, pero yo ya no era consciente del aire necesario en mis pulmones. Hacía tiempo que tomaba el oxígeno sin medida, ni conciencia, tampoco preocupación, de manera automática, infravalorando el poder de la respiración. Abrí la cartera y coloqué, sobre la susodicha y enorme mesa, trescientos doce folios en blanco.

-¿Qué son?

-Aún nada. 

Supe que éramos el instante de cualquier osado que hubiera decidido fotografiarnos. Supe que éramos una cita con expectativas. También éramos blanco y negro, y nadie sonreía. Una vez más, el arte embotellado en el mismo envase. Arte copista. El  arte yacía minúsculo como un cadáver común, y entre flores de plástico, podía vérsele  en un clásico y sobrio ataúd. Alrededor, la soledad, tan ausente como acostumbraba. Cinco céntimos y una tecla. Pensé en el lector robando letras y observé el gesto contrariado de mi enemigo.

-¿Por qué está en blanco?

-Lo inexistente, hoy en día, nos hace diferentes.

-¿Por qué?

-Porque lo que existe ya se muestra constantemente. 

-Es estúpido.

-Le explico -Repliqué acercándome a la mesa-. Todos somos escritores, todos fabulosos en nuestro propio ego, y en ese soberbio intento de tocar el cielo cada vez que escribimos,  cualquiera muestra sin pudor la punta de su prepucio. Sin embargo, los prepucios siempre existieron, la diferencia es que ahora todos asoman, bien y mal escritos.

-¿Habla de literatura?

-No, escritura, mera acción y efecto de escribir.

-¿Y usted escribe?

-No ahora, porque si lo hiciera copiaría lo que alguien ya hizo. -Me arrimé más a él, empujé las hojas y susurré- De esta manera, aquí le estoy ofreciendo algo único, una novela en blanco que aún sólo permanece en mi cabeza. Ideas inexistentes entre una plaga sapos, y ya en sus manos.

-¿Sapos?

-Lloviendo en mi cabeza.

Empujó las hojas hacia mí, levantó su esbelto cuerpo de la silla y me abandonó mental y físicamente.

-La osadía puede ser irrespetuosa. -Dijo con malestar.

Inventé que él tenía mal atados los cordones de sus zapatillas, que tropezaría, golpearía su cabeza en la ventana, rompería el cristal y caería su cuerpo al vacío.  Sonreí sin mover los labios, únicamente deposité la felicidad en los ojos. Recordé lo delicioso que era el caramelo del flan de huevo que imaginaba cuando estaba triste. Reflexioné, antes de sacar el arma de debajo de mi cinturón, que hubo un tiempo en el que escribía porque creía que, quien lo hacía, leía. 

-Soy un escritor vacío. -Intenté aclarar acariciando la dureza del pequeño y frío gatillo.- Tengo la edad de un reloj quieto, como el suyo, y cuando libero el tumulto de palabras que hinchan mi cabeza, siento que no van a ninguna parte y mueren por abandono. ¡Es terrible! ¿Imagina salir desnudo a dar un paseo por el parque y que nadie le prestara atención?

-Como escritor ha de ser más observador. -Replicó de espaldas, de pie aún porque sus zapatos no tenían cordones, y con la palma de su mano derecha apoyada en la ventana.

-Voy a dispararle junto a la nariz. Ha de girarse.

Hubo dos símiles sencillos hablándole a una hipérbole increíble. Lejos, la metáfora había dejado de existir y encontré un punto y seguido verdadero en el bolsillo derecho de mi camisa. Lo coloqué al final de esta frase.

La escritura siempre sembraba incontables caminos al convertirse en lectura. Vi un cruce sin señalizar, vi rutas sin asfaltar, asfaltadas, con y sin marcar. Me vi desorientado en esta frase, y en la breve soledad de aquel cuarto, busqué la amplia espalda de su camisa beige escondiendo la espantosa corbata blanca. Desdoblé las piernas, volví a meter los pies en mis zapatos, sentí una esperada comodidad en mis testículos, y abandoné mi asiento con delicadeza, tanta, que creí portar una carga explosiva de fácil detonación bajo mi ombligo. Nadie haría nada añicos, y yo no estaba en hora porque sabía que moriría en la profundidad de un lago muy frío. La mesa volvió a aparecer y vi desordenados mis folios en blanco. Los sapos no paraban de dar saltos incontrolados en mi cabeza. El hombre, a un lado de la mesa, quieto, con los ojos enfocando mi reflejo en la ventana, buscaba mi mano derecha. En la pared, me distraje, y durante seis segundos inexactos deambuló mi mirada por la foto de un Rey, un diploma, un certificado, un disco de vinilo enmarcado y el mapa de una isla que desconocía. Aquel mensaje decorativo era excesivamente confuso. Volví la mirada a la mesa de madera. Parecía haber crecido, como si se hubiera comido una docena de árboles. Árboles invadiendo la carretera porque la densidad de las ramas se rendían ante el peso de las hojas. La imagen sopló como el viento, una rama crujió, se abrió la puerta. Pronto, nada de nosotros continuaría allí. Después, oiría el eco de un disparo.

Ella era ella, como un helado sin lengua. La conocía, la desconocía, y al mismo tiempo deseaba jamás haberla conocido. Poseía una altura molesta, como un sonajero en las manos equivocadas. Yo había empezado a acariciar un sapo con el pensamiento para no perder los nervios, ya había vuelto a esconder el arma sobre mi pene y bajo el cinturón, y cuando la puerta volvió a morder el marco y cerró, los árboles que imaginaba invadieron la oficina y ella puso sus tetas sobre la mesa. Ella, siempre ella. No llevaba bragas, lo ceñido lo evidenciaba, y ante la mirada de alivio de él, añadió un disco duro, reitero, sobre la enorme mesa de madera. Ella era ella. Ella amaba la brisa, tanto como la sucia desnudez de una turgente polla. Ella utilizaba aquella palabra con la misma urgente necesidad que la de un trago de agua. La manoseaba con alevosía e incluso incrédulo romanticismo. Con despecho, y con él prominente, ahora diverjo, bajo la mesa, inventé que abotonaba su sujetador por la espalda y relamía sus labios. Después tendió veinte páginas escritas y dobladas por la mitad. El título era una palabra, la palabra era un crimen, y la idea una idiotez. Los árboles continuaban sobre nuestras cabezas, los sapos miraban sus piernas, y aparecieron coches a gran velocidad salpicando los charcos que se quedaban atrapados bajo los bordillos. Deseé que hubiera un accidente. El viento amenazó a la carretera, algunas hojas se desprendieron, y ella, siempre ella, empujó un centímetro más aquellas hojas hacia él. Estaban lejos ya de las mías.

-¿Qué? -Increpó volviendo el cuello atrás con el semen que había imaginado en su barbilla.

-Nada.

-Eso hacéis todos, nada.   

Sus dedos volvieron a tintinear sobre la mesa. Marcaron la espera. El reloj quieto  en la pared sobre las tres y cuarto, y el hombre, nuevamente de frente, agarró su corbata blanca, pasó su otra mano por el vacío capilar, y me miró con una  herida fresca, profunda e infecciosa. 

-¿Novela? -Pregunté. 

-Relatos. 

-¿Prosa?

-Poética. 

En ninguna respuesta volvió a mirar atrás. Quise mencionarle la mediocridad, la bajeza o lo irrespetuoso de su presencia, pero ella sabía todo aquello desde el día que nevó en primavera y el sabor de su semen permaneció perenne sobre su lengua.

-Ha llovido una plaga de sapos en mi cabeza. -Dije.

-¿Y?

-Y él quiere que lo escriba. 

Los árboles volvieron a sembrar su amenaza. La carretera quitó el tapón y los coches que imaginé desaparecieron por el desagüe sin accidentes. Ella, quizá, no existió, y taché lo escrito en mi cabeza sin llegar a hacerlo desaparecer del papel. Ella repitiéndose, siendo la intrusa que se introduce sin derecho. El personaje inoportuno e injustificado. O no. Las tetas se evaporaron y la mesa volvió a emerger con el vacío de mis trescientos doce folios. Oí la trompa de mi elefante. ¿Yo o ella? Él volvió a mirarme y evidenció una incomprensión rota entre las manos. Yo continuaba acariciando con calma el mismo sapo con el pensamiento, y los árboles, en algún lugar, continuaban amenazando la carretera. 

Me nombré deshecho, y en el abandono, sin éxito, al menos cobré sentido. Posé ambas manos sobre mis rodillas y me acerqué al cuerpo inerte que yacía sobre la mesa rústica y enorme de madera. Ni siquiera un título. Oí que habían croado en algún lugar oscuro de mi cabeza. Sapos verdes. Sentí la necesidad de pulsar el interruptor que aparecía torcido a mitad del recorrido de un cable sobre aquella gigantesca mesa. Los bolígrafos caídos no figuraban una sola letra. Menguaba la imaginación. Sudaban los dedos libres de mi mano izquierda, y los devolví sobre uno de los lados de la mesa para no perder el equilibrio físico. Pensé, dónde quedaba la armonía mental. Deslicé mi peso sobre ellos, pero ni una sola de las cuatro patas de la mesa se inmutó ante mi fuerza. Inesperadamente, al igual que ella, el personaje, recordé lo gorda que era mi madre, sus dos pies abiertos en cualquier camino que ella tomara, las rodillas desaparecidas bajo la piel, y las faldas negras, y lo caro del ataúd cristiano que no sufragó ningún seguro. Mamá era una mujer que respiraba dos veces en una sola vez. 

-¡Deje caer el arma en el suelo! -Ordenó la puerta.

-Me asustan los ruidos y tengo una plaga de sapos en mi cabeza -expliqué-. Pueden enloquecer si la pistola provoca un estruendo sobre la madera.

-¿Quién es él? -Preguntó.

-No lo sé. Nadie tal vez, como tú, yo, todo el mundo.

-¿Por qué viniste aquí? -Preguntó a un suave aliento de mi espalda.

-Quería que leyera.

-¿Qué?

-Mi novela en blanco.

-¿Y por qué no escribiste?

-Porque primero quería saber si sentía algún interés por la lectura. 

-Lentamente, pose el arma en el suelo, sin hacer ruido.

-Yo era escritor. ¿De qué estamos hablando? 

-Pose el arma.

-No es un pájaro, meramente la colocaré en el suelo, no haré ruido, y después, ella, si me equivoco y lo es, echará a volar.

Matar a un editor. Recuperé los trescientos doce folios en blanco sin despegarlos de la mesa y pensé en la importancia de un título. Sapos. La fuerza de mis manos sobre la misma mesa. Era miércoles, desconocía la hora, el lugar exacto de mi ubicación, y había perdido las letras que venían a continuación. Aumenté la presión, la madera no rugió, el hombre no perdía sangre, la mostraba, la mesa ante mis ojos se había convertido en un elefante dormido, y las letras que no había ordenado con y sin sentido en las trescientas doce páginas, corrían desesperadas en aquel enorme e insoportable silencio. Los sapos cazaban más insectos. La mesa, como un elefante, lentamente pareció balancearse, y la rectitud de mis hojas se deshizo. No había rastro de la tela de araña. Pestañeé y el balanceo fue un movimiento evidente, las hojas habían perdido por completo el equilibrio. Busqué las letras y habían huido, como si lo escrito sin tinta en mi memoria careciera de relevancia. Irrecuperables y olvidadas, perdían su significado al esparcirse en un inmenso vacío. Vi sapos devorándose unos a otros. Qué humano, pensé. Tal vez, como el personaje inoportuno, como mi vida, yo nunca había estado aquí. Y si estuve, nunca tuve la suficiente importancia. Me acomodé en la hierba, me tragó la tierra y brotó una piedra. Los sapos croaron en mi cabeza. 

Fotografía: Lauren E. Simonutti,

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2 comentarios en “Sapos

  1. Dicen, los que se hacen llamar críticos porque lo son, que en el mundo de Boris Vian todo es posible. Yo, que si he de ser soy más de criticar (que es lo mismo pero no igual), podría decir que en El País de la Gominola todos los mundos son posibles.
    La capacidad de armonizar ironía y seriedad en un mismo personaje, el ingenio de las reflexiones que llenan los diálogos, la cotidianidad abstracta en los pensamientos y las acciones, involucrar al lector en la imaginación del escritor, es sencillamente envidiable.
    El mimo con el que se escoge la fotografía siempre acierta.
    Como soy de costumbres, destaco:
    “Había llovido una plaga de sapos en mi cabeza. Sentado, con mis dos zapatos, el uno sobre el otro, y ambos fuera de mis pies, sentí la necesidad de dar un brinco y caer muy lejos de mí mismo.”
    Anotaciones:
    -Sé que las comparaciones son odiosas, en este caso, sólo un cumplido.
    -Injustificadamente, el mundo está lleno de personajes inoportunos.
    -Que todas las plagas sean como Sapos.

    • Es un halago tan enorme, que me sobran costuras por todos lados. El traje es precioso, pero las palabras no sé si encajan en mi piel.
      San, gracias, porque leerte cuando me lees, es más que un placer.
      Sapos cazando insectos…

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