Cubo

img_20151205_154416.jpgTengo miedo a la oscuridad. Muevo los ojos, muevo y muevo, no doy un paso, encuentro una triste aflicción bajo los párpados, miro, observo, contemplo, agudizo y vigilo, pero no descubro una sola diferencia. Todo es distinto y hay tanta similitud en un solo tono, que me aterra estar vivo. Lo estoy. Completo, inacabado y desnudo. Me masturbo con los dientes prietos, ella duerme en lo alto de la montaña, abro la ventana de un salón amueblado, eyaculo, grito, y vuelve a nevar en los tejados. Es uno de enero. La pared es alta. No hay techo. Ladrillos. La pared es idéntica, la pared se repite, la pared es fría, es ruda y recta. La pared es incolora, oscura, nos cura, os cura, me cura, me ausenta, me aísla. Existo, miro al calendario y desisto. Es dos de enero. Continúo preso. La pared es limpia. Hablan,  hablas, escucho, pero hace mucho tiempo que las palabras no existen.

-¿Comprarás el pan?

-A cuarenta céntimos. 

-No tardes todo lo que has de tardar, -dice ella- sólo lo necesario.

-Ha nevado y tengo frío en el interior de los zapatos. 

-¿Correrás?

-Siempre alivian las huellas de pisadas.

Tan sólo yo. Agudizo, no oigo siquiera un ruido, y sin embargo, hablamos, hablamos y hablamos. Te invento y conversamos como si nos amáramos, como si aún nos entusiasmara el tacto de nuestras manos, el aire entre los labios, abiertos y cerrados, el olor cuando despertamos, cuando simulamos que soñamos, cuando hacemos el amor temprano y simulamos, cuando nos acostamos y todavía ninguno de los dos ha decidido cómo desnudarnos porque soñamos. Estiro los brazos y al buscar mi aliento, nada encuentro. Es tres de enero. Sólo yo. No hay suelo, lo borro. Levito evitando lanzar al vacío mi peso. No hay gravedad, la deshago. O mi cabeza en pleno desasosiego. O mi cabeza rodando por el suelo imitando ser lodo en el barro. No hay espacio, únicamente distancia. La pared es alta, interminable, la pared tiene esquinas, cuatro, carece de grietas, grito, es oscura, nada la ilumina, fría y dura. Hablan y desconozco por qué hablan. Me hablas. 

-Tócame.

-¿Dónde?

-Despacio, tanto, que parezca que no te mueves.

-¿Cómo?

-Círculos imperfectos.

-¿Así?

-Amo cómo me tocas.

-El amor siempre parece ser un acto de muy corta duración. ¿Compraré el pan después?

-Sólo si no tienes frío en el interior de tus zapatos.

-Amo cómo te toco.

La soledad es un silencio insoportable. Voy a dispararme doblando el pulgar ante mi sien, una y otra vez, y otra, y en otra ocasión, hasta que aúllen de dolor los incontables pensamientos. Veo cadáveres que parecen recuerdos. Veo recuerdos muertos. A veces piso la línea blanca y me asusta la cercanía de los árboles alineados. Ella no lleva bragas. Arden en una hoguera. Invento el fuego y oigo crepitar tus huesos. No hay dinero en los bolsillos, sólo montañas en la misma ventana por la que cada mañana al eyacular se aleja mi dolor. Vuelvo a derramarse el yogur sobre mi barbilla, vuelve a vigilar un banco de niebla, vuelve la confusión, vuelvo a callar, vuelvo a mirar, vuelve la soledad, vuelvo y al volver nadie ha vuelto. Es tarde. Tengo miedo a ser oscuridad, abro los ojos, camino, tropiezo, corro, huyo, y cuando al corazón le duele mi propia respiración sé que la muerte no desencadenará ningún final. Termino, me visto, echo un vistazo, y echo de menos el tacto duro de los pechos excitados. Tengo frío en los pies desnudos. Es cuatro de enero y no siento vértigo. La pared es estrecha, el suelo ha vuelto, es lento, resbaladizo, aunque al mismo tiempo se pega al movimiento. El aire es sucio, espeso, pesado, quieto, asfixiante, aunque al mismo tiempo es inexistente. Yo era uno, alto, pero no interminable, delgado, pero de huesos gordos, serio y desconfiado con una risa larga e insoportable, ausente, pero sin ápice de ausencia. Es cinco de enero. Ella no es ella, eres tú, imagino, y me besas e hincas tu voz en mi oreja izquierda.

-Caerás porque eres un avión de papel.

-Y me hundiré.

-Te estrellarás en el suelo, encenderé una cerilla, te quemaré, gritarás, el humo inundará la ciudad, y un día después, desaparecerás.

-¿Mi final?

-Todos los finales son idénticos.

-¿Todos somos aviones de papel?

-Todos somos accidentes. Todos somos endebles -Se coloca el sujetador, cubre sus pechos blandos y bebe café negro con azúcar blanco.- Y todo sucede una mañana de cualquier día de los muchos que tiene un mes, despertamos, y ya nunca despertamos.

-¿Hemos muerto?

-Estamos ardiendo…

La pared es mi hogar. La pared es una vida. La pared es el amor. La pared es un deseo, la pared es odio, imposibles, un trozo de pan, una sonrisa, lágrimas en el suelo, el sexo encolerizado contigo aquella tarde de verano en el cuarto de baño, en el mar, entre la hierba y las piedras, sobre el colchón y el suelo, bajo el cielo y el techo, y sé que entonces hubo un día en el que nos enamoramos. La pared es un cubo y en él no me muevo, no veo, no respiro, no huelo, no siento, únicamente sueño. Y en él estado onírico recuerdo que has bebido la última gota de una copa de vino, que me miras, estás cerca, que sonríes, que al respirar yo nervioso no me creo que esté desnudo bajo las mismas sábanas, oliendo tu piel, acariciándola, acariciándomela, y deslizando mis manos, dibujando, tarareando, dejándolas caer hasta ver el peso de mis dedos en tus pechos, dejándolas ligeras entre mis piernas, besándote, sintiendo que aún nuestros labios saben a una ínfima cantidad de alcohol, y que pese al placer, continuamos callados, como armarios cerrados repletos de cartones de leche sin abrir, y pese a escondernos el uno en el otro, pese a la primera vez, y pese al calor, pegados y hundidos, todo es poco. Y entonces descubro que existe una hermosa belleza en la dureza. Acaba de comenzar, y sin embargo, no quiero desaparecer dentro, quiero observar y acariciar cada centímetro de ti. Es seis de enero. Llaman a la puerta y nadie dice una palabra. La piel ha comenzado a abandonar mis huesos. Ella eres tú. Miro mi soledad en lo alto del tejado, con los pies descalzos dentro de la nieve, y sólo sé que la muerte se ha de llorar. El equilibrio pudiera ser un lugar perfecto en el que vivir, sin embargo, siempre sopla el viento.

Soy un hombre pequeño, de pies menudos, ojos diminutos, torcidos, cejas delgadas, calvas, pelo grueso y corto, orejas minúsculas, lengua escasa, nariz imperceptible, dedos desiguales e inservibles, brazos escasos, piernas sin una distancia adecuada para correr. Poseo una voz ronca que permito huya y nunca da un paso más allá. Es veinte de octubre. Me considero un hombre de edad larga y desaprovechada, de nombre común y palabras monosilábicas y repetidas. No poseo un piano negro junto a la pared de un salón y lo deseo, sueño con una ventana de cristales amarillos y cortinas rasgadas por uñas de un gato que no recordaré haber alimentado, tengo miedo al silencio porque en él me convierto en un ser oscuro y ruidoso. Soy el hombre de los calcetines finos, fríos y los zapatos desatados. Es todavía veinte de octubre, el aire caliente seca ambas manos, ato, espero, espero y desaparezco del espejo. Cuando señalo con el dedo, con la maleta de ruedas junto a mi cadera, vuelvo a ver un avión comercial echar a volar. Dan paseos las personas, pesan las cabezas, dan pasos las personas y pesan los ojos, dan pisadas las personas, pesan.

-No nos iremos jamás. -Extiende su mano sujetando mi cinturón y siento el peso y el control.

-Ya no lo haremos jamás. 

-¿Por qué?

-Porque…

-Hemos vivido todo. -Tira y me domina.

-Hemos sido demasiadas vidas. ¿Todo?

-Demasiadas para sólo encontrar tus ojos. 

-¿Una canción?

-Una.

-¿Algo me quieres?

-Algo.

-¿Aún? -Señalo, toco el cristal, y persigo la trayectoria de un nuevo avión que vuelve a volar.

Es veinte de octubre, friegan el suelo, una parte, dos, tres y cuatro señoras hablan y hablan y no encuentro un segundo de escucha. Hay pistolas en los bolsillos, en tanto, sus dedos dan vueltas por mi espalda, y en el aire, los aviones desapareciendo como un truco de magia. La libertad es un espacio inacabado o interminable. De pronto, al mirarnos, reconocemos la forma de amarnos, pero la vemos y parece un ser extraño. Nunca es un final claustrofóbico. 

-Conozco un lugar con mesas de madera en la que sirven helado de fresa a cualquier hora.

-Me gustan tus pies desnudos bajo las mesas de madera. -Veo maletas girar que no van a ninguna parte- ¿Te sentarás de espaldas a la puerta?

-No hay puertas. 

-Las encontraremos.

Es veinte de octubre, las ruedas son pares y odio el sonido cuando me golpea en los labios y sabe amargo. Ella es una mujer generosa en estatura, eres tú, delgada sin el significado de hambrienta, con el pelo liso y largo, dedos al final de las manos para las teclas de un piano negro junto a la pared que no poseo y deseo, ojos redondos y gordos, nariz afilada y elevada, boca amplia, de dientes firmes, orejas exactas, cejas arregladas, brazos cansados y piernas como palos. Ella es una voz con mucho aire, eres tú, y escaso ruido, huele a avellana, sabe a piel, y a miel cuando la unto entre sus piernas, no es hermosa, pero es bella, no es perfecta, pero es mi perfección. Ella señala, yo señalo, un coche frena y otro avión vuela. 

La locura son onzas de chocolate blanco derritiéndose en el microondas. Ocho minutos. Es dos de noviembre, mi silla cojea y oigo cómo golpea nueces con un martillo para clavos de acero, plomo y hierro oxidado. Llueve mucho, la leche hierve, y gotas de lluvia rebotan en el asfalto. El mango es amarillo, mi pene es rojo, el barro es negro, y es dos de noviembre. No llueve. Llueve.

-Deshollíname. -Inquiero.

Ella no me mira, levanta el brazo, calza botas de goma, lo baja, suena, rompe, no viste siquiera bragas, sonríe y deja que la nuez permanezca atrapada en el interior de una cáscara firme en una esquina de la mesa sin mantel. La muerte es afilada y cruel, pero no dice una palabra. Amo su pubis desaliñado. Recuerdo que volábamos. Veo sangre seca entre sus labios y no sé el origen, pero sí la propiedad. Tampoco el mío. No hay nudillos heridos, sus uñas rotas las ha mordido, oigo cómo escupe con ira el viento sobre la persiana, golpea, azota, hunde el espacio, lo ahoga y no hay pausa. El ritmo constante me apacigua. Apenas queda un metro limpio en la cocina. Veo botones desabotonados de una blusa, la línea suave de sus senos, mis pantalones enredados a la pata de una silla, barro grabado con forma de pisadas, ciento treinta y ocho ladrillos junto al frigorífico, ropa interior asomando en la lavadora, y un trozo de tarta de chocolate inacabado con una cuchara pequeña de metal. Cuando hay un hilo de luz, la observo. Me entristece el peso de sus pechos bajo los hombros rectos y la ausencia de amor en la palma de mis manos. Recuerdo que nos mirábamos. Me excita hallar tanta distancia y fabricar una erección ficticia. Su cuerpo parece un crucifijo vacío. El suelo es frío. No llueve. Va a sentarse muy despacio y caerá sobre mis piernas. Camina, adoro el ruido a plástico de sus botas. El crujido me asfixia. Sé que no voy a morir, todavía, sólo sentir miedo.

-¡Desátame! -Ordeno. 

El viento agita ramas de un árbol delgado y desvestido, atormenta la persiana y me alivia. Los charcos siempre crecen en uno de los márgenes del asfalto, el chocolate golpea el cristal, suena la campana, azota una avellana, trozos se esparcen por el suelo, escondidos tras otra pata de otra silla, me observo y sé que no volveré a necesitar mi piel para sobrevivir. 

-Desembarázame. 

Noto que un cuchillo, despacio, comienza a pelar la piel que sostiene las uñas de mis pies. No me besa, lo hace, y explota un huracán, eyacula el corazón entre sus piernas sin control, y al hacerlo, ella sujeta su cuerpo estrangulando los dedos entre mi pelo.

-Desmiénteme.

-Te mento.

-Desconóceme. 

-Te comeré. 

-Despiézame. 

-Lo haré. 

Ella camina. Ella eres tú. Recuerdo que dormíamos. Ella se va, ella abandona el martillo en un lugar prudencial, hace chillar la puerta, libera la oscuridad, me ama, me olvida. Ella no recuerda que no puedo dejar de recordar. Ella desaparece y en ella no aparezco, y es dos de noviembre, llueve, y ella no está, y sin embargo, es mi única verdad.  Y no obstante, no sé qué es verdad. Hay sangre en los dedos de mis pies, semen seco en mis testículos, oigo una campana de una iglesia, añoro la materialidad de Dios durante la infancia, y exhausto enumero las cáscaras de nueces que se esparcen sobre las baldosas. Llueve, mi pene es rojo, el mango era amarillo y llueve. Es dos de noviembre. Ella se ha ido.

Hay semen seco que no traza trayectoria alguna. Semen antiguo. Inodoro. Más semen. Huelo a pelo quemado, oigo el murmullo del aire, la nieve es silenciosa cuando toca los cristales, me enorgullece una fotografía colgada en la nevera, echo de menos el sabor de una cerveza, llueve, es trece de enero y la silla continúa sin acomodarse en la cocina, la pata enreda el mismo pantalón y no reconozco mi nombre cuando repito todas sus letras juntas en mi cabeza. 

-Iremos a la playa. -Sugiero.

-¿Haré sandwiches para los dos y compraremos helados?

-Que se derritan entre los dedos… 

-¿Te apetecerá?

-El día que el agua inunde las carreteras y los peces muertos cubran los arcenes.

-¿Espejismos? 

-No, realidades. ¿Has mirado el buzón?

-Y la soledad. 

Me duele su voz como un intruso. Me duele pensar que tenía dos ojos y que ambos solían dedicar una parte de su tiempo a los míos. Calla, callo, callamos, y al permanecer mudos el uno ante el otro, vuelvo a dialogar con ella sin decir una palabra. Ha traído cemento. 

-¿Por qué te fuiste? -Pregunta.

-Porque tú lo dijiste. 

-Nunca te pedí que huyeras. 

-Y jamás que me quedara. 

Tengo miedo a la luz. No abro los ojos y no sé si me muevo. Tengo pavor, temor, pánico. Quiero ser un yogur. Deseo ser tres minutos, una cucharilla de metal fría, dientes de leche, notas de una canción breve en el interior de la cabeza de un niño; tan constante, cíclica e intranscendental. La fugacidad me alivia. Me duele la persistencia del corazón bajo el pecho. Late, late, late, late. No veo la mesa, hay más nueces rotas, no hallo el martillo, mi pene es naranja y flácido, padezco frío, tristeza e impaciencia, es febrero, no hay días en el mes, no hay horas, no hay lo que hubo, tengo seguridad de que no lo hubo, y desconozco la ubicación de todo. Debe haber luz en las ventanas, barro seco con forma de pisadas, mis dedos son azules, huele a orín y heces, ha salido el sol. O no. Hay flores muertas junto a la ventana y chocolate duro en el microondas. Cero minutos. Quiero ser un número inexistente, existo, ¿existo? el ruido de la goma de sus botas se detiene, y su frase se mezcla con el ruido del metal rasgando la piedra.

-Y jamás que regresaras. 

-¿Si hubiera sido un tamaño, cómo me hubieras amado?

-Grande.

-¿Y animal?

-Ballena. 

-¿Y forma?

-Octógono.

-¿Y si fuera un estado de ánimo?

-Inestable. 

-¿Hasta dónde?

-O cuándo….

-¿Y cómo?

-Lejos, temprano y alegre. 

-¿Me amaste?

-Nunca.

-Los finales son de alguna manera inexistentes. 

-Los finales existen. 

-¿Hoy?

-Hoy es siempre y no es un final. -Coloca un ladrillo a mi derecha y busca más cemento.

-Hazlo. 

-¿Qué?

-Que hoy sea siempre. 

Ayer era un día hermoso, los pingüinos tendían su mano con elegancia y media sonrisa, y la nieve caía gota a gota desde los tejados. Ella secaba el pelo en algún recóndito lugar y permitía que los grillos que cantaban en su cabello besaran el espejo roto que colgaba del pasillo. Ayer fue hoy, hoy no es ayer y mañana seré otra vez un cuerpo muerto. Veo ya algunos trozos de piel esparcidos sobre las baldosas. Junto las piezas y sé que soy yo, pero deseo imaginar un piano negro de cola en la esquina de nuestro salón. Es cinco de marzo, llueve y el motor da vueltas sin prisa y cargado de ropa mojada de un único color. La pared ha engordado, crecido y madurado. Hay sangre en el agua. La pared me empuja, me insulta, me indulta, me incomunica. El jabón es rojo. La pared da también vueltas alrededor de mí, es alta, interminable y terminada. Repito lo dicho y nada suena igual. Tengo frío en los pies, no tengo pies, ni siquiera tobillos, las lágrimas son uñas de hielo junto a mi nariz y mi pene es blanco. Ella se ha ido. Ella eres tú y tu ausencia es una locura insoportable.  

-¿Y qué nos mató?

-La soledad. 

-Si aún estábamos juntos… 

-Y más solos que nunca. 

-Nunca otra vez.

-Finales inexplicables.  

-¿Me matarás?

-Morirás. 

Conocí su cuerpo desnudo, de rodillas, mirando al mar, tenía los ojos abiertos y los pechos rectos, el pubis vacío y un libro cerrado entre sus piernas. Me detuve y lamí el helado que caía entre mis dedos. Habló del calor, sentí frío en las mejillas, vi un paso de baile de un muñeco de madera sobre las olas y percibí un cosquilleo bajo el vello de mis testículos. Después, desapareció, ella y mi hormigueo. De pie, chupé con intensidad un trozo de chocolate y permanecí inmóvil observando la extrema rectitud de la línea que daba inicio al cielo. 

Conocí su voz desnuda sentada sobre una silla, bebiendo cerveza fría con una rodaja de limón en su interior, fumando un cigarrillo delgado como el palo de una piruleta, y posando ambos pies sobre las patas de una mesa de madera. Me detuve a su izquierda, señalé una línea blanca que doblaba en dos el cielo y pregunté. No dijo un lugar, tampoco un destino, no inventó una ciudad, sólo musitó una palabra, otra, y otra más. Después, hablamos de desaparecer, de las distancias, el tiempo y el deseo de volar. 

Conocí su sexo en la oscuridad con el peso de las estrellas sobre mí. El aire frío helaba los dedos de mis pies, el semen empujaba una y otra vez deseando explotar entre sus piernas, y cuando hundió sus dedos  en mis nalgas y la eyaculación se expandió alrededor de mi ombligo, me miró, respiré, y lo hice como si fuera la primera vez. No hubo  un solo sonido entre los dos. Ella caminó hasta tocar la orilla del mar. Después, era un trece de septiembre, dije su nombre en voz alta, lo oyó, nunca lo escuchó, fue el final, y poco a poco, tu cuerpo en mí se ahogó.

Fin. 

Fotografía: Daniel Diez Crespo

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