El amor delgado

IMG_20151213_194551El amor no dijo nada, no tocó nada. Y con una cruel lentitud, como un cadáver bajo la oscuridad de los árboles, fue deteriorándose. Ni una herida. Moví su gesto triste, la cabeza estrangulada por el apetito, y tampoco hubo un rastro claro de la muerte. El amor era una caricia, y derramado entre hojas secas, yacía áspero e insensible. Desmejorado, sostenía a duras penas el peso del agua en ambas palmas de sus manos. Acerqué el espejo en busca de un halo o aliento, pero el amor reiterado continuaba tendido y frío. Cerré la caja de cartón y observé la sonrisa larga e imperfecta que él había cosido en la superficie. El único sonido que había en la minúscula habitación era el de un exhausto corazón, desnudo, empapado en sudor y abandonado. El amor, una vez más, no dijo nada, no tocó nada, y sin embargo, por algún extraño motivo, era un ser humano aún vivo. 

Christopher me mordía los labios cuando hacíamos el mismo amor. Después, mezclaba mi sangre con la tinta de un rotulador, dos gotas de su propio semen, y expandía el cóctel en un trozo de tela cualquiera. Arte, decía. Cogía sus dedos y observaba su todavía dura e imperfecta erección. En la soledad, en silencio, los dos sí éramos perfectos. En compañía, entre palabras, rompíamos con excesiva belleza toda nuestra imperfección. 

-Haré huevos fritos.

-La ciudad torna hacia un caos y no es poesía, dijo el Rinoceronte. 

-¿De qué hablas?

-De huevos fritos, yemas líquidas y de la necesidad de eyacular.

-¿Más?

-En los tejados, querido Sam, sólo hay finales y suicidios. Tú y yo estamos aquí en este menudo apartamento, aún desnudos, hablando de comida, evitando la ciudad, dibujando un libro infantil, y conversando únicamente de ti y de mí, los dos protagonistas.

-¿Qué deseas?

-Soledad. La calma radica en la ausencia, y quizá por eso nos amamos, para escondernos el uno en el otro hasta desaparecer.

-¿Nos amamos?

-Sí. Pretérito perfecto simple.

Gateó sobre las sábanas arrugadas hasta los pies de la cama y analicé la hermosa perspectiva y textura de sus testículos colgando bajo aquellas viejas nalgas. Descabalgó del colchón, y tras posar sobre una circular alfombra de retazos, buscó la ropa interior. Caía con lentitud su rigidez, alzando ambos ojos hacia un vacío en el que yo jamás supe llegar. Él era mi hombre desde hacía doce meses y trece días, pero jamás había logrado poseerle. 

Adoraba los tejados, los gatos blancos, el paso de las nubes, y odiaba su palabra entrelazándose con el sobrepeso de la verdad. Christopher era un hombre adulto, coleccionaba pajaritas de tonos lóbregos y pastel que vestía con soberbia y distinción. Procedía de una familia distendida y distinguida, y coincidí a su lado, por primera vez, frente a un lienzo aterrador de Cézanne. ¿No ves el cuadro torcido?, preguntó ladeando la cabeza. Soslayé las pupilas y advertí su perfil, en la misma posición, con una breve mueca de preocupación y decepción, y sin ofrecerme en ningún instante la propiedad de la dudosa cuestión. Permanecí quieto, respirando un ácido perfume de intensos matices cítricos, atorado o asustado. Devolví los ojos al cuadro y sentí que su voz trocearía mi ser si emergía de nuevo. Nervioso, crucé los brazos, él desapareció, y yo, recliné el cuello hacia la izquierda en busca de su espacio. Me fui y regresé, y en el mismo lugar, junto a él, contesté a la pregunta tres días después. Muy torcido.  

Amaba sin saber de amor el peso de la edad en su cabello, nevado, duro, seco y recto. En ocasiones, indomable como su carácter, recio, creativo e indolente. No me enamoré de él, me enamoré de la rareza, la originalidad y de la pasión fugaz que desprendía en la rutinaria y corta acción que suponía desabrochar una camisa. Un señor, decía él vertiendo azúcar moreno en un café negro aún con un milímetro de espuma en lo alto de la taza. ¿Por el anillo?, pregunté. Porque nunca verás mi lengua dentro de tu boca, respondió. 

Extendí la misma sábana arrugada sobre mi cuerpo, lo cubrí, y bajo la frialdad del lino, vi caer la mirada que había alzado. Vi tristeza como lluvia que se expande sin límites en el asfalto, pero la dejé correr.

-¿Deseas que me vaya? -Sugerí.

-Y que frías los huevos fritos que me prometiste. 

Arrancaba margaritas y la hierba crecía más de lo habitual en verano. Nadie la cortaba. El prado era un espacio pequeño junto a una ladera de rocas. En la cima, un colegio. Tumbado, yo había logrado esconderme, no prestaba atención a las nubes, el sol no caía, pero dejaba tender la belleza de su luz sobre nuestros livianos cuerpos. Oía ruedas de bicicletas y escuchaba gritos hablando como pelotas yendo y viniendo contra una pared que golpeaban sin motivo. Balones vacíos, carentes de recorrido y con tan sólo origen y destino. Conversaciones. 

-¿Crees en el amor? 

Natalie era una niña esquelética, vestía faldas blancas, braguitas blancas que dejaba ver cuando escalaba el muro de la escuela, calcetines blancos y una diadema rosa recogiendo su cabello. No era guapa, era atractiva. Ella, hija de una madre sin padre que vivía en el primer piso de un bloque de edificios de nueve alturas, me escribía cartas que nunca entendí. Ella quitaba cada pétalo, afirmaba y negaba, y una vez conseguía la respuesta, me entregaba con dulzura la flor decapitada. 

-¿Qué es? -Pregunté.

-Es lo que un hombre y una mujer sienten cuando se quieren. 

-¿Y puede ser el amor una flor rota?

-No. El amor es un un sentimiento. 

-¿Y qué forma tiene?

-Es un corazón.

-¿Por qué?

-¿Cómo dibujarías tú el amor? -Se molestó.

-Como una línea delgada e interminable.

-Pero no es así.

-Verdad, termina siempre en algún lugar. 

El gesto de Natalie se torció como si tuviera un trozo de fruta agria entre los dientes. La hierba crecida tambaleó, ella la atravesó con ambas manos, mostró otra margarita sin pétalos y la descabezó por completó entregándome el tallo. 

-Tu amor. 

-Si no la hubieras arrancado, quizá hubiera seguido creciendo, y ése sería nuestro amor. 

-¿Una margarita gigante?

-Y viva.

-Eres idiota. -Lanzó el tallo contra mi cara y volvió la mirada al cielo- La hubiera quemado el sol o ahogado la lluvia.

Nos vi desde una perspectiva eclesiástica y descubrí una puerta en alguno de los rectángulos. Iba directa a la adolescencia. Odiaba los balones y los coches en miniatura, y lejos, sólo muy lejos dejaban de existir. Abominaba colorear, aborrecía el ruido, detestaba la demarcada normalidad y quería eliminar pensamientos, pero la cabeza no cesaba, como el paso de los días, el paso de las páginas, el paso del tiempo y el paso de los pies. 

-¿Sam?

-Sí…

-¿Me quieres?

Natalie separó las líneas afiladas de la hierba que nos distanciaba y tendió la mano hasta que atrapó mi brazo. Los huesos bajo sus dedos eran tersos, y su piel olía tan bien, que era inevitable imaginar el tacto húmedo de una pastilla de jabón. Miraba sin miedo, apenas pestañeaba, o completaba la acción con una excesiva lentitud, y al hablarme, la inocencia de sus pequeños dientes me aterraba.

-No lo sé. -Titubeé.

-¿Quieres venir a mi habitación?

-¿A tu casa?

-¡No! -gruñó-. Aquí, entre la hierba. Este es mi refugio, y aquí guardo todos los tallos de las margaritas rotas. Las podemos pegar y haremos nuestra flor gigante. Luego quiero darte un beso.

-He de irme a casa.

El amor era miedo; emociones idénticas con distinto nombre. Me resultaba incomprensible. El amor era un hilo colgado que balanceaba, y aparecía y desaparecía como el monstruo del armario. Y por ese motivo elegí correr. Vi terrorífico que quisiera presentarse con formalidad en la infancia sin la madurez adecuada. Era una osadía porque desconocía el significado de todo. Huir, muy poco a poco, trajo el alivio y la cantidad de oxígeno adecuada. Cuando miré atrás durante un segundo, sólo pude ver la hierba. Natalie continuaba tumbada en su refugio. Aún así, yo volví a correr como si me persiguiera un extraño. 

Untaba el pan de molde en la yema y no levantaba la cabeza cuando masticaba. Del cuello le colgaba una servilleta de papel, y junto al plato subrayaba frases cortas de un libro de Boris Vian. Christopher solía colocar un pie sobre otro cuando era feliz, habitualmente descalzos, no los movía y no decía una palabra. Tenía un extraño fervor por el silencio, y cuando lo exhibía, el mínimo ruido era un sonido atronador. Sentí la necesidad de amarle, de colocar una silla a su lado, pedirle que untara para mí, que llevara el trozo de pan hasta mis labios, que empujara el libro a un lado, que me abrazara, me mirara a los ojos, y por un instante, en ese minúsculo segundo, él dijera, Te quiero, Sam, te quiero mucho. Sin embargo, el amor, en ocasiones, era un cable largo y en desuso, guardado en una caja de cartón sin una exacta ubicación. El resto de las veces, el cable, enchufado, únicamente realizaba su función.

Despacio, caminé hasta la cocina y dejé que corriera el agua sobre la sartén. Odiaba el ruido de los platos que él amaba, y con la actitud de un ladrón, fui moviéndome y desplazando cada objeto que hallaba a mi alrededor. La ventana, junto a la nevera, era pequeña como la solapa de un buzón y el sol no accedía. Si él hubiera vuelto la cabeza hacia mí, habría hallado una sombra. La lóbrega oscuridad solía llenarse de tristeza o intimidad, si bien, ninguna de las dos allí respiraba. En el salón, él volvía a trazar una línea sobre el libro mientras el tenedor sostenía una fina clara doblada. Yo estaba aceptando que era la hora de desaparecer, aunque el verbo no hallaba camino ni significado, y sólo deseé alejar mi erección del ombligo.

-Mañana vendrás temprano -dijo sin dirigirme la mirada. 

-¿Siete?

-Seis. 

-Podría quedarme a dormir.

-No. 

-¿Me voy ya, entonces?

-Hazlo. 

Descalzo, me dirigí a su habitación. Al desaparecer la propiedad ganaba una dimensión desconocida. Quise dormir en el fondo de uno de sus zapatos, pero me calcé los míos. El amor delgado, decía Christopher, es el único que hoy existe, es como la línea que inició el lienzo. Después pintamos mucho alrededor y olvidamos que nos llevó a la actualidad.

Vi cómo empujó el plato sin que hiciera un sólo ruido, desenganchó la servilleta, hizo una bola y la depositó sobre el tenedor. Allí estaría mañana. Leía, y cuando leía nada existía. Ni él. Su ausencia me permitía lentitud, y con el cuerpo sobre la cama, anudando los cordones, pasé algunas páginas invisibles de aquella habitación. 

Klimt era un artista excesivamente usado. Lo había dicho él mientras levantaba el marco y lo descolgaba de la pared. Aún continuaba allí, arrinconado junto a la mesilla. Era una obra inusual, y no obstante, tenía un halo de tópico aterrador. Su habitación lo era. Como si él quisiera dormir con todo lo que amaba, allí acumulaba lienzos y libros en completo desorden. El sexo había derrumbado las columnas de ejemplares que se acumulaban sobre la cabecera. Libros viejos, leídos, releídos, y sin el orden preciso en tamaño o anchura, y en muchos casos, sin que el lomo estuviera a la vista. Suspiré tendido, retrocedí en mis actos, me descalcé, me desnudé y caminé sigiloso hasta él. Christopher no medió un ruido, cerró la puerta de la calle mientras yo, en calzoncillos, equilibraba con mi ropa entre los brazos. 

-Buenas noches, Christopher. -Logré decir.

-En la vida, querido amigo, -Enunció grandilocuente desde el otro lado de la puerta- hemos de saber cuando ha llegado el final, entonces, no es necesario decir nada más. El ser humano comete el mismo error una y otra vez. No lee porque no sabe pasar páginas.

-¿Es el final?

-Ve a casa. Mañana a las seis. 

Cuando murió Natalie en mi regazo, no la amaba. Observaba que apenas le habían crecido los pechos bajo una blanca camiseta de algodón, si bien, la ínfima y dura aparición de aquellos pezones era hermosa. Su sonrisa, de manera extraña, continuaba firme y viva en el rostro ensangrentado. Cesará, dijo. La cabeza pesaba sobre uno de mis muslos, y cuando recuerdo los autobuses cruzar delante de mis ojos, vuelven a mí las estrellas apelmazando los tejados. No sé cómo terminó su vida porque no escuché el instante en el que dejó de respirar. Cesará, dijo. No era una bella última palabra, pensé. No me atemorizó la muerte, sino la soledad entre tanta gente. 

Viva, años previos, había bajado las escaleras de la puerta de su casa de dos en dos. Sostenía un regaliz rojo y uno negro en la misma mano. Yo, apoyado junto al interruptor y la puerta de un ascensor no pude evitar sonreír cuando me tendió el puño cerrado y ambas tiras cayeron como flores marchitas. 

-Elige. 

-¿Significará algo? -Pregunté. 

-¿El qué?

-El color que elija. 

-Creo que todo tiene significado, Sam. Todo. Pero aún desconozco muchas respuestas.- Volvió a estirar el brazo y ambas quedaron enfrente de mi nariz- Elige. 

Hice lo que no deseaba. Con Natalie todo parecía ser examinado. Sentía que ella medía cada parte de mí, mis gestos, mis palabras, mi forma de mirar, incluso la incontrolable respiración. Sentía un miedo aterrador a ser cómo era porque creía que amaba mi personalidad. Y ella lo sabía. 

-Me mientes -dijo-. ¡Vamos!

No íbamos a ninguna parte. Tampoco era una cita, o yo negaba tal denominación. Mantuvimos la distancia en la estrecha construcción de una acera que terminaba en el centro de la ciudad mientras yo mordía el desagrado de un regaliz negro. Los coches cruzaban en ambos sentidos, y ella, al mover el brazo que caía a mi lado, lo separaba de sus caderas en busca de mis nudillos. Observé su perfil, pero tenía ambas pupilas desatendidas sobre las paredes de los edificios. Hacía años que no llevaba diadema, tampoco vestidos blancos, desconocía el color de sus braguitas, y al sonreír, sus dientes parecían más grandes. Natalie era una chica atractiva, inteligente y extraña. Adoraba la irrealidad en su extravagante personalidad, de la que, si bien, nunca me llegué a enamorar. 

Sobre una mesa de planchar, Christopher colocaba un tenedor sobre otro levantando una pequeña torre. Permanecía en silencio, vestía un pantalón de pijama de lino de patas anchas, iba descalzo y sin calcetines, y aún lucía la misma camisa blanca, arrugada y abotonada de la noche anterior sin su pajarita. Sujetaba del asa una taza de café, observaba la perspectiva de la construcción, y con un nuevo cubierto en la mano libre, dobló la espalda y buscó cómo colocarlo. Aún ningún reloj había alcanzado las seis de la mañana, la puerta continuaba abierta, y yo permanecía inmóvil con ambos pies sobre el felpudo, una bolsa de papel colgando de mis dedos y oliendo a bollería recién hecha, y sin saber cómo decirle en voz alta que el amor estaba perdiendo todo su peso. La ausencia comenzaba a ser un dolor irreparable e irremediablemente abocado a la muerte. Vi al amor pálido, enfermo y abandonado, y si flexionaba las rodillas y acariciaba su corazón, moriría. El amor volvió a no decir nada. Lo supe. Era un hilo roto entre la rudeza de una alfombra.

-He traído el desayuno. -Me descalcé y cerré.

-No podremos usar tenedores. 

-¿Por qué?

-Los estoy utilizando.

-Lo veo -dije incómodo-. Pregunto por qué estás utilizándolos de la manera que los utilizas. 

Me señaló con el cubierto, lo lanzó hacia el sofá y abandonó su actividad. 

-¿Has traído preocupaciones racionales a esta casa? -Preguntó sarcástico- ¿Acaso crees que debía haber utilizado cucharas? ¿Quizá la mesa del salón, haber empezado más temprano o colocarlos en otra posición? Dime tu sabia opinión. 

-¿Dormiste bien, Christopher?

-Mi sueño y mis sueños descansan tras una puerta opaca, gorda y junto a la cerradura cuelgan doce candados. No sé cómo osas siquiera a  golpear tus nudillos en ella.

-¿Qué somos?

-Seres humanos, simples y complejos, pero iguales…  

La torre se desplomó. La cabeza de un tenedor quedó en el aire, él soltó la taza, que con rapidez chocó contra el suelo, oí el crac, y los trozos y el café se esparcieron a gran velocidad entre las líneas del parqué. Después, el cubierto que balanceaba también cayó, tintineó en tres ocasiones, y acto seguido la calma regresó de forma brusca y desagradable. Christopher continuó durante eternos segundos en una posición que evidenciaba el vacío de sus manos, mirando el desorden de los siete tenedores que aún continuaban sobre la mesa de planchar. Yo quise dejar de respirar para evitar que el aire que cogía y expulsaba fuera una molestia. Temblé, y el envoltorio de papel que sostenía entre las manos simuló una tormenta. 

-Tienes mucho trabajo. -Rumió dirigiéndose hacia su habitación. 

-Traje… -Intenté dar el paso hacia él, pero no logré levantar un centímetro del suelo.- Traje, traje…

-Sí, veo qué trajiste, -Áspero, se detuvo en la puerta de su cuarto y volvió a observar el desperfecto.- Nunca fuimos lo que dijimos ser, fuimos lo que hicimos, de hecho, calla más a menudo, porque sólo somos lo que hacemos. Y por eso sólo trajiste. 

-No entiendo, Christopher.

-Hablo de amor por primera vez. Él es un hilo enhebrado, cosido, o un ojal y un botón, y ahí en ese punto nadie intenta huir. Se necesitan el uno al otro para ser un exacto equilibrio. 

-¿Y? 

-Cómete el desayuno y ordena mi desorden.

La cocaína era una línea fina sobre un tablero de ajedrez sin una sola de las piezas que tantas veces, el uno frente al otro, habíamos movido. Los vasos vacíos olían a vodka, y Natalie estaba ligeramente desnuda en el sillón de su mamá con los tobillos hermosos hundidos en un cojín áspero. La televisión encendida era un rumor audible, y entre mis dedos balanceaba el humo de un cigarrillo que no sabía sostener con elegancia. En el reloj de mi muñeca, los dígitos se habían difuminado por retrasar el cambio de pila, y en el reloj de la pared la hora estaba equivocada. Le cedí mi billete, y ella desenganchó el tabaco de mis labios. 

-Al menos una vez, Sam. -Repitió levantándose, dejando caer la camiseta hasta esconder las bragas, y avanzando con bella lentitud hasta una estantería torcida del salón-. Después, desaparecerá. 

-¿Por completo?

-Habrá un espacio vacío entre los dos, y éste nunca lo volveremos a llenar.  

-¿En eso consiste desaparecer?

-Sí.

-Vaciar… -Reflexioné con falsa importancia- ¿Quieres más vodka?

-Y hielos. -Extrajo un disco y lo colocó con torpeza en el interior del reproductor-. Escucharemos la última canción.

-¿Y los recuerdos?

-Pondremos otros encima. Muchos encima. 

-¿Llenaremos?

-No. 

Natalie regresó. Parecía bailar, tarareaba en inglés, musitó Wink Burcham, y recogió el billete que había rodado hasta una esquina de la mesa. Lo tensó y aspiró escondiendo un extremo del papel en el orificio de la nariz. Al levantar la cabeza, no cerró los ojos, me miró y alzó el vaso con hielo para brindar. 

-¿Recuerdas las flores?

-Sí. 

-Es hora de pegar todos los tallos. 

El amor estaba frío en un plato hondo, la cuchara sucia sobre la servilleta y Christopher apuntaba a su cabeza con un cuchillo de mantequilla. El café era negro y había abierto un sobre de azúcar moreno que aún permanecía sin verter. 

-No voy a comer la tostada. 

-¿Quieres escucharme?

-¿Y el arte? Las ciudades están llenas de personas y las personas necesitan personas, y la necesidad no es necesaria, y yo soy una persona y no necesito a nadie.

-¡Deténte, por favor!

-Tú no dejas de meter tu boca entre mis piernas, mis piernas sólo desean meterse en tu culo, y al terminar únicamente deseo desaparecer. Pero te huelo.

-¿Cuál es mi aroma?

-Desesperación. 

-Y amor.

-No hay rastro de amor en tu piel, tampoco en la mía, sólo es una mera necesidad más, y la necesidad no la creo necesaria. -Giró el cuchillo y rasgó la mantequilla sobre su mejilla- Esto somos, rebanadas fugaces. 

No supe ser razonable. Él estaba aún desnudo con la eyaculación goteando desde la vaga erección de su pene. Era un hombre elegante, firme, inteligente, difícil y atractivo. Entendí que yo era el amor sobre su piel, pero la piel, como la tierra, me engulló. ¿Qué es el amor? ¿Cómo lo dibujarías? Una línea transitoria. Una línea fugaz. Una línea accidental. Asentí y bajé los ojos. 

-¿Qué hay en tus pensamientos, Sam?

-La vida son accidentes. 

-Lo entiendes al fin -Clavó el cuchillo en el pan tostado frío, lo soltó, y este se derrumbó-. Chocamos constantemente, evaluamos el suceso, y continuamos nuestro camino. Quienes se quedan es porque no tienen otro lugar adonde ir. 

-¿No existe el amor?

-Sí, pero no es tan grande. 

-Ni tan gordo.

-Ni tan importante.

Cogió el azucarillo, abrió el cajón de los cubiertos, extrajo tres cucharillas y dio vueltas con una de ellas. 

-¿Te quedarás a tomar café?

-Ordenaré tu habitación -dije sobrio evitando que el estruendo de lágrimas desatara su ira-. Después aceptaré el final.

-Los elefantes mueren de amor. ¿Mañana a las seis?

-No.

Desaparecí a las tres y cuarto de la mañana. Mis dedos olían a sexo. Era un olor agrio, era semen, era piel, cabello, el sudor de sus senos, el espesor del fluido vaginal, los labios mojados, la respiración y el ruido. El ruido tenía un aroma peculiar y el arrepentimiento poseía un sonido insoportable. En la calle aún cruzaban coches, el frío, el eco seco de los pasos solitarios sobre las aceras, y la voz de Christopher gritando en mi cabeza sin decir una sola palabra mientras yo bajaba escalón a escalón, llorando y sin emitir un sólo gemido. 

Observé los nudillos con la sangre seca. La victoria de las paredes. De pie ante el escaparate me contemplé, por primera vez en meses, sin prisa. Tenía los hombros caídos, el cuerpo hundido, el rostro hinchado, la droga desubicando el orden de los pensamientos, y en la memoria, Natalie desnuda entre mis brazos. Quise reaparecer, saber si el desorden tenía una recomposición o razón, y entonces ella volvió a repetir, ¿me amarás?  

La eyaculación era un hilo descosido de apenas cinco segundos. El amor no podía traducirse, tampoco definirse, siquiera vivirse. El amor evidente no diría nada, no tocaría nada.

No supe por qué con la voz de él devorándome el estómago como un caníbal hambriento, busqué el origen, la línea del lienzo. Cocaína, vodka y palabras. Natalie. Una vez. Una única. La eyaculación era un trayecto efímero, y entonces, con el semen duro entre las sábanas, volví a ver su cadáver. El amor yacía inmóvil, distante, fugaz e inalcanzable. Mis zapatos la oyeron llorar.

Las estrellas habían empezado a pesar sobre los tejados, rompí mi sombra en el escaparate y me refugié. En una pequeña pantalla había un minuto de espera más nítido que todos los dígitos de mi agotado reloj. Saboreé la rudeza del vodka en mis labios, sentí nauseas, y cuando las luces del autobús iluminaron la carretera, el amor explotó sobre la acera. En los tejados, querido Sam, sólo hay finales y suicidios. Natalie, rota, yacía a siete pasos de mí. Cesará, dijo.

Ending. 

Fotografía: Daniel Diez Crespo.

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Respira

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Entonces el aire había subido su precio, la cartera continuaba vacía, ella sostenía la pistola sobre mi labio inferior, y alrededor, todos respiraban con tranquilidad. Yo, en cambio, me asfixiaba. La oscuridad me obsequiaba claridad, el vacío multitud, y el ahogo ingenio. Ella era una lectora de las que me atrevía a denominar inexistente. Desnuda, exhibía una piel espumosa y sutil, escondía anillos negros entre el hambre de sus pechos, y emitía una voz lúcida y descansada, como la brisa pausada que mueve la hierba. Había una cárcel melancólica en sus pestañas. Yo, a su lado, no respiraba y era un escritor que tampoco escribía porque había perdido las hojas en blanco, y además, acopiaba innumerables escritas. Era adulto, me sentía envejecido, evidentemente avaro, sobrio era mudo, y en el exterior, donde todos respiraban con tranquilidad, un hombre desconsiderado, desconocido e infeliz. Para todos los ojos que siempre había escrito, no había tiempo, y además, desconocían el valioso coste de mi aire. Ella era la regla confirmada por la excepción.

Sinuosa, despegó el arma de entre mis dientes con ilimitada lentitud, como si al hacerlo me hiriera, y tumbó su cuerpo desnudo sobre la tensión de la sábana blanca que engrandecía la armadura de hierro forjado. Sus movimientos engordaban la densidad de la atmósfera, y en ella, incontables capas de aire. Con una pierna descompasada, haciendo de cada paso un tropiezo, me acerqué lentamente sin el valor ansiado. Ella era un cisne que aseaba sus plumas antes de echar a volar. Yo era un pato que pelea por una miga de pan. En ella, el escritor dejaba de ser yo, tenía un hilo de cordura y evitaba perder la supervivencia.

-¿Dónde terminó tu última historia?

-Escribí mil y veintidós palabras.

-No sé quién decidió medir la distancia en números. ¿Dónde?

-Ellos delimitan la cuantía del amor, fechas y aniversarios, la belleza en tallas, la amistad en cuántos, la riqueza en monedas, la vida en años… -Me lamí el labio inferior y hallé metal.-En ningún lugar. 

-Los mataría y así moriría la prisa.

-Sin ellos no hay palabras.-Me arrodillé lentamente y pegué mi nariz en la fijación inerte de sus ojos. -¿Cuál es tu atracción?

-El poder de las letras bien organizadas.

-¿Y la desnudez?

-Hay un sinónimo entre leerte y amarte, y un símil cercano al deseo, sin embargo, aún desconozco qué los une.

-¿Y cómo?

-Como raíces de un árbol arrancado, aferradas a la tierra.

-¿Y quién eres tú?

-La tierra.

En aquella habitación gigantesca repleta de muebles vacíos, porque las ropas colgadas de las perchas carecían de cuerpos, en aquel enorme espacio de ventanales tapiados por revistas de papel sepia por la exposición constante al sol, alrededor de estanterías llenas de libros leídos y no leídos, ella se masturbaba con lentitud y ternura. Deduje que apenas cuatro minutos bastarían para mi muerte en caso de asfixia por impago de aire. Concluí que los minutos eran menos valiosos que las horas, y en cambio, cada vez había más monedas desperdiciadas por el placer efímero de los segundos. Hacía demasiado tiempo que no entendía una sola palabra, y únicamente leía y veía, porque la escritura había dejado de ser la osadía, y como un virus se expandía triste y devaluada. 

-Desabrocha el cinturón y no dejes caer los pantalones de golpe.

-¿Y los calzoncillos?

-Sugieren elegancia.

-¿Y los calcetines?

-Desenróllalos con los dedos sin que queden del revés.

-¿Qué haremos?

-Olernos.

Ella tenía la piel blanca como la nieve imberbe  y helada. Al fondo, el cielo azul y los árboles perenne nevados. Mi respiración se arrugaba encadenada hacia su deseo. Ella poseía una altura que finalizaba en la alto de la almohada, y al cruzar mis piernas sobre las suyas, rogaban sobre su cuello mis pupilas. Ella era una mujer desnuda con una línea gruesa de pelo negro en el pubis, piernas delgadas como espigas de trigo, y dos pechos diminutos con pezones imperceptibles como fresas de invierno. Ella respiraba sin el rumor del aire sobre su lengua, y al eyacular bajo su viente, abrazados y con el calor palpitando lejos del corazón, no decíamos todas las palabras que teníamos, las callábamos mientras nos mirábamos, y yo, con el aliento  mojado, siempre quería romper la perfección neutra de sus labios separados. 

El agua hirviendo no hervía cuando caía por su cuello. Mis nalgas estaban sentadas en una silla que nadie ocupaba y me creí vacío, la mesa redonda parecía haber rodado y había perfeccionado su circunferencia, como la plastilina bajo la palma de un niño. Él continuaba ahí, yo no continuaba allí. Las preguntas llegaban con un sólo símbolo de interrogación y no sabía cómo evitar el enfado de la palabra irritación.

-Sexo? 

-Empecé con la adolescencia, me masturbaba con una fotografía de los pechos de una embarazada de la enciclopedia de papá.

-Letra?

-E de embarazo.

-No tenías revistas pornográficas?

-Las mujeres de aquella enciclopedia me parecían más reales, diría que honestas, la imaginación era de verdad.

-La imaginación nunca es de verdad.

-Usted lo es. 

-Qué escribías cuando eras niño?

-Escribía letras, letras, una detrás de otra, sin saber bien qué escribía. Como ahora, pero sin lectores.

-Quién te lee?

-No es quien me lee, es quién me entiende.

-Y por qué lo haces?

-Porque sin aire todo parece suceder más despacio.

El agua hirviendo volvió a correr por su cuello y el bolígrafo anotó palabras sueltas en distintas líneas. Yo odié la desidia de su trazo y sentí frío y nauseas. Leí dos títulos de una frase en la librería, vi la línea de polvo sobre las cubiertas y quise esconderme en la oscuridad que había sobre los libros. Recordé su cuerpo desnudo,  la cárcel melancólica bajo sus pestañas, y el silencio inusual después de los gritos. 

-Tengo una oferta para ti.

-Necesitarás mi demanda.

-Lo sé.

-Él murió.

-¿Quién es él?

-Yo, el escritor.

El cenicero continuaba vacío, la luz chocaba en las oscuras cortinas, el café humeaba en una copa de vino sin él, y tres libros permanecían abiertos en la misma página con muchas palabras idénticas, pero diferentes historias. Las leí. Utilicé todos los órdenes posibles y valoré los contenidos. El revólver era la pistola y brillaba junto a un ramo de flores marchito, y el silencio, mientras movía mis ojos, engrandecía la lectura de las palabras. Las leía una y otra vez porque ellas eran ahora mi único enemigo. Me habían vencido, no podía dominarlas, ni siquiera escribirlas sin la pretensión generalizada, tampoco quería porque sentía que lanzándolas al vacío las traicionaba y abandonaba. Quería ser otro idiota, pero cuidaba del remordimiento y crecía como una enredadera entre mis entrañas.

Mi escritura no celebró un funeral y murió lejos de cualquier accidente doméstico. No hubo olvido, únicamente desaparición. Nadie llamó a tristeza, tampoco al tercer timbre de la derecha junto al portal con los bordes chamuscados, no cayeron lágrimas hacia un suicidio inevitable, y al echarme de menos, jamás recuperé el valor disfrazado de osadía. No lo recordaba, lo inventaba. O lo soñé. Hubo una tormenta eléctrica, era domingo, eran las dos de la madrugada, era primavera, fotografié los cristales iluminados durante una hora, y cuando llegó la calma y observé las líneas blancas distorsionadas sobre la noche, decidí abandonarla. Odiaba la escritura, la repudiaba, y sin embargo, de forma extraña, aquel desamor me obligaba a vigilarla. Era repugnante ver que con el paso del tiempo, las palabras yacían deterioradas en manos de valientes analfabetos. Infieles o adulteradas, violadas, las letras parecían pulular con orgullo, pese a que una vez cosidas, muchas iban sin la corrección adecuada. Eran los monstruos deformados que nadie miraba a la cara. Quizá yo había muerto para ser el escritor vivo que no respiraba. Me obsesionaba la respiración y comprobar que continuara ahí, junto a mí. Lo pensé, lo digerí, vomité, bebí, y puse un nuevo número en el calendario con un bolígrafo negro. En el espejo veía muchos pelos blancos desenfocados, y en el mes de febrero, muchos planes que no llegaron a ser hechos. La soledad no desaparecía con la compañía.

El aire, aun sucio, subía su precio. En la calle, mi ausente respiración era un gesto incrédulo y desconcertante. Las sandalias chasqueaban bajo la planta de mis pies a cada paso, pero aquel horroroso ruido pasaba desapercibido. Aterraba mi rostro, o la ausencia en mis ojos, o el mutismo que yo utilizaba como arma para la desaparición. Si los muertos no respiran, no caminan. Aquel pensamiento azotaba mi trasero infantil posado sobre las piernas de un sacerdote que sonreía sentado en una rústica silla de madera. El mundo estaba repleto de ciudadanos en sillas ansiando dar su castigo. El pan que compré tenía la corteza dura. Una vez más, las palabras. Los saludos, las despedidas, los cumplidos, las frases hechas, los monosílabos ante las preguntas prefabricadas, y en el silencio incómodo, el tiempo. Sin aire no existen. Otro pensamiento como azote. Pagué, respiré con ansia y necesidad, y el aliento que se enrocó en mi paladar había adquirido un rancio sabor a cerveza disipada. Regresé a casa y arrastré las cortinas. Creí que las ventanas caían sobre los alféizares como hielo juzgado a mediodía en los tejados, sin embargo, era la lluvia que hacía borrar la tinta de las páginas de las revistas. Las teclas se retorcían de dolor lejos de mis dedos, sonreí nostálgico, el té permanecía frío en la misma taza azul de flores azules que hacía meses no había bebido, quedaba café templado en la copa de vino, no iba a obedecer a la necesidad de mis pulmones, pero aquel martes tampoco supe morir porque la puerta evidenció cuál era la esencia de su material cuando ella utilizó sus nudillos. 

-¿Olí a café?

-Hoy no es jueves. 

-Eché de menos leerte.

-No quedan historias.

-Mil y veintidós palabras.

-Puedes terminarte la copa. 

Los zapatos rojos sin tacón quedaron bajo los pies de mi abrigo de invierno que colgaba de un perchero de madera blanca. Sacudió el sombrero en la calle, y las gotas, ligeras, hicieron un arco sobre la baldosa. Cuando empujé la puerta hacia el marco, ella ya había subido las escaleras hasta la habitación y no escuchó el golpe rudo que supuso el cierre. Pensé que tres minutos eran suficientes para poner punto y final a cualquier vida. Carecía de dinero, y el aire que necesitaba asesinar requería el ahorro de toda una vida. No entendí aquella reflexión, pero estuvo en mi cabeza y vino conmigo en distintas fuentes, en varios colores y tamaños durante cada uno de los escalones. Después, nada. Después las ideas empezaron a deshincharse en mi cerebro y vi que aparecían en el suelo como globos de colores rotos. El agua era sangre, las sonrisas de los niños tornaron hacia el desconcierto, y los adultos, una vez más, cogieron a sus hijos en brazos, corrieron, bajaron la cabeza y escondieron la mirada allá donde todo aparentaba ser seguro. No conocía a nadie. Me ahogaba, pero el aire ya había alcanzado una cifra desorbitada, no había peso en mi dinero, y la muerte carecería del último suspiro. Ella estaba desnuda sobre la cama y yo no tenía palabras. 

-Cuando era niño, y pensaba en la piel, veía naranjas peladas sobre una mesa de madera.

-¿Qué piensas ahora que eres un adulto?

-Soy un viejo e imagino cómo sería meter la cabeza en tu vagina para hacerte el amor con mis ideas.

-¡Maldita seas! ¿En serio? -Juntó las piernas y levantó las rodillas hasta el abdomen- Quizá quieras morir como naciste.

-Sería lo lógico.

-¿Cómo eran las mil y veintidós palabras?

-El personaje que era el protagonista vino de la muerte, aunque la existencia de la muerte fuera paradójica al ser el inicio de la inexistencia… -Cerré los ojos aparentando recordar, no había necesidad, y me concentré en la necesaria e inminente erección. -Sí, vino de la muerte, me pidió una infusión de hierbas y un cigarrillo liado, después, tomó asiento.

-¿Vino de una vagina?

-Ojalá se me hubiera ocurrido, pero no sucedió así. Además, si la muerte procediera de una vagina, hablaría de un aborto, o tal vez debería haber escrito la palabra vida, o a lo mejor nunca haber puesto una sola palabra. -Torcí el gesto y me busqué arrepentido en las estanterías-. Sin embargo, lo hice, y jamás di importancia a la procedencia, sino al acontecimiento. El lector, estúpido en un alto porcentaje de los casos, es perezoso, no quiere aburrirse con el por qué del camino, quiere los acontecimientos y el destino.

-No creo que la lectura sea cometido del escritor.

-Ni la escritura deba pensar en el lector.

-¿Por eso ya no escribes?

-No, es mera honestidad.

-No mientas, tu escritura es justa.-Volvió a estirar sus piernas desnudas, pero las cubrió con una almohada- ¿Para qué venía el personaje?

-Nunca lo supe. Trajo una intención, un conflicto interno, y dejó una huella hermosa en el sofá, pero cuando le brindé el vaso ya había desaparecido.

-¿Respiraba?

-No lo vi.

-¿Se ve?

-En los ojos.

-Penétrame.

↓ 

Abrí el libro por la página doscientos cero nueve, y en el nueve me quedé quieto. El hombre que estaba frente a mí debería pesar ciento cincuenta kilos. Aún no había perdido todo el pelo, la barbilla había desaparecido en el cuello, y sus ojos, cuando miraban de frente, parecían no dejar de vigilar su nariz. No leí, no escuché mi voz pidiéndome que leyera, no observé las letras, tampoco las palabras, no vi cómo mis ojos rogaban que lo hiciera, sólo esperé que él terminara de transcribir mi última frase. Comprendí que me absorbía el paso del tiempo, y en la página doscientos uno cero, el protagonista mataba a un gato negro con dos líneas blancas en el lomo. Aquella lectura me desconcertó. La locura me concentró. Leí nuevamente, e incluso lo hice en desorden, pero el acontecimiento podía leerse de forma idéntica en cualquiera de sus caminos. La muerte agitando la bandera en todos los destinos. Después, busqué la copa de vino, crucé las piernas, y vi un vacío en la punta de mi calcetín, me lamí el labio superior y encontré café, sentí pereza, desidia, odio, tristeza, y al ver una errata en la siguiente línea, me envolvió la palabra negligencia; me ahogó. Falso, me ahorcaba. El hombre gordo no acudía porque no rogué auxilio. Él cambió su bolígrafo, eligió uno rojo, y yo, o el escritor, dos cuerpos que debían ser uno solo, me retorcía a los pies de la cama con el libro abierto en la página uno entre los dedos. Me veía morir y únicamente lo deseaba escribir. Tedio o descuido entró por la puerta. La falta de oxígeno emborronaba mi visión y no le reconocí. 

-¿Quieres hablar del cuerpo?

-Sí. 

-¿Quién es?

-Soy yo. 

El hombre gordo miró a mi derecha, olvidando la asfixia del escritor con el libro entre los dedos. Yo continuaba sentado sosteniendo el mismo libro por la página dos cientos diez. Había una diferencia sin aprecio entre mi muerte y yo. El hombre estiró la americana, metió la mano izquierda en el bolsillo, limpió el sudor de su frente y tragó saliva. 

-Permítame que dude de que el cuerpo que duerme en la cama sea usted. -Miró hacia atrás en busca de algo y regresó la mirada a mí- ¿Tiene agua?

-No. Tengo sed, pero no tengo agua. 

-¿Un grifo?

-Bebo café templado en una copa de vino. Beba.

-Déjelo -Volvió a ajustar el bolígrafo entre sus dedos y depositó el pañuelo de nuevo en la americana- Creo que va a tener que hablarme del cuerpo de la mujer.

Los zapatos de bailarina de ella no elevaron su talón, se arrastraron como si el peso inexistente le obligara a hacerlo de esa manera. Vi páginas correr a un lado y a otro sin liberarse de los lomos, pero no eran lectores, era el viento. Ella había perdido más color, estaba sentada a mi lado, y podía ver la librería a través de su piel, huesos y órganos. Me pregunté por su sangre. Él apretó su corbata, como si al ajustar el nudo bajo la nuez protegiera su respiración, o enalteciera su corazón. Vertió agua hirviendo en una taza rosa con una pantera sonriente. Yo puse todos los puntos al final de todas las frases que ya ningún día pensaba escribir, y olvidé las comas donde antes colocaba los tenedores. La mesa redonda aliviaba porque nadie se sentaba en los extremos. Era el último hombre en la vida que deseaba ver, pero el flequillo lo había recogido con un peine hacia atrás, y su cara aparecía clara, amplia y limpia a un solo metro de la mía. Inevitablemente, aún mis dedos sostenían con firmeza y decisión aquel refresco de limón sin un hielo. No bebí, y no iba a evitar que murieran mis ideas pese a la frase simple que vomitó a continuación.

-Usted no ha matado a nadie. 

-¿Ni siquiera a mí?

-La muerte no respira, tampoco habla, y menos aún piensa. 

-Yo siempre creí que cada vez había más cadáveres en las calles.

-¿Y creía ser uno de ellos?

-No, creí que como mi escritura había dejado de respirar, yo, como otro estúpido y mediocre escritor, también moriría.

¿Por eso vino aquí?

-Yo no vine aquí, aparecí.

-Yo le vi venir por el pasillo con las manos en los bolsillos y la nariz señalando la alfombra. -Bebió el agua hirviendo y clavó la punta del bolígrafo sobre el cuaderno en blanco hasta en seis ocasiones.- ¿Tal vez quiera desaparecer?

-Lo intento, pero siempre desaparecen ellos antes que yo. 

-¿Quiénes son ellos?

-Ella. Ella me hizo el amor, ella leyó mi escritura, a ella le prometí al escritor, pero nunca tuvo valor, y un día no despertó y se volvió transparente. Después él con un bolígrafo rojo, con su peso sobre las maderas de mi casa, señalando un cuerpo que era incapaz de ver, y yo asfixiándome en el suelo con un libro entre los dedos. Entonces yo cogí un revólver junto a un ramo de flores marchito, y el hombre gordo, aterrado, rompió los cristales cubiertos de papeles de revista y huyó. Después la niña con una falda azul puesta del revés, un domingo, el chico que no dejaba de crecer con lágrimas entre los dientes, de madrugada los elefantes enamorados pidiéndome el divorcio, y con el primer café aún templado en la copa de vino, policías rogándome la documentación por dos cervezas frías que no poseía, y la señora que dormía de pie y pestañeaba demasiado para no perder nitidez, y una noche a las doce del mediodía, todas las comas abandonadas carcajeando junto a las cucharas, y desesperado, corrí, corrí, corrí, me desorienté y continué corriendo, y hoy, usted con su corbata junto al cuello enalteciendo su corazón y con la nariz por encima de los ojos.

-¿Hace uso de narcóticos?

-Ayer estaban deprimidos en una esquina, compartían una botella de vino, miraban las nubes pasar, pero no hallaban formas en su cabeza, sólo trazos abstractos, y  aburridos, bajaron sus braguetas y se masturbaron para eyacular sobre una galleta. El último la comió de un sólo mordisco. 

-¿Está usted ahí?

 -¿Y usted?

El cañón chocó con mis dientes como un vendedor de libros viejos insistiendo en la puerta cerrada. No ofrecí aliento, sólo esperé observando desde la mirilla la mala colocación del felpudo. Ella continuaba desnuda, había frutos secos en una taza de metal azul con la palabra felicidad en francés, y cuando mis ojos eran pinceles finos, podían pintar con precisión cada una de las arrugas de las sábanas que quedaban bajo su piel. Ansiaba engullir de un sólo mordisco la falta de oxígeno. El cañón volvió a chocar e hirió mis encías, el escritor me miró con lástima sobre una mecedora de mimbre que, junto al armario, balanceaba en la oscuridad de la habitación. Había una estrella de luz en los cristales rotos, había una comba colgada del pomo y el bolígrafo rojo junto a una pata de la cama. El cañón ardía sobre mis labios y el silencio tenía un ruido inusual.

-¿Y después de tu muerte?

-La tuya.

-¿Y la historia de las mil y veintidós páginas?

-Existe el limbo para los que nunca mueren.

Volví a examinar con ansia cada uno de los departamentos de mis pantalones, pero allí ya no estaban las balas y la sangre encharcaba mi boca. Aún tenía una erección con el preservativo arrugado repleto de semen. Jamás pensé en la elegancia de mi muerte. Me maravilló lo hermoso de mi estúpido pensamiento, uno más, pero era el aire, o quizá los pulmones en blanco lo que me estaba empujando a no saber quién había protagonizado aquella conversación.

Fotografía: Kishin Shinoyama

Introspección

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Mi vida es una penetración. Es constante, es una mentira, es un centrifugado, ruidoso, molesto, efectivo, es un minuto escaso en el microondas para evitar la explosión de la leche en la ventanilla distorsionada y el horrendo olor a goma quemada, es un día de lluvia sobre la tierra desorganizada; sucia, es el viento crujiendo una rama que rompe de un corte la mejilla de un adolescente, y es mi corazón quieto por un único segundo, como el éxito efímero en aquella puerta que tus dedos un día sostuvieron entreabierta.  El éxito es un rotulador rojo.

La penetración es una frase incrédula que queda en el crédulo viaje de ida y vuelta en cualquier habitación rural lejos de la algarabía. La algarabía es la suela de un zapato manejada por una simple idea, basada por una mera emoción. La ira es un pecado contenido. La gente yendo y viniendo, entrando y saliendo, viéndose y olvidándose. La gente en ambos sentidos, infiltrándose entre la gente, apareciendo y desapareciendo. Y entre la gente, mi vida, insulsa, incomprensible e incomprendida, estéril y etérea.  Caigo como la invisible gota de agua entre la lluvia que desaparece confundiéndose en un charco. Y por alguna nimia estupidez, insiste la necesidad de notoriedad, pero ya soy idéntico al resto del mundo. Sin embargo, me aferro a cualquier pedestal, y al pisar, la caja de cartón vacía, y hundo mis pies en el barro. Mi cuerpo, mi pene, mi cabeza, mi persona convertida en más gente. La gente convertida en mí mismo.

Mi nombre es una palabra irreconocible. La edad continúa incompleta y el estado de ánimo insatisfecho. Están sintonizando una emisora de radio mientras avanzo lento por una adicción incontrolable que aún no ha tomado dirección. Penetro. Penetro mis dedos, los tuyos, los suyos, los ajenos, penetro una esponja, penetro tu cuerpo, el mío, el suyo, el de otro, otro, y otro, y otra, penetro un melón, dos almohadas, una sandía, un cojín, tu boca, la mía, penetro el retrete, un árbol, dos donuts, mis calzoncillos rotos y bragas amarillas. Mi vida es una penetración. Penetro y no he leído la señal, tampoco he abierto ni cerrado la puerta. Mi vida es un desorden mental ordenado meramente por la apariencia. El equilibrio de mi vida es una erección. Me siento, y alrededor, en un corro sin final, trece rostros distintos imitando ser yo. En esta interminable adicción, no encuentro el fondo.

.

-¿Penetrarías a alguien ahora mismo?

-Una silla.

-Hablamos de algo, hablamos de alguien. ¿Cuál?

-Cualquiera.

-¿Por qué?

-No siento interés por las elecciones. La similitud es tan intranscendente como la diferencia.

-Tal vez es síntoma de apatía. Elige.

-Aquella. -Señalé.

-¿Motivo?

-Es la única que está vacía.

-¿Hay algo que no hayas penetrado?

-El corazón.

-¿Metafóricamente?

-Literalmente.

Su última reflexión ante mi respuesta parece haber sido más intensa y le obliga a desdoblar las piernas. Los dedos de sus largas manos han salido del enchufe para agarrar dos cables pelados de alta tensión. Se aferra a ellos, como si el dolor salvara a la humanidad. El hombre es un hombre, viste una corbata en la que puede verse la etiqueta, la marca, no el precio, cuelga sobre el respaldo de su silla la americana, parece más alto, y a la altura de mis ojos hay un brillo inusual y provocado; son sus zapatos. Mira alrededor y después vuelve con un movimiento lento hacia mi cuerpo sentado.

-¿Por qué has venido?

-El pan de la cocina se puso demasiado duro.

-¿Y?

-Salí a buscar pan fresco.

¿Y creíste que aquí lo encontrarías?

-Te he mentido.

-¿Por qué?

-No hay motivo, lo he hecho -respondo-. No compro el pan. Yo no compro el pan como ella para rellenar la soledad, yo no llevo el coche al taller y pienso en el olor a gasolina, no me doy duchas de agua fría para evitar la masturbación, no cocino para olvidar el consumo de drogas, no escucho música para alzar el ánimo o enterrarlo, no salgo a correr para ordenar los pensamientos y agotar la apatía, tampoco hablo por Internet para dar con otro ser vivo que sirva de nexo en el amor, yo no soy un hábito habitual, y estoy aquí sentado sin ningún motivo.

-¿Qué hay de los sí?

-Hago que todo mi deseo penetre dentro de mí.

-¿Por qué estás aquí?

-Acumulo un exceso dentro de mí, afuera hacía frío, he desdoblado sesenta y tres bragas amarillas que he esparcido única y exclusivamente por la cocina, no había nada en mis calcetines, no entendía el quemazón con forma de huevo en la alfombra del salón, y habéis escrito su nombre en el contestador automático.

Palpo en el pecho de mi camisa, verde y con pequeños globos de cumpleaños, todos y cada uno de ellos amarillos. Empujo mi silla hacia atrás levantando las dos patas delanteras escasos dos centímetros, mis ojos caen en la aparición de uno de los lazos de mis cordones negros escapando de debajo del pantalón, lo advierto, no dejo que vaya más allá de ser una curiosa circunstancia, así que no lo corrijo y extraigo una cajetilla azul, arrugada, doblada y rota con tan sólo tres cigarrillos. Ofrezco. Nadie responde.

-Sobrio, frío, nervioso y hambriento quise comerme una hamburguesa con queso y tomate, sin pepinillos, pero los hindúes también habían bajado la persiana. Han escrito la palabra felicidad con sprays de colores. Pensé en un café, vi un whisky, sentí tristeza por una bolsita de té encogiéndose en el agua hirviendo, apareció ella en mi cabeza cerrando la puerta mientras me amenazaba a mí mismo con un revólver, y la respuesta que buscáis es que me equivoqué en el número del portal.

-¿Y qué creías encontrar aquí?

-No creo en lo que iba a encontrar.

-¿Y ahora?

-Quiero dejar de ser lo que sois para poder dejar de ser yo mismo.

-¿Es posible?

-Sí.

-¿Cómo?

-Yo no soy capaz.

Enciendo el cigarrillo, levanto mi camisa y coloco sobre mi pierna izquierda el mismo revólver. Me apretaba la cadera bajo el cinturón y observo el relieve de la culata sobre mi piel. Nadie pestañea ante la amenaza, tampoco esquivan el humo. En aquel primer segundo, cuando la bocanada de aire enciende la nicotina y mi respiración emerge como una densa columna gris, imagino todas aquellas cabezas caminando despacio sin sus cuerpos. Sus ojos huyen y miran estupefactos la destreza de sus cuellos. Cabezas bailando alrededor de una penetración, cabezas buscando su inyección adecuada, cabezas lamiendo penes flácidos, oliendo pegamento escolar, mordiendo pastillas insostenibles entre los dedos, bebiendo botellas ya vacías, disparando a su propia sien sin una pizca suficiente de valentía ni efectividad. Y allí, aquella imagen a mi alrededor también soy yo. Detrás de mi cigarrillo, en aquel silencio cómodo y contemplativo, asalta la figura de un forense examinando cualquier cadáver. Vuelvo a no ser yo. Veo un ser humano confuso con sangre entre los dedos, la mira como a un objeto extraño y desconocido y la borra apresurada en los bolsillos traseros de sus pantalones. Nosotros mismos. Las cabezas regresan cabizbajas en orden, y escogen cuello con acierto. Abro los ojos y dejo escapar una sonrisa corta bajo los labios que cubren mi barba. Apenas han transcurrido quince minutos en aquella habitación y nada ha sucedido.

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Soy un niño. Las dos piernas saltan e intentan entrar al mismo tiempo, pero caen y me sujeta el culo cuando caigo al suelo. La abuela hunde el cuchillo en el bizcocho y niega con la cabeza. Idéntico gesto haría dos meses después cuando papá terminó la botella y la caja de madera que había debajo de la cama. Desde el suelo, con los pantalones rojos en los tobillos, yo pataleo, me enzarzo, tiemblo, y en ese inquieto minuto he logrado desnudar mis piernas. Arrugados, acobardados, enmarañados, incluso irreconocibles, están junto a una larga lámpara de pie apagada. Cobijados.

A mamá le gusta sacar punta a los lapiceros. En vertical, negros y amarillos, media docena forma un corro en un cesto pequeño de mimbre sobre una mesa de cristal. Olvido los pantalones, gateo con diligencia y observo la similitud entre ellos. No distingo una sola punta más afilada que otra. O quizá, siendo un niño, carezco de la percepción de los detalles. En cambio, sí dispongo del deseo del tacto. El lapicero es ligero, suave y áspero, contradictorio, y al mismo tiempo, honesto. Es enorme entre mis dedos. Balancea como una vara en desequilibrio que evidentemente caerá. Es la primera vez que me despreocupa lo que sucede alrededor. El lapicero cobra la vida justa, no respira, ni siquiera observa, me mira y engulle. Nada más es necesario. Lo chupo, lo aprieto con los labios, lo muerdo y el dolor me satisface. El paladar se enrarece. Lo extraigo, lo miro y me mira. Lo coloco sobre el labio superior y lentamente él asciende hacia el orificio derecho de mi nariz. Ni siquiera he de alzar los dedos o empujar. Sube. Su inserción cosquillea, estriñe mis ojos, y al final, donde el minúsculo espacio une el conducto de la fosa nasal con la garganta, es mi mano derecha la que me hiere. Insiste y ya ha escondido cerca de la mitad del lapicero negro y amarillo. Duele como estremece el chasquido de una rama. Después, asustada, la nariz mea sobre mis labios. El lapicero ha desaparecido y mis dos manos, cómplices y testigos, están ensangrentadas.

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Los techos son altos, incluso diría soberbios, las ventanas oscuras, lo que evidencia una contradicción funcional. Hay arena en la alfombra de felpa que cubre el círculo porque cruje el suelo cuando rasco la punta de mis zapatillas a un lado y otro. En la esquina de la habitación, detrás de la puerta abierta, junto a una pizarra negra en desuso, descubro una mesa rectangular con un mantel de papel arrugado, manchado, mal doblado, donde uno mismo puede servirse bolsitas de té negro, verde, manzanilla o alguna infusión laxante. En un recipiente de metal se amontonan sin orden un puñado de azucarillos, blancos, oscuros y rosados. En un termo, agua caliente, en otro termo, café y en cuatro jarras de cristal, leche, zumo de naranja y piña, y agua. Seis hombres ocupan mi lado izquierdo, de manera incongruente, el creativo, tres mujeres mi lado derecho, tres hombres y una mujer continúan delante de mí. Sólo he oído una voz y enciendo un segundo cigarrillo.

-¿Por qué habéis tomado asiento? -Pregunto mientras escondo la cajetilla en el bolsillo de la camisa.

-Porque compartimos un mismo deseo.

-Siempre hay un nexo de unión entre un violinista y su director, pero jamás un mismo deseo. Quizá puedo oír alguna de sus voces…

El peso de sus narices les impide levantar los ojos y pienso que ojalá huyeran con el pánico a sus espaldas sin alzar la mirada y chocaran su miedo contra el marco de una puerta, o equivocaran la huída, rompieran el cristal y cayeran por la ventana. Nadie corre, tampoco habla, nadie respira, nada sucede, y por un instante dudo que estoy aquí.

-Sienten miedo escénico.

-¡Ja! Moriremos ante manos de desconocidos. ¿Por qué desaprovechamos estar vivos? Desnudémonos. ¡Hagámoslo! Follémonos, mordisqueémonos, comámonos, metámonos y matémonos, olvidemos lo que hemos de ser y seamos lo que realmente somos y queremos ser. Observemos sin filtro el interior de nuestros propios actos o estados de ánimo o de conciencia. Literal. Hagamos sin motivo, únicamente instinto. Seamos, y al serlo sé que seremos consecuentes, evidentes, sinceros, honestos…

-¿Introspección?

-Penetración. -Apago el cigarrillo en la alfombra y tomo el revólver- Todo lo que sale entra mejor.

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Nadie alrededor. La cocaína fría ha salido del bolsillo de mi pantalón. Puede observarme, olerme, amarme y, al desabrochar el cinturón de plástico, me anudan los testículos y veo mi cuerpo desnudo convertido en un croissant durmiendo en los cómodos labios mojados de una vagina. Hay restos de alcohol bailando en la punta de mi lengua y palabras embarradas desgastando mi voz. No entiendo porqué. Esta vez me inquieta el movimiento que no gobierno. Me orino, aprieto, me aguanto, escapa orín, me muerdo los dientes, chasqueo las rodillas, tiemblan, crujo los dedos, me desmayo, pero no es mi cuerpo, tan sólo el aire que quedaba dentro de mí. Lo veo derrumbado en el suelo, preso, ebrio de asfixia, y sonrío. No sé quién soy, me conozco, tampoco quiénes son, sé sus nombres, no sé dónde estoy y conozco el lugar.

-En ocasiones quisiera ser la piel de un plátano y matar pasos descuidados.

-¿De qué coño estás hablando?

-De la vida.

-¿Ser una cáscara de plátano es vida?

-La casualidad lo es.

-¿Quién está hablando?

-Nosotros.

Mi nosotros ha sonado tres veces y en ninguna ha mejorado la nitidez. Él junto a él y junto a mí, los tres somos media luna en la oscuridad. En la repisa de metal respiran con fuerza cada uno de nuestros nombres maldecidos. Ni siquiera es la primera vez. Voy a adentrarme en una bañera de hielo y los nervios han comprado un billete demasiado caro para una exclusiva primera fila. Mis dedos tienen las uñas sucias, lamentamos no poder atenderle, primer y segundo apellido, una y siete de la madrugada de un uno de enero, y la palma de su mano sirve el dinero en un pasillo oscuro con principio y fin. Pienso en los lápices afilados de mamá y en el doctor poniendo alcohol en un algodón para taponar la hemorragia. Aún nadie, y el mundo alrededor.

-¿Algún consejo?

-No soples antes de aspirar.

-¿Duele?

-Pica.

-¿Y después?

-Duerme.

Rápido. La vida es una escena veloz que tan sólo la muerte parece querer contemplar, y de ahí la pereza de los recuerdos. La cocaína penetra espesa, torpe, desorientada, y necesita de ayuda. La cocaína se atasca, se aferra a los poros de la piel, pellizca, y al aspirar con fuerza escala como si el viento empujara un trozo de papel en el suelo. Y al final, cae. Y el final nunca sabe poner punto y final y lo hace seguido. Una vez más.

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La penetración de mis ojos en uno y cada uno de los trece desconocidos que están sentados en aquella reunión hubiera dejado de ser anónima en el instante que uno y cada uno de nosotros hubiéramos estirado las rodillas escupiendo nuestra mierda en un plato frío y roto. Les intimida el arma. Leo sus nombres escritos en un papel bajo uno de los hombros. Recoger cada una de las palabras de cada uno de los allí presentes esconden entre las manos me hubiera ayudado a conocerme a mí mismo. Un charco me ahoga y desconozco cómo vuelvo a salir a flote. Han manchado sus manos de mierda y no logran respirar con claridad con cada uno de los pensamientos que han pululado en voz alta y descontrolados lejos de mi cabeza. Hechos.

El hombre que gobierna de corbata planchada se pone de pie y recorre con lentitud el círculo trazando con precisión una línea ovalada que cerca la distancia entre él y yo. Es alto, de piernas delgadas, pudieran ser interminables si no las movieran sus caderas. Su rostro es aplastado, como mi cuerpo bajo decenas de lapiceros. Es muy delgado, incipiente, pálido, y de gesto arrugado en los hoyuelos. Por algún motivo, aquellos ojos pequeños hila la posición de mi libre mano derecha en un constante ejercicio de desconfianza.

Oigo las sillas crujir bajo sus nalgas. Oigo sus voces imitando voces peleando en sus cabezas. Oigo mis voces multiplicándose y gritando al unísono las mismas palabras. Oigo mis dedos masturbándose esta mañana de pie ante el lavabo, oigo mi chillido artificial ante el descontrol de la eyaculación mientras mis dedos sujetan el cepillo cubierto de pasta de dientes. Y mis dedos desenroscando papel higiénico, y mis dedos hundiendo los diez números de un mismo teléfono, y mis dedos con las llaves temblando, y mis dedos hambrientos, y mis dedos acariciando un gatillo que sólo aprieto con las siete balas en el cenicero. Cuando suena el silencio, y un soplo choca en mi piel, despierto. Mi cuerpo está frío y meado.

La corbata larga vuelve a tomar asiento. Alza sus extremidades superiores y me enseña las palmas de la mano.

-¿Puedo decirte algo?

-Si lo piensa, sí.

-Has tomado la silla equivocada. Matar aquí no te dará el éxito ni la respuesta que buscas.

-¿Por qué? ¿Hablamos de dificultad o de atractivo?

-La dificultad es un atractivo, pero yo te hablo de seres vivos.

-Nos equivocamos al definir planta como ser vivo.

-¿Y cómo les definirías?

-Morimos cuando dejamos nuestras adiciones porque dejamos de ser nosotros mismos.

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Después de ella.

Cayó la ceniza sobre su espalda cuando unté mis dedos en la copa de vino y humedecí aquellas gotas oscuras en la dulce cobardía de su ano, minúsculo, impenetrable, seco, oscuro, cobarde, quejica e incompatible conmigo mismo.

Sin ella he comprado mil bragas amarillas de diseños distintos para mujeres aparentemente iguales. Al desnudarlas, todas son distintas, todas miran distinto, todas, huelen, hablan y escuchan diferente, todas satisfacen mis insatisfacciones sin éxito, y sin embargo, todas imitan lo mismo, inevitablemente por caminos que jamás antes había conocido. Ellas también son yo mismo.

Su respiración caía como una esponja de plomo sobre la almohada, y mi vértigo ya resbalaba veloz por la espalda hasta estrellarse en la rigidez de su cuello. El tabaco se asentaba en mis pulmones como un peso que arruga un globo de agua. No sostendría el tiempo necesario la erección, la deslicé entre sus piernas, danzó en el aire, sentí frío, y el contacto con el vello erizó su espina dorsal.

He asumido mis actos como míos. Me penetro, no respiro, duele el corazón herido, y continúo sumiso a una espiral interminable que de alguna manera aún me permite continuar con vida y total impunidad. Nadie castiga lo inmoral y abofeteo a mujeres sin nombre cuando no terminan el desayuno. Cada vez hay más altura entre mis ojos y el suelo, y con la edad esquivo mejor a los desconocidos. Padezco un vértigo terminal y no miro abajo porque prefiero ser cigarro que cenicero. Entonces bebo, bebo, bebo, pongo hielo, escupo, lleno el vaso, no saboreo, bebo, ingiero, digiero, no invito, estrangulo el cuello hasta que todas las distancias noto que han muerto, sueño ser un pene incapaz de adentrarme en ningún lugar, y en tal escenario, desquiciado, me aterro.

Vomité con delicadeza un leve soplido en la oreja que quedó al descubierto entre su pelo. La piel nerviosa absorbió el vino, vi una gota muerta en las sábanas, el ano engulló el resto, repetí, mis dedos rojos humedecieron, y con el mismo resultado, desenmascaré la ira, volqué la copa entre sus nalgas, chocó, se rompió, hubo sangre, lancé los añicos, escupí el cigarrillo, hundí los dedos de mis manos sujetándolos a los huesos de sus caderas, empujé, apenas penetré, insistí, gritó, grité, reí, chilló, empujé, y la sangre y el vino se mezclaron entre placer y dolor.

Hay bragas amarillas en el suelo y ninguna de las que compré con mi dinero cubrieron su cuerpo. Creo ser un hombre diminuto incapaz de ver más allá porque delante de mí se alinean lapiceros negros y amarillos, todos afilados y ensangrentados. Lapiceros enormes que pronto rodarán hacia mí. Los lapiceros me acuchillan, la muerte me envuelve y me abriga, me aplastan botellas que jamás beberé, y bajo ellas no veo pies, tan sólo descordinados bailes sin control. Me arrastro hasta estrellar mi cabeza en el tercer cajón. Allí guardo bolsas de droga impura entre los calcetines de rayas y las bragas amarillas. No soy yo, pero estoy exactamente ahí.

Después de mí.

.

El aire y un click hacen temblar las trece sillas.

-Nunca me atrevo a conversar con la muerte.

-Por eso estás aquí.

-Por la penetración, la incomprensión, la desorientación, la adicción, la tristeza y la soberbia.

-¿Y el desamor?

-Eso es la incomprensión.

-Y todo lo que te sucede es real, no son sueños…

-¿Cuál es la diferencia? A veces sueño que estoy pensando, y siempre acabo descubriendo que soy capaz de hacer todo lo que pienso salvo una única.

Click, aire, click, aire, click, aire, click, aire, click y aire, click, aire. La pistola cae de entre mis dedos y suena pesada en la alfombra. Rendición sin motivo. La sonrisa vuelve a emerger entre la barba, y aprovecho el terror que aparece dando saltos como una rana enloquecida sobre sus cabezas para perder el tiempo entre sus rostros. Veo manos tapando los ojos, veo barbillas pegadas a los cuellos, veo lágrimas en los labios, veo pelos despeinados, veo dedos hundidos en los muslos, veo mi cuerpo en otros cuerpos, veo sus cuerpos incapaces de penetrar en el mío.

-Ahora que sabemos que no nos va a matar, -retoma el hombre de la corbata planchada- y tampoco quitarte la vida, ¿podríamos servirnos un té?

-Sí, el azúcar siempre es un gran alivio.

-Has utilizado la palabra única. ¿Cuál crees que ha sido el motivo?

-Lo sé. El motivo es su increíble parentesco con última.

.

Ella era amarilla porque repetía sin descanso que el amarillo era la felicidad haciendo el amor con la locura. Ella quería volar en el agua mientras no permitía que sacara mi pene de su boca cuando me corría. Ella quería dormir en tostadas quemadas y embadurnarme el ano con mermelada de ciruela, quemar todos los televisores del planeta y desaparecer sin que nadie por ella preguntara. Ella quería ser única y coleccionaba llaves de tamaño diminuto en un mismo aro de metal, pero jamás halló la puerta que buscaba. Y en esa minúscula habitación de un céntrico hostal, sucedió, y sucedo a diario sin saber bien el motivo.

.

Paseo despacio la mirada alrededor del círculo, descubro la inseguridad, las cabezas ahogándose en los zapatos, donde inexplicablemente parecen estar seguros. Solo él sostiene su firme posición, sujeta el timón, observa, y espera paciente un recoveco. Somos seres con un miedo aterrador a nosotros mismos. El miedo nace en uno mismo.

Nadie toma té. El sonido de los pasos apresurados marcando el hermoso ritmo de las escaleras. La música en los sonidos. El hombre aún mantiene sus nalgas pegadas a la silla, yo hundo los dedos debajo de mi pantalón vaquero, colocando ambos pulgares sobre mi cinturón de cuero, y al notar el pubis enraizado bajo los calzoncillos siento un cosquilleo y evidentemente es una erección. Podría levantarme, asumir la equivocación, e irme.

Lo hago.

Errar el tiempo restante de una forma desordenada, y si bien, constante. Dormir con desasosiego, deshacerme de él, aliviar la ausencia de sexo, y paciente, que el tiempo agote me sangre.

Lo he hecho ya.

He renunciado a un propósito ideal en estado de vómitos y diarrea con una aguja ensangrentada en el tobillo. Me añoro sucio e indefenso.

El revólver está frío, se hunde bajo el pantalón en el mismo relieve aún latente en mi piel, he de comprar el pan, ordenar las bragas amarillas que desparramé en el suelo de la cocina, desenroscar un par de calcetines y marcar los mismos diez números de teléfono. Hay colillas muertas alrededor de mi silla, hay sillas desnudas que penetraría otro día. Las bolsitas de té y los azucarillos han sobrevivido. Él afloja la corbata con los ojos en el brillo de sus zapatos. Mis pasos por los escalones entonan una melodía inacabada. Soy yo. Tengo treinta y dos años. Soy lo que sois.

Fotografía: Eikoh Hosoe

Retorcido

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Servía leche fría en un vaso largo y limpio de cristal mientras me embadurnaba el ano con una densa y suave crema que había untado en sus largos dedos. Una nueva mañana con los mismos parámetros, sobre un mismo tiempo y similar escenario. Sus uñas amarillas con purpurina tintinearon en el cristal. Eran uñas afiladas y postizas. Y sin embargo, el movimiento hacia arriba y abajo lo completaba con excesiva suavidad. Era un cosquilleo retorciéndome el vientre. Lo tenía mojado, alguien escribiría húmedo, limpio, abierto, aún estriado, enrojecido, y si aquel pequeño agujero tuviera un pensamiento, sería abstracto y atormentado; terrorífico. La respiración de mi organismo gateaba en un denso conducto de aire donde la única fragancia era limón. Sostuve los ojos entrecerrados y estrellados en el techo, en las caracolas de colores que adornaban el papel de la lámpara de aquella estrecha habitación. Su forma era la de un pezón o media campana. En una cama desmenuzada de exageradas dimensiones, donde las mesillas chocaban con las paredes y la puerta amenazaba con golpear cualquiera que fuera el objeto que estuviera a su paso, yo trataba de evadirme con el efecto desaparecido de la cocaína. Ella bebió leche y vació medio vaso. Después me lo cedió. Tragué, no saboreé. Había una intranquilidad que la provocaba el olor a lirios disecados que siempre hubo sobre la mesa de la cocina. Cocina de color sepia. Ella en el color chillón del siglo veintiuno, veinte años después, repetía sus caricias en la oscuridad de mis nalgas iluminadas. Me dormía su delicadeza pese a que en sus dedos vi la serenidad de un profesional que colecciona víctimas. Rose hundió su cabeza y apartó mi pene, apoyándolo aún erecto sobre mi ombligo. Mi ano mantuvo la calma, como en un atraco ante un revólver y con las manos alzadas; vendido. Si gritara lo haría en silencio, como un ave que aparentaba el sosiego ante el inminente desplume y degüelle. En ese instante, ante el hecho inmediato, oí la respiración agotada de mi cuello sobre la almohada, terso; y vi mis piernas elevadas, separadas, sobre sus hombros, con los brazos abiertos y asustados y sujetos a la sábanas amarillas y ásperas que cubrían un blando colchón. La excitación sobre mi ombligo, sin motivo, había desaparecido.

Al decimoséptimo día no hubo una gota de sol. Los puentes continuaban con su afán de ser testigos. Nada más. Dejaban pasar. Me vi escondiendo anillos de oro en los bolsillos. Príncipes y princesas cruzando ríos que no detuvieron jamás su incesante camino. Y yo, sumido en aquellas reflexiones, con once años, de estatura corta, delgado, ojos claros, pelo castaño, corto, liso y despeinado, sentado en el asiento trasero de un taxi y dando la espalda a la ventanilla, a las calles, a los edificios, a la ciudad, a mí. Ahí arrancaba mi consciencia vital sin siquiera una adolescencia que apretar, olisquear o saborear. Y por alguna recóndita razón, siempre iba a ser como aquel lluvioso día de Enero. Mi vida conducida a merced de los acontecimientos ajenos. Llevada, como el río que marca el paso a capricho de la lluvia. Empujada a voluntad del ímpetu que nunca tuve.

Al decimoséptimo día el castigo era una penitencia interminable y ya había escrito la misma frase en un mismo cuaderno de líneas azules dos mil quinientas cincuenta y ocho veces. Mamá sonreía al ver aquella obra de arte minimizada. Lo cerraba, lo tiraba con orgullo sobre la mesa del profesor, y con decisión cogía mi muñeca y comenzaba a caminar sin oírsele un gemido. Le obligaba a que tirara, al esfuerzo, y cuando le dijo al conductor la dirección exacta en la que se encontraba nuestra casa, y me liberaba, esbozaba una interminable sonrisa mientras yo dejaba que quedara claramente a la vista mi piel enrojecida. Ella preguntaba qué edad tenía. Yo no respondía.

De mamá recuerdo que no me dejaba desayunar cereales y me amontonaba una torre de galletas junto a un vaso de leche con cacao. Sin remover. Pensé en las galletas rotas en la mochila que apretaban mis pies. A mis once años supe que siempre sucedería.

-¿Quema?

-Tienes cinco minutos.

-¿Dónde, mamá?

Soltó el plato en el fregadero. Tambaleó pero no se rompió. El agua continuaba con fuerza cayendo desde el grifo. Dudó el gesto retirándose tan sólo la manga derecha del guante de goma. Después, lo volvió a estirar.

-Tú no pierdas de vista el reloj. Y desayuna.

Lo hice.

En lo alto del pupitre tambaleaba mientras acomodaba mis pies descalzos entre un libro abierto, un cuaderno cerrado y un estuche desordenado, y al mismo tiempo, con suma concentración, observaba las agujas del reloj blanco con números romanos que quedaba sobre la mesa del profesor. Con un vestido azul que alineaba las uñas de mis pies repetía un mismo estribillo que apenas tenía una sola de las rimas que habíamos estudiado en aquel trimestre. Vi, lejos de mí, desde algún punto inexacto de aquel aula, a mí mismo, por primera y única, actuando por voluntad propia, con ímpetu, sin un pensamiento de cobardía, sin temor a las consecuencias. Allí estaba bajo los focos de las voces, entre el ruido de los ojos y la asfixia de los dedos. Allí yo era un chico que desconocía, y, sin embargo, que admiraba con su corta estatura, y su cara de estúpido sobre un diseño de poliéster pobre y con excesivos metros de tela.

Había siete ventanas en el aula, dieciocho mesas, treinta y seis sillas, y dos pizarras verdes en las que aún podía leerse el último problema matemático que Roque había escrito con desacierto. No bailé, tan sólo ladeé mi posición a un lado y a otro, para que las palabras que salían de mi boca danzaran en el aire. Tampoco canté, desafiné. Al tercer verso comencé a desabotonarme uno a uno los botones que caían desde mi pecho hasta la cintura. La última vocal del alfabeto se acompañó de una hache muda y embadurnó el aire. Jamás tanta suciedad me produjo tanto placer. Oírme tanto entre tanta gente me obligó a asumir que el adverbio tanto había adquirido el significado de demasiado. Tantísimo. Y en aquel exceso, no había nada de desacierto. Hubiera guardado cada uno de todos aquellos inocentes, incluso felices ojos que, desde el suelo, me señalaban. Aplausos. Silbidos, gritos, abucheos. Todos ellos conmigo en una caja enorme de cartón que quedarían en el fondo de la parte baja de un armario para que con edad, algún día, pudiera alimentar con indigesta realidad mi memoria. El cerebro y su necesidad de objetos. Eran quince minutos de fama. Si bien, cuando el minutero aún no había alcanzado el número doce, una mano enorme masculina desequilibró mi espectáculo, resbalé, caí sentado con el vestido ya en las rodillas, y por primera vez, un silencio abrupto me desconcertó.

Era el decimoséptimo día y el pelo ardía en la espalda, roto o caído y mojado. Algo extraño quemaba y pensé en las largas velas que temblaban en las dos mesillas. Había sangre en la almohada, apenas podía respirar y las uñas amarillas de sus manos no entendían la uñas de mis pies, cortas, mal recortadas, incluso sucias, y que al moverse inquietas rasgaban las sábanas. Rose abrió la puerta y golpeó mis zapatos. Lo hizo como cada mañana que allí dormía, a idéntica hora. Completó el mismo recorrido, corrió las cortinas, abrió las dos ventanas y me miró a los ojos. En aquella ocasión y, por primera vez, vi en sus ojos falta de compasión. Pensé en el decimoséptimo día.

-¿Has oído alguna vez cómo suenan las pisadas de una sola persona en una cueva mojada?

-¿Qué siente uno?

-Las gotas del techo impiden escuchar el camino.

-¿Placer?

-Placer. Uno lo hace siempre por placer, no hay más motivo.

-¿Y el dolor?

-El dolor es en sí mismo es una manera de placer.

-Me gusta cuando se me cae un diente.

-No es comparable.

-No me gusta el dolor de cabeza.

-El dolor siempre nace en la mente. Lo psíquico informa a lo físico.

-Si me clavas un cuchillo en el pecho, ¿Quién se enterará primero, mi cabeza o tu corazón?

-Podemos comprobarlo ahora mismo.

-Me fascina la sangre goteando cuando se abre un corte en la piel y cae apresurada desde uno de nuestros frágiles dedos.

-Basta una tirita.

-¿Te pondrás preservativo?

-Perderemos sensibilidad.

-Hazlo con sensibilidad.

Rose era una mujer de corpulencia grotesca, habitualmente desnuda y con los hombros y los brazos cubiertos por un largo abrigo de visón que iluminaba la dimensión de sus ojos. La frente amplia, arrugada. Posó el mismo libro de carátula roja que yo leía sobre la cama, y con sus dedos calientes, me acarició los pliegues del ano, como si dibujara un camino. Fría. Húmeda. Acto seguido, leyó con voz firme y pausada mientras comenzaba a masturbarme. Su pene empezó a romper el orden de su bata que le cubría las piernas. El aire, el tercer capítulo, con sus dedos estrangulando mi respiración, y detenidamente, un dolor exquisito adentrándose bajo mi erección.

Era una silla antigua, pequeña, oscura, endeble y tal vez única. Única porque en ella estaba ella, con los ojos marcados e iluminándome la mirada, y con los labios rectos y aparentemente  incoloros. Continuaba muda, impaciente e exhibiendo paciencia. Yo en cambio, sabía que los pasos, dieran hacia donde se dieran, eran incorrectos.

La incorrección la acepté en la lluvia temprana en aquella vacía habitación de un hotel de diecisiete plantas. Recordé los días, las casualidades y el asiento de atrás, una vez más, dejándome llevar sin plantar una sola palabra que declarara mi voluntad. En la ventanilla hubo una rebanada de aire enfriando la continuidad. Después, vi el desacierto en aquella canción que decía la misma frase en el despertador. En la precisión del ser humano para detener los instantes y convertirlos en hábitos. Vi la normalidad digerida. Aquel jersey gris con un gorro colgado cada mañana sobre el pomo de la puerta. Los dos. Ella sobre mí, yo sobre ella, ella debajo de mí, yo detrás de ella, ella delante de mí. El café, con y sin leche, la manzana roja entre sus dientes, la manzana verde troceada entre mis dedos, y los autobuses de azul desde el mismo destino con los números quince y dos. Los dos.

-El diecisiete de Julio.

-Es miércoles. Mis padres, mis amigos, tus amigos, nadie puede asistir nunca un miércoles a ninguna parte.

-Nadie, nunca, ninguna… ¡Déjame que respire!

-¿Es que hay veces que no lo haces?

-Hubo veces…

Los dos equilibrando en la misma cuerda de la vida. Y si nadie salta, el destino se imita. Se repite. Paralelos. Espejos. Y no lo hicimos. Continuamos por la línea. Lo hizo. Lo hice. Hicimos. El veintiuno, un domingo, cuando todos siempre pueden acudir a cualquier parte. Los ojos hinchados de mamá ante mis labios y sus dedos. Y los dos abrazados sin oírnos siquiera respirar. En la silla, ella tan blanca, yo tan oscuro, y cuando me fui, pensé en el barro de la lluvia y la comodidad interior de cualquier otro asiento de atrás.

A mamá no le gustaba que hubiera una sola arruga en el mantel rojo durante las fiestas de Navidad. Asaba el cordero en una fuente de barro con dos líneas irregulares pero perpendiculares que parecían partirla en dos. Una crucifixión que aparecía en el mismo momento que papá pinchaba con el tenedor sobre las patatas. Tenía una mancha ante mis ojos. Era de vino tinto. Mi hermana apenas podía sujetar la copa que calentaba pegada a su pecho. El corazón siempre valiente y con prisa con el alcohol galopando en la sangre. La mancha, la arruga, el cordero, las velas, la música, el color desentonando en una esquina del salón, y lo injustificable. Cuando mi dedo se hundió en la gota de vino, papá me partió un labio, un diente, y la sangre amarga se deslizó sobre mi lengua. Las voces, la luz, el silencio, la oscuridad. Me vi en el espejo aquella noche, desnudo, con el vestido roto entre los dedos, el pelo liso, los ojos caídos, la voz tenue, y la inseguridad que apaleaba llevar aquellos tirantes verdes sobre una camisa blanca apretando hasta hundirme los hombros. Aún seguían tensos sobre el respaldo de una silla.  Dormí con el corazón en la cara. Después, no comprendí que bajo la almohada un ratón comprara dientes de leche.

El golpe, antes de aparecer, sé hoy que fue el primero en acomodarse en una de las dos sillas del salón la noche anterior. Las vi a ellas, inertes, enteras y limpias desde la cocina mientras yo sostenía una galleta entre los dedos. Quieto e invisible no vi la amenaza. Las dos sillas. Aquel vacío pesaba. Sonaron las palabras, todas y cada una de ellas, las más idóneas, las que dichas de una sola vez tenían todo el acierto y la certeza, pero sobre todo, convinción. Imaginé mi nombre en mayúsculas, iluminado y con letras muy grandes. La cola tornaba la esquina. La emoción, el ansia, la excitación. Todos y cada uno de los billetes vendidos y enumerados. El caos ordenado, y sobre el escenario mamá se había pintado los labios por papá y papá se había afeitado por mamá. Yo me había puesto el pijama para incitar el sueño. Al sentarme hundí los ojos y escupí un bostezo. El telón huyó. Después, el vestido azul echo jirones cayó sobre la mesa de cristal del salón.

-¿Recuerdas cuándo te bañábamos? -Preguntó mamá.

Asentí con duda porque el recuerdo llegó sin enfoque. Levanté el pie, pero no di un paso porque no sabía el camino hacia el que me empujaba la pregunta. Ella se sentó, cruzó las piernas y buscó a papá que no prestaba atención. Ella le sonrió, pero no sostuvo la mueca más del tiempo necesario.

-¿A qué jugabas?

-¿Queréis que vuelva a bañarme?

-Había barcos, coches, el lagarto verde que ahogabas con ambas manos… Y luego papá entraba contigo en el agua, te salpicaba, te lavaba la cabeza… ¿A qué jugabais?

-¿Nos bañabamos?

-No. -Tornó hosca.

-Sí.

-¡No, cariño! Os tocabáis. ¿Recuerdas?

-¿Qué?

-Nos movíamos el pene bajo el agua. -Intervino papá.

Me levanté como si alguien hubiera apretado el gatillo y yo fuera la primera bala, la perdida y sin víctima. Pero no lo fui porque sucedió lo imposible. Papá estuvo más rápido, y no abandoné el cañón. Cuando puso la mitad de su peso sobre mis hombros volví a caer en la recámara. Sentado, sus ojos engrandecieron hasta borrar incluso el trazo de los segundos planos.

-Lo que mamá quiere decirte y no sabe cómo…  ¿Te has vestido de niña en el colegio?

-Sí.

-¿Por qué?

-Me gusta.

-¿Te gusta llamar la atención? ¿Te gustan los vestidos? ¿Qué es lo que te gusta?

-El vestido.

Mamá retorció la silla. No vi el movimiento, lo oí. Papá, de corpulencia delgada y avara continuaba escondiéndome todo lo que pudiera suceder alrededor.

-¿Te masturbas, hijo?

-¡Papá!

-Responde.

-Sí.

-¿En qué piensas?

Estaba allí. Pensé que sus manos en las caderas sujetaban la espada que desenvainaría si él no digería mi respuesta. No moví los labios. Y no lo hice porque yo no sabía bien en qué pensaba. No pensaba. A veces me movía el pene con rapidez hasta ver qué sucedida. Otras simplemente imaginaba las medias de la profesora cayendo hasta los tobillos y veía cómo su pis inundaba el aula. Nadábamos en él mientras me masturbaba. Había construido el sexo en mi cabeza, y en ocasiones, las botellas de cristal se retorcían como botellas de plástico cuando eyaculaba. Agujeros. El sexo eran agujeros. Y allí dentro, en mis pensamientos, los agujeros habían acabado confundiéndose. Me gustaba ser un ser humano. Nunca supe con tanta certeza que, en ocasiones, la respuesta incorrecta era más acertada que la correcta. Y en aquella silla, una vez más, cedí mi vida al deseo ajeno. Cuando me levanté y papá me tocó el pelo, no vi el golpe, que incrédulo, se acomodaba en la paciencia.

No podía. Había perdido mi erección y me repugnaba cada trozo de tela de aquella desordenada cama. Vi la penetración salvaje en el televisor, e inexplicablemente el grito de ella en el altavoz me serenó. Ella bebió la leche fría, corrió las cortinas con rabia, y una bolsa de aire caliente nos cegó. Pulsó el botón del ordenador que reiniciaba la película pornográfica que habíamos estado oyendo toda la noche mientras dormíamos y rememoré el lirio y el semen, tan denso, esporádico o rápido, tan vivo y débil. Lo intenté, doblé la tripa y mi mano alcanzó su pecho derecho, duro como un balón de fútbol. Mi gesto despegó su pene enorme de mi ano, ella apretó su mano sobre mi respiración, hundió los ojos con furia y levantó ambas piernas. Por primera vez, sí, era un mero animal doméstico a merced de él.

En el cristal mojado había otra realidad. Ella masticaba chicle y tomaba las curvas en dos veces, golpeando el volante hasta colocar el coche en la posición idónea. Había bobinas de paja con un orden desordenado fotográfico. La niebla se arrastraba moribunda y pesada por la carretera. Cuando las palabras sonaron, no reconocí mi voz.

-Estamos heridos.

-¿Qué quieres decir?

-Somos como un edificio después de una guerra. Seguimos en pie, pero nos han quedado demasiados agujeros.

-No entiendo.

-Hablo de amor.

-El nuestro…

-El mío. Yo hablo por mí.

-Ya no me quieres…

-Alguien deberá recoger todos esos rollos de paja.

En la ventana se reflejaban sus ojos. No me había alejado en ningún momento de las gotas de agua, lentas o disimuladamente quietas. Brillaban en la ventana. Y en la siguiente curva no dio dos golpes al volante y el orden de la lluvia en el cristal comenzó a mezclarse. Frenó como si pisara con histeria una enorme cucaracha, mi nariz resbaló sobre la ventana, las ruedas consiguieron hundirse en el asfalto, las luces se rompieron como un vaso que cae desde un quinto piso, y cuando regresé a su vida, estrellados, moví el cuello y la vi. Ella estrangulaba el volante llorando hacia la otra ventana.

La estrella se fue abriendo lentamente. En equilibrio, tumbado, las sábanas fueron cuerdas en el aire mientras la mano de Rose ponía con fuerza la sujeción, hundiendo mi espina dorsal. Empujado y escondido. Ajeno y sumiso. Otro decimoséptimo día sin localizar, el mismo aula, esta vez vacía, los bancos de madera repletos, y debajo de mí, un tipo desconocido buscando la sonrisa que otros pedían. Y vi la edad de papá y mamá confusa en sus labios, atemorizados al enseñar los dientes porque podían exhalar tristeza. Y apareció un día tan idéntico al de ayer, mi mirada hundida en el cristal de aquel taxi, de aquel salón, de aquella habitación, de mi propio corazón. Las uñas afiladas y postizas tintinearon sobre la piel de mis cadera, temblaron las caracolas de colores de papel en el techo, y con suavidad hundió su pene en aquel diminuto agujero de mi piel. La estrella enrojeció, se distanció, y mi rostro lloró exhausto sobre la almohada. Ella fue invadiéndome hasta que, retorcido, sentí ser un extraño en mí interior. Al fin, era yo.

Me sentía protegido en el asiento de atrás de un taxi. Atravesaba la ciudad mirando por la ventana, sin la necesidad de frenar, acelerar, sin decidir cuando detenerme, incluso en ocasiones a dónde llegar.

-¿Ninguna parte?

-Tan sólo quiero sentarme y observar.

-Perdone la osadía, pero quizá esta estupidez le saldría más barata si utiliza el autobús turístico de la ciudad.

-Conduzca.

Las calles se sucedían y el hombre de piel oscura, ojos negros, pelo más negro si cabe, miraba cada treinta segundos por el espejo retrovisor esperando una orden. No la daba. No la tenía. Tras la ventana, los cafés, los seres humanos cada vez acercándose nuevamente al mono, caminando con el cuello encorvado, toneladas de pelo cortado a diario y caído sobre las baldosas, aquellos cuadros colgados que tanto observábamos, el ruido, la prisa, la desorientación, algún último beso, ninguno el primero, los abrazos continuados y rotos, el tráfico adelantándonos, el dinero entre los dedos manchados y el reloj apresurado en la esquina de los ojos. Yo, por una vez, sin destino, sin la sonrisa beneplácita de mamá y papá al acecho, sin Rose intentándolo, sin la habitación, sin ella en el escaparate de mi vida, y con él, la sinceridad durmiendo en lo desconocido. Me observé observando al mundo, que giraba aparentemente en una guía perfectamente engranada, sin necesidad de empuje, sin necesidad de arreglo. Rectos ante el público.

-¿Huyes?

-¿Sabes lo que significa recto en inglés?

-¿Disculpe?

-Recto.

-¿Recto?

-También.

Cuando el disco se puso de color verde, el taxista aceleró, miró en un par de ocasiones al espejo retrovisor y ante mi silencio, negó sutilmente con la cabeza y desistió. Huido. Leí la palabra en mi cabeza y no supe ponerla en mi camino.

Fotografía: Larry Clark

El pie indeciso que descolgaba pequeños sombreros

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El grano de arena sonrío junto al dedo gordo de su pie. Le vio quieto, único, asomando bajo el entierro de sus tobillos. No prestó atención a las uñas largas y sucias que le acompañaban. Había un sombrero rojo con una pluma blanca repleto de pequeñas peras y fresas rojas como sangre seca, y quince pastillas de ibuprofeno. Un libro abierto en el que podía leer bajo una línea amarilla deslumbrante, El problema con la literatura, como con la vida, dice don Crispín, es que al final uno siempre termina volviendose un cabrón. Quiso acuchillar las hojas pendientes. El mar tenía los dientes limpios, pero en calma, apenas los enseñaba. El tren atravesaba la montaña cada trece minutos y él recordó el día que decidió descolgar la mirada de su pensamiento y golpear pequeños rostros desconocidos. No supo asumir el arte de la duda y jamás acertó con la talla exacta para sus ideas. Mientras, cada vez más cerca, la sobriedad. Mientras, o en tanto, incluso durante, la playa le distinguía su soledad diminuta en una esquina, junto al acantilado arriesgado. El grano de arena avanzó despacio hasta encaramarse a la suciedad de su empeine. El sol respiraba y crecía. Recordó el abandono de una enorme naranja en una cesta de mimbre. Ardía la frialdad del atardecer en lo alto del techo. No reconocía la delgadez de sus dedos, asesinos, y sin embargo, ellos le estaban masturbándole lentamente. Militarmente adiestrados, sus pensamientos dirigían todos y cada uno de los pasos decididos, pero ajenos, hacia la línea que ponía fin al mar; amar. El tren desaparecía entre los árboles y no podía olvidar su cara delgada. Él quería pegarse un tiro, pero tan sólo golpeaba con sus nudillos la sien. Lo hacía una y una vez más. Siempre en el lado izquierdo, donde su cerebro albergaba letras y números que le ayudaban a formar palabras y calcular. Nunca deseó tanto eliminar el único mecanismo que le permitía hablar. Amenazó los sentimientos, la creatividad, la emoción, pero no dejó siquiera una caricia. Retorció su pelo hasta sujetar con los dedos mechones rubios que no supieron aparentar ser de verdad. Arañó su piel y no sangró. Descolgó las gafas de su nariz y no le incomodó la falta de nitidez. Tampoco le dolió. No dio uno sólo de todos los pasos que pensó. El grano de arena, sentado, distinto, enorme, sonriente, le recorrió la tibia lentamente y le ofreció una serena voz. Sin un solo diente que extraer, le permitió permanecer. Liberó su masturbación y escondió su mano en el sombrero. Mojada, llevó la fresa a sus labios, la masticó, la saboreó, la mastico, la engulló. El sombrero le miró. El dedo no se movió pero le echó de menos. Nadie hizo nada de todo lo que todos hicieron..

-Tengo miedo.

-Todo termina, si continúas firme, terminará.

-No hay día que no dude. Hay desayunos que abandono, hay palabras que no suenan, hay trajes que olvido, hay miradas que me arrepiento, hay besos que devuelvo, hay…

-¿Y qué deseas?

-Seguridad.

Mamá le apretaba los tirantes con fuerza y los hombros parecían hundirle la barbilla. Había dos colegios en un lugar remoto en el que nadie aún había desperdiciado su tiempo en describir. Le echaba crema en las manos hasta los codos y le limpiaba los labios con los dedos. Él sostenía las calles en su cabeza como un dibujo a lapicero, donde las farolas siempre estaban apagadas. Ella había elegido durante la primera semana del mes de septiembre la escuela que quedaba a más de tres millas de distancia porque ofrecía una mayor calidad educativa. Indecisa, lo aseguraba en voz alta con seguridad mientras hervía el agua a las siete y media de la mañana del primer lunes de clase. Añadía que podría ser ingeniero, abogado o astronauta. Y sin embargo, él quería ser pintor. Ella decía esas convincciones con un tono  despierto, soñador y amenazante. Aterraba aquella mezcla en una sola frase. Con los pies colgados en la silla, inquietos, yendo y viniendo, repetía que quería dibujar en papeles en blanco con pinturas de muchos colores. Quería inventar colores porque en el estuche siempre contaba doce, dieciocho y veinticuatro. No le gustaba limitar la creatividad.

-Abotónate la camisa.

-¿Hasta el último?

-Si quisieran que no lo hicieras no lo hubieran hecho.

-¿El botón?

-Y el ojal. El uno no existe sin el otro. Abotónate.

Contaba las galletas sin que el plástico fino que las mantenía ordenadas se rompiera. Siete. Las colocaba una a una, haciéndole saber que eran siete, sobre una blanca servilleta de papel. Estiraba sin éxito las dobleces de las mangas de su camisa y le observaba. Era el único hijo de tres intentos sin una sola gota de pasión, siquiera una lágrima de amor. Aquella altura maternal tan envejecida, a él, le intimidaba. Más que el silencio. Mamá miraba la hora y el niño estiraba la mano, olía con intensidad y rompía la galleta. Allí, en aquella cocina oscura las agujas del reloj avanzaban deprisa como una puerta giratoria huyendo de un incendio. Ella caminaba con la pequeñez de sus zapatillas de casa dejando los talones en las baldosas. Nadie percibía la falta de una talla exacta. Ella sostenía la mirada en los objetos inertes cuando no quería decir palabras. Él rompía las galletas y caían en un vaso de leche caliente con tres cucharadas de miel.

-¿Té?

-Té. -Dijo.

-Átate los cordones.

-Quiero zapatillas de velcro.

-Te lo pondré en este pequeño termo. Papá te llevará en la bicicleta. Saldréis en diez minutos

-¿Puedo ir al baño?

-Rápido.

La precisión de sus palabras caía sobre cualquier ser humano como innumerables mantas de plomo; pluma. No dormían, mataban. La oscuridad evidenciaba la distancia. Cuando ella quitó la servilleta blanca de papel repleta de migas sin una sola galleta, levantó la tapa de la papelera, y allí, el niño vio seis velas rotas, una intacta y restos de chocolate. Quedaron inyectadas para siempre en su cabeza, como un veneno, una vacuna, como aquella tarde de verano, descalzo, adolescente, con los dedos atados a sólo dos pasos de Saturno devorando a su hijo. Recordó el fuego encendido. La piel deshilachada y ensangrentada. Dudaba. ¿Amenazaba? La mirada alta y vacía. Aquellos pequeños dedos inteligentes decidieron no volverle a sujetar. Soplar para aprender a soñar sin desaparecer.

Cuando saltó de la silla, tropezó, dobló la rodilla, pero equilibró. Mamá no habló con papá, que se ponía unos guantes de tela gorda antes de ir a arreglar un parque con trescientos cincuenta y ocho árboles, quinientos metros de arbustos e incontables flores. Él era verde. Mamá era blanca. Él no había elegido su color.

El viento perdía calidez y la noche asesinaba lentamente demasiadas sombras. El sombrero no tenía fresas, había perdido la pluma, que yacía muerta entre las uñas de las olas del mar. Tampoco podía contarse una sola de las pastillas de ibuprofeno, y atormentaba la forma imperfecta de las peras. La habitación al final del camino estaba repleta de objetos que no quería observar y la bombilla simulaba una presencia real en su interior. Las gafas pedían auxilio bajo la arena, el mar reía cansado, y el único movimiento que corría apresurado lo hacía incansable el interior de su cabeza. Afuera, el amarillo de su pelo había ennegrecido. Lejos, el grano de arena era uno más. Otro más. Igual. Y sin embargo, únicamente la falta de atención e interés le impedían ser distinto.

-¿Lo harás? -Preguntó antes de saltar al vacío desde su rodilla.

-¿Quieres saber la verdad?

-Los hechos.

-No.

-¿Y qué lo impide?

-Ojalá fuera un trozo de cristal roto en la palma de una mano, atrapado, culpable, sin escapatoria, señalado, acusado.

-Descubierto.

-Exacto.

-La vida es completamente una inexactitud. ¿Tú qué eres?

-Un disparo en la oscuridad desde una desconocida lejanía.

-Un cobarde.

La infinidad comenzó a ser imprecisa y él recordó que los dos nunca jamás se besaron mientras la aguja mezclaba sangre y heroína en el vinilo. La ficción desconectaba de la realidad, y en el interior de las venas, como algodón desinfectado, Bengawan Solo de Anneke Grönloh enmudecía cualquier idea. Dos cabezas desnudas, quietas, mirándose, y alrededor, bailaban los sombreros sin espacio para caminar sobre las cabezas.

La soledad se alimentaba con gula a cada minuto y peleaba por darle un abrazo y pequeñas palmadas. Una botella de cristal hacía el amor ferozmente con una hoja seca y mojada. Iban de un lado a otro sin miedo al rastro y las huellas. Él, frío, congelado, quieto, comenzó a arrancar una a una las hojas del libro que se refugiaba cada vez más cerca del sombrero. Libres, desordenadas, inexactas, distintas, comenzaron a volar sin saber cómo aterrizar.

Ella tenía quince años menos, una carrera universitaria a mitad de camino acerca de una ingeniería abstracta y un cuerpo desnudo perfecto de pechos pequeños. Él buscó, pero nunca descubrió un sólo vello en alguno de los muchos oscuros resquicios de su piel. Él se enamoró en un vaivén de miradas interrumpidas por una inquieta y enorme cabeza, mientras le ensordecían conversaciones ajenas. Ella no bebía suficiente deprisa. Él bebía en un vaso de cerámica azul sin escuchar una sola de las muchas palabras que las tres personas que le acompañaban intercambian. No había espacio para tantas letras inservibles. Ella dijo me voy y él lo escuchó. Él pensó que aquel día anochecía demasiado temprano, que las bisagras las inventó el diablo, y que su cerebro no sabía cómo detener la palabra final. Su pie soltó el suelo. Su pelo se reflejó con seguridad en un espejo. Después, ella desapareció.

Él tenía quince años más y trabajaba en un despacho de minúsculas dimensiones gestionando divorcios y sostenía una extrema delgadez corriendo diez kilómetros diarios por una ensordecedora ciudad custodiada por montañas y trenes. El viento detrás de la ventana era un baile mudo precioso en las copas de los árboles. Nadie bailaba el día que fue aún de día y la vio sentada en el mismo taburete, en el mismo bar, a la misma hora, y con una pequeña botella vacía entre sus afilados dedos sin anillos. Mirarse fue una quemadura en la piel inesperada. Saltó. Pensó que alguien debería llenar su botella. Indeciso, sólo dejó el sombrero en la barra y pidió al camarero. Él miró tres veces hacia la derecha, pero no hizo nada. El fuego tiembla hipnotizador. Ella caminó despacio en completo sigilo cuando él se rindió. Compartir el aliento era lo más bello del silencio.

Buscó en los agujeros. No encontró uno solo pelo. Él disfrutaba sostener un libro que no leía para observar su sonrisa desde la esquina del sofá. Era hermosa como una flor bajo el sol. Empezó a enamorarse de su quietud. Ella le miraba como si su piel se pudiera comer. Ella no cantaba. Tampoco decía nada que le provocara interés. Ella escondía su cara tras un teléfono blanco y le fotografiaba. Él aceptaba. Lo hacía antes de ir a tramitar pequeños trámites interminables en su despacho de minúsculas dimensiones. A veces hablaba con desconocidos por Internet. Después, hablaba con desconocidos en su despacho de minúsculas dimensiones.

No sucedió, pero aconteció un día y él nunca lo averiguó. Utilizó su lado derecho para imaginar y el izquierdo para quedarse quieto, desnudo, bajo el agua de la ducha fría, junto a ella, nervioso, aterrado, observando la pureza de sus pechos pequeños. Tarde o temprano, alguien le iba a obligar a elegir un color para iniciar lo que quería ser.

-¿Para qué un perchero?

-Para colgar lo que usamos habitualmente sin tener que abrir la puerta del armario -explicó.

-Pero a mí me gusta abrir el armario y tener que elegir qué ponerme.

-Ya colocaré mis sombreros.

-Nunca los usas.

-Mi talla, que es es imposible.

-¿Y por qué los compras?

-Al menos lo descuelgo…

-No lo entiendo.

-No importa. ¿Quieres que veamos una película?

-¿Después de la ducha? -Movió el grifo hacia su cuerpo- Quiero que hagamos lo que tú quieras. Siempre.

-Eso es imposible.

-¿Por qué?

-El tiempo, como los productos perecederos, tienen fecha de caducidad.

-¿Productos perecederos?

-Yogures.

-¿Somos yogures?

-El amor, somos amor. Vida, somos una vida. Mortales, no somos inmortales. Inexactos, eso es lo que tal vez somos todos. Seres humanos sin tallas exactas.

-¿Quieres que tú y yo rompamos nuestra relación?

Movió la muñeca como una bofetada y el agua se acobardó. El grifo cerrado aterraba. Había tanto brillo en sus ojos que él cerró los suyos. Derramados, inesperados como los charcos de una tormenta de verano. Sus palabras habían sido una piedra enorme rompiendo la única ventana por la que ella solía mirar. Bajo aquellas pestañas, nunca, nunca jamás pensó encontrar tanto daño y le ahogó la hemorragia. No pensó, únicamente nadó y evitó que la sangre le cortara la respiración. En la quietud de aquellos pasos mojados, mientras el agua huía por el desagüe, sintió su piel fría y la erección. No quería que aquellos ojos le volvieran a mirar. No quería que ninguno de sus ojos le volvieran a mirar. Sin embargo,  hicieron el amor.

Había un árbol asomándose a la ventana rota y preguntó qué había aquella mañana de martes no habitual para desayunar. Ella pintaba de rosa las diez uñas de sus pies. Él le ofreció una silla. Nada más. El árbol aceptó y ella coloreó. No había empezado a llover. No iba a empezar a llover jamás. No importaba que el agua que cayera, donde, hacia donde o desde donde. Él miró alrededor y vio todas las puertas de aquella pequeña casa cerradas. Ella era rosa. El sol era una naranja a medio pelar y aún temblaba el cuchillo entre sus dedos. Le parecieron desconocidos. Vio sus pies desnudos repletos de granos de arena y no reconoció a nadie. Contó las peras en el sombrero y leyó la hoja treinta y seis. Él árbol pidió una taza de té, acomodado y preguntó.

-¿Te gustaba viajar en tren?

-Me gustaban los árboles difuminados en la ventana. Su velocidad. Me gustaba la soledad de la noche en los vagones.

-¿Te gusto?

-Sí.

-¿Y ella?

-Ella odia los trenes porque le miran los desconocidos. Ha dejado de viajar conmigo.

-¿La mataste?

-Jamás.

-¿Nunca hubo violencia?

-No me reconoce en el reflejo y me he roto hasta desaparecer por completo, pero ella continúa ahí, sentada.

-¿Continúa ahí?

-No lo sé.

-¿Lo hiciste?

-No lo sé.

-¿Qué sabes de ti?

-Aún descuelgo sombreros demasiado pequeños.

La puerta sonó tres veces con un espacio de tiempo tan preciso que, cuando ella la abrió con el teléfono pegado en la oreja, él sonrió al respirar el perfume tan familiar. El aire se cortaba la piel al atravesar el cristal. La arena le mordía los tobillos y el obvio el cosquilleo, quieto, en el suelo, con los ojos pegados en la bombilla amarilla que nunca aprendió a tartamudear.  El rostro de aquellos labios en su cabeza volvía a encender velas sobre una tarta de chocolate.

-Lo harás, mamá, ¿verdad? Yo nunca sabré por qué soplar.

Él permanecía ausente con la camisa de los botones desabrochada, las mangas arrugadas, el sombrero sujeto a la mano, las peras desordenadas alrededor de una minúscula alfombra roja y redonda. Recordó los calcetines de distinto color volando como superman en el exterior. Mamá no traía treinta y nueve velas, tampoco una sola galleta. Mamá traía lágrimas frías en la piel, el pelo blanco y recogido con un pañuelo de seda con pájaros ausentes de color, y a papá. Papá llevaba un pantalón y un abrigo largo. Ella escondió sus uñas rosas y hundió sus rodillas delgadas de quince años más joven junto a sus caderas. Lloraba como si hubiera guardado en su corazón veinticinco años de tormentas de verano.

Afuera el mar comenzó a enseñar los dientes con una rabia inusual. Los árboles bailaban preciosos acechando la horizontalidad. El viento soplaba y la arena desfilaba con disciplina sin desgastar las suelas en el felpudo de aquel hogar. La mano de mamá era áspera. La ausencia de papá era una sombra inacabada. Había un sombrero cubriéndole los dedos de los pies. Supo que nada iba a terminar. Que nada no era un final. El desacierto volvía a ser una talla inexacta para sus ideas. Alguien fundió en negro.

 Fotografía: Roman Kargapolov