Caníbales

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Hablamos del precio de las putas con el cadáver del anciano sobre la mesa. Ella puso en dos pequeños platos una tarta de arándanos, y yo piqué la hierba con el mismo cuchillo que partíamos el queso. Mi mujer se rascó el pezón, duro por el frío, lo fotografió, y yo dediqué un tiempo a oler la densidad de la muerte vagando con lentitud a nuestro alrededor. Sesenta y cinco era una buena tarifa, y la tarta estaba deliciosa. No pregunté el origen del pastel, sólo comí. Al mismo tiempo abrí mi cartera de tela sobre la que había un pez blanco grabado con un hilo muy fino, extendí los dedos bajo el papel de tabaco, y utilicé la otra mano para llevarme de nuevo el tenedor a la boca. La lengua se deslizaba una y otra vez sobre el labio superior; a izquierda y derecha, y la rueda del mechero rompió el silencio y la oscuridad en la vieja cocina. Ella era la señora del cuerpo y aún besaba el anillo cada vez que mordisqueaba un trozo de su jugosa mano. Bajo un vestido negro, de larga estatura, tenía la piel devastada por el paso de los años, los dientes ausentes por el chocolate y los cacahuetes, y una mirada honesta, grande y muda. En ocasiones, miraba los cuchillos con puntas que colgaban de la pared. Cortó un triángulo, lo empujó hacia mí, y sirvió un vaso de leche hirviendo sin azúcar ni cucharadas de miel para que la carne no bloqueara la garganta. Imaginé una pequeña oveja tras alguna puerta. Era agua sucia. A mi lado, mi pareja continuaba desnuda y señalaba con un dedo el número de teléfono impreso en el periódico. Leí en voz alta el enunciado de una maravillosa felación, y pensé que cincuenta y cinco sería suficiente. Acto seguido ella me tendió el cigarrillo, y yo, con el humo confundiendo la escena, quedé prendado de los talones exquisitos de aquel difunto. La calada iluminó mi nariz, tambaleó la silla y sentí la necesidad de hundir mi dentadura en los dedos de sus pies. El mordisco desencadenó el pecado.

El tiempo había desaparecido. Las agujas atravesaban el cuello del invitado y no había hora en el reloj. Masticaba una pierna, todavía cruda, y al depositar en orden las uñas sobre la repisa del lavabo, junto al jabón, y abandonar el muslo de pie sobre el armario, ella me acariciaba el pelo con una suma delicadeza. El cuchillo colgaba junto al papel higiénico, la ventana continuaba abierta, y el aire cálido se respiraba espeso como la nata sobre un pastel de crema. De manera lenta, con el peligro que suponen los pasos a ciegas, regresé a la cama con los labios encharcados en sangre. No separó sus largos dedos de mí. Afuera gritaban los niños, lloraban los padres, y chocaban los coches entre sí provocando que el metal y los cristales fueran una sinfonía irreverente.

-¿Me haces el amor?

-Puedo amarte sin hacer lo que deseas. O desearte sin amarte.

-Hemos de comprar mantequilla. Hoy sin falta.

-¿Qué hay de la leche?

-Mañana.

-Bromeas, ¿verdad?

-Te amo.

Ella se tumbó a mi lado, sacó un brazo de la cama y alcanzó la pierna mordisqueada que había inundado de sangre el parqué. No la mordió, la observó como un trozo de arte. Apenas tendría veinte años, la pierna, y escondía una silueta descuidada. Erin la había cortado con desprecio por su desaprovechada juventud. Quizá un ataque de celos. La muerte era un estado de necesidad. Me relamí y saboreé el metal frío entre las encías. Al observarla bajo sus manos, aparentaba mayor edad.

-Deberías traer una servilleta.

-O tal vez debiéramos comer en la cocina.

Resbaló cuando intentó llevarse hasta los dientes al peroné. Le ayudé, pero manchamos las sábanas. Erin desistió, cogió mi brazo con fuerza, y los dos nos quedamos tumbados, sin el tiempo, con el hambre mirándonos y el miedo quieto junto a un viejo piano y varias cruces descolgadas y vacías. Me abrazó con la pierna a un lado. Su pubis desnudo se deslizó hasta la cumbre de mi pene, que lentamente comenzó a enderezarse al igual que un bizcocho crece con lentitud en el horno. Juntos, los ojos no emitieron una palabra, únicamente hablamos, y el amor continuó inutilizado.

-Era la puerta cinco, ¿verdad?

-O la escalera tres. No lo sé -respondí agrio-. Las puertas se abren, y si se abren ya nadie las cierra. ¿Mantequilla, dijiste?

-Sí. El rellano cuarto -rumió pensativa.

Afuera no había una sola rebanada, tampoco puertas útiles, y sin embargo, el ser humano soñaba con llaves y cerrojos. En mi cabeza, dedos desconocidos sujetaban un cuchillo y untaban mantequilla sobre la piel aún viva de cualquier ser humano. Con una espesa y cálida brisa sobre el techo, el frío en las paredes, y el olor a carne en proceso de descomposición, dormimos plácidamente abrazados el uno al otro.Y el tiempo del uno junto a ese mismo otro. Y ambos en su madurez. Al despertar, Erin mordía mis mejillas.

Erin era un cuerpo femenino desnudo que jamás había masticado un trozo de fruta o llevado una  cuchara a la boca. El cubierto de metal, tan convexo, le dolía al tocar los molares superiores. Tenía el pelo rudo y negro como el carbón. Poseía mechones hoscos, que eran trenzas y apenas se movían al caminar. Miraba distante, fría, y lucía una menuda cicatriz en su mentón que parecía querer escribir toda su vida. No era delgada, había mucho peso en sus pechos, y sentí ternura al ver la suciedad de sus rodillas. Fumaba de manera consecutiva, y el timbre de sus palabras era tan seductor como una breve canción de blues. Erin no era mi mujer, lo deseaba, y tomaba fotos a mechones de pelo en el suelo de una abandonada peluquería.

Fotografiaba. Poseía una cámara del año mil novecientos cincuenta y cuatro con una pegatina a nombre de un periódico francés. Negra, rústica, pesada, y con una fina correa de cuero que le permitía llevarla colgada al cuello. 

-Ella me matará -dijo desde lo alto de un muro.

-¿Cómo?

-Subida a una silla.

-¿Ahorcada?

-Ese gato blanco durmiendo sobre aquel triciclo podría ser lo más bello que fotografiaré jamás -mintió.

-¿Qué haces aquí? 

-¿Y tú?

-Encontrarte. 

Descubrí, siete meses después, que carecía de carrete. Tan sólo amaba el sonido del detonador bajo la yema de su dedo índice, y la imagen que quedaba grabada en su cabeza cuando pegaba el ojo derecho al obturador. Soñadora, deambulaba sin saber caminar, y en aquella desorientación vital, mi presencia le perseguía con un gesto circunstancial y estúpido ante el hermoso encuadre de sus nalgas agachadas y desnudas.

-¿Piensas en sexo?

-¿Cuando te miro?

-Cuando me has visto.

-Sí. Lo he hecho. Podía ver tus labios sin vello entre tus piernas -me sinceré-. Si bien, con honestidad, mi cabeza nunca puso mi pene allí.

-¿Por qué?

-Quería oler tu mirada, ver cómo hablas y sentir el rostro de ese fabuloso culo desnudo.

-Me llamo Erin -dijo tendiendo la mano.

Ella tenía la piel llena de lunares, que unidos, escribían a mano alzada palabras inexistentes. Me invitó, acepté, y fue lo más parecido a un hogar que recordaba haber visto desde la adolescencia. Daba pasos cortos hasta la habitación principal de aquel apartamento abandonado, subía el volumen de una vieja radio, y bailaba una y otra vez la misma canción de un casete sin prestar a nada ni nadie un hálito de atención. Yo adoraba el sonido al rebobinar y el golpe de la cinta cuando llegaba a su final. Después, distantes, aprendimos a dormir sin la soledad, y en largas ocasiones, a conservar nuestro silencio.

Erin se enamoró de mí vendiendo contratos funerarios. Yo me enamoré de ella el día que la vi arrastrarse como una vieja serpiente por las estanterías huesudas de un supermercado. Me gustaba su silueta trazando curvas sobre las baldosas blancas y frías. Alguien había olvidado apagar los frigoríficos, y pensé en el orden de los yogures.

-¿Funerarios?

-Lo que viene a ser la financiación de la muerte por adelantado.

-Necesitaré uniforme.

-O una falda doblada.

Sus dientes de abajo ocupaban el mismo espacio que los de arriba. Aquella sonrisa malévola, extraña y perfecta era más aterradora que su voz seca por la cantidad de hierba que fumaba sin tabaco. 

-¿Quieres sexo conmigo a cambio?

-Quiero amor contigo sin nada a cambio.

Mi frase sonó como suena el centrifugado en el último instante. La falta de ruido, inmediatamente después, era un cazo de puré espeso sobre mi cabeza; alivio. El fin indudable. Clic, oí. Abrí la puerta de la lavadora y esperé. 

-Encontraré un sujetador.

Años. Él compró flores a una mujer ambulante que vendía amapolas en un despreciable stand al final de la feria. Caminó siete millas a pie hasta la puerta roja de aquella casa junto al nacimiento del río que atravesaba la ciudad, y golpeó tres veces con los nudillos de su mano izquierda. No era invierno, pero el viento corría de un lado a otro con una fuerza encomiable, moviendo el aire sobre sus narices y obligándole a hundir la barbilla bajo su abrigo de ante.

Él  cambiaba ruedas de vehículos en un taller, dibujaba viñetas pornográficas para sus amigos y bebía té de jengibre. Nunca al mismo tiempo. El pelo le caía sobre sus hombros bajo un gorro de lana, y para la ocasión, se había afeitado y limpiado los zapatos con un trapo de cocina seco, hasta lograr que el brillo reflejara la felicidad de sus ojos. Cuando golpeó la puerta y sintió el frío en los dedos, Ciara no apareció al otro lado. Ciara no corrió la cortina del primer piso en su habitación. Ciara no olió las amapolas. Ciara tenía una singular sonrisa. Ciara repitió una y otra vez sin frases después.

El hombre era alto y gordo, había perdido su cabello, pero le crecía bajo su mentón una rizada y pelirroja barba. Descalzo, se abotonaba un chaleco granate con dificultad sobre su barriga, y al mismo tiempo, masticaba una salchicha cruda que sujetaba torpe con la mano libre. Liam nunca dijo una palabra. Estiró los brazos, se deshizo de las flores y caminó de regreso a casa con los zapatos llenos de polvo. 

-Cuarenta…

-Años. -Terminó Ciara- Y nunca vi las flores.

-¿Dónde conseguiste la tarta?

-¿Cómo te atreviste a volver?

-Porque sólo tenía un pensamiento cada tarde. -Liam observó el pastel sobre la mesa y acercó un dedo.- ¿Dónde?

-Ni una sola flor. ¿Semanas?

-Trae un cuchillo. Grande.

Liam se quedó mirando la circunferencia, los arándanos desordenados en la superficie, y una luz gris que entraba sobre la ventana enturbiando con melancolía la escena. Ciara descolgó el cuchillo que colgaba de un imán de la pared, y cuando untó el dedo y saboreó, golpearon en la puerta. 

Al tercer mes miraba su cuerpo como un plátano pelado sobre la mesa. Delicioso. Fotografiaba huesos secos de melocotón y utilizaba las rodillas sobre el suelo para atrapar una distante perspectiva. Leía páginas impares, se metía el dedo anular en el ombligo y pasaba la uña del pulgar por objetivo de su vieja cámara. Su cuerpo era un cadáver vivo y caminando alrededor de mi estómago vacío, y yo otro ser con vida sin un paso decisivo que, bajo un chicle duro, masticaba la calidez espesa de aquel aire. Tenía un sentimiento famélico y había perdido la destreza y las zarpas. La hambruna enloquecía. Ella aplastaba sus dientes una y otra vez, yo desmigaba las uñas de los dedos de mis pies. A veces, me dormía el apetito, y mientras ella liaba un cigarrillo, yo ordenaba formularios en blanco carentes de firma hasta perder el peso de mi cabeza. Los cristales rotos por el suelo evidenciaban la desidia y la apatía, y la pasta de dientes rosa y seca en el lavabo aún tenía un amargo sabor a fresa.

-¿Declan? -Preguntó.

-Eso dije. 

-¿Tu madre o tu padre?

-Mi madre se cayó de un empujón en el sexto mes de embarazo -decliné de corrillo-. Y mi padre disparaba platos con una escopeta.

-¿Qué tiene que ver la violencia con tu nombre?

-Conozco un sitio -Zanjé-. Aún viven.

-¿Y vas a invitarme a comer?

-Seremos el alimento que nos alimente. 

Erin no llevaba sujetador, no sabía doblar la falda y agachaba la cabeza porque mis nudillos sonaban ensordecedores en las puertas abandonadas. Nadie abría, y en ocasiones cedían al primer golpe. Ella interpretaba canciones en los sonidos lentos de las bisagras. Después, emitía un reproche sarcástico al tiempo que tomaba asiento en el suelo para cortar con sus largas uñas la hierba. 

-¿Qué ves cuando fumas?

-La calma.

-¿Y cómo es? 

Las casas vacías esparcían huesos limpios y desorganizados. Erin estiró el brazo y levantó con dulzura una larga tibia. La observó, la olió y la volvió a colocar en la misma posición, donde el polvo había dejado un vacío.

-Es como él. –Señaló el hueso y encendió el cigarrillo.

Timbres mudos. Aquella frase redundando en un rellano me entristeció. Erin la asoció a un excelente nombre para un grupo de música. Apreté el maletín bajo mis dedos y señalé a un edificio alto al final de una larga y estrecha avenida. Él era. La construcción se alzaba en triángulo isósceles. Plantado al final de la calle adoquinada, sin hojas en los árboles, alguien había pintado las tres paredes de amarillo, y el color ya roto huía del desacierto. Poseía un tejado plano, y sobre él despuntaba una larga y delgada chimenea de la que emergía una densa cortina de humo azul. A mi lado, la sombra cálida había desaparecido. Tumbada, fotografiaba un minúsculo muslo de pollo sin carne. La temperatura quemaba el asfalto, pero ella volvió a pulsar el disparador. Alrededor, ciudadanos anoréxicos e insensibles miraban con deseo la generosidad de sus piernas, y al mismo tiempo, se abofeteaban los unos a los otros sin descanso. Nunca morderían aquel pecado porque su miedo bebía con insana desesperación cualquier deseo.

Erin regresó al lino de mis pantalones. Amaba la cercanía y me dolía la sutil y sigilosa distancia que tomaba para fotografiar detalles abandonados. Pensé que mis pensamientos deberían pensar en abandonarla. El riesgo preguntaba. Olía a hierba quemada. La respiraba. Sonrió sin distancia entre los dientes y copió el ritmo de mi paso. 

El portón gemía como un dolor lento y continuado. Los timbres a la izquierda carecían de botones, números y letras. Las escaleras crujían e imaginé migas de galletas bajo suelas de un zapato inquieto. Liam era un anciano con una melena débil y larga cayéndole hasta la altura de los hombros. Vivía en el cuarto piso del edificio triangular, en la letra D, al otro lado de una puerta negra que se ubicaba al final de un laberíntico rellano. Portaba un bastón de metal con un tapón de goma rojo que agarraba el suelo, dos pares de gafas colgadas al cuello y un sombrero hecho con un periódico de papel. A escasos dos metros de su espalda, una señora sujetaba un cuchillo de grandes dimensiones con el mango de madera. Erin levantó la cámara y disparó en tres ocasiones desde una misma posición. Nunca vi tanto terror en una detonación fotográfica. Puse mi brazo libre sobre su objetivo, la separé de su ojo derecho, y me disculpé mostrando la palma de la mano en posición diagonal.

-No venimos a matar a nadie.

-¿Quieren la nevera? -Preguntó Liam.

-Empuja la puerta, ¡empuja y cierra con llave! -gritó la señora- ¡Y fuerte!

-Sólo nos queda queso…

-¡Cierra!

Imaginé el queso. Lo visualicé cortado, rectangular, amarillo y sobre una tabla de madera. Traté de recordar su sabor y textura, y en aquel recuerdo cíclico la sed fue un esponja retorcida y sin una gota. Mi brazo sintió un empujón, Erin mordió mi piel, la sangre emergió, y tres hilos corrieron con libertad entre mis dedos. Dio un paso atrás, y sin alguna reacción que lo impidiera, se deslizó por el parqué con la cámara colgada al cuello. La secuencia, corta y veloz, me recordó a la bailarina torpe que pone punto y final a una larga coreografía. Su cuerpo desnudo parecía una canica que rueda desde los pequeños dedos de un niño. Liam hundió la mirada, el gorro de papel se despegó de su cabeza, y cuando encontró el cuerpo de ella, el sombrero cayó. La mujer puso un pie a un lado con suma decisión y trató de acuchillarla. Me distrajo un cuadro al óleo con un jarrón de amapolas que colgaba de una de las paredes.Regresé, y la velocidad y la agilidad, que eran actos extinguidos, hicieron una escena cautivadora.

Cuando la edad desequilibró tanto movimiento, Erin logró deshabitar el arma de entre sus manos, puso una seca patada en su estómago, y lanzó el filo con maestría hacia mí. Volaron los papeles en el rellano, y cuando agachado quise evitar la muerte y que el desorden se esparciera por las escaleras, el cuerpo de Liam se derrumbó muerto en el rellano. El cuchillo le atravesaba el cuello. La esposa perdió la consciencia, yo obvié los formularios, arrastré el cadáver, y cerré la puerta fuerte, y con llave.

-Conozco una Iglesia. 

-¿Quieres confesar tus pecados? -Insinué. 

-Quiero enamorarme de ti.

-Ámame.

-En ocasiones veo desaparecer a las personas y no siento tristeza, veo desaparecer el amor, y me muero de pena. Si te amo corro el riesgo de ver cómo ese sentimiento deja de existir.

-¿Y la iglesia?

-Para fotografiar cruces desarmadas.

Encendió la radio y pulsó un botón para que el volumen ensordeciera el ruido de los coches chocando una y otra vez.

-¿Crees que Dios alimenta? -Pregunté. 

-Dios es un plato excesivo para toda la vida eterna que promete. -Cerró la ventana sin cristales y volvió la mirada a mí- Veremos su casa sin que la creencia nos niegue la realidad.

-¿Vive alguien?

-La vida es eterna allí.

La nevera estaba vacía y el cuchillo volvía a cortar trozos de hierba sobre una mesa de cristal. El anciano eran huesos limpios en un rincón junto al sofá. La mujer había perdido el juicio mordisqueando la piel cruda de su esposo, ofrecía su cuerpo desnudo y simulaba cortarse el cuello con cucharas de madera. Cuando el viento dejó de soplar, el aire le permitió saltar y caer desde la ventana. Erin quiso su cuerpo hecho puré, yo vi la ausencia de bofetadas junto al arcén y retuve el impulso. Trying to run away and disappear, cantó junto al alféizar. Movía la muñeca con una destreza acompasada, y al mismo tiempo, sus pies cruzados. A igual son. What you wanted, rumió con el cigarrillo entre los labios y el mechero dando un paso adelante y atrás. Sus mejillas rosadas iluminaban tanta mirada.

-¿Te vas a comer ese trozo? -Preguntó.

-¿Sabes quién soy? .

-No. ¿Te lo comerás?

-En ocasiones hay ideas en mi cabeza que se asemejan mucho a un tarro de cristal repleto de mayonesa que ha caído y está echo amasijos en el suelo. No sabes si barrer o fregar.

-Lo comeré… ¿de acuerdo?

-Compré dos coches, una casa, y sesenta vestidos para un mujer hermosa. A ella se la comió el aburrimiento y a mí me quedó la soledad atestada de compañía.

-¿Y a ti quién te comerá?

-A mí me comerás tú.

Quité los cordones a los zapatos y comencé a romper uno a uno los pocos papeles en blanco que quedaban en la cartera de cuero. La hambruna ataba al aliento y el aire había dejado de pasar. Tenía tierra seca en la planta de mis pies. Los huesos siempre estaban limpios y Erin comía un pequeño trozo de la tarta de arándanos.

Nadie alrededor. Nuestra vida plural tenía un elevado riesgo de desaparecer. El sigilo hacía enorme cualquier aspiración. La prostituta tenía los pechos pequeños, la tarifa era desmesurada y el sabor de la piel albina carecía de dulzura. Dura, la carne muerta perdió su atractivo y utilizamos la misma ventana. Con delicadeza y por las dobleces señaladas rehice el sombrero de Liam y lo coloqué sobre la esquina del sofá. El polvo aparecía en las pisadas, la puerta se abrió con sigilo, y desde el rellano vi que aún quedaban formularios en blanco. Erin repitió con su voz grave la palabra iglesia, y ante mis ojos se descifró de un hermoso sinónimo. No lo creí. 

Hambrienta, me guió. No tomó una sola fotografía. En la calle habían cesado las bofetadas, el motor de los coches y las molestas voces de los niños y sus padres, pero el silencio aún imitaba con dificultad el sosiego.

-¿Dónde?

-Pese a todas las partes de Dios, lejos.

Descalzo tenía miedo a caminar y era yo quien trataba de no perder el hilo de sus desnudas piernas. Vi una caja vacía de un helado de fresa y chocolate y pensé en una cuchara de plástico roja derritiéndose entre mis labios. La puerta de la Iglesia estaba cerrada. Había papeles escritos a mano, flores secas y velas consumidas junto a una pared. Las paredes eran frías, y en el interior, el eco de la puerta resultaba una evidencia molesta. Recordé la masturbación, la comunión y la risa. Erin abrió la Biblia y leyó las hojas que arrancaba.

Comenzaba a sentir una debilidad que a duras penas sostenía mis párpados. Tuve miedo de mí cuando mordisqueé mis dedos y la sangre comenzó a correr por mis labios. Escupí sobre el altar un trozo de piel. Intenté ser consciente de mí, lo fui, me alivió y dolió. Erin dejó de olisquear la alfombra y descolgó la cámara de su cuello. Miró mi desquicio y con lentitud se esfumó. Aquel gesto me desconcertó. Vi huesos limpios amontonándose junto al confesionario. El orden de los objetos evidenciaba alguna presencia. Me alojé en el primer escalón, venció el peso de mi cuerpo, y tumbado cerré los ojos para olvidarme de mí. No vi a Dios. Ella reapareció, traía una pierna joven y lamió mis labios.

-¿Alguien?

-Nadie.

Cuando la carne se extinguió, mordió mi mejilla. Sentí que no había perdido nada, y sin embargo, se santiguaba con el trozo de piel frente a su boca. Famélica, saboreaba de mí lo que nunca fui. Rompí la incisión de mis dientes sobre su rodilla y noté que aún había calor en aquellas piernas. Los cisnes tenían un cuello largo, recordé  al ver la posición de mi pene. Imaginé sin éxito el dolor de la muerte. Obvié la realidad y la posibilidad de no morir al mismo tiempo, y clavé los colmillos junto a sus nalgas. Ella me arrancó un trozo de carnee bajo los hombros. 

-No sucederá.

-Ni mantequilla ni leche…

-Ni servilleta. Muerde aquí. 

-¿No quieres que hagamos el amor antes de morir?

-Comamos.

Los dedos estaban entrelazados como piezas de un puzzle abandonado. Mordí ahí. Mordió ahí. Cuando emergieron los latidos del corazón bajo los huesos, sólo vi el terror de la respiración. El placer no fue devorarnos y ver nuestros labios ensangrentados, fue morir cogidos de la mano.

Fotografía: Lucyna Kolendo

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