Conversaciones con mi pistola

HitHabía decidido pegarme un tiro en la cabeza. Muerte era un poni blanco, tenía una larga melena gris, había llegado temprano y bebía en taza un delicioso champagne. A su lado, Vida era un puñado de ceniza desordenada sobre un plato sucio de comida. A primera vista, el festín aparentaba ser una bandeja vacía de canapés. Había una silla vacante porque Duda no aparecía, y yo tenía por seguro que poseía la ruta exacta hasta casa. Le había comprado un billete de autobús, una sobria corbata y sendos gemelos sin cristales. Pistola agitó un azucarillo con ambos dedos, los rompió en la misma esquina, levantó los hombros con incomprensión y acomodó la culata sobre un libro de Saramago. Cerrado. Apreté el puño y noqueé a Razón. Tendida era inofensiva. Rayé con las uñas la mascarilla verde que ya estaba seca en mi piel. Retiré de mi taza la bolsita de té y observé el entorno sin establecer juicio ni valor. Blanco era el color idóneo para una nevera, pensé. Las fotos bajo los imanes habían perdido su originalidad y tornaban a sepia. Pistola volcó el azúcar sobre la leche caliente y lo removió. Muerte sirvió más champagne. Vida consumió su cigarrillo, y todos aquellos invitados, sentados en distintas sillas de la cocina, negaban con idéntica cadencia evidenciando un contenido regaño. Quise observarme a mí, paseé por mi hermosa piel oscura, caí desde mi largo cabello, y contemplé con placer mi habitual y elegante vestuario, aquella nueva pulsera de plata, y el tiempo en la aspereza de las manos. Giré los dos anillos de oro y acaricié el peso de la alianza. El tabaco encendido estaba escondiendo el brillo y la riqueza, y yo continuaba de pie con los ingredientes sobre una tabla de madera, con la mirada enorme, las uñas descuidadas y amarillas, sin un vago pestañeo, y bebiendo más té. Tenía el cuerpo frío, desnudo bajo el precio excesivo de aquella ropa, y colocaba colillas arrugadas en el mismo cenicero que observaba con tristeza la vida. En el aire, el aroma danzaba confuso y ebrio sin un itinerario claro. Ni siquiera era una danza, torpeza aún equilibrada. Andrés lloraría temprano y papá prepararía su café negro. En el reloj de la cocina, el amor avanzaba tan despacio, que requería gran esfuerzo percibir su movimiento. Bajo él, Pistola acariciaba su gatillo con la taza hirviendo entre los labios.

~

No voy a dispararme. No voy a separar sus piernas de las mías, porque ahí existe el calor. Esperaré paciente a que coloquen el periódico sobre el felpudo, hervirá el agua y verteré mucha leche, hundiré la bolsa de té, sonreiré a Andrés y arrancaré el coche. El frío es de color rosa en los labios. La muerte es una distancia en los ojos abiertos. El  aliento permanece seco y el té dulce, muy dulce. Hay siete mariposas del mismo color en mis bragas que dan vueltas en un lavado veloz. La ropa interior siempre acumulando culpa, y la culpa siempre sumando dedos. El motor encendido y únicamente hay una rueda de repuesto. La oportunidad. El automóvil que va a ningún lugar. Lo sé, hijo, centrifugará. Quema la pistola bajo la palma de mi mano, bajo el abrigo, bajo el corazón, y hay una calidez extraña en la taza. No voy a disparar una vez más. Abandóname. Tengo miedo a la oscuridad repleta de gotas, y al peso de la luna sobre las viejas ventanas del salón. Él ya no sujeta tanta belleza. Llueven hojas, cruza un avión con un solo pasajero, y ve mi cabeza la imagen de mis uñas por la cima de su pecho sin recordar el tacto duro de su pene. Unto una rebanada de pan con mantequilla y doy vueltas al azúcar, que se extingue. Mucho grano adulterándonos. Dímelo. No dice nadie nada. Él escribe horarios sin rastro de mí. No voy a dispararme. Él sube escalones sin desayunar. El amor, creí, consistía en querer. El gatillo no entiende las palabras y continúa existiendo el frío sobre mis piernas. Las frases no saben cómo actuar y yo acumulo hechos atascados en decenas de conversaciones con una fría pistola. Construyo una razón. El viento la derribará. Cuelgo el abrigo sobre mi brazo, bajo él, el arma, y bebo el té a una velocidad inusual. He quemado mi paladar, él ha abierto el grifo al final de las escaleras, ante el espejo con forma de corazón. La cuchilla cae una y otra vez sobre sus mejillas. Él da vueltas a la mirada. Él no ve porque es muy cómoda la ceguera. El desvío está a la derecha, el desvío está a la derecha. Lo sé, terminará pronto. Dime algo, pistola, dime algo que me haga entender qué hago y cuánto soy. La barbilla de él es fría, ruda, los labios de él son duros, y todas las puertas sujetan aire helado. Pesan los peldaños y hay una arruga vertical en su camisa blanca. El agua del grifo corre. Cierra el puño, lo pega al espejo, y sus nudillos lo emborronan con agua y jabón. Lo deja a un palmo del cristal mojado, no golpea, va y viene, pero no golpea. Cerca, yo acaricio el arma bajo el abrigo. La muerte, a la derecha. 

~

-¿Los cuadernos?

-En la escuela.

-¿Todos?

-Hoy hace frío fuera de la cama.

Ordené los libros por tamaños mientras sostenía sus brazos atados a mi pierna derecha, le revolví el pelo y empujé su cabeza hacia atrás en busca de una mirada. 

-Siempre lo hace tan temprano, prepararemos leche caliente, miel y dos tostadas.

-¿Y morirá el frío?

-Aquí nadie muere, pondremos mantequilla, y suéltame ya la pierna. -Levanté sus dedos de mis nalgas sin éxito y busqué el sueño en su rostro.- Sólo desaparecerá o estará en el lugar equivocado, como tus cuadernos.

-¿En la escuela? -Andrés apretó la pierna más fuerte. ¿Por qué matar el frío, mamá? Tenemos mucho calor en la cama.

Le miré desde una altura inusual, flexionando lentamente las rodillas. Sus enormes ojos negros se acobardaron, y la fuerza de sus brazos comenzaron a morir o desaparecer.

-Baja las escaleras, de una en una, siéntate en la mesa, que yo voy a cerrar el grifo a papá.

No obedeció. Se rindió. Las escaleras de madera bajo sus pequeños pies sonaron siete veces y farfullé, de dos en dos. Cerré despacio la cremallera de la mochila, busqué mi pulsera sobre el tocador y dos horquillas. Había demasiado aire entre mis ojos, falta de color en los labios y escasa altura en los pechos. La piel también había decidido perder color, y eché en falta algo de firmeza bajo mi barbilla. Empujé el maquillaje con rabia, ajusté la pulsera en la muñeca izquierda, abrí el cajón, cogí un cigarrillo y caminé hacia él. El agua todavía corría fuerte en el lavabo y él tenía la cara llena de jabón.

-Necesito tiempo.

-¿Un reloj? -Abrió de nuevo el grifo.

-El reloj siempre avanza hacia adelante. Yo necesito más tiempo del que existe.

-Quítale las pilas y estará quieto. ¿Y Andrés?

-En la cocina.

-¿Qué demonios quieres ahora?

-Mi tiempo.

-¿Cuánto?

-Ni lo sé.

Cerró el grifo con violencia, secó su cara con una toalla y abandonó el baño. La rueda del mechero chasqueó bajo mi áspero pulgar, empujé la puerta del baño para cerrarla, abrí la ventana y el grifo, y fumé plácidamente el cigarrillo.

Mi cabeza continuaba en el lugar habitual. Oí los zapatos golpear en el suelo y el armario cerrarse. Los pensamientos merodeaban sobre mis hombros huesudos, débiles y desnudos. Desabotoné el sujetador y tiré de él hasta que salió bajo mi axila derecha. Lo dejé caer en la alfombrilla y corrí la cremallera de nuestro viejo neceser. Tres balas, una lima, seis cuchillas desechables, dos horquillas, y la pistola, ella muy triste.

~

La tarta de manzana se doraba en el horno a más de doscientos grados. Duda sudaba aún con los pies pesados sobre el felpudo, Muerte había puesto sus pezuñas sobre la mesa y reclamaba con ansia más champagne mientras mostraba la botella vacía. Vida dormía plácidamente con las primeras líneas de luz arañándole una de sus mejillas. Razón continuaba inconsciente, y el café que caía gota a gota ya hervía en el recipiente de cristal de una cafetera americana.

-¿Qué sucedió?

-No supe si debía aparecer.

-¿Has traído mi decisión sin titubeos?

-Y una cesta de fresas deliciosas.

-He preparado té, café, y hay otra botella de champagne enfriándose en la nevera.

-Y una dulce tarta en el horno -añadió Muerte desde la mesa.

Duda se secó el sudor con un pañuelo de papel, y exhausta caminó hasta la cocina. Pistola efectuó un disparo por descuido y la sangre barrió lentamente las migas de galletas que la noche anterior había desprendido Andrés. Muerte dejó caer la botella de champagne, y los añicos se esparcieron frente a mis pies. Cristales y sangre en una confusa y dantesca escena. Pistola, sonrojada, escondió sus labios en la templada taza de té, yo encendí un cigarrillo, engordé la presencia de Vida y palpé el frío cuerpo de Duda junto al calor de la tarta de manzana. Arriba, el agua del grifo, una mañana más, comenzaba a correr.

~

El ano. Él amaba la dureza circular de mi agujero anal. Mi limpieza, claridad y aroma. Él escondía allí los labios, la lengua, la nariz y la barbilla, los dedos, los gordos y los delgados, de las manos y los pies, el pene y la ira. Yo reía cuando tenía un orgasmo, y en vez de arrugar, estiraba las sábanas. Él perseguía las agujas de su reloj en la derecha, yo las olvidaba, y sostenía el baile de la pulsera de plata mientras la penetración me empujaba hacia las almohadas. Amaba la pared en blanco de su cama, odiaba las flores secas de su mesilla, y el poder de sus huesudos dedos en mis caderas. Desnudos, teníamos miedo a enseñarnos, y al final, cuando el calor de su semen yacía en calma en la oscuridad de mi cuerpo, me convertía en alguien y quería olvidar. El ano. Todo fue culpa del ano.

-La hora… -Suspiré con los dedos mojados.

-La mayoría de las personas abandonamos las horas con el paso del tiempo, y tú siempre buscándolas.

-Deberíamos ser libres, dueños de nosotros mismos y no tener lugar, ni tiempo, y tal vez tampoco necesitemos el espacio.

-Ni ente; ¿Para qué ser? -Se removió y atrapó con delicadeza mi mano junto a su ombligo desnudo.

-No elegimos ser, somos, y una vez conscientes de ser, disponemos de pocas opciones. -Abandoné su tacto y levanté el cuerpo de la cama.- O seguimos siendo, o nos abandonamos.

-¿Él? -Preguntó.

-Ellos. 

-Ve. -Dijo echándose la sábana sobre la nariz.

-¿Te volveré a ver?

-Algún día, a alguna hora, en el destino, en algún espacio, seremos, porque de alguna manera, necesitamos cuando, donde, cómo y quien.

Las medias se pegaban al sudor de mi piel, el semen se derramaba lentamente por el vertiginoso temblor de mis piernas, y él no se movió de aquella cama delgada, alta y desordenada. Le miré y no vi en aquel cuerpo nada que no hubiera visto con anterioridad. Pensé en el neceser, en las palabras, en Andrés, en él, en el destino, el espacio, el tiempo y los seres. 

~

Duda no tuvo funeral. Deposité su pañuelo de papel aún mojado de sudor en la papelera y cuando regresé, el cuerpo sin su sangre era vaho en la ventana. Oí el corchó de otra botella de champagne estrellarse en el techo, y después rodar hasta el rodapié de la cocina. Irremediable e incomprensiblemente, Vida, sin que el humo del cigarrillo aliviara sus párpados, escurría agua hirviendo en un cubo de plástico amarillo para mover a izquierda y derecha la fregona. Pistola cogió mi mano y apretó con fuerza, y Muerte, en plena excitación y alboroto, trotó con una taza entre los dientes, muy despacio, hacia mí. La sangre era una pera difuminada, Vida se la comió, y había una extraña canción inmersa en el ruido de la lluvia. Abrí el primer cajón de la izquierda de una hilera que se alineaba en vertical junto al horno, extraje un cuchillo y comencé a cortar con mimo la tarta de manzana. El viento afuera no cesaba de hablar. Pistola terminó el té, si algo había, y se desabotonó la camisa, los pantalones, y con torpeza consiguió descalzarse los zapatos y ambos calcetines. A continuación, tres balas rodaron sobre la mesa hasta mi plato.  

-No lo vas a hacer.

-¿Por qué?

-Duda ha muerto, y con la duda muerta tienes la razón como única opción. Guárdame.

-¿Por qué?

-Los cereales, los libros de la escuela, la ropa de temporada, la risa, los lloros, y él, y también él…

-Llamaré a Valor.

-Y vendrá Cobardía.

-Mataré la Conciencia.

-Y aparecerá Inconsciencia, e inconsciente eres capaz de actuar.

-¿Tienes respuestas para todo?

La botella de champagne se deslizó, y desde la cima de la mesa, cayó. Los cristales no sostuvieron las burbujas, y un desfile corrió hasta los pies de la lavadora. La sangre había sido absorbida, y la bolsita de té estaba dura, arrugada y seca. Con el canto del tenedor partí un trozo de tarta y lo escondí en la boca sin una gota de hambre. Afuera, el viento degollaba las hojas amarillas, y arriba, Andrés  comenzaba a abandonar la cama y hacía crujir la madera del suelo. Él dejaba correr el agua. Guardé las tres balas en el bolsillo del delantal y encendí la radio. Sheena Easton aisló la cocina e hizo que la irrealidad perdiera su espacio. 

~

Su nombre eran dos números. La habitación era diminuta, los libros de geología marina se apilaban sin orden en estanterías de metal, una jirafa de madera había perdido su cabeza, en la cocina había colgado un lienzo falso de Van Gogh que me desconcertaba, y más flores marchitas junto a la pantalla de un viejo ordenador me aterrorizaban. Sus dedos abandonaron la serenidad de mi ano, y a paso lento caminaron hasta alcanzar las costillas. Las paladeo con la palma de la mano tratando de confirmar que todas continuaran ahí. Yo permanecí sobre la cama, observando el techo, leyendo en él lo que jamás había leído en un libro. Entonces, apareció mi vida. 

-¿Cómo sucedimos?

-Andrés, ¿recuerdas?

-¿Aprende algo?

-Todos los niños lo hacen, algo. 

Su otra mano tarareaba una canción. Los dedos dibujaban notas inconexas junto a mi pubis. Bajé la mirada, y la perspectiva me hizo imaginar una araña de uñas sucias y mal cortadas merodeando mi vientre. Nadie tarareaba. De hecho, aquel silencio mutuo, sin motivo, era un hábito que me tranquilizaba. Afuera en cambio, el tiempo gritaba, la lluvia ahogaba, el viento enloquecía, y en aquel turbio escenario, yo conversaba en exceso conmigo mismo. Era un ser diminuto empujando fichas gigantes de dominó en busca de una salida. Caía y caían, y continuaban cayendo, y caía yo, una mujer empujando números con duda y sin motivo.

Yo era yo en aquella habitación, pero nada era parte de mí. Era una mujer, alta desde la infancia, y mujer, de corpulencia justa, delgada y con mucho hueso, más músculo y escasa piel, de pechos justos, mujer, de temperamento comedido, mirada lineal y con un trazo negro y sutil bajo los párpados. Y mujer. Y, sin embargo, no me identificaba. Yo era yo, un recorrido atrapado en un cruce de caminos. Era un uniforme detrás de un mostrador vendiendo vestidos de novias para tallas grandes. Mi persona en un bucle infinito porque creí que los ríos tenían dos direcciones y él sostendría el peso de las estrellas cada noche de mi vida. Después, la falda en las caderas, los brazos estrangulando la hierba, su pene desorientado entre mis piernas, el semen manchándome el corazón, y nuestros labios taponando la herida. Perdida la niña de la década de los sesenta que enterraba orugas en la tierra mojada, era ya una mujer. El dolor de cabeza lo originaba el peso excesivo en los dedos y la prisa establecida. Poseedora de cuarenta pulseras de plata vieja procedente de distintos países del mundo, y una pistola que papá dejó en la palma de mi mano en la cama de un hospital, mi vida era la vida de otra, pero yo estaba haciendo uso de ella. Mujer de palabras cortas, y por narcisismo emocional, sorda. Mujer atada a la inercia, a estrictos hábitos y  rutinas, al anillo anular, o a mi marido, ausente, desconocido, impersonal, abandonado, ruin y déspota, y bajo tanto escombro, todavía atractivo. Mi marido era un hombre que vendía humo en pequeños frascos sin cerrar. Un tipo, decía. Amé su calma, la inmensidad y la falta de pestañeo. Y durmiendo en la misma cama, olvidé cuándo se esfumó. En aquel espacio en blanco, dibujé otra vida.  

Su distancia era inexistente, su edad era temprana, y sin siquiera aire entre los labios, oíamos la honestidad de palabras carentes de dueño. Él sopló con suavidad sobre mis senos y deslizó la canción con suma lentitud. Noté que mis dedos, entre su cuello, olían a tabaco. Rogué que desapareciera el aroma y ansié encender un nuevo cigarrillo.

-¿Dónde queda el destino? -Preguntó. 

-¿Hablas del final?

-Hablo del destino. Si digo destino es destino, si digo gallina es gallina, y lapicero, lapicero. -Explicó molesto.- ¿Cuál es el camino que nos queda por recorrer?

-No sabía que viajáramos.

-Sí, en bucle quincenal.

-Tienes tu respuesta -dije desenfadada-, no hay destino. Damos vueltas y vueltas a un círculo. Quizá seamos una circunferencia sexual. O anal. -Retiré sus dedos de mi cuerpo y levanté el cuerpo de la cama. 

-¿Quién soy para ti? -Reclamó imitando mi gesto y caminando hacia mí.

-No lo sé. 

De pie, nuestro miedo era ser el uno frente al otro. Su terror era ser honesto y que desapareciera, mi pavor era el desconocimiento de las agujas del reloj. La luz partía en diagonal aquella habitación. La jirafa sin cabeza parecía observarlo todo. Sin espacio, él logró dar un paso más hacia mí, pegó mis pechos a los suyos, hundió los dedos en mí, y olvidé la melodía que intentaba acomodarse en la falta de ruido. Las palabras. Él dijo una que resultó mi nombre, y sus labios rompieron el aire entre los dos. Gemí, y en el bolsillo derecho de mi vestido vibró el suelo. Una vez, tres, y caí en la ignorancia. Sus yemas se hundieron y creí ser una aspirina en un vaso de agua. Deshecha, el entorno fue difuso, y con la lluvia, el viento y las hojas desordenadas tras la ventana, apenas necesité unos segundos para derrumbarme. El suelo aún vibraba con persistencia. Clavé la palma de mi mano derecha en su pecho, empujé, el aire bloqueado nos atravesó, me arrodillé, y a un palmo de su erección, contesté el teléfono. 

-¿Mamá?

-Sí, cariño.

-Mamá…

-Sí, Andrés.

-¿Cuándo vienes?

-Pronto. ¿Has terminado las letras que debías unir para literatura?

-Las letras que se unen son palabras, mamá, y papá está en el suelo con el poni de madera.

~

El agua del grifo corría más que la sangre, y Andrés golpeaba en la puerta de su habitación sin descanso repitiendo una y otra vez la misma palabra. El vestido sudaba en mis nalgas, y olía agrio entre mis labios. Cuando pisé con los zapatos la alfombrilla del baño, mis pies parecían haber desaparecido, y los años de aquella casa se desvanecieron como un soplido que borra una montaña de cenizas. Un hueco enorme se abalanzaba hacia mí a dentelladas. No sangré, me descompuse. Anteriormente, en la cocina, frente a las escaleras, deseé esconderme en aquel tazón de leche y cereales de Andrés. Veintidós años, tres años, cuatro meses, y, de manera esperada, él en el suelo junto a la bañera, con los mismos calzoncillos rotos, los calcetines a desigual altura y el gesto frío y triste que transportaba a un lado y a otro. Desidia. No dijo nada la pistola sobre su cabeza. Andrés golpeaba la puerta con aquellas sílabas como un eco inacabado. Él, con firmeza, escondía en un puño cerrado el poni de madera. Él era un cadáver horrible.

~

Pistola vertió agua hirviendo en una taza y hundía la bolsa de té con delicadeza. Asentía con media sonrisa al tiempo que se limpiaba los labios con una servilleta húmeda de papel. Vida acariciaba mis dedos vacíos con ternura, y Muerte llevaba días desaparecida. Pistola susurró a mi oído palabras conexas y agitó un azucarillo mientras hurgaba en su recámara. Las dos balas volvieron a rodar sobre la mesa, y al precipitarse al vacío se disiparon como una bola de nieve. Encendí un cigarrillo y no preparé café. Pistola no dijo una frase más. En silencio, bebió el té con la evidencia entre los labios y se suicidó. Andrés abandonó la cama y brincó sobre el suelo de madera. El agua del grifo no volvió a correr.

Fotografía: Daniel Diez Crespo

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