El amor delgado

IMG_20151213_194551El amor no dijo nada, no tocó nada. Y con una cruel lentitud, como un cadáver bajo la oscuridad de los árboles, fue deteriorándose. Ni una herida. Moví su gesto triste, la cabeza estrangulada por el apetito, y tampoco hubo un rastro claro de la muerte. El amor era una caricia, y derramado entre hojas secas, yacía áspero e insensible. Desmejorado, sostenía a duras penas el peso del agua en ambas palmas de sus manos. Acerqué el espejo en busca de un halo o aliento, pero el amor reiterado continuaba tendido y frío. Cerré la caja de cartón y observé la sonrisa larga e imperfecta que él había cosido en la superficie. El único sonido que había en la minúscula habitación era el de un exhausto corazón, desnudo, empapado en sudor y abandonado. El amor, una vez más, no dijo nada, no tocó nada, y sin embargo, por algún extraño motivo, era un ser humano aún vivo. 

Christopher me mordía los labios cuando hacíamos el mismo amor. Después, mezclaba mi sangre con la tinta de un rotulador, dos gotas de su propio semen, y expandía el cóctel en un trozo de tela cualquiera. Arte, decía. Cogía sus dedos y observaba su todavía dura e imperfecta erección. En la soledad, en silencio, los dos sí éramos perfectos. En compañía, entre palabras, rompíamos con excesiva belleza toda nuestra imperfección. 

-Haré huevos fritos.

-La ciudad torna hacia un caos y no es poesía, dijo el Rinoceronte. 

-¿De qué hablas?

-De huevos fritos, yemas líquidas y de la necesidad de eyacular.

-¿Más?

-En los tejados, querido Sam, sólo hay finales y suicidios. Tú y yo estamos aquí en este menudo apartamento, aún desnudos, hablando de comida, evitando la ciudad, dibujando un libro infantil, y conversando únicamente de ti y de mí, los dos protagonistas.

-¿Qué deseas?

-Soledad. La calma radica en la ausencia, y quizá por eso nos amamos, para escondernos el uno en el otro hasta desaparecer.

-¿Nos amamos?

-Sí. Pretérito perfecto simple.

Gateó sobre las sábanas arrugadas hasta los pies de la cama y analicé la hermosa perspectiva y textura de sus testículos colgando bajo aquellas viejas nalgas. Descabalgó del colchón, y tras posar sobre una circular alfombra de retazos, buscó la ropa interior. Caía con lentitud su rigidez, alzando ambos ojos hacia un vacío en el que yo jamás supe llegar. Él era mi hombre desde hacía doce meses y trece días, pero jamás había logrado poseerle. 

Adoraba los tejados, los gatos blancos, el paso de las nubes, y odiaba su palabra entrelazándose con el sobrepeso de la verdad. Christopher era un hombre adulto, coleccionaba pajaritas de tonos lóbregos y pastel que vestía con soberbia y distinción. Procedía de una familia distendida y distinguida, y coincidí a su lado, por primera vez, frente a un lienzo aterrador de Cézanne. ¿No ves el cuadro torcido?, preguntó ladeando la cabeza. Soslayé las pupilas y advertí su perfil, en la misma posición, con una breve mueca de preocupación y decepción, y sin ofrecerme en ningún instante la propiedad de la dudosa cuestión. Permanecí quieto, respirando un ácido perfume de intensos matices cítricos, atorado o asustado. Devolví los ojos al cuadro y sentí que su voz trocearía mi ser si emergía de nuevo. Nervioso, crucé los brazos, él desapareció, y yo, recliné el cuello hacia la izquierda en busca de su espacio. Me fui y regresé, y en el mismo lugar, junto a él, contesté a la pregunta tres días después. Muy torcido.  

Amaba sin saber de amor el peso de la edad en su cabello, nevado, duro, seco y recto. En ocasiones, indomable como su carácter, recio, creativo e indolente. No me enamoré de él, me enamoré de la rareza, la originalidad y de la pasión fugaz que desprendía en la rutinaria y corta acción que suponía desabrochar una camisa. Un señor, decía él vertiendo azúcar moreno en un café negro aún con un milímetro de espuma en lo alto de la taza. ¿Por el anillo?, pregunté. Porque nunca verás mi lengua dentro de tu boca, respondió. 

Extendí la misma sábana arrugada sobre mi cuerpo, lo cubrí, y bajo la frialdad del lino, vi caer la mirada que había alzado. Vi tristeza como lluvia que se expande sin límites en el asfalto, pero la dejé correr.

-¿Deseas que me vaya? -Sugerí.

-Y que frías los huevos fritos que me prometiste. 

Arrancaba margaritas y la hierba crecía más de lo habitual en verano. Nadie la cortaba. El prado era un espacio pequeño junto a una ladera de rocas. En la cima, un colegio. Tumbado, yo había logrado esconderme, no prestaba atención a las nubes, el sol no caía, pero dejaba tender la belleza de su luz sobre nuestros livianos cuerpos. Oía ruedas de bicicletas y escuchaba gritos hablando como pelotas yendo y viniendo contra una pared que golpeaban sin motivo. Balones vacíos, carentes de recorrido y con tan sólo origen y destino. Conversaciones. 

-¿Crees en el amor? 

Natalie era una niña esquelética, vestía faldas blancas, braguitas blancas que dejaba ver cuando escalaba el muro de la escuela, calcetines blancos y una diadema rosa recogiendo su cabello. No era guapa, era atractiva. Ella, hija de una madre sin padre que vivía en el primer piso de un bloque de edificios de nueve alturas, me escribía cartas que nunca entendí. Ella quitaba cada pétalo, afirmaba y negaba, y una vez conseguía la respuesta, me entregaba con dulzura la flor decapitada. 

-¿Qué es? -Pregunté.

-Es lo que un hombre y una mujer sienten cuando se quieren. 

-¿Y puede ser el amor una flor rota?

-No. El amor es un un sentimiento. 

-¿Y qué forma tiene?

-Es un corazón.

-¿Por qué?

-¿Cómo dibujarías tú el amor? -Se molestó.

-Como una línea delgada e interminable.

-Pero no es así.

-Verdad, termina siempre en algún lugar. 

El gesto de Natalie se torció como si tuviera un trozo de fruta agria entre los dientes. La hierba crecida tambaleó, ella la atravesó con ambas manos, mostró otra margarita sin pétalos y la descabezó por completó entregándome el tallo. 

-Tu amor. 

-Si no la hubieras arrancado, quizá hubiera seguido creciendo, y ése sería nuestro amor. 

-¿Una margarita gigante?

-Y viva.

-Eres idiota. -Lanzó el tallo contra mi cara y volvió la mirada al cielo- La hubiera quemado el sol o ahogado la lluvia.

Nos vi desde una perspectiva eclesiástica y descubrí una puerta en alguno de los rectángulos. Iba directa a la adolescencia. Odiaba los balones y los coches en miniatura, y lejos, sólo muy lejos dejaban de existir. Abominaba colorear, aborrecía el ruido, detestaba la demarcada normalidad y quería eliminar pensamientos, pero la cabeza no cesaba, como el paso de los días, el paso de las páginas, el paso del tiempo y el paso de los pies. 

-¿Sam?

-Sí…

-¿Me quieres?

Natalie separó las líneas afiladas de la hierba que nos distanciaba y tendió la mano hasta que atrapó mi brazo. Los huesos bajo sus dedos eran tersos, y su piel olía tan bien, que era inevitable imaginar el tacto húmedo de una pastilla de jabón. Miraba sin miedo, apenas pestañeaba, o completaba la acción con una excesiva lentitud, y al hablarme, la inocencia de sus pequeños dientes me aterraba.

-No lo sé. -Titubeé.

-¿Quieres venir a mi habitación?

-¿A tu casa?

-¡No! -gruñó-. Aquí, entre la hierba. Este es mi refugio, y aquí guardo todos los tallos de las margaritas rotas. Las podemos pegar y haremos nuestra flor gigante. Luego quiero darte un beso.

-He de irme a casa.

El amor era miedo; emociones idénticas con distinto nombre. Me resultaba incomprensible. El amor era un hilo colgado que balanceaba, y aparecía y desaparecía como el monstruo del armario. Y por ese motivo elegí correr. Vi terrorífico que quisiera presentarse con formalidad en la infancia sin la madurez adecuada. Era una osadía porque desconocía el significado de todo. Huir, muy poco a poco, trajo el alivio y la cantidad de oxígeno adecuada. Cuando miré atrás durante un segundo, sólo pude ver la hierba. Natalie continuaba tumbada en su refugio. Aún así, yo volví a correr como si me persiguiera un extraño. 

Untaba el pan de molde en la yema y no levantaba la cabeza cuando masticaba. Del cuello le colgaba una servilleta de papel, y junto al plato subrayaba frases cortas de un libro de Boris Vian. Christopher solía colocar un pie sobre otro cuando era feliz, habitualmente descalzos, no los movía y no decía una palabra. Tenía un extraño fervor por el silencio, y cuando lo exhibía, el mínimo ruido era un sonido atronador. Sentí la necesidad de amarle, de colocar una silla a su lado, pedirle que untara para mí, que llevara el trozo de pan hasta mis labios, que empujara el libro a un lado, que me abrazara, me mirara a los ojos, y por un instante, en ese minúsculo segundo, él dijera, Te quiero, Sam, te quiero mucho. Sin embargo, el amor, en ocasiones, era un cable largo y en desuso, guardado en una caja de cartón sin una exacta ubicación. El resto de las veces, el cable, enchufado, únicamente realizaba su función.

Despacio, caminé hasta la cocina y dejé que corriera el agua sobre la sartén. Odiaba el ruido de los platos que él amaba, y con la actitud de un ladrón, fui moviéndome y desplazando cada objeto que hallaba a mi alrededor. La ventana, junto a la nevera, era pequeña como la solapa de un buzón y el sol no accedía. Si él hubiera vuelto la cabeza hacia mí, habría hallado una sombra. La lóbrega oscuridad solía llenarse de tristeza o intimidad, si bien, ninguna de las dos allí respiraba. En el salón, él volvía a trazar una línea sobre el libro mientras el tenedor sostenía una fina clara doblada. Yo estaba aceptando que era la hora de desaparecer, aunque el verbo no hallaba camino ni significado, y sólo deseé alejar mi erección del ombligo.

-Mañana vendrás temprano -dijo sin dirigirme la mirada. 

-¿Siete?

-Seis. 

-Podría quedarme a dormir.

-No. 

-¿Me voy ya, entonces?

-Hazlo. 

Descalzo, me dirigí a su habitación. Al desaparecer la propiedad ganaba una dimensión desconocida. Quise dormir en el fondo de uno de sus zapatos, pero me calcé los míos. El amor delgado, decía Christopher, es el único que hoy existe, es como la línea que inició el lienzo. Después pintamos mucho alrededor y olvidamos que nos llevó a la actualidad.

Vi cómo empujó el plato sin que hiciera un sólo ruido, desenganchó la servilleta, hizo una bola y la depositó sobre el tenedor. Allí estaría mañana. Leía, y cuando leía nada existía. Ni él. Su ausencia me permitía lentitud, y con el cuerpo sobre la cama, anudando los cordones, pasé algunas páginas invisibles de aquella habitación. 

Klimt era un artista excesivamente usado. Lo había dicho él mientras levantaba el marco y lo descolgaba de la pared. Aún continuaba allí, arrinconado junto a la mesilla. Era una obra inusual, y no obstante, tenía un halo de tópico aterrador. Su habitación lo era. Como si él quisiera dormir con todo lo que amaba, allí acumulaba lienzos y libros en completo desorden. El sexo había derrumbado las columnas de ejemplares que se acumulaban sobre la cabecera. Libros viejos, leídos, releídos, y sin el orden preciso en tamaño o anchura, y en muchos casos, sin que el lomo estuviera a la vista. Suspiré tendido, retrocedí en mis actos, me descalcé, me desnudé y caminé sigiloso hasta él. Christopher no medió un ruido, cerró la puerta de la calle mientras yo, en calzoncillos, equilibraba con mi ropa entre los brazos. 

-Buenas noches, Christopher. -Logré decir.

-En la vida, querido amigo, -Enunció grandilocuente desde el otro lado de la puerta- hemos de saber cuando ha llegado el final, entonces, no es necesario decir nada más. El ser humano comete el mismo error una y otra vez. No lee porque no sabe pasar páginas.

-¿Es el final?

-Ve a casa. Mañana a las seis. 

Cuando murió Natalie en mi regazo, no la amaba. Observaba que apenas le habían crecido los pechos bajo una blanca camiseta de algodón, si bien, la ínfima y dura aparición de aquellos pezones era hermosa. Su sonrisa, de manera extraña, continuaba firme y viva en el rostro ensangrentado. Cesará, dijo. La cabeza pesaba sobre uno de mis muslos, y cuando recuerdo los autobuses cruzar delante de mis ojos, vuelven a mí las estrellas apelmazando los tejados. No sé cómo terminó su vida porque no escuché el instante en el que dejó de respirar. Cesará, dijo. No era una bella última palabra, pensé. No me atemorizó la muerte, sino la soledad entre tanta gente. 

Viva, años previos, había bajado las escaleras de la puerta de su casa de dos en dos. Sostenía un regaliz rojo y uno negro en la misma mano. Yo, apoyado junto al interruptor y la puerta de un ascensor no pude evitar sonreír cuando me tendió el puño cerrado y ambas tiras cayeron como flores marchitas. 

-Elige. 

-¿Significará algo? -Pregunté. 

-¿El qué?

-El color que elija. 

-Creo que todo tiene significado, Sam. Todo. Pero aún desconozco muchas respuestas.- Volvió a estirar el brazo y ambas quedaron enfrente de mi nariz- Elige. 

Hice lo que no deseaba. Con Natalie todo parecía ser examinado. Sentía que ella medía cada parte de mí, mis gestos, mis palabras, mi forma de mirar, incluso la incontrolable respiración. Sentía un miedo aterrador a ser cómo era porque creía que amaba mi personalidad. Y ella lo sabía. 

-Me mientes -dijo-. ¡Vamos!

No íbamos a ninguna parte. Tampoco era una cita, o yo negaba tal denominación. Mantuvimos la distancia en la estrecha construcción de una acera que terminaba en el centro de la ciudad mientras yo mordía el desagrado de un regaliz negro. Los coches cruzaban en ambos sentidos, y ella, al mover el brazo que caía a mi lado, lo separaba de sus caderas en busca de mis nudillos. Observé su perfil, pero tenía ambas pupilas desatendidas sobre las paredes de los edificios. Hacía años que no llevaba diadema, tampoco vestidos blancos, desconocía el color de sus braguitas, y al sonreír, sus dientes parecían más grandes. Natalie era una chica atractiva, inteligente y extraña. Adoraba la irrealidad en su extravagante personalidad, de la que, si bien, nunca me llegué a enamorar. 

Sobre una mesa de planchar, Christopher colocaba un tenedor sobre otro levantando una pequeña torre. Permanecía en silencio, vestía un pantalón de pijama de lino de patas anchas, iba descalzo y sin calcetines, y aún lucía la misma camisa blanca, arrugada y abotonada de la noche anterior sin su pajarita. Sujetaba del asa una taza de café, observaba la perspectiva de la construcción, y con un nuevo cubierto en la mano libre, dobló la espalda y buscó cómo colocarlo. Aún ningún reloj había alcanzado las seis de la mañana, la puerta continuaba abierta, y yo permanecía inmóvil con ambos pies sobre el felpudo, una bolsa de papel colgando de mis dedos y oliendo a bollería recién hecha, y sin saber cómo decirle en voz alta que el amor estaba perdiendo todo su peso. La ausencia comenzaba a ser un dolor irreparable e irremediablemente abocado a la muerte. Vi al amor pálido, enfermo y abandonado, y si flexionaba las rodillas y acariciaba su corazón, moriría. El amor volvió a no decir nada. Lo supe. Era un hilo roto entre la rudeza de una alfombra.

-He traído el desayuno. -Me descalcé y cerré.

-No podremos usar tenedores. 

-¿Por qué?

-Los estoy utilizando.

-Lo veo -dije incómodo-. Pregunto por qué estás utilizándolos de la manera que los utilizas. 

Me señaló con el cubierto, lo lanzó hacia el sofá y abandonó su actividad. 

-¿Has traído preocupaciones racionales a esta casa? -Preguntó sarcástico- ¿Acaso crees que debía haber utilizado cucharas? ¿Quizá la mesa del salón, haber empezado más temprano o colocarlos en otra posición? Dime tu sabia opinión. 

-¿Dormiste bien, Christopher?

-Mi sueño y mis sueños descansan tras una puerta opaca, gorda y junto a la cerradura cuelgan doce candados. No sé cómo osas siquiera a  golpear tus nudillos en ella.

-¿Qué somos?

-Seres humanos, simples y complejos, pero iguales…  

La torre se desplomó. La cabeza de un tenedor quedó en el aire, él soltó la taza, que con rapidez chocó contra el suelo, oí el crac, y los trozos y el café se esparcieron a gran velocidad entre las líneas del parqué. Después, el cubierto que balanceaba también cayó, tintineó en tres ocasiones, y acto seguido la calma regresó de forma brusca y desagradable. Christopher continuó durante eternos segundos en una posición que evidenciaba el vacío de sus manos, mirando el desorden de los siete tenedores que aún continuaban sobre la mesa de planchar. Yo quise dejar de respirar para evitar que el aire que cogía y expulsaba fuera una molestia. Temblé, y el envoltorio de papel que sostenía entre las manos simuló una tormenta. 

-Tienes mucho trabajo. -Rumió dirigiéndose hacia su habitación. 

-Traje… -Intenté dar el paso hacia él, pero no logré levantar un centímetro del suelo.- Traje, traje…

-Sí, veo qué trajiste, -Áspero, se detuvo en la puerta de su cuarto y volvió a observar el desperfecto.- Nunca fuimos lo que dijimos ser, fuimos lo que hicimos, de hecho, calla más a menudo, porque sólo somos lo que hacemos. Y por eso sólo trajiste. 

-No entiendo, Christopher.

-Hablo de amor por primera vez. Él es un hilo enhebrado, cosido, o un ojal y un botón, y ahí en ese punto nadie intenta huir. Se necesitan el uno al otro para ser un exacto equilibrio. 

-¿Y? 

-Cómete el desayuno y ordena mi desorden.

La cocaína era una línea fina sobre un tablero de ajedrez sin una sola de las piezas que tantas veces, el uno frente al otro, habíamos movido. Los vasos vacíos olían a vodka, y Natalie estaba ligeramente desnuda en el sillón de su mamá con los tobillos hermosos hundidos en un cojín áspero. La televisión encendida era un rumor audible, y entre mis dedos balanceaba el humo de un cigarrillo que no sabía sostener con elegancia. En el reloj de mi muñeca, los dígitos se habían difuminado por retrasar el cambio de pila, y en el reloj de la pared la hora estaba equivocada. Le cedí mi billete, y ella desenganchó el tabaco de mis labios. 

-Al menos una vez, Sam. -Repitió levantándose, dejando caer la camiseta hasta esconder las bragas, y avanzando con bella lentitud hasta una estantería torcida del salón-. Después, desaparecerá. 

-¿Por completo?

-Habrá un espacio vacío entre los dos, y éste nunca lo volveremos a llenar.  

-¿En eso consiste desaparecer?

-Sí.

-Vaciar… -Reflexioné con falsa importancia- ¿Quieres más vodka?

-Y hielos. -Extrajo un disco y lo colocó con torpeza en el interior del reproductor-. Escucharemos la última canción.

-¿Y los recuerdos?

-Pondremos otros encima. Muchos encima. 

-¿Llenaremos?

-No. 

Natalie regresó. Parecía bailar, tarareaba en inglés, musitó Wink Burcham, y recogió el billete que había rodado hasta una esquina de la mesa. Lo tensó y aspiró escondiendo un extremo del papel en el orificio de la nariz. Al levantar la cabeza, no cerró los ojos, me miró y alzó el vaso con hielo para brindar. 

-¿Recuerdas las flores?

-Sí. 

-Es hora de pegar todos los tallos. 

El amor estaba frío en un plato hondo, la cuchara sucia sobre la servilleta y Christopher apuntaba a su cabeza con un cuchillo de mantequilla. El café era negro y había abierto un sobre de azúcar moreno que aún permanecía sin verter. 

-No voy a comer la tostada. 

-¿Quieres escucharme?

-¿Y el arte? Las ciudades están llenas de personas y las personas necesitan personas, y la necesidad no es necesaria, y yo soy una persona y no necesito a nadie.

-¡Deténte, por favor!

-Tú no dejas de meter tu boca entre mis piernas, mis piernas sólo desean meterse en tu culo, y al terminar únicamente deseo desaparecer. Pero te huelo.

-¿Cuál es mi aroma?

-Desesperación. 

-Y amor.

-No hay rastro de amor en tu piel, tampoco en la mía, sólo es una mera necesidad más, y la necesidad no la creo necesaria. -Giró el cuchillo y rasgó la mantequilla sobre su mejilla- Esto somos, rebanadas fugaces. 

No supe ser razonable. Él estaba aún desnudo con la eyaculación goteando desde la vaga erección de su pene. Era un hombre elegante, firme, inteligente, difícil y atractivo. Entendí que yo era el amor sobre su piel, pero la piel, como la tierra, me engulló. ¿Qué es el amor? ¿Cómo lo dibujarías? Una línea transitoria. Una línea fugaz. Una línea accidental. Asentí y bajé los ojos. 

-¿Qué hay en tus pensamientos, Sam?

-La vida son accidentes. 

-Lo entiendes al fin -Clavó el cuchillo en el pan tostado frío, lo soltó, y este se derrumbó-. Chocamos constantemente, evaluamos el suceso, y continuamos nuestro camino. Quienes se quedan es porque no tienen otro lugar adonde ir. 

-¿No existe el amor?

-Sí, pero no es tan grande. 

-Ni tan gordo.

-Ni tan importante.

Cogió el azucarillo, abrió el cajón de los cubiertos, extrajo tres cucharillas y dio vueltas con una de ellas. 

-¿Te quedarás a tomar café?

-Ordenaré tu habitación -dije sobrio evitando que el estruendo de lágrimas desatara su ira-. Después aceptaré el final.

-Los elefantes mueren de amor. ¿Mañana a las seis?

-No.

Desaparecí a las tres y cuarto de la mañana. Mis dedos olían a sexo. Era un olor agrio, era semen, era piel, cabello, el sudor de sus senos, el espesor del fluido vaginal, los labios mojados, la respiración y el ruido. El ruido tenía un aroma peculiar y el arrepentimiento poseía un sonido insoportable. En la calle aún cruzaban coches, el frío, el eco seco de los pasos solitarios sobre las aceras, y la voz de Christopher gritando en mi cabeza sin decir una sola palabra mientras yo bajaba escalón a escalón, llorando y sin emitir un sólo gemido. 

Observé los nudillos con la sangre seca. La victoria de las paredes. De pie ante el escaparate me contemplé, por primera vez en meses, sin prisa. Tenía los hombros caídos, el cuerpo hundido, el rostro hinchado, la droga desubicando el orden de los pensamientos, y en la memoria, Natalie desnuda entre mis brazos. Quise reaparecer, saber si el desorden tenía una recomposición o razón, y entonces ella volvió a repetir, ¿me amarás?  

La eyaculación era un hilo descosido de apenas cinco segundos. El amor no podía traducirse, tampoco definirse, siquiera vivirse. El amor evidente no diría nada, no tocaría nada.

No supe por qué con la voz de él devorándome el estómago como un caníbal hambriento, busqué el origen, la línea del lienzo. Cocaína, vodka y palabras. Natalie. Una vez. Una única. La eyaculación era un trayecto efímero, y entonces, con el semen duro entre las sábanas, volví a ver su cadáver. El amor yacía inmóvil, distante, fugaz e inalcanzable. Mis zapatos la oyeron llorar.

Las estrellas habían empezado a pesar sobre los tejados, rompí mi sombra en el escaparate y me refugié. En una pequeña pantalla había un minuto de espera más nítido que todos los dígitos de mi agotado reloj. Saboreé la rudeza del vodka en mis labios, sentí nauseas, y cuando las luces del autobús iluminaron la carretera, el amor explotó sobre la acera. En los tejados, querido Sam, sólo hay finales y suicidios. Natalie, rota, yacía a siete pasos de mí. Cesará, dijo.

Ending. 

Fotografía: Daniel Diez Crespo.

Invisibles

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Le dolían los brazos de romper con la cabeza la pintura de la pared de aquel comedor. Tres paredes sin ventanas y una entrada de doble puerta. El sobre amarillo brillaba bajo el plato aún desdoblado, despegado. Descontrolado, golpeándose, y seguían intactos los gruesos cristales de sus gafas con los que podía poner trazo estable a la realidad. Aunque la humedad empaña, el tiempo siempre enfoca. Histérico, A disfrutaba de la falta de disciplina en su cuerpo a consecuencia de una situación anómala que aún le era difícil de asimilar. Desquiciado, chocaba, luego rompía, también manchaba; enrojecía su frente enojada y no tendría suficientes tiritas, y al golpear, temblaban sin caer cada uno de los cuadros que adornaban y carecían de la requerida atención. Inquietos ante constantes graves de una canción; tambor, tambor, tambor, tambor, tambor; ¡Boom, boom, boom, boom, boom! Repitió otro golpe, como un redoble, se le desató el cinturón, luego pausó, y vio que ya tenía desatado el botón del pantalón. Finalmente, sintió un cosquilleo en la nariz y se le enrojeció el camino de piel donde ya no le crecía el bigote. Antes de hablar, barrió con la lengua su labio, minuciosamente, de derecha a izquierda.

-Escóndeme.

-¡Shhh!

-Me he visto.

-Te hemos visto –respondió L, sentada desde la mesa principal jugando a ordenar sobre el plato pequeños tacos de mantequilla.

-No, me veo.

-Siempre te vemos.

-¿Soy distinto?

-Eres el mismo.

-Nadie puede verse.

-Nadie debiera ser un significado que no existe.

-¡La igualdad pasa por la invisibilidad!

-¿Es la visibilidad nuestra desigualdad?

-Sí. -Pasó el dedo índice por el bigote y lanzó un charco de sangre junto a su zapato derecho. El latigazo fue una diagonal sobre tres baldosas.

-Entonces para la igualdad basta no mirar.

-Al destruir los reflejos olvidaron nuestros ojos.

A abotonaba bien temprano el traje gris con mimo cada año que era el día de su cumpleaños. A las siete en aquel cuarto sin luz natural ya había aprendido que era de día. Media hora después exacta los cocineros comenzaban a servir el desayuno. Bajó la barbilla y miró desde lo alto de su perspectiva la apariencia que le daba la ropa. Sintió aquel gesto como extraño y alzó inmediatamente la mirada. Siempre las rayas del pantalón sin una sola curva le parecieron el mejor atractivo, sin embargo, ya lo bonito no es necesario. Apenas descubrió una arruga en la manga izquierda. La disimuló guardando la mano en el bolsillo, pegando el brazo a la cadera. Introdujo dos dedos en el bolsillo y asomó un pañuelo amarillo desgastado. Colocó su libreta y un bolígrafo y miró el reloj de su muñeca. En la sala esperaban doce amigos, un desayuno, una taza blanca de té caliente y una canción de cumpleaños. A tenía el pelo blanco de vivir demasiado tiempo y descolgó del perchero, un instante antes de salir, su gorra negra. Caminó el pasillo sintiendo que las líneas de los azulejos rozaban cuando coincidían con los calcetines. Las puertas del comedor aparecían abiertas. Colores, adornos y muchas sonrisas. Tan temprano, le aterraba. J había decidido ponerse la gorra de cuadros que él le regaló y una pajarita. Z, aún de pie, llevaba una caja enorme envuelta con papel de color rojo y azul, y con un lazo amarillo que parecían los ojos de una rana. Resultó preciosa Ñ aquella mañana con su vestido azul de princesa; mar caribeño, tan largo, deshecho por sus tijeras a la altura de los tobillos, como si fueran flecos innumerables dispuestos a enredarse a la hora de bailar. L dejó caer su menuda mano anillada en el hombro y A detuvo el paso sobresaltado.

-Feliz cumpleaños.

-Habéis disfrazado la felicidad –respondió A.

Desabotonó su chaqueta, la colgó sobre el perchero, y sujetando en la sonrisa el dolor de las piernas, fue despacio hasta la silla que ellos le habían guardado. Allí, ante más de una docena de paquetes, un desayuno copioso y una tarta, ellos comenzaron a tararear. A no pudo evitar pasar el dedo índice bajo sus gafas, y en ese instante, la mirada fue un inciso hiriendo en el sobre amarillo que quedaba sobre el plato. La letra que arrancaba en el vértice superior derecho era alargada y confusa. Alcanzó la taza, bebió té, enseñó metódico la lengua a quien le acompañaba sobre la mesa con una básica sonrisa burlona, y cuando leyó el significado de lo escrito, todo un nombre, sucedió como un paso que tropieza en un bordillo, escupió el líquido que saboreaba en el paladar e ignoró el grito.

El cuchillo de punta redonda tenía el mango de plástico, amarillo como el hilo que serpenteaba en el borde del plato; como el sobre; un riesgo, una piña, la mitad de una avispa, el sol, la vainilla, maíz o un limón. Amarillo es felicidad. El cuchillo estaba clavado en el huevo revuelto despedazado sobre la tostada de pan blanco, y permanecía vertical, sin vacilar; inverosímil realidad innecesaria de aclarar. Podría soplar él, y el viento también, pero no había ventanas, carecía de aliento y todo ante sus ojos mantenía el equilibrio. El único suspiro era otro hilo y era musical, y en él interpretaban Wagon Wheel. La armónica hizo sonreír a A, levantar las cejas y mover un solo pie a imagen de quien espera impaciente. El dedo gordo se animó. Alguien dio dos palmadas sobre la mesa y ésta tambaleó por la cojera que, sin pereza, la hubiera corregido un mero papel. No hubo amago de derrumbe para el cuchillo que le había ayudado a trocear dos salchichas y untar con suavidad la mantequilla. Partir no es masticar. Enrabietado, golpeó otra vez y dolió la pared. Una sola ocasión. De inmediato, sus ojos regresaron al mantel de algodón. Pasos y gritos. Había metralla amarilla por la explosión en él; meros trozos de huevo, efecto de la fuerza de sus nudillos sobre un cuerpo antes de clavar. Todo orden era desorden, o viceversa. No obstante, la posición de las cosas para A nunca nada significaba. Su miedo eran pasos de zapatos.

-Estoy asustado.

-Siéntate.

-¿Dónde?

-La silla será un gran lugar.

-Me encontrarán.

-Podemos bailar.

-¿Y explicar dieciocho agujeros ensangrentados en la pared?

-Podemos sonreír.

-¿Y él? – Miró a la mesa.

-¿Qué hay en él?

-¿Dónde lo guardo?

-¿En el bolsillo?

-¿Quién lo hizo?

-¡Shhh!

Enloquecido por tanto deseo de mutismo, reinició su histeria como estado pasajero de excitación nerviosa. No supo detener ni detenerse. Tampoco hubo retención. Abolló de nuevo la pared, agrietó la pintura, amarilla, y la hirió otra vez con su piel. Repitió mecánico, volvió a hacer lo que hizo, y cuando al fin detuvo su movimiento automático y sin reflexión, un tercer golpe hundió un tercio de su cabeza. Era cartón. Desconcierto. Enderezó su cabeza, también sus gafas, después su cuerpo, y sus ojos regresaron al desencaje tembloroso del interior del sobre. Los ojos como principal foco de infección de cualquier locura. Palpitaba el retrato que ardía metafóricamente sobre la mesa de madera, escondido y exhibido literalmente bajo el plato. Podía leer en su memoria el trazo menudo, tembloroso y a lapicero sin apenas punta, más que la inicial de su nombre. Dentro, tras la fotografía, un texto.

Once minutos había durado el acto de enajenación. Veintiún golpes, y entre tanto golpe aún ensordecía el canto del gallo que dormía sin coste en el corral, que por algún motivo le había recordado a la canción de su ochenta cumpleaños. En segundo plano, el hilo musical desenredaba aún, como un bucle desorientado, Whagon Wheel. Enderezarse fue pensar y el pensamiento fue escozor, como pellizcar retorciendo una micra de piel. Las voces aparentan más graves detrás de las paredes. Pensó la apariencia. Los pasos siempre suenan dobles. A siempre camina descalzo. El eco era otro miedo.

Inerte en el dolor de aquel salón no pudo bailar ni continuar como había elegido disimular ante las cuerpos de autoridad. Sentado estuvo recolocándose la camisa. Deshizo las arrugas y éstas volvieron a su lugar inicial. La rotura, que fue por hacerle una abertura al cuerpo o causarla hiriéndolo, en este caso el cartón, dejó un trazo triangular impreciso. Lo observó. Meditó sin saber el motivo cuál sería el perímetro. En su cabeza vio dos zapatos negros con dos lazos aplastados, sus pantalones de pana doblados hacia el exterior y su lapicero ávido sobre el cuaderno cuadriculado. La frase era tan sencilla: Base por altura partido por dos. Ojalá el área vital del ser humano pudiera reducirse a una simple fórmula matemática.

El pensamiento le hizo repetirla y en su cabeza oía la voz de un niño. Poco a poco aguzó la mirada y dobló el cuerpo como si la intención fuera a atravesar aquel triángulo de cartón. La mesa por motivo conocido mantuvo silencio. A A no le asustó. A un palmo esquivó un ramo de flores, a dos, un libro sin jamás abrir, a tres evitó a Z, que sostenía la cuchara pegada al plato, a cuatro a Ñ, recta y distraída, y ya alejado, pestañeó, aclaró la mirada y descubrió en la oscuridad de aquella apertura el reflejo de sus ojos. No reconoció el rostro que observaba al otro lado del cristal. La sangre en aquella ventana era gris partiéndose en dos a la altura de la nariz.

-¡Levántese!

-¿Cuál es el motivo?

-Los agujeros.

-Porque no se sientan los tres. Aún no hemos partido la tarta.

-No me obligue a emplear una fuerza que pueda causarle un daño irreparable. Si las explicaciones de lo acontecido le exculpan, podrá regresar y comer su deliciosa tarta. Ahora, levántese.

-Me duele caminar, señor. ¿Dónde iremos?

-Aquí todos los sitios son el mismo repetido.

-¿Los agujeros hicieron que este lugar ahora fuera distinto? ¿Eso le preocupa? Tal vez si observara, allí, en aquel triángulo, viera el motivo. Observe. Hay un cristal, y si observa con detalle, allí, hay una persona. Yo no fui. Los agujeros aparecieron solos, señor.

-Los ojos, sin hablar, aún son mentirosos. Levántese y acompáñenos.

-La verdad fue siempre subjetiva –respondió A.

La casa tenía un tejado. Era extraño que no lo tuviera. Desde hacía años los albañiles construían las casas con techos triangulares. Toda la calle era idéntica. En él, durante todo el año, dormían tres pájaros. La nieve aún no caía. Pese a la adulta edad de Amancio, aún no sabía cómo ni dónde dormían los pájaros. ¡Búscalo en un libro!, dijo el pequeño. Había hablado en alto y no sabía que era él el que hablaba. A veces no reconocía su voz, como si las cuerdas vocales disimularan, como si fuera un desconocido que hablando a través de una grabación.  La casa tenía una cocina. Era extraño que no la tuviera. Allí estaban alineados todos los electrodomésticos que necesitaban. Marcel los trajo en un camión y los conectó uno a uno durante toda una mañana de sábado. En la oscuridad, en el silencio, mero metal. La estúpida tecnología era el único murmullo de aquel hogar. El ruido era pensar. Alejados. Y en pensamientos tan distantes un punto de conexión. Leire no sabía cómo podría vender cada aparato cuando ambos se sentaran frente a frente, con valor, y dijeran que así nada funcionaría. Así, ausentes, era necesario acabar.

-¿Dónde estoy? –Ella cerró el libro y la puerta del salón.

-Aquí, cariño, aquí.

-No, perdona, ¿dónde estoy yo?

-¿En el sofá?

-Y Álvaro en la habitación. ¿Pero y yo? Mi persona, mi identidad, mi libertad, mi valentía, mi sonrisa, mi energía, mis ganas, mí…

-¿La has perdido? –Interrumpió.

-Me la has robado.

Mirarse durante un segundo a los ojos sin decirse nada, dijo todo.

¿Qué nos queda cuando ni siquiera nos tocamos? ¿Qué nos queda cuando el amor es un beso en la mejilla? ¿Qué nos queda cuando los gestos son la seriedad de un nombre completo? ¿Qué nos queda cuando no quedan preguntas? ¿Qué nos queda cuando ya no hay palabras? ¿Qué nos queda sin afecto? Nada. Tal vez nada. Recordarás las palabras. Duelen. Aún duelen y cincuenta años después necesito escribirlas cada día para deshacerme de ellas. Paradojas. Duelen que cayeran sobre ti como la rabia y la impotencia, como el cuchillo por error cortando un dedo manchando torpemente dos cabezas de cebolla. Duelen como la mentira, y no quiero más mentiras sobre la mesa, evidentes como un mantel arrugado que nadie estira, evidentes, porque sé que esconderte fue tu gran mentira, porque tu silencio tiene tantas palabras que cada noche resuenan en mi maldita cabeza. La memoria es un invento estúpido que olvidamos utilizar. La memoria es la herramienta que no funciona si hay necesidad y es perfecta para olvidar. En ella, sintonizada, tan nítida, te tengo con esa sonrisa, que ahora, ni escarbando hasta unir los polos de la tierra, Norte y Sur, encuentro. Y me siento triste, Amancio. Lloro. Me siento engañada, solitaria, silenciosa y trato de no desesperarme, aunque me sienta como un cerdo indefenso en el corral, como una enfermiza a punto de ser enviada al alicate de un barato y mal dentista. La sala de espera siempre huele igual; a dolor. El dolor no espera, el dolorido sí.

El ser humano merece su soledad. Deseo caer desmayada de cansancio. Desmayar como desaparecer. Morir. Luchar me derrota.

No me quedaba corazón para ti; para nadie. Había desgastado la yema de mi dedo pulgar de la mano al chocarlo una y otra vez con el anular, y por más alto que chasqueaba, ni mi aliento me volvía invisible. Ahora, sólo tú eres invisible. Tú lo decidiste. Irte. Descubrirte me cegó. Escribirte es recordarte.

Álvaro es feliz. Yo me muero, Amancio. En el dolor, sin embargo, te quiero.

Feliz cumpleaños, Leire.

Oscurecieron los reflejos del comedor. Alguien puso una lámina amarilla de cartón. Veintiún trozos desiguales casi devolvieron a A su igualdad. Mero tiempo y olvido recetas para completar. Ochenta años para descubrir que lo invisible también se puede destruir. Veintiún días de castigo. Veintiún días de silencio. Veintiún. Los números de la vida.

Sentado sobre la taza del váter de su habitación escapó el sonido de un largo gas estomacal. Vio el clavo desnudo en los azulejos rosas y recordó el reflejo del cristal. Dejó caer muy lentamente los ojos en el cuaderno que, cerrado, sujetaba entre sus piernas. Sobre él, veintiún piezas ya ordenadas. A pasó el dedo por la tirita de su frente y observó por última vez. Después posó el cuaderno en el lavabo, se limpió, descolgó las gafas de sus orejas, y rasgó una cerilla. El humo hizo desaparecer las letras y los seis ojos de aquella fotografía. Invisibles.

Fotografía: Mark Nye

BSO: Whagon Wheel:

Vibraciones

vibraciones

Sus pies desnudos y enormes nunca entraron en el charco de sangre que dibujaba la brecha de su cabeza. Enseñaba los dientes al sonreír con desorden bajo los labios por el descuido en la infancia. De cuclillas levantó los brazos muertos de sus víctimas. Otra vez. Victoria inmortalizada en un clic programado con escasa luz. Contó diez y creyó ser tiempo suficiente. Sus huellas rojas corrieron hasta el trípode, vio su sonrisa en la imagen y asintió satisfecho. Marcó otro camino de pisadas, ya gastadas, hasta un balde metálico, y hundió la esponja en el agua hirviendo. Volcó la pastilla de jabón y vibró ante sus ojos el primer aleteo histérico de los pájaros; tan mudos. Amanecía. El silencio era la única melodía que vibraba en su cabeza sin un solo error.

-Esa canción la compuso en 1974.

-Fumaba crack y experimentó con la homosexualidad.

-¿Experimentar?

-Sí, experimentar… ¿Qué pasa?

-Del verbo voy a experimentar con mi tubito tu culo un ratito, sí, ya veo.

-Yo voy a preparar un zumo de mango.

-No quiero, quesito mío.

-¡Vete a la mierda!

Azotaba el pie descalzo sobre el parqué mientras finalizaban las notas de Sweet Virginia ensordeciendo el salón.

-Amo esta canción. ¿La bailamos?

Apareció sorbiendo de una pajita ya el espeso zumo batido, y lamió su bigote con gesto cómico cuando devolvía la verticalidad al vaso de cristal. Lo miró, aún demasiado lleno, y rechazó la idea con un movimiento de cuello. Los Rolling Stones compusieron canciones demasiado cortas. Desaparecieron y los dos miraron los relojes de sus muñecas.

-¿No crees que son necesarios? -Dio un nuevo sorbo y el ruido masticó en el aire.

-¿El qué?

-Los segundos entre canción y canción -Aclaró sin sacarse la pajita de entre los dientes.

-Obligados.

-Necesarios.

-¿Cuándo viene Rebeca?

-A las ocho.

-¿Con Martina?

Asintió y continuó sorbiendo.

-Voy a poner más música.

Blow Away dio paso sin apenas descanso a Any Road. Les impedía quedarse quietos. Martina cantaba en un feo inglés “but uiii it’s a game…”, Rebeca y él imitaban la fonética de la letra mientras bailaban en el salón con una copa de ron y vodka entre sus dedos. El zumo de mango aparecía junto a la esquina del sofá con una gruesa línea amarilla en la base. Martina dejó de cantar, retiró el denso volumen de su pelo rizado de la frente buscando liberar el sudor, y de puntillas y sin olvidar el ritmo, rogó a sus manos pegadas al parqué.

-Una al menos…

Negó sobrio y buscó refugio en su vaso de zumo de mango. La línea amarilla vibraba ya al ritmo del “la, la, la…” del Wonderboy de los Kinks. Aquella marejada inquieta e imperceptible zumbaba en su cabeza como la vibración de los pies descalzos sobre la madera. Entrecerró los ojos, pero el dolor crecía con el movimiento. Ella esperó unos segundos con los brazos en el aire mientras no dejaba de mover las caderas bajos sus precisos vaqueros, y desistió.

-Voy a preparar más zumo. -Se levantó ávido despegando el vaso del suelo, y sin cruzar la mirada con ella se encerró en la cocina.

Gone Troppo sentó a Martina, exhausta y solitaria. Entre las sombras que producía una pequeña lámpara de pie, Rebeca le besaba, suave, como la voz dormida. Ninguno, en aquel salón, se miraba.

-La guitarra de George Harrison me pone los pelos de punta.

-Me gusta la oscuridad. -Susurró mientra le hipnotizaba el brillo de la bombilla.

-Sí. La música se escucha mejor a oscuras.

Él miró a su derecha y encontró demasiados dientes blancos en su sonrisa. Esperó el movimiento de sus labios, pero durante diez segundos sólo parpadeó.

-¿La apagamos? -Preguntó mientras su ojo izquierdo intentaba ignorar el temblor del lapicero sobre la mesa.

-Amo esta parte… -Ella tumbó los párpados, movió la cabeza y buscó sin éxito sus manos.- ¿No es genial?

-No la he escuchado nunca.

-¿Y ahora?

Él sostuvo la mirada apenas dos segundos cuando sus ojos marrones y grandes le volvieron a engullir en el sofá. Le sudaba la espalda, nervioso, hastiado, y, con los dedos prietos en el cristal, sintió ira y sed.

-¿Quieres zumo?

-Ya he bebido demasiado, gracias. -Ella examinó su perfil tenso y dejó caer suavemente la mano sobre su pierna.- ¿Te da miedo bailar?

Dobló el cuello bruscamente y Martina retiró los dedos como si hubiera recibido un mordisco. Él retorció el dolor que escondía en los dientes por la presión de su mandíbula y posó el vaso sobre la mesa sin dejar de sujetarlo con la mirada.

-No me gusta la música tan alta -musitó.

-No lo está.

-Sí lo está.

-No.

-El vaso vibra.

Tumbling Dice fue la que de nuevo comenzó a mover su cuerpo. Desabotonó un solo botón de su blusa blanca, y acalorada e inquieta improvisaba movimientos con los brazos en el sofá. Él comenzó a hundir el dedo gordo en la sien y con la mano libre buscó drogas en el bolsillo vacío de su vaquero.

-¡Pon la siete! -Gritó Rebeca con él de la mano aún pegado a la pared.

-¿Cuál?

-¡La siete!

You Really Got Me explotó como los cien cañones de un galeón cargados de confeti. Martina dio un salto y se giró.

-¡Esta sí! Por favor…

Mudos, a un zapato de distancia, observó los ojos tan perversos y excitados. Arañaban. Podía contar el temblor de sus pestañas. Cosquilleaba en el sofá la melodía, saltaba el ritmo bajo la mesa, balanceaban las paredes como corazones en una pesadilla, y sin aire, deshilachaba su calma como un muñeco de trapo. Amputado, quiso que sus dedos se hundieran en su cabeza y morir. En cambio, se puso de pie, alargó la sonrisa de Martina y, cuando ambos chocaron sus rodillas, empujó con brusquedad su cuerpo.

-Necesito zumo.

Pisaba veloz la acera estrecha y fría de la noche. Huía, pero ya era preso del ruido que tanto le dolía. Buscó medicación en su bolsillo mientras le acuchillaban los gritos del viento. Descansó en un viejo sofá descosido, abandonado, aparcado entre dos motos, un espejo roto y una pala. Amó observar la afonía del cielo. Pero en la ventana vio luz, y en el silencio de sus oídos, otra vez, vibraciones. Otra vez.

No durmieron. Murieron. No durmió. Mató. Pesó desnuda sobre sus hombros cuando le rompió la nariz con una pala. Le escupió escandalosa la sangre sobre el desenfreno y la cólera de su rostro. En el eco del portal les había engañado con lástima y auxilio, e insinuado desesperación. La madera de la pala, en el imposible sosiego, había llamado elegante. Ella abrió. Él golpeó tres veces. El temblor en sus brazos al crujir el metal en sus huesos desató el descontrol y la ira. Atrás, cobarde, tiritaban unas nalgas pegadas a la pared. Las notas de Lou Reed aún bailaban visibles en el aire. Deslizó sus huellas enormes sobre el charco roto de su primera víctima y corrió hacia aquel ridículo cuerpo desnudo. Al tercer golpe en la cabeza también cayó muerto entre las sábanas. El retrato de su crimen goteaba acelerado sobre la alfombra. Pulsó el botón y observó alrededor. Que nada vibrara, poco a poco le devolvió la paz.

Levantó la cabeza. Cuando cerró la puerta de la habitación no oyó el golpe, pero vibró en sus pies desnudos; sucios y rojos testigos. Corrió de puntillas y tras el clic, junto a los cuerpos, volvió a inmortalizar una nueva victoria. Sordo y despierto recordó el vaso de cristal con su línea amarilla taladrando sobre la mesa. Recordó huir, caminar en la oscuridad y engullir el dolor de su cabeza como un caníbal hambriento. Otra vez. Asesino del ruido. Otra vez. Cazador sigiloso. Aún vibraba con la primera luz del sol, en la madera, el murmullo asfixiante de la última canción.

Fotografía: Daniel Diez Crespo