El amor delgado

IMG_20151213_194551El amor no dijo nada, no tocó nada. Y con una cruel lentitud, como un cadáver bajo la oscuridad de los árboles, fue deteriorándose. Ni una herida. Moví su gesto triste, la cabeza estrangulada por el apetito, y tampoco hubo un rastro claro de la muerte. El amor era una caricia, y derramado entre hojas secas, yacía áspero e insensible. Desmejorado, sostenía a duras penas el peso del agua en ambas palmas de sus manos. Acerqué el espejo en busca de un halo o aliento, pero el amor reiterado continuaba tendido y frío. Cerré la caja de cartón y observé la sonrisa larga e imperfecta que él había cosido en la superficie. El único sonido que había en la minúscula habitación era el de un exhausto corazón, desnudo, empapado en sudor y abandonado. El amor, una vez más, no dijo nada, no tocó nada, y sin embargo, por algún extraño motivo, era un ser humano aún vivo. 

Christopher me mordía los labios cuando hacíamos el mismo amor. Después, mezclaba mi sangre con la tinta de un rotulador, dos gotas de su propio semen, y expandía el cóctel en un trozo de tela cualquiera. Arte, decía. Cogía sus dedos y observaba su todavía dura e imperfecta erección. En la soledad, en silencio, los dos sí éramos perfectos. En compañía, entre palabras, rompíamos con excesiva belleza toda nuestra imperfección. 

-Haré huevos fritos.

-La ciudad torna hacia un caos y no es poesía, dijo el Rinoceronte. 

-¿De qué hablas?

-De huevos fritos, yemas líquidas y de la necesidad de eyacular.

-¿Más?

-En los tejados, querido Sam, sólo hay finales y suicidios. Tú y yo estamos aquí en este menudo apartamento, aún desnudos, hablando de comida, evitando la ciudad, dibujando un libro infantil, y conversando únicamente de ti y de mí, los dos protagonistas.

-¿Qué deseas?

-Soledad. La calma radica en la ausencia, y quizá por eso nos amamos, para escondernos el uno en el otro hasta desaparecer.

-¿Nos amamos?

-Sí. Pretérito perfecto simple.

Gateó sobre las sábanas arrugadas hasta los pies de la cama y analicé la hermosa perspectiva y textura de sus testículos colgando bajo aquellas viejas nalgas. Descabalgó del colchón, y tras posar sobre una circular alfombra de retazos, buscó la ropa interior. Caía con lentitud su rigidez, alzando ambos ojos hacia un vacío en el que yo jamás supe llegar. Él era mi hombre desde hacía doce meses y trece días, pero jamás había logrado poseerle. 

Adoraba los tejados, los gatos blancos, el paso de las nubes, y odiaba su palabra entrelazándose con el sobrepeso de la verdad. Christopher era un hombre adulto, coleccionaba pajaritas de tonos lóbregos y pastel que vestía con soberbia y distinción. Procedía de una familia distendida y distinguida, y coincidí a su lado, por primera vez, frente a un lienzo aterrador de Cézanne. ¿No ves el cuadro torcido?, preguntó ladeando la cabeza. Soslayé las pupilas y advertí su perfil, en la misma posición, con una breve mueca de preocupación y decepción, y sin ofrecerme en ningún instante la propiedad de la dudosa cuestión. Permanecí quieto, respirando un ácido perfume de intensos matices cítricos, atorado o asustado. Devolví los ojos al cuadro y sentí que su voz trocearía mi ser si emergía de nuevo. Nervioso, crucé los brazos, él desapareció, y yo, recliné el cuello hacia la izquierda en busca de su espacio. Me fui y regresé, y en el mismo lugar, junto a él, contesté a la pregunta tres días después. Muy torcido.  

Amaba sin saber de amor el peso de la edad en su cabello, nevado, duro, seco y recto. En ocasiones, indomable como su carácter, recio, creativo e indolente. No me enamoré de él, me enamoré de la rareza, la originalidad y de la pasión fugaz que desprendía en la rutinaria y corta acción que suponía desabrochar una camisa. Un señor, decía él vertiendo azúcar moreno en un café negro aún con un milímetro de espuma en lo alto de la taza. ¿Por el anillo?, pregunté. Porque nunca verás mi lengua dentro de tu boca, respondió. 

Extendí la misma sábana arrugada sobre mi cuerpo, lo cubrí, y bajo la frialdad del lino, vi caer la mirada que había alzado. Vi tristeza como lluvia que se expande sin límites en el asfalto, pero la dejé correr.

-¿Deseas que me vaya? -Sugerí.

-Y que frías los huevos fritos que me prometiste. 

Arrancaba margaritas y la hierba crecía más de lo habitual en verano. Nadie la cortaba. El prado era un espacio pequeño junto a una ladera de rocas. En la cima, un colegio. Tumbado, yo había logrado esconderme, no prestaba atención a las nubes, el sol no caía, pero dejaba tender la belleza de su luz sobre nuestros livianos cuerpos. Oía ruedas de bicicletas y escuchaba gritos hablando como pelotas yendo y viniendo contra una pared que golpeaban sin motivo. Balones vacíos, carentes de recorrido y con tan sólo origen y destino. Conversaciones. 

-¿Crees en el amor? 

Natalie era una niña esquelética, vestía faldas blancas, braguitas blancas que dejaba ver cuando escalaba el muro de la escuela, calcetines blancos y una diadema rosa recogiendo su cabello. No era guapa, era atractiva. Ella, hija de una madre sin padre que vivía en el primer piso de un bloque de edificios de nueve alturas, me escribía cartas que nunca entendí. Ella quitaba cada pétalo, afirmaba y negaba, y una vez conseguía la respuesta, me entregaba con dulzura la flor decapitada. 

-¿Qué es? -Pregunté.

-Es lo que un hombre y una mujer sienten cuando se quieren. 

-¿Y puede ser el amor una flor rota?

-No. El amor es un un sentimiento. 

-¿Y qué forma tiene?

-Es un corazón.

-¿Por qué?

-¿Cómo dibujarías tú el amor? -Se molestó.

-Como una línea delgada e interminable.

-Pero no es así.

-Verdad, termina siempre en algún lugar. 

El gesto de Natalie se torció como si tuviera un trozo de fruta agria entre los dientes. La hierba crecida tambaleó, ella la atravesó con ambas manos, mostró otra margarita sin pétalos y la descabezó por completó entregándome el tallo. 

-Tu amor. 

-Si no la hubieras arrancado, quizá hubiera seguido creciendo, y ése sería nuestro amor. 

-¿Una margarita gigante?

-Y viva.

-Eres idiota. -Lanzó el tallo contra mi cara y volvió la mirada al cielo- La hubiera quemado el sol o ahogado la lluvia.

Nos vi desde una perspectiva eclesiástica y descubrí una puerta en alguno de los rectángulos. Iba directa a la adolescencia. Odiaba los balones y los coches en miniatura, y lejos, sólo muy lejos dejaban de existir. Abominaba colorear, aborrecía el ruido, detestaba la demarcada normalidad y quería eliminar pensamientos, pero la cabeza no cesaba, como el paso de los días, el paso de las páginas, el paso del tiempo y el paso de los pies. 

-¿Sam?

-Sí…

-¿Me quieres?

Natalie separó las líneas afiladas de la hierba que nos distanciaba y tendió la mano hasta que atrapó mi brazo. Los huesos bajo sus dedos eran tersos, y su piel olía tan bien, que era inevitable imaginar el tacto húmedo de una pastilla de jabón. Miraba sin miedo, apenas pestañeaba, o completaba la acción con una excesiva lentitud, y al hablarme, la inocencia de sus pequeños dientes me aterraba.

-No lo sé. -Titubeé.

-¿Quieres venir a mi habitación?

-¿A tu casa?

-¡No! -gruñó-. Aquí, entre la hierba. Este es mi refugio, y aquí guardo todos los tallos de las margaritas rotas. Las podemos pegar y haremos nuestra flor gigante. Luego quiero darte un beso.

-He de irme a casa.

El amor era miedo; emociones idénticas con distinto nombre. Me resultaba incomprensible. El amor era un hilo colgado que balanceaba, y aparecía y desaparecía como el monstruo del armario. Y por ese motivo elegí correr. Vi terrorífico que quisiera presentarse con formalidad en la infancia sin la madurez adecuada. Era una osadía porque desconocía el significado de todo. Huir, muy poco a poco, trajo el alivio y la cantidad de oxígeno adecuada. Cuando miré atrás durante un segundo, sólo pude ver la hierba. Natalie continuaba tumbada en su refugio. Aún así, yo volví a correr como si me persiguiera un extraño. 

Untaba el pan de molde en la yema y no levantaba la cabeza cuando masticaba. Del cuello le colgaba una servilleta de papel, y junto al plato subrayaba frases cortas de un libro de Boris Vian. Christopher solía colocar un pie sobre otro cuando era feliz, habitualmente descalzos, no los movía y no decía una palabra. Tenía un extraño fervor por el silencio, y cuando lo exhibía, el mínimo ruido era un sonido atronador. Sentí la necesidad de amarle, de colocar una silla a su lado, pedirle que untara para mí, que llevara el trozo de pan hasta mis labios, que empujara el libro a un lado, que me abrazara, me mirara a los ojos, y por un instante, en ese minúsculo segundo, él dijera, Te quiero, Sam, te quiero mucho. Sin embargo, el amor, en ocasiones, era un cable largo y en desuso, guardado en una caja de cartón sin una exacta ubicación. El resto de las veces, el cable, enchufado, únicamente realizaba su función.

Despacio, caminé hasta la cocina y dejé que corriera el agua sobre la sartén. Odiaba el ruido de los platos que él amaba, y con la actitud de un ladrón, fui moviéndome y desplazando cada objeto que hallaba a mi alrededor. La ventana, junto a la nevera, era pequeña como la solapa de un buzón y el sol no accedía. Si él hubiera vuelto la cabeza hacia mí, habría hallado una sombra. La lóbrega oscuridad solía llenarse de tristeza o intimidad, si bien, ninguna de las dos allí respiraba. En el salón, él volvía a trazar una línea sobre el libro mientras el tenedor sostenía una fina clara doblada. Yo estaba aceptando que era la hora de desaparecer, aunque el verbo no hallaba camino ni significado, y sólo deseé alejar mi erección del ombligo.

-Mañana vendrás temprano -dijo sin dirigirme la mirada. 

-¿Siete?

-Seis. 

-Podría quedarme a dormir.

-No. 

-¿Me voy ya, entonces?

-Hazlo. 

Descalzo, me dirigí a su habitación. Al desaparecer la propiedad ganaba una dimensión desconocida. Quise dormir en el fondo de uno de sus zapatos, pero me calcé los míos. El amor delgado, decía Christopher, es el único que hoy existe, es como la línea que inició el lienzo. Después pintamos mucho alrededor y olvidamos que nos llevó a la actualidad.

Vi cómo empujó el plato sin que hiciera un sólo ruido, desenganchó la servilleta, hizo una bola y la depositó sobre el tenedor. Allí estaría mañana. Leía, y cuando leía nada existía. Ni él. Su ausencia me permitía lentitud, y con el cuerpo sobre la cama, anudando los cordones, pasé algunas páginas invisibles de aquella habitación. 

Klimt era un artista excesivamente usado. Lo había dicho él mientras levantaba el marco y lo descolgaba de la pared. Aún continuaba allí, arrinconado junto a la mesilla. Era una obra inusual, y no obstante, tenía un halo de tópico aterrador. Su habitación lo era. Como si él quisiera dormir con todo lo que amaba, allí acumulaba lienzos y libros en completo desorden. El sexo había derrumbado las columnas de ejemplares que se acumulaban sobre la cabecera. Libros viejos, leídos, releídos, y sin el orden preciso en tamaño o anchura, y en muchos casos, sin que el lomo estuviera a la vista. Suspiré tendido, retrocedí en mis actos, me descalcé, me desnudé y caminé sigiloso hasta él. Christopher no medió un ruido, cerró la puerta de la calle mientras yo, en calzoncillos, equilibraba con mi ropa entre los brazos. 

-Buenas noches, Christopher. -Logré decir.

-En la vida, querido amigo, -Enunció grandilocuente desde el otro lado de la puerta- hemos de saber cuando ha llegado el final, entonces, no es necesario decir nada más. El ser humano comete el mismo error una y otra vez. No lee porque no sabe pasar páginas.

-¿Es el final?

-Ve a casa. Mañana a las seis. 

Cuando murió Natalie en mi regazo, no la amaba. Observaba que apenas le habían crecido los pechos bajo una blanca camiseta de algodón, si bien, la ínfima y dura aparición de aquellos pezones era hermosa. Su sonrisa, de manera extraña, continuaba firme y viva en el rostro ensangrentado. Cesará, dijo. La cabeza pesaba sobre uno de mis muslos, y cuando recuerdo los autobuses cruzar delante de mis ojos, vuelven a mí las estrellas apelmazando los tejados. No sé cómo terminó su vida porque no escuché el instante en el que dejó de respirar. Cesará, dijo. No era una bella última palabra, pensé. No me atemorizó la muerte, sino la soledad entre tanta gente. 

Viva, años previos, había bajado las escaleras de la puerta de su casa de dos en dos. Sostenía un regaliz rojo y uno negro en la misma mano. Yo, apoyado junto al interruptor y la puerta de un ascensor no pude evitar sonreír cuando me tendió el puño cerrado y ambas tiras cayeron como flores marchitas. 

-Elige. 

-¿Significará algo? -Pregunté. 

-¿El qué?

-El color que elija. 

-Creo que todo tiene significado, Sam. Todo. Pero aún desconozco muchas respuestas.- Volvió a estirar el brazo y ambas quedaron enfrente de mi nariz- Elige. 

Hice lo que no deseaba. Con Natalie todo parecía ser examinado. Sentía que ella medía cada parte de mí, mis gestos, mis palabras, mi forma de mirar, incluso la incontrolable respiración. Sentía un miedo aterrador a ser cómo era porque creía que amaba mi personalidad. Y ella lo sabía. 

-Me mientes -dijo-. ¡Vamos!

No íbamos a ninguna parte. Tampoco era una cita, o yo negaba tal denominación. Mantuvimos la distancia en la estrecha construcción de una acera que terminaba en el centro de la ciudad mientras yo mordía el desagrado de un regaliz negro. Los coches cruzaban en ambos sentidos, y ella, al mover el brazo que caía a mi lado, lo separaba de sus caderas en busca de mis nudillos. Observé su perfil, pero tenía ambas pupilas desatendidas sobre las paredes de los edificios. Hacía años que no llevaba diadema, tampoco vestidos blancos, desconocía el color de sus braguitas, y al sonreír, sus dientes parecían más grandes. Natalie era una chica atractiva, inteligente y extraña. Adoraba la irrealidad en su extravagante personalidad, de la que, si bien, nunca me llegué a enamorar. 

Sobre una mesa de planchar, Christopher colocaba un tenedor sobre otro levantando una pequeña torre. Permanecía en silencio, vestía un pantalón de pijama de lino de patas anchas, iba descalzo y sin calcetines, y aún lucía la misma camisa blanca, arrugada y abotonada de la noche anterior sin su pajarita. Sujetaba del asa una taza de café, observaba la perspectiva de la construcción, y con un nuevo cubierto en la mano libre, dobló la espalda y buscó cómo colocarlo. Aún ningún reloj había alcanzado las seis de la mañana, la puerta continuaba abierta, y yo permanecía inmóvil con ambos pies sobre el felpudo, una bolsa de papel colgando de mis dedos y oliendo a bollería recién hecha, y sin saber cómo decirle en voz alta que el amor estaba perdiendo todo su peso. La ausencia comenzaba a ser un dolor irreparable e irremediablemente abocado a la muerte. Vi al amor pálido, enfermo y abandonado, y si flexionaba las rodillas y acariciaba su corazón, moriría. El amor volvió a no decir nada. Lo supe. Era un hilo roto entre la rudeza de una alfombra.

-He traído el desayuno. -Me descalcé y cerré.

-No podremos usar tenedores. 

-¿Por qué?

-Los estoy utilizando.

-Lo veo -dije incómodo-. Pregunto por qué estás utilizándolos de la manera que los utilizas. 

Me señaló con el cubierto, lo lanzó hacia el sofá y abandonó su actividad. 

-¿Has traído preocupaciones racionales a esta casa? -Preguntó sarcástico- ¿Acaso crees que debía haber utilizado cucharas? ¿Quizá la mesa del salón, haber empezado más temprano o colocarlos en otra posición? Dime tu sabia opinión. 

-¿Dormiste bien, Christopher?

-Mi sueño y mis sueños descansan tras una puerta opaca, gorda y junto a la cerradura cuelgan doce candados. No sé cómo osas siquiera a  golpear tus nudillos en ella.

-¿Qué somos?

-Seres humanos, simples y complejos, pero iguales…  

La torre se desplomó. La cabeza de un tenedor quedó en el aire, él soltó la taza, que con rapidez chocó contra el suelo, oí el crac, y los trozos y el café se esparcieron a gran velocidad entre las líneas del parqué. Después, el cubierto que balanceaba también cayó, tintineó en tres ocasiones, y acto seguido la calma regresó de forma brusca y desagradable. Christopher continuó durante eternos segundos en una posición que evidenciaba el vacío de sus manos, mirando el desorden de los siete tenedores que aún continuaban sobre la mesa de planchar. Yo quise dejar de respirar para evitar que el aire que cogía y expulsaba fuera una molestia. Temblé, y el envoltorio de papel que sostenía entre las manos simuló una tormenta. 

-Tienes mucho trabajo. -Rumió dirigiéndose hacia su habitación. 

-Traje… -Intenté dar el paso hacia él, pero no logré levantar un centímetro del suelo.- Traje, traje…

-Sí, veo qué trajiste, -Áspero, se detuvo en la puerta de su cuarto y volvió a observar el desperfecto.- Nunca fuimos lo que dijimos ser, fuimos lo que hicimos, de hecho, calla más a menudo, porque sólo somos lo que hacemos. Y por eso sólo trajiste. 

-No entiendo, Christopher.

-Hablo de amor por primera vez. Él es un hilo enhebrado, cosido, o un ojal y un botón, y ahí en ese punto nadie intenta huir. Se necesitan el uno al otro para ser un exacto equilibrio. 

-¿Y? 

-Cómete el desayuno y ordena mi desorden.

La cocaína era una línea fina sobre un tablero de ajedrez sin una sola de las piezas que tantas veces, el uno frente al otro, habíamos movido. Los vasos vacíos olían a vodka, y Natalie estaba ligeramente desnuda en el sillón de su mamá con los tobillos hermosos hundidos en un cojín áspero. La televisión encendida era un rumor audible, y entre mis dedos balanceaba el humo de un cigarrillo que no sabía sostener con elegancia. En el reloj de mi muñeca, los dígitos se habían difuminado por retrasar el cambio de pila, y en el reloj de la pared la hora estaba equivocada. Le cedí mi billete, y ella desenganchó el tabaco de mis labios. 

-Al menos una vez, Sam. -Repitió levantándose, dejando caer la camiseta hasta esconder las bragas, y avanzando con bella lentitud hasta una estantería torcida del salón-. Después, desaparecerá. 

-¿Por completo?

-Habrá un espacio vacío entre los dos, y éste nunca lo volveremos a llenar.  

-¿En eso consiste desaparecer?

-Sí.

-Vaciar… -Reflexioné con falsa importancia- ¿Quieres más vodka?

-Y hielos. -Extrajo un disco y lo colocó con torpeza en el interior del reproductor-. Escucharemos la última canción.

-¿Y los recuerdos?

-Pondremos otros encima. Muchos encima. 

-¿Llenaremos?

-No. 

Natalie regresó. Parecía bailar, tarareaba en inglés, musitó Wink Burcham, y recogió el billete que había rodado hasta una esquina de la mesa. Lo tensó y aspiró escondiendo un extremo del papel en el orificio de la nariz. Al levantar la cabeza, no cerró los ojos, me miró y alzó el vaso con hielo para brindar. 

-¿Recuerdas las flores?

-Sí. 

-Es hora de pegar todos los tallos. 

El amor estaba frío en un plato hondo, la cuchara sucia sobre la servilleta y Christopher apuntaba a su cabeza con un cuchillo de mantequilla. El café era negro y había abierto un sobre de azúcar moreno que aún permanecía sin verter. 

-No voy a comer la tostada. 

-¿Quieres escucharme?

-¿Y el arte? Las ciudades están llenas de personas y las personas necesitan personas, y la necesidad no es necesaria, y yo soy una persona y no necesito a nadie.

-¡Deténte, por favor!

-Tú no dejas de meter tu boca entre mis piernas, mis piernas sólo desean meterse en tu culo, y al terminar únicamente deseo desaparecer. Pero te huelo.

-¿Cuál es mi aroma?

-Desesperación. 

-Y amor.

-No hay rastro de amor en tu piel, tampoco en la mía, sólo es una mera necesidad más, y la necesidad no la creo necesaria. -Giró el cuchillo y rasgó la mantequilla sobre su mejilla- Esto somos, rebanadas fugaces. 

No supe ser razonable. Él estaba aún desnudo con la eyaculación goteando desde la vaga erección de su pene. Era un hombre elegante, firme, inteligente, difícil y atractivo. Entendí que yo era el amor sobre su piel, pero la piel, como la tierra, me engulló. ¿Qué es el amor? ¿Cómo lo dibujarías? Una línea transitoria. Una línea fugaz. Una línea accidental. Asentí y bajé los ojos. 

-¿Qué hay en tus pensamientos, Sam?

-La vida son accidentes. 

-Lo entiendes al fin -Clavó el cuchillo en el pan tostado frío, lo soltó, y este se derrumbó-. Chocamos constantemente, evaluamos el suceso, y continuamos nuestro camino. Quienes se quedan es porque no tienen otro lugar adonde ir. 

-¿No existe el amor?

-Sí, pero no es tan grande. 

-Ni tan gordo.

-Ni tan importante.

Cogió el azucarillo, abrió el cajón de los cubiertos, extrajo tres cucharillas y dio vueltas con una de ellas. 

-¿Te quedarás a tomar café?

-Ordenaré tu habitación -dije sobrio evitando que el estruendo de lágrimas desatara su ira-. Después aceptaré el final.

-Los elefantes mueren de amor. ¿Mañana a las seis?

-No.

Desaparecí a las tres y cuarto de la mañana. Mis dedos olían a sexo. Era un olor agrio, era semen, era piel, cabello, el sudor de sus senos, el espesor del fluido vaginal, los labios mojados, la respiración y el ruido. El ruido tenía un aroma peculiar y el arrepentimiento poseía un sonido insoportable. En la calle aún cruzaban coches, el frío, el eco seco de los pasos solitarios sobre las aceras, y la voz de Christopher gritando en mi cabeza sin decir una sola palabra mientras yo bajaba escalón a escalón, llorando y sin emitir un sólo gemido. 

Observé los nudillos con la sangre seca. La victoria de las paredes. De pie ante el escaparate me contemplé, por primera vez en meses, sin prisa. Tenía los hombros caídos, el cuerpo hundido, el rostro hinchado, la droga desubicando el orden de los pensamientos, y en la memoria, Natalie desnuda entre mis brazos. Quise reaparecer, saber si el desorden tenía una recomposición o razón, y entonces ella volvió a repetir, ¿me amarás?  

La eyaculación era un hilo descosido de apenas cinco segundos. El amor no podía traducirse, tampoco definirse, siquiera vivirse. El amor evidente no diría nada, no tocaría nada.

No supe por qué con la voz de él devorándome el estómago como un caníbal hambriento, busqué el origen, la línea del lienzo. Cocaína, vodka y palabras. Natalie. Una vez. Una única. La eyaculación era un trayecto efímero, y entonces, con el semen duro entre las sábanas, volví a ver su cadáver. El amor yacía inmóvil, distante, fugaz e inalcanzable. Mis zapatos la oyeron llorar.

Las estrellas habían empezado a pesar sobre los tejados, rompí mi sombra en el escaparate y me refugié. En una pequeña pantalla había un minuto de espera más nítido que todos los dígitos de mi agotado reloj. Saboreé la rudeza del vodka en mis labios, sentí nauseas, y cuando las luces del autobús iluminaron la carretera, el amor explotó sobre la acera. En los tejados, querido Sam, sólo hay finales y suicidios. Natalie, rota, yacía a siete pasos de mí. Cesará, dijo.

Ending. 

Fotografía: Daniel Diez Crespo.

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Introspección

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Mi vida es una penetración. Es constante, es una mentira, es un centrifugado, ruidoso, molesto, efectivo, es un minuto escaso en el microondas para evitar la explosión de la leche en la ventanilla distorsionada y el horrendo olor a goma quemada, es un día de lluvia sobre la tierra desorganizada; sucia, es el viento crujiendo una rama que rompe de un corte la mejilla de un adolescente, y es mi corazón quieto por un único segundo, como el éxito efímero en aquella puerta que tus dedos un día sostuvieron entreabierta.  El éxito es un rotulador rojo.

La penetración es una frase incrédula que queda en el crédulo viaje de ida y vuelta en cualquier habitación rural lejos de la algarabía. La algarabía es la suela de un zapato manejada por una simple idea, basada por una mera emoción. La ira es un pecado contenido. La gente yendo y viniendo, entrando y saliendo, viéndose y olvidándose. La gente en ambos sentidos, infiltrándose entre la gente, apareciendo y desapareciendo. Y entre la gente, mi vida, insulsa, incomprensible e incomprendida, estéril y etérea.  Caigo como la invisible gota de agua entre la lluvia que desaparece confundiéndose en un charco. Y por alguna nimia estupidez, insiste la necesidad de notoriedad, pero ya soy idéntico al resto del mundo. Sin embargo, me aferro a cualquier pedestal, y al pisar, la caja de cartón vacía, y hundo mis pies en el barro. Mi cuerpo, mi pene, mi cabeza, mi persona convertida en más gente. La gente convertida en mí mismo.

Mi nombre es una palabra irreconocible. La edad continúa incompleta y el estado de ánimo insatisfecho. Están sintonizando una emisora de radio mientras avanzo lento por una adicción incontrolable que aún no ha tomado dirección. Penetro. Penetro mis dedos, los tuyos, los suyos, los ajenos, penetro una esponja, penetro tu cuerpo, el mío, el suyo, el de otro, otro, y otro, y otra, penetro un melón, dos almohadas, una sandía, un cojín, tu boca, la mía, penetro el retrete, un árbol, dos donuts, mis calzoncillos rotos y bragas amarillas. Mi vida es una penetración. Penetro y no he leído la señal, tampoco he abierto ni cerrado la puerta. Mi vida es un desorden mental ordenado meramente por la apariencia. El equilibrio de mi vida es una erección. Me siento, y alrededor, en un corro sin final, trece rostros distintos imitando ser yo. En esta interminable adicción, no encuentro el fondo.

.

-¿Penetrarías a alguien ahora mismo?

-Una silla.

-Hablamos de algo, hablamos de alguien. ¿Cuál?

-Cualquiera.

-¿Por qué?

-No siento interés por las elecciones. La similitud es tan intranscendente como la diferencia.

-Tal vez es síntoma de apatía. Elige.

-Aquella. -Señalé.

-¿Motivo?

-Es la única que está vacía.

-¿Hay algo que no hayas penetrado?

-El corazón.

-¿Metafóricamente?

-Literalmente.

Su última reflexión ante mi respuesta parece haber sido más intensa y le obliga a desdoblar las piernas. Los dedos de sus largas manos han salido del enchufe para agarrar dos cables pelados de alta tensión. Se aferra a ellos, como si el dolor salvara a la humanidad. El hombre es un hombre, viste una corbata en la que puede verse la etiqueta, la marca, no el precio, cuelga sobre el respaldo de su silla la americana, parece más alto, y a la altura de mis ojos hay un brillo inusual y provocado; son sus zapatos. Mira alrededor y después vuelve con un movimiento lento hacia mi cuerpo sentado.

-¿Por qué has venido?

-El pan de la cocina se puso demasiado duro.

-¿Y?

-Salí a buscar pan fresco.

¿Y creíste que aquí lo encontrarías?

-Te he mentido.

-¿Por qué?

-No hay motivo, lo he hecho -respondo-. No compro el pan. Yo no compro el pan como ella para rellenar la soledad, yo no llevo el coche al taller y pienso en el olor a gasolina, no me doy duchas de agua fría para evitar la masturbación, no cocino para olvidar el consumo de drogas, no escucho música para alzar el ánimo o enterrarlo, no salgo a correr para ordenar los pensamientos y agotar la apatía, tampoco hablo por Internet para dar con otro ser vivo que sirva de nexo en el amor, yo no soy un hábito habitual, y estoy aquí sentado sin ningún motivo.

-¿Qué hay de los sí?

-Hago que todo mi deseo penetre dentro de mí.

-¿Por qué estás aquí?

-Acumulo un exceso dentro de mí, afuera hacía frío, he desdoblado sesenta y tres bragas amarillas que he esparcido única y exclusivamente por la cocina, no había nada en mis calcetines, no entendía el quemazón con forma de huevo en la alfombra del salón, y habéis escrito su nombre en el contestador automático.

Palpo en el pecho de mi camisa, verde y con pequeños globos de cumpleaños, todos y cada uno de ellos amarillos. Empujo mi silla hacia atrás levantando las dos patas delanteras escasos dos centímetros, mis ojos caen en la aparición de uno de los lazos de mis cordones negros escapando de debajo del pantalón, lo advierto, no dejo que vaya más allá de ser una curiosa circunstancia, así que no lo corrijo y extraigo una cajetilla azul, arrugada, doblada y rota con tan sólo tres cigarrillos. Ofrezco. Nadie responde.

-Sobrio, frío, nervioso y hambriento quise comerme una hamburguesa con queso y tomate, sin pepinillos, pero los hindúes también habían bajado la persiana. Han escrito la palabra felicidad con sprays de colores. Pensé en un café, vi un whisky, sentí tristeza por una bolsita de té encogiéndose en el agua hirviendo, apareció ella en mi cabeza cerrando la puerta mientras me amenazaba a mí mismo con un revólver, y la respuesta que buscáis es que me equivoqué en el número del portal.

-¿Y qué creías encontrar aquí?

-No creo en lo que iba a encontrar.

-¿Y ahora?

-Quiero dejar de ser lo que sois para poder dejar de ser yo mismo.

-¿Es posible?

-Sí.

-¿Cómo?

-Yo no soy capaz.

Enciendo el cigarrillo, levanto mi camisa y coloco sobre mi pierna izquierda el mismo revólver. Me apretaba la cadera bajo el cinturón y observo el relieve de la culata sobre mi piel. Nadie pestañea ante la amenaza, tampoco esquivan el humo. En aquel primer segundo, cuando la bocanada de aire enciende la nicotina y mi respiración emerge como una densa columna gris, imagino todas aquellas cabezas caminando despacio sin sus cuerpos. Sus ojos huyen y miran estupefactos la destreza de sus cuellos. Cabezas bailando alrededor de una penetración, cabezas buscando su inyección adecuada, cabezas lamiendo penes flácidos, oliendo pegamento escolar, mordiendo pastillas insostenibles entre los dedos, bebiendo botellas ya vacías, disparando a su propia sien sin una pizca suficiente de valentía ni efectividad. Y allí, aquella imagen a mi alrededor también soy yo. Detrás de mi cigarrillo, en aquel silencio cómodo y contemplativo, asalta la figura de un forense examinando cualquier cadáver. Vuelvo a no ser yo. Veo un ser humano confuso con sangre entre los dedos, la mira como a un objeto extraño y desconocido y la borra apresurada en los bolsillos traseros de sus pantalones. Nosotros mismos. Las cabezas regresan cabizbajas en orden, y escogen cuello con acierto. Abro los ojos y dejo escapar una sonrisa corta bajo los labios que cubren mi barba. Apenas han transcurrido quince minutos en aquella habitación y nada ha sucedido.

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Soy un niño. Las dos piernas saltan e intentan entrar al mismo tiempo, pero caen y me sujeta el culo cuando caigo al suelo. La abuela hunde el cuchillo en el bizcocho y niega con la cabeza. Idéntico gesto haría dos meses después cuando papá terminó la botella y la caja de madera que había debajo de la cama. Desde el suelo, con los pantalones rojos en los tobillos, yo pataleo, me enzarzo, tiemblo, y en ese inquieto minuto he logrado desnudar mis piernas. Arrugados, acobardados, enmarañados, incluso irreconocibles, están junto a una larga lámpara de pie apagada. Cobijados.

A mamá le gusta sacar punta a los lapiceros. En vertical, negros y amarillos, media docena forma un corro en un cesto pequeño de mimbre sobre una mesa de cristal. Olvido los pantalones, gateo con diligencia y observo la similitud entre ellos. No distingo una sola punta más afilada que otra. O quizá, siendo un niño, carezco de la percepción de los detalles. En cambio, sí dispongo del deseo del tacto. El lapicero es ligero, suave y áspero, contradictorio, y al mismo tiempo, honesto. Es enorme entre mis dedos. Balancea como una vara en desequilibrio que evidentemente caerá. Es la primera vez que me despreocupa lo que sucede alrededor. El lapicero cobra la vida justa, no respira, ni siquiera observa, me mira y engulle. Nada más es necesario. Lo chupo, lo aprieto con los labios, lo muerdo y el dolor me satisface. El paladar se enrarece. Lo extraigo, lo miro y me mira. Lo coloco sobre el labio superior y lentamente él asciende hacia el orificio derecho de mi nariz. Ni siquiera he de alzar los dedos o empujar. Sube. Su inserción cosquillea, estriñe mis ojos, y al final, donde el minúsculo espacio une el conducto de la fosa nasal con la garganta, es mi mano derecha la que me hiere. Insiste y ya ha escondido cerca de la mitad del lapicero negro y amarillo. Duele como estremece el chasquido de una rama. Después, asustada, la nariz mea sobre mis labios. El lapicero ha desaparecido y mis dos manos, cómplices y testigos, están ensangrentadas.

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Los techos son altos, incluso diría soberbios, las ventanas oscuras, lo que evidencia una contradicción funcional. Hay arena en la alfombra de felpa que cubre el círculo porque cruje el suelo cuando rasco la punta de mis zapatillas a un lado y otro. En la esquina de la habitación, detrás de la puerta abierta, junto a una pizarra negra en desuso, descubro una mesa rectangular con un mantel de papel arrugado, manchado, mal doblado, donde uno mismo puede servirse bolsitas de té negro, verde, manzanilla o alguna infusión laxante. En un recipiente de metal se amontonan sin orden un puñado de azucarillos, blancos, oscuros y rosados. En un termo, agua caliente, en otro termo, café y en cuatro jarras de cristal, leche, zumo de naranja y piña, y agua. Seis hombres ocupan mi lado izquierdo, de manera incongruente, el creativo, tres mujeres mi lado derecho, tres hombres y una mujer continúan delante de mí. Sólo he oído una voz y enciendo un segundo cigarrillo.

-¿Por qué habéis tomado asiento? -Pregunto mientras escondo la cajetilla en el bolsillo de la camisa.

-Porque compartimos un mismo deseo.

-Siempre hay un nexo de unión entre un violinista y su director, pero jamás un mismo deseo. Quizá puedo oír alguna de sus voces…

El peso de sus narices les impide levantar los ojos y pienso que ojalá huyeran con el pánico a sus espaldas sin alzar la mirada y chocaran su miedo contra el marco de una puerta, o equivocaran la huída, rompieran el cristal y cayeran por la ventana. Nadie corre, tampoco habla, nadie respira, nada sucede, y por un instante dudo que estoy aquí.

-Sienten miedo escénico.

-¡Ja! Moriremos ante manos de desconocidos. ¿Por qué desaprovechamos estar vivos? Desnudémonos. ¡Hagámoslo! Follémonos, mordisqueémonos, comámonos, metámonos y matémonos, olvidemos lo que hemos de ser y seamos lo que realmente somos y queremos ser. Observemos sin filtro el interior de nuestros propios actos o estados de ánimo o de conciencia. Literal. Hagamos sin motivo, únicamente instinto. Seamos, y al serlo sé que seremos consecuentes, evidentes, sinceros, honestos…

-¿Introspección?

-Penetración. -Apago el cigarrillo en la alfombra y tomo el revólver- Todo lo que sale entra mejor.

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Nadie alrededor. La cocaína fría ha salido del bolsillo de mi pantalón. Puede observarme, olerme, amarme y, al desabrochar el cinturón de plástico, me anudan los testículos y veo mi cuerpo desnudo convertido en un croissant durmiendo en los cómodos labios mojados de una vagina. Hay restos de alcohol bailando en la punta de mi lengua y palabras embarradas desgastando mi voz. No entiendo porqué. Esta vez me inquieta el movimiento que no gobierno. Me orino, aprieto, me aguanto, escapa orín, me muerdo los dientes, chasqueo las rodillas, tiemblan, crujo los dedos, me desmayo, pero no es mi cuerpo, tan sólo el aire que quedaba dentro de mí. Lo veo derrumbado en el suelo, preso, ebrio de asfixia, y sonrío. No sé quién soy, me conozco, tampoco quiénes son, sé sus nombres, no sé dónde estoy y conozco el lugar.

-En ocasiones quisiera ser la piel de un plátano y matar pasos descuidados.

-¿De qué coño estás hablando?

-De la vida.

-¿Ser una cáscara de plátano es vida?

-La casualidad lo es.

-¿Quién está hablando?

-Nosotros.

Mi nosotros ha sonado tres veces y en ninguna ha mejorado la nitidez. Él junto a él y junto a mí, los tres somos media luna en la oscuridad. En la repisa de metal respiran con fuerza cada uno de nuestros nombres maldecidos. Ni siquiera es la primera vez. Voy a adentrarme en una bañera de hielo y los nervios han comprado un billete demasiado caro para una exclusiva primera fila. Mis dedos tienen las uñas sucias, lamentamos no poder atenderle, primer y segundo apellido, una y siete de la madrugada de un uno de enero, y la palma de su mano sirve el dinero en un pasillo oscuro con principio y fin. Pienso en los lápices afilados de mamá y en el doctor poniendo alcohol en un algodón para taponar la hemorragia. Aún nadie, y el mundo alrededor.

-¿Algún consejo?

-No soples antes de aspirar.

-¿Duele?

-Pica.

-¿Y después?

-Duerme.

Rápido. La vida es una escena veloz que tan sólo la muerte parece querer contemplar, y de ahí la pereza de los recuerdos. La cocaína penetra espesa, torpe, desorientada, y necesita de ayuda. La cocaína se atasca, se aferra a los poros de la piel, pellizca, y al aspirar con fuerza escala como si el viento empujara un trozo de papel en el suelo. Y al final, cae. Y el final nunca sabe poner punto y final y lo hace seguido. Una vez más.

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La penetración de mis ojos en uno y cada uno de los trece desconocidos que están sentados en aquella reunión hubiera dejado de ser anónima en el instante que uno y cada uno de nosotros hubiéramos estirado las rodillas escupiendo nuestra mierda en un plato frío y roto. Les intimida el arma. Leo sus nombres escritos en un papel bajo uno de los hombros. Recoger cada una de las palabras de cada uno de los allí presentes esconden entre las manos me hubiera ayudado a conocerme a mí mismo. Un charco me ahoga y desconozco cómo vuelvo a salir a flote. Han manchado sus manos de mierda y no logran respirar con claridad con cada uno de los pensamientos que han pululado en voz alta y descontrolados lejos de mi cabeza. Hechos.

El hombre que gobierna de corbata planchada se pone de pie y recorre con lentitud el círculo trazando con precisión una línea ovalada que cerca la distancia entre él y yo. Es alto, de piernas delgadas, pudieran ser interminables si no las movieran sus caderas. Su rostro es aplastado, como mi cuerpo bajo decenas de lapiceros. Es muy delgado, incipiente, pálido, y de gesto arrugado en los hoyuelos. Por algún motivo, aquellos ojos pequeños hila la posición de mi libre mano derecha en un constante ejercicio de desconfianza.

Oigo las sillas crujir bajo sus nalgas. Oigo sus voces imitando voces peleando en sus cabezas. Oigo mis voces multiplicándose y gritando al unísono las mismas palabras. Oigo mis dedos masturbándose esta mañana de pie ante el lavabo, oigo mi chillido artificial ante el descontrol de la eyaculación mientras mis dedos sujetan el cepillo cubierto de pasta de dientes. Y mis dedos desenroscando papel higiénico, y mis dedos hundiendo los diez números de un mismo teléfono, y mis dedos con las llaves temblando, y mis dedos hambrientos, y mis dedos acariciando un gatillo que sólo aprieto con las siete balas en el cenicero. Cuando suena el silencio, y un soplo choca en mi piel, despierto. Mi cuerpo está frío y meado.

La corbata larga vuelve a tomar asiento. Alza sus extremidades superiores y me enseña las palmas de la mano.

-¿Puedo decirte algo?

-Si lo piensa, sí.

-Has tomado la silla equivocada. Matar aquí no te dará el éxito ni la respuesta que buscas.

-¿Por qué? ¿Hablamos de dificultad o de atractivo?

-La dificultad es un atractivo, pero yo te hablo de seres vivos.

-Nos equivocamos al definir planta como ser vivo.

-¿Y cómo les definirías?

-Morimos cuando dejamos nuestras adiciones porque dejamos de ser nosotros mismos.

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Después de ella.

Cayó la ceniza sobre su espalda cuando unté mis dedos en la copa de vino y humedecí aquellas gotas oscuras en la dulce cobardía de su ano, minúsculo, impenetrable, seco, oscuro, cobarde, quejica e incompatible conmigo mismo.

Sin ella he comprado mil bragas amarillas de diseños distintos para mujeres aparentemente iguales. Al desnudarlas, todas son distintas, todas miran distinto, todas, huelen, hablan y escuchan diferente, todas satisfacen mis insatisfacciones sin éxito, y sin embargo, todas imitan lo mismo, inevitablemente por caminos que jamás antes había conocido. Ellas también son yo mismo.

Su respiración caía como una esponja de plomo sobre la almohada, y mi vértigo ya resbalaba veloz por la espalda hasta estrellarse en la rigidez de su cuello. El tabaco se asentaba en mis pulmones como un peso que arruga un globo de agua. No sostendría el tiempo necesario la erección, la deslicé entre sus piernas, danzó en el aire, sentí frío, y el contacto con el vello erizó su espina dorsal.

He asumido mis actos como míos. Me penetro, no respiro, duele el corazón herido, y continúo sumiso a una espiral interminable que de alguna manera aún me permite continuar con vida y total impunidad. Nadie castiga lo inmoral y abofeteo a mujeres sin nombre cuando no terminan el desayuno. Cada vez hay más altura entre mis ojos y el suelo, y con la edad esquivo mejor a los desconocidos. Padezco un vértigo terminal y no miro abajo porque prefiero ser cigarro que cenicero. Entonces bebo, bebo, bebo, pongo hielo, escupo, lleno el vaso, no saboreo, bebo, ingiero, digiero, no invito, estrangulo el cuello hasta que todas las distancias noto que han muerto, sueño ser un pene incapaz de adentrarme en ningún lugar, y en tal escenario, desquiciado, me aterro.

Vomité con delicadeza un leve soplido en la oreja que quedó al descubierto entre su pelo. La piel nerviosa absorbió el vino, vi una gota muerta en las sábanas, el ano engulló el resto, repetí, mis dedos rojos humedecieron, y con el mismo resultado, desenmascaré la ira, volqué la copa entre sus nalgas, chocó, se rompió, hubo sangre, lancé los añicos, escupí el cigarrillo, hundí los dedos de mis manos sujetándolos a los huesos de sus caderas, empujé, apenas penetré, insistí, gritó, grité, reí, chilló, empujé, y la sangre y el vino se mezclaron entre placer y dolor.

Hay bragas amarillas en el suelo y ninguna de las que compré con mi dinero cubrieron su cuerpo. Creo ser un hombre diminuto incapaz de ver más allá porque delante de mí se alinean lapiceros negros y amarillos, todos afilados y ensangrentados. Lapiceros enormes que pronto rodarán hacia mí. Los lapiceros me acuchillan, la muerte me envuelve y me abriga, me aplastan botellas que jamás beberé, y bajo ellas no veo pies, tan sólo descordinados bailes sin control. Me arrastro hasta estrellar mi cabeza en el tercer cajón. Allí guardo bolsas de droga impura entre los calcetines de rayas y las bragas amarillas. No soy yo, pero estoy exactamente ahí.

Después de mí.

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El aire y un click hacen temblar las trece sillas.

-Nunca me atrevo a conversar con la muerte.

-Por eso estás aquí.

-Por la penetración, la incomprensión, la desorientación, la adicción, la tristeza y la soberbia.

-¿Y el desamor?

-Eso es la incomprensión.

-Y todo lo que te sucede es real, no son sueños…

-¿Cuál es la diferencia? A veces sueño que estoy pensando, y siempre acabo descubriendo que soy capaz de hacer todo lo que pienso salvo una única.

Click, aire, click, aire, click, aire, click, aire, click y aire, click, aire. La pistola cae de entre mis dedos y suena pesada en la alfombra. Rendición sin motivo. La sonrisa vuelve a emerger entre la barba, y aprovecho el terror que aparece dando saltos como una rana enloquecida sobre sus cabezas para perder el tiempo entre sus rostros. Veo manos tapando los ojos, veo barbillas pegadas a los cuellos, veo lágrimas en los labios, veo pelos despeinados, veo dedos hundidos en los muslos, veo mi cuerpo en otros cuerpos, veo sus cuerpos incapaces de penetrar en el mío.

-Ahora que sabemos que no nos va a matar, -retoma el hombre de la corbata planchada- y tampoco quitarte la vida, ¿podríamos servirnos un té?

-Sí, el azúcar siempre es un gran alivio.

-Has utilizado la palabra única. ¿Cuál crees que ha sido el motivo?

-Lo sé. El motivo es su increíble parentesco con última.

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Ella era amarilla porque repetía sin descanso que el amarillo era la felicidad haciendo el amor con la locura. Ella quería volar en el agua mientras no permitía que sacara mi pene de su boca cuando me corría. Ella quería dormir en tostadas quemadas y embadurnarme el ano con mermelada de ciruela, quemar todos los televisores del planeta y desaparecer sin que nadie por ella preguntara. Ella quería ser única y coleccionaba llaves de tamaño diminuto en un mismo aro de metal, pero jamás halló la puerta que buscaba. Y en esa minúscula habitación de un céntrico hostal, sucedió, y sucedo a diario sin saber bien el motivo.

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Paseo despacio la mirada alrededor del círculo, descubro la inseguridad, las cabezas ahogándose en los zapatos, donde inexplicablemente parecen estar seguros. Solo él sostiene su firme posición, sujeta el timón, observa, y espera paciente un recoveco. Somos seres con un miedo aterrador a nosotros mismos. El miedo nace en uno mismo.

Nadie toma té. El sonido de los pasos apresurados marcando el hermoso ritmo de las escaleras. La música en los sonidos. El hombre aún mantiene sus nalgas pegadas a la silla, yo hundo los dedos debajo de mi pantalón vaquero, colocando ambos pulgares sobre mi cinturón de cuero, y al notar el pubis enraizado bajo los calzoncillos siento un cosquilleo y evidentemente es una erección. Podría levantarme, asumir la equivocación, e irme.

Lo hago.

Errar el tiempo restante de una forma desordenada, y si bien, constante. Dormir con desasosiego, deshacerme de él, aliviar la ausencia de sexo, y paciente, que el tiempo agote me sangre.

Lo he hecho ya.

He renunciado a un propósito ideal en estado de vómitos y diarrea con una aguja ensangrentada en el tobillo. Me añoro sucio e indefenso.

El revólver está frío, se hunde bajo el pantalón en el mismo relieve aún latente en mi piel, he de comprar el pan, ordenar las bragas amarillas que desparramé en el suelo de la cocina, desenroscar un par de calcetines y marcar los mismos diez números de teléfono. Hay colillas muertas alrededor de mi silla, hay sillas desnudas que penetraría otro día. Las bolsitas de té y los azucarillos han sobrevivido. Él afloja la corbata con los ojos en el brillo de sus zapatos. Mis pasos por los escalones entonan una melodía inacabada. Soy yo. Tengo treinta y dos años. Soy lo que sois.

Fotografía: Eikoh Hosoe

Adictos

La manilla era una estúpida serpiente de dieciocho colores distintos que se retorcía escapándose de mis dedos. El humo espeso ya no olía e impedía ver nuestros ojos enfrentados, y al balancear el mareo nos tocábamos con la punta de los zapatos. Negros los tuyos. Idénticos los míos. Mojados, como calcetines robados de una cuerda ajena tras la tormenta. Nos descubrimos al vernos los dedos; descalzos. Y en el oscuro reflejo de un solo color, únicamente escapaba mi nariz entre la jaula de pelo que encerraba mi rostro. Empapados. Agua era alcohol, fuera era dentro y seco era húmedo y nosotros. Temblamos la prisa como peligro o riesgo, y nos escondimos el uno del otro al retorcernos el cuello sin romperlo. Despegué la puerta cuando tú colgaste el peso de tus dedos en mi cintura, como dos rastrillos que arañan la tripa y tatúan un indescifrable te quiero junto al ombligo. Justo, como injusto el precio del dinero, en ese instante, cuando todos eran muchos y ya corrían por el pasillo contiguo a saltos pesados por cada uno de los peldaños de las escaleras, esnifamos cocaína de nuestras yemas de los dedos; yo la tuya, tú la mía. Lamer los granos nos hizo cuerdos. Olernos fue sexo. Tocarnos fue violento.

-Bebe.

-No más.

-El último.

-Nunca hay ese número. –Pegaste la boca del cristal a tus labios y con los ojos abiertos levantaste el cuello y la botella.

-Nunca fue un número ser último.

-No hay tiempo.

-¡Arriesgo! –Bebí.

-¡Corre! –Empujaste.

¡Cerramos! Dentro, tres paredes, una puerta y la tormenta de otoño fue una satisfacción cuando por la diminuta ventana del escondite, una olvidada cerradura, pegué la pupila de reojo y observé. Luces en la oscuridad como lunas duplicadas y borrosas, recordé. En los cinco azulejos libres, un lavabo, un espejo, una taza, una ducha, una ventana. Afuera, entre el ruido de los pasos, el viento era como un paño que limpiaba con calma el cielo. Los barrotes eran exclamaciones como salchichas disfrazadas de carbón. Los alicates intentaron ser nuestros dedos; Índice y anular, como tijeras rojas de un parvulario. Apretamos, pero eran ya azules por el hielo que escondido nos impedía respirar aire. Dentro, sin sabernos a salvo, empuñamos el blanco en los bolsillos y nos excitamos con sólo mirarnos. Un susto como respiro. Nos deseamos ajenos. No supimos esconder la única llave bajo la lengua y aún oía riesgo. Mordernos los labios hasta lograr encerrar nuestra boca era un gesto impensable porque los olvidamos bajo las sábanas. Di vueltas al cerrojo e imaginé al sol trazando veloz su camino por el cielo. Nunca terminé de cerrar para encerrarnos. La única idea era un pensamiento cobarde y también una mentira. Como la vida; la tuya y la mía. La única verdad, la muerte, y la escapatoria, la única, tal vez era transformarse en un delgado y compacto hilo de mierda y ahogarnos tras doblar la manilla de metal que desencadenaba la marea. Nadar por el agua como volar, pero sin respirar.

-Por ahí –Susurré.

-Como cuando quisiste comer cuatro galletas de una sola vez.

-¿No pude?

-Atascaron tu paladar como al que le colocan una manzana verde entre los dientes.

-¿Las tragué?

-Después de llorar, después de clavar mi dedo índice en la diana como una flecha y agrietar las galletas, después de masticar, después de…

-Bebe –Ordené.

-Antes, sopla hacia ti.

Clavé el orificio izquierdo de mi nariz en su pulgar derecho, clavé mi boca en sus dientes, clavó su orificio derecho de su nariz en mi pulgar izquierdo, clavé las uñas en ambas tapas, grité, aullé, arañé, pero jamás pudimos levantar un milímetro la libertad para contemplar las deliciosas vistas al agua sucia de una taza del váter. El fuego había apagado todas las luces. Los restos eran cenizas que no cayeron dentro del cenicero; recuerdos. Y enteros, enfrente, derechos, encendimos otro sueño.

-¿Me quieres?

-Tal vez ya no.

-¿Me comerás?

-Cuando tenga hambre y falten alimentos.

-Y yo a ti. –Sonreí.

En el silencio siempre había una niña que nunca aprendía a correr y golpeaba rabiosa todas  las puertas y lo intentaba con las notas de Stop, hey, what´s the sound. Yo no logré identificar la melodía y supuso otra contraseña equivocada. Supimos su edad porque ni siquiera de puntillas podía alcanzar con sus golpes nuestras caderas. La matamos tal vez. Decidí desatarme los cordones del codo, imitaste y descalzamos mis pies desde el talón despojándonos de tres pares de calcetines. Apenas tacto en las uñas ennegrecidas. Tampoco los dedos. Ni siquiera la mitad del empeine. El frío dolía como duelen a veces los ojos, que sin mirarlos, atraviesan oxidados el corazón. El color solía elegir púrpura cuando el ser humano moría. Me moría. Supe que sobrevivir era atreverme a deslizar mi cuerpo por el pasillo como un chico valiente que elige el tobogán rojo más cercano a la luna. Era la hora de cortar la muerte sonriendo en mis pies.

-¿Cuándo sucedió?

-Al encender el cigarrillo.

-Nos iremos lejos…

-Me iré –dijiste y apagaste el cigarrillo en la línea de mis párpados. -¿Duele?

-El amor me la pone dura.

-No quiero ahora.

-¿Antes de morir?

-Bebe –dijiste.

Recordé el silbido de un gato que no encontró jamás su cuarta pata y tampoco aprendió a cojear. Silbó porque al rozar su piel por el cristal el azar quiso que destrozara el orden de las gotas de agua. Su dibujo fue un oleaje lento en un punto concreto del mar. No lo diré. The man in me gritaste, y te perseguí y no corrimos, y a coro nos imitamos, y los dos nos hicimos eco, y aún sin nitidez en los ojos abrimos el grifo de agua fría para cantar entre delirios. Al terminar, la afonía dijo un silencio, y sólo, sólo, sólo, el agua. Desapareció el pétalo de metal como arena y no hubo manera de regresar al cierre; el inicio. El agua quizá era un brebaje que debíamos beber hasta reventar el escaparate de nuestras vidas; la piel. Beber hasta acabar. Lo intentamos, pero continuamos sedientos, insípidos e indescifrables con la boca de cristal balanceando entre nuestros dientes. El aguja nunca dejó de infiltrar mentiras y felicidad. Ensombrecidos, apenas supimos decir más.

-¿Y tú?

-¿Yo?

-Sí, tú.

-Yo.

El ruido era como una metralleta. Los disparos eran mudos, a un vacío que no encuentran gritos heridos. Chuparnos los dedos en blanco no nos ayudó a superar. Chuparnos nos mojó. Las paredes se inclinaron para abrazarnos como si fuera tela de un globo blanco de una fiesta de cumpleaños. Blandas, querían ahogarnos, compinchadas con pinchos, todo era fruto del deseo de amarnos. Imposible sin espacio. A nuestras espaldas, la ducha construía un pequeño muro de piedras rojas y negras, y el hielo, dentro, mostraba su gesto. No utilizaríamos su refugio para morir congelados.

Tú pegaste tus dedos a mis pies muertos. Por primera vez, el humo decidió abrirnos la ventana.

-¿Dejarán de caminar?

-Lo importante es caminar.

-No quiero matarlos a todos.

-¿Por qué?

-Por una fantasía. -Empecé a reír.

Habíamos olvidado el cuchillo. Habíamos olvidado la sierra que cortaba la leña en invierno. Habíamos olvidado el tirachinas que regalamos a una hija. Habíamos olvidado el tenedor y la cuchara. Habíamos olvidado servilletas y la fuerza que empleábamos en la cama. Habíamos olvidado respirar enfadados sin mirarnos. Habíamos olvidado la violencia al despertar. Habíamos olvidado el origen y el destino. Habíamos olvidado el final de la realidad.

-Corta –Te tendí las tijeras.

-¿Ahora?

-El final empieza por el principio.

-Bebe.

-¿Ahora?

-El final empieza por el principio. –Sonreíste.

El pelo era lluvia. El pelo eran gotas que aferraban la caída a la piel mojada de mi rostro. Mientras, los ojos no parpadeaban, y yo, adicto a lo imposible armaba nuestra debilidad con una cordillera de montañas idénticas. Las alineaba en el vaho de cristal con mi dedo meñique. Perfectas y diminutas, como el dibujo que un niño prepara con esmero para la profesora.

-Mataremos con este filo -dije.

-Desaparecerá del cristal con el frío.

-¿Más?

-Sí –rogué-. No quiero pelo.

-¿Seguro?

-Sopla –invité.

Abrí el bote tras retorcerlo con los dientes mientras limpiabas mi pulgar, lo disparé y me maté. El espejo era un crimen y pasta de dientes. Lo escondí en mi espalda y apreté hasta vaciarlo en la palma de mi mano. Fiero, la hundí en tu cara, y cuando yo despegué mi fuerza y despertó la sangre de tu nariz, tú clavaste las tijeras en mi cuello. Recordé una tostada con mermelada de frambuesa y mantequilla.

-¿Desayunamos?

-Dame tus dedos.

-¿Helados?

-Sabrosos.

El primer mordisco ensangrentó sus dientes y aulló mi voz. El primer mordisco fue un sabroso trozo de su nariz y chilló. El segundo mordisco desgarró mi rodilla y reí. El segundo mordisco hirió su barbilla y lloró. El tercer mordisco recortó el lóbulo izquierdo de mi oreja y gimoteé. El tercer mordisco despegó el párpado de su ojo izquierdo y carcajeó. Heridos, el cuarto mordisco nunca terminó.

-Bebe –musité con mis dientes entre sus pechos ensangrentados.

-No quiero –farfullaste con la piel de mis nalgas entre los labios.

-¿Adiós?

Aspiré su dedo pulgar derecho clavado en el orificio izquierdo de mi nariz. Aspiró mi pulgar izquierdo clavado en su orificio derecho de su nariz. Mordidos. Afuera, pasos. Afuera, disparos. Afuera gritos. Afuera niños. Afuera, adultos. Afuera, ancianos. Afuera, vida. Dentro, no hubo último.

Fotografía: Tomas Hawk