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img_20160905_204750.jpgHabía dormido demasiado y todas las partes de mi cuerpo amanecieron desordenadas. El caballo de la cocina yacía muerto junto a un cartón de leche agria y caliente. El sol era un círculo gris, y al descubrir mi mano izquierda sobre una blusa sin botones, logré colocar los ojos en su lugar, mirar al espejo, y sentir pánico al no reconocer mi rostro. En la ventana, la suciedad bajo una tela de araña minuciosamente cosida. En la esquina, un tumulto de limpieza, como si alguien hubiera barrido de manera reciente. Pestañeé permitiendo que el peso de cada pensamiento hundiera mi cabeza, abrí los ojos, y vagué sobre lo que había sido yo. No sabía quién era, qué era lo que daba vueltas alrededor de mí, ni hacia dónde giraba. En el fondo había una sábana infantil. Hacía mucho tiempo que no ordenaba los platos hondos del fregadero porque no había platos ni fregadero, y lejos, volvía a sonar la misma canción.  

Observé mi muñeca derecha muy torcida, la enderecé, primero arriba, después abajo, y entonces cayó, la vi golpear en la madera, rodar hasta una pata de la cama, y a dos centímetros de ella, en una vaga oscuridad, la mano. No recordaba su pérdida. Mi pérdida. Volví a mirar hacia mi brazo, y ante la sorpresa, no hallé la huella del vacío. Dudé, miré una vez más a la izquierda, pero la pieza ya estaba recta de nuevo. Nada faltaba. Caminé, noté la sonrisa agria del miedo en un espejo agrietado que yo no había apoyado en la pared del corredor, en el que tampoco me había querido reflejar, y después, continué. Al oír los huesos crujir dentro de mis pies, descubrí que en algún lugar de mi habitación debía haber abandonado mis dos pechos. Me acaricié con la palma de la única mano y no sentí dolor. 

Una alfombra surgió bajo mis pies, era esponjosa, y presentí que, pese a avanzar bajo el techo firme y recién pintado de aquel moderno edificio, pronto iba a llover. Enumeré las puertas del pasillo de la planta veinte e imaginé caballos muertos en el interior. Las puertas eran verdes, eran rosas, rojas y granas, púrpuras, azules, oscuras y claras, naranjas, beiges, amarillas, marrones, grises, dos negras y una blanca, y ambas sin números. Al final, tras la esquina, la salida y las notas de la misma canción. 

Bajé dos mil treinta y ocho escalones, el número era una suma incorrecta, pero aprendí de mi madre lo importante que era la inexactitud. Alegres, iban y venían. Noté el desacierto coincidente o consecuente y la cifra de los peldaños hizo una seca y singular carcajada. Ya en el piso primero sufrí un desequilibrio al levantar la pierna derecha, me abalancé, pero no eludí que se derrumbara hasta la planta inferior. Tuve temor a ver deslizar mi ropa interior, no a caer, romper mi nariz, perder los dientes o fracturarme el cuello, solo al pudor. Nada sucedió.

Lú, lejos, servía té en tazas de cristal, y en silencio, cuadraba sillas vacías o sin personas en una gigantesca mesa circular de cristal. Insospechadamente, en aquel rellano, la pierna ya había regresado a su raíz. Me acerqué a la pequeña ventanilla, donde un hombre delgado, alto y de edad inverosímil me empujó, clavó uno de sus codos en uno de mis pechos, y golpeó la campanilla de cobre que había sobre la mesa. Me satisfizo sentirlos de nuevo bajo la blusa sin abotonar. Me miró y sonrío hasta dejar a la luz el vacío de su boca.

-¿Por qué sucede? -Pregunté.

-¿El qué?

-Pierdo partes de mi cuerpo.

-Son los pensamientos y las tormentas.

-¿Las tormentas?

-¿Te preocupan más ellas que ellos? -La palma de su mano volvió a golpear sobre el timbre e introdujo su espinada cabeza buscando a ambos lados. 

-No consigo establecer una relación. 

-No siempre la establecemos. Las cosas suceden y ahí están los motivos, relacionados o no. 

¿Y el caballo?

-En este caso, pienso.

-¿Pienso?

-Sí, pienso, recuerda darle pienso. 

Volvió a ampliar su sonrisa, y allí apareció una jocosa mirada evidenciando mi estupidez. Pienso, repetí moviendo los labios. No emití sonido, me retiré, y avergonzada cubrí con la palma de la mano derecha mi pecho izquierdo.

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Teníamos cada dos días tres pastillas de colores distintos en una servilleta de papel para cócteles. La roja te movía los brazos en espiral y la ingeríamos temprano. El sol aún era un círculo gris. La verde te ponía todo el peso de tu cuerpo sobre ambos ojos. Yo la escondía en el bolsillo trasero derecho de mi pantalón cuando Lú se agachaba para recoger el vaso que adrede había hecho rodar bajo la mesa. La púrpura me provocaba una humedad vaginal sin deseo alguno, y al caminar en espiral por el interior de mi habitación, furiosa, me masturbaba sin descanso tratando de poner fin a aquel dolor. Yo no era yo hacía demasiados años y comprendía que las partes de mi cuerpo huyeran de su lugar original. Si bien, por otro lado, sí había motivos inconexos que preocupaban a mi manera de pensar. 

A las seis y treinta y ocho de la mañana recogía el pene de plástico que solía yacer arrugado sobre la alfombra rosa del baño, lo colocaba en su lugar, junto a un deshilachado cepillo de dientes sin utilizar, subía mis pantalones, mis calcetines, mi cuerpo, y decidía descansar con los ojos abiertos. El agua continuaba corriendo en el plato de la ducha, y el vapor, cegándolo todo, me daba una apacible tranquilidad.

También por las mañanas, pero únicamente los días que despertaba, caminaba hasta el caballo muerto de la cocina, acariciaba su hocico, ponía en posición de galope sus patas y le peinaba la cola. Era blanco, crin densa y larga, y ojos mustios. La muerte no agudizaba su aspecto, únicamente lo perpetuaba. Tampoco me entristecía que no respirara, sólo que ocupara tanto espacio. 

A las 20.38 era la hora del sandwich de jamón y queso. El tiempo era otra afirmación inexacta basada de manera exclusiva en una causalidad emocional. El único reloj estaba sin agujas en lo alto de una pared blanca de un salón sin mesas ni sillas, con ocho ventanas y tres sofás, y en el que siempre olía a camomila. Me gustaba permanecer y observar eternamente la esfera vacía en Navidad. Lú elegía la emisora de radio local, subía el volumen, e invitados e internos comenzaban a bailar. Me satisfacía mover la cabeza ligeramente a izquierda y derecha intentando perseguir el compás. El hambre también tenía una medida de tiempo y era el mes de octubre. 

Una tarde, cuando el sol se cortaba una vez más sobre las montañas, di dos paseos en círculos dentro de la habitación, tenía todas las extremidades en su lugar, me dirigí hacia la puerta, giré el pomo, perdí la mano, la recogí, y al levantar la cabeza, él esperaba de pie con un diminuto calendario triangular sobre ambas manos. 

-He estado pensando en tu caballo. -Dijo.

-Y yo en la ausencia de las tormentas. 

-Es hora del sandwich de jamón y queso. 

-Huelo el pan tostado. -Observé sus manos quietas a la altura de su cintura con un mes de octubre repleto de números y días- ¿Por qué lo sujetas de ese modo?

-Es para ti. 

-¿Algún motivo?

-Todos necesitamos saber nuestro origen y destino. 

-¿Y crees que eso me lo dirá un calendario?

-No. Él no te dirá una sola palabra, sin embargo, su presencia propiciará que tú digas unas u otras palabras. 

-¿Cómo me has encontrado?

-Tu nombre. -Señaló.

Con brusquedad junté los ojales con el lado de los botones, me cubrí, me ruboricé, no perdí partes de mi cuerpo, me reconocí, y dando un paso a un lado, el hombre delgado, alto y de edad inverosímil me entregó el calendario, rió o carcajeó, y corrió por el pasillo de las puertas de colores. 

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Era una niña pequeña subiendo y bajando una pequeña colina llena de flores. Lejos, la casa de madera tenía un columpio roto colgado de un viejo árbol. Papá se había convertido en un señor mayor, ni siquiera adquirió la denominación de padre, y lucía, inmóvil y lejano, una piel arrugada y seca, uñas sucias y dientes amarillos. El olor a tabaco estrangulaba cada uno de mis pequeños pasos con un perfume sobrio y pesado. Él leía hojas de un libro gordo, decolorado y viejo, vaciaba una quinta botella de cristal, y dejaba a un lado, junto a uno de sus gruesos muslos, todas las margaritas que yo arrancaba y posaba en la palma de su mano. La ladera era un universo limitado pero suficiente. 

Era una mujer adolescente subrayando líneas de libros una y otra vez y otra y otra vez, lo hacía con colores llamativos y lapiceros de grosor indistinto, pero nunca uno solo de los enunciados quedaron en mi memoria. Lo hacía en la cocina, como mamá un día lo hizo con papá. Ella sí había adquirido el término de madre, si bien, la palabra parecía poseer un lazo rudo y deforme sobre un envoltorio mal doblado y decolorado. Su cuerpo le había convertido en una mujer amplia, de mirada estúpida o vacía, excesiva y ausente, de piel oscura y recia, cabello corto, y solía ser un ser triste, e incluso desconocido para ella misma. Se había escondido tan bien dentro de sí, que ni siquiera recordaba lo maravilloso de que era vivir fuera de sí. Tampoco buscaba una grieta que le devolviera a otro lugar. De rodillas, de la misma manera que yo adiviné la sumisión, ella limpiaba en la cocina botes de plástico de limpieza. Sentada, yo enumeraba sin que los números tuvieran orden y sentido. 

-¿Cuántas hay en la caja?

-Dos, tres, ocho.

-¿Y cuánta seguridad tienes en esa respuesta?

-Toda.

Mamá, con esfuerzo, posó su mano en el suelo, irguió sus huesos, dio vueltas al agua hirviendo de la cazuela y repitió la pregunta con idéntico tono y misma entonación. 

-Toda. -Respondí una segunda vez.

Con brusquedad detuvo el movimiento de muñeca, y giró sus distantes caderas mientras la cuchara de madera goteaba entre el espacio de sus pies. El gesto había caído sobre mí, y al sostenerlo noté un agrio pinchazo en mis lumbares.

-Hoy llueve, -dijo.- ayuda a papá.

Ella odiaba la exactitud y la seguridad. Ella aseveraba, sin conocer el significado real de dicho verbo, que todo contenía errores o desaciertos. Nada era exacto, ni siquiera un círculo. Pero yo, en aquella afirmación tan categórica, siempre me atrevía, e incluso aseguraba a un palmo de su cara, que tenía toda la razón, y que ésta era inamovible y precisa. La última palabra me abofeteaba con dureza y movía mi punto de visión. Después, papá trataba de ser padre y me ponía una pequeña bola de papel higiénico mojada con agua oxigenada en el orificio de mi nariz mientras me acariciaba el cabello con una extraña ternura. 

Repetí para mí, dos, tres, ocho, observé la lluvia a través de la puerta de cristal y cómo la hierba y las flores se hundían por el peso del agua. Abandoné sobre la mesa de la cocina la caja de cerillas y los libros subrayados y abiertos. Qué edad tengo, me pregunté sin saber añadirle a mi pensamiento una interrogación. No iba a morir, solo a caminar hasta el salón. 

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-He olvidado leer.

-¿Cuándo?

-Hoy.

-¿Te has saltado alguna medicación?

-Ha desaparecido el caballo, hay un espacio frío en mi habitación, y cuando camino me encierro en espirales hasta quedarme atrapada en un punto tan minúsculo, que no me puedo mover.

-¿Cómo te llamas?

-No lo sé -Estiré la solapa y enseñe la placa que colgaba pesada e inestable en mi blusa.

-Ese es solo el número de tu habitación. 

Lú movió el bolígrafo sobre el papel como si hubiera mucha prisa en lo que hacía, bebió del vaso de plástico blanco que humeaba a su izquierda, y volvió a buscar una respuesta que colgara de la cuerda recta e imaginaria de la que ella tantas veces hablaba. Era un péndulo cuyo tiempo avanzaba a merced del viento. Olvidé mi pensamiento, observé su rostro liso, maquillado y hermoso mirando durante un instante hacia la pared rosa de la habitación, y después, inevitablemente tosí en tres ocasiones. La gravedad y firmeza de sus negras pestañas me atormentaba, y al oír la palabra en mi cabeza, recordé la distancia entre el trueno y el relámpago. En ocasiones, sólo sentía alivio al desviar la mirada hacia lo alto y perseguir el sendero impreciso de las grietas que crecían junto al techo. La lluvia era una manera de llorar, y con la evidente pérdida de las palabras, su forma y significado, sentí un diluvio torrencial. Había caído la noche, nadie la recogía, yo tenía el estómago vacío, el paladar áspero, la nitidez repleta de borrones, y únicamente las manchas azules en línea que cubrían el papel cuadriculado me calmaban. Lú volvió a escribir, yo observé su trazo ágil, y después oí su voz. 

-¿Ves?

-Solo cuando no pierdo los ojos.

-¿Eso cuándo sucede?

-Cuando duermo.

Escribió, escribió y escribió. Me miraba, obtenía un pensamiento y volvía a dar trazos con su mano derecha. 

-¿Me oyes?

-Solo cuando no pierdo las orejas. 

-En ellas no hay oídos. ¿Me oyes ahora mismo?

-Sí. -Respondí asustada.

-¿Qué dije?

-Me oyes ahora mismo.

Escuchó mi frase, que aun conteniendo las mismas palabras, no tuvo en absoluto siquiera un parecido. Ambas frases aparentaban ser dos ciudades completamente irreconocibles en un mismo lugar. Vi, dentro de un marco dorado, dos fotografías tomadas desde una perspectiva opuesta; luz, color y enfoque. Nada les asemejaba y yo estaba segura de que ambas significaban lo mismo. 

Lú se levantó un minuto más tarde. No dijo una palabra, abandonó la sala y no estuvo allí durante un tiempo. Con el vacío me sentí bien. La soledad era un espacio agradable. Y cuando regresó observé que la luz continuaba siendo la misma sobre la mesa de madera. Alguien había grabado un nombre, pero no lo identifiqué. Levanté la cabeza, vi a Lú, que vestía unos guantes azules de plástico y no sonreía. Me pidió que abriera la boca, y que después de mover mi lengua hacia el interior, cerrara la garganta. La oscuridad después del dolor fue incluso más agradable. 

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Nunca maté a nadie. Y si lo hice, comencé por mí misma el día que elegí deshilar a tijeretazos cada una de las prendas que colgaban en el armario que se arrinconaba en mi pequeña habitación. Abrí el cajón superior de la mesa de noche que siempre tenía a una distancia prudencial junto a mi cama. Dentro, una caja forrada de papel, dentro, ovillos de hilos de dos únicos colores, agujas sueltas de tamaños distintos, un dedal de cobre, y unas delgadas y largas tijeras de metal, nuevas, con dos anillas débiles y estrechas para los dedos. El pulgar se acomodó, conseguí separar las hojas y las vi finas y afiladas en el brillo triste de mis ojos. Descolgué una a una las perchas, las amontoné sobre la cama, y coloqué a un lado, sobre la alfombra, el peso del tiempo. Aliviaba mi dolor ver que los retazos se desplomaban como mechones de pelo. Y yo llorando. Y la lluvia y el viento desnudando los árboles, y la inseguridad de las dos ventanas temblando, los pasos yendo y viniendo en el piso inferior, el motor del depósito de gasoil, otro motor, un grifo de agua correr, y el dulce crujir de la ropa al ser cortada con el movimiento de mi mano. Vi sangre en uno de mis dedos, respiré, gemí, gimoteé y enumeré. Tenía una edad alta con un número bello y sonoro, y pese a oír gritos incansables en mi cabeza, pese al doloroso ruido, nunca olvidaré qué precioso y denso fue aquel silencio encerrada en mi habitación. 

Aún sentía calor en los labios y un hedor constante a ropa interior en el trayecto de mi respiración. Pensé en la suma de los botones atrapados en los trozos, todos sin una forma repetida. Pensé en el peso de las lágrimas atrapadas en mis mejillas extenuadas, en la obligación y el movimiento, y en la existencia del pánico. Recordé los triángulos, equilátero, isósceles, escaleno. Imaginé la oscuridad y calma de sus ángulos, el inevitable abandono de la geometría y su lejanía. Subrayé el pensamiento y reapareció el desacierto de una nueva cifra que resultaba en mi cabeza, y llamaron a la puerta con tres únicos golpes, secos, sin pausa y veloces. Desnuda, con el hinchazón en el paladar, fui y volví con los ojos mojados hacia un espejo que inestable colgaba de la pared. Incluso el aliento había aprendido a desaparecer ante la presencia del miedo. Escondí mi tacto inquieto en los dedos, lo hice en el cabello, y aún sostuve las tijeras abiertas en los talones de un pantalón vaquero. ¡Nos vamos! No lo hice. No me fui. Yo no. No me moví de mi posición. Crucé las piernas hasta que dolieron y permanecí inmóvil junto a la ropa rota, sobre la alfombra, delante de la cama y en el epicentro de mi Universo. Quizá nunca existió la voz de mi madre. 

Lo sucedido fue un acontecimiento circunstancial. La imagen siempre se mueve en mi memoria en un único plano. El fotograma es constante, y en ocasiones, interminable. El caballo encerrado en el establo, coceando, gimiendo, mirándome con una fea sonrisa que su hocico blanco no sabía trazar, y señalándome mientras yo trataba de evitar que la felicidad desde lo alto del tejado comenzara a llorar. Tal vez, sí, fue la única víctima. Pienso, dale pienso. Y no lo hice, y cuando salté al vacío, él ya había muerto. 

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Era diciembre. Había un árbol sujetando el peso de las luces de colores, envoltorios de muchos tonalidades sobre una mesa del salón, sobre una bandeja de plástico, sobre un mantel rojo de papel, y bajo una bella canción de Navidad que sonaba una y otra vez en los techos y las paredes. Había incontables sonrisas forzadas tratando de levantar los rostros alicaídos que, por alguna razón, me recordaban a viejas marionetas cosidas con inexperta desgana. Alguien, por algún motivo, las había decidido sacar a pasear. 

En Navidad ya no perdía partes de mi cuerpo porque desconocía los nombres de cada una de ellas. O tal vez sucedió porque mi pensamiento carecía de imaginación, o porque mi cerebro estaba muriéndose, o porque accedí a ingerir pastillas de un color que no sabía definir. Mi voz era un círculo gris. Aquella era la única imagen que sonaba abstracta en mi cabeza, y aun difusa, evidenciaba sin una sola palabra todo significado. 

En aquel desconcertante vacío, yo había tomado la decisión de esconderme siempre que caminara lejos de mi cuarto. Ocultaba la placa que colgaba sobre la solapa de mi blusa, como si los dedos sobre ella propiciaran mi invisibilidad. Dos, cero, tres y ocho. El número de una habitación en una planta, en un rincón, en un pasillo de puertas verdes, rosas, rojas y granas, púrpuras, azules, oscuras y claras, naranjas, beiges, amarillas, marrones y grises. El número de un hogar. El número de un nombre, una identidad, el número de una vida. El único número con vida. Yo. Con la palma de la mano pegada al pecho derecho con una libertad inalcanzable. 

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Mamá tenía razón. Eran 237. O quizá alguien había utilizado una. Cuando rasqué todas, no sólo aniquilé su uso, el objeto, también me deshice de todo. La ropa comenzó a humear, el humo empezó a oscurecer el aire, el techo y la respiración. El fuego, poco a poco, retorció la madera; la oí crujir, sentir dolor, aullar y morir. Y todo corrió y desapareció. La alfombra, el rodapié, el papel de la pared, las sábanas, las cortinas, los cristales, el colchón, la mesa de noche en su aún distancia prudencial, el espejo observándonos sin comprensión, los libros en orden y desorden sobre un estante cargado de inestabilidad, y después, el desprendimiento haciendo de lo mínimo una catástrofe. 

Cuando mi cuerpo desnudo sobre el tejado observaba la lluvia al horizonte en densas nubes negras, percibí un extraño escalofrío. No les oí gritar, pero alguien me aseguró que sucedió. Con ambas piernas rotas sobre la hierba y entre las flores, la luz del fuego no cesó hasta el anochecer. Sobre una cama de ruedas, las palabras cayeron vacías en mi cabeza, y sólo sentí pena al ver el hocico triste y muerto de nuestro caballo bajo los restos del establo. 

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Ser libre era la ausencia de camino. Al oírme apareció ante mí un desierto y sonreí. 

Tenía una pastilla verde en el bolsillo derecho trasero de mi pantalón, una negra en el paladar que había comenzado a deshacerse como un terrón de arena de playa, un olvido constante y un peso extenuante en los párpados. A veces imaginaba vivir dentro de un globo de plástico sujeto por los inquietos dedos de un niño. De pronto, un adulto desataba el nudo, y mi ser era expulsado muy lejos y sin control.

-Para ti. 

Su voz pareció muda, un murmullo ininteligible, pero le oí, le comprendí y reconocí.

-¿Otro calendario? -Pregunté. 

-Sí. -Estiró los dos brazos y lo colocó con suavidad a un centímetro de mi regazo- Hoy no llueve y he comprado pienso.

-Él se ha ido.

-¿Quién?

-Todos.

-¿Quiénes?

-Los pensamientos, el caballo, y pronto se irán las tormentas.

El hombre delgado, alto y de edad inverosímil abrió la boca, pero en ella no encontró un solo sonido, menos aún una palabra. Yo busqué con ahínco, pero en aquel espacio no había nada. Sentí alivio al sostener aquel triángulo equilátero lleno de números, y miedo al dejar mi número al descubierto. Aterrada, huí otra vez. Caminé veloz hasta mi cuarto, y allí deseé unas tijeras para recortar y desordenar el paso del tiempo. Asustada, ingerí la pastilla verde. Antes de desaparecer, quise abrir la ventana de cristal con un pomo de metal que daba acceso al jardín. Recordé la hierba y las flores hundidas por el peso de la lluvia, el libro de papá, su olor, mi respiración, las cerillas quemadas, y el sol en lo alto, siempre en una esquina, y aún siendo mi círculo gris. Pegar la nariz al cristal y ver que mi respiración aún era capaz de emborronarlo todo, tal vez me permitió sobrevivir veintidós años más bajo una desconocida tranquilidad.  

Fotografía: Daniel Diez Crespo

Caníbales

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Hablamos del precio de las putas con el cadáver del anciano sobre la mesa. Ella puso en dos pequeños platos una tarta de arándanos, y yo piqué la hierba con el mismo cuchillo que partíamos el queso. Mi mujer se rascó el pezón, duro por el frío, lo fotografió, y yo dediqué un tiempo a oler la densidad de la muerte vagando con lentitud a nuestro alrededor. Sesenta y cinco era una buena tarifa, y la tarta estaba deliciosa. No pregunté el origen del pastel, sólo comí. Al mismo tiempo abrí mi cartera de tela sobre la que había un pez blanco grabado con un hilo muy fino, extendí los dedos bajo el papel de tabaco, y utilicé la otra mano para llevarme de nuevo el tenedor a la boca. La lengua se deslizaba una y otra vez sobre el labio superior; a izquierda y derecha, y la rueda del mechero rompió el silencio y la oscuridad en la vieja cocina. Ella era la señora del cuerpo y aún besaba el anillo cada vez que mordisqueaba un trozo de su jugosa mano. Bajo un vestido negro, de larga estatura, tenía la piel devastada por el paso de los años, los dientes ausentes por el chocolate y los cacahuetes, y una mirada honesta, grande y muda. En ocasiones, miraba los cuchillos con puntas que colgaban de la pared. Cortó un triángulo, lo empujó hacia mí, y sirvió un vaso de leche hirviendo sin azúcar ni cucharadas de miel para que la carne no bloqueara la garganta. Imaginé una pequeña oveja tras alguna puerta. Era agua sucia. A mi lado, mi pareja continuaba desnuda y señalaba con un dedo el número de teléfono impreso en el periódico. Leí en voz alta el enunciado de una maravillosa felación, y pensé que cincuenta y cinco sería suficiente. Acto seguido ella me tendió el cigarrillo, y yo, con el humo confundiendo la escena, quedé prendado de los talones exquisitos de aquel difunto. La calada iluminó mi nariz, tambaleó la silla y sentí la necesidad de hundir mi dentadura en los dedos de sus pies. El mordisco desencadenó el pecado.

El tiempo había desaparecido. Las agujas atravesaban el cuello del invitado y no había hora en el reloj. Masticaba una pierna, todavía cruda, y al depositar en orden las uñas sobre la repisa del lavabo, junto al jabón, y abandonar el muslo de pie sobre el armario, ella me acariciaba el pelo con una suma delicadeza. El cuchillo colgaba junto al papel higiénico, la ventana continuaba abierta, y el aire cálido se respiraba espeso como la nata sobre un pastel de crema. De manera lenta, con el peligro que suponen los pasos a ciegas, regresé a la cama con los labios encharcados en sangre. No separó sus largos dedos de mí. Afuera gritaban los niños, lloraban los padres, y chocaban los coches entre sí provocando que el metal y los cristales fueran una sinfonía irreverente.

-¿Me haces el amor?

-Puedo amarte sin hacer lo que deseas. O desearte sin amarte.

-Hemos de comprar mantequilla. Hoy sin falta.

-¿Qué hay de la leche?

-Mañana.

-Bromeas, ¿verdad?

-Te amo.

Ella se tumbó a mi lado, sacó un brazo de la cama y alcanzó la pierna mordisqueada que había inundado de sangre el parqué. No la mordió, la observó como un trozo de arte. Apenas tendría veinte años, la pierna, y escondía una silueta descuidada. Erin la había cortado con desprecio por su desaprovechada juventud. Quizá un ataque de celos. La muerte era un estado de necesidad. Me relamí y saboreé el metal frío entre las encías. Al observarla bajo sus manos, aparentaba mayor edad.

-Deberías traer una servilleta.

-O tal vez debiéramos comer en la cocina.

Resbaló cuando intentó llevarse hasta los dientes al peroné. Le ayudé, pero manchamos las sábanas. Erin desistió, cogió mi brazo con fuerza, y los dos nos quedamos tumbados, sin el tiempo, con el hambre mirándonos y el miedo quieto junto a un viejo piano y varias cruces descolgadas y vacías. Me abrazó con la pierna a un lado. Su pubis desnudo se deslizó hasta la cumbre de mi pene, que lentamente comenzó a enderezarse al igual que un bizcocho crece con lentitud en el horno. Juntos, los ojos no emitieron una palabra, únicamente hablamos, y el amor continuó inutilizado.

-Era la puerta cinco, ¿verdad?

-O la escalera tres. No lo sé -respondí agrio-. Las puertas se abren, y si se abren ya nadie las cierra. ¿Mantequilla, dijiste?

-Sí. El rellano cuarto -rumió pensativa.

Afuera no había una sola rebanada, tampoco puertas útiles, y sin embargo, el ser humano soñaba con llaves y cerrojos. En mi cabeza, dedos desconocidos sujetaban un cuchillo y untaban mantequilla sobre la piel aún viva de cualquier ser humano. Con una espesa y cálida brisa sobre el techo, el frío en las paredes, y el olor a carne en proceso de descomposición, dormimos plácidamente abrazados el uno al otro.Y el tiempo del uno junto a ese mismo otro. Y ambos en su madurez. Al despertar, Erin mordía mis mejillas.

Erin era un cuerpo femenino desnudo que jamás había masticado un trozo de fruta o llevado una  cuchara a la boca. El cubierto de metal, tan convexo, le dolía al tocar los molares superiores. Tenía el pelo rudo y negro como el carbón. Poseía mechones hoscos, que eran trenzas y apenas se movían al caminar. Miraba distante, fría, y lucía una menuda cicatriz en su mentón que parecía querer escribir toda su vida. No era delgada, había mucho peso en sus pechos, y sentí ternura al ver la suciedad de sus rodillas. Fumaba de manera consecutiva, y el timbre de sus palabras era tan seductor como una breve canción de blues. Erin no era mi mujer, lo deseaba, y tomaba fotos a mechones de pelo en el suelo de una abandonada peluquería.

Fotografiaba. Poseía una cámara del año mil novecientos cincuenta y cuatro con una pegatina a nombre de un periódico francés. Negra, rústica, pesada, y con una fina correa de cuero que le permitía llevarla colgada al cuello. 

-Ella me matará -dijo desde lo alto de un muro.

-¿Cómo?

-Subida a una silla.

-¿Ahorcada?

-Ese gato blanco durmiendo sobre aquel triciclo podría ser lo más bello que fotografiaré jamás -mintió.

-¿Qué haces aquí? 

-¿Y tú?

-Encontrarte. 

Descubrí, siete meses después, que carecía de carrete. Tan sólo amaba el sonido del detonador bajo la yema de su dedo índice, y la imagen que quedaba grabada en su cabeza cuando pegaba el ojo derecho al obturador. Soñadora, deambulaba sin saber caminar, y en aquella desorientación vital, mi presencia le perseguía con un gesto circunstancial y estúpido ante el hermoso encuadre de sus nalgas agachadas y desnudas.

-¿Piensas en sexo?

-¿Cuando te miro?

-Cuando me has visto.

-Sí. Lo he hecho. Podía ver tus labios sin vello entre tus piernas -me sinceré-. Si bien, con honestidad, mi cabeza nunca puso mi pene allí.

-¿Por qué?

-Quería oler tu mirada, ver cómo hablas y sentir el rostro de ese fabuloso culo desnudo.

-Me llamo Erin -dijo tendiendo la mano.

Ella tenía la piel llena de lunares, que unidos, escribían a mano alzada palabras inexistentes. Me invitó, acepté, y fue lo más parecido a un hogar que recordaba haber visto desde la adolescencia. Daba pasos cortos hasta la habitación principal de aquel apartamento abandonado, subía el volumen de una vieja radio, y bailaba una y otra vez la misma canción de un casete sin prestar a nada ni nadie un hálito de atención. Yo adoraba el sonido al rebobinar y el golpe de la cinta cuando llegaba a su final. Después, distantes, aprendimos a dormir sin la soledad, y en largas ocasiones, a conservar nuestro silencio.

Erin se enamoró de mí vendiendo contratos funerarios. Yo me enamoré de ella el día que la vi arrastrarse como una vieja serpiente por las estanterías huesudas de un supermercado. Me gustaba su silueta trazando curvas sobre las baldosas blancas y frías. Alguien había olvidado apagar los frigoríficos, y pensé en el orden de los yogures.

-¿Funerarios?

-Lo que viene a ser la financiación de la muerte por adelantado.

-Necesitaré uniforme.

-O una falda doblada.

Sus dientes de abajo ocupaban el mismo espacio que los de arriba. Aquella sonrisa malévola, extraña y perfecta era más aterradora que su voz seca por la cantidad de hierba que fumaba sin tabaco. 

-¿Quieres sexo conmigo a cambio?

-Quiero amor contigo sin nada a cambio.

Mi frase sonó como suena el centrifugado en el último instante. La falta de ruido, inmediatamente después, era un cazo de puré espeso sobre mi cabeza; alivio. El fin indudable. Clic, oí. Abrí la puerta de la lavadora y esperé. 

-Encontraré un sujetador.

Años. Él compró flores a una mujer ambulante que vendía amapolas en un despreciable stand al final de la feria. Caminó siete millas a pie hasta la puerta roja de aquella casa junto al nacimiento del río que atravesaba la ciudad, y golpeó tres veces con los nudillos de su mano izquierda. No era invierno, pero el viento corría de un lado a otro con una fuerza encomiable, moviendo el aire sobre sus narices y obligándole a hundir la barbilla bajo su abrigo de ante.

Él  cambiaba ruedas de vehículos en un taller, dibujaba viñetas pornográficas para sus amigos y bebía té de jengibre. Nunca al mismo tiempo. El pelo le caía sobre sus hombros bajo un gorro de lana, y para la ocasión, se había afeitado y limpiado los zapatos con un trapo de cocina seco, hasta lograr que el brillo reflejara la felicidad de sus ojos. Cuando golpeó la puerta y sintió el frío en los dedos, Ciara no apareció al otro lado. Ciara no corrió la cortina del primer piso en su habitación. Ciara no olió las amapolas. Ciara tenía una singular sonrisa. Ciara repitió una y otra vez sin frases después.

El hombre era alto y gordo, había perdido su cabello, pero le crecía bajo su mentón una rizada y pelirroja barba. Descalzo, se abotonaba un chaleco granate con dificultad sobre su barriga, y al mismo tiempo, masticaba una salchicha cruda que sujetaba torpe con la mano libre. Liam nunca dijo una palabra. Estiró los brazos, se deshizo de las flores y caminó de regreso a casa con los zapatos llenos de polvo. 

-Cuarenta…

-Años. -Terminó Ciara- Y nunca vi las flores.

-¿Dónde conseguiste la tarta?

-¿Cómo te atreviste a volver?

-Porque sólo tenía un pensamiento cada tarde. -Liam observó el pastel sobre la mesa y acercó un dedo.- ¿Dónde?

-Ni una sola flor. ¿Semanas?

-Trae un cuchillo. Grande.

Liam se quedó mirando la circunferencia, los arándanos desordenados en la superficie, y una luz gris que entraba sobre la ventana enturbiando con melancolía la escena. Ciara descolgó el cuchillo que colgaba de un imán de la pared, y cuando untó el dedo y saboreó, golpearon en la puerta. 

Al tercer mes miraba su cuerpo como un plátano pelado sobre la mesa. Delicioso. Fotografiaba huesos secos de melocotón y utilizaba las rodillas sobre el suelo para atrapar una distante perspectiva. Leía páginas impares, se metía el dedo anular en el ombligo y pasaba la uña del pulgar por objetivo de su vieja cámara. Su cuerpo era un cadáver vivo y caminando alrededor de mi estómago vacío, y yo otro ser con vida sin un paso decisivo que, bajo un chicle duro, masticaba la calidez espesa de aquel aire. Tenía un sentimiento famélico y había perdido la destreza y las zarpas. La hambruna enloquecía. Ella aplastaba sus dientes una y otra vez, yo desmigaba las uñas de los dedos de mis pies. A veces, me dormía el apetito, y mientras ella liaba un cigarrillo, yo ordenaba formularios en blanco carentes de firma hasta perder el peso de mi cabeza. Los cristales rotos por el suelo evidenciaban la desidia y la apatía, y la pasta de dientes rosa y seca en el lavabo aún tenía un amargo sabor a fresa.

-¿Declan? -Preguntó.

-Eso dije. 

-¿Tu madre o tu padre?

-Mi madre se cayó de un empujón en el sexto mes de embarazo -decliné de corrillo-. Y mi padre disparaba platos con una escopeta.

-¿Qué tiene que ver la violencia con tu nombre?

-Conozco un sitio -Zanjé-. Aún viven.

-¿Y vas a invitarme a comer?

-Seremos el alimento que nos alimente. 

Erin no llevaba sujetador, no sabía doblar la falda y agachaba la cabeza porque mis nudillos sonaban ensordecedores en las puertas abandonadas. Nadie abría, y en ocasiones cedían al primer golpe. Ella interpretaba canciones en los sonidos lentos de las bisagras. Después, emitía un reproche sarcástico al tiempo que tomaba asiento en el suelo para cortar con sus largas uñas la hierba. 

-¿Qué ves cuando fumas?

-La calma.

-¿Y cómo es? 

Las casas vacías esparcían huesos limpios y desorganizados. Erin estiró el brazo y levantó con dulzura una larga tibia. La observó, la olió y la volvió a colocar en la misma posición, donde el polvo había dejado un vacío.

-Es como él. –Señaló el hueso y encendió el cigarrillo.

Timbres mudos. Aquella frase redundando en un rellano me entristeció. Erin la asoció a un excelente nombre para un grupo de música. Apreté el maletín bajo mis dedos y señalé a un edificio alto al final de una larga y estrecha avenida. Él era. La construcción se alzaba en triángulo isósceles. Plantado al final de la calle adoquinada, sin hojas en los árboles, alguien había pintado las tres paredes de amarillo, y el color ya roto huía del desacierto. Poseía un tejado plano, y sobre él despuntaba una larga y delgada chimenea de la que emergía una densa cortina de humo azul. A mi lado, la sombra cálida había desaparecido. Tumbada, fotografiaba un minúsculo muslo de pollo sin carne. La temperatura quemaba el asfalto, pero ella volvió a pulsar el disparador. Alrededor, ciudadanos anoréxicos e insensibles miraban con deseo la generosidad de sus piernas, y al mismo tiempo, se abofeteaban los unos a los otros sin descanso. Nunca morderían aquel pecado porque su miedo bebía con insana desesperación cualquier deseo.

Erin regresó al lino de mis pantalones. Amaba la cercanía y me dolía la sutil y sigilosa distancia que tomaba para fotografiar detalles abandonados. Pensé que mis pensamientos deberían pensar en abandonarla. El riesgo preguntaba. Olía a hierba quemada. La respiraba. Sonrió sin distancia entre los dientes y copió el ritmo de mi paso. 

El portón gemía como un dolor lento y continuado. Los timbres a la izquierda carecían de botones, números y letras. Las escaleras crujían e imaginé migas de galletas bajo suelas de un zapato inquieto. Liam era un anciano con una melena débil y larga cayéndole hasta la altura de los hombros. Vivía en el cuarto piso del edificio triangular, en la letra D, al otro lado de una puerta negra que se ubicaba al final de un laberíntico rellano. Portaba un bastón de metal con un tapón de goma rojo que agarraba el suelo, dos pares de gafas colgadas al cuello y un sombrero hecho con un periódico de papel. A escasos dos metros de su espalda, una señora sujetaba un cuchillo de grandes dimensiones con el mango de madera. Erin levantó la cámara y disparó en tres ocasiones desde una misma posición. Nunca vi tanto terror en una detonación fotográfica. Puse mi brazo libre sobre su objetivo, la separé de su ojo derecho, y me disculpé mostrando la palma de la mano en posición diagonal.

-No venimos a matar a nadie.

-¿Quieren la nevera? -Preguntó Liam.

-Empuja la puerta, ¡empuja y cierra con llave! -gritó la señora- ¡Y fuerte!

-Sólo nos queda queso…

-¡Cierra!

Imaginé el queso. Lo visualicé cortado, rectangular, amarillo y sobre una tabla de madera. Traté de recordar su sabor y textura, y en aquel recuerdo cíclico la sed fue un esponja retorcida y sin una gota. Mi brazo sintió un empujón, Erin mordió mi piel, la sangre emergió, y tres hilos corrieron con libertad entre mis dedos. Dio un paso atrás, y sin alguna reacción que lo impidiera, se deslizó por el parqué con la cámara colgada al cuello. La secuencia, corta y veloz, me recordó a la bailarina torpe que pone punto y final a una larga coreografía. Su cuerpo desnudo parecía una canica que rueda desde los pequeños dedos de un niño. Liam hundió la mirada, el gorro de papel se despegó de su cabeza, y cuando encontró el cuerpo de ella, el sombrero cayó. La mujer puso un pie a un lado con suma decisión y trató de acuchillarla. Me distrajo un cuadro al óleo con un jarrón de amapolas que colgaba de una de las paredes.Regresé, y la velocidad y la agilidad, que eran actos extinguidos, hicieron una escena cautivadora.

Cuando la edad desequilibró tanto movimiento, Erin logró deshabitar el arma de entre sus manos, puso una seca patada en su estómago, y lanzó el filo con maestría hacia mí. Volaron los papeles en el rellano, y cuando agachado quise evitar la muerte y que el desorden se esparciera por las escaleras, el cuerpo de Liam se derrumbó muerto en el rellano. El cuchillo le atravesaba el cuello. La esposa perdió la consciencia, yo obvié los formularios, arrastré el cadáver, y cerré la puerta fuerte, y con llave.

-Conozco una Iglesia. 

-¿Quieres confesar tus pecados? -Insinué. 

-Quiero enamorarme de ti.

-Ámame.

-En ocasiones veo desaparecer a las personas y no siento tristeza, veo desaparecer el amor, y me muero de pena. Si te amo corro el riesgo de ver cómo ese sentimiento deja de existir.

-¿Y la iglesia?

-Para fotografiar cruces desarmadas.

Encendió la radio y pulsó un botón para que el volumen ensordeciera el ruido de los coches chocando una y otra vez.

-¿Crees que Dios alimenta? -Pregunté. 

-Dios es un plato excesivo para toda la vida eterna que promete. -Cerró la ventana sin cristales y volvió la mirada a mí- Veremos su casa sin que la creencia nos niegue la realidad.

-¿Vive alguien?

-La vida es eterna allí.

La nevera estaba vacía y el cuchillo volvía a cortar trozos de hierba sobre una mesa de cristal. El anciano eran huesos limpios en un rincón junto al sofá. La mujer había perdido el juicio mordisqueando la piel cruda de su esposo, ofrecía su cuerpo desnudo y simulaba cortarse el cuello con cucharas de madera. Cuando el viento dejó de soplar, el aire le permitió saltar y caer desde la ventana. Erin quiso su cuerpo hecho puré, yo vi la ausencia de bofetadas junto al arcén y retuve el impulso. Trying to run away and disappear, cantó junto al alféizar. Movía la muñeca con una destreza acompasada, y al mismo tiempo, sus pies cruzados. A igual son. What you wanted, rumió con el cigarrillo entre los labios y el mechero dando un paso adelante y atrás. Sus mejillas rosadas iluminaban tanta mirada.

-¿Te vas a comer ese trozo? -Preguntó.

-¿Sabes quién soy? .

-No. ¿Te lo comerás?

-En ocasiones hay ideas en mi cabeza que se asemejan mucho a un tarro de cristal repleto de mayonesa que ha caído y está echo amasijos en el suelo. No sabes si barrer o fregar.

-Lo comeré… ¿de acuerdo?

-Compré dos coches, una casa, y sesenta vestidos para un mujer hermosa. A ella se la comió el aburrimiento y a mí me quedó la soledad atestada de compañía.

-¿Y a ti quién te comerá?

-A mí me comerás tú.

Quité los cordones a los zapatos y comencé a romper uno a uno los pocos papeles en blanco que quedaban en la cartera de cuero. La hambruna ataba al aliento y el aire había dejado de pasar. Tenía tierra seca en la planta de mis pies. Los huesos siempre estaban limpios y Erin comía un pequeño trozo de la tarta de arándanos.

Nadie alrededor. Nuestra vida plural tenía un elevado riesgo de desaparecer. El sigilo hacía enorme cualquier aspiración. La prostituta tenía los pechos pequeños, la tarifa era desmesurada y el sabor de la piel albina carecía de dulzura. Dura, la carne muerta perdió su atractivo y utilizamos la misma ventana. Con delicadeza y por las dobleces señaladas rehice el sombrero de Liam y lo coloqué sobre la esquina del sofá. El polvo aparecía en las pisadas, la puerta se abrió con sigilo, y desde el rellano vi que aún quedaban formularios en blanco. Erin repitió con su voz grave la palabra iglesia, y ante mis ojos se descifró de un hermoso sinónimo. No lo creí. 

Hambrienta, me guió. No tomó una sola fotografía. En la calle habían cesado las bofetadas, el motor de los coches y las molestas voces de los niños y sus padres, pero el silencio aún imitaba con dificultad el sosiego.

-¿Dónde?

-Pese a todas las partes de Dios, lejos.

Descalzo tenía miedo a caminar y era yo quien trataba de no perder el hilo de sus desnudas piernas. Vi una caja vacía de un helado de fresa y chocolate y pensé en una cuchara de plástico roja derritiéndose entre mis labios. La puerta de la Iglesia estaba cerrada. Había papeles escritos a mano, flores secas y velas consumidas junto a una pared. Las paredes eran frías, y en el interior, el eco de la puerta resultaba una evidencia molesta. Recordé la masturbación, la comunión y la risa. Erin abrió la Biblia y leyó las hojas que arrancaba.

Comenzaba a sentir una debilidad que a duras penas sostenía mis párpados. Tuve miedo de mí cuando mordisqueé mis dedos y la sangre comenzó a correr por mis labios. Escupí sobre el altar un trozo de piel. Intenté ser consciente de mí, lo fui, me alivió y dolió. Erin dejó de olisquear la alfombra y descolgó la cámara de su cuello. Miró mi desquicio y con lentitud se esfumó. Aquel gesto me desconcertó. Vi huesos limpios amontonándose junto al confesionario. El orden de los objetos evidenciaba alguna presencia. Me alojé en el primer escalón, venció el peso de mi cuerpo, y tumbado cerré los ojos para olvidarme de mí. No vi a Dios. Ella reapareció, traía una pierna joven y lamió mis labios.

-¿Alguien?

-Nadie.

Cuando la carne se extinguió, mordió mi mejilla. Sentí que no había perdido nada, y sin embargo, se santiguaba con el trozo de piel frente a su boca. Famélica, saboreaba de mí lo que nunca fui. Rompí la incisión de mis dientes sobre su rodilla y noté que aún había calor en aquellas piernas. Los cisnes tenían un cuello largo, recordé  al ver la posición de mi pene. Imaginé sin éxito el dolor de la muerte. Obvié la realidad y la posibilidad de no morir al mismo tiempo, y clavé los colmillos junto a sus nalgas. Ella me arrancó un trozo de carnee bajo los hombros. 

-No sucederá.

-Ni mantequilla ni leche…

-Ni servilleta. Muerde aquí. 

-¿No quieres que hagamos el amor antes de morir?

-Comamos.

Los dedos estaban entrelazados como piezas de un puzzle abandonado. Mordí ahí. Mordió ahí. Cuando emergieron los latidos del corazón bajo los huesos, sólo vi el terror de la respiración. El placer no fue devorarnos y ver nuestros labios ensangrentados, fue morir cogidos de la mano.

Fotografía: Lucyna Kolendo

Respira

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Entonces el aire había subido su precio, la cartera continuaba vacía, ella sostenía la pistola sobre mi labio inferior, y alrededor, todos respiraban con tranquilidad. Yo, en cambio, me asfixiaba. La oscuridad me obsequiaba claridad, el vacío multitud, y el ahogo ingenio. Ella era una lectora de las que me atrevía a denominar inexistente. Desnuda, exhibía una piel espumosa y sutil, escondía anillos negros entre el hambre de sus pechos, y emitía una voz lúcida y descansada, como la brisa pausada que mueve la hierba. Había una cárcel melancólica en sus pestañas. Yo, a su lado, no respiraba y era un escritor que tampoco escribía porque había perdido las hojas en blanco, y además, acopiaba innumerables escritas. Era adulto, me sentía envejecido, evidentemente avaro, sobrio era mudo, y en el exterior, donde todos respiraban con tranquilidad, un hombre desconsiderado, desconocido e infeliz. Para todos los ojos que siempre había escrito, no había tiempo, y además, desconocían el valioso coste de mi aire. Ella era la regla confirmada por la excepción.

Sinuosa, despegó el arma de entre mis dientes con ilimitada lentitud, como si al hacerlo me hiriera, y tumbó su cuerpo desnudo sobre la tensión de la sábana blanca que engrandecía la armadura de hierro forjado. Sus movimientos engordaban la densidad de la atmósfera, y en ella, incontables capas de aire. Con una pierna descompasada, haciendo de cada paso un tropiezo, me acerqué lentamente sin el valor ansiado. Ella era un cisne que aseaba sus plumas antes de echar a volar. Yo era un pato que pelea por una miga de pan. En ella, el escritor dejaba de ser yo, tenía un hilo de cordura y evitaba perder la supervivencia.

-¿Dónde terminó tu última historia?

-Escribí mil y veintidós palabras.

-No sé quién decidió medir la distancia en números. ¿Dónde?

-Ellos delimitan la cuantía del amor, fechas y aniversarios, la belleza en tallas, la amistad en cuántos, la riqueza en monedas, la vida en años… -Me lamí el labio inferior y hallé metal.-En ningún lugar. 

-Los mataría y así moriría la prisa.

-Sin ellos no hay palabras.-Me arrodillé lentamente y pegué mi nariz en la fijación inerte de sus ojos. -¿Cuál es tu atracción?

-El poder de las letras bien organizadas.

-¿Y la desnudez?

-Hay un sinónimo entre leerte y amarte, y un símil cercano al deseo, sin embargo, aún desconozco qué los une.

-¿Y cómo?

-Como raíces de un árbol arrancado, aferradas a la tierra.

-¿Y quién eres tú?

-La tierra.

En aquella habitación gigantesca repleta de muebles vacíos, porque las ropas colgadas de las perchas carecían de cuerpos, en aquel enorme espacio de ventanales tapiados por revistas de papel sepia por la exposición constante al sol, alrededor de estanterías llenas de libros leídos y no leídos, ella se masturbaba con lentitud y ternura. Deduje que apenas cuatro minutos bastarían para mi muerte en caso de asfixia por impago de aire. Concluí que los minutos eran menos valiosos que las horas, y en cambio, cada vez había más monedas desperdiciadas por el placer efímero de los segundos. Hacía demasiado tiempo que no entendía una sola palabra, y únicamente leía y veía, porque la escritura había dejado de ser la osadía, y como un virus se expandía triste y devaluada. 

-Desabrocha el cinturón y no dejes caer los pantalones de golpe.

-¿Y los calzoncillos?

-Sugieren elegancia.

-¿Y los calcetines?

-Desenróllalos con los dedos sin que queden del revés.

-¿Qué haremos?

-Olernos.

Ella tenía la piel blanca como la nieve imberbe  y helada. Al fondo, el cielo azul y los árboles perenne nevados. Mi respiración se arrugaba encadenada hacia su deseo. Ella poseía una altura que finalizaba en la alto de la almohada, y al cruzar mis piernas sobre las suyas, rogaban sobre su cuello mis pupilas. Ella era una mujer desnuda con una línea gruesa de pelo negro en el pubis, piernas delgadas como espigas de trigo, y dos pechos diminutos con pezones imperceptibles como fresas de invierno. Ella respiraba sin el rumor del aire sobre su lengua, y al eyacular bajo su viente, abrazados y con el calor palpitando lejos del corazón, no decíamos todas las palabras que teníamos, las callábamos mientras nos mirábamos, y yo, con el aliento  mojado, siempre quería romper la perfección neutra de sus labios separados. 

El agua hirviendo no hervía cuando caía por su cuello. Mis nalgas estaban sentadas en una silla que nadie ocupaba y me creí vacío, la mesa redonda parecía haber rodado y había perfeccionado su circunferencia, como la plastilina bajo la palma de un niño. Él continuaba ahí, yo no continuaba allí. Las preguntas llegaban con un sólo símbolo de interrogación y no sabía cómo evitar el enfado de la palabra irritación.

-Sexo? 

-Empecé con la adolescencia, me masturbaba con una fotografía de los pechos de una embarazada de la enciclopedia de papá.

-Letra?

-E de embarazo.

-No tenías revistas pornográficas?

-Las mujeres de aquella enciclopedia me parecían más reales, diría que honestas, la imaginación era de verdad.

-La imaginación nunca es de verdad.

-Usted lo es. 

-Qué escribías cuando eras niño?

-Escribía letras, letras, una detrás de otra, sin saber bien qué escribía. Como ahora, pero sin lectores.

-Quién te lee?

-No es quien me lee, es quién me entiende.

-Y por qué lo haces?

-Porque sin aire todo parece suceder más despacio.

El agua hirviendo volvió a correr por su cuello y el bolígrafo anotó palabras sueltas en distintas líneas. Yo odié la desidia de su trazo y sentí frío y nauseas. Leí dos títulos de una frase en la librería, vi la línea de polvo sobre las cubiertas y quise esconderme en la oscuridad que había sobre los libros. Recordé su cuerpo desnudo,  la cárcel melancólica bajo sus pestañas, y el silencio inusual después de los gritos. 

-Tengo una oferta para ti.

-Necesitarás mi demanda.

-Lo sé.

-Él murió.

-¿Quién es él?

-Yo, el escritor.

El cenicero continuaba vacío, la luz chocaba en las oscuras cortinas, el café humeaba en una copa de vino sin él, y tres libros permanecían abiertos en la misma página con muchas palabras idénticas, pero diferentes historias. Las leí. Utilicé todos los órdenes posibles y valoré los contenidos. El revólver era la pistola y brillaba junto a un ramo de flores marchito, y el silencio, mientras movía mis ojos, engrandecía la lectura de las palabras. Las leía una y otra vez porque ellas eran ahora mi único enemigo. Me habían vencido, no podía dominarlas, ni siquiera escribirlas sin la pretensión generalizada, tampoco quería porque sentía que lanzándolas al vacío las traicionaba y abandonaba. Quería ser otro idiota, pero cuidaba del remordimiento y crecía como una enredadera entre mis entrañas.

Mi escritura no celebró un funeral y murió lejos de cualquier accidente doméstico. No hubo olvido, únicamente desaparición. Nadie llamó a tristeza, tampoco al tercer timbre de la derecha junto al portal con los bordes chamuscados, no cayeron lágrimas hacia un suicidio inevitable, y al echarme de menos, jamás recuperé el valor disfrazado de osadía. No lo recordaba, lo inventaba. O lo soñé. Hubo una tormenta eléctrica, era domingo, eran las dos de la madrugada, era primavera, fotografié los cristales iluminados durante una hora, y cuando llegó la calma y observé las líneas blancas distorsionadas sobre la noche, decidí abandonarla. Odiaba la escritura, la repudiaba, y sin embargo, de forma extraña, aquel desamor me obligaba a vigilarla. Era repugnante ver que con el paso del tiempo, las palabras yacían deterioradas en manos de valientes analfabetos. Infieles o adulteradas, violadas, las letras parecían pulular con orgullo, pese a que una vez cosidas, muchas iban sin la corrección adecuada. Eran los monstruos deformados que nadie miraba a la cara. Quizá yo había muerto para ser el escritor vivo que no respiraba. Me obsesionaba la respiración y comprobar que continuara ahí, junto a mí. Lo pensé, lo digerí, vomité, bebí, y puse un nuevo número en el calendario con un bolígrafo negro. En el espejo veía muchos pelos blancos desenfocados, y en el mes de febrero, muchos planes que no llegaron a ser hechos. La soledad no desaparecía con la compañía.

El aire, aun sucio, subía su precio. En la calle, mi ausente respiración era un gesto incrédulo y desconcertante. Las sandalias chasqueaban bajo la planta de mis pies a cada paso, pero aquel horroroso ruido pasaba desapercibido. Aterraba mi rostro, o la ausencia en mis ojos, o el mutismo que yo utilizaba como arma para la desaparición. Si los muertos no respiran, no caminan. Aquel pensamiento azotaba mi trasero infantil posado sobre las piernas de un sacerdote que sonreía sentado en una rústica silla de madera. El mundo estaba repleto de ciudadanos en sillas ansiando dar su castigo. El pan que compré tenía la corteza dura. Una vez más, las palabras. Los saludos, las despedidas, los cumplidos, las frases hechas, los monosílabos ante las preguntas prefabricadas, y en el silencio incómodo, el tiempo. Sin aire no existen. Otro pensamiento como azote. Pagué, respiré con ansia y necesidad, y el aliento que se enrocó en mi paladar había adquirido un rancio sabor a cerveza disipada. Regresé a casa y arrastré las cortinas. Creí que las ventanas caían sobre los alféizares como hielo juzgado a mediodía en los tejados, sin embargo, era la lluvia que hacía borrar la tinta de las páginas de las revistas. Las teclas se retorcían de dolor lejos de mis dedos, sonreí nostálgico, el té permanecía frío en la misma taza azul de flores azules que hacía meses no había bebido, quedaba café templado en la copa de vino, no iba a obedecer a la necesidad de mis pulmones, pero aquel martes tampoco supe morir porque la puerta evidenció cuál era la esencia de su material cuando ella utilizó sus nudillos. 

-¿Olí a café?

-Hoy no es jueves. 

-Eché de menos leerte.

-No quedan historias.

-Mil y veintidós palabras.

-Puedes terminarte la copa. 

Los zapatos rojos sin tacón quedaron bajo los pies de mi abrigo de invierno que colgaba de un perchero de madera blanca. Sacudió el sombrero en la calle, y las gotas, ligeras, hicieron un arco sobre la baldosa. Cuando empujé la puerta hacia el marco, ella ya había subido las escaleras hasta la habitación y no escuchó el golpe rudo que supuso el cierre. Pensé que tres minutos eran suficientes para poner punto y final a cualquier vida. Carecía de dinero, y el aire que necesitaba asesinar requería el ahorro de toda una vida. No entendí aquella reflexión, pero estuvo en mi cabeza y vino conmigo en distintas fuentes, en varios colores y tamaños durante cada uno de los escalones. Después, nada. Después las ideas empezaron a deshincharse en mi cerebro y vi que aparecían en el suelo como globos de colores rotos. El agua era sangre, las sonrisas de los niños tornaron hacia el desconcierto, y los adultos, una vez más, cogieron a sus hijos en brazos, corrieron, bajaron la cabeza y escondieron la mirada allá donde todo aparentaba ser seguro. No conocía a nadie. Me ahogaba, pero el aire ya había alcanzado una cifra desorbitada, no había peso en mi dinero, y la muerte carecería del último suspiro. Ella estaba desnuda sobre la cama y yo no tenía palabras. 

-Cuando era niño, y pensaba en la piel, veía naranjas peladas sobre una mesa de madera.

-¿Qué piensas ahora que eres un adulto?

-Soy un viejo e imagino cómo sería meter la cabeza en tu vagina para hacerte el amor con mis ideas.

-¡Maldita seas! ¿En serio? -Juntó las piernas y levantó las rodillas hasta el abdomen- Quizá quieras morir como naciste.

-Sería lo lógico.

-¿Cómo eran las mil y veintidós palabras?

-El personaje que era el protagonista vino de la muerte, aunque la existencia de la muerte fuera paradójica al ser el inicio de la inexistencia… -Cerré los ojos aparentando recordar, no había necesidad, y me concentré en la necesaria e inminente erección. -Sí, vino de la muerte, me pidió una infusión de hierbas y un cigarrillo liado, después, tomó asiento.

-¿Vino de una vagina?

-Ojalá se me hubiera ocurrido, pero no sucedió así. Además, si la muerte procediera de una vagina, hablaría de un aborto, o tal vez debería haber escrito la palabra vida, o a lo mejor nunca haber puesto una sola palabra. -Torcí el gesto y me busqué arrepentido en las estanterías-. Sin embargo, lo hice, y jamás di importancia a la procedencia, sino al acontecimiento. El lector, estúpido en un alto porcentaje de los casos, es perezoso, no quiere aburrirse con el por qué del camino, quiere los acontecimientos y el destino.

-No creo que la lectura sea cometido del escritor.

-Ni la escritura deba pensar en el lector.

-¿Por eso ya no escribes?

-No, es mera honestidad.

-No mientas, tu escritura es justa.-Volvió a estirar sus piernas desnudas, pero las cubrió con una almohada- ¿Para qué venía el personaje?

-Nunca lo supe. Trajo una intención, un conflicto interno, y dejó una huella hermosa en el sofá, pero cuando le brindé el vaso ya había desaparecido.

-¿Respiraba?

-No lo vi.

-¿Se ve?

-En los ojos.

-Penétrame.

↓ 

Abrí el libro por la página doscientos cero nueve, y en el nueve me quedé quieto. El hombre que estaba frente a mí debería pesar ciento cincuenta kilos. Aún no había perdido todo el pelo, la barbilla había desaparecido en el cuello, y sus ojos, cuando miraban de frente, parecían no dejar de vigilar su nariz. No leí, no escuché mi voz pidiéndome que leyera, no observé las letras, tampoco las palabras, no vi cómo mis ojos rogaban que lo hiciera, sólo esperé que él terminara de transcribir mi última frase. Comprendí que me absorbía el paso del tiempo, y en la página doscientos uno cero, el protagonista mataba a un gato negro con dos líneas blancas en el lomo. Aquella lectura me desconcertó. La locura me concentró. Leí nuevamente, e incluso lo hice en desorden, pero el acontecimiento podía leerse de forma idéntica en cualquiera de sus caminos. La muerte agitando la bandera en todos los destinos. Después, busqué la copa de vino, crucé las piernas, y vi un vacío en la punta de mi calcetín, me lamí el labio superior y encontré café, sentí pereza, desidia, odio, tristeza, y al ver una errata en la siguiente línea, me envolvió la palabra negligencia; me ahogó. Falso, me ahorcaba. El hombre gordo no acudía porque no rogué auxilio. Él cambió su bolígrafo, eligió uno rojo, y yo, o el escritor, dos cuerpos que debían ser uno solo, me retorcía a los pies de la cama con el libro abierto en la página uno entre los dedos. Me veía morir y únicamente lo deseaba escribir. Tedio o descuido entró por la puerta. La falta de oxígeno emborronaba mi visión y no le reconocí. 

-¿Quieres hablar del cuerpo?

-Sí. 

-¿Quién es?

-Soy yo. 

El hombre gordo miró a mi derecha, olvidando la asfixia del escritor con el libro entre los dedos. Yo continuaba sentado sosteniendo el mismo libro por la página dos cientos diez. Había una diferencia sin aprecio entre mi muerte y yo. El hombre estiró la americana, metió la mano izquierda en el bolsillo, limpió el sudor de su frente y tragó saliva. 

-Permítame que dude de que el cuerpo que duerme en la cama sea usted. -Miró hacia atrás en busca de algo y regresó la mirada a mí- ¿Tiene agua?

-No. Tengo sed, pero no tengo agua. 

-¿Un grifo?

-Bebo café templado en una copa de vino. Beba.

-Déjelo -Volvió a ajustar el bolígrafo entre sus dedos y depositó el pañuelo de nuevo en la americana- Creo que va a tener que hablarme del cuerpo de la mujer.

Los zapatos de bailarina de ella no elevaron su talón, se arrastraron como si el peso inexistente le obligara a hacerlo de esa manera. Vi páginas correr a un lado y a otro sin liberarse de los lomos, pero no eran lectores, era el viento. Ella había perdido más color, estaba sentada a mi lado, y podía ver la librería a través de su piel, huesos y órganos. Me pregunté por su sangre. Él apretó su corbata, como si al ajustar el nudo bajo la nuez protegiera su respiración, o enalteciera su corazón. Vertió agua hirviendo en una taza rosa con una pantera sonriente. Yo puse todos los puntos al final de todas las frases que ya ningún día pensaba escribir, y olvidé las comas donde antes colocaba los tenedores. La mesa redonda aliviaba porque nadie se sentaba en los extremos. Era el último hombre en la vida que deseaba ver, pero el flequillo lo había recogido con un peine hacia atrás, y su cara aparecía clara, amplia y limpia a un solo metro de la mía. Inevitablemente, aún mis dedos sostenían con firmeza y decisión aquel refresco de limón sin un hielo. No bebí, y no iba a evitar que murieran mis ideas pese a la frase simple que vomitó a continuación.

-Usted no ha matado a nadie. 

-¿Ni siquiera a mí?

-La muerte no respira, tampoco habla, y menos aún piensa. 

-Yo siempre creí que cada vez había más cadáveres en las calles.

-¿Y creía ser uno de ellos?

-No, creí que como mi escritura había dejado de respirar, yo, como otro estúpido y mediocre escritor, también moriría.

¿Por eso vino aquí?

-Yo no vine aquí, aparecí.

-Yo le vi venir por el pasillo con las manos en los bolsillos y la nariz señalando la alfombra. -Bebió el agua hirviendo y clavó la punta del bolígrafo sobre el cuaderno en blanco hasta en seis ocasiones.- ¿Tal vez quiera desaparecer?

-Lo intento, pero siempre desaparecen ellos antes que yo. 

-¿Quiénes son ellos?

-Ella. Ella me hizo el amor, ella leyó mi escritura, a ella le prometí al escritor, pero nunca tuvo valor, y un día no despertó y se volvió transparente. Después él con un bolígrafo rojo, con su peso sobre las maderas de mi casa, señalando un cuerpo que era incapaz de ver, y yo asfixiándome en el suelo con un libro entre los dedos. Entonces yo cogí un revólver junto a un ramo de flores marchito, y el hombre gordo, aterrado, rompió los cristales cubiertos de papeles de revista y huyó. Después la niña con una falda azul puesta del revés, un domingo, el chico que no dejaba de crecer con lágrimas entre los dientes, de madrugada los elefantes enamorados pidiéndome el divorcio, y con el primer café aún templado en la copa de vino, policías rogándome la documentación por dos cervezas frías que no poseía, y la señora que dormía de pie y pestañeaba demasiado para no perder nitidez, y una noche a las doce del mediodía, todas las comas abandonadas carcajeando junto a las cucharas, y desesperado, corrí, corrí, corrí, me desorienté y continué corriendo, y hoy, usted con su corbata junto al cuello enalteciendo su corazón y con la nariz por encima de los ojos.

-¿Hace uso de narcóticos?

-Ayer estaban deprimidos en una esquina, compartían una botella de vino, miraban las nubes pasar, pero no hallaban formas en su cabeza, sólo trazos abstractos, y  aburridos, bajaron sus braguetas y se masturbaron para eyacular sobre una galleta. El último la comió de un sólo mordisco. 

-¿Está usted ahí?

 -¿Y usted?

El cañón chocó con mis dientes como un vendedor de libros viejos insistiendo en la puerta cerrada. No ofrecí aliento, sólo esperé observando desde la mirilla la mala colocación del felpudo. Ella continuaba desnuda, había frutos secos en una taza de metal azul con la palabra felicidad en francés, y cuando mis ojos eran pinceles finos, podían pintar con precisión cada una de las arrugas de las sábanas que quedaban bajo su piel. Ansiaba engullir de un sólo mordisco la falta de oxígeno. El cañón volvió a chocar e hirió mis encías, el escritor me miró con lástima sobre una mecedora de mimbre que, junto al armario, balanceaba en la oscuridad de la habitación. Había una estrella de luz en los cristales rotos, había una comba colgada del pomo y el bolígrafo rojo junto a una pata de la cama. El cañón ardía sobre mis labios y el silencio tenía un ruido inusual.

-¿Y después de tu muerte?

-La tuya.

-¿Y la historia de las mil y veintidós páginas?

-Existe el limbo para los que nunca mueren.

Volví a examinar con ansia cada uno de los departamentos de mis pantalones, pero allí ya no estaban las balas y la sangre encharcaba mi boca. Aún tenía una erección con el preservativo arrugado repleto de semen. Jamás pensé en la elegancia de mi muerte. Me maravilló lo hermoso de mi estúpido pensamiento, uno más, pero era el aire, o quizá los pulmones en blanco lo que me estaba empujando a no saber quién había protagonizado aquella conversación.

Fotografía: Kishin Shinoyama