El amor delgado

IMG_20151213_194551El amor no dijo nada, no tocó nada. Y con una cruel lentitud, como un cadáver bajo la oscuridad de los árboles, fue deteriorándose. Ni una herida. Moví su gesto triste, la cabeza estrangulada por el apetito, y tampoco hubo un rastro claro de la muerte. El amor era una caricia, y derramado entre hojas secas, yacía áspero e insensible. Desmejorado, sostenía a duras penas el peso del agua en ambas palmas de sus manos. Acerqué el espejo en busca de un halo o aliento, pero el amor reiterado continuaba tendido y frío. Cerré la caja de cartón y observé la sonrisa larga e imperfecta que él había cosido en la superficie. El único sonido que había en la minúscula habitación era el de un exhausto corazón, desnudo, empapado en sudor y abandonado. El amor, una vez más, no dijo nada, no tocó nada, y sin embargo, por algún extraño motivo, era un ser humano aún vivo. 

Christopher me mordía los labios cuando hacíamos el mismo amor. Después, mezclaba mi sangre con la tinta de un rotulador, dos gotas de su propio semen, y expandía el cóctel en un trozo de tela cualquiera. Arte, decía. Cogía sus dedos y observaba su todavía dura e imperfecta erección. En la soledad, en silencio, los dos sí éramos perfectos. En compañía, entre palabras, rompíamos con excesiva belleza toda nuestra imperfección. 

-Haré huevos fritos.

-La ciudad torna hacia un caos y no es poesía, dijo el Rinoceronte. 

-¿De qué hablas?

-De huevos fritos, yemas líquidas y de la necesidad de eyacular.

-¿Más?

-En los tejados, querido Sam, sólo hay finales y suicidios. Tú y yo estamos aquí en este menudo apartamento, aún desnudos, hablando de comida, evitando la ciudad, dibujando un libro infantil, y conversando únicamente de ti y de mí, los dos protagonistas.

-¿Qué deseas?

-Soledad. La calma radica en la ausencia, y quizá por eso nos amamos, para escondernos el uno en el otro hasta desaparecer.

-¿Nos amamos?

-Sí. Pretérito perfecto simple.

Gateó sobre las sábanas arrugadas hasta los pies de la cama y analicé la hermosa perspectiva y textura de sus testículos colgando bajo aquellas viejas nalgas. Descabalgó del colchón, y tras posar sobre una circular alfombra de retazos, buscó la ropa interior. Caía con lentitud su rigidez, alzando ambos ojos hacia un vacío en el que yo jamás supe llegar. Él era mi hombre desde hacía doce meses y trece días, pero jamás había logrado poseerle. 

Adoraba los tejados, los gatos blancos, el paso de las nubes, y odiaba su palabra entrelazándose con el sobrepeso de la verdad. Christopher era un hombre adulto, coleccionaba pajaritas de tonos lóbregos y pastel que vestía con soberbia y distinción. Procedía de una familia distendida y distinguida, y coincidí a su lado, por primera vez, frente a un lienzo aterrador de Cézanne. ¿No ves el cuadro torcido?, preguntó ladeando la cabeza. Soslayé las pupilas y advertí su perfil, en la misma posición, con una breve mueca de preocupación y decepción, y sin ofrecerme en ningún instante la propiedad de la dudosa cuestión. Permanecí quieto, respirando un ácido perfume de intensos matices cítricos, atorado o asustado. Devolví los ojos al cuadro y sentí que su voz trocearía mi ser si emergía de nuevo. Nervioso, crucé los brazos, él desapareció, y yo, recliné el cuello hacia la izquierda en busca de su espacio. Me fui y regresé, y en el mismo lugar, junto a él, contesté a la pregunta tres días después. Muy torcido.  

Amaba sin saber de amor el peso de la edad en su cabello, nevado, duro, seco y recto. En ocasiones, indomable como su carácter, recio, creativo e indolente. No me enamoré de él, me enamoré de la rareza, la originalidad y de la pasión fugaz que desprendía en la rutinaria y corta acción que suponía desabrochar una camisa. Un señor, decía él vertiendo azúcar moreno en un café negro aún con un milímetro de espuma en lo alto de la taza. ¿Por el anillo?, pregunté. Porque nunca verás mi lengua dentro de tu boca, respondió. 

Extendí la misma sábana arrugada sobre mi cuerpo, lo cubrí, y bajo la frialdad del lino, vi caer la mirada que había alzado. Vi tristeza como lluvia que se expande sin límites en el asfalto, pero la dejé correr.

-¿Deseas que me vaya? -Sugerí.

-Y que frías los huevos fritos que me prometiste. 

Arrancaba margaritas y la hierba crecía más de lo habitual en verano. Nadie la cortaba. El prado era un espacio pequeño junto a una ladera de rocas. En la cima, un colegio. Tumbado, yo había logrado esconderme, no prestaba atención a las nubes, el sol no caía, pero dejaba tender la belleza de su luz sobre nuestros livianos cuerpos. Oía ruedas de bicicletas y escuchaba gritos hablando como pelotas yendo y viniendo contra una pared que golpeaban sin motivo. Balones vacíos, carentes de recorrido y con tan sólo origen y destino. Conversaciones. 

-¿Crees en el amor? 

Natalie era una niña esquelética, vestía faldas blancas, braguitas blancas que dejaba ver cuando escalaba el muro de la escuela, calcetines blancos y una diadema rosa recogiendo su cabello. No era guapa, era atractiva. Ella, hija de una madre sin padre que vivía en el primer piso de un bloque de edificios de nueve alturas, me escribía cartas que nunca entendí. Ella quitaba cada pétalo, afirmaba y negaba, y una vez conseguía la respuesta, me entregaba con dulzura la flor decapitada. 

-¿Qué es? -Pregunté.

-Es lo que un hombre y una mujer sienten cuando se quieren. 

-¿Y puede ser el amor una flor rota?

-No. El amor es un un sentimiento. 

-¿Y qué forma tiene?

-Es un corazón.

-¿Por qué?

-¿Cómo dibujarías tú el amor? -Se molestó.

-Como una línea delgada e interminable.

-Pero no es así.

-Verdad, termina siempre en algún lugar. 

El gesto de Natalie se torció como si tuviera un trozo de fruta agria entre los dientes. La hierba crecida tambaleó, ella la atravesó con ambas manos, mostró otra margarita sin pétalos y la descabezó por completó entregándome el tallo. 

-Tu amor. 

-Si no la hubieras arrancado, quizá hubiera seguido creciendo, y ése sería nuestro amor. 

-¿Una margarita gigante?

-Y viva.

-Eres idiota. -Lanzó el tallo contra mi cara y volvió la mirada al cielo- La hubiera quemado el sol o ahogado la lluvia.

Nos vi desde una perspectiva eclesiástica y descubrí una puerta en alguno de los rectángulos. Iba directa a la adolescencia. Odiaba los balones y los coches en miniatura, y lejos, sólo muy lejos dejaban de existir. Abominaba colorear, aborrecía el ruido, detestaba la demarcada normalidad y quería eliminar pensamientos, pero la cabeza no cesaba, como el paso de los días, el paso de las páginas, el paso del tiempo y el paso de los pies. 

-¿Sam?

-Sí…

-¿Me quieres?

Natalie separó las líneas afiladas de la hierba que nos distanciaba y tendió la mano hasta que atrapó mi brazo. Los huesos bajo sus dedos eran tersos, y su piel olía tan bien, que era inevitable imaginar el tacto húmedo de una pastilla de jabón. Miraba sin miedo, apenas pestañeaba, o completaba la acción con una excesiva lentitud, y al hablarme, la inocencia de sus pequeños dientes me aterraba.

-No lo sé. -Titubeé.

-¿Quieres venir a mi habitación?

-¿A tu casa?

-¡No! -gruñó-. Aquí, entre la hierba. Este es mi refugio, y aquí guardo todos los tallos de las margaritas rotas. Las podemos pegar y haremos nuestra flor gigante. Luego quiero darte un beso.

-He de irme a casa.

El amor era miedo; emociones idénticas con distinto nombre. Me resultaba incomprensible. El amor era un hilo colgado que balanceaba, y aparecía y desaparecía como el monstruo del armario. Y por ese motivo elegí correr. Vi terrorífico que quisiera presentarse con formalidad en la infancia sin la madurez adecuada. Era una osadía porque desconocía el significado de todo. Huir, muy poco a poco, trajo el alivio y la cantidad de oxígeno adecuada. Cuando miré atrás durante un segundo, sólo pude ver la hierba. Natalie continuaba tumbada en su refugio. Aún así, yo volví a correr como si me persiguiera un extraño. 

Untaba el pan de molde en la yema y no levantaba la cabeza cuando masticaba. Del cuello le colgaba una servilleta de papel, y junto al plato subrayaba frases cortas de un libro de Boris Vian. Christopher solía colocar un pie sobre otro cuando era feliz, habitualmente descalzos, no los movía y no decía una palabra. Tenía un extraño fervor por el silencio, y cuando lo exhibía, el mínimo ruido era un sonido atronador. Sentí la necesidad de amarle, de colocar una silla a su lado, pedirle que untara para mí, que llevara el trozo de pan hasta mis labios, que empujara el libro a un lado, que me abrazara, me mirara a los ojos, y por un instante, en ese minúsculo segundo, él dijera, Te quiero, Sam, te quiero mucho. Sin embargo, el amor, en ocasiones, era un cable largo y en desuso, guardado en una caja de cartón sin una exacta ubicación. El resto de las veces, el cable, enchufado, únicamente realizaba su función.

Despacio, caminé hasta la cocina y dejé que corriera el agua sobre la sartén. Odiaba el ruido de los platos que él amaba, y con la actitud de un ladrón, fui moviéndome y desplazando cada objeto que hallaba a mi alrededor. La ventana, junto a la nevera, era pequeña como la solapa de un buzón y el sol no accedía. Si él hubiera vuelto la cabeza hacia mí, habría hallado una sombra. La lóbrega oscuridad solía llenarse de tristeza o intimidad, si bien, ninguna de las dos allí respiraba. En el salón, él volvía a trazar una línea sobre el libro mientras el tenedor sostenía una fina clara doblada. Yo estaba aceptando que era la hora de desaparecer, aunque el verbo no hallaba camino ni significado, y sólo deseé alejar mi erección del ombligo.

-Mañana vendrás temprano -dijo sin dirigirme la mirada. 

-¿Siete?

-Seis. 

-Podría quedarme a dormir.

-No. 

-¿Me voy ya, entonces?

-Hazlo. 

Descalzo, me dirigí a su habitación. Al desaparecer la propiedad ganaba una dimensión desconocida. Quise dormir en el fondo de uno de sus zapatos, pero me calcé los míos. El amor delgado, decía Christopher, es el único que hoy existe, es como la línea que inició el lienzo. Después pintamos mucho alrededor y olvidamos que nos llevó a la actualidad.

Vi cómo empujó el plato sin que hiciera un sólo ruido, desenganchó la servilleta, hizo una bola y la depositó sobre el tenedor. Allí estaría mañana. Leía, y cuando leía nada existía. Ni él. Su ausencia me permitía lentitud, y con el cuerpo sobre la cama, anudando los cordones, pasé algunas páginas invisibles de aquella habitación. 

Klimt era un artista excesivamente usado. Lo había dicho él mientras levantaba el marco y lo descolgaba de la pared. Aún continuaba allí, arrinconado junto a la mesilla. Era una obra inusual, y no obstante, tenía un halo de tópico aterrador. Su habitación lo era. Como si él quisiera dormir con todo lo que amaba, allí acumulaba lienzos y libros en completo desorden. El sexo había derrumbado las columnas de ejemplares que se acumulaban sobre la cabecera. Libros viejos, leídos, releídos, y sin el orden preciso en tamaño o anchura, y en muchos casos, sin que el lomo estuviera a la vista. Suspiré tendido, retrocedí en mis actos, me descalcé, me desnudé y caminé sigiloso hasta él. Christopher no medió un ruido, cerró la puerta de la calle mientras yo, en calzoncillos, equilibraba con mi ropa entre los brazos. 

-Buenas noches, Christopher. -Logré decir.

-En la vida, querido amigo, -Enunció grandilocuente desde el otro lado de la puerta- hemos de saber cuando ha llegado el final, entonces, no es necesario decir nada más. El ser humano comete el mismo error una y otra vez. No lee porque no sabe pasar páginas.

-¿Es el final?

-Ve a casa. Mañana a las seis. 

Cuando murió Natalie en mi regazo, no la amaba. Observaba que apenas le habían crecido los pechos bajo una blanca camiseta de algodón, si bien, la ínfima y dura aparición de aquellos pezones era hermosa. Su sonrisa, de manera extraña, continuaba firme y viva en el rostro ensangrentado. Cesará, dijo. La cabeza pesaba sobre uno de mis muslos, y cuando recuerdo los autobuses cruzar delante de mis ojos, vuelven a mí las estrellas apelmazando los tejados. No sé cómo terminó su vida porque no escuché el instante en el que dejó de respirar. Cesará, dijo. No era una bella última palabra, pensé. No me atemorizó la muerte, sino la soledad entre tanta gente. 

Viva, años previos, había bajado las escaleras de la puerta de su casa de dos en dos. Sostenía un regaliz rojo y uno negro en la misma mano. Yo, apoyado junto al interruptor y la puerta de un ascensor no pude evitar sonreír cuando me tendió el puño cerrado y ambas tiras cayeron como flores marchitas. 

-Elige. 

-¿Significará algo? -Pregunté. 

-¿El qué?

-El color que elija. 

-Creo que todo tiene significado, Sam. Todo. Pero aún desconozco muchas respuestas.- Volvió a estirar el brazo y ambas quedaron enfrente de mi nariz- Elige. 

Hice lo que no deseaba. Con Natalie todo parecía ser examinado. Sentía que ella medía cada parte de mí, mis gestos, mis palabras, mi forma de mirar, incluso la incontrolable respiración. Sentía un miedo aterrador a ser cómo era porque creía que amaba mi personalidad. Y ella lo sabía. 

-Me mientes -dijo-. ¡Vamos!

No íbamos a ninguna parte. Tampoco era una cita, o yo negaba tal denominación. Mantuvimos la distancia en la estrecha construcción de una acera que terminaba en el centro de la ciudad mientras yo mordía el desagrado de un regaliz negro. Los coches cruzaban en ambos sentidos, y ella, al mover el brazo que caía a mi lado, lo separaba de sus caderas en busca de mis nudillos. Observé su perfil, pero tenía ambas pupilas desatendidas sobre las paredes de los edificios. Hacía años que no llevaba diadema, tampoco vestidos blancos, desconocía el color de sus braguitas, y al sonreír, sus dientes parecían más grandes. Natalie era una chica atractiva, inteligente y extraña. Adoraba la irrealidad en su extravagante personalidad, de la que, si bien, nunca me llegué a enamorar. 

Sobre una mesa de planchar, Christopher colocaba un tenedor sobre otro levantando una pequeña torre. Permanecía en silencio, vestía un pantalón de pijama de lino de patas anchas, iba descalzo y sin calcetines, y aún lucía la misma camisa blanca, arrugada y abotonada de la noche anterior sin su pajarita. Sujetaba del asa una taza de café, observaba la perspectiva de la construcción, y con un nuevo cubierto en la mano libre, dobló la espalda y buscó cómo colocarlo. Aún ningún reloj había alcanzado las seis de la mañana, la puerta continuaba abierta, y yo permanecía inmóvil con ambos pies sobre el felpudo, una bolsa de papel colgando de mis dedos y oliendo a bollería recién hecha, y sin saber cómo decirle en voz alta que el amor estaba perdiendo todo su peso. La ausencia comenzaba a ser un dolor irreparable e irremediablemente abocado a la muerte. Vi al amor pálido, enfermo y abandonado, y si flexionaba las rodillas y acariciaba su corazón, moriría. El amor volvió a no decir nada. Lo supe. Era un hilo roto entre la rudeza de una alfombra.

-He traído el desayuno. -Me descalcé y cerré.

-No podremos usar tenedores. 

-¿Por qué?

-Los estoy utilizando.

-Lo veo -dije incómodo-. Pregunto por qué estás utilizándolos de la manera que los utilizas. 

Me señaló con el cubierto, lo lanzó hacia el sofá y abandonó su actividad. 

-¿Has traído preocupaciones racionales a esta casa? -Preguntó sarcástico- ¿Acaso crees que debía haber utilizado cucharas? ¿Quizá la mesa del salón, haber empezado más temprano o colocarlos en otra posición? Dime tu sabia opinión. 

-¿Dormiste bien, Christopher?

-Mi sueño y mis sueños descansan tras una puerta opaca, gorda y junto a la cerradura cuelgan doce candados. No sé cómo osas siquiera a  golpear tus nudillos en ella.

-¿Qué somos?

-Seres humanos, simples y complejos, pero iguales…  

La torre se desplomó. La cabeza de un tenedor quedó en el aire, él soltó la taza, que con rapidez chocó contra el suelo, oí el crac, y los trozos y el café se esparcieron a gran velocidad entre las líneas del parqué. Después, el cubierto que balanceaba también cayó, tintineó en tres ocasiones, y acto seguido la calma regresó de forma brusca y desagradable. Christopher continuó durante eternos segundos en una posición que evidenciaba el vacío de sus manos, mirando el desorden de los siete tenedores que aún continuaban sobre la mesa de planchar. Yo quise dejar de respirar para evitar que el aire que cogía y expulsaba fuera una molestia. Temblé, y el envoltorio de papel que sostenía entre las manos simuló una tormenta. 

-Tienes mucho trabajo. -Rumió dirigiéndose hacia su habitación. 

-Traje… -Intenté dar el paso hacia él, pero no logré levantar un centímetro del suelo.- Traje, traje…

-Sí, veo qué trajiste, -Áspero, se detuvo en la puerta de su cuarto y volvió a observar el desperfecto.- Nunca fuimos lo que dijimos ser, fuimos lo que hicimos, de hecho, calla más a menudo, porque sólo somos lo que hacemos. Y por eso sólo trajiste. 

-No entiendo, Christopher.

-Hablo de amor por primera vez. Él es un hilo enhebrado, cosido, o un ojal y un botón, y ahí en ese punto nadie intenta huir. Se necesitan el uno al otro para ser un exacto equilibrio. 

-¿Y? 

-Cómete el desayuno y ordena mi desorden.

La cocaína era una línea fina sobre un tablero de ajedrez sin una sola de las piezas que tantas veces, el uno frente al otro, habíamos movido. Los vasos vacíos olían a vodka, y Natalie estaba ligeramente desnuda en el sillón de su mamá con los tobillos hermosos hundidos en un cojín áspero. La televisión encendida era un rumor audible, y entre mis dedos balanceaba el humo de un cigarrillo que no sabía sostener con elegancia. En el reloj de mi muñeca, los dígitos se habían difuminado por retrasar el cambio de pila, y en el reloj de la pared la hora estaba equivocada. Le cedí mi billete, y ella desenganchó el tabaco de mis labios. 

-Al menos una vez, Sam. -Repitió levantándose, dejando caer la camiseta hasta esconder las bragas, y avanzando con bella lentitud hasta una estantería torcida del salón-. Después, desaparecerá. 

-¿Por completo?

-Habrá un espacio vacío entre los dos, y éste nunca lo volveremos a llenar.  

-¿En eso consiste desaparecer?

-Sí.

-Vaciar… -Reflexioné con falsa importancia- ¿Quieres más vodka?

-Y hielos. -Extrajo un disco y lo colocó con torpeza en el interior del reproductor-. Escucharemos la última canción.

-¿Y los recuerdos?

-Pondremos otros encima. Muchos encima. 

-¿Llenaremos?

-No. 

Natalie regresó. Parecía bailar, tarareaba en inglés, musitó Wink Burcham, y recogió el billete que había rodado hasta una esquina de la mesa. Lo tensó y aspiró escondiendo un extremo del papel en el orificio de la nariz. Al levantar la cabeza, no cerró los ojos, me miró y alzó el vaso con hielo para brindar. 

-¿Recuerdas las flores?

-Sí. 

-Es hora de pegar todos los tallos. 

El amor estaba frío en un plato hondo, la cuchara sucia sobre la servilleta y Christopher apuntaba a su cabeza con un cuchillo de mantequilla. El café era negro y había abierto un sobre de azúcar moreno que aún permanecía sin verter. 

-No voy a comer la tostada. 

-¿Quieres escucharme?

-¿Y el arte? Las ciudades están llenas de personas y las personas necesitan personas, y la necesidad no es necesaria, y yo soy una persona y no necesito a nadie.

-¡Deténte, por favor!

-Tú no dejas de meter tu boca entre mis piernas, mis piernas sólo desean meterse en tu culo, y al terminar únicamente deseo desaparecer. Pero te huelo.

-¿Cuál es mi aroma?

-Desesperación. 

-Y amor.

-No hay rastro de amor en tu piel, tampoco en la mía, sólo es una mera necesidad más, y la necesidad no la creo necesaria. -Giró el cuchillo y rasgó la mantequilla sobre su mejilla- Esto somos, rebanadas fugaces. 

No supe ser razonable. Él estaba aún desnudo con la eyaculación goteando desde la vaga erección de su pene. Era un hombre elegante, firme, inteligente, difícil y atractivo. Entendí que yo era el amor sobre su piel, pero la piel, como la tierra, me engulló. ¿Qué es el amor? ¿Cómo lo dibujarías? Una línea transitoria. Una línea fugaz. Una línea accidental. Asentí y bajé los ojos. 

-¿Qué hay en tus pensamientos, Sam?

-La vida son accidentes. 

-Lo entiendes al fin -Clavó el cuchillo en el pan tostado frío, lo soltó, y este se derrumbó-. Chocamos constantemente, evaluamos el suceso, y continuamos nuestro camino. Quienes se quedan es porque no tienen otro lugar adonde ir. 

-¿No existe el amor?

-Sí, pero no es tan grande. 

-Ni tan gordo.

-Ni tan importante.

Cogió el azucarillo, abrió el cajón de los cubiertos, extrajo tres cucharillas y dio vueltas con una de ellas. 

-¿Te quedarás a tomar café?

-Ordenaré tu habitación -dije sobrio evitando que el estruendo de lágrimas desatara su ira-. Después aceptaré el final.

-Los elefantes mueren de amor. ¿Mañana a las seis?

-No.

Desaparecí a las tres y cuarto de la mañana. Mis dedos olían a sexo. Era un olor agrio, era semen, era piel, cabello, el sudor de sus senos, el espesor del fluido vaginal, los labios mojados, la respiración y el ruido. El ruido tenía un aroma peculiar y el arrepentimiento poseía un sonido insoportable. En la calle aún cruzaban coches, el frío, el eco seco de los pasos solitarios sobre las aceras, y la voz de Christopher gritando en mi cabeza sin decir una sola palabra mientras yo bajaba escalón a escalón, llorando y sin emitir un sólo gemido. 

Observé los nudillos con la sangre seca. La victoria de las paredes. De pie ante el escaparate me contemplé, por primera vez en meses, sin prisa. Tenía los hombros caídos, el cuerpo hundido, el rostro hinchado, la droga desubicando el orden de los pensamientos, y en la memoria, Natalie desnuda entre mis brazos. Quise reaparecer, saber si el desorden tenía una recomposición o razón, y entonces ella volvió a repetir, ¿me amarás?  

La eyaculación era un hilo descosido de apenas cinco segundos. El amor no podía traducirse, tampoco definirse, siquiera vivirse. El amor evidente no diría nada, no tocaría nada.

No supe por qué con la voz de él devorándome el estómago como un caníbal hambriento, busqué el origen, la línea del lienzo. Cocaína, vodka y palabras. Natalie. Una vez. Una única. La eyaculación era un trayecto efímero, y entonces, con el semen duro entre las sábanas, volví a ver su cadáver. El amor yacía inmóvil, distante, fugaz e inalcanzable. Mis zapatos la oyeron llorar.

Las estrellas habían empezado a pesar sobre los tejados, rompí mi sombra en el escaparate y me refugié. En una pequeña pantalla había un minuto de espera más nítido que todos los dígitos de mi agotado reloj. Saboreé la rudeza del vodka en mis labios, sentí nauseas, y cuando las luces del autobús iluminaron la carretera, el amor explotó sobre la acera. En los tejados, querido Sam, sólo hay finales y suicidios. Natalie, rota, yacía a siete pasos de mí. Cesará, dijo.

Ending. 

Fotografía: Daniel Diez Crespo.

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Extraño

body death

Disparé a mi cabeza, ella sonrió sin enseñarme los dientes, y yo, derribado sobre la mesa, sólo supe elegir no pestañear. Soy un tipo extraño. Miento constantemente. Miro a los ojos y miento. Cierro los ojos y miento. No me atrevo a decir la verdad porque la verdad es pobre, triste, y simplemente, inservible. La verdad es el precio de una moneda olvidada en la sombra de un bordillo. Soy lo que no tienes ni puta idea que soy, y sin embargo, adoro envolverme con esta apariencia para ti y ante cualquier ser humano. Me corto las uñas con el mismo cuchillo que corto el pan, y los dedos de los pies aparecen repletos de heridas bajo los calcetines. Ella cree que algún día me cortaré los labios porque la ebriedad mata los detalles, no obstante, todavía bebo el vino en una copa rota. Brindamos, y entonces, sin lágrimas, lo dijo. Decir no es un acto sencillo.

-¿Cómo te disparaste?

-Con mi dedo.

-No hubo sangre.

-Más de la que nunca imaginas. Había peces de mil colores nadando a través de mi estúpida muerte. Aleteaban de un lado a otro, nerviosos, inquietos, desconcertados por la oscuridad. Tesoros olvidados, náufragos, olas, mareas altas y bajas, había…

-¿Testigos?

-Ella.

En ocasiones, amo ducharme con agua fría. Hielo líquido agujereándome la piel; aguja con hilo descosiéndome hasta volver a ser un patrón sin forma ni marca; tampoco un número de serie. Olvidado para siempre. Nunca fui sería mejor que haber sido. Es invierno, llueve insistentemente afuera, y aunque mis oídos oyen la lluvia en el cristal, diluvia más allá de la ventana. Llueve, el viento baila, flirtea una y otra vez con las ramas endebles. Follan como una vez follamos, sin miedo a un final. Cada vez veo más largos árboles y creo que desean escapar. El cielo debe de estar cansado de ser siempre la escapatoria. Nadie estorba al paisaje. Desnudo, extraño, no me reconozco ante el reflejo del cristal transparente de la ducha. Ella me enseñó aquella manía. El vapor cubre el baño, asfixiado, sin espacio, las yemas rojas de mis manos como frambuesas maduras ante mis ojos, las mejillas como una luz sepia desteñida, y el jabón aún enredado en el desagüe, esperando paciente su desaparición. La ducha es un pensamiento con uno mismo, hoy en día demasiado infravalorado. La muñeca amaga, balancea, acelera; y cuando golpeo el grifo como si la pelota amarilla golpeara rabiosa en la red de una raqueta, la temperatura cambia radicalmente. Es un disparo brutal al corazón. Estrangula la piel. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis segundos. Los cuchillos agujerean tu cabeza mientras silencias tus ojos como si en ellos tuvieras una mandíbula. El amor nos enseña más idioteces de las que realmente creemos.

-¿Era realmente amor?

-Lo fue.

-¿Y qué pasó?

-Que me descubrió.

-¿Y decidiste matarte?

-Dispararme, morir, desaparecer, facilitar las cosas a la persona que realmente te está pidiendo a gritos sin una sola voz. Decidí dejar de ser yo. Ser sincero, y la única manera de serlo era estar muerto.

-¿Lo estabas?

-Lo estuve.

-¿Sucedió así?

-No.

Adoro mirar por la ventana del salón cuando el sol rompe el cielo en dos; blanco y azul. Quisiera dormir en la línea gris que nadie observa; ni siquiera yo. Sujeto una taza con ambas manos, fría, pero la abrazo. Aún continúa la  marca de sus labios en la curva del asa. El color grana parece una huella dactilar rota, pero es el último beso que aquí queda. Es extraño que pueda mirarla con los ojos abiertos y no haya un solo rastro de ella. Es extraño que  sueñe con ella y no recuerde cuando fue el último día que despertó a mi lado. Miro por la ventana y el mar es un enorme cobarde. Es el único capaz de poner un fin y no lo hace.

-¿Morir todos?

-¿De qué servimos?

-Vivir es maravilloso.

-Miente. Si hiciéramos dos listas sobre lo bueno y lo malo, todos y cada uno de nosotros, vivos o muertos, volcaríamos indudablemente hacia el infierno.

-¿Lo cree?

-No me importa.

Quiero aprender esconderme dentro de mí, meter mi cabeza en el traje de esta larga piel que me enfrenta a ti, a ti, a ti y a ti. No puedo tomar una sola decisión más. La última fue el día que compré una casa de una sola planta en una playa con demasiados turistas. Ella ya decía que me quería con lágrimas en los ojos, como si el amor doliera, y yo sólo pensaba en desnudarla una y otra vez. Vestirla y desnudarla. Quería vestirla cada vez que hacíamos el amor para desnudarla otra vez. Vestirla para volver a sentirme nervioso desabrochando cada botón, levantándole el jersey, desenganchándole uno a uno ambos calcetines. Nunca pude quitarle las bragas porque me temblaban las manos. La amé en aquella casa que compré y nunca pagué. Mamá tenía mucho dinero. Papá tenía más dinero. Mi hermano murió en un accidente doméstico después de beberse dos botellas de tequila. Yo observé como perdió el equilibrio cuando caminaba descalzo por la barandilla mojada del balcón. Mucha sangre, y sin embargo, no vi un solo pez. La casa la elegí yo, la decoró ella, y la contaminamos los dos.

-¿Contaminar?

-El aire que respirábamos, poco a poco, nos empezó a envenenar.

-¿Discusiones?

-Tabaco, marihuana, heroína hirviendo en una cuchara de metal, café constante, patatas fritas y pizza, croquetas y palitos de pescado, humedad en las paredes, vómitos que tardábamos en limpiar, malas digestiones, ya me entiende, y sobre todo, incienso, ella adoraba el incienso con aroma a canela. El aire era una mierda.

-¿Drogadictos?

-Adictos.

-¿A las drogas?

-Leía libros en lo alto de un árbol durante horas, horas y horas. Tres exactamente. Era un árbol difícil, de ramas delgadas, inestables, no daba un solo fruto, pero me subía allí para dejarle la libertad que siempre pedía después de que hiciéramos el amor. Miento. Quería sentirme libre. Miento. Es extraño, pero odiaba ciertos disparos fugaces de su forma de ser. O tal vez no. Da igual. Lo que quiero decir es que lo hacía cada martes, jueves y sábado y también era una adicción.

-Entiendo.

-No lo entiende, pero lo asume.

-No, sí lo entiendo.

-Yo no lo entiendo.

-¿Me está mintiendo?

-Sí.

Me cepillo los dientes sin un mínimo de cuidado. Paseo, camino y me alejo. El agua del grifo sigue corriendo y la luz alarga mi rastro en un corto y curvado pasillo. Abro la puerta de la calle. Es invierno, llueve otra vez, despeina el viejo y me excita sentir la planta de mis pies en el cemento mojado y frío. No pienso, no siento, tampoco entiendo, lo hago porque me gusta ver la inmensidad del cielo. Tan quieto y estúpido, siempre su apariencia a merced del viento. La espuma dentífrica comienza a secarse en la barbilla. Ha manchado mi jersey. Tirito. Sólo los insectos mueren de frío. Las sombras son imaginaciones y me recuerdan que ella, completamente desnuda, me rescataba de aquella idiota acción. El amor te cuida y te debilita.

-¿Dónde está ella?

-No lo sé.

-Nadie lo sabe.

-Yo tampoco.

-¿Miente?

-Me maté por ella, ante ella, y ella no hizo nada. No le importó mi muerte. Rompió mi copa rota, y desapareció sin valor para decirlo una vez más.

-¿El qué?

-Lo que dijo.

-¿Para qué una vez más?

-Nunca le creí.

Tampoco pude creer que se cubriera las tetas mientras sonreía con aquella copa de vino rota que le había pedido que sujetara. La uve quedaba bajo su barbilla afilada, huesuda, depilada, maquillada, hermosa. Su brazo derecho doblado en horizontal sobre sus pechos pequeños, alargados y elevados. Adoraba su pelo negro, corto, oscuro y recto como lo sotana de un cura. Nunca había estado muerto y no supe dejar de respirar. Mentí una vez más.

-Quiere decir que no murió.

-¿Con un dedo?

-¿Donde se disparó?

-Entre los dientes.

-¿Con un dedo?

-Sí.

-¿Es eso cierto?

-No lo sé.

-¿Y la sangre?

-Eso sí es verdad.

Me siento extraño cuando deseo no volver a decir una palabra. Lo deseo. Tengo el pegamento entre las manos y lo pienso, lo imagino y acerco el cono de plástico blanco y afilado hasta posarlo entre mis labios. No aprieto. No me atrevo. No quiero. Todo es mentira. Lo separo, y por cuarta vez, pego sobre la taza el asa con su pintalabios marcado. Afuera no llueve y recuerdo que escuchaba música en una silla de madera que se movía adelante y atrás. La veo y la echo de menos. El sentimiento no tiene números, y quizá por ello carezca de solución. No dejo de ceder ante la  excitación. Ella no puede evitar mis eyaculaciones. Es extraño amar la ausencia.

No quiero decir qué sucedió, pero no puedo dejar de visualizarlo una y otra vez en mi maldita cabeza. La proyección está atascada en aquella secuencia, pálida, lenta, débil y dramática. Cuando apareció la primera gota de sangre en mi dedo, ella había dejado de beber aquella botella de vino tinto de treinta y siete euros que habíamos comprado los dos juntos en el supermercado de la calle principal. Mi copa rota se rompió sobre la madera. Me recordé cogiendo la botella. Los dos estábamos cogidos de la mano mirándonos con las orejas.

-¿Qué quieres decir?

-Que sabíamos perfectamente el uno del otro sin ponernos un solo ojo encima.

-Hablo de la sangre.

-Aún apenas había.

-¿La hubo?

-A mares.

Me gusta lamer el clítoris de rodillas. Me gusta que ella esté sentada en el sofá, vestida. Es una forma de esconderme en la comodidad de la escucha. Lo dije mientras comíamos aceitunas un domingo a mediodía. Era mentira. Me aterra la oscuridad de los coños, su funcionamiento, el aroma, su sabor, su textura y la decepción de hundirme en el silencio, donde nada sucede. Bebía demasiado para amarla de aquella manera. Mentía. Amaba el tacto de sus rodillas tan delgadas y huesudas bajo la palma de mis manos. Necesito fumar, necesito una caricia, beber porque beber me alivia, necesito una voz condescendiente, necesito borrar lo sucedido y sus dedos entre mi pelo, y sé que es imposible porque estoy vivo. Maldigo el treinta de Noviembre. Fue el primer día que la vi en lo alto de aquella montaña rusa. Yo permanecía sentado en un pequeño banco de madera tomando una fotografía a una niña de cinco o siete años que enredaba sus dedos en aquel algodón de azúcar rosa. El ojo que no estaba en el objetivo, la observaba. La amé. La amé tanto que perdí la cabeza porque la cabeza me permitió amarla. La amé como si alrededor de ella hubiera un completo vacío. Nada más. Sus ojos mordiéndome el corazón, haciendo nuestro escenario un papel blanco infinito, en silencio, sin sombras, sin luces ni ruido. Lejos de ella, el mundo me empequeñecía.

-¿Quién limpió la sangre?

-Compré un reloj de esos de números que cambian porque uno cae sobre el otro. ¿Sabe cuál le digo?

-Sí.

-Lo colgué en la pared y pasó el tiempo.

-¿Y la sangre?

-Desapareció.

-¿Cómo?

-El día que no recordé cómo amarla.

Ella no está. Aún está. Y no está. Me disparo cada tarde, con idéntica ropa y en la misma esquina del salón para que ella aparezca y no diga lo que dijo, si bien, es extraño, acaba volviéndolo a decir, a repetir lo mismo que dijo. La sangre era espantosa, escandalosa, cuantiosa y mentirosa. Nunca imaginé que un corazón albergara tanto dolor; ahogó hasta inundarlo todo; rojo, rojo, rojo y peces de colores inquietos y desorientados. Aún está, la veo, de pie, con la copa repleta de vino tinto, diciéndolo otra vez. Después escondo el dedo sobre mi lengua. Muerto, no sé vivir. Vivo, no sé morir. Adiós.

Fotografía: Daniel Diez Crespo. 

La mariposa

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Respirar parecía matar con suma lentitud. El aire les ahogaba y eligieron permanecer inmóviles, uno junto al otro, sin tocarse ni mirarse, en silencio. Cualquier movimiento alimentaba aquella asfixia. Había una simetría inusual en el lazo de aquellos dos pares de zapatos negros, inquietos sobre el vaivén de la madera, tratando de sostenerse sin un solo ruido. La muerte era como un retrato colorista y surrealista, sonriendo al maniatar el gesto de los dos intrusos. A un paso de la puerta, intentaban romper la luz densa y oscura que, hinchada por el polvo, atravesaba veloz toda la habitación. El cuerpo, con la nuca aún recta sobre la almohada, destapado, no parecía dormir, y sin embargo, la mano izquierda desnuda que asomaba bajo las mangas de aquel largo camisón, temblaba dócilmente sobre el ombligo. La derecha, junto a su cadera, tensa, hecha un puño, como si escondiera un tesoro. La cama aparecía centrada, junto a una sola mesilla de noche sin lámpara y un libro azul sobre un centenar de hojas anilladas. En el espejo ovalado de la pared principal, encontraron sus miradas confusas asomando sobre los pañuelos de papel enmudecidos que les ayudaba a respirar.

-Hay alguien vivo en esa cama.

-No debí beber un refresco tan frío.

-¿La tripa? Es culpa del gas. Debes desayunar café.

-¿Por qué nunca ponen dos sobres de azúcar?

-Observa el movimiento de su dedo meñique. -señaló con los cuatro dedos de su mano derecha y abriendo el codo.- El café ha de beberse amargo.

-Los ingleses beben agua caliente sin azúcar -dijo-. No es respiración.

-Lo inventas.

-Hirviendo… -Aclaró.- Ahí algo está vivo.

-Algo es un pronombre que se utiliza para una cosa. Los muertos creo que aún muertos siguen siendo personas.

-Las plantas también son seres vivos. Sin embargo, ¿son algo o alguien?

-Hablamos a las plantas, alguien.

-Entonces un perro es alguien.

Los dos detuvieron el diálogo observando aquella cama. Eran figuras de hielo, hombro con hombro, vigilándose; el ojo izquierdo cosido al derecho. Intentaron profundizar su respiración para esconder el ruido del aire, incómodo, parecía el sonido de varios pasos a distintos ritmos. No lo consiguieron, y como dos anzuelos que al mismo tiempo son lanzados al mar en busca de una pieza, sus ojos se engancharon en el aire ante el desconcierto.

-¿Qué hacemos?

-El café después. Avancemos.

Instintivamente, los dedos vacíos cayeron hasta quedarse bajo los gatillos. Resbalaban lentamente en aquel tobogán de hielo. Era una caricia ante la indecisión. Nada les amenazaba en aquella habitación, oscura, sucia, quieta, casi quieta, y sin embargo, Joshua no podía dejar de sentir cómo desafinaba el temblor de su pulso en aquel alfiler. No quería hundirlo y perder una bala.

Alguien había llamado con los huesos de los dedos y no recordaba quién, la puerta cedió con suavidad, él siempre había aceptado ser el primero como gesto de valentía, y Liam preguntó en voz alta y grave, pero insegura, a un paso de él. Nadie respondió. El olor a basura, la cáscara de plátano era una hoja de un árbol de otoño a un paso del felpudo, la televisión encendida sin volumen, la aguja quieta sobre un tocadiscos, incontables libros en el suelo, como si hubieran llovido del cielo, y corazones de papel con colores gastados inundando la pared del salón. La persona que vivía allí estaba enamorada de algo o alguien. Había frases escritas en rotos de papel, desiguales, esparcidos por las dos mesas cristal, rodeando un ordenador, lapiceros, dos cuadernos y hojas en blanco. También  en el sofá y una silla de metal. Pensaron que al juntar cada una de ellas descifrarían un mensaje. Y sin embargo, cada trozo de hoja tenía su oración con principio y final.

-Vamos a separar las manos de la cadera.

-No voy a disparar.

-Nadie lo hará.

Allí permanecieron los dos, al final del pasillo, sin obedecerse, nerviosos, a los pies de la cama, equilibrando sus dedos bajo sus gatillos. Joshua recordó la llamada de aquella vecina, cobarde o preocupada, asegurando que aquella señora ya no compraba el pan. El cuerpo, en aquella cama, aparentemente muerto, continuaba en movimiento, tan lento como quieto. El estallido fue cómo descubrir la belleza de una minúscula calle en un pueblo de verano; inesperado. Una bala rompió el cristal, la otra agujereó la pared. Ninguna hirió. Ella gritó desesperada con la mano izquierda levantada, con tanto vigor que parecía tener un muelle en la axila, saludando con sumisión ante el poder. Antes de que alguien dijera una sola palabra, ambos observaron el aleteo nervioso y confuso de una mariposa.

Limpiaba su pubis en el bidé con una esponja amarilla, áspera, gastada y hermosa. Si la introducía en el agua durante tres segundos, y después la escurría, podría llenar un vaso de cristal. Había completado una hilera en el armario comprando nocilla para él. La comió, creció y desapareció. Empañados, gastados y arañados tras un armario de la cocina, ahora sólo servían para llenarse, cada noche, de largos tragos de vino. Siempre pensó que el rosa era granate. Echaba de menos el ruido del chocolate cuando él lo mordía con los dientes incisivos sin ocultar la sonrisa. No le gustaba la suciedad que invadía sus labios por no cuidar el orden en cada mordisco. Suspiró y volvió a pegar el jabón con olor a miel en la esponja. Sentada en el bidé, con las piernas separadas, quiso que las notas de aquella canción le acariciaran; le excitaran. Tenía que cambiar el cepillo de dientes que, con una uña de dentífrico, esperaba en el lavabo. Tenía que limpiar la aguja del tocadiscos del salón para evitar que hubiera tanto viento entre canción y canción. En los cortes, un mosquito parecía repetir una y otra vez un vuelo torpe y ensordecedor.

Ella hervía agua y pensaba si añadir dos o tres cucharadas al café. La cafetera francesa era perfecta para no añadirle leche. Tenía que escribir.

-¿Comerás algo?

-He quedado.

El agua humeaba entre sus piernas. Estranguló la esponja, y con suavidad empezó a aclarar el vello gris y rizado que escondía aquellos labios olvidados. Cuando él decía demasiadas palabras sin un pensamiento ni conciencia y todo aparentaba, con pintas de chocolate arañando sus dientes, se arrodillaba para limarlos lentamente con el perfil de su lengua.

-¿Con quién?

-¿Vierto el café?

-¡Ni se te ocurra! ¿Con quién?

-Hay que comprar mayonesa y yogures.

Ella descolgó la toalla del tirador y sintió la asfixia de la pena cuando el aire sopló y el silencio era toda aquella casa. Avanzó desnuda de caderas para abajo hasta llegar al salón. Pensó en el espacio engrandeciendo, en el tiempo avanzando. Él llegó a cumplir treinta y seis años en un solo mes. Él había comprado tantos pantalones vaqueros en cuatro semanas con camisetas de distinto color sin dibujos, que decidió olvidarlas en el tercer cajón de un armario que ella no abría. Había dormido treinta noches con los párpados caídos pero los ojos abiertos en la habitación en la que ella le enseñó a amar, en el mismo lado del colchón, lejos de la ventana, y ahora la parte de su cama aparecía desaparecida. Él ya no era suyo, y sin embargo, cuando le veía sentado en aquella silla verde de la cocina de patas débiles por el óxido, untando aquella magdalena en la leche, recordaba que lo fue. Allí no había nadie, pero veía su presencia con la misma nitidez con la que enfocaba una cámara segundos antes de ser fotografía. Al caminar de regreso por el pasillo recordó el replique de sus pasos descalzos cuando jugaba a perseguirle. Escuchaba su voz infantil retumbando en el cuarto de baño como si le hablara a través de un micrófono encendido

-Prefiero no verte desnuda.

-Volverás tarde, ¿verdad?

-Necesito espacio.

-Te estoy dando todo mi espacio.

-Otro espacio.

-Debemos gastar nuestro tiempo.

-Nunca podremos inventar el amor.

-Tan solo, recuerda, necesito escribirte.

Desenroscó la toalla, secó sus mejillas con una de las esquinas, y desnuda, en la cocina, echó tres cucharadas y vertió el agua hirviendo. Él servía el café demasiado deprisa. Ahora el humo de la cafetera empañaba el cristal. Él no llegó a cumplir más años. Ella no le vio desayunar en otras sillas. El espacio los vaciaron el último día. Ella miró a su izquierda y le vio sonreír con una galleta en la mano acercándosela a los labios.  En la ventana, había una mariposa quieta buscando alguna escapatoria. Tres minutos después, no había nada a su alrededor, tampoco nadie. Utilizó el mismo vaso, sin leche, negro, sucio, solo. Tragó con tanta ansia que le lloraron los ojos. Le quemó la lengua y recordó la frialdad de su clítoris. El espacio que él quería era el que ahora ella tenía. Bebió y empujó la misma silla verde, arrastrándola sobre la madera. No se sentó, únicamente observó la grandeza de aquel pequeño vacío.

Despierta, vertió más café. Un vaso le era insuficiente, como un suspenso con rotulador rojo en matemáticas aún sin la firma de unos padres. Dio pasos, perdida, desorientada, sin prisa, descolgó una braga del colgador del salón, y con suavidad, primero una, después otra pierna, escondió el inexistente pudor. Deseaba una falda de vuelo y pasear sin la necesidad de un camino. El cristal era una cárcel invisible y la mariposa continuaba sin aletear. Pensó en el amor, hermoso cuando era fugaz. Abrió la ventana, y ella no voló. Expectante, mientras cubría sus pechos con un sujetador, esperaba que el tiempo todo lo hiciera desaparecer.

Exhaustos, maniatados, empapados, fríos, muertos, sin ganas de darse un beso, ambos jugaban a esparcir su semen. Él estiró la densidad alrededor de su ombligo, pequeño y hundido, ella colocó sus dedos en los labios; olió, saboreó y sonrió con un suave gemido que pareció ser una gastada tos. Él nunca había tenido erecciones que le obligaran a despertar de madrugada, pero ella hacía pequeños círculos con la lengua alrededor de la cima de su pene que le impedían respirar. La asfixia le empujaba a eyacular, y sus labios, ágiles, levantaban el vuelo para ver cómo se expresaba tanto placer. El único sexo era oral. Ella a él, él a ella. Evitaban mirarse para evitar ver la realidad.

Empujaba, levantaba su cuerpo sin miedo a la lejanía del suelo; elevándola, sin vértigo, y en lo más alto, todo el espacio, como la inmensidad del mar vista desde un acantilado. Saltó porque él le enseñaba a volar. Era ligera, tan ligera como una pluma a merced del viento.

-Amar te vuelve inmortal, abstracto e indeterminado… -Ella sentó su cuerpo sobre la cama y buscó las palabras. Sólo obtuvo el aire arrastrándose desde el estómago.

-Buscabas amor.

-Y sin embargo, el amor muere demasiado rápido, demasiadas veces, y nunca resucita con idéntico aspecto.

-Está sobrevalorado.

-Tiene un precio. ¿Pero quién se atreve a pagarlo?

Él sonrió escondiendo el orden de sus dientes en el suelo. Destapados, continuaban sin mirarse. Él todavía era un niño. Ella no. Veinticinco años atrás tenía demasiadas hojas en muchos calendarios. Cuando cerraba los ojos y los volvía abrir, él continuaba con la mirada quieta sobre la almohada, abierta y cerrada, devorando la ranura que dejaba la puerta de la habitación. Tras él, en la mesilla, continuaba un libro azul que nadie leía. Le gustaba la forma rectangular de la cubierta sobre la madera. Ella le abrazó, pegó la grandeza de aquella espalda a la miniatura de sus pechos cansados, y el frío no fue temperatura. Él, tan quieto, quería escapar, agotar el tiempo, y mintió su sueño. En el silencio estaban todas las palabras.

Caminó desequilibrada en la oscuridad. Las letras corrían de un lado a otro por toda su cabeza; le ardían en el estómago, chillaban en el pecho, saltando hasta el desmayo, y ahogaban en la velocidad corta de su respiración. Recordó el día que su madre le compró una máquina de escribir; las teclas hacían mucho ruido. Cada palabra, al menos siete golpes. Puso sus dedos sin descanso en el silencio del ordenador, sobre la cama, cada noche, mientras sus piernas buscaban el calor con los dedos bajo las sábanas, acariciando la planta de sus pies. Él continuaba mintiendo que dormía.

Nunca pensó en regresar porque nunca contó el tiempo. Cuando escribió aquella historia de ciento doce páginas en un solo mes, todo se fue; todo despareció. Él y ella. El amor, como el cristal, era una cárcel invisible.

-Mira la línea de la espuma.

-¿Me persigues?

-No persigo lo que desconozco.

-¿Por qué yo? ¿Te inspiro?

-Tal vez me expires.

Ella cerró los ojos con aquella respuesta. No simulaba estar muerta, tan solo escondía el valor de la última frase. Le gustaba la batalla de todas aquellas primeras palabras, fruto de doce cervezas, tres noches y vergonzosas miradas. Nadie proponía el amor en un primer encuentro, pero ella lo desconocía y él lo exhibía en la inocencia de su mirada. Asentía al tiempo que masticaba su propuesta, lo hacía lentamente y con sumo placer. Le excitaba el misterio, y tras dos intentos e incontables dudas, había movido el taburete hasta pegarlo a ella; era una sombra, idéntica marca e idéntica pose. Poseía una nariz afilada que engrandecía el azul de sus ojos, y la barba le escondía su piel y aquellos finos labios que apenas sonreían. Los dos, viéndose sin observarse, habían llegado a la conclusión de que el amor con la palabra idéntico siempre era una mentira. Beber llevaba a conclusiones aparentemente inamovibles y a menudo erróneas. Cuando el anillo de ella golpeó en el cristal por quinta vez y levantó la botella, bebió hasta que los ojos comenzaron a rompérsele. Respiró, bajó el brazo y el golpe hizo un eco en el metal. Doce segundos después oyó el mismo ruido. La línea de la espuma estaba a idéntica altura.

-¿Quieres preguntarme algo? -Permitió ella.

-Me gusta cómo escribes.

-¿Me leíste?

-¿Por qué en tus historias no hay nombres?

-A veces la verdad carece de ellos. La realidad es anónima, pero nos empeñamos en etiquetarlo todo. No obstante, pensaré en un motivo tal vez más certero porque aún no lo tengo.

-¿Y qué seremos nosotros?

-Un vuelo fugaz, como el de una mariposa. Un día, desaparecerás.

Ella bebió más. Las líneas se distanciaron. La botella quedó vacía sobre la barra. Él estaba quieto, observando los objetos, sin una palabra, aceptando todo en aquel silencio.

Joshua y Liam no pudieron dejar de mirar aquella mariposa chocando una y otra vez su vuelo contra la ventana, nerviosa. Ambos habían guardado el arma con suma rapidez, evidenciando que aquellos dos disparos habían sido un gesto vergonzoso. Quieta, la luz parecía embellecer los lunares de aquellas alas. Aún respiraban bajo los pañuelos de papel enmudecidos. De pronto, saltaron sobre sí mismos, retrocediendo, cuando un bote blanco golpeó en la madera escapando de su puño. A la octava vuelta chocó con el rodapié de la pared de la habitación, y los do leyeron en aquellas letras rojas el motivo de aquel sueño tan profundo. Ella, sentada sobre la almohada, respiraba sin aire suficiente, estirando una y otra vez el camisón para ocultar sus rodillas. Consiguió apoyar la espalda en la cabecera de la cama, y al pestañear repetidamente logró que la nitidez comenzara a trazar el uniforme de aquellos intrusos. Sus zapatos negros aparecían de puntillas, y los lazos de aquellos cordones, despeinados, desiguales, en guardia, casi amenazando. Nadie supo qué decir. Nadie añadió una sola voz. De pie, hundieron los hombros intentando relajar aquella disparatada escena, sin embargo, en el momento que intentaron acercarse a la cama, bajo ella, una nueva mariposa echó a volar.

-¿Qué es esto? -Preguntó Joshua.

-El amor -respondió ella.

Ambos volvieron a enganchar su mano derecha al arma, aún caliente. Los ojos de ella buscaron la ventana, el gesto entristecido parecía derretirse, seco, vacío. La mariposa permanecía quieta en el cristal, como si observara la libertad. Leyó el título que decidió poner a aquella historia, anillada bajo el libro azul, y recordó el precio del amor; innumerable. Ardía el dolor de aquel vuelo fugaz; pactado. El desamor fue desprenderse de una vida. Joshua y Liam ya habían doblado las rodillas, también la cintura, posado su mano izquierda en el parqué. Idéntica pose. Cuando cruzaron la mirada, tuvieron que apretar el pañuelo de papel hasta detener su respiración. El nido era un tórax abierto bajo el colchón.

Fotografía: Johanna Knauer

Hamar

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Había caído al suelo, rendido, y sus tacones de aguja permanecieron sobre la bandeja de metal que contenía treinta y siete ordenadas salchichas crudas. Ella los había clavado con intención. Él podía simular ebriedad como un arma que causara lástima, pero jamás a costa de su cocina. Un minuto antes del desplome supo colocar el cigarrillo en la boca sin que le temblara el pulso, tampoco dudó, y fue acertado y preciso al colocarlo a la izquierda de su orificio bucal. Sus zapatillas blancas de goma dieron un paso, rechinó como un gato, reclinó el cuerpo y logró encenderlo clavando la cabeza a escasos milímetros de las llamas que parpadeaban en círculo en el único fuego vacío de la cocina. No fumó, sólo respiró con él entre los labios.

Ella había empujado la bandeja que esperaba su turno sobre la mesa, sin vocalizar antes un saludo. Ladeó cuando estuvo en el aire, pero ésta cayó entre los dos sin que ninguna de las ordenadas salchichas perdiera su posición. Únicamente hubo un estruendo. El pelo revuelto y sucio de él le cubría las mejillas y media mirada. Él sostuvo la cabeza hundida, permitiendo que su barbilla le escondiera la nuez, y nunca perdió de vista los ojos que le amenazaban. Los zapatos de tacón de ella atacaron en aquella debilidad con intención y frivolidad. Ambos pasos hacia delante acuchillaron la blanda piel de dos de las treinta y siete salchichas. Él escondió los párpados bajo la frente, afiló las cejas, y los disparos sobre la piel cruda dolieron como propios. Dos agujeros que no supieron sangrar. Su piel había pasado a ser un puñado de plomo. Fue apenas tres segundos después del tintineo. Alguien había iniciado una hipnosis, y él había comenzado a apagarse. El cuerpo no tiene eco al golpear contra el suelo. Ella permaneció inmóvil; acostumbrada. Si alguien hubiera puesto la mirada a la altura de su cabeza derrumbada sobre el suelo, habría divisado los posos de la última copa de vino luciendo entre las rendijas de las piernas de ella, junto al fregadero. Había vaciado el último dedo de vino tinto ordenando la bandeja de tiras de bacón que ahora comenzaban a quemarse en el horno. Ni siquiera la luz del sol rompía con claridad en las ventanas de aquel sótano. Ella había programado tan temprano el despertador para decirle adiós en el mismo escenario en el que le conoció. Allí, aparentemente muerto, no respondió a los siete puntapiés que ella le dio en el hombro. Tímida, parecía tocar la puerta de un desconocido. Deseaba aquel vacío. No quería obtener respuesta y el silencio le tranquilizó. Con idéntico cuidado, extrajo la segunda aguja de su zapato de la otra salchicha herida, estiró con delicadeza un brazo, descolgó una de las notas del día anterior de un camarero, y junto a las palabras, ‘sopa y cerdo’, escribió, ‘Adiós, Gloria’.

El agua fría en la cabeza por sorpresa acelera el corazón. Andy recordó un último trago de ron en la oscuridad de su salón mientras desgastaba con el pulgar la flecha que había  en el botón del mando a distancia. Los colores llamativos tras el cristal convertían a los vestidos en evidentes mentiras que evidenciaban lo que uno desea imaginar. Él sólo deseaba levantar el elástico para romper con su erección aquel curvado culo hasta verlo sangrar. Ella alargaba demasiado las vocales agudas. Hubiera enmudecido el volumen y no lo hizo. Habían gastado horas en cubrirle la cara de una masa de mierda, color mierda; sabor mierda; adornándolo todo con un trazo rojo que ponía perfección en unos labios que él sólo deseaba masticar hasta poderlos tragar. Cualquier hombre le hubiera preferido cadáver. Andy, con un ojo en el reflejo de la puerta de la habitación quieta sobre el espejo que ella colgó en la esquina de una pared del salón, simplemente se masturbó No le dolía recordar el deseo hacia otras mujeres, le dolía la enorme distancia entre el salón y la habitación. Le dolía también el pecho. Le dolía respirar. Aquel balde de agua fría le había arrugado la nariz, los ojos, la barbilla y encogido los labios. Retiró su pelo empapado de la cara y recogió el cigarrillo roto y mojado del suelo. Lo escondió entre los dedos. Aclaró la mirada y vio el gesto aterrado de Paúl, aún congelado y con la mano alzada a punto de repetir su último movimiento. Abofetear es un claro gesto de desesperación.

La madera quemada huele bien. Fue el primer pensamiento que su cerebro convirtió en frase cuando fue consciente de ser consciente. Después, puso una rodilla en el suelo, y muy lentamente logró ponerse de pie. Había un olor nauseabundo en la grasa quemada. Posó sobre la cajetilla, junto a la botella, y esperó que el tiempo lo pudiera secar.

-¿Todas?

-Salvé seis.

-La derecha.

-Ya llamé.

-El calor siempre es mayor en la izquierda -reflexionó Andy-. ¿Cuándo vienen?

-Mañana, temprano.

Andy puso la mano sobre el bolsillo que el uniforme blanco le dejaba a la altura del pecho. Allí insistía el dolor, sobre su corazón, y como el horno estropeado, quemaba. Mero desequilibrio. El roto había descontrolado el fuego en su lado emocional. Buscó a su alrededor, vio la copa con un cerco granate junto al pie de cristal, y pasó el dedo índice por su interior. Después, chupó, miró el vacío de la botella a su lado, y prestó atención a la inquieta mirada de Paúl, que le examinaba una y otra vez como la luz de una fotocopiadora con exceso de saldo. Asintió, levantó la bandeja del suelo, retiró las dos salchichas agujereadas y fue a por veinte tiras de bacón.

Andy estuvo sentado en el restaurante completamente vacío mientras mantenía los ojos clavados en su bol con cereales, leche y fruta en almíbar; piña y melocotón. Había hundido la cuchara, ni siquiera removida, y llena, no la lograba sacar. Su mano izquierda, también fija, sostenía el teléfono con once números que sabía de memoria y no iba a tener el valor de marcar. Lo liberó sobre la servilleta. Cualquiera hubiera confundido su presencia con la de un retrato sin marco colgado en una vacía pared. Quizá con un muñeco de cera; un cadáver que esconde un fino disparo en la nuca aún por descubrir. Paúl, de pasos habitualmente sigilosos, caminaba con una taza y una tetera en la mano izquierda. La derecha la utilizó para poner sus dedos en la ficticia yaga; cerca, muy cerca del ficticio agujero de bala ensangrentado. Aquella mano era un evidente gesto de consuelo y no había herida alguna. Tan sólo provocó un chispazo y dos espasmos.

-Recuerdo una canción que decía, las mujeres son un problema.

-La mía es una solución, un equilibrio.

-La otra persona que te permite jugar en el balancín -insinuó Paúl.

Andy soltó al fin la cuchara y empujó el bol alejándolo de sí sin siquiera haberlo probado. Buscó en el bolsillo del pecho y sacó un cigarrillo. Vio la desaprobación de su  acompañante, pero retiró el pelo de su cara y no detuvo la intención. Miró a su espalda y, durante tres segundos, centró la mirada en el candado que daba acceso a la bodega.

-Me veo hundido en el barro. Veo el vacío del asiento en lo alto. ¿Cómo se conquista a la persona que amas cuando no te ama?

-Tratas de olvidar.

-¡Qué verbo tan horrible!

-Sí. -Paúl sirvió té en la taza- Irrespetuoso con la realidad. Olvidar no es una elección.  ¿Desistir?

-Desistir es como morir.

-Resignar, conformar, asumir, suplir o sustituir, también desaparecer para poder aparecer, que es como olvidar para crear cosas nuevas que recordar, y sobre todo, mentir para inventar una vida más idónea a la realidad que deseamos.

-¿Te han roto alguna vez el corazón?

-No.

-¿Has visto alguna vez nevar con sol?

-No.

-Mira, Paúl -señaló a la ventana-. Yo imagino a un matemático enamorado de sus matemáticas. Apasionado, adicto, necesitado, obsesionado. Imagino que un día en su casa haciendo sus fórmulas matemáticas descubre que hay una que no da la solución correcta. O tal vez no tiene solución, o él no la consigue. Y lo intenta, cada noche, apenas duerme, e insiste, pero sus resultados siempre dan error. ¿Debe dejarlo? ¿Quieres más té? -Niega y Andy se sirve un poco en otra taza.- No. Él no lo deja, no lo olvida, no inventa la respuesta, no desiste, lo intenta una y otra vez hasta dar con la maldita solución.

Los dos, que si inclinaran las cabezas podrían tocarse la nariz, hicieron desaparecer la mirada bajo la frente.

-Siempre me pareció más eficaz la escritura -puntualizó Paúl.

-La escritura siempre amó mejor que los números.

-¿La amas?

-La necesito.

-Escríbeselo.

-¿Qué la necesito?

-Que la amas.

Andy cogió la servilleta de papel y el teléfono resbaló hasta la madera de la mesa. Intacta y blanca y doblada quedaba sobre un plato, a su izquierda. La desdobló y estiró, extrajo un bolígrafo negro del bolsillo de su pecho y pegó la punta para iniciar el trazo de la primera letra.

-¿Amar es con h?

-No.

-Paúl…

-¿Qué?

-Si la hache es muda, ¿Por qué no?

-Escribe como amas.

-Hamar, con h, que es muda.

La mueca que anudó entre sus labios con sus propios dientes le hizo recordar lo sediento que estaba. La hora en su muñeca le liberaba. Aquella palabra escrita con mayúsculas bajo sus ojos le asustaba. Paúl no miraba, sólo vigilaba la luminosidad de su teléfono y de vez en cuando la nieve desordenada por el viento al otro lado de la ventana. Andy escondió aquellas letras con un solo doblez, y rápidamente quiso guardarlas. Metió la mano en el bolsillo del pantalón, pero entonces, aquel vacío le sobresaltó. Veloz, su mano saltó al otro muslo sin soltar el papel, escarbó y empuñó la tela desde el interior. Abrió la palma de su mano, y antes de vocalizar la ausencia, aquella servilleta arrugada entre sus dedos aún gritaba cada trazo: ‘Hamar’.

-Mis llaves.

El motor de la nevera era intermitente. En el silencio, ruidoso, como su maltratada respiración. No podía dormir, necesitaba otro cigarrillo y la cajetilla estaba a dos instantes más de quedarse vacía. Todavía no amanecería. Le incomodaba un temblor inusual en sus dedos. Había acomodado su habitación con dos largos cartones entre la mesa principal y los fuegos de la cocina. Los pies de aquella improvisada cama quedaron junto a la torre de hornos. Dos. Cuando arrancó del suelo la tercera copa ansió que una fuga de gas le durmiera. Llenó una cuarta. Dormir como una tregua de la vida. Dormir como un ensayo de la muerte. Andy había olvidado despertar. A dos días estaba ya la distancia de sus sueños. Crecía la lejanía y nadie decía adiós por la ventanilla del asiento trasero del único coche. Él reconocía su melena suelta, corta y negra. Ella iba al volante. Ella había ido al peluquero. Ella desaparecía. Ella. Ni siquiera utilizaba su rostro para reflejarlo en el retrovisor, y sin embargo, él no dejaba de mirarla. El motor, el otro, re-arrancó con más fuerza. Dio un largo trago mientras jugaba con el candado que daba vueltas sobre un solo de sus dedos. Utilizaba la derecha para beber, la izquierda para jugar. Cinco dedos y dos manos. Pensó que la vida eran números pares; dos ojos, dos orejas, dos labios, dos mejillas, dos narices, de ahí la expresión ‘un par de narices’. Sintió la necesidad de partir su lengua por la mitad, pero únicamente puso el filo del cuchillo entre sus dientes. Después, el dolor le acobardó. La vida eran números divisibles. Dos piernas, dos brazos, dos huevos, dos culos. La vida nunca fueron números primos. Siete años. Y la singularidad siempre la vendían como sinónimo de tristeza. Sin lazo ni envoltorio; directa para el uso. Allí, a oscuras, con la luz de emergencia haciendo de su figura de pie una larga sombra, sintió la necesidad de acompañar a la botella. Camino descalzo por el frío suelo de la cocina, empujó la puerta giratoria que llevaba al restaurante, y a tientas, sin encender una sola luz, llegó de memoria a la bodega. Sería la única pareja de la noche.

Decidir no era un hecho, pero significaba la muerte de todos los pensamientos contradictorios. Nadie borraba siete años de un solo trago. Tampoco cientos o decenas de miles. Morir es olvidar. Su idea, libre, grande, enorme, gigante, única, aunque imposible, quería aferrarse a lo que cualquier ser humano con el corazón ensangrentado se aferra; la vida. No era amor lo que dolía, porque el amor no duele, era la vida. Andy amaba y amar le hacía sonreír. Era la pérdida de su vida. Él había entregado todo, y sólo tenía un resquicio de lo que fue, su piel, y bajo ella, infinidad de recuerdos atormentándole.

Volvió a llenarse la copa, volvió a jugar con el candado, volvió a beber, volvió a beber, beber como droga de olvido temporal. Accedió entre lágrimas a fumarse el penúltimo cigarrillo y rompió otra pareja; vuelta a la individualidad. La nevera gruñó haciendo evidente que mantenía con vida los alimentos. Morir jamás les fue importante. Andy quiso el valor de enfriar al calor que le mantenía con vida.

-La amo.

-Algo más deberás escribir.

-¿Qué?

-¿Qué sientes?

-Dolor.

-El dolor no es amor.

-¿Es desamor?

-Buen término. Pero no escribas el dolor que te causa. Escribe el placer que supone estar a su lado. Hazlo sencillo, conciso, breve y sincero. Y hazlo deprisa porque en cinco minutos servimos desayunos.

La punta del cuchillo quedó congelada sobre la madera, elevado, en diagonal, en medio de una cebolla. Andy retiró su pelo y después continuó cortando a gran velocidad. Cuando se detuvo fue un frenazo inesperado, soltó el cuchillo como si quisiera dar un portazo, sacó la servilleta del bolsillo del pecho, sacó el bolígrafo, le quitó el tapón y hubo una enorme sonrisa. Al terminar, giró y enseñó.

“Hamar”

Hamar eres tú coloreando el dibujo de mi vida.

A Andy no le habían enseñado a llorar y sólo supo hacer ruidos con la garganta sin mojar siquiera la comisura de sus ojos. El dolor en el pecho le estrangulaba el estómago e intentó eliminar aquella consciencia una vez más. Media botella, desconocía la hora, recordaba muchos gritos y una luz intensa al caminar. ¿Era la vida ida y vuelta? Recordaba golpear un muro de piedra y no lograrlo derribar, sin embargo, no había sangre en sus manos. Lo asumió como impotencia de algo acontecido. El vacío de su memoria como parte de esa mentira que convierte la realidad en algo idóneo. Ante sus ojos, en lo alto de la mesa, se alineaban cuatro cazuelas, dos cazos, todo limpio, la madera ligeramente recta, y sobre ella, tres cuchillos. En el metal limpio pudo comprobar que le había crecido la barba medio centímetro y tenía los dedos sucios de pasarlos por el fondo de la copa de vino. El granate siempre fue el color de una bonita flor. Los fuegos aparecían apagados, y aquellos pasos, al detenerse, hicieron ruido porque en sus dedos olían a café. Serenos, elegantes, autoritarios y seguros, cuando estuvieron quietos, hablaron como reinicio de una conversación que él no recordaba.

-Doscientos cincuenta.

-¿Hoy?

-Hablo del dinero que te has bebido, Andy.

-¡Fueron tres! -Gritó con el diálogo anterior atropellándose al fin en imágenes mientras su voz aún permanecía en el aire.

-Andy, debes ayudarte. Pagar las botellas, pero primero ayudarte.

-¡Sólo tres! 

-Levántate del suelo, por favor, y vete -Invitó con exceso de serenidad.

-¿Te han roto el corazón alguna vez? -Posó la palma izquierda de la mano en el suelo, empujó su cuerpo, lo levantó, quedó ante sus ojos y bebió de la botella.

-No, Andy, pero el desamor no justifica ningún delito.

-¿Sabes cuánto duele el pecho cuando intentas amar con todas las letras y las letras quedan arrugadas en la palma de tu mano? ¿Cuánto duele el desamor cuando desaparecer tu hogar porque las llaves, aunque abren la puerta, ya no es tu hogar? ¿Cuánto duele el vacío? ¿Sabes cuánto duele la impotencia?

-No, Andy, no lo sé, pero tampoco creo que…

-¿Has amado sin importar cómo se escribe amar?

-Amar no puede tener faltas de ortografía.

-Nos hacemos daño sin medir el dolor ajeno -continuó, esta vez aliviando el escozor de sus ojos en la ventana de la cocina que daba a la calle-. Dañamos, dañamos, dañamos y cada vez nos importa menos el daño que provocamos. Tiramos la piedra, le abrimos la cabeza, escondemos la mano, miramos a otro lado. Damos todo, quitamos hasta dejar nada y continuamos como si nada malditamente pasara. ¿Has sentido perder todo en un segundo?

-¡Andy, basta!

Lo hizo tan rápido y conciso, que ni siquiera el intento de dar un paso atrás fue suficiente. Toni aún sostenía humeante la taza de té, miraba atónito el movimiento, y el miedo desapareció de inmediato al sentir pavor.

 -Ahora entiendes mi dolor.

Vivo, caminó muerto. No supo quién le miraba. Sin el control de su emoción y su razón, aquel cuerpo era como una pluma a merced de los movimientos de cualquier soplo ligero. En él pudo sentirse ajeno a sí mismo. Y sin embargo, dentro, sólo él, sin el resto del mundo. Sólo él como importante. Levantó la botella para clavar el final entre sus labios. Luego la rompió en la cocina. Desarrugó la servilleta de papel de entre sus manos, leyó y la soltó. Apenas voló. A Andy le sangraba el corazón por dentro cuando, sin siquiera mirar su rostro, observó que el cuchillo había atravesado su americana y la camisa blanca de cuadros. Rápidamente comenzó a sangrar del pecho.

Fotografía: Bob Carlos Clarke

Mirándome

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Demuestra lo que nunca podrías decirme, entonces, nos olvidaremos de las bragas que te cuelgan del dedo. Demuestra y cierra la puerta. Con el tiempo haremos olvido de los detalles. Vivir es observar y hace demasiado tiempo que tú y yo no nos prestamos atención. Ni tu dedo ni las bragas. Me vendes sexo gratuito que detesto. Lo he utilizado, pero hoy, cuando escribo el verbo complacer me doy completo asco. Tanto asco que pisoteo su significado. Torturas mi estómago y me repugnas hasta incitarme más allá del vómito, porque el vómito sólo es un dulce batido de vainilla con pajitas de colores. Lo digo porque alguien debe poner en voz alta un sentimiento, y tú, ahí, desnuda, sucia, eres la mujer cobarde que nunca quise. Te quise como el sonido que no tenía y necesitaba. Te quise como la compañía de mi soledad. Por ello te mato. Nos morimos, nos acercamos placenteramente a la muerte, lo enseña la piel, pero aún siendo tan tarde, estoy convencido de que hoy es la hora perfecta para partir en dos la soledad.

A mí me duelen las orejas, y al respirar, aún le echo de menos. Me duelen las orejas del frío, como las rodillas. Le observo y ensucias lo que yo sólo veo con cada uno de tus gestos, libres, hinchados de hipocresía, danzando con infinitas clases de sonrisa. Basta ya de inventar sonrisas para la misma rutina. Curaré la herida y podrás decirme adiós. Me gusta la palabra adiós porque es una despedida definitiva. En alto, con claridad, mirándote a los ojos como te estoy mirando, adiós es valor. Saldaremos la deuda. Mi dolor por tu dolor. No tengo miedo a la sangre que calienta los dedos. Limpiaré el rastro y ambos poco a poco estaremos curados. También borraremos una a una las  gotas de semen que se perdieron inertes en el interior de tu vagina. Si quieres, si necesitas, ahora que has perdido el equilibrio, las bragas y has tirado los brazos bajo tus pechos, antes de que el frío te esconda por completo, olvida y corre desnuda por la playa, porque sé que aún, si buscas, tropezarás con la desesperación. Anoche dejé la puerta abierta. La desesperación en ti es un hombre; te lo traduzco porque reconozco ese gesto de desaprobación y desavenencia. Perteneces a ese colectivo de  personas que necesitan compañía; cualquiera. Eliges el sexo opuesto sin medir ni valorar el contenido. Es importante quién comparte un desayuno a tu lado. Yo quiero que mi taza tenga todo el espacio en esta mesa. He mentido demasiado tiempo. A ti porque, no a mí, porque yo sabía mi mentira. Te he utilizado como al destornillador del vecino. Hoy lo devuelvo porque ya no necesito apretar tornillos. Tal vez continúen sueltos, sin embargo, no me preocupan. Y lo admito y me culpo, pero despertar dormido en el suelo, sobre la delicia y rugosa fría madera, lejos de mi colchón, en el que a gritos me buscabas, ha sido la inyección. Pongo la voz para cortar el veneno que descontrolado nos embriaga. Lo curaremos de camino hacia el final. No nos queda más que desesperar. Desesperados, solos, seremos sinceramente más felices. Tenernos el uno al otro no es suficiente, es mentirnos. Prefiero el café de cada mañana pensando que no hay nada detrás de mi ventana, y todo al observar el mar.

Me sobran tres dientes pero hace días que no cuento si queda dinero. Tres dientes como las tres últimas décadas a tu lado. Al respirar, siempre sucede todo al respirar. El sexo es respirar. Quiero un poco más de café. No. Quiero whisky. Quiero un vaso de cristal sin hielos para sentir que este frío rinde debilidad ante mi cuerpo. Es temprano, Mariana, lo sé, pero necesito beber para soportar que tú y yo estamos sentados aún aquí, quietos, estáticos, tan temprano, en silencio, muriéndonos, sin tocarnos. Dúchate y ponte ropa. Un vestido rojo alegrará otros ojos. También tus ojos, que aparecen cada vez más hinchados, y ya no sé si llueve demasiado o guardas toda la mierda que no te atreves a decir cuando despiertas cada mañana. No saldrá el sol. Asume que la vida, a esta altura, es un paseo hacia la oscuridad, y aquí te estoy tendiendo el último camino. Haz la maleta. ¿Escuchas? Las ratas arañan la madera. Al oírlas sé que sus uñas serán mejor compañía. Echo de menos su música. Prefiero las ratas, sí. Las ratas comiendo queso en esta mesa mientras disfruto de las arrugas de la cama deshecha. Deseo ser dueño de lo que observo. La crueldad no son más que palabras que tratan de ayudarte a disfrutar del odio. ¿Escuchas? Amo el ruido de la lavadora cuando es intermitencia. Hoy yo tenderé la ropa mojada. Vete.

-¿Quieres un cigarrillo?

-No -respondí-. Quiero que no te vayas.

-A veces un disparo requiere ser devuelto, por eso creo que debo irme.

-Si hablas de dolor, que te vayas será lo más doloroso de mi vida.

-Aún somos jóvenes.

-¿Más café?

-He pensado que deberé comprar un abrigo largo y caro. Dicen que allí hace demasiado frío.

-Dos mil trescientos cincuenta y cinco.

-¿Grados?

-Kilómetros.

-¿Exactos?

-Lo busqué y encontré en un libro. Los libros tienen toda la información que nunca podrías imaginar.

-¿Más café? -Preguntó.

-Prefiero un beso tuyo.

-Voy a por más café.

Sus pies descalzos sobre la madera sonaban como una orquesta afinada al milímetro. No necesitaba un director porque él era cada instrumento. Su forma de caminar regulaba la nota precisa de cada músico; el ritmo, el volumen, la fuerza y suavidad, la aparición y desaparición de la sinfonía; cuerda o viento, o ambos, y de pronto, quieto, en aquel silencio, ponía cada poro de mi piel como la de una gallina desplumada sobre la madera de un carnicero antes de ser cortada en dos. ¡Zas! Eyaculaba la erección desnuda sobre el bajo de la mesa y no necesitaba limpiar mientras me sujetaba al respaldo de aquella silla. Observaba su figura como un cuadro, un lienzo; un retrato; inmóvil y eterno. Respirar tan invisible era vivir el amor de mi vida.

-¿Leche?

-Una gota, o dos, no más.

-Hoy hace un día maravilloso para que camináramos hasta la ciudad.

-Llueve.

-La lluvia deja un sonido increíble bajo los zapatos.

Sujetó la cafetera y no me miró. Volcó despacio, como si alguien le estuviera vigilando y no quisiera hacer ruido. Cuando regresó con las dos tazas de metal, de idéntico color blanco, pude adivinar lo que no quise decirme. Sin embargo, el pensamiento siempre lo utilicé de manera incontrolada. Cuando le veía caminar pensaba en sexo. En nuestra forma de sujetarnos como dos animales peleándose, luchando por su jerarquía. Imaginé esa forma salvaje de penetrarnos, sin medir el daño, tan dentro que a veces el placer robaba espacio al dolor y  llorar era morir en dos aullidos, sumergidos y desorientados por la palabra orgasmo. Gritarnos y querer destrozar aquella sujeción que bailaba ruidosa sobre la almohada. Empujábamos aquellos hierros cruzados de la cama y los golpeábamos rabiosos contra la pared.  Presionábamos y azotábamos con el único deseo de que la pared cayera. Chillar, morder y arañarnos, apresarnos los labios como si nuestros dientes fueran trampas afiladas de metal que cazan osos, y corrernos, explotarnos hasta atar nuestros cuerpos sobre el colchón; exhaustos, sólo era necesario respirar.

Amar es tan grande, que mirándome, asumo que he vivido muerto tras aquel adiós. Adiós no quería que fuera una despedida definitiva. Mañana, la cocina volvería a estar vacía.

El dolor es ausencia. No es dolor el cuchillo que hace dos horas me has clavado en la pierna. Ya no duele nada. No marea la sangre. Nunca más voy a tratar de sobrevivir. No necesito limpiar si la suciedad me gusta. Limpiar es a veces aparentar, como pasear cogidos del brazo y hablar por hablar. La vida debe curarme porque hay demasiadas heridas abiertas. ¿Observas? Hace semanas que sólo observo y al observar encuentro demasiado que no quiero ver. Sin embargo, sé que es importante observar. Miro a mi alrededor, a ti, a los objetos que te y nos rodean. Me miro mucho a mí. Mirándome he aprendido a descubrir lo que no me gusta de mí, y es tanto, que empiezo por eliminarte a ti. Es necesario observarse a uno mismo. Imagino mi día a día desde fuera de mí. ¿Lo has hecho alguna vez? Obsérvate ahora, despeinada, rabiosa, desmaquillada y llorosa, inquieta o nerviosa, gritona, y ante todo, desorientada porque no tienes ni puñetera idea dónde dormirás esta noche. No te duele el corazón, te duele la incertidumbre. ¿Te defino? Sí, lo haré. Si te veo, si te dibujara o tomara una foto, serías lo que eres, un trozo de piel rota que caerá en los sesenta sin más que un vaso de cristal entre los dedos en el que poder equilibrarte. Tienes mi necesidad y esa enfermedad nos ha mantenido aquí.

Me observo triste. Tan triste que no me soporto. No aspiro sonreír con tu ausencia. Aspiro a la sinceridad. Ser sincero conmigo es el principio de una verdad. No cambiará la realidad. Mi rostro es viejo, descolorido y quieto tras un cristal. Me observo así, quieto, en silencio, mirando algo que echo de menos. Echo de menos el tabaco encendido. Echo de menos caminar. Echo de menos sus pasos. Echo de menos el café en dos tazas y nada más. Echo de menos su bolígrafo con prisa sobre el papel. Echo de menos mis sonrisa. He olvidado y lo añoro, incongruente, pero cierto, el sexo de verdad, el que te mata porque tu cuerpo pesa más que la posibilidad de respirar. ¿Recuerdas esa manera de amar, Mariana? Echo de menos desnudarme y sentir que enfrente de mí tengo el cuerpo de un hombre. Él.

La ceguera de mi ojo izquierdo es una metáfora de mi vida. Muchos años leyendo libros que nunca supe escribir. Aspiré a inventar mis propias historias, y sin embargo, sólo he escrito cartas a alguien que desconozco dónde estará y que nunca envié. ¿Recuerdas su rostro serio? Amo la seriedad en la mirada, la doblez de la piel en la mejilla, la delgadez en la barbilla, la dureza de los labios y el silencio de su voz. He perdido el apetito como la velocidad del crecimiento de mi barba. He perdido la hermosura de las mejillas, y la muerte es la calavera devorando mi piel. Amo. Le amo. Amar es algo tan grande que morir es insignificante. Amo, aunque si miro atrás, no le veo, y sin embargo, mirándome, nunca desaparece de mí.

No olvides aquella caja roja, hay collares, pendientes y dos anillos. Mañana no quiero un solo rastro de mujer en esta casa.

No supe escribirte una carta y sin embargo guardo decenas en un cajón. Estuve sentado allí, en aquella esquina, nuestra esquina, durante meses, semanas que fueron meses, que fueron años. Maldije tu decisión cobarde una y otra vez hasta que la campana ponía el último trago. Al principio siempre tienes esperanza. Después asumí mentiras evidentes que el amor siempre disfraza. Las cubre con una sábana, como cubrimos los cadáveres sobre la carretera. Cubrimos los miedos, ¿verdad? Allí, en aquella esquina descubrí miedos y verdades entre las letras infinitas que escribía para ti. Palabras que decían lo que sentía sin alcanzar lo que de verdad sentía. Allí, en nuestra esquina. Bebía, vivía, mientras sonaban canciones que tú adorabas y yo nunca identifiqué. Amaba escribirte. Necesitaba beber. Creía importante aquella soledad. Dejé que la barba me creciera. Éramos jóvenes, ¿recuerdas? Compré sobres blancos. Algunos aún quedan vacíos. Al cerrarlos y esconder mis letras, todo lo escrito era una maldita mentira. Quizá por ese motivo descansan con tus señas en el cajón. Ni siquiera compré sellos. El último paso debió ser comprarlos, chuparlos y enviar cada carta. Atreverme al vacío de tu respuesta. O a tu respuesta. Sólo escribía y vivía en aquella esquina como la desesperación de sostener tu contacto.

Caminaba el andén. ¿Has escuchado el ruido de los trenes? No todos suenan igual. No sólo depende del modelo, sino del conductor o el número de pasajeros. Te imaginé tantas veces volver, y al final del día, al anochecer, siempre era el mismo recuerdo.

-¿Volveremos a vernos?

-Sí, por supuesto.

-Podría recorrer dos mil trescientos cincuenta y cinco kilómetros.

-Te llamaré en cuanto llegue, pero tú empieza a escribir, disfruta de tu tiempo, te lo mereces. Yo tardaré días en acostumbrarme a la ciudad, al trabajo…

-No habrá beso de despedida, ¿verdad?

-Lo hubo.

-Te amo.

Uno mira lo que desea más allá de la realidad. El andén tuvo un silencio, tuvo un vacío que yo jamás escuché ni miré.

Es la hora imperfecta, pero es la hora, Mariana. A veces nadie dicta los momentos en los que alguien escupe las palabras que rompen una vida. No mires la sangre, parará. El cuerpo humano es más inteligente que un cuchillo de cocina. El dolor poco a poco desaparece, y sólo te pido, que lo que guardas en esa maleta, por tu bien, lo tires. Cada objeto, llevará siempre una parte de mí. Nos hemos envenenado, y la cura de este veneno requiere tiempo, pero sobre todo, requiere matarnos.

-Te amo.

-¿Sabes el significado del verbo amar, Mariana?

-Sí… -Titubea desde el felpudo.

-No, no lo sabes. ¿Y sabes por qué?

-¿Por qué?

-Nadie podrá jamás poner las palabras exactas de su significado.

-Cúrate la herida, por favor.

-Adiós, Mariana.

Fotografía: Willy Ronis