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img_20160905_204750.jpgHabía dormido demasiado y todas las partes de mi cuerpo amanecieron desordenadas. El caballo de la cocina yacía muerto junto a un cartón de leche agria y caliente. El sol era un círculo gris, y al descubrir mi mano izquierda sobre una blusa sin botones, logré colocar los ojos en su lugar, mirar al espejo, y sentir pánico al no reconocer mi rostro. En la ventana, la suciedad bajo una tela de araña minuciosamente cosida. En la esquina, un tumulto de limpieza, como si alguien hubiera barrido de manera reciente. Pestañeé permitiendo que el peso de cada pensamiento hundiera mi cabeza, abrí los ojos, y vagué sobre lo que había sido yo. No sabía quién era, qué era lo que daba vueltas alrededor de mí, ni hacia dónde giraba. En el fondo había una sábana infantil. Hacía mucho tiempo que no ordenaba los platos hondos del fregadero porque no había platos ni fregadero, y lejos, volvía a sonar la misma canción.  

Observé mi muñeca derecha muy torcida, la enderecé, primero arriba, después abajo, y entonces cayó, la vi golpear en la madera, rodar hasta una pata de la cama, y a dos centímetros de ella, en una vaga oscuridad, la mano. No recordaba su pérdida. Mi pérdida. Volví a mirar hacia mi brazo, y ante la sorpresa, no hallé la huella del vacío. Dudé, miré una vez más a la izquierda, pero la pieza ya estaba recta de nuevo. Nada faltaba. Caminé, noté la sonrisa agria del miedo en un espejo agrietado que yo no había apoyado en la pared del corredor, en el que tampoco me había querido reflejar, y después, continué. Al oír los huesos crujir dentro de mis pies, descubrí que en algún lugar de mi habitación debía haber abandonado mis dos pechos. Me acaricié con la palma de la única mano y no sentí dolor. 

Una alfombra surgió bajo mis pies, era esponjosa, y presentí que, pese a avanzar bajo el techo firme y recién pintado de aquel moderno edificio, pronto iba a llover. Enumeré las puertas del pasillo de la planta veinte e imaginé caballos muertos en el interior. Las puertas eran verdes, eran rosas, rojas y granas, púrpuras, azules, oscuras y claras, naranjas, beiges, amarillas, marrones, grises, dos negras y una blanca, y ambas sin números. Al final, tras la esquina, la salida y las notas de la misma canción. 

Bajé dos mil treinta y ocho escalones, el número era una suma incorrecta, pero aprendí de mi madre lo importante que era la inexactitud. Alegres, iban y venían. Noté el desacierto coincidente o consecuente y la cifra de los peldaños hizo una seca y singular carcajada. Ya en el piso primero sufrí un desequilibrio al levantar la pierna derecha, me abalancé, pero no eludí que se derrumbara hasta la planta inferior. Tuve temor a ver deslizar mi ropa interior, no a caer, romper mi nariz, perder los dientes o fracturarme el cuello, solo al pudor. Nada sucedió.

Lú, lejos, servía té en tazas de cristal, y en silencio, cuadraba sillas vacías o sin personas en una gigantesca mesa circular de cristal. Insospechadamente, en aquel rellano, la pierna ya había regresado a su raíz. Me acerqué a la pequeña ventanilla, donde un hombre delgado, alto y de edad inverosímil me empujó, clavó uno de sus codos en uno de mis pechos, y golpeó la campanilla de cobre que había sobre la mesa. Me satisfizo sentirlos de nuevo bajo la blusa sin abotonar. Me miró y sonrío hasta dejar a la luz el vacío de su boca.

-¿Por qué sucede? -Pregunté.

-¿El qué?

-Pierdo partes de mi cuerpo.

-Son los pensamientos y las tormentas.

-¿Las tormentas?

-¿Te preocupan más ellas que ellos? -La palma de su mano volvió a golpear sobre el timbre e introdujo su espinada cabeza buscando a ambos lados. 

-No consigo establecer una relación. 

-No siempre la establecemos. Las cosas suceden y ahí están los motivos, relacionados o no. 

¿Y el caballo?

-En este caso, pienso.

-¿Pienso?

-Sí, pienso, recuerda darle pienso. 

Volvió a ampliar su sonrisa, y allí apareció una jocosa mirada evidenciando mi estupidez. Pienso, repetí moviendo los labios. No emití sonido, me retiré, y avergonzada cubrí con la palma de la mano derecha mi pecho izquierdo.

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Teníamos cada dos días tres pastillas de colores distintos en una servilleta de papel para cócteles. La roja te movía los brazos en espiral y la ingeríamos temprano. El sol aún era un círculo gris. La verde te ponía todo el peso de tu cuerpo sobre ambos ojos. Yo la escondía en el bolsillo trasero derecho de mi pantalón cuando Lú se agachaba para recoger el vaso que adrede había hecho rodar bajo la mesa. La púrpura me provocaba una humedad vaginal sin deseo alguno, y al caminar en espiral por el interior de mi habitación, furiosa, me masturbaba sin descanso tratando de poner fin a aquel dolor. Yo no era yo hacía demasiados años y comprendía que las partes de mi cuerpo huyeran de su lugar original. Si bien, por otro lado, sí había motivos inconexos que preocupaban a mi manera de pensar. 

A las seis y treinta y ocho de la mañana recogía el pene de plástico que solía yacer arrugado sobre la alfombra rosa del baño, lo colocaba en su lugar, junto a un deshilachado cepillo de dientes sin utilizar, subía mis pantalones, mis calcetines, mi cuerpo, y decidía descansar con los ojos abiertos. El agua continuaba corriendo en el plato de la ducha, y el vapor, cegándolo todo, me daba una apacible tranquilidad.

También por las mañanas, pero únicamente los días que despertaba, caminaba hasta el caballo muerto de la cocina, acariciaba su hocico, ponía en posición de galope sus patas y le peinaba la cola. Era blanco, crin densa y larga, y ojos mustios. La muerte no agudizaba su aspecto, únicamente lo perpetuaba. Tampoco me entristecía que no respirara, sólo que ocupara tanto espacio. 

A las 20.38 era la hora del sandwich de jamón y queso. El tiempo era otra afirmación inexacta basada de manera exclusiva en una causalidad emocional. El único reloj estaba sin agujas en lo alto de una pared blanca de un salón sin mesas ni sillas, con ocho ventanas y tres sofás, y en el que siempre olía a camomila. Me gustaba permanecer y observar eternamente la esfera vacía en Navidad. Lú elegía la emisora de radio local, subía el volumen, e invitados e internos comenzaban a bailar. Me satisfacía mover la cabeza ligeramente a izquierda y derecha intentando perseguir el compás. El hambre también tenía una medida de tiempo y era el mes de octubre. 

Una tarde, cuando el sol se cortaba una vez más sobre las montañas, di dos paseos en círculos dentro de la habitación, tenía todas las extremidades en su lugar, me dirigí hacia la puerta, giré el pomo, perdí la mano, la recogí, y al levantar la cabeza, él esperaba de pie con un diminuto calendario triangular sobre ambas manos. 

-He estado pensando en tu caballo. -Dijo.

-Y yo en la ausencia de las tormentas. 

-Es hora del sandwich de jamón y queso. 

-Huelo el pan tostado. -Observé sus manos quietas a la altura de su cintura con un mes de octubre repleto de números y días- ¿Por qué lo sujetas de ese modo?

-Es para ti. 

-¿Algún motivo?

-Todos necesitamos saber nuestro origen y destino. 

-¿Y crees que eso me lo dirá un calendario?

-No. Él no te dirá una sola palabra, sin embargo, su presencia propiciará que tú digas unas u otras palabras. 

-¿Cómo me has encontrado?

-Tu nombre. -Señaló.

Con brusquedad junté los ojales con el lado de los botones, me cubrí, me ruboricé, no perdí partes de mi cuerpo, me reconocí, y dando un paso a un lado, el hombre delgado, alto y de edad inverosímil me entregó el calendario, rió o carcajeó, y corrió por el pasillo de las puertas de colores. 

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Era una niña pequeña subiendo y bajando una pequeña colina llena de flores. Lejos, la casa de madera tenía un columpio roto colgado de un viejo árbol. Papá se había convertido en un señor mayor, ni siquiera adquirió la denominación de padre, y lucía, inmóvil y lejano, una piel arrugada y seca, uñas sucias y dientes amarillos. El olor a tabaco estrangulaba cada uno de mis pequeños pasos con un perfume sobrio y pesado. Él leía hojas de un libro gordo, decolorado y viejo, vaciaba una quinta botella de cristal, y dejaba a un lado, junto a uno de sus gruesos muslos, todas las margaritas que yo arrancaba y posaba en la palma de su mano. La ladera era un universo limitado pero suficiente. 

Era una mujer adolescente subrayando líneas de libros una y otra vez y otra y otra vez, lo hacía con colores llamativos y lapiceros de grosor indistinto, pero nunca uno solo de los enunciados quedaron en mi memoria. Lo hacía en la cocina, como mamá un día lo hizo con papá. Ella sí había adquirido el término de madre, si bien, la palabra parecía poseer un lazo rudo y deforme sobre un envoltorio mal doblado y decolorado. Su cuerpo le había convertido en una mujer amplia, de mirada estúpida o vacía, excesiva y ausente, de piel oscura y recia, cabello corto, y solía ser un ser triste, e incluso desconocido para ella misma. Se había escondido tan bien dentro de sí, que ni siquiera recordaba lo maravilloso de que era vivir fuera de sí. Tampoco buscaba una grieta que le devolviera a otro lugar. De rodillas, de la misma manera que yo adiviné la sumisión, ella limpiaba en la cocina botes de plástico de limpieza. Sentada, yo enumeraba sin que los números tuvieran orden y sentido. 

-¿Cuántas hay en la caja?

-Dos, tres, ocho.

-¿Y cuánta seguridad tienes en esa respuesta?

-Toda.

Mamá, con esfuerzo, posó su mano en el suelo, irguió sus huesos, dio vueltas al agua hirviendo de la cazuela y repitió la pregunta con idéntico tono y misma entonación. 

-Toda. -Respondí una segunda vez.

Con brusquedad detuvo el movimiento de muñeca, y giró sus distantes caderas mientras la cuchara de madera goteaba entre el espacio de sus pies. El gesto había caído sobre mí, y al sostenerlo noté un agrio pinchazo en mis lumbares.

-Hoy llueve, -dijo.- ayuda a papá.

Ella odiaba la exactitud y la seguridad. Ella aseveraba, sin conocer el significado real de dicho verbo, que todo contenía errores o desaciertos. Nada era exacto, ni siquiera un círculo. Pero yo, en aquella afirmación tan categórica, siempre me atrevía, e incluso aseguraba a un palmo de su cara, que tenía toda la razón, y que ésta era inamovible y precisa. La última palabra me abofeteaba con dureza y movía mi punto de visión. Después, papá trataba de ser padre y me ponía una pequeña bola de papel higiénico mojada con agua oxigenada en el orificio de mi nariz mientras me acariciaba el cabello con una extraña ternura. 

Repetí para mí, dos, tres, ocho, observé la lluvia a través de la puerta de cristal y cómo la hierba y las flores se hundían por el peso del agua. Abandoné sobre la mesa de la cocina la caja de cerillas y los libros subrayados y abiertos. Qué edad tengo, me pregunté sin saber añadirle a mi pensamiento una interrogación. No iba a morir, solo a caminar hasta el salón. 

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-He olvidado leer.

-¿Cuándo?

-Hoy.

-¿Te has saltado alguna medicación?

-Ha desaparecido el caballo, hay un espacio frío en mi habitación, y cuando camino me encierro en espirales hasta quedarme atrapada en un punto tan minúsculo, que no me puedo mover.

-¿Cómo te llamas?

-No lo sé -Estiré la solapa y enseñe la placa que colgaba pesada e inestable en mi blusa.

-Ese es solo el número de tu habitación. 

Lú movió el bolígrafo sobre el papel como si hubiera mucha prisa en lo que hacía, bebió del vaso de plástico blanco que humeaba a su izquierda, y volvió a buscar una respuesta que colgara de la cuerda recta e imaginaria de la que ella tantas veces hablaba. Era un péndulo cuyo tiempo avanzaba a merced del viento. Olvidé mi pensamiento, observé su rostro liso, maquillado y hermoso mirando durante un instante hacia la pared rosa de la habitación, y después, inevitablemente tosí en tres ocasiones. La gravedad y firmeza de sus negras pestañas me atormentaba, y al oír la palabra en mi cabeza, recordé la distancia entre el trueno y el relámpago. En ocasiones, sólo sentía alivio al desviar la mirada hacia lo alto y perseguir el sendero impreciso de las grietas que crecían junto al techo. La lluvia era una manera de llorar, y con la evidente pérdida de las palabras, su forma y significado, sentí un diluvio torrencial. Había caído la noche, nadie la recogía, yo tenía el estómago vacío, el paladar áspero, la nitidez repleta de borrones, y únicamente las manchas azules en línea que cubrían el papel cuadriculado me calmaban. Lú volvió a escribir, yo observé su trazo ágil, y después oí su voz. 

-¿Ves?

-Solo cuando no pierdo los ojos.

-¿Eso cuándo sucede?

-Cuando duermo.

Escribió, escribió y escribió. Me miraba, obtenía un pensamiento y volvía a dar trazos con su mano derecha. 

-¿Me oyes?

-Solo cuando no pierdo las orejas. 

-En ellas no hay oídos. ¿Me oyes ahora mismo?

-Sí. -Respondí asustada.

-¿Qué dije?

-Me oyes ahora mismo.

Escuchó mi frase, que aun conteniendo las mismas palabras, no tuvo en absoluto siquiera un parecido. Ambas frases aparentaban ser dos ciudades completamente irreconocibles en un mismo lugar. Vi, dentro de un marco dorado, dos fotografías tomadas desde una perspectiva opuesta; luz, color y enfoque. Nada les asemejaba y yo estaba segura de que ambas significaban lo mismo. 

Lú se levantó un minuto más tarde. No dijo una palabra, abandonó la sala y no estuvo allí durante un tiempo. Con el vacío me sentí bien. La soledad era un espacio agradable. Y cuando regresó observé que la luz continuaba siendo la misma sobre la mesa de madera. Alguien había grabado un nombre, pero no lo identifiqué. Levanté la cabeza, vi a Lú, que vestía unos guantes azules de plástico y no sonreía. Me pidió que abriera la boca, y que después de mover mi lengua hacia el interior, cerrara la garganta. La oscuridad después del dolor fue incluso más agradable. 

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Nunca maté a nadie. Y si lo hice, comencé por mí misma el día que elegí deshilar a tijeretazos cada una de las prendas que colgaban en el armario que se arrinconaba en mi pequeña habitación. Abrí el cajón superior de la mesa de noche que siempre tenía a una distancia prudencial junto a mi cama. Dentro, una caja forrada de papel, dentro, ovillos de hilos de dos únicos colores, agujas sueltas de tamaños distintos, un dedal de cobre, y unas delgadas y largas tijeras de metal, nuevas, con dos anillas débiles y estrechas para los dedos. El pulgar se acomodó, conseguí separar las hojas y las vi finas y afiladas en el brillo triste de mis ojos. Descolgué una a una las perchas, las amontoné sobre la cama, y coloqué a un lado, sobre la alfombra, el peso del tiempo. Aliviaba mi dolor ver que los retazos se desplomaban como mechones de pelo. Y yo llorando. Y la lluvia y el viento desnudando los árboles, y la inseguridad de las dos ventanas temblando, los pasos yendo y viniendo en el piso inferior, el motor del depósito de gasoil, otro motor, un grifo de agua correr, y el dulce crujir de la ropa al ser cortada con el movimiento de mi mano. Vi sangre en uno de mis dedos, respiré, gemí, gimoteé y enumeré. Tenía una edad alta con un número bello y sonoro, y pese a oír gritos incansables en mi cabeza, pese al doloroso ruido, nunca olvidaré qué precioso y denso fue aquel silencio encerrada en mi habitación. 

Aún sentía calor en los labios y un hedor constante a ropa interior en el trayecto de mi respiración. Pensé en la suma de los botones atrapados en los trozos, todos sin una forma repetida. Pensé en el peso de las lágrimas atrapadas en mis mejillas extenuadas, en la obligación y el movimiento, y en la existencia del pánico. Recordé los triángulos, equilátero, isósceles, escaleno. Imaginé la oscuridad y calma de sus ángulos, el inevitable abandono de la geometría y su lejanía. Subrayé el pensamiento y reapareció el desacierto de una nueva cifra que resultaba en mi cabeza, y llamaron a la puerta con tres únicos golpes, secos, sin pausa y veloces. Desnuda, con el hinchazón en el paladar, fui y volví con los ojos mojados hacia un espejo que inestable colgaba de la pared. Incluso el aliento había aprendido a desaparecer ante la presencia del miedo. Escondí mi tacto inquieto en los dedos, lo hice en el cabello, y aún sostuve las tijeras abiertas en los talones de un pantalón vaquero. ¡Nos vamos! No lo hice. No me fui. Yo no. No me moví de mi posición. Crucé las piernas hasta que dolieron y permanecí inmóvil junto a la ropa rota, sobre la alfombra, delante de la cama y en el epicentro de mi Universo. Quizá nunca existió la voz de mi madre. 

Lo sucedido fue un acontecimiento circunstancial. La imagen siempre se mueve en mi memoria en un único plano. El fotograma es constante, y en ocasiones, interminable. El caballo encerrado en el establo, coceando, gimiendo, mirándome con una fea sonrisa que su hocico blanco no sabía trazar, y señalándome mientras yo trataba de evitar que la felicidad desde lo alto del tejado comenzara a llorar. Tal vez, sí, fue la única víctima. Pienso, dale pienso. Y no lo hice, y cuando salté al vacío, él ya había muerto. 

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Era diciembre. Había un árbol sujetando el peso de las luces de colores, envoltorios de muchos tonalidades sobre una mesa del salón, sobre una bandeja de plástico, sobre un mantel rojo de papel, y bajo una bella canción de Navidad que sonaba una y otra vez en los techos y las paredes. Había incontables sonrisas forzadas tratando de levantar los rostros alicaídos que, por alguna razón, me recordaban a viejas marionetas cosidas con inexperta desgana. Alguien, por algún motivo, las había decidido sacar a pasear. 

En Navidad ya no perdía partes de mi cuerpo porque desconocía los nombres de cada una de ellas. O tal vez sucedió porque mi pensamiento carecía de imaginación, o porque mi cerebro estaba muriéndose, o porque accedí a ingerir pastillas de un color que no sabía definir. Mi voz era un círculo gris. Aquella era la única imagen que sonaba abstracta en mi cabeza, y aun difusa, evidenciaba sin una sola palabra todo significado. 

En aquel desconcertante vacío, yo había tomado la decisión de esconderme siempre que caminara lejos de mi cuarto. Ocultaba la placa que colgaba sobre la solapa de mi blusa, como si los dedos sobre ella propiciaran mi invisibilidad. Dos, cero, tres y ocho. El número de una habitación en una planta, en un rincón, en un pasillo de puertas verdes, rosas, rojas y granas, púrpuras, azules, oscuras y claras, naranjas, beiges, amarillas, marrones y grises. El número de un hogar. El número de un nombre, una identidad, el número de una vida. El único número con vida. Yo. Con la palma de la mano pegada al pecho derecho con una libertad inalcanzable. 

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Mamá tenía razón. Eran 237. O quizá alguien había utilizado una. Cuando rasqué todas, no sólo aniquilé su uso, el objeto, también me deshice de todo. La ropa comenzó a humear, el humo empezó a oscurecer el aire, el techo y la respiración. El fuego, poco a poco, retorció la madera; la oí crujir, sentir dolor, aullar y morir. Y todo corrió y desapareció. La alfombra, el rodapié, el papel de la pared, las sábanas, las cortinas, los cristales, el colchón, la mesa de noche en su aún distancia prudencial, el espejo observándonos sin comprensión, los libros en orden y desorden sobre un estante cargado de inestabilidad, y después, el desprendimiento haciendo de lo mínimo una catástrofe. 

Cuando mi cuerpo desnudo sobre el tejado observaba la lluvia al horizonte en densas nubes negras, percibí un extraño escalofrío. No les oí gritar, pero alguien me aseguró que sucedió. Con ambas piernas rotas sobre la hierba y entre las flores, la luz del fuego no cesó hasta el anochecer. Sobre una cama de ruedas, las palabras cayeron vacías en mi cabeza, y sólo sentí pena al ver el hocico triste y muerto de nuestro caballo bajo los restos del establo. 

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Ser libre era la ausencia de camino. Al oírme apareció ante mí un desierto y sonreí. 

Tenía una pastilla verde en el bolsillo derecho trasero de mi pantalón, una negra en el paladar que había comenzado a deshacerse como un terrón de arena de playa, un olvido constante y un peso extenuante en los párpados. A veces imaginaba vivir dentro de un globo de plástico sujeto por los inquietos dedos de un niño. De pronto, un adulto desataba el nudo, y mi ser era expulsado muy lejos y sin control.

-Para ti. 

Su voz pareció muda, un murmullo ininteligible, pero le oí, le comprendí y reconocí.

-¿Otro calendario? -Pregunté. 

-Sí. -Estiró los dos brazos y lo colocó con suavidad a un centímetro de mi regazo- Hoy no llueve y he comprado pienso.

-Él se ha ido.

-¿Quién?

-Todos.

-¿Quiénes?

-Los pensamientos, el caballo, y pronto se irán las tormentas.

El hombre delgado, alto y de edad inverosímil abrió la boca, pero en ella no encontró un solo sonido, menos aún una palabra. Yo busqué con ahínco, pero en aquel espacio no había nada. Sentí alivio al sostener aquel triángulo equilátero lleno de números, y miedo al dejar mi número al descubierto. Aterrada, huí otra vez. Caminé veloz hasta mi cuarto, y allí deseé unas tijeras para recortar y desordenar el paso del tiempo. Asustada, ingerí la pastilla verde. Antes de desaparecer, quise abrir la ventana de cristal con un pomo de metal que daba acceso al jardín. Recordé la hierba y las flores hundidas por el peso de la lluvia, el libro de papá, su olor, mi respiración, las cerillas quemadas, y el sol en lo alto, siempre en una esquina, y aún siendo mi círculo gris. Pegar la nariz al cristal y ver que mi respiración aún era capaz de emborronarlo todo, tal vez me permitió sobrevivir veintidós años más bajo una desconocida tranquilidad.  

Fotografía: Daniel Diez Crespo