Miniatura

Rojo

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Te vistes de rojo porque siempre creíste ser una fresa. Es mi imaginación. A veces muerdo la piña y derrama por los labios, y entre nuestros pies, gotas de sandía. Hay una desnudez, un pene erecto, dos tetas preciosas, la imperfección de tu ombligo, la desorientación de los pezones y una banda municipal atravesando la ventana. Me gusta observar las ardillas rompiendo la gravedad en los troncos de los árboles. Adoro el sonido de sus uñas. Recuerdo una cabra apuñalando con el vértigo de su mirada. A veces visto de rojo porque siempre me gustó deambular ante la vida como un corazón ensangrentado; no late, muere constantemente.

El lamento es en blanco y negro. La soledad es la pared en blanco al otro lado de la mesa. Palabras venciendo hechos.

Junto al fuego me quemo, pero adoro el dolor. Rojo es la intensidad de tus labios. Los dos nunca nos volveremos a ver, y sin embargo, te elijo como culpable de cada frase porque quiero dormir tranquilo. El egoísmo nos miente con su bienestar. En el silencio, lejanos, a gritos, nos imitamos como un espejo roto y viejo; por intuición. Un pensamiento es hablar; escribir es inventar. Únicamente restan recuerdos, como pizzas y refrescos sobre una blanca mesa. El chorizo es rojo como era mi mantel y tu bebida.

Contaminaba la melodía de un disco que sonó por completo mientras no parábamos de hacernos el amor. No he sentido cuarenta y siete minutos tan perfectos. A la mente, un plátano, amarillo, todo como metáfora de cualquier felación. Ellos nunca cantaron para nosotros, y sin embargo, siempre creí que los micrófonos debían estar a la altura de la boca.

El rojo lo utiliza el amor. El rojo lo disfruta el dolor. El rojo lo inmortaliza la muerte. Te odio cada día por haberme abandonado sin mirar atrás. Ira porque no volviste. El rojo es la sombra que dejan mis pasos en cualquier rutina. Te pienso una noche, cierro la puerta y sé que nadie me acompañará cuando enrojezca el sol y suene aquella canción del despertador. La belleza de los ojos dormidos, la oscuridad y distintos destinos con idéntico camino.

Rojo es una bañera de sangre y un solo pato de goma. Rojo es una alfombra bebiendo vino. Rojo es un calcetín rosa olvidado en la lavadora. Rojo es la cicatriz imperfecta que no cura el olvido. Rojo siempre serás tú.

FOTOGRAFÍA: Francesca Woodman

Pensamiento

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Tengo un pensamiento. Escrito, mi cerebro ante tus ojos siempre será distinto. Tengo miedo. Eres tan gallina que alrededor de ti sólo quedan plumas; negras. Tengo hambre. Sopa con garbanzos y fideos. Tengo sed. Whisky con dos hielos en un vaso ardiendo. Tengo cansancio. Una colchoneta deshinchada sobre la hierba mojada. Tengo silencio. Amo tu sordera cuando grito. Tengo necesidad. El vacío en la nevera. Tengo abundancia. Robo y no saco provecho. Tengo impaciencia. Odio tu risa estúpida. Tengo lucidez. Dos más dos son cuatro. ¡Imbécil! Los botones ya no son bragueta. No te tengo y pierdo la cabeza junto al envoltorio roto de una seca magdalena.

Tengo un pensamiento. Leído por tu prisa, mis palabras son colillas bajo la lluvia. Tengo soberbia. Me suda la polla y las axilas cada rima de tus poemas. Tengo egoísmo. Un club para mí, yo, una figura de egocentrismo, tu escucha y el agujero infinito de mi ombligo. Infravalorado silencio. ¡Cállate!

Tengo avaricia. Atesoro monedas de distintos tamaños en un bote de mayonesa escondido en un armario en el que no hay luz. Tengo ojos. Me basta pestañear para follar. Tengo oídos. Bailo canciones con calcetines y calzoncillos en una balsa de madera que jamás naufraga. Tengo tacto. Toco, me toco, te toco y siendo sinceros, nada es diferente. Tengo aliento. Cuento treinta sobre la pared y hago trampa cuando un ojo escapa entre los dedos hacia la izquierda. ¡Te pillé! Tengo besos. La lengua siempre gritó mejor bajo las sábanas. Tengo pene. Lo han encerrado en el desagüe y el agua se estanca. Tengo semen. Hay un bote de silicona que nadie sabe utilizar. Sobrevalorado sexo. ¡Mátame!

Tengo desprecio. Nunca miro por encima de tu hombro porque siempre tengo vértigo. Tengo suciedad. Corto los pelos que quedan olvidados debajo de los testículos; aclaro, junto al culo.

Tengo tiempo. La pila de un reloj de pulsera siempre es reemplazable. Tengo ausencia. Tú y yo somos una mentira más tras cualquier línea blanca que marque una espera. ¡Puta vida! Tengo bicicleta. El timbre advierte de mi presencia si dan vueltas las ruedas. Tengo piernas. Cuando paseo, los pasos prefiero que resbalen sobre el hielo. Tengo violencia. Nos abofeteo en sueños y despierto con erecciones desorientadas en el vacío. Tengo paciencia. Más mentiras; trago lo que cago. Tengo pechos. Afeito con la cuchilla siete pelos y corto uno de los pezones. Tengo cerebro. A veces no entiendo por qué escribo lo inexplicable en un pensamiento. Tengo aburrimiento. Lo termino. Fin de mí contigo. ¡Lectores incomprendidos!

Tengo letras. Van ordenadas sin un destino y no hacen círculos. Tengo números. Treinta y cinco años sin fuego sobre las velas. ¡Quemaré todas las sonrisas! 

Tengo. No me deseo. Tengo. No te quiero. Tengo. No lo consigo. Tengo un pensamiento. ¡Ojalá todo el mundo estuviera, durante un día, muerto!

FOTOGRAFÍA: Man Ray

LO DESCONOCIDO

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Mamá había practicado sexo con papá. Gemía en silencio cuando la luz se detenía bajo mis sábanas en la cabecera de cualquier libro. Leía para no buscar preguntas sin respuesta a tanta inexplicable realidad. Éramos seis hermanos, poca comida, muchos platos, demasiadas palabras, incontables actos y egoísmo. Antes de dormir, no recuerdo qué noches, empezaron a sonar los muelles porque los pequeños habían comenzado a masturbarse en pareja, como una carrera cuyo premio tan sólo era demostrar su onanismo viril. Un día cesó.

Nadie había practicado sexo conmigo. La palabra sexo era un roto en un pantalón nuevo de mamá; siempre había que ocultarlo porque conllevaba una bofetada. Sexo era lo desconocido.

Él decidió utilizar la oscuridad en aquella habitación y mi calcetín se quedó enredado en el dedo gordo del pie izquierdo, levanté la cabeza y miré a la puerta, como si ella en cualquier instante fuera comenzar a hablar; a explicarme el motivo; lo que iba a suceder. No lo hizo; estuvo quieta como un cobarde testigo ante un delito. El amor, con su absoluta carencia, sin embargo, danzaba exuberante cargado de palabras; le dolía la espalda. No había quién no supiera de amor.

Sexo era reproducción. Sexo era animal. Sexo era conexión. Sexo era poner azúcar en el café. Sexo era que te crecieran flores en la palma de la mano.  Sexo era un estornudo sin un pañuelo en la nariz. Sexo eran dos zapatos viejos de un mismo pie. Sexo era cagar y mear al mismo tiempo. Sexo eran los billetes de papá acumulados en el cajón de la mesilla. Sexo era un pintalabios rojo sin usar. Sexo eran aquellos macarrones con tomate y chorizo que nunca podía terminar. Sexo era placer, y sin embargo, las cuatro letras vibraban dañinas en mi cabeza, tan desorientadas y solitarias, y gritaba y era silencio. Prefería la ausencia de ruido.

Su pene flácido trazaba una dócil curva hacia la derecha, posándose inocente sobre el muslo. Él quería no mirar mi cara, yo no quería una sola imagen. Recordé a mamá el día que papá miraba tetas en la televisión. Repetía la misma onomatopeya y buscaba la ventana. Sexo era pudor. Sexo eran agujeros vacíos y llenos. Me arrodille, y desnuda, la piel comenzó arrugarse. Frío y miedo provocaban sentimientos idénticos. Aquel pene, como un avión, comenzó a despegar lentamente. No vi una sola rueda, tan sólo la velocidad, la impaciencia y la fuerza. Sus dedos cayeron helados en mi espalda. Sexo era dolor. Él era un desconocido. Sexo era lo desconocido.

FOTOGRAFÍA: Man Ray

LA MUÑECA MUERTA

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Cuando la mató no hubo sangre en sus dedos y sí en su mirada. Respiraba a la velocidad que pisaba y deseó calmar la sed con un vaso helado de limonada. La prisa era un impulso mental y el dolor volver la vista atrás. Odiaba el crujir ensordecedor de las piedras bajo sus suelas. Repitió el viento el mismo gesto, suave, lento y cálido. No detuvo el paso hasta volcar el alivio sobre el silencio de la acera. La seguridad esperaba tras el veintisiete de su puerta. El cadáver, intacto, quizá aún tenía vida.

Fotografía: Daniel Diez

El VACÍO

No

No sé decirte que no, porque al decirte que sí, tengo la duda entre el vacío de los dedos de los pies. El meñique es un pájaro picudo, el gordo es la galleta que nadie come del plato, el resto son nubes veloces que ya nadie quiere mirar. A veces me comía un muro a mordiscos para descubrir quién chilla al otro lado.

Quiero decirte que no, pero al decirte que sí siempre siento que tengo otra duda entre alguno de los dos agujeros de la nariz. A las tres, el izquierdo, al amanecer, el derecho chirriando entre los dientes. Al final siempre pido una cerveza y un bizcocho a tu lado y no sabemos decirnos palabras con el sonido original de cada una de las letras.

No sé decirte que no, y al decirte que sí, aún salgo corriendo para alejarme de ti aunque no lo veas. Aquí, busco desabotonar un botón mientras el ansia son pelos entre mis dedos. Deseo hundir la galleta en el café y evitar las migas, y al encontrarnos elijo hundido. La humedad oscurece. La desnudez nos cose.

No sé decirte que no cuando vestidos no tenemos nada.

No sé. Tú sí. Al final hay otro vacío. Caminamos. El muro, grita, y silencio la duda enorme entre el vacío de los dedos de mis pies.

Fotografía: Daniel Diez 

LA RUTINA

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La vida continúa cuando muerden los pequeños dientes de leche. Ella pone café con una cuchara sopera y aplasta el grano suave y pausadamente como si en el reloj escondiera más tiempo del que sabe el adulto tiene permitido. La vida respira acuchillada aunque el filo no cesa y tartamudea junto a sus colmillos. Ni siquiera una servilleta de papel entre las paredes del frío desayuno, oscuro. La vida desorienta en los caprichosos revolcones del paladar. No brilla una taza sobre la mesa sin mantel, un mero vaso, dos, y no aparece el marido, tampoco grita un hermano. La vida también muere aun escondida. Apenas hay luz en la única ventana. Duelen los mordiscos. Hay una cartera marrón de cuero y una mochila azul cielo con dos magdalenas dibujadas junto a la puerta; ambas cerradas, pacientes porque desconocen la espera. La herida es un plural y no escapará un solo gemido. Ella enrosca con tres vueltas la cafetera y el fuego hierve bajo el metal. Ni siquiera un murmullo en cada roto. Borbota, silva y pita la impaciencia y huele a café. La vida termina. Muerto, y afuera continúa la rutina.

Hay dos vasos de cristal, uno verde, otro azul, una cuchara de metal, una brilla, otra no, hay azúcar en un viejo bote de crema que lavó, hay leche sola en la derecha, café negro en la encimera, hay pocos minutos más con vida en ese hogar y ni una palabra. La vida no es mía cuando es suya.

Morir es partirse en dos. Hay de mí sobre la mesa. Hay de mí bajo sus sucias uñas. Hay de mí bajo su lengua. Hay de mí entre sus labios. Hay de mí en el cristal, donde el desorden y la igualdad nunca es confusión. Hay de mí sobre su ropa. Hay de mí en su deseo. Hubo de mí en su mirada. Hay de mí cada mañana. Hay de mí en su rutina. Hay de mí en el vacío de la mesa y suena la puerta.

NIÑO MALO

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Son un niño y voy dispararte una bala en un ojo. Voy a dañarte aunque la herida no sangre. Quiero poner el iris roto entre los dientes. No morderé, sólo marcaré los dientes de leche. Voy a matarte, hermanito. No sé trocearte. Sólo apuntarte y matarte. Tú y yo somos demasiado y nadie lo asimila. Ni bueno, ni malo, demasiado. Quiero escuchar ruido en la habitación. Quiero oír tú aullido y reír porque el dolor es divertido. Te señala el cañón, te acobarda el gatillo, obedeces. Antes del disparo, son mis labios los que exhiben mi destreza. Quiero comer lo que no alcanzo antes de dormir. Hoy nadie cerrará la caja de galletas.

Hay un corro de niños. Visten batas de cuadros. Las hay azules, rosas y verdes. Aprieto el gatillo. Ya no queda ruido. Espero en silencio en la esquina de un patio de colegio. Al final nadie cae. Regreso a casa. La muerte es un puñado de plumas. Mamá hace el pollo con mucha salsa y patatas. Es domingo y papá hoy tampoco vuelve a casa. Es hora de quitar un plato de la mesa.

La muerte es un charco de sangre. La sangre es la vida de mi hermano. A mí me gusta saltar sobre los charcos. Lo hago. Mi hermano es vida en el armario, mi hermano es vida en las paredes, mi hermano es muerte sobre la colcha, mi madre es histeria bajo la puerta, yo quiero otra galleta.

Fotografía: Magnus Ekwall

DECLARACIÓN

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Cuando empiezan a caerme más simpáticos los completos desconocidos tal vez es porque hay mucho hijo de puta suelto con piel de cordero que sólo se acerca a la mesa cuando hay posibilidad de llevarse alguna migaja a la boca. Tal vez la soledad no hace daño y el dolor siempre lo provoca la compañía. Desenredo todo un ovillo rencoroso que calmo en una copa de vino que ha dejado papá. Vacía. Atizo y no mido la herida que provoca cada una de las letras porque se me han hinchado las pelotas. Somos desollados por seres humanos que exprimen el jugo hasta que desaparece el interés. Animales salvajes. Nos mordemos, estiramos, rompemos la piel. Sueño con un partido de tenis y jode un mal gesto si queda la pelota al otro lado de la red. No estuve para responder. Empiezo a elegir la pared. Pienso en la Biblia.

No me pregunto el motivo, pero ha empezado a no gustarme la gente. No disecciono, generalizo. Al menos lo declaro. Hay quien escarba y desentierra mi odio, ira y violencia. Si alguien se escandaliza que arrodille el cuerpo y pida perdón por sus propios comportamientos, y si le incomoda la posición o le es incomprensible lo que escribo, mejor que desaparezca. La puerta de madera te dará una patada en el culo hasta la cobardía. Corran.

El taburete siempre es un buen sitio. No escribo ficción, mera declaración vital de lo que hoy siento. La vida para mí es un puchero de arroz hirviendo. Todos iguales en la indiferencia. Y en la igualdad descontrolada siempre aguarda algún cuchillo afilado. Escondido en las nalgas de los amigos, herirá. Sin embargo, jamás lo verás clavar.

Negar. Decir que algo no existe, no es verdad, o no es como alguien cree o afirma. Hacerlo. Mi mentira, tu verdad, mi mundo, vuestro planeta, mi tristeza, vuestra felicidad. La felicidad es un globo rojo atado a una cuerda. La tristeza es una cuerda atada a la impotencia.

Evita romper el silencio. Nadie me lo sabrá mejorar. La puerta al fondo, repito, y ni siquiera derecha, tampoco izquierda. Adiós. Nadie quedará a mirar. Adiós. Desabotonada la camisa, desperezada, desenredada la muda, limpia la piel, declarada mi verdad, hundo las rodillas en otro final. Distinto; real.

Ahí, tintineando el metal en los dientes que quedan bajo los labios, no encajo el último gesto porque la boca se cierra por miedo y frío. Asustado, soy un niño frente al espejo. Me veo lo que fui porque ya no quiero ver cómo soy. La sien es el camino sencillo. La mano libre teclea el último adiós antes de disparar.

LA DUEÑA

Naked - April Xu

Voy a adueñarme de ti. Ahora que mastico la sangre que me amaba entre el desorden de las sábanas que tanto me asfixiaban, ahora que tengo entre los dedos el semen caliente que nunca me excitaba, ahora que tengo olvidada la última cucharada de un yogur frío en la mesilla, iluminada por la mañana, como la podrida pieza de una fruta mordisqueada, ahora voy a adueñarme de ti. Ahora recuerdo la lectura olvidada e imposible aquella única noche aterrada con tu ausencia porque desconocía el tiempo exacto de un regreso y tu presencia. Ahora que te he parado el corazón a mordiscos mientras suplicabas entre delirios una pausa a mi rabia descontrolada, ahora, voy al fin a adueñarme de ti. Tengo veinte uñas sucias para mí. Recorto como antojo rizos blancos en busca del interior de tu piel y tus ideas. Sin embargo, no guardas letras que revelen pensamientos. Tintinean con gracia sobre el parqué doce dientes que arranqué. No muevo tu cuerpo inservible de la puerta rota del armario de la que fue nuestra habitación. Mis paredes y tu cuerpo. Al dormir lo observaré. Jugaré con él. Vivir tú a mi lado. Seré la dueña de tu pasado.

Fotografía: April Xu.

TU VAGINA

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Me mareo en el fondo de tu vagina. Me desmayo, me pierdo, me ensordezco y ahogo. Me mareo como un trago tras otro y otro y otro, y bebo y bebo y continúo tan sediento que mastico el vaso de cristal. Te amo. Te enciendo y te quemo y pierdo el control o descontrolo y tengo miedo del fuego, porque te quemo y no siento pánico de que te mato poco a poco, y el olor es tan negro como el sexo. Sexo es morderte los pechos y no escucharte chillar. Apaga los ojos y cierra la luz. Desorientado en la oscuridad de tu vagina; hogar es un felpudo que pisar. Anhelo y lamo, saboreo, seco y mojo. Deseo es hundirme. Amar es nadar. Follar es desanudar la pajarita del cuello de un extraño.

HIELO

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Mamá tenía hielo en la nevera, papá en el vaso, mi hermano corría detras de mí, rabioso, tratando de meterme nieve entre los pantalones. ¿Cuánto frío sienten las plantas de los pies sobre un manto blanco, virgen, de nieve? Nevaba. Yo había escapado, él me había perseguido, y de pronto, ambos pausamos con una respiración acelerada que chocaba visible con el frío. Y sin embargo, aún oía el ruido del agua hirviendo en la cocina, y a papá tosiendo y bebiendo, y la canción; canciones distintas de un mismo grupo que parecían la misma atrapadas en un estribillo, y éste, enredándose en mi cerebro como los hilos de un ovillo deshecho. Fui un niño de débiles neuronas que cazaba los ruidos y los repetía una y otra vez. Mi tiempo desaparecía en fáciles repeticiones. Trece contra diecisiete. Dos hermanos, nieve, y el jardín sin el trazado de las paredes que ahogan con su pasillo estrecho.

A veces mamá solía plancharme los calzoncillos y yo aprovechaba el instante inmediato después para ponérmelos. Aquella mañana vi que estaba sentada en la silla haciéndolo y pensé en el calor del metal de aquella plancha entre mis piernas. Habían cesado los copos y papá volvía a levantar el vaso mientras en el televisor continuaba el fútbol. Verde contra blanco. También marrón contra verde. Mirarnos inmóviles y descalzos sobre la nieve era una pelea tan intensa, que a ambos nos volvía más exhaustos segundo a segundo.

Nunca recuerdo cómo fue. Fue. Repito una risa suave que desaparece lentamente como el final de algunas canciones. Fue la última vez. Allí, con los pies desnudos, la nieve buscaba refugio entre las uñas. Me hipnotizaron sus manos tan rojas y blancas, goteando, y sus dientes enfurecidos; rabiosos. Él fue el primero que dobló la rodilla, yo levanté la suela desde los dedos; adelante y atrás. Los dos equilibramos la distancia, y cuando un puñado de nieve resbaló de la rama de un árbol, su explosión detonó el inicio

A veces me siento allí. Ya no es nuestra casa, pero mamá aún plancha, papá ve la tele, mi hermano sujeta el hielo y gira el tocadiscos con la idéntica canción. Adoro sentarme ahí, en el punto exacto. A veces es necesario mirar desde la misma altura de los ojos del cadáver para saber cómo sucedió. No importa quién ganó. Perdimos los dos. El hielo en la piel; inertes, helados, exhaustos, sentados sobre el banco de hielo; inmóviles y vigilando; mirándonos. El último invierno que recuerdo. Crecer, como las ramas de un árbol, te separa.

Fotografía: Daniel Diez

IMPOSIBLES

Imposibles

El árbol ya no va a volver a ser el mismo. Ha sonreído su última vez. Hoy hace veintisiete años, trece semanas, dos días y una hora. Hoy es temprano. Hoy hay tres niños a su alrededor en calzoncillos blancos mojándose en el agua los tobillos, sin camiseta, quietos, y no es verano. El frío, como la sensatez, es imposible cuando los dedos tienen la libertad de iniciar cualquier trazo con  pinturas de colores. Innecesario el papel en blanco. A la espera, un adulto sostiene sobriedad y cordura en las caderas. No habrá más cuentos. Nunca más. Imposible. El árbol ha perdido el abrigo. El árbol ha perdido su figura en el agua, el color de su cabello en el cielo, la forma de su cintura en el aire. Nadie ha detenido el tiempo hace demasiado tiempo porque a los zapatos les grita la prisa. Nadie mira. En la esquina de su camino no reconoce los ojos, no intuye escucha, tampoco tacto. Cuando alguien es como nadie todo aparenta imposible. Y sin embargo, esperar es esperanza.

Mario tiene un diente roto porque cuando corrió tras la pelota, Sergio la pisó, él no detuvo la carrera y la golpeó con la pierna izquierda, pero ésta firme sobre el suelo ni siquiera se movió.  El suelo es más duro que cualquier cara. Anna tiene dos coletas porque desentonan con su falta de sonrisa. Sergio es alto y su voz es un instrumento afinado para la convicción. Roger es su padre. Las bicis en el suelo construyen un triángulo incompleto, y él, de pie, asfixiado por el movimiento del tiempo en su muñeca, mira sin observar las tres espaldas desnudas de sus pequeños, que sentados en la ladera del camino, tan quietos, no han crecido y creen que la vida no son imposibles.

Verde, naranja, azul, tres y sin mezclar, como un pastel ordenado. El agua es un lienzo descuidado. Negro es chocolate. Tres sombras inmóviles es confusión. Y en la paciencia adulta tiembla sentada la impaciencia. Y en la espera, ninguna voz. A veces el viento, suave y lento. Viven los adultos abrigados por lo imposible, y sin ceguera encierran la mirada en su cabeza. Y resbala. Y resbala. Y resbala. Y empieza. Imposible no es imaginar.

Aparece todo lo que desaparece.

Después, y aparentemente, siempre realidad. Sin que la razón logre poner exactitud a lo concreto. Tampoco a lo ocurrido. Porque la fantasía es abstracta como una suela que hunde y resbala en el barro. Después, todo parece despertar.

Es inesperadamente. Es inesperadamente que Roger descubre que las tres pequeñas espaldas desnudas no aparecen sentadas en la ladera. Cae su bicicleta en el asfalto, que tiembla escandalosa. Él da dos pasos que son zancadas, e histérico salta feroz hacia el agua, fría, aunque una vez más insensible. Cuando deja de volar apenas le cubre las rodillas. Cosquillean algunas ramas en su cabello por las ranuras del casco de la bicicleta, y de pronto, uno de sus pies se hunde lentamente en el fango, desequilibra y cae hasta que sienta la nalgas y posa las manos. Enfrente, tres calzoncillos blancos mojándose en el agua los tobillos, desafinan descontrolados las risas de una carcajada imposible.

Fotografía: Daniel Diez

MURIENDO

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Me estoy muriendo. Muero. Moriré. Quizá he muerto aunque aún hable. Hablo o pienso y recuerdo empujando. No fue ayer. Aprendí a pedalear al cumplir tan pocos, que hoy ya hace demasiado. Empujo y muero, y ambos esfuerzos viven, y sin embargo, sé que me estoy muriendo. A diario. Empujo y nunca hago bien lo que debo porque tropiezo y caigo. Erro y olvido para llamarlo fracaso. El intento nunca fue un resultado. No llego y al miedo le envenena el cansancio. Es eso. Muero porque tengo miedo. Aterrado y nadie entiende los verbos que digo cuando hablo. A veces el eco de una tos es ser solitario. Me acepto huraño. Me quiero pero ya no me siento. Pánico porque tiemblo, helado, aprieto la mano que chilla cobarde con un solo gesto y son mis dedos. Entonces, exhausto, duermo.

Muero porque dejo de ser yo. Muerto porque, demasiado, ya no estoy. Los zapatos negros me hacen menos alto y el sombrero me esconde los ojos de lo que gira alrededor. Duele el corazón cuando trago y nada tiene alcohol. Duele empujar tan despacio como la respiración. Duele llevar la muerte entre tus manos. Muerto como un tablón vacío. El recuerdo son tres chinchetas vacías de un único color. Me estoy muriendo con ochenta y nueve monedas en el bolsillo de un pijama, dos perdidas en el sofá y una canción que llega de la cocina, y aunque lo intento, la desconozco. Fracaso otra vez. Lloro cuando el murmullo mecánico es como silencio. Nunca vendí el tocadiscos. Tal vez no vuelva a sonar.

Afuera llueve. O ya no. Sólo es el tejado que gotea en los charcos. Aquí quiebra una vez más el fuego, al otro lado de la habitación, en la chimenea. Lo apagará el tiempo. El tiempo no necesita reloj y no descansa. De nada sirve mirar al cristal que hicieron espejo, porque en él mis ojos no me ven. Oscuro es decir adiós, donde dicen reside el miedo, como los pasos que deben caer ciegos hacia delante. Empujo, ruedo, muero, y aunque sé el camino, muerto es que olvidé pedalear.

Fotografía: Daniel Diez 

LA GRAVEDAD

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El hielo, muy poco a poco, empapaba la ropa. El frío como piel desangrándose entre la lana, mojada, ya tan pesada. El frío era hielo y mudaba. El aire gateaba como la pereza. La luz crecía como los niños. Y la gravedad, como nosotros, esperaba. Yo, enamorada, tumbada sobre la hierba, no hundida porque la máscara de hielo lo impedía, esperaba a que él, tumbado, tal vez enamorado, respondiera. Eran horribles nuestros diez dedos azules de las manos separados por tres flores muertas. Quería girar y abrirme como una puerta y caer dentro de su piel, atravesarme, acuchillarme y volar. Sin embargo, creímos lo ideal de aún respirar quietos; pacientes; fríos o casi muertos. La última palabra era manzana. Mientras, amanecía, lento, despacio como el viento, perezoso. Nubes rosas. Amarnos sin tocarnos. Esperábamos más, helados, más, mojados, más, con los ojos abiertos pegados al cielo, al árbol, soñando, creyendo que la gravedad tenía su señal. ¿La primera manzana? Nos amaremos al caer siete. ¿Por qué? La mitad de tu vida y la mía. Te amo. Espera.

Fotografía: Daniel Diez

EL COCHE

El coche

No hubiera matado ni una minúscula araña colgada en el techo de la ducha a un solo palmo de mi cabeza enjabonada, y sin embargo, cuando tosió le pegué un tiro en la mejilla, bajo el ojo derecho, abriéndole la cabeza, vomitando su denso color de la muerte sobre el cristal inmortal que quedaba a su espalda. La obra de arte despertó ocho aullidos histéricos interminables e incontrolados a nuestro alrededor. Luego, como una fotografía, quietud y silencio; blanco y negro. Ni siquiera la sangre quiso avanzar. Tal vez apenas transcurrieron tres segundos, quizá un eterno minuto. El reloj de agujas negras sobre fondo blanco era enorme en la pared del fondo de aquella oficina, y aquel tamaño convertía al tiempo en una asfixiante prisa. Agité la cabeza hacia el cielo y el suelo, tres veces, grité y volvió, una tras otra, la habitual respiración.

Aún miraba el revolver, otras a Kieran, sentado a mi lado, en la mesa, los dos protegiendo nuestras manos desnudas del frío en la taza del té, la de él roja, la mía verde, y finalmente a la ventana, desnuda, fría. No veíamos, mirábamos. El revolver era una pistola, gris, con culote negro, ya fría, indefensa, inocente, dócil e inofensiva. Afuera el hielo comenzaba a caer sobre las aceras y la luna tomaba refugio en una esquina del cristal. El zapato izquierdo de Kieran bailaba junto a la pata de la silla, y el mío, muerto, pisaba el asa de la bolsa de cuero, aún con la cremallera levemente abierta, dejando entrever la cabeza de algunos de los billetes que sumaban ciento veintiséis mil ciento cincuenta euros.

Afuera miré mi reloj con el tacto amargo del té entre los dientes. El viento hacía días que había desaparecido. Volví a clavar mis ojos en mi muñeca, y sin embargo, en mi cabeza taladraban las agujas negras enormes temblando en aquella oficina. Tres de la madrugada. Siempre tuvo un brillo especial en la oscuridad. Caminé alrededor, me detuve, continué, como si pesaran los pasos, o hubiera plomo atando mis tobillos. Tan lento que creí alejarme demasiado. Frío, tan frío como vivo. Una vuelta como un círculo aplastado, y cuando exhausto me detuve en el primer paso, pegué la nariz al cristal de la ventanilla de atrás del coche, expulsé un último vaho y desempañé parte del cristal. Allí, muerta, la banquera sin rostro, había inundado de sangre las alfombrillas. Kieran no esperó a que tuviera una nueva respiración. Puso sus dedos en mi pelo revuelto y lo masculló lento, conciso e irreparable, como la muerte, la fotografía de mi coche en llamas.

Fotografía: Daniel Diez

LA DISTANCIA

La distancia podría ser un grano de arroz en agua hirviendo. Demasiado tiempo y explota. La distancia sería disparar y que duela a quemarropa. Una sola herida y te mata. La distancia adoraría alimentarse lentamente la duda. Empacha y envenena. La distancia rompe el disfraz barato del amor y desenmascara. Desnudos y sin perfecciones. La distancia sólo es invisible y muda cuando tus ojos, a un palmo, lo gritan.

Fotografía: Daniel Diez Crespo

 

LA PELOTA

Observó el cuerpo de un anciano muerto junto a su pelota de fútbol con una emocionante sonrisa. Lamió sus dientes y encías con la lengua, detuvo la respiración y olvidó por qué su pies pisaban aquellos matorrales. Julito había visto la oportunidad perfecta cuando con el interior del pie derecho golpeó suavemente el balón, colocándolo a escasos centímetros de su pierna izquierda, y segundos antes de que David alcanzara su posición, golpeó fuerte con el empeine. No equilibró el apoyo, y ni siquiera rozó la alambrada que quedaba tras la portería. La pelota desapareció.

Julito era un niño adulto de mejillas rojas, pelo revuelto, liso, marrón madera y ojos negros como el techo de aquel invierno. Julito jamás había visto la realidad sin imaginar una ficción. Desaparecía fácil, como el balón, con un simple descuido, y entonces, solo, debía buscar el camino de regreso.

Negro y blanco como el asfalto. Así tenía ante sus ojos el cuerpo de aquel anciano sin vida. Un sólo botón de un chaleco que sólo cubría su único ombligo, hinchado por el aire que guardaba su estómago. El vacío en las hebillas de sus botas sin cordones le aterró. ¡Ladrones!, pensó. Los pantalones de lino, grises, sin cinturón, desabotonados, trazaban una misteriosa sinuosa línea gruesa de pintura blanca en la pierna izquierda. Quieto y muerto, aquel hombre aún tenía carácter. Adivinó el gesto de aquel hombre pese al vacío en los ojos. Le vio peinándose ante el espejo, delicado y lento. Oyó su sonrisa, escuchó el aliento de su risa. En su muñeca, en un reloj de cristal roto, eran las tres. No había ni mañana ni tarde en aquellas agujas quietas.

Julito dobló las rodillas y sujetó las ramas con los codos. El balón, negro y blanco, a cuadros, no se movió.  Cuando agachó la cabeza, una gota de sudor perdió el contacto con su barbilla y cayó hasta explotar en la frente del anciano, junto aquel cabello blanco y lacio. El primer contacto. De cuclillas, a medio metro de la pelota, Julito puso la palma de su mano en el pecho, frío, áspero y quieto. A un centímetro un agujero. La sostuvo. No supo el tiempo. Un sólo disparo, pensó. Después, un grito tembló. Levantó su cuerpo, vivo, miró atrás, y observó alineados, como hormigas, a quienes impacientes gritaban la pelota. Julito  corrió de vuelta al campo sin nada entre los brazos.

UN CIGARRILLO

El mismo cuchillo lo he hundido en mi tripa, donde termina la corbata que creí para la ocasión. He gemido y después he encendido un cigarrillo. Los ojos enrojecidos e hinchados porque matar seres queridos y el suicidio me empujan a llorar. Mamá y papá. Catorce velas a mis diecisiete en una tarta de fresa es un nuevo e irrecuperable error. Afiladas y rotas aparecen emborronadas las huellas de ocho uñas ante mis ojos. Curvas como diminutas en las palmas de mis manos. Mi hermano pequeño, mi hermana mayor. Ahora ya no pegan chicles en mi almohada. Es una serpiente lenta la sangre que pierdo de vista en el precipicio de mis rodillas. Tiño con mis entrañas lo que nunca quise, unas zapatillas rosas. Sexo como cigarrillo. También he roto el cristal de todos los espejos para no ser testigo en el reflejo. He pisado los añicos. Ensucio la moqueta que arruga y suaviza la escalera hacia la habitación. Cerrada la puerta. No abriré para descubrir mis agallas. La prima no tenía culpa. La diadema envuelta en celofán hacía juego con mis ojos rojos. Hace tres minutos que mi sombra es la misma oscuridad. Ni siquiera la lumbre parpadea al respirar. Ni siquiera una miga de hielo en el último vaso. Ni siquiera baba en la botella marrón. Mis agallas, a medio camino, cansadas, sentadas, son un último cigarrillo. Agallas que caen desprendiéndose de entre mis dedos. El humo espesa como niebla, la ceniza espera, duerme una de mis miradas, y mi silueta, sentada, herida, se vuelve a iluminar.

Fotografía:  Martina Salov

TRECE

Ella dibujaba trece sonrisas en un papel en blanco por las dos caras. Utilizaba un lapicero amarillo y negro del número tres, y afilado por un sacapuntas de plástico, azul, de cuchilla oxidada, que sostenía la última espiral de madera. Apoyada en la esquina de una mesa de madera cuadrada, la magdalena aparecía rota por un único mordisco. Ella no le prestaba atención. Tampoco a la taza roja que trazaba borroso su reflejo. Ni siquiera a la sombra de los pasos de Abel, que desnudo, caminaba inquieto en busca de la muda perfecta. Ella era una niña adulta. Las trece sonrisas no tenían color. Tampoco las pintó. Soltó el lapicero, rodó como un tren y frenó su viaje al chocar con la taza. Dobló el papel en trece veces, cerró la mano derecha y lo escondió en el bolsillo trasero del mismo lado, en su pantalón. Seria, en el reloj del salón, la aguja necesitaba quince saltos para ser uno; jamás trece. Abel ajustaba la camisa y la corbata acorde al calendario. Le quemó el calor de la felicidad repetida sobre el papel, y sin embargo no la utilizó. Esperó paciente su ocasión.

EL VENDEDOR

Vendía zapatos con una piedra minúscula al fondo de las suelas que, al sexto paso, dolía como un pellizco horrible al comprador. Lo hacía con minucia, maldad y una sonrisa que enseñaba doce dientes de arriba y diez abajo. Vendía calzones que no eran calzoncillos con una minúscula mancha de heces en el trasero porque él, las noches previas a la venta, los había utilizado sin pudor. Lo hacía adrede, con intención y una sonrisa que enseñaba doce dientes de arriba y diez de abajo. Vendía calcetines con un roto diminuto a la altura de los dedos gordos del pie, que al primer lavado se descosía hasta poder mirar a través de él. Lo hacía en su mecedora, tranquilo, con unas tijeras afiladas y una sonrisa que enseñaba doce dientes de arriba y diez de abajo. Vendía relojes de pulsera de goma negra digitales de un solo color que perdía cinco minutos de su hora exacta cada día. Lo hacía con maestría desatornillando la tapa de metal y ralentizando el mecanismo con gesto maquiavélico y una sonrisa que enseñaba doce dientes de arriba y diez de abajo. Vendía imperfecciones en la esquina de la calle Rota, junto a la Gran Vía de la Mentira, porque aquella noche no sonó el reloj en el campanario, ni sonrió cuando ella le rompió el brillo de los ojos con un beso en la mejilla y le susurró sin decir adiós, “nada es para siempre”.

Fotografía: Bruno Abarca

EL DISPARO

Te ato un pie y el otro a la taza del váter con el cordón de un zapato mientras aprietas el corazón debajo del pecho, en la tripa, arrugada, descuidada, desnuda, aún marcada por las sábanas, pesada, dolida, adulterada, arrepentida, pero atrapada en ti. Te ato los brazos a la espalda, sobre las nalgas reposadas, con un espagueti aún sucio de tomate, seco; si bien es tallarín para ser preciso, y aprieto. Me guiña un ojo el dolor cuando muerdes la esquina del labio; coqueto y bribón. Sé que el ruego es la pezuña asomando bajo la puerta antes de morir. El cuento del lobo comienza y sólo restan dos balas. Te silencio los labios con un beso, lento, delicioso, excitante y morboso. Los dos tan desnudos, encajados como dos sillas, tan perfectos, que tener que esconder el cañón entre tu pelo con el metal acariciándote la oreja y apretar el gatillo, en apenas tres segundos, romperá en mil añicos todo lo que te he querido.

EL PAPEL DE TUS DEDOS

Soy un juguete de papel entre tus dedos. Me dudas, me pintas, me escribes, me doblas, me rompes, me coses, me arrugas, me tiras y olvidas. Vuelo rápido, golpeo en el precipicio, a escasos centímetros del resto, y sin embargo, el equilibrio es un azar que evita que caiga y sea un nuevo olvido confuso. Cae la luz al subir la persiana e ilumina un pasillo mi piel herida; rojas líneas como sangre seca, azules venas, negras cejas curvadas, verdes ojos llenos y todo es pintura. Recuerdo ser papel blanco, liso, confiado, ilusionado; sin imposibles. En la esquina, quieto, solitario, impaciente por volver a sentir el tacto de tus dedos, aún le queda un garabato a la vida; un doblez, una letra, un sentimiento. Ni te huelo, ni te veo, ni te oigo, ni te siento. Ni tal vez te espero, y pese a todo, aún te deseo.

OBJETOS PERDIDOS

Los zapatos caminaron vacíos en busca de dos pies. La camiseta, fría y enferma, quedó enredada en el tendero por el viento sin lograr llenar el vacío de su pecho. El reloj de pulsera no supo doblar su cuerpo sin una muñeca. Las gafas abrazadas nunca vieron los ojos ausentes. El preservativo se arrugó y no encontró la hormiga de su pene. Las ruedas olvidaron rodar, tumbadas, desenganchadas del eje de una bicicleta. El sombrero quedó colgado, atrapado, sin el tacto de los pensamientos. El único libro fue olvidado y nadie despegó sus páginas. El último bolígrafo no supo cómo volver a ponerse de pie. Tampoco las teclas se movieron, tristes, a la espera de la yema de unos dedos. Todos los objetos eran una fila desordenada de una búsqueda. En ella yo, otro objeto perdido. Ayer, dejé de buscar tu ausencia.

ERAN

Era gordo como un globo rojo de cinco de las antiguas pesetas repleto de agua de la fuente de la plaza del pueblo. Era delgado y torcido como el rabillo de una pera, verde, olvidada por su dureza en la cesta de mimbre de la vieja cocina de la abuela. Era ciega como la visibilidad que deja una lluvia densa en el cristal de un vehículo que alguien conduce de noche a excesiva velocidad. Era coja como un peluche de pie sobre un colchón viejo, torcido e inestable, tratando de avanzar con la ayuda de la manos de un humano sobre las arrugas de las sábanas. Era sorda como el suspiro de un cadáver atrapado en una caja, que lloran familiares y amigos en el cementerio de lo alto de una ladera olvidada. Eran todos un planeta de infinitos recovecos imposibles y preciosos, distintos, perfecto o imperfectos, pero repletos de misterios pendientes de alumbrar. Eran. Todos. Son y serán.

LA RISA

Ella mordía una rodaja de sandía y reía ríos de fresa mientras los hilos del verano desaparecían tras el viejo limonero. Él soplaba las velas con los agujeros de la nariz redondeados mientras hundía la risa de sus dientes en la densa nata de su tarta de cumpleaños. Nadie detenía la carcajada en un juego en el que los pies resbalaban en la arena de una playa al intentar esquivar las manos que buscaban la caza. Ellos empapaban las sábanas mientras gritaban abrazados en un solo aliento el placer de sus exhaustas risas. Todos saltaron a un tiempo aullando como locos para sin descanso volar sobre lo que ya era una única risa; su risa; tu risa; mi risa; nuestra y vuestra risa; la risa.

VISIBLE

Al tocar con su nariz la uña del meñique del pie fue invisible. Descubrirlo sumergido en la bañera jugando a doblar como un libro su piel, llenó de espuma el espejo en el que ya no aparecía su reflejo. Escondido, invadió lo ajeno. Desvestido, inmune, escuchó, tropezó, vio y vigiló, rió, asustó, robó, tocó, usurpó, acarició, golpeó, sopló, zancadilleó, rió, carcajeó, aulló, rompió, rajó y desnudó, y el último día, eufórico, mató. Al tocar con su nariz la uña del pulgar del pie fue visible. Aparecer sumergido en la bañera jugando a doblar como un libro su piel, salpicó agua hirviendo, histérico y con sus brazos, los azulejos del cuarto de baño A la vista, se descubrió avergonzado, y bajo el agua, visible, desapareció.

EL ATAÚD ROSA

Era un vampiro que al sonreír le brillaban los colmillos de punta redonda. Cabello rojo, de rizo cerrado, ojos negros, orejas afiladas, piel albina y voz muda. Hundió la brocha en el cubo de pintura, y con calma, esparció sus bigotes gastados sobre la madera de su ataúd. Era un rosa chicle precioso a la luz de los diecisiete candiles que colgaban del techo de su habitación. La ventana tapiada  era una sombra en la que difícilmente podría vislumbrar, colgado con chinchetas, una hermosa puesta de sol de Sentosa, una playa de Singapur. En su inmortalidad, al dormir los días, despierto, imaginaba el imposible de despertar, levantar la tapa y desayunar lejos de la oscuridad. Si cerraba los ojos, sentía pisar con sus pies fríos el calor de la arena del mar. Inmortal, soñaba vivir.

LA MALETA

Mete tres calcetines en la maleta. Nada más. Echa tres gotas de colonia. Se enrolla la bufanda a la cintura y cuelga el pantalón en su cabeza. ¿Preparado? Ha vestido a la muñeca de plástico de su hermana, de cabello lacio y ojos rotos, con un vestido rosa con una mancha de chocolate a la altura del corazón. Mete dos calzoncillos en otra maleta. Nada más. Echa tres gotas de colonia. Se calza un gorro de lana en los pies desnudos y los ata a los tobillos con una cuerda de nylon. ¿Preparado? Ha deshinchado tres ruedas del coche verde aceituna de su padre, aparcado sobre un árbol, para ir ligero en el largo viaje que le espera. ¿Preparado? Mete su cuerpo tres veces en la maleta. Nada más. Echa tres gotas de colonia. Cierra la maleta y se va.

PRESO

Dormía acunado en el vaivén de un espagueti blanco y seco que se había descolgado del plato. Pequeño, como una lombriz, ignoraba morir en las manos de algún ser humano. Despertó por el golpe de una puerta de madera contra su marco, y al tercer pestañeo, quieto y pegado junto al vértigo, le cegó el cielo. Si llovía, las gotas inundarían el asfalto de zumo de naranja. Revisó su ala, rota, como un corte que abre por la mitad una rebanada de pan. Bajó los ojos, apretó los labios, y asumió ser preso de su final si no lograba volver a volar.

SU CAMINO

Cojea su corazón cansado si camina. Despacio, sin escaleras, por la acera, sin pisar el gris de la carretera porque le protege la calma de los pasos de cebra. Su único sendero deja atrás lentamente una manzana y media de ladrillos y ventanas. Baldosas gastadas en un recorrido dibujado idéntico a diario. Cojea su respiración cuando le devuelve tres pequeñas monedas rojizas a cambio de una lechuga, dos tomates y tres cebollas. Ama su gesto serio tras la báscula. Ama sus ojos afilados, oscuros y neutros cuando le mira, y tímida, con la huella de su idioma ajeno, dice “tres setenta”. Congela los segundos, empuja la impaciencia, y regresa a casa sin sentir un solo de sus pesados pasos. En la nevera, sonriente, sólo amontona sin uso ni espacio lechugas, tomates y cebollas.

HOY

Hoy tengo un día como si el pito me colgara como una escalera de hielo y derretida, de fresa y limón, y con forma de caracol, flácido, y hasta las rodillas. No es por verte, es por no amarte. Hoy tengo un día como si las orejas fueran un cruasán sin cuernos, que nadie unta porque le quemaron la letra del delito en la cara, donde luce la infidelidad; duele y desangra la conciencia. Hoy tengo un día ‘plof’, como si saltara descalzo sobre un charco de clavos gordos y afilados, y nunca salpico el agua roja que escondo en el ritmo de mi respiración. Hoy tengo el día mierda, marrón, blanda y dura, oscura y deshecha, pisada y resbalada, rota y fea y maloliente y apegada a la suela de mis zapatos inexistentes. ¡Te quiero! ¿No entiendes que mis ojos lloran en esta soledad porque ya no hacemos el amor como perros salvajes que desean ladrarse a mordiscos, fóllame? Hoy te asesino porque espero resucitar mañana.

EL LIENZO

Quieto. El coche rojo no desaparece, e inmóvil, borra bajo sus ruedas la mitad del paso de cebra. Quieta. La chica joven esconde asustada la cara a dos pasos del sucio parachoques y dispara la palma de la mano sin un solo movimiento. Quieta. La anciana sostiene imposible en el aire su vieja pierna escondida tras las gruesas medias, mientras apoya el bastón en el fin de la acera. Quieto. El ciclista sonríe con los brazos abiertos de par en par, lejos del manillar, y con los pies equilibrados en los sujetos pedales. La bolsa azul de plástico es un corazón muerto en el aire que pareció congelarse en el fondo del mar. Los árboles ya son edificios verdes pero muertos, con ventanas y balcones, que mudan la oscuridad de su color a voluntad del sol. Inquieto. El hombre peina con sus dedos derechos de su mano la rizada barba rojiza que le cae hasta el pecho, y mueve con arte el pincel. Un último gesto ligero de su muñeca izquierda y da un solo paso atrás. La ciudad revive su movimiento cuando el lienzo vive quieto.

NIÑO SUPERMÁN

Era un niño cojo que aprendió a volar con la única punta de su zapatilla verde. Con cordones porque nunca podía tropezar. Mamá acumulaba calzado impar sin utilizar en el armario del balcón. Era un niño que sonreía con sus gigantes dientes de leche escondiendo su pequeño labio inferior. Era silencioso al hablar, sigiloso al caminar, de inquietas muecas si escuchaba en la sombra a su papá. La abuela al acunarle en el hospital decidió que su nombre fuera Julián. Sin un pie aprendió a caminar. Sin su pie jamás quedó detrás. Sin su pie aprendió a ser igual. Y a los seis años, a volar. Sopló las velas hasta vaciar el estómago, y sin pestañear, en la oscuridad supo dibujar su valor y velocidad. Nervioso, ató fuerte la bata bajo la nuez y empujó su respiración acelerada hacia donde los pasos no valían para andar. Mil saltos cortos para levantar su flequillo y despegar. Julián, al fin, sin vértigo fue Supermán. Intentarlo fue soñar.

EL VALIENTE MÁS COBARDE DEL MUNDO

El valiente más cobarde del mundo tenía una corbata amarilla demasiado prieta y corta, una copa tiritando ya vacía sujeta por tres dedos y los cordones desatados para caer si hubiera tentación de huir. El cobarde más valiente del mundo tenía lágrimas y mocos hasta las rodillas, palabras ‘rompidas’ en su cabeza y frases sin verbo en el corazón. El cobarde más valiente del mundo no supo degollar de un mordisco el cuello del pollito cuando su plumaje amarillo caminó gracioso y descalzo ante sus ojos. Lo escondió en sus manos, diminuto, tembloroso, y besó su pico.

LA PIEDRA

Ella no es él. Tampoco es ella. No es. Quiere ser pero cuando camina se tropieza con la ausencia de sus piernas. Nadie le enseñó a arrastrarse. Cuando piensa su cabeza es una habitación vacía. Nadie le enseñó a llenarla. Cuando habla no logra respirar. Nadie le enseñó a sentir. Cuando observa ya le han caído los párpados. Nadie le enseñó a despertar. A veces es hombre. Otras es mujer. Siempre es inhumano, como lo incoloro. Nunca es humano, como los seres. Se hunde y logra sentir que flota. Vuela y le aterra el vértigo de caer. Quieto, inmóvil, inflexible, obligado y sujeto, es invencible, duro, foco, epicentro, tu ojo, el mío, todos y nadie, y demasiadas veces, piedra invisible.

MUDOS

Nadie tenía aire en aquella cocina de un quinto piso sin ventanas de una capital de provincia. Chasqueaba el calor de la sartén, y agudizando, recargaba el motor la nevera y zumbaba la única bombilla. Sin descanso salpicaba con fuerza el grifo abierto en un vaso de cristal desbordado. Él había logrado la naturalidad de hundirse entre sus nalgas cuando la arena del café equilibraba en una pequeña cuchara. Sin ropa, exhaustos, el lavabo sostenía ahora cada violento empujón. Sus gestos quietos intentaban respirar mudos. A una pared dormían los niños. A diez minutos despertarían, y en al final inminente de la asfixia, arañaban para disimular un grito.

PATO DE CERÁMICA

Ella rompió su pato de cerámica. Tres trozos y un pico sin sangre sobre la alfombrilla rosa del váter. Lo ahogó en la bañera. Fueron diecisiete segundos de lucha hasta detener su pequeño latido. Le intoxicó con la espuma. Lo estranguló con la toalla aún enganchada a la cintura. Descalza, resbaló en dos ocasiones. Buscó sujeción en la base firme del lavabo mientras el animal graznaba su asfixia. Hundió la ira y su cabeza en el agua, y sin aire, resbaló el pato de entre sus dedos, voló veloz, lo persiguió asustada con la mirada por encima de su cabeza, y pese al intento, no atravesó el espejo. Desnuda, con la cadera hundida entre la sucia espuma y la toalla atornillada al muro de la bañera, decidió recoger el cadáver y jamás declararse culpable.

LA MEMORIA

Toc, toc. ¿Quién es? El silencio. ¿Con voz? Y cuerpo. ¿Por qué? He muerto. ¿Y qué desea? Gritar. Le enseñaré… Toc, toc. ¿Quién es? El silencio. ¿Qué desea? Gritar. Le enseñaré. ¿Me enseñará?, ¿Quién es usted? ¡El silencio! ¿Y usted? La memoria.”

INCOLORO

Mamá, ¿por qué es negro? Porque nació en otro país. Mamá. ¿Qué? ¿Está enfermo? No lo sé… Digo, ¡No! Mamá, yo quiero ser negro. No puedes. ¿Por qué, mamá? Porque naciste en este país. ¿Aquí no pueden nacer negros? … Sí, pero no, tú no puedes. Pues yo de mayor quiero tener un hijo negro en este país. Dani… ¿Qué…? ¿Quieres un consejo? Sí. El color no importa, cariño. De mayor sólo tienes que preocuparte de tener dinero, y entonces nadie verá el color de tu piel. ¿El dinero te vuelve invisible, mamá? Y ciego, cariño, y ciego.

ALAS DE PÁJARO

Era una niña con alas de pájaro, que al despertar necesitaba cerrar los ojos con fuerza, correr hacia la ventana y volar. Rompía con las uñas coloreadas y afiladas de sus manos todas y cada una de las nubes que nunca se atrevía a mirar. Le dolían los párpados, porque en el aire, feliz, jamás vio los tejados de la pequeña ciudad. Sin sujección, bailaba cada mañana hasta que mamá, con una taza de desayuno y una sonrisa de resignación, cogía su pequeño pie, y de un soplido, la empujaba a volar.

60 comentarios en “Miniatura

  1. Buenos micros, Dani. Me sorprende tu capacidad de escribirlos cambiando de tono como el que se muda de zapatillas. Para mí, leerlos es como jugar a la Oca. Salto de la casilla llena de palabras dulces a mis oídos, a la casilla del pozo, donde a veces tengo que sentarme y dedicar un par de minutos para tragarme tus locuras más arriesgadas. A veces caigo en el laberinto de tus surrealismos y entonces vuelvo atrás y releo para comprender. Sea como sea, la verdad es que no me canso nunca de tirar los dados. Siempre me gustaron los juegos de mesa y quizá por eso estoy enganchada a tus letras. Juguemos!

  2. Me encanta tu debilidad por las partes del cuerpo, los colores, la desnudez y los números…

    Un “Adiós” muy esperado por mis ojos!!!
    Gracias.

  3. “Hoy” te leo. Curiosamente mi voz sonaba más quebrada de lo habitual.
    Imagino al que dice, al que siente, al que pregunta, al que pide… Al que ama.
    “Hoy” no he necesitado leerte un poquito más porque el que habla me lo ha dicho todo.

    Leo tus palabras con mi media voz y me pregunto el por qué no nos atrevemos a decir lo que sentimos así de fácil, sin florituras… Claro, ¿en qué mundo vivo? En el tuyo…

    Quizá es que mi “hoy” ha sido verde y tu lectura le ha dado giro…

    Gracias, porque me ha gustado mucho y a pesar de ellas, me has dejado sin palabras…

    • Somos complicados. Hoy y siempre. La vida nos asusta y utilizamos florituras para defendernos del rechazo. Creo.
      Me he perdido en alguna parte del comentario y dudo si el microrrelato te gustó o te quebró.
      Sin embargo, sonrío porque sigues leyendo y comentando. Gracias!!!

  4. Tres comentarios seguidos, debo de ser muy valiente!!! Acabo de leer “Su camino” y solo quería expresar la ternura que he sentido en cada paso del recorrido…

  5. Es curioso cómo la sencillez de unas palabras puede dibujar tantas imágenes en quien las lee y relee… A mí que me lleven presa a la cárcel de las palabras!!

  6. Suele ser que lo verdaderamente importante no está en el contenido de la maleta sino en el propio viaje.
    Me ha encantado, Daniel.

    “Mete dos calzoncillos en otra maleta”.

  7. “El ataúd rosa”: Fantástico!! Idea grande condensada en tan pocas palabras ‘Inmortal, soñaba vivir’. PLAS, PLAS, PLAS, PLAS!! Buen finde!

  8. Sonrío, una vez más!! Por tus detalles “colmillos de punta redonda”, las expresiones “voz muda” y las inevitables imágenes que hoy comparten sentimiento “pisar con sus pies fríos el calor de la arena del mar”…
    Lo haces, Daniel… Lo bordas!!!

    • A mí no me gustaría ser el cabrón que recibirá un disparo. Me cagaría. (Buen lugar, al menos). ¿Protagonista y disparar? Interesante subidón adrenalina, desconocidas consecuencias mentales para un ser humano…
      Gracias por leer y opinar.
      Un abrazo!

  9. Releo “El vendedor” como una pieza de música; melodía en las palabras exactas encajadas, en los números (yo y mi debilidad por ellos…), incluso el rencor de ese hombre suena dulce. Quién no conoce la esquina de la Calle Rota?
    Fabuloso micro.

  10. Haces el amor con tus palabras, párrafos de dolor intrínseco, follas con putitas y zorras, dime una cosa, alguien con esto en las entrañas, eres capaz de amar a alguien?
    amar i andar, como dice la protagonista de un cuento mio no publicado aún
    amaranda. Dice amaranda -amas? o solo permites que te amen?

  11. Sensaciones….remiten a un mundo interior rico , colmado de vivencias, remiten múltiples sentimientos que pueden ser universales. Gracias por tu regalo.

    Quería hacerte una pregunta, a parte del comentario de los relatos, que iré leyendo, con tiempo y sosiego. La pregunta es:
    ¿ si cuelgo algún relato o poema mio en internet, luego puedo tener problemas para una posible publicación editorial o concurso ?

    (Mi profesión no es la de escribir, me dedico a la psicología clínica, pero si escribo, a parte de cosas de la profesión, relatos y poemas, de momento en catalán)

    • Lo primero, disculpa el retraso en la respuesta, Eulalia. Mil gracias por leer, por llevarte de mi relato trocitos muy sentido…
      Si una editorial quiere publicarte, da igual que esté publicado en un blog. Ha habido casos de blogs que fueron novelas, o libros de relato. Para Concurso en cambio no. Es muy probable que para los concursos te pidan relatos inéditos, no publicados antes y por ende que no estén en el blog. Eso sí, puedes publicarlo, ver cómo funciona en el blog y si quieres presentarlo a algún concurso, retirarlo. El problema es que una vez publicado en un blog, cualquiera puede difundirlo…
      Espero haberte ayudado.
      Un saludo!!

  12. El ataud rosa es un homenaje a los bigotes-brocha de Dalí, el texto es surrealista las imágenes creadas dignas del pintor y el deseo final…ese deseo final es el deseo de alguien que por más que lo anhele no puede morir.
    Es un ser inmortal, un vampiro, un ángel…El ataud rosa es imperecedero como un beso.

    • Dalí es una palabra muy grande para que camine cerca de mis relatos. Dalí es inacalcanzable. El vampiro rosa fue una necesidad mientras hacía una pausa en mi trabajo en Madrid de telemarketing. Curioso que veas todo eso. Demasiado a mi parecer, pero gracias.

  13. Relatos eróticos? mini-micro-relatos eróticos? eso lo desconocía. Bien, pero te has centrado en una minúscula parte sensitiva de la mujer, anímate y hazlo más extenso, amplia horizontes en las descripciones que te puede quedar redondito. Besos.

    • El desconocimiento no significa inexistencia. He escrito bastante erotismo. Y gracias por la recomendación, pero no me animo a dilatar este relato. Lo corto, e intenso, siempre tiene un gran sabor.

  14. Daniel, qué bonito lo que escribes, qué bonito que lo que dices erice el vello, golpee el estómago, rompa la calma, haga reír a carcajadas, provoque nostalgias y seque los ojos.
    Mis felicitaciones por todo eso.

  15. Hoy, 5 de diciembre de 2015, tu blog continúa siendo una atadura para mí, se ha convertido en una necesidad leer cada fragmento, cada párrafo, cada letra; se puede decir que de algún modo eres mí ídolo pero en sí como un amor platónico al cual nunca he visto. Es demasiado bueno todo lo que se ve y se lee por aquí.

Seamos valientes

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