El amor delgado

IMG_20151213_194551El amor no dijo nada, no tocó nada. Y con una cruel lentitud, como un cadáver bajo la oscuridad de los árboles, fue deteriorándose. Ni una herida. Moví su gesto triste, la cabeza estrangulada por el apetito, y tampoco hubo un rastro claro de la muerte. El amor era una caricia, y derramado entre hojas secas, yacía áspero e insensible. Desmejorado, sostenía a duras penas el peso del agua en ambas palmas de sus manos. Acerqué el espejo en busca de un halo o aliento, pero el amor reiterado continuaba tendido y frío. Cerré la caja de cartón y observé la sonrisa larga e imperfecta que él había cosido en la superficie. El único sonido que había en la minúscula habitación era el de un exhausto corazón, desnudo, empapado en sudor y abandonado. El amor, una vez más, no dijo nada, no tocó nada, y sin embargo, por algún extraño motivo, era un ser humano aún vivo. 

Christopher me mordía los labios cuando hacíamos el mismo amor. Después, mezclaba mi sangre con la tinta de un rotulador, dos gotas de su propio semen, y expandía el cóctel en un trozo de tela cualquiera. Arte, decía. Cogía sus dedos y observaba su todavía dura e imperfecta erección. En la soledad, en silencio, los dos sí éramos perfectos. En compañía, entre palabras, rompíamos con excesiva belleza toda nuestra imperfección. 

-Haré huevos fritos.

-La ciudad torna hacia un caos y no es poesía, dijo el Rinoceronte. 

-¿De qué hablas?

-De huevos fritos, yemas líquidas y de la necesidad de eyacular.

-¿Más?

-En los tejados, querido Sam, sólo hay finales y suicidios. Tú y yo estamos aquí en este menudo apartamento, aún desnudos, hablando de comida, evitando la ciudad, dibujando un libro infantil, y conversando únicamente de ti y de mí, los dos protagonistas.

-¿Qué deseas?

-Soledad. La calma radica en la ausencia, y quizá por eso nos amamos, para escondernos el uno en el otro hasta desaparecer.

-¿Nos amamos?

-Sí. Pretérito perfecto simple.

Gateó sobre las sábanas arrugadas hasta los pies de la cama y analicé la hermosa perspectiva y textura de sus testículos colgando bajo aquellas viejas nalgas. Descabalgó del colchón, y tras posar sobre una circular alfombra de retazos, buscó la ropa interior. Caía con lentitud su rigidez, alzando ambos ojos hacia un vacío en el que yo jamás supe llegar. Él era mi hombre desde hacía doce meses y trece días, pero jamás había logrado poseerle. 

Adoraba los tejados, los gatos blancos, el paso de las nubes, y odiaba su palabra entrelazándose con el sobrepeso de la verdad. Christopher era un hombre adulto, coleccionaba pajaritas de tonos lóbregos y pastel que vestía con soberbia y distinción. Procedía de una familia distendida y distinguida, y coincidí a su lado, por primera vez, frente a un lienzo aterrador de Cézanne. ¿No ves el cuadro torcido?, preguntó ladeando la cabeza. Soslayé las pupilas y advertí su perfil, en la misma posición, con una breve mueca de preocupación y decepción, y sin ofrecerme en ningún instante la propiedad de la dudosa cuestión. Permanecí quieto, respirando un ácido perfume de intensos matices cítricos, atorado o asustado. Devolví los ojos al cuadro y sentí que su voz trocearía mi ser si emergía de nuevo. Nervioso, crucé los brazos, él desapareció, y yo, recliné el cuello hacia la izquierda en busca de su espacio. Me fui y regresé, y en el mismo lugar, junto a él, contesté a la pregunta tres días después. Muy torcido.  

Amaba sin saber de amor el peso de la edad en su cabello, nevado, duro, seco y recto. En ocasiones, indomable como su carácter, recio, creativo e indolente. No me enamoré de él, me enamoré de la rareza, la originalidad y de la pasión fugaz que desprendía en la rutinaria y corta acción que suponía desabrochar una camisa. Un señor, decía él vertiendo azúcar moreno en un café negro aún con un milímetro de espuma en lo alto de la taza. ¿Por el anillo?, pregunté. Porque nunca verás mi lengua dentro de tu boca, respondió. 

Extendí la misma sábana arrugada sobre mi cuerpo, lo cubrí, y bajo la frialdad del lino, vi caer la mirada que había alzado. Vi tristeza como lluvia que se expande sin límites en el asfalto, pero la dejé correr.

-¿Deseas que me vaya? -Sugerí.

-Y que frías los huevos fritos que me prometiste. 

Arrancaba margaritas y la hierba crecía más de lo habitual en verano. Nadie la cortaba. El prado era un espacio pequeño junto a una ladera de rocas. En la cima, un colegio. Tumbado, yo había logrado esconderme, no prestaba atención a las nubes, el sol no caía, pero dejaba tender la belleza de su luz sobre nuestros livianos cuerpos. Oía ruedas de bicicletas y escuchaba gritos hablando como pelotas yendo y viniendo contra una pared que golpeaban sin motivo. Balones vacíos, carentes de recorrido y con tan sólo origen y destino. Conversaciones. 

-¿Crees en el amor? 

Natalie era una niña esquelética, vestía faldas blancas, braguitas blancas que dejaba ver cuando escalaba el muro de la escuela, calcetines blancos y una diadema rosa recogiendo su cabello. No era guapa, era atractiva. Ella, hija de una madre sin padre que vivía en el primer piso de un bloque de edificios de nueve alturas, me escribía cartas que nunca entendí. Ella quitaba cada pétalo, afirmaba y negaba, y una vez conseguía la respuesta, me entregaba con dulzura la flor decapitada. 

-¿Qué es? -Pregunté.

-Es lo que un hombre y una mujer sienten cuando se quieren. 

-¿Y puede ser el amor una flor rota?

-No. El amor es un un sentimiento. 

-¿Y qué forma tiene?

-Es un corazón.

-¿Por qué?

-¿Cómo dibujarías tú el amor? -Se molestó.

-Como una línea delgada e interminable.

-Pero no es así.

-Verdad, termina siempre en algún lugar. 

El gesto de Natalie se torció como si tuviera un trozo de fruta agria entre los dientes. La hierba crecida tambaleó, ella la atravesó con ambas manos, mostró otra margarita sin pétalos y la descabezó por completó entregándome el tallo. 

-Tu amor. 

-Si no la hubieras arrancado, quizá hubiera seguido creciendo, y ése sería nuestro amor. 

-¿Una margarita gigante?

-Y viva.

-Eres idiota. -Lanzó el tallo contra mi cara y volvió la mirada al cielo- La hubiera quemado el sol o ahogado la lluvia.

Nos vi desde una perspectiva eclesiástica y descubrí una puerta en alguno de los rectángulos. Iba directa a la adolescencia. Odiaba los balones y los coches en miniatura, y lejos, sólo muy lejos dejaban de existir. Abominaba colorear, aborrecía el ruido, detestaba la demarcada normalidad y quería eliminar pensamientos, pero la cabeza no cesaba, como el paso de los días, el paso de las páginas, el paso del tiempo y el paso de los pies. 

-¿Sam?

-Sí…

-¿Me quieres?

Natalie separó las líneas afiladas de la hierba que nos distanciaba y tendió la mano hasta que atrapó mi brazo. Los huesos bajo sus dedos eran tersos, y su piel olía tan bien, que era inevitable imaginar el tacto húmedo de una pastilla de jabón. Miraba sin miedo, apenas pestañeaba, o completaba la acción con una excesiva lentitud, y al hablarme, la inocencia de sus pequeños dientes me aterraba.

-No lo sé. -Titubeé.

-¿Quieres venir a mi habitación?

-¿A tu casa?

-¡No! -gruñó-. Aquí, entre la hierba. Este es mi refugio, y aquí guardo todos los tallos de las margaritas rotas. Las podemos pegar y haremos nuestra flor gigante. Luego quiero darte un beso.

-He de irme a casa.

El amor era miedo; emociones idénticas con distinto nombre. Me resultaba incomprensible. El amor era un hilo colgado que balanceaba, y aparecía y desaparecía como el monstruo del armario. Y por ese motivo elegí correr. Vi terrorífico que quisiera presentarse con formalidad en la infancia sin la madurez adecuada. Era una osadía porque desconocía el significado de todo. Huir, muy poco a poco, trajo el alivio y la cantidad de oxígeno adecuada. Cuando miré atrás durante un segundo, sólo pude ver la hierba. Natalie continuaba tumbada en su refugio. Aún así, yo volví a correr como si me persiguiera un extraño. 

Untaba el pan de molde en la yema y no levantaba la cabeza cuando masticaba. Del cuello le colgaba una servilleta de papel, y junto al plato subrayaba frases cortas de un libro de Boris Vian. Christopher solía colocar un pie sobre otro cuando era feliz, habitualmente descalzos, no los movía y no decía una palabra. Tenía un extraño fervor por el silencio, y cuando lo exhibía, el mínimo ruido era un sonido atronador. Sentí la necesidad de amarle, de colocar una silla a su lado, pedirle que untara para mí, que llevara el trozo de pan hasta mis labios, que empujara el libro a un lado, que me abrazara, me mirara a los ojos, y por un instante, en ese minúsculo segundo, él dijera, Te quiero, Sam, te quiero mucho. Sin embargo, el amor, en ocasiones, era un cable largo y en desuso, guardado en una caja de cartón sin una exacta ubicación. El resto de las veces, el cable, enchufado, únicamente realizaba su función.

Despacio, caminé hasta la cocina y dejé que corriera el agua sobre la sartén. Odiaba el ruido de los platos que él amaba, y con la actitud de un ladrón, fui moviéndome y desplazando cada objeto que hallaba a mi alrededor. La ventana, junto a la nevera, era pequeña como la solapa de un buzón y el sol no accedía. Si él hubiera vuelto la cabeza hacia mí, habría hallado una sombra. La lóbrega oscuridad solía llenarse de tristeza o intimidad, si bien, ninguna de las dos allí respiraba. En el salón, él volvía a trazar una línea sobre el libro mientras el tenedor sostenía una fina clara doblada. Yo estaba aceptando que era la hora de desaparecer, aunque el verbo no hallaba camino ni significado, y sólo deseé alejar mi erección del ombligo.

-Mañana vendrás temprano -dijo sin dirigirme la mirada. 

-¿Siete?

-Seis. 

-Podría quedarme a dormir.

-No. 

-¿Me voy ya, entonces?

-Hazlo. 

Descalzo, me dirigí a su habitación. Al desaparecer la propiedad ganaba una dimensión desconocida. Quise dormir en el fondo de uno de sus zapatos, pero me calcé los míos. El amor delgado, decía Christopher, es el único que hoy existe, es como la línea que inició el lienzo. Después pintamos mucho alrededor y olvidamos que nos llevó a la actualidad.

Vi cómo empujó el plato sin que hiciera un sólo ruido, desenganchó la servilleta, hizo una bola y la depositó sobre el tenedor. Allí estaría mañana. Leía, y cuando leía nada existía. Ni él. Su ausencia me permitía lentitud, y con el cuerpo sobre la cama, anudando los cordones, pasé algunas páginas invisibles de aquella habitación. 

Klimt era un artista excesivamente usado. Lo había dicho él mientras levantaba el marco y lo descolgaba de la pared. Aún continuaba allí, arrinconado junto a la mesilla. Era una obra inusual, y no obstante, tenía un halo de tópico aterrador. Su habitación lo era. Como si él quisiera dormir con todo lo que amaba, allí acumulaba lienzos y libros en completo desorden. El sexo había derrumbado las columnas de ejemplares que se acumulaban sobre la cabecera. Libros viejos, leídos, releídos, y sin el orden preciso en tamaño o anchura, y en muchos casos, sin que el lomo estuviera a la vista. Suspiré tendido, retrocedí en mis actos, me descalcé, me desnudé y caminé sigiloso hasta él. Christopher no medió un ruido, cerró la puerta de la calle mientras yo, en calzoncillos, equilibraba con mi ropa entre los brazos. 

-Buenas noches, Christopher. -Logré decir.

-En la vida, querido amigo, -Enunció grandilocuente desde el otro lado de la puerta- hemos de saber cuando ha llegado el final, entonces, no es necesario decir nada más. El ser humano comete el mismo error una y otra vez. No lee porque no sabe pasar páginas.

-¿Es el final?

-Ve a casa. Mañana a las seis. 

Cuando murió Natalie en mi regazo, no la amaba. Observaba que apenas le habían crecido los pechos bajo una blanca camiseta de algodón, si bien, la ínfima y dura aparición de aquellos pezones era hermosa. Su sonrisa, de manera extraña, continuaba firme y viva en el rostro ensangrentado. Cesará, dijo. La cabeza pesaba sobre uno de mis muslos, y cuando recuerdo los autobuses cruzar delante de mis ojos, vuelven a mí las estrellas apelmazando los tejados. No sé cómo terminó su vida porque no escuché el instante en el que dejó de respirar. Cesará, dijo. No era una bella última palabra, pensé. No me atemorizó la muerte, sino la soledad entre tanta gente. 

Viva, años previos, había bajado las escaleras de la puerta de su casa de dos en dos. Sostenía un regaliz rojo y uno negro en la misma mano. Yo, apoyado junto al interruptor y la puerta de un ascensor no pude evitar sonreír cuando me tendió el puño cerrado y ambas tiras cayeron como flores marchitas. 

-Elige. 

-¿Significará algo? -Pregunté. 

-¿El qué?

-El color que elija. 

-Creo que todo tiene significado, Sam. Todo. Pero aún desconozco muchas respuestas.- Volvió a estirar el brazo y ambas quedaron enfrente de mi nariz- Elige. 

Hice lo que no deseaba. Con Natalie todo parecía ser examinado. Sentía que ella medía cada parte de mí, mis gestos, mis palabras, mi forma de mirar, incluso la incontrolable respiración. Sentía un miedo aterrador a ser cómo era porque creía que amaba mi personalidad. Y ella lo sabía. 

-Me mientes -dijo-. ¡Vamos!

No íbamos a ninguna parte. Tampoco era una cita, o yo negaba tal denominación. Mantuvimos la distancia en la estrecha construcción de una acera que terminaba en el centro de la ciudad mientras yo mordía el desagrado de un regaliz negro. Los coches cruzaban en ambos sentidos, y ella, al mover el brazo que caía a mi lado, lo separaba de sus caderas en busca de mis nudillos. Observé su perfil, pero tenía ambas pupilas desatendidas sobre las paredes de los edificios. Hacía años que no llevaba diadema, tampoco vestidos blancos, desconocía el color de sus braguitas, y al sonreír, sus dientes parecían más grandes. Natalie era una chica atractiva, inteligente y extraña. Adoraba la irrealidad en su extravagante personalidad, de la que, si bien, nunca me llegué a enamorar. 

Sobre una mesa de planchar, Christopher colocaba un tenedor sobre otro levantando una pequeña torre. Permanecía en silencio, vestía un pantalón de pijama de lino de patas anchas, iba descalzo y sin calcetines, y aún lucía la misma camisa blanca, arrugada y abotonada de la noche anterior sin su pajarita. Sujetaba del asa una taza de café, observaba la perspectiva de la construcción, y con un nuevo cubierto en la mano libre, dobló la espalda y buscó cómo colocarlo. Aún ningún reloj había alcanzado las seis de la mañana, la puerta continuaba abierta, y yo permanecía inmóvil con ambos pies sobre el felpudo, una bolsa de papel colgando de mis dedos y oliendo a bollería recién hecha, y sin saber cómo decirle en voz alta que el amor estaba perdiendo todo su peso. La ausencia comenzaba a ser un dolor irreparable e irremediablemente abocado a la muerte. Vi al amor pálido, enfermo y abandonado, y si flexionaba las rodillas y acariciaba su corazón, moriría. El amor volvió a no decir nada. Lo supe. Era un hilo roto entre la rudeza de una alfombra.

-He traído el desayuno. -Me descalcé y cerré.

-No podremos usar tenedores. 

-¿Por qué?

-Los estoy utilizando.

-Lo veo -dije incómodo-. Pregunto por qué estás utilizándolos de la manera que los utilizas. 

Me señaló con el cubierto, lo lanzó hacia el sofá y abandonó su actividad. 

-¿Has traído preocupaciones racionales a esta casa? -Preguntó sarcástico- ¿Acaso crees que debía haber utilizado cucharas? ¿Quizá la mesa del salón, haber empezado más temprano o colocarlos en otra posición? Dime tu sabia opinión. 

-¿Dormiste bien, Christopher?

-Mi sueño y mis sueños descansan tras una puerta opaca, gorda y junto a la cerradura cuelgan doce candados. No sé cómo osas siquiera a  golpear tus nudillos en ella.

-¿Qué somos?

-Seres humanos, simples y complejos, pero iguales…  

La torre se desplomó. La cabeza de un tenedor quedó en el aire, él soltó la taza, que con rapidez chocó contra el suelo, oí el crac, y los trozos y el café se esparcieron a gran velocidad entre las líneas del parqué. Después, el cubierto que balanceaba también cayó, tintineó en tres ocasiones, y acto seguido la calma regresó de forma brusca y desagradable. Christopher continuó durante eternos segundos en una posición que evidenciaba el vacío de sus manos, mirando el desorden de los siete tenedores que aún continuaban sobre la mesa de planchar. Yo quise dejar de respirar para evitar que el aire que cogía y expulsaba fuera una molestia. Temblé, y el envoltorio de papel que sostenía entre las manos simuló una tormenta. 

-Tienes mucho trabajo. -Rumió dirigiéndose hacia su habitación. 

-Traje… -Intenté dar el paso hacia él, pero no logré levantar un centímetro del suelo.- Traje, traje…

-Sí, veo qué trajiste, -Áspero, se detuvo en la puerta de su cuarto y volvió a observar el desperfecto.- Nunca fuimos lo que dijimos ser, fuimos lo que hicimos, de hecho, calla más a menudo, porque sólo somos lo que hacemos. Y por eso sólo trajiste. 

-No entiendo, Christopher.

-Hablo de amor por primera vez. Él es un hilo enhebrado, cosido, o un ojal y un botón, y ahí en ese punto nadie intenta huir. Se necesitan el uno al otro para ser un exacto equilibrio. 

-¿Y? 

-Cómete el desayuno y ordena mi desorden.

La cocaína era una línea fina sobre un tablero de ajedrez sin una sola de las piezas que tantas veces, el uno frente al otro, habíamos movido. Los vasos vacíos olían a vodka, y Natalie estaba ligeramente desnuda en el sillón de su mamá con los tobillos hermosos hundidos en un cojín áspero. La televisión encendida era un rumor audible, y entre mis dedos balanceaba el humo de un cigarrillo que no sabía sostener con elegancia. En el reloj de mi muñeca, los dígitos se habían difuminado por retrasar el cambio de pila, y en el reloj de la pared la hora estaba equivocada. Le cedí mi billete, y ella desenganchó el tabaco de mis labios. 

-Al menos una vez, Sam. -Repitió levantándose, dejando caer la camiseta hasta esconder las bragas, y avanzando con bella lentitud hasta una estantería torcida del salón-. Después, desaparecerá. 

-¿Por completo?

-Habrá un espacio vacío entre los dos, y éste nunca lo volveremos a llenar.  

-¿En eso consiste desaparecer?

-Sí.

-Vaciar… -Reflexioné con falsa importancia- ¿Quieres más vodka?

-Y hielos. -Extrajo un disco y lo colocó con torpeza en el interior del reproductor-. Escucharemos la última canción.

-¿Y los recuerdos?

-Pondremos otros encima. Muchos encima. 

-¿Llenaremos?

-No. 

Natalie regresó. Parecía bailar, tarareaba en inglés, musitó Wink Burcham, y recogió el billete que había rodado hasta una esquina de la mesa. Lo tensó y aspiró escondiendo un extremo del papel en el orificio de la nariz. Al levantar la cabeza, no cerró los ojos, me miró y alzó el vaso con hielo para brindar. 

-¿Recuerdas las flores?

-Sí. 

-Es hora de pegar todos los tallos. 

El amor estaba frío en un plato hondo, la cuchara sucia sobre la servilleta y Christopher apuntaba a su cabeza con un cuchillo de mantequilla. El café era negro y había abierto un sobre de azúcar moreno que aún permanecía sin verter. 

-No voy a comer la tostada. 

-¿Quieres escucharme?

-¿Y el arte? Las ciudades están llenas de personas y las personas necesitan personas, y la necesidad no es necesaria, y yo soy una persona y no necesito a nadie.

-¡Deténte, por favor!

-Tú no dejas de meter tu boca entre mis piernas, mis piernas sólo desean meterse en tu culo, y al terminar únicamente deseo desaparecer. Pero te huelo.

-¿Cuál es mi aroma?

-Desesperación. 

-Y amor.

-No hay rastro de amor en tu piel, tampoco en la mía, sólo es una mera necesidad más, y la necesidad no la creo necesaria. -Giró el cuchillo y rasgó la mantequilla sobre su mejilla- Esto somos, rebanadas fugaces. 

No supe ser razonable. Él estaba aún desnudo con la eyaculación goteando desde la vaga erección de su pene. Era un hombre elegante, firme, inteligente, difícil y atractivo. Entendí que yo era el amor sobre su piel, pero la piel, como la tierra, me engulló. ¿Qué es el amor? ¿Cómo lo dibujarías? Una línea transitoria. Una línea fugaz. Una línea accidental. Asentí y bajé los ojos. 

-¿Qué hay en tus pensamientos, Sam?

-La vida son accidentes. 

-Lo entiendes al fin -Clavó el cuchillo en el pan tostado frío, lo soltó, y este se derrumbó-. Chocamos constantemente, evaluamos el suceso, y continuamos nuestro camino. Quienes se quedan es porque no tienen otro lugar adonde ir. 

-¿No existe el amor?

-Sí, pero no es tan grande. 

-Ni tan gordo.

-Ni tan importante.

Cogió el azucarillo, abrió el cajón de los cubiertos, extrajo tres cucharillas y dio vueltas con una de ellas. 

-¿Te quedarás a tomar café?

-Ordenaré tu habitación -dije sobrio evitando que el estruendo de lágrimas desatara su ira-. Después aceptaré el final.

-Los elefantes mueren de amor. ¿Mañana a las seis?

-No.

Desaparecí a las tres y cuarto de la mañana. Mis dedos olían a sexo. Era un olor agrio, era semen, era piel, cabello, el sudor de sus senos, el espesor del fluido vaginal, los labios mojados, la respiración y el ruido. El ruido tenía un aroma peculiar y el arrepentimiento poseía un sonido insoportable. En la calle aún cruzaban coches, el frío, el eco seco de los pasos solitarios sobre las aceras, y la voz de Christopher gritando en mi cabeza sin decir una sola palabra mientras yo bajaba escalón a escalón, llorando y sin emitir un sólo gemido. 

Observé los nudillos con la sangre seca. La victoria de las paredes. De pie ante el escaparate me contemplé, por primera vez en meses, sin prisa. Tenía los hombros caídos, el cuerpo hundido, el rostro hinchado, la droga desubicando el orden de los pensamientos, y en la memoria, Natalie desnuda entre mis brazos. Quise reaparecer, saber si el desorden tenía una recomposición o razón, y entonces ella volvió a repetir, ¿me amarás?  

La eyaculación era un hilo descosido de apenas cinco segundos. El amor no podía traducirse, tampoco definirse, siquiera vivirse. El amor evidente no diría nada, no tocaría nada.

No supe por qué con la voz de él devorándome el estómago como un caníbal hambriento, busqué el origen, la línea del lienzo. Cocaína, vodka y palabras. Natalie. Una vez. Una única. La eyaculación era un trayecto efímero, y entonces, con el semen duro entre las sábanas, volví a ver su cadáver. El amor yacía inmóvil, distante, fugaz e inalcanzable. Mis zapatos la oyeron llorar.

Las estrellas habían empezado a pesar sobre los tejados, rompí mi sombra en el escaparate y me refugié. En una pequeña pantalla había un minuto de espera más nítido que todos los dígitos de mi agotado reloj. Saboreé la rudeza del vodka en mis labios, sentí nauseas, y cuando las luces del autobús iluminaron la carretera, el amor explotó sobre la acera. En los tejados, querido Sam, sólo hay finales y suicidios. Natalie, rota, yacía a siete pasos de mí. Cesará, dijo.

Ending. 

Fotografía: Daniel Diez Crespo.

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Menudos

Isabel Muñoz1

Mi cuerpo había comenzado a disminuir lentamente. Desperté completamente encogido, empequeñecido, aplastado e incompleto. Y sin embargo, entero. Lo moví a la derecha, lo levanté con la sujeción de la palma de mis manos, y la sospecha era una evidencia porque mis pies colgaban de la cama. Tras de mí, ella todavía aparecía dormida y bajo las sábanas. Un aire cobarde entraba por la ventana abierta y el murmullo ni disponía de valor para subir por las paredes. Volví a ella. Su posición hacía confusa su estatura. Sin dictamen, intuí que la disminución del ser humano se estaba produciendo como el deterioro de una fruta madura, después mascullé una inusual enfermedad y finalmente digerí mi muerte. La estupidez se acentuaba en mí como ciertos pronombres personales y deseché la paranoia como un cartón de leche vacío en el contenedor común. Elevé la voz, carraspeé y tosí, provocando un eco capaz de firmar sin pudor como la muerte en cualquier espacio en blanco. Bajo la almohada vibró el teléfono, pareció un delirio, fue certero, lo levanté, respondí, y entre aullidos, mamá, que padecía un vértigo nivel siete, decía que había llamado a los bomberos porque en un pis de madrugada se quedó dormida y era incapaz siquiera de echar un vistazo a la alfombrilla.

-Carla, creo que hoy no podré cortar las naranjas.

-¿Huelga de cuchillos? No importa, es domingo, es muy temprano. Duerme.

-La altura ha crecido.

-Tú solo apártalo del fuego, que odio el café con ese aroma a quemado.

-Tengo la sensación de que nuestro alrededor ha ganado en importancia. O que nosotros la estamos perdiendo.

-¿Nosotros?

-Y ellos.

-No hay nadie más aquí, cariño, duerme…

-Hablo de los objetos, hablo de nuestros cuerpos.

Carla se revolvió al fin hacia el centro de la cama y mantuvo la mirada cerrada. Ni siquiera sintió la ligereza en el movimiento, sólo buscó con sus dedos mi pene arrugado bajo los calzoncillos. No halló diferencia temporal en el recorrido, tampoco hubo distinta medida en su mano. Los dos continuábamos en idéntica proporción. Tal vez era el entorno lo que había crecido. Cuando sus ojos hinchados pestañearon y me vieron, fue la grandiosidad del televisor tras mi cabeza lo que le hizo dar un pequeño salto sobre sí misma. Oí sus palabras enmudecidas en aquel labio mordido, escalonado y sobrio sobre su huesuda barbilla, pero en aquella inhóspita escena, no supe identificar la clase de miedo que nos vigilaba.

.

La visión de un beso adulzoraba cualquier instante. Oí sin azúcar, y los chicles huyeron sin aliento escaleras arriba. Gateé círculos interminables en un ascenso exhausto. Yo tenía mis pies entre sus labios mientras el aire respiraba pausado por la nariz, y por primera vez, al levantar la mirada, no vi el horizonte. Era mi vista, que al igual que mi cuerpo, había empequeñecido. Todo lo que vagaba quieto en mi entorno era una densa niebla sin fin ni principio. Busqué las esquinas, busqué los bordes, los acantilados, moví agitadamente los brazos, pero hubo una idea y recordé que, pese a su aparente gordura y densidad, las nubes atraviesan siempre la yema de los dedos. Mi cerebro buscó la humedad y el frío, pero no sentí cómo merodeaba el vaho a mi alrededor. Busqué mis pies sobre los labios y también habían desaparecido. O estaban ahí porque continuaba de pie y tal vez no los alcanzaba a ver. Observé. Vi la dificultad de tal acción en aquel instante idéntico o monótono. Carla dormía, su  boca permanecía sellada, un sobre desnudo lloraba sobre la mesilla de la habitación, y yo, estable y paciente, esperé que el temporal pasara. No lo hizo. Porque mi cuerpo cayó en un bostezo y el aliento me engulló.

.

-¿Duermes?

-Sueño -respondí.

-Estás empapado -dijo Carla.

-Dicen que la fiebre estira los huesos…

-Ya no hay espacio bajo tu piel.

-¿Qué soñabas?

-Que me comías.

.

Era culpa del sueño, en exceso, de la pereza con sobrepeso tumbada en el sofá con un paquete de patas fritas engrasándonos los dedos, de la mañana con evidencia, de la inercia empujándonos con suma facilidad hacia el día siguiente, la semana, el mes, el año, toda una vida. Era culpa de lo inadvertido; nosotros mismos. Ninguno prestábamos atención, y por ende, estábamos envueltos en cualquier evasión. El ego sometiéndonos al egoísmo. Así, con todo, nuestra presencia era inútil y crecía el número de ciegos alrededor con el don de mirar. Era culpa, por primera vez, propia, sin un fleco suelto con la etiqueta de excusa a la que poder aferrarse. Culpables inapelables por ensalzar los objetos hasta valores incalculables. Era mi sentencia, y en la consciencia, Carla escuchaba aquellas palabras que recitaba en voz alta, y no obtuve de ella un mínimo gesto que amenazara la interrupción. 

El cuerpo no me abandonaba, pensé, perdía importancia. Si bien, bajo aquellos inocuos pensamientos, él aún era él. Detuve el gigante bolígrafo entre mis dedos, liberé el dolor y decidí dejarle caer. El punto que había intentado iniciar no había logrado ser una línea. Retumbó sobre la alfombra y quedó muerto tras rodar un giro y escaso medio. Volví a examinar la altura de la cama, el teléfono tembló sobre la almohada y apresurado gateé despacio hasta él. 

-Cocino subida a una escalera. Tienes que venir, papá observa la quietud del sol en la esquina de la ventana, se quedará ciego, y pregunta por ti cada hora. 

-Ya no conducen coches, mamá. 

-Coge un autobús. 

-Ningún tipo de vehículo.

-Papá duerme en el suelo, sobre la madera, y se ahoga con tanta tela de pijama, y además, tiene miedo a su propio desnudo, así que entenderás, hijo, que el testarudo no se ducha… 

-Nosotros no hemos bajado de la cama…

-¿Habéis llamado al trabajo? Debéis pelar la fruta, hay bacterias, dicen que la fruta, la fruta, sí, la fruta, ya no crece al aire libre, la ponen en plásticos, es la fruta, la fruta, hijo, ¿peláis la fruta?

-No comemos…

-¿Qué?

-No podemos bajar de la cama.

-Habladurías. Llama a los bomberos… -Hizo una pausa y pidió a papa que quitara la música- Siempre escucha el mismo disco, tan alto… el mismo, las mismas canciones, ¿Tú sabes por qué? Da igual, llamaré yo a los bomberos por ti. ¿Sabes cómo me bajaron de la taza del váter?

-Ni siquiera sé cómo subes a una escalera, mamá. Ni siquiera lo puedo imaginar…

-La fruta, lo dice la tele…

-Quizá debamos dormir menos.

.

La mañana cuarta, el reloj ensordecía con un tic tac aparentemente más lento al resultar más pesado cada uno de sus componentes. Aquella circunferencia monumental clavada a la pared absorbía el silencio como una buena esponja el agua. Continuábamos sumidos en una calma habitual, tumbados sobre menos de la mitad de la cama, hambrientos, asustados e impotentes, y ni ella ni yo queríamos abandonar aquel espacio. Nos obcecaba que, si el origen provenía del sueño, el desenlace tendría idéntica ubicación. Aquella frase había emergido sin matices ni fisuras en su estreno, pero ahora la veía arrinconada y carcomida como un tabla rota y sin uso. Dormir nos destruía. Nos enrojecía los ojos, nos hinchaba los párpados, nos debilitaba el pelo, que caía mudo sobre las sábanas, y disminuía la distancia entre nuestros pies y cabeza.

-Pensaremos del revés.

-O caminaremos con la cabeza.

-Ojalá pudiéramos preparar café.

-¿Has imaginado una taza entre tus manos? -Sugerí.

Carla movió sus dedos y valoró la fuerza que podía quedar en ellos. Después los enterró bajo la pesadez de la almohada. 

-¿Cómo muere la sed? -Preguntó rascándose con el pulgar el árido paladar.

-¿Y cómo se llaman las personas con visión selectiva?

-Quieres decir los que no pueden ver de lejos, o de cerca…

-Quiero decir los que sólo ven cerca de uno mismo porque no quieren ver lejos de…

-¿Narcisismo?

-Es un gran motivo para ser menudos.

No nos oímos respirar, tampoco nos vimos mirar, ninguno quiso hablar más. El aire incluso aparentaba con arrogancia una mayor inmensidad, e ignorar su invisibilidad comenzaba a ser altamente molesto. Aplastaba sobre los dos. La única conversación que necesitábamos era la observación del uno al otro como dos especies distintas y desconocidas enfrentadas al primer encuentro. Lo hacíamos entre las sombras, tapados, protegidos por aquel techo de nuestra habitación ahora interminable. Aquella piel que tanto nos había incordiado al hacernos el amor era reconocible, y sin embargo, una extraña, como si de pronto un tiempo excesivo se hubiera aposentado entre ella y yo. E inexplicablemente, éramos todavía la pareja que decidió poner rumbo a un largo viaje con una única maleta temblando entre las piernas mientras volvía a sonar por quinta vez el ritmo incisivo y acelerado de una misma canción. ‘…And when I get low, oh, I get high…’ 

.

El quinto no amaneció como solía, y vino a mí la imagen de un botellín de cerveza vacío y decolorado junto a una tubería de desagüe de una calle. Aún así, el día era de día, la luz evidenciaba la habitación y el aire continuaba sus libres idas y venidas. Carla tenía enganchados sus dedos al excesivo tamaño de mis calzoncillos. Hablaba, le respondía, replicaba, le insistía, continuaba, nos interrumpíamos y callábamos. A veces perdía el tiempo sumiso en los detalles, que aun gigantescos, no podía negar que se hubieran miniaturizado. Pensé en el sol, en la luna, o en un avión que yo simulaba mover por el cielo con el sutil espacio que dejaba entre dos de mis dedos. El objeto visto desde la distancia, y nosotros habíamos perdido cualquier mínimo poder real que nos quedara sobre la apreciación.

-¿Es tu creencia? 

-Creer es inútil, es mi afirmación…

-¡Guau!

-¿Asombro o perro? -Me deshice de una arruga entre los pies y cogí con fuerza su mano, desenganchándola así de mis calzoncillos- El ser humano siempre tuvo una perspectiva, y de pronto, la perspectiva decide observarnos. Y los dos aquí, cariño, somos los mismos si no fuera por el entorno que tan lentamente nos devora. No hay virus, es una circunstancia vital e inevitable.

-¿No éramos nosotros los que comíamos, los que respirábamos, los que veíamos? 

-Carla, yo estoy hambriento y veo salchichas gigantes, pero incompletas porque no caben en tan poco espacio.

-El hambre es otro pensamiento y acabará desapareciendo. ¿No crees?

-Afirmo. -La respuesta tembló, y mi voz estuvo enredada durante dos segundos en la primera sílaba, e incluso temí que se quedara atrapada como una rueda en el barro. 

-¿Bajamos de la cama?

-Ni siquiera me reconozco, me avergüenzo, me empequeñezco más si cabe ante tus ojos, y tal vez me impacienta el proceso…

-No dudes. Para mí siempre fuiste el hombre perfecto.

-¿Lo fui?

Cuando volví a observar su figura, había lágrimas encharcando su ombligo. Después, sin aviso, dormía. Su posición en espiral lo insinuaba. Pensé que teníamos ante nosotros una enorme mentira. Era constante. Una evolución sin devolución. Despierto, no descubrí nada cierto. Volví a nosotros dos, vivos como dos hilos deshilachados entre la inmensidad de las sábanas. Dormido, sus labios volvieron a difícilmente sostenerme de pie en un espacio imaginario. Ella descomunalmente inadaptable al entorno, yo inexistente, y al mismo tiempo, no era así porque todo en ella era ella y todo en mí era yo. Respiró y me comió.

.

-¿Por qué no duele? -Preguntó Carla.

-Tampoco le duele a una mosca ser una mosca.

-Hay un cambio, cariño. Debe haber dolor. Nuestros órganos, los huesos, los ligamentos, la piel el cerebro… ¡Los dientes!

-No creo que sea la muerte.

-Es miércoles.

-Sí, sin duda un mal día para la muerte -. Empujé su cuerpo hacia mí y la cabeza cayó sobre mi pecho-. Ya no oigo ruido en las calles.

-Han cambiado los sonidos.

-Y la voz.

-Jamás volveremos a escuchar una canción.

-Mamá no ha vuelto a llamar…

-Ni tomaremos zumo de naranja.

La altura comenzaba a ser imposible. Una medida inaceptable. Mis pies estaban tan cerca de mi cabeza que era evidente la pérdida de proporción de mi cuerpo. Intentaba palpar el latido de mi corazón y, débil, lo hallaba arrinconado cerca del cuello. Carla no soltaba mis intuitivos dedos y yo deseaba que no lo hiciera.

-No noto las uñas.

-Ni hay líneas de la vida.

La palma de mi mano, abierta, en el aire, carecía de forma exacta ante mis ojos. Un palmo no era un palmo. Descompuesta, la silueta de los cinco dedos aún existía, pero era como el vago recuerdo de un dibujo de tiza en el asfalto desdibujado por la lluvia.

La cama era un punto inexacto en el desierto sin señalización, sin un atisbo de cualquiera de los bordes. Había un cabello enorme, quieto, pesado, largo y ondulado. Desde mi posición era incapaz de ver con nitidez el sillín de la bicicleta que descansaba junto al armario. La ceguera narcisista me estrangulaba. Chillé mudo, mirar más allá, pero incluso de pie sobre el colchón era incapaz de hallar un final a la cama. Una arruga se elevaba monumental a dos kilómetros. La frase parecía no tener espacio en mi cabeza, pero de alguna manera existió.

-Nunca sueltes mi mano. -Insistió Carla apretando con fuerza.

-Siéntate.

-¿Soy un perro?

-Lo fuiste el martes.

-Sumiso e irrepetible.

-Hoy ni las pezuñas. -Sonrió.

-El humor es cobardía.

-Eres un insecto -declaró-. ¿Una mosca, decías? El humor, el amor, el sudor es un claro síntoma de miedo. Que no saltes de la cama e intentes preparar un buen desayuno también lo es.

-Podría volar…

-O podría llevarte el viento si soplara en tu camino.

Había una mueca imposible de imitar en aquel labio mordido. Los labios que me comían. Ella volvió apretar con fuerza mi mano. Incapaz desde hace días de verme la cabeza en el ovalado espejo de la pared, ni la sombra, me adivinaba mirándole a ella. Pronto, al dormir, todo desaparecería.

.

En lo alto, la altura reía con una pipa humeante de madera entre los dientes, señalando con un dedo mientras decenas de pétalos negros de enormes flores caían sobre mí. Reían también. La niebla pasó con alboroto y me miraba con la densidad que solía, ya acomodada en la ventana que rompía en dos la pared de nuestra sobria habitación. Quieta, muda y escandalosa, me incomodaba su presencia haciendo de la realidad mi confusión. El aire continuaba en todas partes sin una medida exacta. Los pétalos se volvieron ásperas hojas de otoño, y al intentar apartarlas de mí, se rompieron como copos de nieve. Hubo un ronquido ensordecedor como el timbre de un teléfono, y entonces, decenas de plumas muertas aparecieron sentadas sobre el mismo taburete cojo, asustado, mojado, mareado, hundido e incomprensiblemente quieto. Alguien mencionó como se produjo el roto en el cojín. El timbre regresó. Temblaba bajo el bolsillo del pantalón. La nieve cubría mi escaso cuerpo desnudo y el término diminutivo era el final de un río en un acantilado donde trece dedos de tres manos hundían bajo el agua mi cabeza. Desperecé mi cuerpo, lo agité en busca de mí, y cuando hube respirado, lo consciente aún avanzaba sin equilibrio. Me miré a mi mismo, pero la nieve se derretía lentamente, como miel espesa que cae por el borde de un vaso. Había aprendido a bailar descalzo sobre una baldosa de hielo. No había razón para enredarse en aquel vago entretenimiento, sin embargo, no podía parar de repetir el movimiento. Era una hora vacía, inhóspita y estrecha en algún imposible lugar en mi cerebro. Me veía, pero ya no sabía qué era exterior o interior.

.

-Sólo dime adiós. 

-¿Con un beso?

-Y sentimiento.

-Es miércoles otra vez, no puede ser la muerte.

-Te volveré a comer en sueños.

-Y matarás el apetito.

-Y seré culpable.

-¿Crees que el amor también empequeñece?

-No. Sólo se deteriora.

-Adiós, Carla.

.

Arena. Una mosca chocaba en ningún cristal sin más propósito que un nuevo intento. O nada. Aún permanecía vivo porque un pensamiento tras otro me empujaba a continuar siendo un ser vivo. Nadie. Tenía la certeza de que el narcisismo yacía como un cadáver descompuesto, irreconocible, nauseabundo e insoportable. Respiración. Carla era la esencia en algún punto inexacto, donde sus sueños sujetaban el cuchillo y cortaba cuatro naranjas. Mamá despertó sobre un cáscara de fruta cuando dos bomberos la llevaron hasta la escalera donde cocinaba, papá, sin rastro del sol, ya oía la misma canción porque ya no sonaba, yo, desaparecido, pensaba pensamientos sin la utilidad deseada, y el planeta bailaba en círculos a idéntico ritmo sin el cansancio de un peso. Todas las verdades eran inciertas y cualquier movimiento era un trazo invisible o desdibujado, y en cambio, existente.

Fotografía: Isabel Muñoz

Caracteres

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El agua caía por las escaleras huyendo de la muerte.  Lo hacía descalza, salpicando en la moqueta. Lo hacía apresurada, como corría Luca en sandalias por las baldosas de un aeropuerto interminable e inacabado. El jabón quedaba atrapado entre los hilos descosidos de las paredes y accedía a la derrota desapareciendo. Los labios de ella habían hablado a un cristal en el que no se reflejaba. Las uñas de Mario seguían desmigajándose en la arena mientras sentía indigestibles todos sus pensamientos. Desconocidos miraban por las ventanas. El vaho empañaba, como sus fotografías el cuarto de baño. Llovían pájaros muertos en las aceras, el tráfico se había congelado y los conductores disparaban miradas a ambos lados con los cuellos encogidos sin que nada sonara sobre los techos de sus vehículos. Al abandonar el agua, cualquier normalidad retomaba la velocidad y no había tiempo para oír. Los ojos blancos, mojados, permanecieron en las fotos en blanco y negro que flotaban como cadáveres de un naufragio junto al borde de la bañera. Su mirada bajo la sombra de aquella gorra, delante de sus dedos desenfocados. En tanto, el agua se desmoronaba y nadie encontraría una sola gota de sangre. Tampoco alguien la iba a buscar. Charlotte no estaba muerta. Tal vez hundida. Huidiza, con leves síntomas de agorafobia, bebía agua con gas en vasos de colores, mentía cuando pestañeaba demasiado y escuchaba canciones de los años que terminaron en cuatro. Lejos, Mario calzaba zapatillas rojas que pisaban cigarros que ya estaban apagados sobre la tierra y daban patadas al aire. El vuelo tenía tres veces su número de la suerte, al igual que la puerta, al igual que la hora de embarque, al igual que el día, no así la hora. La flor dibujada con un bolígrafo verde en el número siete del mes de junio de un calendario japonés en el que destacaba la belleza de un pez entre los brazos de una anciana, hacía llorar a Charlotte. Ella era de estatura tacaña, cuerpo esbelto, dedos cortos, pelo rubio, rizado y largo. Una mujer suficientemente adulta para ser mamá, e insuficientemente inmadura para mantener relaciones con hombres sin caracteres. Clásica, de braga, compresa y comedido maquillaje, sumergida y vacía. El grifo continuaba abierto. Afuera, una pequeña bolsa roja de patatas fritas sobresalía de su pantalón vaquero y crujía molesta por la constante indecisión de sus pasos. El tapón rojo rompió un hilo de plástico y el gas perturbó los rostros de aquel pasillo frío con maletas en el suelo. El agua chocaba con las paredes, se ahogaba, y la inexistencia de una escapatoria aparentaba enfurecerla. Desaparecida durante tres largos minutos, no quería hablar a su cristal. Mario daba vueltas alrededor de un columpio y, sin saberlo, esperaba. El vaivén terminó. Sus ojos negros habían ido y venido como una amenaza. Luca entregaba su nombre y apellidos a una sonrisa sin enseñarle la mirada bajo su gorra. Aún podía esconder ambos diminutos pies en una sola de sus manos, y sin embargo, no podía dejar de ver dedos en los botones plateados que asomaban en su bragueta. Luca se alejaría de la tierra y el aire no le permitiría respirar.  Charlotte respiraba. El agua en cambio, exhausta, decidió no moverse más.

La lluvia salpicaba sobre los paraguas. Las ruedas de goma salpicaban sobre el asfalto. Los árboles bebían y bebían y derramaban gotas por la ausencia de labios y destreza. En cualquier reloj de muñeca o pared de aquella ciudad aún era temprano. En su cabeza demasiado tarde. Hervía agua, subía el café. Un autobús de dos plantas se detuvo al otro lado de la calle y hubo un orden educado en la salida y en la entrada. No se pincharon las ruedas, sólo se abrieron las puertas. Charlotte esperó. El último hombre era alto, vestía un sombrero negro y amplio, de vaquero, y portaba una guitarra dentro de un estuche de plástico. Cuando pisó la acera, el agua le emborronó.

Dentro, el aspirador iba y venía tras la gata blanca y negra que hacía tres días había perdido su cascabel. Inesperadamente, comenzaba a asustar su silencio. Era un truco de magia veloz con los dedos, y donde el espectador veía una sola pequeña bola, después veía dos, y al instante, ninguna. Sombras y luces a capricho de Kat, sinuosa, lenta e inteligente. En la casa olía a tostadas. Junto al espejo, el motor cedió a los pies de una escalera que llevaba a las habitaciones, y con delicadeza, ella hundió sus uñas en el sofá, saltó sobre la estantería, descolocó un libro de Kate Atkinson que cayó sobre una pequeña mesa de cristal, y tras un peligroso vaivén, el seductor animal alcanzó el alféizar interior que había en la ventana. Nadie devolvió el ejemplar a su lugar. Ella observaba. Martina coloreaba un árbol asegurando que no se salía del borde, y sin embargo, los trazos verdes parecían furiosos rayos advirtiendo de alguna tormenta. Mario había corrido las cortinas porque le gustaba la luz y analizar la prisa de las personas cuando caminaban bajo la lluvia. Él sostenía una taza negra de café bajo su nariz, vestía un pantalón corto de deporte, una camiseta de algodón blanca y unas sandalias de goma. Era alto y había perdido la extrema delgadez que le permitía ser ágil y veloz. Recordó sus entrenamientos en la pista de atletismo de la Universidad. Sus brazos aparecían cada vez más pesados, blandos, escondiendo la forma de los codos y las muñecas. Su pecho caía denso, como la leche hirviendo y desbordándose por el borde de un cazo. También sus hombros. Su barriga no crecía hacia el frente, no de manera prominente, si no que le envolvía la cintura por completo. Podía decirse que un papel higiénico interminable daba vueltas a su alrededor y le protegía los huesos. Lector insaciable de novelas negras, terminaba crucigramas al tiempo que inventaba asesinatos de personas queridas y conocidas. Acarició el cabello suave de Martina, que de rodillas, pintaba.

En la oscuridad más completa, Luca no lograba eyacular. Cuando la puerta golpeó con fuerza en el marco, rodó sobre el colchón que tenía tirado en el suelo de su habitación, y sin oír un solo paso se arrastró de rodillas hasta la ventana, alzó el brazo, separó la correa de la pared con ira, y la persiana empezó a caer como si fuera una piedra pesada bajando uno a uno los peldaños de una vertiginosa y recta escalera. Le dolían los dedos, la muñeca, el antebrazo, era temprano, llovía demasiado, y bajo su mano podía notar la fuerza de la erección mientras no lograba que las lágrimas se le secaran bajo las pestañas. La luz del teléfono le descubrió escondido sobre sí, como un bebé, con el pene junto al ombligo, terso, seco, dolorido, rojo y triste. Luca separó los dedos, los despegó, y cuando estiró la mano hasta el parqué, la suavidad del cristal poco a poco comenzó a oscurecer. El aire era una sábana negra densa y cálida que le ocultaba de sí mismo. Luca odiaba la claridad porque evidenciaba los errores. Cuando volvió a dormir, su cuerpo languidecía.

En la puerta, Charlotte, empapada bajo un chubasquero amarillo muy fino, no sonreía,  y masticaba un chicle duro que no se atrevía a escupir porque maldecía las suelas de los zapatos pegajosas a mitad de un camino. El agua comenzaba a pesar sobre el plástico y aplastaba el jersey de lana que le protegía del frío. Ella no veía el interior de las casas, que alineadas, se ordenaban por ventanas, todas salpicadas. Mario había encendido el televisor para evitar el falso silencio. La pintura, conducida bajo aquellos pequeños nudillos de la mano izquierda, rumiaba arriba y abajo sobre el papel. Él mordió la piel seca que aparecía bajo sus uñas. Había heridas secas. El timbre era más aterrador que el sonido de las llaves.

-¿Has venido?

-He venido.

-Me esperan.

-Y tú no me esperabas.

-La espera es un tiempo al que nunca saqué provecho.

-¿Puedo pasar?

-No es el día.

-Está lloviendo.

-No es el lugar.

-Hay demasiada gente caminando.

Con el pomo de metal estrangulado bajo sus dedos, Mario inclinó la cabeza, giró a derecha y izquierda, y al regresar la vista al frente dio un paso atrás. Nadie a su espalda. Charlotte le había perseguido con la mirada. La acera estaba vacía. Nadie alrededor. Había una alcantarilla sedienta devorando agua al final de la calle, flores moradas derrotadas en un pequeño tiesto junto a una ventana, y la línea sútil negra de la farola sobre el asfalto. Una furgoneta amarilla de focos cuadrados y diseño antiguo partió en dos la orilla que se escondía junto al bordillo. Charlotte recogió sus hombros y se inclinó instintivamente para protegerse. Él, con idéntico instinto, empujó la puerta hacia la calle y protegió su casa. Cuando fue consciente del gesto descortés, los pequeños pies mojados caminaban veloces. Arrastraba los pasos y sus talones apenas levantaban agua tras de sí. Mario puso una sandalia en su felpudo de goma, encharcado, analizó aquel cuerpo esbelto, encorvado, abovedado, cada segundo más vago e impreciso. Bajo aquel plástico, parecía una piedra que caminaba. Ni una sola de sus extremidades se movía, de manera que tampoco le ayudaban avanzar. Ella dobló la esquina sin que los ojos tropezaran con un mínimo destello de lo que había detrás. En cambio, no conseguía domar su cabeza, que emitía su rostro una y otra vez. Sobre el número diecisiete de la calle convexa, ante una puerta verde de madera con un buzón plateado y oxidado a la altura de cualquier ombligo, detuvo sus pasos. Llovía un infierno. Llovía dos veces porque el agua caía tan fuerte que botaba hasta la altura de sus rodillas y volvía a caer para correr de manera incontrolada por el dibujo de las baldosas. Y llovió también sobre ambas palmas de sus manos. La oscuridad le relajó.

El salón estaba desnudo. Quería utilizar la palabra vacío, pero cuando fotografiaba veía imágenes que no aparecían tras el objetivo. Adoraba la amplitud de sus ventanas y el frío de aquellas delgadas paredes. Al cerrar los ojos había una persona anciana tomando sopa de zanahoria en el punto medio exacto de su cabeza. Imágenes. Todas tan descabelladas como indigestibles. En aquel banquete adoraba la dificultad de masticar cualquier trozo de carne cruda y dura. Dormía, y sin embargo, jamás descansaba. O mentía. Las personas cansadas pensaban demasiado y aquella estupidez, torpeza notable, cuando retumbaba en voz alta ante un público, le encumbraba como alguien interesante. Tenía o inventaba sueños constantes, como espirales que se habían convertido en un ovillo de lana enredado. Era imposible recorrerlo milímetro a milímetro de un solo vistazo, pero ahí, en el suelo, aquella lana era real. Imaginaba el inicio y el final, aquel hilo tenso atravesando el mar. Y el mar tapándole cada noche antes de dormir; ahogándole con una delicadeza pasmosa y excitante, como la caricia constante de un amo a su perro. Luca daba pasos descalzos en el suelo de madera y sus dedos aparecían repletos de plumas. Estaba aprendiendo a volar. En el alféizar de un tercer piso, practicaba a las ocho de la mañana, cuando aún el sol no le quemaba su piel albina. Allí, sujeto por un sólo pie, con los brazos en cruz, de cuclillas, meditaba irrealidades mientras creía flotar. Algún día, nada le sostendría.

Luca era un hombre que había perdido su pelo y utilizaba una gorra negra con distinción militar. Masticaba chicles de clorofila hasta que se convertían en plástico duro. Masticaba para pensar. Alineaba en un corcho colgado en la pared tapones de bolígrafos azules arrugados y deshechos por sus dientes. Luca no se llamaba Luca pero nadie sabía su verdadero nombre. Hablaba poco, escuchaba menos, y tan sólo accedió a conocerla porque vio su cuerpo desnudo antes de ser una realidad. Atractiva y esbelta. Después, no supo recuperar su espacio.

-¿Qué piensas?

-Escribo.

-¿Dónde?

-En la cabeza.

-Léeme entonces tus pensamientos.

-Había partes de cuerpos desangrados y la distancia no podía medirse en pasos porque nadie caminaba.

-¿Es una historia?

-No lo sé.

-¿Aparezco yo?

-La cabeza de Charlotte veía el destornillador derrotado entre los dedos de aquel obrero. Si no perdía toda la sangre, alguien repararía su cuerpo despedazado. Vio unas piernas preciosas junto a las ruedas traseras de un coche. Deshinchadas.

-¡Las quiero!

-Llovían pájaros muertos en las aceras y el grifo de agua caliente abierto inundaba la ciudad. Click.

-¿Fin?

-No he pensado más.

Luca se levantó del suelo en el que estaba sentado y caminó tan despacio hacia la cocina que, pese a la cercanía, Charlotte creyó que nunca iba a llegar. Era un proyector atascado, repitiendo una y otra vez los mismos fotogramas. ‘Clac, clac, clac, clac, clac…’. Al fin hubo el salto, la película continuó, abrió la nevera con idéntica lentitud, extrajo un vaso de cristal vacío y la volvió a cerrar. Afuera, pronto comenzó a empañarse. Desenroscó con mimo una botella de Aberlour, puso el cuello bajo su nariz, respiró y alargó los labios hacia la derecha. Luca no sabía sonreír. Después, vertió y espero que alcanzara el borde del cristal.

-¿Gustas?

-No tengo sed.

-Tampoco yo. Pero a veces hay un vacío en nuestra boca que debemos llenar para alimentar el cerebro, responsable, único responsable de cada uno de nuestros incontables pensamientos.

-¿Qué hay de los recuerdos?

-Los conserva el cerebro. ¿Gustas?

-Es una reflexión estúpida.

-¿Quién es juez para valorar la inteligencia del ser humano? ¿Tú? -Apenas bebió, sólo empapó los labios- He perdido todo interés por el alrededor, por quien nos rodea, y sin embargo, sólo deseo que el alrededor sienta interés por mí.

-Es totalmente contradictorio.

-Querida Charlotte, todos lo somos. -Liberó la botella sobre la repisa y avanzó hacia ella.- Incluso tú, permaneciendo aún aquí conmigo sin apenas gustarte. Roto ya el morbo, sé que estás arrepentida de haber dejado que te folle, de pie, contra la pared, sin que pudieras mirarme a la cara. No te ha gustado en absoluto. Quizá a mí tampoco… -Se acuclilló, vació el vaso y sus ojos fueron enormes en aquel enfrentamiento- Tal vez sientes curiosidad, aunque tengo la certeza de que más bien es pura necesidad.

-¿Necesidad?

-Necesidad.

Charlotte odió aquel silencio entre los dos. Después ella le besó a él. Intensamente, con los ojos cerrados, muy cerrados, tan prietos que le dolían. Le mareaba aquel esfuerzo y se obligó a morderse los dientes. En aquel salón desnudo, los dos cuerpos desnudos, de nuevo empequeñecían. Nada alrededor. Una cámara de fotos sobre un trípode y tres objetivos sobre el parqué. Luca había escondido todas las prendas en una bolsa de plástico negra que dejaba tras la puerta de su habitación. El salón sólo vestía una sábana blanca cubriendo la pared más ancha de aquel espacio cuadrangular. No habían comido. El vaso de cristal vacío rodó por el suelo. La empujó, la levantó, y al abrir la mirada, Charlotte vio un entorno difuso. Ella buscó su boca y le mordió el labio. Las respiraciones se empujaban.

-¿Cuál es tu color favorito?

-¿Ahora?

Giró su cuerpo.

-Tu color favorito…

-El amarillo.

-¿Y tú número de la suerte?

-No tengo.

-El mío… -Tomó aire y escupió la palabra.- Ocho.

Él, levantándole los pechos con ambas manos, empujándola con fuerza, evidenciando la supremacía, el dominio y la hombría, hundió las piernas entre sus nalgas y el espacio entre ambos desapareció. Ella tenía frío en la planta de los pies e intentaba recordar la imagen de su mirada, la forma de su barbilla, su voz real lejos de aquellos gemidos, más cercanos al esfuerzo que a la excitación. Luca empujó con todas sus fuerzas y ella hundió las dos rodillas en la pared desnuda. Estaba excitada. Él cambió el peso de sus manos grandes y fuertes y las colocó sobre sus hombros. Veloz, tumbó el pecho sobre su espalda buscando llegar a un final, alcanzar su final, su final. A Charlotte le sudaban las palmas de las manos en la pared, le dolían los brazos y sentía frío en la palma de los pies. Ella nunca iba a terminar. Cuando el dijo me voy y el calor acuchilló su espalda, ella supo que tarde temprano también terminaría yéndose.

Hacía frío y había tres colores y tres sombreros sobre la mesa. No salía humo del café. Había dos platos pequeños y vacíos con migas de tostadas. Una servilleta de papel blanco, doblada y con mermelada de frambuesa seca en una esquina, y dos arrugadas sin manchas aparentes. También tres cuchillos, uno de ellos junto a un bloque de mantequilla aún abierta sobre su envoltorio. La página del periódico que él leía mostraba una fotografía en color de un hombre con un traje de neopreno, que con más de medio cuerpo sumergido en el agua, trataba de acercarse a un coche rojo inundado. El sol aparecía cada tres minutos, era domingo, y el asfalto mostraba mayor claridad. Mario escondía la cabeza entre el papel y la ventana. Sus manos limpias, largas y afiladas habían comenzado a recoger el desayuno. No obstante, nunca terminaron de hacerlo. Oyó pasos en la habitación de arriba, después el agua de la ducha, y al instante, Feeling good y Nina Simone. Martina jugaba con las migas de unos huevos revueltos sobre el plato, ya fríos, y observaba con intensidad los dibujos animados sin sonido en la televisión. Crecía el domingo porque poco a poco comenzaban a despertar los muebles de los vecinos, los conductores en la carretera, las conversaciones en las aceras y la altura de la luz en el salón. Mario notó la mano suave de su mujer apoyada junto a su cuello. Estaba desnuda. Le estaba mirando. Había llegado a la página trece del periódico local. Martina movía el tenedor de un lado  a otro con los ojos en el cristal. A ella no le gustaba que nadie jugara con la comida. A él no le gustaba la interrupción de su tiempo.  Cerró el periódico y no leyó una sola de sus palabras. El sombrero de lana era de color rojo y los niños no prestaban atención a los columpios.

-No estoy enamorado de ti.

-Ni de ella.

-No he aprendido a enamorarme de nadie.

-Pero has aprendido a elegir.

-Elijo lo que elegí.

-Quizá a ella porque es más mujer.

-Mujer es un vestido rosa.

-Y a ti siempre te gustó desabotonarme los vaqueros…

-Incluso te regalé flores amarillas.

-Perecederas, como los caprichos.

-Todo acaba acabando, ¿no es cierto?

-Como las excusas.

-Nosotros somos una necesidad.

-Yo necesito un solo pene para mí.

-Eres tan ruda.

-Te gusta el pan crujiente como a mí.

-Nos están invadiendo los posesivos.

-¿Dónde?

-En la ventana.

-Ahí sólo llueve mucho.

-¿Y lo nuestro?

-Continuará…

-Voy a preparar un té.

Inventaron una habitación con el número treinta y uno, doce escalones de madera pintados en verde que partían desde la recepción y una piscina descubierta en la parte de atrás, vacía y que nadie usó. Siempre el mismo número, los mismos días, las mismas horas, las mismas verdades envueltas en papel de regalo y las mismas personas. Entre los dos, la mentira era verdad porque sucedía. Lo mismo. Sus vidas coincidiendo en un corto pasillo paralelo con principio y final. Allí tenían su instante de realidad. Él se mordía las uñas cuando en el cristal que guardaba en su bolsillo brillaban las ocho de la tarde. Ella pestañeaba veloz cuando le besaba la mejilla diciéndole que quería que se fuera. El agua hirvió. Mario no la escuchó. Charlotte no bebió una sola gota de té.

El agua se evaporó con el calor y el vapor escondió la muerte. También los muebles, la toalla rosa colgada de la puerta y las dos velas de incienso iluminadas en los pies de la bañera. El agua todavía continuaba desbordándose con el movimiento. No corría, caía, explotaba y optaba por ensancharse entre las baldosas. La calma antes o después de la tempestad. No lograba ahogar su vida, aunque doliera. Ni siquiera su casa. La hería como a sí misma. Cicatrices mal curadas que pasaban a ser objetos rotos, inservibles o viejos en un cuarto en desuso. Aun completamente oscuro, lo veía, olía, tocaba, oía y sentía. Charlotte respiraba y Mario asfixiaba el olvido en aquel pasillo completamente vacío de hábitos diarios y recuerdos. La botella de refresco entre los dedos de Luca no respondía cuando le hablaba. Vio ojos desconocidos e indiscretos. Le vigilaban. No vio una sola pluma entre los dedos que descansaban sobre sus sandalias. Lo supo, moriría. El único pie que le sujetaba desde el alféizar buscaba la manera de echar volar.

Charlotte retorció el grifo y apagó las velas con ira, como Mario otra colilla apagada sobre la tierra con el talón. Dio una patada al aire. Aquel gesto a nadie le dolía. Recordó que rompió en incontables pedazos la caja de aquellas zapatillas rojas. Borraba huellas. En aquel cuarto de baño, quieta y bajo el mismo agua en distinto lugar, ella se concentraba en el tembloroso papel blanco de las fotografías en blanco y negro en las que ella no parecía. Su cuerpo incompleto, impreciso o en la oscuridad. Asomó los labios para respirar una vez más. Ocho imágenes flotando sobre sí. Entre sus pies, su preferida; medio rostro atenuado bajo una gorra. Luca, el hombre que no veía lo que veían los demás y aseguraba estar envuelto en la más firmes de las incoherentes corduras de cualquiera de los mundos. Los pájaros mueren en el aire y caen al suelo por dejan de ser pájaros. En el parque, los dos pequeños pies que le entraban en una sola mano volvieron a poner el culo sobre la tierra tras bajar por el tobogán. Ella rió. Él sonrió. Todavía en el aeropuerto, el asiento cuarenta y cuatro sumaba su número favorito. Pegado a la ventanilla de una fila de tres. En la bañera, ella imaginó su piel evaporándose como el agua; lentamente. Días después, llovería su cuerpo despedazado sobre la ciudad. La espuma también continuaba desapareciendo entre los hilos descosidos de las paredes. Deseaba aprender a digerir la soledad, pero ni siquiera la sabía masticar. No la podía saborear. La vomitaba. Pronto, la misma hora. Luca también vomitaría. En el espejo, había tenido las tijeras entre los dedos, y cuando chasqueó el metal vio como los mechones de aire no taponaban el lavabo. La cobardía tumbándole la mirada y abriéndole las piernas. Le habló el cristal. Mario pisaba otro cigarrillo cuando los dedos afilados le sorprendieron por la cintura. El mismo día. Luca se suicidaría a treinta mil pies de altura durante las nueve horas de un vuelo comercial. El veneno le asfixiaría. Mario degustaba de nuevo un soplo de aire tras las doce escalones del número treinta y uno. Charlotte, seca y exhausta, respiraba.

Fotografía: Daniel Diez Crespo

Extraño

body death

Disparé a mi cabeza, ella sonrió sin enseñarme los dientes, y yo, derribado sobre la mesa, sólo supe elegir no pestañear. Soy un tipo extraño. Miento constantemente. Miro a los ojos y miento. Cierro los ojos y miento. No me atrevo a decir la verdad porque la verdad es pobre, triste, y simplemente, inservible. La verdad es el precio de una moneda olvidada en la sombra de un bordillo. Soy lo que no tienes ni puta idea que soy, y sin embargo, adoro envolverme con esta apariencia para ti y ante cualquier ser humano. Me corto las uñas con el mismo cuchillo que corto el pan, y los dedos de los pies aparecen repletos de heridas bajo los calcetines. Ella cree que algún día me cortaré los labios porque la ebriedad mata los detalles, no obstante, todavía bebo el vino en una copa rota. Brindamos, y entonces, sin lágrimas, lo dijo. Decir no es un acto sencillo.

-¿Cómo te disparaste?

-Con mi dedo.

-No hubo sangre.

-Más de la que nunca imaginas. Había peces de mil colores nadando a través de mi estúpida muerte. Aleteaban de un lado a otro, nerviosos, inquietos, desconcertados por la oscuridad. Tesoros olvidados, náufragos, olas, mareas altas y bajas, había…

-¿Testigos?

-Ella.

En ocasiones, amo ducharme con agua fría. Hielo líquido agujereándome la piel; aguja con hilo descosiéndome hasta volver a ser un patrón sin forma ni marca; tampoco un número de serie. Olvidado para siempre. Nunca fui sería mejor que haber sido. Es invierno, llueve insistentemente afuera, y aunque mis oídos oyen la lluvia en el cristal, diluvia más allá de la ventana. Llueve, el viento baila, flirtea una y otra vez con las ramas endebles. Follan como una vez follamos, sin miedo a un final. Cada vez veo más largos árboles y creo que desean escapar. El cielo debe de estar cansado de ser siempre la escapatoria. Nadie estorba al paisaje. Desnudo, extraño, no me reconozco ante el reflejo del cristal transparente de la ducha. Ella me enseñó aquella manía. El vapor cubre el baño, asfixiado, sin espacio, las yemas rojas de mis manos como frambuesas maduras ante mis ojos, las mejillas como una luz sepia desteñida, y el jabón aún enredado en el desagüe, esperando paciente su desaparición. La ducha es un pensamiento con uno mismo, hoy en día demasiado infravalorado. La muñeca amaga, balancea, acelera; y cuando golpeo el grifo como si la pelota amarilla golpeara rabiosa en la red de una raqueta, la temperatura cambia radicalmente. Es un disparo brutal al corazón. Estrangula la piel. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis segundos. Los cuchillos agujerean tu cabeza mientras silencias tus ojos como si en ellos tuvieras una mandíbula. El amor nos enseña más idioteces de las que realmente creemos.

-¿Era realmente amor?

-Lo fue.

-¿Y qué pasó?

-Que me descubrió.

-¿Y decidiste matarte?

-Dispararme, morir, desaparecer, facilitar las cosas a la persona que realmente te está pidiendo a gritos sin una sola voz. Decidí dejar de ser yo. Ser sincero, y la única manera de serlo era estar muerto.

-¿Lo estabas?

-Lo estuve.

-¿Sucedió así?

-No.

Adoro mirar por la ventana del salón cuando el sol rompe el cielo en dos; blanco y azul. Quisiera dormir en la línea gris que nadie observa; ni siquiera yo. Sujeto una taza con ambas manos, fría, pero la abrazo. Aún continúa la  marca de sus labios en la curva del asa. El color grana parece una huella dactilar rota, pero es el último beso que aquí queda. Es extraño que pueda mirarla con los ojos abiertos y no haya un solo rastro de ella. Es extraño que  sueñe con ella y no recuerde cuando fue el último día que despertó a mi lado. Miro por la ventana y el mar es un enorme cobarde. Es el único capaz de poner un fin y no lo hace.

-¿Morir todos?

-¿De qué servimos?

-Vivir es maravilloso.

-Miente. Si hiciéramos dos listas sobre lo bueno y lo malo, todos y cada uno de nosotros, vivos o muertos, volcaríamos indudablemente hacia el infierno.

-¿Lo cree?

-No me importa.

Quiero aprender esconderme dentro de mí, meter mi cabeza en el traje de esta larga piel que me enfrenta a ti, a ti, a ti y a ti. No puedo tomar una sola decisión más. La última fue el día que compré una casa de una sola planta en una playa con demasiados turistas. Ella ya decía que me quería con lágrimas en los ojos, como si el amor doliera, y yo sólo pensaba en desnudarla una y otra vez. Vestirla y desnudarla. Quería vestirla cada vez que hacíamos el amor para desnudarla otra vez. Vestirla para volver a sentirme nervioso desabrochando cada botón, levantándole el jersey, desenganchándole uno a uno ambos calcetines. Nunca pude quitarle las bragas porque me temblaban las manos. La amé en aquella casa que compré y nunca pagué. Mamá tenía mucho dinero. Papá tenía más dinero. Mi hermano murió en un accidente doméstico después de beberse dos botellas de tequila. Yo observé como perdió el equilibrio cuando caminaba descalzo por la barandilla mojada del balcón. Mucha sangre, y sin embargo, no vi un solo pez. La casa la elegí yo, la decoró ella, y la contaminamos los dos.

-¿Contaminar?

-El aire que respirábamos, poco a poco, nos empezó a envenenar.

-¿Discusiones?

-Tabaco, marihuana, heroína hirviendo en una cuchara de metal, café constante, patatas fritas y pizza, croquetas y palitos de pescado, humedad en las paredes, vómitos que tardábamos en limpiar, malas digestiones, ya me entiende, y sobre todo, incienso, ella adoraba el incienso con aroma a canela. El aire era una mierda.

-¿Drogadictos?

-Adictos.

-¿A las drogas?

-Leía libros en lo alto de un árbol durante horas, horas y horas. Tres exactamente. Era un árbol difícil, de ramas delgadas, inestables, no daba un solo fruto, pero me subía allí para dejarle la libertad que siempre pedía después de que hiciéramos el amor. Miento. Quería sentirme libre. Miento. Es extraño, pero odiaba ciertos disparos fugaces de su forma de ser. O tal vez no. Da igual. Lo que quiero decir es que lo hacía cada martes, jueves y sábado y también era una adicción.

-Entiendo.

-No lo entiende, pero lo asume.

-No, sí lo entiendo.

-Yo no lo entiendo.

-¿Me está mintiendo?

-Sí.

Me cepillo los dientes sin un mínimo de cuidado. Paseo, camino y me alejo. El agua del grifo sigue corriendo y la luz alarga mi rastro en un corto y curvado pasillo. Abro la puerta de la calle. Es invierno, llueve otra vez, despeina el viejo y me excita sentir la planta de mis pies en el cemento mojado y frío. No pienso, no siento, tampoco entiendo, lo hago porque me gusta ver la inmensidad del cielo. Tan quieto y estúpido, siempre su apariencia a merced del viento. La espuma dentífrica comienza a secarse en la barbilla. Ha manchado mi jersey. Tirito. Sólo los insectos mueren de frío. Las sombras son imaginaciones y me recuerdan que ella, completamente desnuda, me rescataba de aquella idiota acción. El amor te cuida y te debilita.

-¿Dónde está ella?

-No lo sé.

-Nadie lo sabe.

-Yo tampoco.

-¿Miente?

-Me maté por ella, ante ella, y ella no hizo nada. No le importó mi muerte. Rompió mi copa rota, y desapareció sin valor para decirlo una vez más.

-¿El qué?

-Lo que dijo.

-¿Para qué una vez más?

-Nunca le creí.

Tampoco pude creer que se cubriera las tetas mientras sonreía con aquella copa de vino rota que le había pedido que sujetara. La uve quedaba bajo su barbilla afilada, huesuda, depilada, maquillada, hermosa. Su brazo derecho doblado en horizontal sobre sus pechos pequeños, alargados y elevados. Adoraba su pelo negro, corto, oscuro y recto como lo sotana de un cura. Nunca había estado muerto y no supe dejar de respirar. Mentí una vez más.

-Quiere decir que no murió.

-¿Con un dedo?

-¿Donde se disparó?

-Entre los dientes.

-¿Con un dedo?

-Sí.

-¿Es eso cierto?

-No lo sé.

-¿Y la sangre?

-Eso sí es verdad.

Me siento extraño cuando deseo no volver a decir una palabra. Lo deseo. Tengo el pegamento entre las manos y lo pienso, lo imagino y acerco el cono de plástico blanco y afilado hasta posarlo entre mis labios. No aprieto. No me atrevo. No quiero. Todo es mentira. Lo separo, y por cuarta vez, pego sobre la taza el asa con su pintalabios marcado. Afuera no llueve y recuerdo que escuchaba música en una silla de madera que se movía adelante y atrás. La veo y la echo de menos. El sentimiento no tiene números, y quizá por ello carezca de solución. No dejo de ceder ante la  excitación. Ella no puede evitar mis eyaculaciones. Es extraño amar la ausencia.

No quiero decir qué sucedió, pero no puedo dejar de visualizarlo una y otra vez en mi maldita cabeza. La proyección está atascada en aquella secuencia, pálida, lenta, débil y dramática. Cuando apareció la primera gota de sangre en mi dedo, ella había dejado de beber aquella botella de vino tinto de treinta y siete euros que habíamos comprado los dos juntos en el supermercado de la calle principal. Mi copa rota se rompió sobre la madera. Me recordé cogiendo la botella. Los dos estábamos cogidos de la mano mirándonos con las orejas.

-¿Qué quieres decir?

-Que sabíamos perfectamente el uno del otro sin ponernos un solo ojo encima.

-Hablo de la sangre.

-Aún apenas había.

-¿La hubo?

-A mares.

Me gusta lamer el clítoris de rodillas. Me gusta que ella esté sentada en el sofá, vestida. Es una forma de esconderme en la comodidad de la escucha. Lo dije mientras comíamos aceitunas un domingo a mediodía. Era mentira. Me aterra la oscuridad de los coños, su funcionamiento, el aroma, su sabor, su textura y la decepción de hundirme en el silencio, donde nada sucede. Bebía demasiado para amarla de aquella manera. Mentía. Amaba el tacto de sus rodillas tan delgadas y huesudas bajo la palma de mis manos. Necesito fumar, necesito una caricia, beber porque beber me alivia, necesito una voz condescendiente, necesito borrar lo sucedido y sus dedos entre mi pelo, y sé que es imposible porque estoy vivo. Maldigo el treinta de Noviembre. Fue el primer día que la vi en lo alto de aquella montaña rusa. Yo permanecía sentado en un pequeño banco de madera tomando una fotografía a una niña de cinco o siete años que enredaba sus dedos en aquel algodón de azúcar rosa. El ojo que no estaba en el objetivo, la observaba. La amé. La amé tanto que perdí la cabeza porque la cabeza me permitió amarla. La amé como si alrededor de ella hubiera un completo vacío. Nada más. Sus ojos mordiéndome el corazón, haciendo nuestro escenario un papel blanco infinito, en silencio, sin sombras, sin luces ni ruido. Lejos de ella, el mundo me empequeñecía.

-¿Quién limpió la sangre?

-Compré un reloj de esos de números que cambian porque uno cae sobre el otro. ¿Sabe cuál le digo?

-Sí.

-Lo colgué en la pared y pasó el tiempo.

-¿Y la sangre?

-Desapareció.

-¿Cómo?

-El día que no recordé cómo amarla.

Ella no está. Aún está. Y no está. Me disparo cada tarde, con idéntica ropa y en la misma esquina del salón para que ella aparezca y no diga lo que dijo, si bien, es extraño, acaba volviéndolo a decir, a repetir lo mismo que dijo. La sangre era espantosa, escandalosa, cuantiosa y mentirosa. Nunca imaginé que un corazón albergara tanto dolor; ahogó hasta inundarlo todo; rojo, rojo, rojo y peces de colores inquietos y desorientados. Aún está, la veo, de pie, con la copa repleta de vino tinto, diciéndolo otra vez. Después escondo el dedo sobre mi lengua. Muerto, no sé vivir. Vivo, no sé morir. Adiós.

Fotografía: Daniel Diez Crespo. 

Hamar

marco-pierre-white(bob carlos clarke)

Había caído al suelo, rendido, y sus tacones de aguja permanecieron sobre la bandeja de metal que contenía treinta y siete ordenadas salchichas crudas. Ella los había clavado con intención. Él podía simular ebriedad como un arma que causara lástima, pero jamás a costa de su cocina. Un minuto antes del desplome supo colocar el cigarrillo en la boca sin que le temblara el pulso, tampoco dudó, y fue acertado y preciso al colocarlo a la izquierda de su orificio bucal. Sus zapatillas blancas de goma dieron un paso, rechinó como un gato, reclinó el cuerpo y logró encenderlo clavando la cabeza a escasos milímetros de las llamas que parpadeaban en círculo en el único fuego vacío de la cocina. No fumó, sólo respiró con él entre los labios.

Ella había empujado la bandeja que esperaba su turno sobre la mesa, sin vocalizar antes un saludo. Ladeó cuando estuvo en el aire, pero ésta cayó entre los dos sin que ninguna de las ordenadas salchichas perdiera su posición. Únicamente hubo un estruendo. El pelo revuelto y sucio de él le cubría las mejillas y media mirada. Él sostuvo la cabeza hundida, permitiendo que su barbilla le escondiera la nuez, y nunca perdió de vista los ojos que le amenazaban. Los zapatos de tacón de ella atacaron en aquella debilidad con intención y frivolidad. Ambos pasos hacia delante acuchillaron la blanda piel de dos de las treinta y siete salchichas. Él escondió los párpados bajo la frente, afiló las cejas, y los disparos sobre la piel cruda dolieron como propios. Dos agujeros que no supieron sangrar. Su piel había pasado a ser un puñado de plomo. Fue apenas tres segundos después del tintineo. Alguien había iniciado una hipnosis, y él había comenzado a apagarse. El cuerpo no tiene eco al golpear contra el suelo. Ella permaneció inmóvil; acostumbrada. Si alguien hubiera puesto la mirada a la altura de su cabeza derrumbada sobre el suelo, habría divisado los posos de la última copa de vino luciendo entre las rendijas de las piernas de ella, junto al fregadero. Había vaciado el último dedo de vino tinto ordenando la bandeja de tiras de bacón que ahora comenzaban a quemarse en el horno. Ni siquiera la luz del sol rompía con claridad en las ventanas de aquel sótano. Ella había programado tan temprano el despertador para decirle adiós en el mismo escenario en el que le conoció. Allí, aparentemente muerto, no respondió a los siete puntapiés que ella le dio en el hombro. Tímida, parecía tocar la puerta de un desconocido. Deseaba aquel vacío. No quería obtener respuesta y el silencio le tranquilizó. Con idéntico cuidado, extrajo la segunda aguja de su zapato de la otra salchicha herida, estiró con delicadeza un brazo, descolgó una de las notas del día anterior de un camarero, y junto a las palabras, ‘sopa y cerdo’, escribió, ‘Adiós, Gloria’.

El agua fría en la cabeza por sorpresa acelera el corazón. Andy recordó un último trago de ron en la oscuridad de su salón mientras desgastaba con el pulgar la flecha que había  en el botón del mando a distancia. Los colores llamativos tras el cristal convertían a los vestidos en evidentes mentiras que evidenciaban lo que uno desea imaginar. Él sólo deseaba levantar el elástico para romper con su erección aquel curvado culo hasta verlo sangrar. Ella alargaba demasiado las vocales agudas. Hubiera enmudecido el volumen y no lo hizo. Habían gastado horas en cubrirle la cara de una masa de mierda, color mierda; sabor mierda; adornándolo todo con un trazo rojo que ponía perfección en unos labios que él sólo deseaba masticar hasta poderlos tragar. Cualquier hombre le hubiera preferido cadáver. Andy, con un ojo en el reflejo de la puerta de la habitación quieta sobre el espejo que ella colgó en la esquina de una pared del salón, simplemente se masturbó No le dolía recordar el deseo hacia otras mujeres, le dolía la enorme distancia entre el salón y la habitación. Le dolía también el pecho. Le dolía respirar. Aquel balde de agua fría le había arrugado la nariz, los ojos, la barbilla y encogido los labios. Retiró su pelo empapado de la cara y recogió el cigarrillo roto y mojado del suelo. Lo escondió entre los dedos. Aclaró la mirada y vio el gesto aterrado de Paúl, aún congelado y con la mano alzada a punto de repetir su último movimiento. Abofetear es un claro gesto de desesperación.

La madera quemada huele bien. Fue el primer pensamiento que su cerebro convirtió en frase cuando fue consciente de ser consciente. Después, puso una rodilla en el suelo, y muy lentamente logró ponerse de pie. Había un olor nauseabundo en la grasa quemada. Posó sobre la cajetilla, junto a la botella, y esperó que el tiempo lo pudiera secar.

-¿Todas?

-Salvé seis.

-La derecha.

-Ya llamé.

-El calor siempre es mayor en la izquierda -reflexionó Andy-. ¿Cuándo vienen?

-Mañana, temprano.

Andy puso la mano sobre el bolsillo que el uniforme blanco le dejaba a la altura del pecho. Allí insistía el dolor, sobre su corazón, y como el horno estropeado, quemaba. Mero desequilibrio. El roto había descontrolado el fuego en su lado emocional. Buscó a su alrededor, vio la copa con un cerco granate junto al pie de cristal, y pasó el dedo índice por su interior. Después, chupó, miró el vacío de la botella a su lado, y prestó atención a la inquieta mirada de Paúl, que le examinaba una y otra vez como la luz de una fotocopiadora con exceso de saldo. Asintió, levantó la bandeja del suelo, retiró las dos salchichas agujereadas y fue a por veinte tiras de bacón.

Andy estuvo sentado en el restaurante completamente vacío mientras mantenía los ojos clavados en su bol con cereales, leche y fruta en almíbar; piña y melocotón. Había hundido la cuchara, ni siquiera removida, y llena, no la lograba sacar. Su mano izquierda, también fija, sostenía el teléfono con once números que sabía de memoria y no iba a tener el valor de marcar. Lo liberó sobre la servilleta. Cualquiera hubiera confundido su presencia con la de un retrato sin marco colgado en una vacía pared. Quizá con un muñeco de cera; un cadáver que esconde un fino disparo en la nuca aún por descubrir. Paúl, de pasos habitualmente sigilosos, caminaba con una taza y una tetera en la mano izquierda. La derecha la utilizó para poner sus dedos en la ficticia yaga; cerca, muy cerca del ficticio agujero de bala ensangrentado. Aquella mano era un evidente gesto de consuelo y no había herida alguna. Tan sólo provocó un chispazo y dos espasmos.

-Recuerdo una canción que decía, las mujeres son un problema.

-La mía es una solución, un equilibrio.

-La otra persona que te permite jugar en el balancín -insinuó Paúl.

Andy soltó al fin la cuchara y empujó el bol alejándolo de sí sin siquiera haberlo probado. Buscó en el bolsillo del pecho y sacó un cigarrillo. Vio la desaprobación de su  acompañante, pero retiró el pelo de su cara y no detuvo la intención. Miró a su espalda y, durante tres segundos, centró la mirada en el candado que daba acceso a la bodega.

-Me veo hundido en el barro. Veo el vacío del asiento en lo alto. ¿Cómo se conquista a la persona que amas cuando no te ama?

-Tratas de olvidar.

-¡Qué verbo tan horrible!

-Sí. -Paúl sirvió té en la taza- Irrespetuoso con la realidad. Olvidar no es una elección.  ¿Desistir?

-Desistir es como morir.

-Resignar, conformar, asumir, suplir o sustituir, también desaparecer para poder aparecer, que es como olvidar para crear cosas nuevas que recordar, y sobre todo, mentir para inventar una vida más idónea a la realidad que deseamos.

-¿Te han roto alguna vez el corazón?

-No.

-¿Has visto alguna vez nevar con sol?

-No.

-Mira, Paúl -señaló a la ventana-. Yo imagino a un matemático enamorado de sus matemáticas. Apasionado, adicto, necesitado, obsesionado. Imagino que un día en su casa haciendo sus fórmulas matemáticas descubre que hay una que no da la solución correcta. O tal vez no tiene solución, o él no la consigue. Y lo intenta, cada noche, apenas duerme, e insiste, pero sus resultados siempre dan error. ¿Debe dejarlo? ¿Quieres más té? -Niega y Andy se sirve un poco en otra taza.- No. Él no lo deja, no lo olvida, no inventa la respuesta, no desiste, lo intenta una y otra vez hasta dar con la maldita solución.

Los dos, que si inclinaran las cabezas podrían tocarse la nariz, hicieron desaparecer la mirada bajo la frente.

-Siempre me pareció más eficaz la escritura -puntualizó Paúl.

-La escritura siempre amó mejor que los números.

-¿La amas?

-La necesito.

-Escríbeselo.

-¿Qué la necesito?

-Que la amas.

Andy cogió la servilleta de papel y el teléfono resbaló hasta la madera de la mesa. Intacta y blanca y doblada quedaba sobre un plato, a su izquierda. La desdobló y estiró, extrajo un bolígrafo negro del bolsillo de su pecho y pegó la punta para iniciar el trazo de la primera letra.

-¿Amar es con h?

-No.

-Paúl…

-¿Qué?

-Si la hache es muda, ¿Por qué no?

-Escribe como amas.

-Hamar, con h, que es muda.

La mueca que anudó entre sus labios con sus propios dientes le hizo recordar lo sediento que estaba. La hora en su muñeca le liberaba. Aquella palabra escrita con mayúsculas bajo sus ojos le asustaba. Paúl no miraba, sólo vigilaba la luminosidad de su teléfono y de vez en cuando la nieve desordenada por el viento al otro lado de la ventana. Andy escondió aquellas letras con un solo doblez, y rápidamente quiso guardarlas. Metió la mano en el bolsillo del pantalón, pero entonces, aquel vacío le sobresaltó. Veloz, su mano saltó al otro muslo sin soltar el papel, escarbó y empuñó la tela desde el interior. Abrió la palma de su mano, y antes de vocalizar la ausencia, aquella servilleta arrugada entre sus dedos aún gritaba cada trazo: ‘Hamar’.

-Mis llaves.

El motor de la nevera era intermitente. En el silencio, ruidoso, como su maltratada respiración. No podía dormir, necesitaba otro cigarrillo y la cajetilla estaba a dos instantes más de quedarse vacía. Todavía no amanecería. Le incomodaba un temblor inusual en sus dedos. Había acomodado su habitación con dos largos cartones entre la mesa principal y los fuegos de la cocina. Los pies de aquella improvisada cama quedaron junto a la torre de hornos. Dos. Cuando arrancó del suelo la tercera copa ansió que una fuga de gas le durmiera. Llenó una cuarta. Dormir como una tregua de la vida. Dormir como un ensayo de la muerte. Andy había olvidado despertar. A dos días estaba ya la distancia de sus sueños. Crecía la lejanía y nadie decía adiós por la ventanilla del asiento trasero del único coche. Él reconocía su melena suelta, corta y negra. Ella iba al volante. Ella había ido al peluquero. Ella desaparecía. Ella. Ni siquiera utilizaba su rostro para reflejarlo en el retrovisor, y sin embargo, él no dejaba de mirarla. El motor, el otro, re-arrancó con más fuerza. Dio un largo trago mientras jugaba con el candado que daba vueltas sobre un solo de sus dedos. Utilizaba la derecha para beber, la izquierda para jugar. Cinco dedos y dos manos. Pensó que la vida eran números pares; dos ojos, dos orejas, dos labios, dos mejillas, dos narices, de ahí la expresión ‘un par de narices’. Sintió la necesidad de partir su lengua por la mitad, pero únicamente puso el filo del cuchillo entre sus dientes. Después, el dolor le acobardó. La vida eran números divisibles. Dos piernas, dos brazos, dos huevos, dos culos. La vida nunca fueron números primos. Siete años. Y la singularidad siempre la vendían como sinónimo de tristeza. Sin lazo ni envoltorio; directa para el uso. Allí, a oscuras, con la luz de emergencia haciendo de su figura de pie una larga sombra, sintió la necesidad de acompañar a la botella. Camino descalzo por el frío suelo de la cocina, empujó la puerta giratoria que llevaba al restaurante, y a tientas, sin encender una sola luz, llegó de memoria a la bodega. Sería la única pareja de la noche.

Decidir no era un hecho, pero significaba la muerte de todos los pensamientos contradictorios. Nadie borraba siete años de un solo trago. Tampoco cientos o decenas de miles. Morir es olvidar. Su idea, libre, grande, enorme, gigante, única, aunque imposible, quería aferrarse a lo que cualquier ser humano con el corazón ensangrentado se aferra; la vida. No era amor lo que dolía, porque el amor no duele, era la vida. Andy amaba y amar le hacía sonreír. Era la pérdida de su vida. Él había entregado todo, y sólo tenía un resquicio de lo que fue, su piel, y bajo ella, infinidad de recuerdos atormentándole.

Volvió a llenarse la copa, volvió a jugar con el candado, volvió a beber, volvió a beber, beber como droga de olvido temporal. Accedió entre lágrimas a fumarse el penúltimo cigarrillo y rompió otra pareja; vuelta a la individualidad. La nevera gruñó haciendo evidente que mantenía con vida los alimentos. Morir jamás les fue importante. Andy quiso el valor de enfriar al calor que le mantenía con vida.

-La amo.

-Algo más deberás escribir.

-¿Qué?

-¿Qué sientes?

-Dolor.

-El dolor no es amor.

-¿Es desamor?

-Buen término. Pero no escribas el dolor que te causa. Escribe el placer que supone estar a su lado. Hazlo sencillo, conciso, breve y sincero. Y hazlo deprisa porque en cinco minutos servimos desayunos.

La punta del cuchillo quedó congelada sobre la madera, elevado, en diagonal, en medio de una cebolla. Andy retiró su pelo y después continuó cortando a gran velocidad. Cuando se detuvo fue un frenazo inesperado, soltó el cuchillo como si quisiera dar un portazo, sacó la servilleta del bolsillo del pecho, sacó el bolígrafo, le quitó el tapón y hubo una enorme sonrisa. Al terminar, giró y enseñó.

“Hamar”

Hamar eres tú coloreando el dibujo de mi vida.

A Andy no le habían enseñado a llorar y sólo supo hacer ruidos con la garganta sin mojar siquiera la comisura de sus ojos. El dolor en el pecho le estrangulaba el estómago e intentó eliminar aquella consciencia una vez más. Media botella, desconocía la hora, recordaba muchos gritos y una luz intensa al caminar. ¿Era la vida ida y vuelta? Recordaba golpear un muro de piedra y no lograrlo derribar, sin embargo, no había sangre en sus manos. Lo asumió como impotencia de algo acontecido. El vacío de su memoria como parte de esa mentira que convierte la realidad en algo idóneo. Ante sus ojos, en lo alto de la mesa, se alineaban cuatro cazuelas, dos cazos, todo limpio, la madera ligeramente recta, y sobre ella, tres cuchillos. En el metal limpio pudo comprobar que le había crecido la barba medio centímetro y tenía los dedos sucios de pasarlos por el fondo de la copa de vino. El granate siempre fue el color de una bonita flor. Los fuegos aparecían apagados, y aquellos pasos, al detenerse, hicieron ruido porque en sus dedos olían a café. Serenos, elegantes, autoritarios y seguros, cuando estuvieron quietos, hablaron como reinicio de una conversación que él no recordaba.

-Doscientos cincuenta.

-¿Hoy?

-Hablo del dinero que te has bebido, Andy.

-¡Fueron tres! -Gritó con el diálogo anterior atropellándose al fin en imágenes mientras su voz aún permanecía en el aire.

-Andy, debes ayudarte. Pagar las botellas, pero primero ayudarte.

-¡Sólo tres! 

-Levántate del suelo, por favor, y vete -Invitó con exceso de serenidad.

-¿Te han roto el corazón alguna vez? -Posó la palma izquierda de la mano en el suelo, empujó su cuerpo, lo levantó, quedó ante sus ojos y bebió de la botella.

-No, Andy, pero el desamor no justifica ningún delito.

-¿Sabes cuánto duele el pecho cuando intentas amar con todas las letras y las letras quedan arrugadas en la palma de tu mano? ¿Cuánto duele el desamor cuando desaparecer tu hogar porque las llaves, aunque abren la puerta, ya no es tu hogar? ¿Cuánto duele el vacío? ¿Sabes cuánto duele la impotencia?

-No, Andy, no lo sé, pero tampoco creo que…

-¿Has amado sin importar cómo se escribe amar?

-Amar no puede tener faltas de ortografía.

-Nos hacemos daño sin medir el dolor ajeno -continuó, esta vez aliviando el escozor de sus ojos en la ventana de la cocina que daba a la calle-. Dañamos, dañamos, dañamos y cada vez nos importa menos el daño que provocamos. Tiramos la piedra, le abrimos la cabeza, escondemos la mano, miramos a otro lado. Damos todo, quitamos hasta dejar nada y continuamos como si nada malditamente pasara. ¿Has sentido perder todo en un segundo?

-¡Andy, basta!

Lo hizo tan rápido y conciso, que ni siquiera el intento de dar un paso atrás fue suficiente. Toni aún sostenía humeante la taza de té, miraba atónito el movimiento, y el miedo desapareció de inmediato al sentir pavor.

 -Ahora entiendes mi dolor.

Vivo, caminó muerto. No supo quién le miraba. Sin el control de su emoción y su razón, aquel cuerpo era como una pluma a merced de los movimientos de cualquier soplo ligero. En él pudo sentirse ajeno a sí mismo. Y sin embargo, dentro, sólo él, sin el resto del mundo. Sólo él como importante. Levantó la botella para clavar el final entre sus labios. Luego la rompió en la cocina. Desarrugó la servilleta de papel de entre sus manos, leyó y la soltó. Apenas voló. A Andy le sangraba el corazón por dentro cuando, sin siquiera mirar su rostro, observó que el cuchillo había atravesado su americana y la camisa blanca de cuadros. Rápidamente comenzó a sangrar del pecho.

Fotografía: Bob Carlos Clarke