Piezas

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La Mano despertó en el lavabo con una botella de ginebra rota y vacía. El desagüe, ebrio yacía seco, quieto y frío. Entre los cristales, líneas curvas de una pasta de dientes de color rosa, ya seca y dura. Brillaba una bala abollada con una cruz en la cabeza junto a la jabonera de metal. Uno de los dedos pestañeó, la uña abrió los ojos, y Pulgar, al estirar los pies, sintió un punzante dolor en el nudillo. La edad en los huesos. El aire no gritó como debiera. Mantuvo la voz mordiéndose la lengua, y al liberarla, gotas de sangre caliente resbalaron sin remedio. Lo deseó como deseó el sexo anal. El ano era un refugio húmedo, pausado y oscuro, y el vaivén, el balanceo favorito de los dedos finos y largos. La Mano tragó y escapó un débil gemido. Desperezó las líneas de su piel. Percibió que el tramo diagonal había desaparecido entre las heridas. La vida parecía un trayecto de ida y fugaz en el asiento del acompaňante. La Mano fue consciente de su soledad y pensó en la  tranquilidad de la muerte cuando Corazón, inmóvil, aún permanecía con los ojos en blanco orientados hacia el espejo roto que se sostenía en la pared, bajo la ventana, sobre un pequeño armario. Un cuervo enredaba el pico en una densa telaraña, y la poca cocaína que quedaba sobre el grifo huía en busca de la nariz adecuada. Nadie hacía ruido alrededor.

Las gafas eran de madera y había roto los cristales porque había vendido su ojos y la nariz. Existía un vacío literal bajo sus párpados, conservaba el gusto y su lengua original, asumía que la realidad tenía un elevado coste, y a él le bastaba la eterna intuición para adivinar la existencia que ocupaba su alrededor. Su vaga respiración parecía colarse por los poros de la piel, y sin embargo, el sonido de su aliento era imperceptible. En una posición imposible, continuaba sentado sobre los huesos de las caderas en un cojín de plumas de ganso que nunca compró. Los zapatos aparecían descalzos sobre la mesa, la música carecía de letra, y los pies, a un lado, bailaban tristes con los calcetines rotos y las uñas largas. Tocaron la puerta y la puerta no se inmutó. Pegó las gafas en su entrecejo, las enderezó, intuyó la hora, y recogiendo ambas piernas, asumió que en algún reloj era el momento de su cita. Abrió un cajón y colocó un sobre rojo en el epicentro de aquella mesa redonda de cristal. Nadie dijo una palabra hasta que el pulso fue evidente y ajeno entre los dos.

-¿Cuánto por el corazón?

-Hábleme primero de los latidos diarios, de su historial emocional, y sea honesto con la edad física y mental.  

-Un desamor con un solo roto por la acelerada respiración cuando él le dijo que se acabó. Drogas ocasionales en los veinte, alcohol social, deporte y mucha soledad.

-¿Edad?

-Veinte. ¿Precio?

-Quince mil.

-¿En metálico?

-Papel.

-¿Qué harás con él?

-Me enamoraré otra vez sin miedo a que el final pueda doler.

-Le diré que el amor no siempre tiene un final. Y añadiré, trato hecho. ¿Su nombre?

-Marino.

-Necesita una nariz y yo no se la podré vender.

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La Mano era una mano alta, masculina, hermosa, de sonrisa contagiosa, cuidada y sana, semen espeso y sabroso, joven y aparente, fotogénica y desnuda. La Mano había amanecido sola o confusa, era la dudosa primera vez en su inexistente memoria, y aquella desconcertante soledad le empujó a temblar. Acto después carcajeó. En desequilibrio, se puso de pie, observó la altura que había desde su ebria posición y no supo entender la percepción. Desde una curva del lavabo, junto a la pasta de dientes, podía ver el cielo que rompía la suciedad en la ventana abierta, donde el cuervo serio y ocupado desenredaba el hilo de la araña enmarañado en su pico. A un lado no brillaba el retrete abierto y cubierto de servilletas blancas sin usar que agradecían la visita. Los azulejos desequilibrados y encharcados que ponían límite al suelo eran amarillos como un flanes de huevo sin caramelo. La Mano aferrada a la botella rota y vacía era la derecha, dedos gordos, interminables, y uñas limpias y recién cortadas. El dedo Corazón perpetuaba su inmovilidad y una inquietante quietud. La preocupación engordó como un globo sometido a los soplidos incesantes de un niño. Pensó en el fin, imaginó la explosión, y lloró cuando no supo cómo escribir ambas palabras sin que fuera un final.

La Mano tuvo palabras escritas, que no habladas, en algún lugar. Buscó entre sus dedos, nada encontró, soltó la botella, cojeó hasta la jabonera de metal, Meñique se rezagó, obvió la bala disparada, puso uno de sus dedos en lo alto del grifo, fue Índice, le ayudó Anular, treparon, y en alto del lavabo al fin, la Mano buscó, sin manera humana de razonar, cómo escapar. El cuervo echó a volar y Corazón se desperezó.

-¿Dónde me llevarás? -Preguntó Pulgar.

-Donde señales. -Respondió ávido Anular rascándose una verruga junto a la uña.

-Corazón continúa entumecido, o roto, e Índice jamás ha sabido decidir.-Explicó La Mano.

-Me chuparé. -Amenazó Pulgar.

-Me esconderé en la nariz. -rumió Meñique.

-Penetraré… -Farfulló Corazón.

Los dedos levantaron la cabeza y miraron a su alrededor. Las líneas blandían difusas bajo cada una de las puntas de su yemas. Qué hacer. Arrugaron el ceño, enconaron los nudillos y amenazaron el aire que, acobardado, se había quedado atrapado en la cómoda palma de la mano. 

-Chasquearemos. 

-Pellizcaremos.

-Arañaremos.

-Acariciaremos.

-La caricia ha muerto. -Dijo La Mano.  

-El amor. -Aseveró Pulgar con tono corrector.

-Hay un vacío en el movimiento de mis huesos. -Lloró Anular.

-¡Toquemos! -Gritó La Mano-  Y huyamos….

Los dedos se miraron los unos a los otros sin una astuta conclusión. El plan terminó emborronado por la falta de una idea. Por instinto, dieron un salto, y automáticamente se disparó el aire caliente de un secador. En el pis, sobre una baldosa, un Pie solitario con un calcetín en la frente rió a carcajadas. 

Marino era un hombre de tierra que nunca había sentado su cuerpo completo frente al mar. Dibujaba olas en un papel que terminaban siendo una interminable espiral sin inicio ni final. Y en una pequeña caracola, escondía una de sus orejas para  escuchar al viento soplar. Incapaz, respiraba fuerte e intentaba inventar lo que jamás podría imaginar. Marino era largo, ataba un solo botón de su chaqueta, y subía sus pantalones hasta el ombligo con dos tirantes amarillos que daban importancia a su ombligo. La altura evidenciaba el color de sus calcetines y el motivo de su cojera. Él vivía en una habitación con vistas a un pequeño árbol con ramas que jamás habían echado una sola hoja, y, en un viejo tocadiscos, maniático, no permitía que la aguja girara más allá de los tres minutos y medio, y así, una de sus orejas escuchaba día tras día una única y misma canción. Marino, con un café frío entre sus cinco dedos izquierdos, endeudado y abandonado, veía morir otro corazón.

Ochenta y nueve años atrás perdió una pierna cuando cambiaba de acera con una bolsa de papel repleta de pan. Entonces nadie vendía adoquines, las sandías se abrían por la mitad en verano, y en invierno, los días de lluvia cedían pronto ante la oscuridad. La pierna la limpiaron dos enfermeras gemelas con cabellos de distinto color y extensión, la envolvieron en una sábana blanca y la depositaron junto a la que aún tenía atada de forma natural a la cadera. Mamá la quemó y el humo espeso sobre el tejado parecía aullar auxilio y rubor. Dos palomas grises continuaron besándose junto al calor de la chimenea. Él era un niño, aún tenía dos brazos con sus dos manos y diez dedos, una pierna de verdad, dos orejas, una nariz y dos ojos, la lengua, los labios, un cuello, nalgas, un pequeño e imberbe pene, y un lento, indefenso e impoluto corazón .

Aprendió a caminar por segunda vez, pero nunca se alejó de sí mismo. La vida transcurrió cálida y muda tras las ventanas, donde leía, y veía nubes y pájaros volar. Encontró un miedo a las puertas abiertas, y emocionalmente, jamás supo encajar en la denominación de felicidad. Dormía, como un gato que lame sus heridas, en la alfombra de la habitación seria de papá. Allí, de las paredes, colgaban cabezas de animales muertos y estanterías con libros gordos e idénticos de un mismo color. El granate alineado en tomos enumerados con bordes dorados empequeñecía el atrevimiento. Y en aquel cuarto creyó aprender el sentido del miedo y la soledad. Marino, sin tocar el cristal con la yema de los dedos, enumeraba las ciento cincuenta y dos balas de plata que se alineaban en las vitrinas de doble cristal, acariciaba el cuervo seco del escritorio, al que repetía palabras que aún no entendía, y abría y cerraba cajones en busca de entretenimiento, olvido y paso del tiempo. Tropezó con una botella de whisky de mil novecientos sesenta ocho, que un mes después, vacía, le rompió el labio. Papá era escritor y no escribía. Tampoco vivía en casa. Papá apretaba con fuerza las muñecas y pellizcaba los pechos de mamá cuando ella movía, a izquierda y derecha, la plancha sobre sus grises camisas. El día que colocaron una farola a un metro de la casa, alguien le mató. Mamá hizo huevos fritos y no acudió al funeral. Marino nunca olvidó el sonido nervioso de la espátula de metal sobre la sartén.

-Pasaremos hambre, hijo -Dijo mamá tendiéndole el plato.

-¿Y tristeza?

-Eso se cura -respondió.

-¿Cómo?

-Con tiempo. El hambre, en cambio…

Mamá no terminaba muchas frases porque no quería finales tristes, y odiaba llorar en público. Decía que las lágrimas eran ejemplos evidentes de debilidad. Sirvió los huevos, y los dos comenzaron a untar con ansia el pan.

-¿Mamá, qué es una bala en la cabeza?

-La muerte, hijo.

El tenedor rayaba el plato al cortar la clara, pero no hicieron una pausa en aquel festín. Al acabar, levantaron la cabeza, pero no hubo una mirada que brindar. Mamá jamás volvió a freír un huevo. 

Marino se hizo adolescente. No uno cualquiera. Leía libros sin ilustraciones y bebía a escondidas el vino de la habitación seria de papá. Soñaba con matar monjas por trece monedas, y con los ahorros rotos entre las piezas de un pato de cerámica, huir y dormir bajo un olivo con la línea del sol a solo dos pasos. Sin embargo, erró como erra todo ser humano. Mamá murió y comenzó a conducir una motocicleta repletas de sobres con remites y remitentes. Su vida desapareció cuando deseó hacer el amor con Marina desde el anochecer hasta el amanecer, y sólo vivió para ser su correspondencia. Ella le robaría una mano y haría añicos su corazón.

El Pie reía entre uñas porque se había deshecho del calcetín. Mojado, continuaba de puntillas sobre el charco de pis. La Mano colgaba del alféizar sin lograr emitir un sólo chillido. Sintió alivio al deducir que, si caía, jamás se rompería la cabeza. Meñique, levantó su yema, tomó aliento y trató de recuperar posición. Su debilidad no ayudó. Índice, exhausto, se derrumbó. Corazón continuaba ebrio y en desuso. La Mano, a un palmo de la rendición, recordó a sus dedos enumerando bragas que colgaban en cuerdas entre ventanas, levantándolas con delicadeza hasta ajustarlas de nuevo a las nalgas de una mujer despechada. Rememoró sus dedos arrugando envoltorios, anudando preservativos, pulsando interruptores, girando tapones, rompiendo papeles higiénicos lejos de la línea de puntos, girando monedas de canto sobre mesas de madera, levantando botellas, moviendo bolígrafos sobre folios en blanco, liando cigarrillos, masturbando desidias y aliviando ansias, hundiendo galletas en tazones de leche, abotanando camisas, subiendo cremalleras, desabotonando blusas, atando cordones y anudando corbatas, levantando cucharadas de azúcar blanco, desenredando pelo, apretando frenos de una vieja bicicleta, y aquel gatillo, tapando labios rendidos y acariciando senos, tocándose la palma áspera al despertar, y buscándose al otro lado como en un espejo. Exhaustos los dedos, La Mano cayó.

El dolor necesitaba de un cerebro y un corazón. La Mano, magullada, sin un rasguño de sangre, yacía mojada junto al dedo gordo de aquel Pie, que había perdido toda la risa y únicamente contemplaba la escena. Con un suave movimiento, Índice buscó en uno de los bolsillos de su pantalón y encontró una nota. La desdobló tres veces. No supo leer, pero identificó unos labios temblorosos y oscuros junto al punto final. Entre los trazos, La Mano no podía descifrar un nombre, tampoco un número, y menos aún un recuerdo. La Mano quiso ser la izquierda, atada a la muñeca del ser humano que tantas veces le empujó a mover su pene, que tantas veces le escondió en vaginas, que tantas veces escribió, tachó y reescribió. Pero La Mano era la derecha, había perdido su brazo y permanecía ebria en el lavabo mientras los dedos sujetaban un papel con unos labios oscuros y secos que solamente tenía escrito, adiós.

-¿Hay salida? -Preguntó Pulgar. 

-Necesitaría una pierna -respondió el Pie. 

-Y yo un brazo -Rumió la Mano sacudiéndose los dedos. 

-Hay una puerta -Indicó el Pulgar de aquel Pie-. Oí una oreja deslizarse bajo ella, e incluso vi ojos rodar. 

-¿Nadie alcanzó la manilla?

-Nada. -Aclaró el Pie- ¿Y por qué salir?

-Para ser mano en minúscula otra vez.

Pie y Mano observaron sus rostros inexistentes y hubo una risa en algún pliegue de su piel. Mano, de pie, sacó los dedos del pis, y Meñique, incómodo, rascó lo que alguien hubiera nombrado como la sien. El Pie, sentado sobre su talón, comenzó a golpear con ritmo una canción, secó su frente con el calcetín y tosió para aclarar la voz.

-Nunca, nunca caminaría hacia atrás…

El Pie era masculino, grueso, con una talla superior a nueve y medio americano, escaso vello sobre el empeine y los dedos, y poseía un tobillo hermoso y sensual. Pie era izquierdo, sus uñas largas tenían una suciedad común por el abandono, y los dedos disminuían con una proporción adecuada. Pie era un hombre viejo.

-Deseo, deseo… -Imitó con sorna la Mano- recuperar mi cuerpo. 

-Los cuerpos, afuera, vagan rotos, vacíos, ciegos, desorientados y en completo desequilibrio. 

-Por la falta de manos y pies.

-No. Por la falta de un corazón. 

-Yo puedo tocar un corazón.

-Pero no sentirlo. Tú no.

-Necesito mi cabeza… 

La Mano se sentó sobre sus nudillos y observó el tintineo que el Pie continuaba marcando sobre las baldosas mojadas. No pudo recordar aquella melodía. Observó el vacío mental de sus cincos dedos y cedió al desplome, a la incapacidad y al paso del tiempo.

-Tras la puerta, encontrarás más puertas. -Advirtió el Pie.

-Echo de menos un pensamiento. -Dijo la Mano.

El correo llegaba temprano y caía desde la mitad de la puerta hasta el mismo suelo. Abrió la nevera, enumeró los corazones, y observó las flores marchitas en el jarrón de cristal sin un hilo de agua. Ya no miraban a la ventana, donde aquella mañana, las ramas nerviosas del árbol sin hojas iban de un lado a otro por culpa de la furia del viento. Tierra no tenía cola, poseía un pelo denso del color de una cáscara de plátano, era lento, había perdido el olfato, y dormía en el sofá, junto a la cesta de mimbre repleta de mantas que, cada noche, Marino preparaba con esmero. Le acarició el hocico, él lamió su muñeca, y despacio, acomodó sus patas traseras junto a su pierna de aluminio. Temprano, el repicar del buzón de metal y el sobre caído en el suelo obligaron a Marino a abandonar el café a mitad de camino. El envoltorio estaba arrugado, no estaba roto, era menudo, amarillo y con dos líneas rojas que al acercarse pasaron a ser hilos de cuerda atados y sin lazo. Al desatar el nudo y despegar el sobre, en su interior, sin una sola gota de sangre, encontró una hermosa nariz. La cogió con los dedos índice y pulgar de la única mano que poseía, la giró, examinó el corté, olió la piel, buscó en el interior de ambos agujeros, y con calma la posó sobre la mesa del comedor. Agitó el sobre pero nada cayó. Tierra dormía junto al sofá, el viento continuaba agitando los árboles y la puerta de la nevera había quedado abierta. Era de una mujer.

La Mano no respiraba. La muerte poseía un gesto mudo, inmóvil, duro y triste. El Pie había avanzado a pequeños saltos hasta el retrete, y el pis allí se hacía más denso entre el papel mojado y la suciedad. Tras él, en la húmeda oscuridad, sintió la necesidad de llorar. El dedo Corazón de la Mano yacía doblado, terso, como una rama seca retorcida por la luz intermitente del sol, y Pulgar, por primera vez, se había distanciado en exceso. El Pie buscó lágrimas entre las uñas, encontró restos del calcetín, intentó observar la muerte poniéndose de puntillas, quiso un abrazo reconfortante dándole calidez al empeine, sin embargo, sólo comenzó a golpear el suelo al ritmo de una canción que desconocía. La muerte no le dolería.

Las personas de alrededor habían desaparecido. Las ventanas de los edificios eran sábanas grises colgadas del cielo sin un metro viento. Marino sostenía el último Corazón vivo en su regazo mientras un cuervo hambriento lo picoteaba sin descanso. Sin uno de sus sentidos, él creía imaginar sus latidos. Afuera, tras la ventana, al árbol le crecían hojas, y el vacío, por primera vez, era quien le miraba a él. Lejos, Manos y Pies sin cuerpos danzaban en calles principales de enormes ciudades, Orejas escuchaban enroscadas unas sobre otras en playas abandonadas, y las flores ensalzaban sus pétalos ante una interminable cola de Narices. Y como espectadores, parejas de Ojos desparejados sin que un solo detalle escapara a sus enormes pupilas. Marino no notó el calor del hocico de Tierra junto a su ombligo.

Las personas eran piezas rotas pululando sin ningún camino, origen o destino. Eran cuerpos vivos cojeando, arrodillados, arrastrándose, quietos, descompuestos o inexistentes. Cadáveres cansados porque el peso de sus pensamientos les estaba matando con tanta razón irrazonable. Muertos y supervivientes estaban ubicados en una misma línea de importancia. Nadie era un pronombre excesivo, y sin embargo, justo. El ser humano había sido abandonado y ni siquiera sobrevivía la memoria para recordar su existencia. La necesidad, quizá, mató a la emoción. O tal vez eran ciudadanos despiezados por falta de incomprensión y sensibilidad. Y en la vida real, en  una mesa redonda de madera de alguna cocina de algún lugar, país, ciudad u hogar, manos duplicadas untando rebanadas de pan blanco sin una boca que alimentar. Y dos Orejas esperando los secretos de un Labio roto. Y ante el espejo, Marino había hundido un cuchillo bajo su cuello y rajado en vertical hasta el ombligo. Aquella muerte repetida duplicó la sangre, y el Corazón de verdad latía aterrado ante la intensa luz del sol. El cuervo echó a volar. Una Nariz alta y afilada olía el frío café, y el Ombligo se despegó del crimen con el aliento contenido mientras Tierra lamía la sangre caliente una y otra vez. El tocadiscos abandonó By now, y Little Wings al fin logró volar. Dos Pies gemelos se besaban en la copa del árbol que Marino nunca vio, y el cartero no volvió a dejar pasar una carta sin remite ni remitente por el buzón que tintineaba como una campana de un viejo hotel. Las flores muertas bebían agua en el retrete, y cuando el Corazón murió, una Nariz habló con tristeza y serenidad, el Ombligo respiró y evitó llorar para no caer en la debilidad, dos Pies, al unísono, iniciaron un largo beso en lo alto de la cama, y Dedos sueltos comenzaron ordenar un puzzle sin terminar. Manos doblaron tres calzoncillos sobre la cama, de abajo hacia arriba, y por dos veces de izquierda a derecha. Lejos, una Oreja escuchó un ladrido, y el Labio roto soltó un cigarrillo por la ventana mientras tres Ojos que se amaban veían caer la ceniza desmigada sin llegar al fin. Marino se había desecho de sí.

FOTOGRAFÍA: Louis Blanc

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