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img_20160905_204750.jpgHabía dormido demasiado y todas las partes de mi cuerpo amanecieron desordenadas. El caballo de la cocina yacía muerto junto a un cartón de leche agria y caliente. El sol era un círculo gris, y al descubrir mi mano izquierda sobre una blusa sin botones, logré colocar los ojos en su lugar, mirar al espejo, y sentir pánico al no reconocer mi rostro. En la ventana, la suciedad bajo una tela de araña minuciosamente cosida. En la esquina, un tumulto de limpieza, como si alguien hubiera barrido de manera reciente. Pestañeé permitiendo que el peso de cada pensamiento hundiera mi cabeza, abrí los ojos, y vagué sobre lo que había sido yo. No sabía quién era, qué era lo que daba vueltas alrededor de mí, ni hacia dónde giraba. En el fondo había una sábana infantil. Hacía mucho tiempo que no ordenaba los platos hondos del fregadero porque no había platos ni fregadero, y lejos, volvía a sonar la misma canción.  

Observé mi muñeca derecha muy torcida, la enderecé, primero arriba, después abajo, y entonces cayó, la vi golpear en la madera, rodar hasta una pata de la cama, y a dos centímetros de ella, en una vaga oscuridad, la mano. No recordaba su pérdida. Mi pérdida. Volví a mirar hacia mi brazo, y ante la sorpresa, no hallé la huella del vacío. Dudé, miré una vez más a la izquierda, pero la pieza ya estaba recta de nuevo. Nada faltaba. Caminé, noté la sonrisa agria del miedo en un espejo agrietado que yo no había apoyado en la pared del corredor, en el que tampoco me había querido reflejar, y después, continué. Al oír los huesos crujir dentro de mis pies, descubrí que en algún lugar de mi habitación debía haber abandonado mis dos pechos. Me acaricié con la palma de la única mano y no sentí dolor. 

Una alfombra surgió bajo mis pies, era esponjosa, y presentí que, pese a avanzar bajo el techo firme y recién pintado de aquel moderno edificio, pronto iba a llover. Enumeré las puertas del pasillo de la planta veinte e imaginé caballos muertos en el interior. Las puertas eran verdes, eran rosas, rojas y granas, púrpuras, azules, oscuras y claras, naranjas, beiges, amarillas, marrones, grises, dos negras y una blanca, y ambas sin números. Al final, tras la esquina, la salida y las notas de la misma canción. 

Bajé dos mil treinta y ocho escalones, el número era una suma incorrecta, pero aprendí de mi madre lo importante que era la inexactitud. Alegres, iban y venían. Noté el desacierto coincidente o consecuente y la cifra de los peldaños hizo una seca y singular carcajada. Ya en el piso primero sufrí un desequilibrio al levantar la pierna derecha, me abalancé, pero no eludí que se derrumbara hasta la planta inferior. Tuve temor a ver deslizar mi ropa interior, no a caer, romper mi nariz, perder los dientes o fracturarme el cuello, solo al pudor. Nada sucedió.

Lú, lejos, servía té en tazas de cristal, y en silencio, cuadraba sillas vacías o sin personas en una gigantesca mesa circular de cristal. Insospechadamente, en aquel rellano, la pierna ya había regresado a su raíz. Me acerqué a la pequeña ventanilla, donde un hombre delgado, alto y de edad inverosímil me empujó, clavó uno de sus codos en uno de mis pechos, y golpeó la campanilla de cobre que había sobre la mesa. Me satisfizo sentirlos de nuevo bajo la blusa sin abotonar. Me miró y sonrío hasta dejar a la luz el vacío de su boca.

-¿Por qué sucede? -Pregunté.

-¿El qué?

-Pierdo partes de mi cuerpo.

-Son los pensamientos y las tormentas.

-¿Las tormentas?

-¿Te preocupan más ellas que ellos? -La palma de su mano volvió a golpear sobre el timbre e introdujo su espinada cabeza buscando a ambos lados. 

-No consigo establecer una relación. 

-No siempre la establecemos. Las cosas suceden y ahí están los motivos, relacionados o no. 

¿Y el caballo?

-En este caso, pienso.

-¿Pienso?

-Sí, pienso, recuerda darle pienso. 

Volvió a ampliar su sonrisa, y allí apareció una jocosa mirada evidenciando mi estupidez. Pienso, repetí moviendo los labios. No emití sonido, me retiré, y avergonzada cubrí con la palma de la mano derecha mi pecho izquierdo.

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Teníamos cada dos días tres pastillas de colores distintos en una servilleta de papel para cócteles. La roja te movía los brazos en espiral y la ingeríamos temprano. El sol aún era un círculo gris. La verde te ponía todo el peso de tu cuerpo sobre ambos ojos. Yo la escondía en el bolsillo trasero derecho de mi pantalón cuando Lú se agachaba para recoger el vaso que adrede había hecho rodar bajo la mesa. La púrpura me provocaba una humedad vaginal sin deseo alguno, y al caminar en espiral por el interior de mi habitación, furiosa, me masturbaba sin descanso tratando de poner fin a aquel dolor. Yo no era yo hacía demasiados años y comprendía que las partes de mi cuerpo huyeran de su lugar original. Si bien, por otro lado, sí había motivos inconexos que preocupaban a mi manera de pensar. 

A las seis y treinta y ocho de la mañana recogía el pene de plástico que solía yacer arrugado sobre la alfombra rosa del baño, lo colocaba en su lugar, junto a un deshilachado cepillo de dientes sin utilizar, subía mis pantalones, mis calcetines, mi cuerpo, y decidía descansar con los ojos abiertos. El agua continuaba corriendo en el plato de la ducha, y el vapor, cegándolo todo, me daba una apacible tranquilidad.

También por las mañanas, pero únicamente los días que despertaba, caminaba hasta el caballo muerto de la cocina, acariciaba su hocico, ponía en posición de galope sus patas y le peinaba la cola. Era blanco, crin densa y larga, y ojos mustios. La muerte no agudizaba su aspecto, únicamente lo perpetuaba. Tampoco me entristecía que no respirara, sólo que ocupara tanto espacio. 

A las 20.38 era la hora del sandwich de jamón y queso. El tiempo era otra afirmación inexacta basada de manera exclusiva en una causalidad emocional. El único reloj estaba sin agujas en lo alto de una pared blanca de un salón sin mesas ni sillas, con ocho ventanas y tres sofás, y en el que siempre olía a camomila. Me gustaba permanecer y observar eternamente la esfera vacía en Navidad. Lú elegía la emisora de radio local, subía el volumen, e invitados e internos comenzaban a bailar. Me satisfacía mover la cabeza ligeramente a izquierda y derecha intentando perseguir el compás. El hambre también tenía una medida de tiempo y era el mes de octubre. 

Una tarde, cuando el sol se cortaba una vez más sobre las montañas, di dos paseos en círculos dentro de la habitación, tenía todas las extremidades en su lugar, me dirigí hacia la puerta, giré el pomo, perdí la mano, la recogí, y al levantar la cabeza, él esperaba de pie con un diminuto calendario triangular sobre ambas manos. 

-He estado pensando en tu caballo. -Dijo.

-Y yo en la ausencia de las tormentas. 

-Es hora del sandwich de jamón y queso. 

-Huelo el pan tostado. -Observé sus manos quietas a la altura de su cintura con un mes de octubre repleto de números y días- ¿Por qué lo sujetas de ese modo?

-Es para ti. 

-¿Algún motivo?

-Todos necesitamos saber nuestro origen y destino. 

-¿Y crees que eso me lo dirá un calendario?

-No. Él no te dirá una sola palabra, sin embargo, su presencia propiciará que tú digas unas u otras palabras. 

-¿Cómo me has encontrado?

-Tu nombre. -Señaló.

Con brusquedad junté los ojales con el lado de los botones, me cubrí, me ruboricé, no perdí partes de mi cuerpo, me reconocí, y dando un paso a un lado, el hombre delgado, alto y de edad inverosímil me entregó el calendario, rió o carcajeó, y corrió por el pasillo de las puertas de colores. 

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Era una niña pequeña subiendo y bajando una pequeña colina llena de flores. Lejos, la casa de madera tenía un columpio roto colgado de un viejo árbol. Papá se había convertido en un señor mayor, ni siquiera adquirió la denominación de padre, y lucía, inmóvil y lejano, una piel arrugada y seca, uñas sucias y dientes amarillos. El olor a tabaco estrangulaba cada uno de mis pequeños pasos con un perfume sobrio y pesado. Él leía hojas de un libro gordo, decolorado y viejo, vaciaba una quinta botella de cristal, y dejaba a un lado, junto a uno de sus gruesos muslos, todas las margaritas que yo arrancaba y posaba en la palma de su mano. La ladera era un universo limitado pero suficiente. 

Era una mujer adolescente subrayando líneas de libros una y otra vez y otra y otra vez, lo hacía con colores llamativos y lapiceros de grosor indistinto, pero nunca uno solo de los enunciados quedaron en mi memoria. Lo hacía en la cocina, como mamá un día lo hizo con papá. Ella sí había adquirido el término de madre, si bien, la palabra parecía poseer un lazo rudo y deforme sobre un envoltorio mal doblado y decolorado. Su cuerpo le había convertido en una mujer amplia, de mirada estúpida o vacía, excesiva y ausente, de piel oscura y recia, cabello corto, y solía ser un ser triste, e incluso desconocido para ella misma. Se había escondido tan bien dentro de sí, que ni siquiera recordaba lo maravilloso de que era vivir fuera de sí. Tampoco buscaba una grieta que le devolviera a otro lugar. De rodillas, de la misma manera que yo adiviné la sumisión, ella limpiaba en la cocina botes de plástico de limpieza. Sentada, yo enumeraba sin que los números tuvieran orden y sentido. 

-¿Cuántas hay en la caja?

-Dos, tres, ocho.

-¿Y cuánta seguridad tienes en esa respuesta?

-Toda.

Mamá, con esfuerzo, posó su mano en el suelo, irguió sus huesos, dio vueltas al agua hirviendo de la cazuela y repitió la pregunta con idéntico tono y misma entonación. 

-Toda. -Respondí una segunda vez.

Con brusquedad detuvo el movimiento de muñeca, y giró sus distantes caderas mientras la cuchara de madera goteaba entre el espacio de sus pies. El gesto había caído sobre mí, y al sostenerlo noté un agrio pinchazo en mis lumbares.

-Hoy llueve, -dijo.- ayuda a papá.

Ella odiaba la exactitud y la seguridad. Ella aseveraba, sin conocer el significado real de dicho verbo, que todo contenía errores o desaciertos. Nada era exacto, ni siquiera un círculo. Pero yo, en aquella afirmación tan categórica, siempre me atrevía, e incluso aseguraba a un palmo de su cara, que tenía toda la razón, y que ésta era inamovible y precisa. La última palabra me abofeteaba con dureza y movía mi punto de visión. Después, papá trataba de ser padre y me ponía una pequeña bola de papel higiénico mojada con agua oxigenada en el orificio de mi nariz mientras me acariciaba el cabello con una extraña ternura. 

Repetí para mí, dos, tres, ocho, observé la lluvia a través de la puerta de cristal y cómo la hierba y las flores se hundían por el peso del agua. Abandoné sobre la mesa de la cocina la caja de cerillas y los libros subrayados y abiertos. Qué edad tengo, me pregunté sin saber añadirle a mi pensamiento una interrogación. No iba a morir, solo a caminar hasta el salón. 

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-He olvidado leer.

-¿Cuándo?

-Hoy.

-¿Te has saltado alguna medicación?

-Ha desaparecido el caballo, hay un espacio frío en mi habitación, y cuando camino me encierro en espirales hasta quedarme atrapada en un punto tan minúsculo, que no me puedo mover.

-¿Cómo te llamas?

-No lo sé -Estiré la solapa y enseñe la placa que colgaba pesada e inestable en mi blusa.

-Ese es solo el número de tu habitación. 

Lú movió el bolígrafo sobre el papel como si hubiera mucha prisa en lo que hacía, bebió del vaso de plástico blanco que humeaba a su izquierda, y volvió a buscar una respuesta que colgara de la cuerda recta e imaginaria de la que ella tantas veces hablaba. Era un péndulo cuyo tiempo avanzaba a merced del viento. Olvidé mi pensamiento, observé su rostro liso, maquillado y hermoso mirando durante un instante hacia la pared rosa de la habitación, y después, inevitablemente tosí en tres ocasiones. La gravedad y firmeza de sus negras pestañas me atormentaba, y al oír la palabra en mi cabeza, recordé la distancia entre el trueno y el relámpago. En ocasiones, sólo sentía alivio al desviar la mirada hacia lo alto y perseguir el sendero impreciso de las grietas que crecían junto al techo. La lluvia era una manera de llorar, y con la evidente pérdida de las palabras, su forma y significado, sentí un diluvio torrencial. Había caído la noche, nadie la recogía, yo tenía el estómago vacío, el paladar áspero, la nitidez repleta de borrones, y únicamente las manchas azules en línea que cubrían el papel cuadriculado me calmaban. Lú volvió a escribir, yo observé su trazo ágil, y después oí su voz. 

-¿Ves?

-Solo cuando no pierdo los ojos.

-¿Eso cuándo sucede?

-Cuando duermo.

Escribió, escribió y escribió. Me miraba, obtenía un pensamiento y volvía a dar trazos con su mano derecha. 

-¿Me oyes?

-Solo cuando no pierdo las orejas. 

-En ellas no hay oídos. ¿Me oyes ahora mismo?

-Sí. -Respondí asustada.

-¿Qué dije?

-Me oyes ahora mismo.

Escuchó mi frase, que aun conteniendo las mismas palabras, no tuvo en absoluto siquiera un parecido. Ambas frases aparentaban ser dos ciudades completamente irreconocibles en un mismo lugar. Vi, dentro de un marco dorado, dos fotografías tomadas desde una perspectiva opuesta; luz, color y enfoque. Nada les asemejaba y yo estaba segura de que ambas significaban lo mismo. 

Lú se levantó un minuto más tarde. No dijo una palabra, abandonó la sala y no estuvo allí durante un tiempo. Con el vacío me sentí bien. La soledad era un espacio agradable. Y cuando regresó observé que la luz continuaba siendo la misma sobre la mesa de madera. Alguien había grabado un nombre, pero no lo identifiqué. Levanté la cabeza, vi a Lú, que vestía unos guantes azules de plástico y no sonreía. Me pidió que abriera la boca, y que después de mover mi lengua hacia el interior, cerrara la garganta. La oscuridad después del dolor fue incluso más agradable. 

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Nunca maté a nadie. Y si lo hice, comencé por mí misma el día que elegí deshilar a tijeretazos cada una de las prendas que colgaban en el armario que se arrinconaba en mi pequeña habitación. Abrí el cajón superior de la mesa de noche que siempre tenía a una distancia prudencial junto a mi cama. Dentro, una caja forrada de papel, dentro, ovillos de hilos de dos únicos colores, agujas sueltas de tamaños distintos, un dedal de cobre, y unas delgadas y largas tijeras de metal, nuevas, con dos anillas débiles y estrechas para los dedos. El pulgar se acomodó, conseguí separar las hojas y las vi finas y afiladas en el brillo triste de mis ojos. Descolgué una a una las perchas, las amontoné sobre la cama, y coloqué a un lado, sobre la alfombra, el peso del tiempo. Aliviaba mi dolor ver que los retazos se desplomaban como mechones de pelo. Y yo llorando. Y la lluvia y el viento desnudando los árboles, y la inseguridad de las dos ventanas temblando, los pasos yendo y viniendo en el piso inferior, el motor del depósito de gasoil, otro motor, un grifo de agua correr, y el dulce crujir de la ropa al ser cortada con el movimiento de mi mano. Vi sangre en uno de mis dedos, respiré, gemí, gimoteé y enumeré. Tenía una edad alta con un número bello y sonoro, y pese a oír gritos incansables en mi cabeza, pese al doloroso ruido, nunca olvidaré qué precioso y denso fue aquel silencio encerrada en mi habitación. 

Aún sentía calor en los labios y un hedor constante a ropa interior en el trayecto de mi respiración. Pensé en la suma de los botones atrapados en los trozos, todos sin una forma repetida. Pensé en el peso de las lágrimas atrapadas en mis mejillas extenuadas, en la obligación y el movimiento, y en la existencia del pánico. Recordé los triángulos, equilátero, isósceles, escaleno. Imaginé la oscuridad y calma de sus ángulos, el inevitable abandono de la geometría y su lejanía. Subrayé el pensamiento y reapareció el desacierto de una nueva cifra que resultaba en mi cabeza, y llamaron a la puerta con tres únicos golpes, secos, sin pausa y veloces. Desnuda, con el hinchazón en el paladar, fui y volví con los ojos mojados hacia un espejo que inestable colgaba de la pared. Incluso el aliento había aprendido a desaparecer ante la presencia del miedo. Escondí mi tacto inquieto en los dedos, lo hice en el cabello, y aún sostuve las tijeras abiertas en los talones de un pantalón vaquero. ¡Nos vamos! No lo hice. No me fui. Yo no. No me moví de mi posición. Crucé las piernas hasta que dolieron y permanecí inmóvil junto a la ropa rota, sobre la alfombra, delante de la cama y en el epicentro de mi Universo. Quizá nunca existió la voz de mi madre. 

Lo sucedido fue un acontecimiento circunstancial. La imagen siempre se mueve en mi memoria en un único plano. El fotograma es constante, y en ocasiones, interminable. El caballo encerrado en el establo, coceando, gimiendo, mirándome con una fea sonrisa que su hocico blanco no sabía trazar, y señalándome mientras yo trataba de evitar que la felicidad desde lo alto del tejado comenzara a llorar. Tal vez, sí, fue la única víctima. Pienso, dale pienso. Y no lo hice, y cuando salté al vacío, él ya había muerto. 

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Era diciembre. Había un árbol sujetando el peso de las luces de colores, envoltorios de muchos tonalidades sobre una mesa del salón, sobre una bandeja de plástico, sobre un mantel rojo de papel, y bajo una bella canción de Navidad que sonaba una y otra vez en los techos y las paredes. Había incontables sonrisas forzadas tratando de levantar los rostros alicaídos que, por alguna razón, me recordaban a viejas marionetas cosidas con inexperta desgana. Alguien, por algún motivo, las había decidido sacar a pasear. 

En Navidad ya no perdía partes de mi cuerpo porque desconocía los nombres de cada una de ellas. O tal vez sucedió porque mi pensamiento carecía de imaginación, o porque mi cerebro estaba muriéndose, o porque accedí a ingerir pastillas de un color que no sabía definir. Mi voz era un círculo gris. Aquella era la única imagen que sonaba abstracta en mi cabeza, y aun difusa, evidenciaba sin una sola palabra todo significado. 

En aquel desconcertante vacío, yo había tomado la decisión de esconderme siempre que caminara lejos de mi cuarto. Ocultaba la placa que colgaba sobre la solapa de mi blusa, como si los dedos sobre ella propiciaran mi invisibilidad. Dos, cero, tres y ocho. El número de una habitación en una planta, en un rincón, en un pasillo de puertas verdes, rosas, rojas y granas, púrpuras, azules, oscuras y claras, naranjas, beiges, amarillas, marrones y grises. El número de un hogar. El número de un nombre, una identidad, el número de una vida. El único número con vida. Yo. Con la palma de la mano pegada al pecho derecho con una libertad inalcanzable. 

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Mamá tenía razón. Eran 237. O quizá alguien había utilizado una. Cuando rasqué todas, no sólo aniquilé su uso, el objeto, también me deshice de todo. La ropa comenzó a humear, el humo empezó a oscurecer el aire, el techo y la respiración. El fuego, poco a poco, retorció la madera; la oí crujir, sentir dolor, aullar y morir. Y todo corrió y desapareció. La alfombra, el rodapié, el papel de la pared, las sábanas, las cortinas, los cristales, el colchón, la mesa de noche en su aún distancia prudencial, el espejo observándonos sin comprensión, los libros en orden y desorden sobre un estante cargado de inestabilidad, y después, el desprendimiento haciendo de lo mínimo una catástrofe. 

Cuando mi cuerpo desnudo sobre el tejado observaba la lluvia al horizonte en densas nubes negras, percibí un extraño escalofrío. No les oí gritar, pero alguien me aseguró que sucedió. Con ambas piernas rotas sobre la hierba y entre las flores, la luz del fuego no cesó hasta el anochecer. Sobre una cama de ruedas, las palabras cayeron vacías en mi cabeza, y sólo sentí pena al ver el hocico triste y muerto de nuestro caballo bajo los restos del establo. 

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Ser libre era la ausencia de camino. Al oírme apareció ante mí un desierto y sonreí. 

Tenía una pastilla verde en el bolsillo derecho trasero de mi pantalón, una negra en el paladar que había comenzado a deshacerse como un terrón de arena de playa, un olvido constante y un peso extenuante en los párpados. A veces imaginaba vivir dentro de un globo de plástico sujeto por los inquietos dedos de un niño. De pronto, un adulto desataba el nudo, y mi ser era expulsado muy lejos y sin control.

-Para ti. 

Su voz pareció muda, un murmullo ininteligible, pero le oí, le comprendí y reconocí.

-¿Otro calendario? -Pregunté. 

-Sí. -Estiró los dos brazos y lo colocó con suavidad a un centímetro de mi regazo- Hoy no llueve y he comprado pienso.

-Él se ha ido.

-¿Quién?

-Todos.

-¿Quiénes?

-Los pensamientos, el caballo, y pronto se irán las tormentas.

El hombre delgado, alto y de edad inverosímil abrió la boca, pero en ella no encontró un solo sonido, menos aún una palabra. Yo busqué con ahínco, pero en aquel espacio no había nada. Sentí alivio al sostener aquel triángulo equilátero lleno de números, y miedo al dejar mi número al descubierto. Aterrada, huí otra vez. Caminé veloz hasta mi cuarto, y allí deseé unas tijeras para recortar y desordenar el paso del tiempo. Asustada, ingerí la pastilla verde. Antes de desaparecer, quise abrir la ventana de cristal con un pomo de metal que daba acceso al jardín. Recordé la hierba y las flores hundidas por el peso de la lluvia, el libro de papá, su olor, mi respiración, las cerillas quemadas, y el sol en lo alto, siempre en una esquina, y aún siendo mi círculo gris. Pegar la nariz al cristal y ver que mi respiración aún era capaz de emborronarlo todo, tal vez me permitió sobrevivir veintidós años más bajo una desconocida tranquilidad.  

Fotografía: Daniel Diez Crespo

El amor delgado

IMG_20151213_194551El amor no dijo nada, no tocó nada. Y con una cruel lentitud, como un cadáver bajo la oscuridad de los árboles, fue deteriorándose. Ni una herida. Moví su gesto triste, la cabeza estrangulada por el apetito, y tampoco hubo un rastro claro de la muerte. El amor era una caricia, y derramado entre hojas secas, yacía áspero e insensible. Desmejorado, sostenía a duras penas el peso del agua en ambas palmas de sus manos. Acerqué el espejo en busca de un halo o aliento, pero el amor reiterado continuaba tendido y frío. Cerré la caja de cartón y observé la sonrisa larga e imperfecta que él había cosido en la superficie. El único sonido que había en la minúscula habitación era el de un exhausto corazón, desnudo, empapado en sudor y abandonado. El amor, una vez más, no dijo nada, no tocó nada, y sin embargo, por algún extraño motivo, era un ser humano aún vivo. 

Christopher me mordía los labios cuando hacíamos el mismo amor. Después, mezclaba mi sangre con la tinta de un rotulador, dos gotas de su propio semen, y expandía el cóctel en un trozo de tela cualquiera. Arte, decía. Cogía sus dedos y observaba su todavía dura e imperfecta erección. En la soledad, en silencio, los dos sí éramos perfectos. En compañía, entre palabras, rompíamos con excesiva belleza toda nuestra imperfección. 

-Haré huevos fritos.

-La ciudad torna hacia un caos y no es poesía, dijo el Rinoceronte. 

-¿De qué hablas?

-De huevos fritos, yemas líquidas y de la necesidad de eyacular.

-¿Más?

-En los tejados, querido Sam, sólo hay finales y suicidios. Tú y yo estamos aquí en este menudo apartamento, aún desnudos, hablando de comida, evitando la ciudad, dibujando un libro infantil, y conversando únicamente de ti y de mí, los dos protagonistas.

-¿Qué deseas?

-Soledad. La calma radica en la ausencia, y quizá por eso nos amamos, para escondernos el uno en el otro hasta desaparecer.

-¿Nos amamos?

-Sí. Pretérito perfecto simple.

Gateó sobre las sábanas arrugadas hasta los pies de la cama y analicé la hermosa perspectiva y textura de sus testículos colgando bajo aquellas viejas nalgas. Descabalgó del colchón, y tras posar sobre una circular alfombra de retazos, buscó la ropa interior. Caía con lentitud su rigidez, alzando ambos ojos hacia un vacío en el que yo jamás supe llegar. Él era mi hombre desde hacía doce meses y trece días, pero jamás había logrado poseerle. 

Adoraba los tejados, los gatos blancos, el paso de las nubes, y odiaba su palabra entrelazándose con el sobrepeso de la verdad. Christopher era un hombre adulto, coleccionaba pajaritas de tonos lóbregos y pastel que vestía con soberbia y distinción. Procedía de una familia distendida y distinguida, y coincidí a su lado, por primera vez, frente a un lienzo aterrador de Cézanne. ¿No ves el cuadro torcido?, preguntó ladeando la cabeza. Soslayé las pupilas y advertí su perfil, en la misma posición, con una breve mueca de preocupación y decepción, y sin ofrecerme en ningún instante la propiedad de la dudosa cuestión. Permanecí quieto, respirando un ácido perfume de intensos matices cítricos, atorado o asustado. Devolví los ojos al cuadro y sentí que su voz trocearía mi ser si emergía de nuevo. Nervioso, crucé los brazos, él desapareció, y yo, recliné el cuello hacia la izquierda en busca de su espacio. Me fui y regresé, y en el mismo lugar, junto a él, contesté a la pregunta tres días después. Muy torcido.  

Amaba sin saber de amor el peso de la edad en su cabello, nevado, duro, seco y recto. En ocasiones, indomable como su carácter, recio, creativo e indolente. No me enamoré de él, me enamoré de la rareza, la originalidad y de la pasión fugaz que desprendía en la rutinaria y corta acción que suponía desabrochar una camisa. Un señor, decía él vertiendo azúcar moreno en un café negro aún con un milímetro de espuma en lo alto de la taza. ¿Por el anillo?, pregunté. Porque nunca verás mi lengua dentro de tu boca, respondió. 

Extendí la misma sábana arrugada sobre mi cuerpo, lo cubrí, y bajo la frialdad del lino, vi caer la mirada que había alzado. Vi tristeza como lluvia que se expande sin límites en el asfalto, pero la dejé correr.

-¿Deseas que me vaya? -Sugerí.

-Y que frías los huevos fritos que me prometiste. 

Arrancaba margaritas y la hierba crecía más de lo habitual en verano. Nadie la cortaba. El prado era un espacio pequeño junto a una ladera de rocas. En la cima, un colegio. Tumbado, yo había logrado esconderme, no prestaba atención a las nubes, el sol no caía, pero dejaba tender la belleza de su luz sobre nuestros livianos cuerpos. Oía ruedas de bicicletas y escuchaba gritos hablando como pelotas yendo y viniendo contra una pared que golpeaban sin motivo. Balones vacíos, carentes de recorrido y con tan sólo origen y destino. Conversaciones. 

-¿Crees en el amor? 

Natalie era una niña esquelética, vestía faldas blancas, braguitas blancas que dejaba ver cuando escalaba el muro de la escuela, calcetines blancos y una diadema rosa recogiendo su cabello. No era guapa, era atractiva. Ella, hija de una madre sin padre que vivía en el primer piso de un bloque de edificios de nueve alturas, me escribía cartas que nunca entendí. Ella quitaba cada pétalo, afirmaba y negaba, y una vez conseguía la respuesta, me entregaba con dulzura la flor decapitada. 

-¿Qué es? -Pregunté.

-Es lo que un hombre y una mujer sienten cuando se quieren. 

-¿Y puede ser el amor una flor rota?

-No. El amor es un un sentimiento. 

-¿Y qué forma tiene?

-Es un corazón.

-¿Por qué?

-¿Cómo dibujarías tú el amor? -Se molestó.

-Como una línea delgada e interminable.

-Pero no es así.

-Verdad, termina siempre en algún lugar. 

El gesto de Natalie se torció como si tuviera un trozo de fruta agria entre los dientes. La hierba crecida tambaleó, ella la atravesó con ambas manos, mostró otra margarita sin pétalos y la descabezó por completó entregándome el tallo. 

-Tu amor. 

-Si no la hubieras arrancado, quizá hubiera seguido creciendo, y ése sería nuestro amor. 

-¿Una margarita gigante?

-Y viva.

-Eres idiota. -Lanzó el tallo contra mi cara y volvió la mirada al cielo- La hubiera quemado el sol o ahogado la lluvia.

Nos vi desde una perspectiva eclesiástica y descubrí una puerta en alguno de los rectángulos. Iba directa a la adolescencia. Odiaba los balones y los coches en miniatura, y lejos, sólo muy lejos dejaban de existir. Abominaba colorear, aborrecía el ruido, detestaba la demarcada normalidad y quería eliminar pensamientos, pero la cabeza no cesaba, como el paso de los días, el paso de las páginas, el paso del tiempo y el paso de los pies. 

-¿Sam?

-Sí…

-¿Me quieres?

Natalie separó las líneas afiladas de la hierba que nos distanciaba y tendió la mano hasta que atrapó mi brazo. Los huesos bajo sus dedos eran tersos, y su piel olía tan bien, que era inevitable imaginar el tacto húmedo de una pastilla de jabón. Miraba sin miedo, apenas pestañeaba, o completaba la acción con una excesiva lentitud, y al hablarme, la inocencia de sus pequeños dientes me aterraba.

-No lo sé. -Titubeé.

-¿Quieres venir a mi habitación?

-¿A tu casa?

-¡No! -gruñó-. Aquí, entre la hierba. Este es mi refugio, y aquí guardo todos los tallos de las margaritas rotas. Las podemos pegar y haremos nuestra flor gigante. Luego quiero darte un beso.

-He de irme a casa.

El amor era miedo; emociones idénticas con distinto nombre. Me resultaba incomprensible. El amor era un hilo colgado que balanceaba, y aparecía y desaparecía como el monstruo del armario. Y por ese motivo elegí correr. Vi terrorífico que quisiera presentarse con formalidad en la infancia sin la madurez adecuada. Era una osadía porque desconocía el significado de todo. Huir, muy poco a poco, trajo el alivio y la cantidad de oxígeno adecuada. Cuando miré atrás durante un segundo, sólo pude ver la hierba. Natalie continuaba tumbada en su refugio. Aún así, yo volví a correr como si me persiguiera un extraño. 

Untaba el pan de molde en la yema y no levantaba la cabeza cuando masticaba. Del cuello le colgaba una servilleta de papel, y junto al plato subrayaba frases cortas de un libro de Boris Vian. Christopher solía colocar un pie sobre otro cuando era feliz, habitualmente descalzos, no los movía y no decía una palabra. Tenía un extraño fervor por el silencio, y cuando lo exhibía, el mínimo ruido era un sonido atronador. Sentí la necesidad de amarle, de colocar una silla a su lado, pedirle que untara para mí, que llevara el trozo de pan hasta mis labios, que empujara el libro a un lado, que me abrazara, me mirara a los ojos, y por un instante, en ese minúsculo segundo, él dijera, Te quiero, Sam, te quiero mucho. Sin embargo, el amor, en ocasiones, era un cable largo y en desuso, guardado en una caja de cartón sin una exacta ubicación. El resto de las veces, el cable, enchufado, únicamente realizaba su función.

Despacio, caminé hasta la cocina y dejé que corriera el agua sobre la sartén. Odiaba el ruido de los platos que él amaba, y con la actitud de un ladrón, fui moviéndome y desplazando cada objeto que hallaba a mi alrededor. La ventana, junto a la nevera, era pequeña como la solapa de un buzón y el sol no accedía. Si él hubiera vuelto la cabeza hacia mí, habría hallado una sombra. La lóbrega oscuridad solía llenarse de tristeza o intimidad, si bien, ninguna de las dos allí respiraba. En el salón, él volvía a trazar una línea sobre el libro mientras el tenedor sostenía una fina clara doblada. Yo estaba aceptando que era la hora de desaparecer, aunque el verbo no hallaba camino ni significado, y sólo deseé alejar mi erección del ombligo.

-Mañana vendrás temprano -dijo sin dirigirme la mirada. 

-¿Siete?

-Seis. 

-Podría quedarme a dormir.

-No. 

-¿Me voy ya, entonces?

-Hazlo. 

Descalzo, me dirigí a su habitación. Al desaparecer la propiedad ganaba una dimensión desconocida. Quise dormir en el fondo de uno de sus zapatos, pero me calcé los míos. El amor delgado, decía Christopher, es el único que hoy existe, es como la línea que inició el lienzo. Después pintamos mucho alrededor y olvidamos que nos llevó a la actualidad.

Vi cómo empujó el plato sin que hiciera un sólo ruido, desenganchó la servilleta, hizo una bola y la depositó sobre el tenedor. Allí estaría mañana. Leía, y cuando leía nada existía. Ni él. Su ausencia me permitía lentitud, y con el cuerpo sobre la cama, anudando los cordones, pasé algunas páginas invisibles de aquella habitación. 

Klimt era un artista excesivamente usado. Lo había dicho él mientras levantaba el marco y lo descolgaba de la pared. Aún continuaba allí, arrinconado junto a la mesilla. Era una obra inusual, y no obstante, tenía un halo de tópico aterrador. Su habitación lo era. Como si él quisiera dormir con todo lo que amaba, allí acumulaba lienzos y libros en completo desorden. El sexo había derrumbado las columnas de ejemplares que se acumulaban sobre la cabecera. Libros viejos, leídos, releídos, y sin el orden preciso en tamaño o anchura, y en muchos casos, sin que el lomo estuviera a la vista. Suspiré tendido, retrocedí en mis actos, me descalcé, me desnudé y caminé sigiloso hasta él. Christopher no medió un ruido, cerró la puerta de la calle mientras yo, en calzoncillos, equilibraba con mi ropa entre los brazos. 

-Buenas noches, Christopher. -Logré decir.

-En la vida, querido amigo, -Enunció grandilocuente desde el otro lado de la puerta- hemos de saber cuando ha llegado el final, entonces, no es necesario decir nada más. El ser humano comete el mismo error una y otra vez. No lee porque no sabe pasar páginas.

-¿Es el final?

-Ve a casa. Mañana a las seis. 

Cuando murió Natalie en mi regazo, no la amaba. Observaba que apenas le habían crecido los pechos bajo una blanca camiseta de algodón, si bien, la ínfima y dura aparición de aquellos pezones era hermosa. Su sonrisa, de manera extraña, continuaba firme y viva en el rostro ensangrentado. Cesará, dijo. La cabeza pesaba sobre uno de mis muslos, y cuando recuerdo los autobuses cruzar delante de mis ojos, vuelven a mí las estrellas apelmazando los tejados. No sé cómo terminó su vida porque no escuché el instante en el que dejó de respirar. Cesará, dijo. No era una bella última palabra, pensé. No me atemorizó la muerte, sino la soledad entre tanta gente. 

Viva, años previos, había bajado las escaleras de la puerta de su casa de dos en dos. Sostenía un regaliz rojo y uno negro en la misma mano. Yo, apoyado junto al interruptor y la puerta de un ascensor no pude evitar sonreír cuando me tendió el puño cerrado y ambas tiras cayeron como flores marchitas. 

-Elige. 

-¿Significará algo? -Pregunté. 

-¿El qué?

-El color que elija. 

-Creo que todo tiene significado, Sam. Todo. Pero aún desconozco muchas respuestas.- Volvió a estirar el brazo y ambas quedaron enfrente de mi nariz- Elige. 

Hice lo que no deseaba. Con Natalie todo parecía ser examinado. Sentía que ella medía cada parte de mí, mis gestos, mis palabras, mi forma de mirar, incluso la incontrolable respiración. Sentía un miedo aterrador a ser cómo era porque creía que amaba mi personalidad. Y ella lo sabía. 

-Me mientes -dijo-. ¡Vamos!

No íbamos a ninguna parte. Tampoco era una cita, o yo negaba tal denominación. Mantuvimos la distancia en la estrecha construcción de una acera que terminaba en el centro de la ciudad mientras yo mordía el desagrado de un regaliz negro. Los coches cruzaban en ambos sentidos, y ella, al mover el brazo que caía a mi lado, lo separaba de sus caderas en busca de mis nudillos. Observé su perfil, pero tenía ambas pupilas desatendidas sobre las paredes de los edificios. Hacía años que no llevaba diadema, tampoco vestidos blancos, desconocía el color de sus braguitas, y al sonreír, sus dientes parecían más grandes. Natalie era una chica atractiva, inteligente y extraña. Adoraba la irrealidad en su extravagante personalidad, de la que, si bien, nunca me llegué a enamorar. 

Sobre una mesa de planchar, Christopher colocaba un tenedor sobre otro levantando una pequeña torre. Permanecía en silencio, vestía un pantalón de pijama de lino de patas anchas, iba descalzo y sin calcetines, y aún lucía la misma camisa blanca, arrugada y abotonada de la noche anterior sin su pajarita. Sujetaba del asa una taza de café, observaba la perspectiva de la construcción, y con un nuevo cubierto en la mano libre, dobló la espalda y buscó cómo colocarlo. Aún ningún reloj había alcanzado las seis de la mañana, la puerta continuaba abierta, y yo permanecía inmóvil con ambos pies sobre el felpudo, una bolsa de papel colgando de mis dedos y oliendo a bollería recién hecha, y sin saber cómo decirle en voz alta que el amor estaba perdiendo todo su peso. La ausencia comenzaba a ser un dolor irreparable e irremediablemente abocado a la muerte. Vi al amor pálido, enfermo y abandonado, y si flexionaba las rodillas y acariciaba su corazón, moriría. El amor volvió a no decir nada. Lo supe. Era un hilo roto entre la rudeza de una alfombra.

-He traído el desayuno. -Me descalcé y cerré.

-No podremos usar tenedores. 

-¿Por qué?

-Los estoy utilizando.

-Lo veo -dije incómodo-. Pregunto por qué estás utilizándolos de la manera que los utilizas. 

Me señaló con el cubierto, lo lanzó hacia el sofá y abandonó su actividad. 

-¿Has traído preocupaciones racionales a esta casa? -Preguntó sarcástico- ¿Acaso crees que debía haber utilizado cucharas? ¿Quizá la mesa del salón, haber empezado más temprano o colocarlos en otra posición? Dime tu sabia opinión. 

-¿Dormiste bien, Christopher?

-Mi sueño y mis sueños descansan tras una puerta opaca, gorda y junto a la cerradura cuelgan doce candados. No sé cómo osas siquiera a  golpear tus nudillos en ella.

-¿Qué somos?

-Seres humanos, simples y complejos, pero iguales…  

La torre se desplomó. La cabeza de un tenedor quedó en el aire, él soltó la taza, que con rapidez chocó contra el suelo, oí el crac, y los trozos y el café se esparcieron a gran velocidad entre las líneas del parqué. Después, el cubierto que balanceaba también cayó, tintineó en tres ocasiones, y acto seguido la calma regresó de forma brusca y desagradable. Christopher continuó durante eternos segundos en una posición que evidenciaba el vacío de sus manos, mirando el desorden de los siete tenedores que aún continuaban sobre la mesa de planchar. Yo quise dejar de respirar para evitar que el aire que cogía y expulsaba fuera una molestia. Temblé, y el envoltorio de papel que sostenía entre las manos simuló una tormenta. 

-Tienes mucho trabajo. -Rumió dirigiéndose hacia su habitación. 

-Traje… -Intenté dar el paso hacia él, pero no logré levantar un centímetro del suelo.- Traje, traje…

-Sí, veo qué trajiste, -Áspero, se detuvo en la puerta de su cuarto y volvió a observar el desperfecto.- Nunca fuimos lo que dijimos ser, fuimos lo que hicimos, de hecho, calla más a menudo, porque sólo somos lo que hacemos. Y por eso sólo trajiste. 

-No entiendo, Christopher.

-Hablo de amor por primera vez. Él es un hilo enhebrado, cosido, o un ojal y un botón, y ahí en ese punto nadie intenta huir. Se necesitan el uno al otro para ser un exacto equilibrio. 

-¿Y? 

-Cómete el desayuno y ordena mi desorden.

La cocaína era una línea fina sobre un tablero de ajedrez sin una sola de las piezas que tantas veces, el uno frente al otro, habíamos movido. Los vasos vacíos olían a vodka, y Natalie estaba ligeramente desnuda en el sillón de su mamá con los tobillos hermosos hundidos en un cojín áspero. La televisión encendida era un rumor audible, y entre mis dedos balanceaba el humo de un cigarrillo que no sabía sostener con elegancia. En el reloj de mi muñeca, los dígitos se habían difuminado por retrasar el cambio de pila, y en el reloj de la pared la hora estaba equivocada. Le cedí mi billete, y ella desenganchó el tabaco de mis labios. 

-Al menos una vez, Sam. -Repitió levantándose, dejando caer la camiseta hasta esconder las bragas, y avanzando con bella lentitud hasta una estantería torcida del salón-. Después, desaparecerá. 

-¿Por completo?

-Habrá un espacio vacío entre los dos, y éste nunca lo volveremos a llenar.  

-¿En eso consiste desaparecer?

-Sí.

-Vaciar… -Reflexioné con falsa importancia- ¿Quieres más vodka?

-Y hielos. -Extrajo un disco y lo colocó con torpeza en el interior del reproductor-. Escucharemos la última canción.

-¿Y los recuerdos?

-Pondremos otros encima. Muchos encima. 

-¿Llenaremos?

-No. 

Natalie regresó. Parecía bailar, tarareaba en inglés, musitó Wink Burcham, y recogió el billete que había rodado hasta una esquina de la mesa. Lo tensó y aspiró escondiendo un extremo del papel en el orificio de la nariz. Al levantar la cabeza, no cerró los ojos, me miró y alzó el vaso con hielo para brindar. 

-¿Recuerdas las flores?

-Sí. 

-Es hora de pegar todos los tallos. 

El amor estaba frío en un plato hondo, la cuchara sucia sobre la servilleta y Christopher apuntaba a su cabeza con un cuchillo de mantequilla. El café era negro y había abierto un sobre de azúcar moreno que aún permanecía sin verter. 

-No voy a comer la tostada. 

-¿Quieres escucharme?

-¿Y el arte? Las ciudades están llenas de personas y las personas necesitan personas, y la necesidad no es necesaria, y yo soy una persona y no necesito a nadie.

-¡Deténte, por favor!

-Tú no dejas de meter tu boca entre mis piernas, mis piernas sólo desean meterse en tu culo, y al terminar únicamente deseo desaparecer. Pero te huelo.

-¿Cuál es mi aroma?

-Desesperación. 

-Y amor.

-No hay rastro de amor en tu piel, tampoco en la mía, sólo es una mera necesidad más, y la necesidad no la creo necesaria. -Giró el cuchillo y rasgó la mantequilla sobre su mejilla- Esto somos, rebanadas fugaces. 

No supe ser razonable. Él estaba aún desnudo con la eyaculación goteando desde la vaga erección de su pene. Era un hombre elegante, firme, inteligente, difícil y atractivo. Entendí que yo era el amor sobre su piel, pero la piel, como la tierra, me engulló. ¿Qué es el amor? ¿Cómo lo dibujarías? Una línea transitoria. Una línea fugaz. Una línea accidental. Asentí y bajé los ojos. 

-¿Qué hay en tus pensamientos, Sam?

-La vida son accidentes. 

-Lo entiendes al fin -Clavó el cuchillo en el pan tostado frío, lo soltó, y este se derrumbó-. Chocamos constantemente, evaluamos el suceso, y continuamos nuestro camino. Quienes se quedan es porque no tienen otro lugar adonde ir. 

-¿No existe el amor?

-Sí, pero no es tan grande. 

-Ni tan gordo.

-Ni tan importante.

Cogió el azucarillo, abrió el cajón de los cubiertos, extrajo tres cucharillas y dio vueltas con una de ellas. 

-¿Te quedarás a tomar café?

-Ordenaré tu habitación -dije sobrio evitando que el estruendo de lágrimas desatara su ira-. Después aceptaré el final.

-Los elefantes mueren de amor. ¿Mañana a las seis?

-No.

Desaparecí a las tres y cuarto de la mañana. Mis dedos olían a sexo. Era un olor agrio, era semen, era piel, cabello, el sudor de sus senos, el espesor del fluido vaginal, los labios mojados, la respiración y el ruido. El ruido tenía un aroma peculiar y el arrepentimiento poseía un sonido insoportable. En la calle aún cruzaban coches, el frío, el eco seco de los pasos solitarios sobre las aceras, y la voz de Christopher gritando en mi cabeza sin decir una sola palabra mientras yo bajaba escalón a escalón, llorando y sin emitir un sólo gemido. 

Observé los nudillos con la sangre seca. La victoria de las paredes. De pie ante el escaparate me contemplé, por primera vez en meses, sin prisa. Tenía los hombros caídos, el cuerpo hundido, el rostro hinchado, la droga desubicando el orden de los pensamientos, y en la memoria, Natalie desnuda entre mis brazos. Quise reaparecer, saber si el desorden tenía una recomposición o razón, y entonces ella volvió a repetir, ¿me amarás?  

La eyaculación era un hilo descosido de apenas cinco segundos. El amor no podía traducirse, tampoco definirse, siquiera vivirse. El amor evidente no diría nada, no tocaría nada.

No supe por qué con la voz de él devorándome el estómago como un caníbal hambriento, busqué el origen, la línea del lienzo. Cocaína, vodka y palabras. Natalie. Una vez. Una única. La eyaculación era un trayecto efímero, y entonces, con el semen duro entre las sábanas, volví a ver su cadáver. El amor yacía inmóvil, distante, fugaz e inalcanzable. Mis zapatos la oyeron llorar.

Las estrellas habían empezado a pesar sobre los tejados, rompí mi sombra en el escaparate y me refugié. En una pequeña pantalla había un minuto de espera más nítido que todos los dígitos de mi agotado reloj. Saboreé la rudeza del vodka en mis labios, sentí nauseas, y cuando las luces del autobús iluminaron la carretera, el amor explotó sobre la acera. En los tejados, querido Sam, sólo hay finales y suicidios. Natalie, rota, yacía a siete pasos de mí. Cesará, dijo.

Ending. 

Fotografía: Daniel Diez Crespo.

Nada

01_When-The-Room-Becomes-Water-_1Nada sucedía alrededor. El odio rompía las ventanas tras las que ya nadie habitaba, los cuerpos desnudos abandonados escondían sus cabezas en canciones desafinadas,  y las piedras, al ver  tanta desidia, se arrinconaron junto a la hierba, la encendieron, la fumaron, flotaron y desaparecieron. Desde hacía un tiempo abstracto ya nada crecía sobre ningún trozo de tierra. Llovía y lloraba, moqueaba, gemía, gimoteaba. Nada, como la asfixia embotellada en un suspiro. Nada, como lo absurdo del agua ahogándose en el fondo del mar. Nada en el interior. Nada era un televisor. Nada era una conversación, nada era la misma canción en la misma emisora de radio, nada parecía un destornillador en el cajón de la cocina, nada simulaba ser un colchón tapado, sin sábanas, con almohadas, sin arrugas, y en una clara habitación. Nada era el orden de los botones de colores bajo las yemas gastadas de tantos dedos infantiles, juveniles, adultos, nada era el aburrimiento, las ruedas, el acelerador, la cerveza, el sexo sin condón, el desconocimiento, nada era un vecindario sin hola ni adiós, nada era la innecesaria explicación a tanta sin razón. Nada era el hastío, la pereza y la cobardía. Y en aquel alrededor, donde nada habitaba, veía cómo la tristeza copaba los columpios y balanceaba histérica sin advertir que chirriaba en exceso el peligro y las cadenas. No iba nadie a morir. Tampoco sucedería nada.

×

-Me rompió el viento y giré en el aire como las cuchillas afiladas de una batidora que con cuidado preciso cortan el huevo para convertirlo en mayonesa.

-Vi unos dedos…

-Pero no existieron. Yo existo. Roto, desorientado, mojado, unté mi piel en el aire, perdí las raíces y nunca regresé al tronco ni a la hierba.

-¿Y aún sigues dando vueltas?

-Como un cuchillo en busca del rencor que palpita a la altura del cuello.

-Recuerdo una hoja viva en tus tobillos.

-Y una flor a punto de nacer a la altura de mis ojos.

-El fruto terminó podrido.

-Olvido.

-¿Y qué sucedió? 

-Nada, porque nadie lo vio.

-¿Es el árbol que cae solo en un bosque?

-Hay una inmortalidad inexplicable en las ramas. 

-Hay una mortalidad excesiva en las emociones.

×

Manuela se calzó las zapatillas de casa con cautela, escondió sus pechos minúsculos y estriados bajo el camisón rosa afilado, y buscó las gafas sobre un libro de relatos en blanco y negro. Creía haber oído aullar a un lobo, lo había imaginado herido, disparado, no acuchillado, escandalosamente ensangrentado y solitario. Recorrió el borde de su cama con la luz apagada, ni siquiera le guió el filo de la luna rompiendo el cierre de las cortinas, y entre sombras, cuando las tres y doce de la madrugada eran números iluminados por una luz roja electrónica, y siendo domingo y con el sermón aún en las amígdalas como el semen espeso, clavó tres pestañeos en el crucifijo antes de abandonar su minúscula habitación. En la calle, el viento continuaba silbando al compás que, caprichoso, marcaban los espacios entre las ramas. Era una mujer delgada, de piel albina, con el rostro inundado de pecas, cercano a la asfixia, el pelo recogido por una coleta, y los ojos claros, aplastados por las ojeras e iluminados por la edad. Su voz era pesada, densa y al mismo tiempo suave, vaga o amena, como el murmullo del aire burbujeando bajo el agua de una bañera. Manuela era Manuela, acumulaba servilletas dobladas en triángulo sin utilizar de color rosáceo debajo de la cama, y en el cenicero que olvidaba en la repisa de la ventana, cigarrillos apagados con una sola calada. A la derecha, pese a tanta oscuridad, podía enumerar con facilidad los perfumes, las cremas, el maquillaje, un espejo, velas, y los cuadernos repletos de anotaciones sin lectores ni lecturas. Manuela era Manuela porque oía su nombre cuando pisaba la madera y ésta crepitaba bajo sus pies. Alguien ante nadie. Bajo el marco de la puerta descolgó una bufanda gruesa de invierno, se cubrió el cuello, después puso sus huesudas manos en el pomo del armario, las bisagras se abrieron tras despegarse el imán, descolgó una chaqueta de lana de una de las perchas, al hacerlo, todas sonaron, el viento pareció querer escuchar aquel tintineo, no lo hizo, tan sólo fue un instante de confusión, y abrigada, al fin, decidió bajar las dieciséis escaleras que le llevaban al comedor. Abajo, esperaba encontrar un lobo educado sentado en el sofá y bebiendo una taza de té. Manuela no tenía a nadie alrededor y su marido continuaba dormido en su colchón. Manuela no quería a nadie y no recordaba el ritmo del corazón que descansaba tras la puerta cerrada de la segunda habitación. Abajo, escribió pastas sobre un papel blanco que colgaba del frigorífico y observó. 

×

-Nadie hace nada por sobrevivir.

-Pero sobreviven.

-¡Escúchame! Dije nadie. Mira, un pie me pataleó y perdí el equilibrio que había alcanzado en un imposible horizontal…

-¿Por qué siempre culpamos de nuestros desequilibrios?

-…Y perdí el peso, y la belleza, la confianza y la palabra, y disfracé todas las carencias.

-Apenas perdiste meras gotas de agua e hiciste del hecho un acontecimiento.

-Todo es relativo.

-Einstein.

-Hablo del agua.

-Un átomo de oxígeno y dos de hidrógeno.

-¡No! Agua es vida, ¿no? Lo es, sí, cierto, y a mí me la arrebataron, pero, ¿por qué no morí?

-Las gotas secas son las que mueren.

-La lluvia, un día, también dejará de caer, ¿Y después qué?

-Saltará al vacío.

-Un suicidio más que merecido.

-¿Y después?

-Las suelas ya no mirarán al pisar.

-Sólo es cuestión de un tropiezo que todo quede roto en dos.

-¿Todo? ¿Tanto queda? ¿Y después qué?

-Lo mismo que antes.

-¿Qué?

-Nada.

 ×

Nada era un billete sobre otro. El amor pudriéndose lentamente a diario en un jarrón de cristal con el agua turbia y las flores de plástico, y el sol acobardado tras la densidad y eternidad de las nubes bajas. Nada era un campo de maíz sin principio ni final, y sin embargo, la carretera le observaba desde un límite, con extrañeza, con desquicio, sosteniendo su apatía y obligatoriedad en aquella curva. Nada eran ramas sin un diseño concreto, aunque siempre con un excelente acabado. Nada eran dibujos infantiles al lado de leche y cereales, ambos derramados sobre una bandeja con ojos de plástico ensalzados. Nada eran números en rojo sobre exámenes olvidados en cajones cerrados. Nada era el dinero acostumbrado a ser algo en una mesa, contabilizado, que no contado, mientras el humo emergía espeso de dos tazas de sopa de calabacín. Nadie movía las cucharillas de metal. Nadie movía nada y nada decidió no mover a nadie. Manuela imitó con precisión aquella quietud y bajó de un empujón los párpados para no mirar a nadie. Amaba que nada sucediera alrededor. No escuchó el timbre, que sonó, ni siquiera esquivó los pasos acelerados de Emma, que saltaba de un cojín a otro en busca de la palabra atención sin un libro a su alrededor. Manuela notó los dedos de Manuel, el frío áspero le atormentó, pero no llovió.

-Bebe.

-No he tenido aún tiempo para oler.

-Hazlo a la vez.

-Suéltame.

La mano no fue liberada, escapó desgarrada y corrió asustada hacia la bandeja con los ojos de plástico ensalzados. La levantó, la leche derramada dibujó una exclamación, el tazón resbaló, ella enderezó la muñeca, no cayó porque el equilibrio regresó, y con los pies temblorosos y cojos, crujió alejándose su caminar.

Manuela escondía su pico en un nido elaborado junto a la ventana, donde un pollito amarillo repetía una palabra inventada e inexistente, y además, acopiaba entre sus patitas acentos abandonados que mimaba bajo el calor de sus plumas. Manuela perdía su imaginación en el blanco liso y sutilmente granulado de la esquina de su habitación, ponía tabaco en un papel de fumar, lo posaba con mimo y lentitud, y acariciaba su propia cabeza con la palma derecha de su mano sin oír un leve pío. Detrás, quietas, permanecían las escaleras que le habían llevado a la habitación. Respiró pero no olió. Allí la nada era más real. Nada era mirar hacia delante. Delante era prioridad. Adelante, en cambio, más allá. Después era despertar. Adelante era lo inminente, lo evidente, lo superficial. Adelante era permitirse a sí misma continuar. Ella tenía delante una ventana, un pollito amarillo sosteniéndole el mechero y toda la transparencia sin un halo de claridad. El suelo crujió, respiró, le olió, le oyó, le sintió, no le vio. 

-¿Qué miras?

-No veo nada.

-¿Estás ciega, cariño?

-Estoy harta.

-¿Hartazgo?

-Exceso.

-Es irónico hablar de exceso cuando siempre hablas de nada. ¿Quieres decir que tanta nada es un exceso? 

-¿Has observado el final del árbol?

-No. He contado el dinero, he tomado la sopa, Emma juega en la cocina con un rompecabezas, y yo, yo… voy a darme una ducha. Es domingo. ¿Qué vas a hacer tú?

-Nada. 

-Podrías, podrías, puedes no encender ese cigarrillo, no dar la calada… -Ralentizó la voz, la pisó, la ahogó, la liberó como si soltara un embrague, cogió sus caderas y le obligó a dar un paso hacia atrás.- Y darte un baño de espuma…

-No lo necesito.

-¿Y qué es lo que demonios necesitas, Manuela? -Soltó su blusa y miró hacia la puerta entreabierta, donde durante un segundo le alivió el murmullo de su hija.- Tal vez nuestros pies, como dices, se confundieron en el mismo camino, o de camino, o dimos pasos distanciados o a distinto ritmo, o copiamos un camino y nunca fuimos nosotros mismos, meramente imitamos, aparentamos, o el camino era un callejón sin salida y chocamos cada día como un muro que ni esquivamos ni queremos romper, o llámalo todo es una mierda, pero nada, ¿nada? ¿nada de lo que hemos hecho justifica que hoy aún no continuemos en el mismo lugar?

-Lo escupiste al fin, Manuel, nada de lo que hemos hecho.

-¿No hay nada que pueda hacer? -Suspiró.

-Nada.

 ×

-El viento las arrincona en los bordillos.

-El agua las dobla como folios en blanco.

-¿Sin escritos?

-Escribió una hoja de Otoño un epitafio y lo rompió el peso de una piedra.

-¿Es verdad?

-Nada es cierto, pero todo lo que no observamos puede suceder.

-He amanecido abrazado por el hielo, tan duro, quieto, frío e iluminado, y al fin han desaparecido los giros.

-Nunca nada fuiste tú. 

-¿Qué?

-A ti nunca te ha pasado nada. Lo ves, lo adquieres o lo robas, lo utilizas, lo vendes o lo cuentas, pero no es tuyo.

-¿Quién habló de posesivos?

-Lo tuyo no eres tú, todavía estás a mi lado en lo alto de este árbol. Tú no eres ellas.

-¿Quiénes son ellas?

-Hay un perro que muerde, rompe en dos, retuerce, esconde bajo la tierra. Hay un ser humano que enciende una cerilla, otra y otra, que quema un papel, que quema, hay otro que azota, golpea, hiere, ensangrienta, hay dos que introducen en anos, que deshilachan un jersey, que escriben sobre la arena, hay ojos tuertos y olvidos en los arcenes. Pero tú no. 

-¿Por qué yo no?

-Tú eres el fin de un árbol. 

×

Abrieron una botella, el corcho golpeó en el techo, después en un ojo, no hubo sangre, únicamente cambió el color de la piel y aumentaron las voces y su volumen. No llegó a necesitar parche ni a denominarse tuerto. Manuela había sentado al lobo en el felpudo hacía dos horas con un plato de flores cubierto de doce dulces pastas, y al cerrar la puerta de la calle, no tuvo preocupación alguna por lo estático que vivía el frío últimamente. Nadie le dijo adiós, nadie le vio, nadie se movió, nadie existió. O nada había sucedido. Emma había tirado de dos pantalones distintos y ninguno había caído y tampoco le habían respondido. Manuel escondió hielo en un trapo, Manuela olió el miedo en el ojo cerrado, y ciega imitó. Bebió la ebriedad, otro bosque había desaparecido y los cadáveres continuaban desafinados, alineados, ignorados y derribados.  

Abrieron otra botella, el corcho golpeó en un cuadro, los trozos de cristal cayeron sobre la alfombra y el arte tergiversado por la euforia no captó atención alguna. Ninguna. Ni una sola de las personas o cosas. Manuel barrió con el pie y acarició con los dedos los milímetros redondos de droga que guardaba en un bolsillo. Manuela envenenó el aire con la respiración, y liberó del acoso de dos copas a un vaso de leche en una taza de barro porque su presencia también distorsionaba el escenario. Desde el felpudo, el lobo observaba cómo en un patio de una casa, doce ramas jugaban a merced del tiempo y el viento al corro de las patatas.

Abrieron otra botella y el corcho chocó con una bombilla desamparada, no inmutó el sobresalto, se hizo tenue y necesaria la oscuridad, y bailaron con desvergüenza los pies calzados sin restos de barro que desprender. Bailaban los ojos sin restos de barro y bailaban los pensamientos embarrados. Hacía días que nadie tomaba té. Hacía semanas que no olía a café. Hacía años que ingerir era beber. El baile entre seres vivos heridos lo certificó una ambulancia inexistente sin luces ni sirenas. Más hielo. Todos no bebieron. Hielo en las heridas, hielo en la piel, hielo en los vasos, hielo en la sangre apresurada, hielo en las emociones infravaloradas, hielo ahogándose en el agua. Emma había subido las escaleras sin percibir la y su existencia, ni contarlas. Manuela comenzó a escalar los escalones, y nada era su trayecto y su final. 

Abrieron otra botella y no golpearon. Bebieron en copas desordenadas sobre una mesa de cristal con flores de plástico que continuaban perpetuando la belleza inapreciable. Nada eran todos los ojos. Beber sobre y por un libro escrito en una habitación a idénticas horas, sin saber si sus dedos empujaban las letras o las letras empujaban a sus dedos a terminar el camino. Manuel delante y detrás. Beber para escribir cada mañana, muy temprano, mientras una idéntica prostituta ingería sin cariño el mismo final de una felación. Y Emma durmiendo a su corazón sin vaivén alguno tras la puerta de la segunda habitación. Y Manuela buscando el pollito amarillo en el nido de la ventana junto a decenas de cigarrillos apagados con una sola calada. Y en tal desbarajuste emocional y grupal, el lobo, afilaba sus colmillos con una piedra redonda y mojada, y cogía una pasta del pequeño plato de flores.

Abrieron otra botella y la música era nada. Nada era Manuela, que sola anudaba los cordones de sus zapatos con toda la fuerza necesaria para que le dolieran los dedos. Nada era Manuel, que metía las manos en el bolsillo derecho de su pantalón, y nervioso y con gusto pasaba bajo la uña del pulgar el filo de su documento de identidad. Emma creía que los árboles le daban mordiscos diminutos en las orejas, sentía cosquillas, y aunque nadie oía porque nada era la escucha, ella reía. 

Manuela equilibró los cordones, tensó, y no leyó su nombre en las letras de madera que colgaban de la puerta de la segunda habitación. Bebieron champagne en copas alargadas, vino en copas anchas, cerveza en vasos grandes y latas que terminaron arrugadas, licores en vasitos achatados, bebieron, bebieron y los tapones se desordenaron por el suelo, y los cristales se respiraron una vez más. Nada era la excitación, la penetración, la emoción, el deseo, el ritmo pausado y acelerado de cualquier corazón. Nada eran fotografías en un marco, nada era tanto pensamiento contenido.

×

-Soy ellas. El hombre arrancó su vehículo después de tres intentos, aceleró y el humo enturbió el silencio y el aire, el sol peleó su salida entre tres densas nubes que no avanzaban por el peso de la lluvia, lo consiguió, la luz afiló el lapicero y delineó sombras en el asfalto, la señora desnuda corrió la cortina, volvió a tomar un vaso de leche caliente ante la la ventana, derramó el final por la fachada, y una paloma gris tropezó.

-¿Contigo?

-No. Conmigo.

-¿Y ahora no eres tú?

-Como ellas, ramas, distintas e idénticas. Soy cada una de las partes que nacen de un tronco o un tallo principal. 

-Con hojas, flores, frutos…

-Una rama.

-¿Y al revés?

-Amar.

×

-¿Cuántos años han transcurrido?

-Ninguno.

-¿Continúo aquí?

-Conmigo…

-Pero sin mí.

-Siempre tan poética.

-Ha desaparecido la belleza y el sentimiento en las palabras. 

Nada sucedía alrededor. Manuela acumulaba todo el dolor a su alrededor, no pesaba y cegaba. Los cordones de los zapatos le hinchaban ambas muñecas, pero la asfixia circulatoria le calmaba. Inconformista, tenía palabras que repudiaba. A su lado, incongruente e inexplicable, Manuel sostenía hielo sobre su ojo bajo el equilibrio de la cocaína. Emma dormía. 

-¿Hay algo que pueda hacer?

-Nada.

×

 Fotografía: Marina Black

Menudos

Isabel Muñoz1

Mi cuerpo había comenzado a disminuir lentamente. Desperté completamente encogido, empequeñecido, aplastado e incompleto. Y sin embargo, entero. Lo moví a la derecha, lo levanté con la sujeción de la palma de mis manos, y la sospecha era una evidencia porque mis pies colgaban de la cama. Tras de mí, ella todavía aparecía dormida y bajo las sábanas. Un aire cobarde entraba por la ventana abierta y el murmullo ni disponía de valor para subir por las paredes. Volví a ella. Su posición hacía confusa su estatura. Sin dictamen, intuí que la disminución del ser humano se estaba produciendo como el deterioro de una fruta madura, después mascullé una inusual enfermedad y finalmente digerí mi muerte. La estupidez se acentuaba en mí como ciertos pronombres personales y deseché la paranoia como un cartón de leche vacío en el contenedor común. Elevé la voz, carraspeé y tosí, provocando un eco capaz de firmar sin pudor como la muerte en cualquier espacio en blanco. Bajo la almohada vibró el teléfono, pareció un delirio, fue certero, lo levanté, respondí, y entre aullidos, mamá, que padecía un vértigo nivel siete, decía que había llamado a los bomberos porque en un pis de madrugada se quedó dormida y era incapaz siquiera de echar un vistazo a la alfombrilla.

-Carla, creo que hoy no podré cortar las naranjas.

-¿Huelga de cuchillos? No importa, es domingo, es muy temprano. Duerme.

-La altura ha crecido.

-Tú solo apártalo del fuego, que odio el café con ese aroma a quemado.

-Tengo la sensación de que nuestro alrededor ha ganado en importancia. O que nosotros la estamos perdiendo.

-¿Nosotros?

-Y ellos.

-No hay nadie más aquí, cariño, duerme…

-Hablo de los objetos, hablo de nuestros cuerpos.

Carla se revolvió al fin hacia el centro de la cama y mantuvo la mirada cerrada. Ni siquiera sintió la ligereza en el movimiento, sólo buscó con sus dedos mi pene arrugado bajo los calzoncillos. No halló diferencia temporal en el recorrido, tampoco hubo distinta medida en su mano. Los dos continuábamos en idéntica proporción. Tal vez era el entorno lo que había crecido. Cuando sus ojos hinchados pestañearon y me vieron, fue la grandiosidad del televisor tras mi cabeza lo que le hizo dar un pequeño salto sobre sí misma. Oí sus palabras enmudecidas en aquel labio mordido, escalonado y sobrio sobre su huesuda barbilla, pero en aquella inhóspita escena, no supe identificar la clase de miedo que nos vigilaba.

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La visión de un beso adulzoraba cualquier instante. Oí sin azúcar, y los chicles huyeron sin aliento escaleras arriba. Gateé círculos interminables en un ascenso exhausto. Yo tenía mis pies entre sus labios mientras el aire respiraba pausado por la nariz, y por primera vez, al levantar la mirada, no vi el horizonte. Era mi vista, que al igual que mi cuerpo, había empequeñecido. Todo lo que vagaba quieto en mi entorno era una densa niebla sin fin ni principio. Busqué las esquinas, busqué los bordes, los acantilados, moví agitadamente los brazos, pero hubo una idea y recordé que, pese a su aparente gordura y densidad, las nubes atraviesan siempre la yema de los dedos. Mi cerebro buscó la humedad y el frío, pero no sentí cómo merodeaba el vaho a mi alrededor. Busqué mis pies sobre los labios y también habían desaparecido. O estaban ahí porque continuaba de pie y tal vez no los alcanzaba a ver. Observé. Vi la dificultad de tal acción en aquel instante idéntico o monótono. Carla dormía, su  boca permanecía sellada, un sobre desnudo lloraba sobre la mesilla de la habitación, y yo, estable y paciente, esperé que el temporal pasara. No lo hizo. Porque mi cuerpo cayó en un bostezo y el aliento me engulló.

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-¿Duermes?

-Sueño -respondí.

-Estás empapado -dijo Carla.

-Dicen que la fiebre estira los huesos…

-Ya no hay espacio bajo tu piel.

-¿Qué soñabas?

-Que me comías.

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Era culpa del sueño, en exceso, de la pereza con sobrepeso tumbada en el sofá con un paquete de patas fritas engrasándonos los dedos, de la mañana con evidencia, de la inercia empujándonos con suma facilidad hacia el día siguiente, la semana, el mes, el año, toda una vida. Era culpa de lo inadvertido; nosotros mismos. Ninguno prestábamos atención, y por ende, estábamos envueltos en cualquier evasión. El ego sometiéndonos al egoísmo. Así, con todo, nuestra presencia era inútil y crecía el número de ciegos alrededor con el don de mirar. Era culpa, por primera vez, propia, sin un fleco suelto con la etiqueta de excusa a la que poder aferrarse. Culpables inapelables por ensalzar los objetos hasta valores incalculables. Era mi sentencia, y en la consciencia, Carla escuchaba aquellas palabras que recitaba en voz alta, y no obtuve de ella un mínimo gesto que amenazara la interrupción. 

El cuerpo no me abandonaba, pensé, perdía importancia. Si bien, bajo aquellos inocuos pensamientos, él aún era él. Detuve el gigante bolígrafo entre mis dedos, liberé el dolor y decidí dejarle caer. El punto que había intentado iniciar no había logrado ser una línea. Retumbó sobre la alfombra y quedó muerto tras rodar un giro y escaso medio. Volví a examinar la altura de la cama, el teléfono tembló sobre la almohada y apresurado gateé despacio hasta él. 

-Cocino subida a una escalera. Tienes que venir, papá observa la quietud del sol en la esquina de la ventana, se quedará ciego, y pregunta por ti cada hora. 

-Ya no conducen coches, mamá. 

-Coge un autobús. 

-Ningún tipo de vehículo.

-Papá duerme en el suelo, sobre la madera, y se ahoga con tanta tela de pijama, y además, tiene miedo a su propio desnudo, así que entenderás, hijo, que el testarudo no se ducha… 

-Nosotros no hemos bajado de la cama…

-¿Habéis llamado al trabajo? Debéis pelar la fruta, hay bacterias, dicen que la fruta, la fruta, sí, la fruta, ya no crece al aire libre, la ponen en plásticos, es la fruta, la fruta, hijo, ¿peláis la fruta?

-No comemos…

-¿Qué?

-No podemos bajar de la cama.

-Habladurías. Llama a los bomberos… -Hizo una pausa y pidió a papa que quitara la música- Siempre escucha el mismo disco, tan alto… el mismo, las mismas canciones, ¿Tú sabes por qué? Da igual, llamaré yo a los bomberos por ti. ¿Sabes cómo me bajaron de la taza del váter?

-Ni siquiera sé cómo subes a una escalera, mamá. Ni siquiera lo puedo imaginar…

-La fruta, lo dice la tele…

-Quizá debamos dormir menos.

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La mañana cuarta, el reloj ensordecía con un tic tac aparentemente más lento al resultar más pesado cada uno de sus componentes. Aquella circunferencia monumental clavada a la pared absorbía el silencio como una buena esponja el agua. Continuábamos sumidos en una calma habitual, tumbados sobre menos de la mitad de la cama, hambrientos, asustados e impotentes, y ni ella ni yo queríamos abandonar aquel espacio. Nos obcecaba que, si el origen provenía del sueño, el desenlace tendría idéntica ubicación. Aquella frase había emergido sin matices ni fisuras en su estreno, pero ahora la veía arrinconada y carcomida como un tabla rota y sin uso. Dormir nos destruía. Nos enrojecía los ojos, nos hinchaba los párpados, nos debilitaba el pelo, que caía mudo sobre las sábanas, y disminuía la distancia entre nuestros pies y cabeza.

-Pensaremos del revés.

-O caminaremos con la cabeza.

-Ojalá pudiéramos preparar café.

-¿Has imaginado una taza entre tus manos? -Sugerí.

Carla movió sus dedos y valoró la fuerza que podía quedar en ellos. Después los enterró bajo la pesadez de la almohada. 

-¿Cómo muere la sed? -Preguntó rascándose con el pulgar el árido paladar.

-¿Y cómo se llaman las personas con visión selectiva?

-Quieres decir los que no pueden ver de lejos, o de cerca…

-Quiero decir los que sólo ven cerca de uno mismo porque no quieren ver lejos de…

-¿Narcisismo?

-Es un gran motivo para ser menudos.

No nos oímos respirar, tampoco nos vimos mirar, ninguno quiso hablar más. El aire incluso aparentaba con arrogancia una mayor inmensidad, e ignorar su invisibilidad comenzaba a ser altamente molesto. Aplastaba sobre los dos. La única conversación que necesitábamos era la observación del uno al otro como dos especies distintas y desconocidas enfrentadas al primer encuentro. Lo hacíamos entre las sombras, tapados, protegidos por aquel techo de nuestra habitación ahora interminable. Aquella piel que tanto nos había incordiado al hacernos el amor era reconocible, y sin embargo, una extraña, como si de pronto un tiempo excesivo se hubiera aposentado entre ella y yo. E inexplicablemente, éramos todavía la pareja que decidió poner rumbo a un largo viaje con una única maleta temblando entre las piernas mientras volvía a sonar por quinta vez el ritmo incisivo y acelerado de una misma canción. ‘…And when I get low, oh, I get high…’ 

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El quinto no amaneció como solía, y vino a mí la imagen de un botellín de cerveza vacío y decolorado junto a una tubería de desagüe de una calle. Aún así, el día era de día, la luz evidenciaba la habitación y el aire continuaba sus libres idas y venidas. Carla tenía enganchados sus dedos al excesivo tamaño de mis calzoncillos. Hablaba, le respondía, replicaba, le insistía, continuaba, nos interrumpíamos y callábamos. A veces perdía el tiempo sumiso en los detalles, que aun gigantescos, no podía negar que se hubieran miniaturizado. Pensé en el sol, en la luna, o en un avión que yo simulaba mover por el cielo con el sutil espacio que dejaba entre dos de mis dedos. El objeto visto desde la distancia, y nosotros habíamos perdido cualquier mínimo poder real que nos quedara sobre la apreciación.

-¿Es tu creencia? 

-Creer es inútil, es mi afirmación…

-¡Guau!

-¿Asombro o perro? -Me deshice de una arruga entre los pies y cogí con fuerza su mano, desenganchándola así de mis calzoncillos- El ser humano siempre tuvo una perspectiva, y de pronto, la perspectiva decide observarnos. Y los dos aquí, cariño, somos los mismos si no fuera por el entorno que tan lentamente nos devora. No hay virus, es una circunstancia vital e inevitable.

-¿No éramos nosotros los que comíamos, los que respirábamos, los que veíamos? 

-Carla, yo estoy hambriento y veo salchichas gigantes, pero incompletas porque no caben en tan poco espacio.

-El hambre es otro pensamiento y acabará desapareciendo. ¿No crees?

-Afirmo. -La respuesta tembló, y mi voz estuvo enredada durante dos segundos en la primera sílaba, e incluso temí que se quedara atrapada como una rueda en el barro. 

-¿Bajamos de la cama?

-Ni siquiera me reconozco, me avergüenzo, me empequeñezco más si cabe ante tus ojos, y tal vez me impacienta el proceso…

-No dudes. Para mí siempre fuiste el hombre perfecto.

-¿Lo fui?

Cuando volví a observar su figura, había lágrimas encharcando su ombligo. Después, sin aviso, dormía. Su posición en espiral lo insinuaba. Pensé que teníamos ante nosotros una enorme mentira. Era constante. Una evolución sin devolución. Despierto, no descubrí nada cierto. Volví a nosotros dos, vivos como dos hilos deshilachados entre la inmensidad de las sábanas. Dormido, sus labios volvieron a difícilmente sostenerme de pie en un espacio imaginario. Ella descomunalmente inadaptable al entorno, yo inexistente, y al mismo tiempo, no era así porque todo en ella era ella y todo en mí era yo. Respiró y me comió.

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-¿Por qué no duele? -Preguntó Carla.

-Tampoco le duele a una mosca ser una mosca.

-Hay un cambio, cariño. Debe haber dolor. Nuestros órganos, los huesos, los ligamentos, la piel el cerebro… ¡Los dientes!

-No creo que sea la muerte.

-Es miércoles.

-Sí, sin duda un mal día para la muerte -. Empujé su cuerpo hacia mí y la cabeza cayó sobre mi pecho-. Ya no oigo ruido en las calles.

-Han cambiado los sonidos.

-Y la voz.

-Jamás volveremos a escuchar una canción.

-Mamá no ha vuelto a llamar…

-Ni tomaremos zumo de naranja.

La altura comenzaba a ser imposible. Una medida inaceptable. Mis pies estaban tan cerca de mi cabeza que era evidente la pérdida de proporción de mi cuerpo. Intentaba palpar el latido de mi corazón y, débil, lo hallaba arrinconado cerca del cuello. Carla no soltaba mis intuitivos dedos y yo deseaba que no lo hiciera.

-No noto las uñas.

-Ni hay líneas de la vida.

La palma de mi mano, abierta, en el aire, carecía de forma exacta ante mis ojos. Un palmo no era un palmo. Descompuesta, la silueta de los cinco dedos aún existía, pero era como el vago recuerdo de un dibujo de tiza en el asfalto desdibujado por la lluvia.

La cama era un punto inexacto en el desierto sin señalización, sin un atisbo de cualquiera de los bordes. Había un cabello enorme, quieto, pesado, largo y ondulado. Desde mi posición era incapaz de ver con nitidez el sillín de la bicicleta que descansaba junto al armario. La ceguera narcisista me estrangulaba. Chillé mudo, mirar más allá, pero incluso de pie sobre el colchón era incapaz de hallar un final a la cama. Una arruga se elevaba monumental a dos kilómetros. La frase parecía no tener espacio en mi cabeza, pero de alguna manera existió.

-Nunca sueltes mi mano. -Insistió Carla apretando con fuerza.

-Siéntate.

-¿Soy un perro?

-Lo fuiste el martes.

-Sumiso e irrepetible.

-Hoy ni las pezuñas. -Sonrió.

-El humor es cobardía.

-Eres un insecto -declaró-. ¿Una mosca, decías? El humor, el amor, el sudor es un claro síntoma de miedo. Que no saltes de la cama e intentes preparar un buen desayuno también lo es.

-Podría volar…

-O podría llevarte el viento si soplara en tu camino.

Había una mueca imposible de imitar en aquel labio mordido. Los labios que me comían. Ella volvió apretar con fuerza mi mano. Incapaz desde hace días de verme la cabeza en el ovalado espejo de la pared, ni la sombra, me adivinaba mirándole a ella. Pronto, al dormir, todo desaparecería.

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En lo alto, la altura reía con una pipa humeante de madera entre los dientes, señalando con un dedo mientras decenas de pétalos negros de enormes flores caían sobre mí. Reían también. La niebla pasó con alboroto y me miraba con la densidad que solía, ya acomodada en la ventana que rompía en dos la pared de nuestra sobria habitación. Quieta, muda y escandalosa, me incomodaba su presencia haciendo de la realidad mi confusión. El aire continuaba en todas partes sin una medida exacta. Los pétalos se volvieron ásperas hojas de otoño, y al intentar apartarlas de mí, se rompieron como copos de nieve. Hubo un ronquido ensordecedor como el timbre de un teléfono, y entonces, decenas de plumas muertas aparecieron sentadas sobre el mismo taburete cojo, asustado, mojado, mareado, hundido e incomprensiblemente quieto. Alguien mencionó como se produjo el roto en el cojín. El timbre regresó. Temblaba bajo el bolsillo del pantalón. La nieve cubría mi escaso cuerpo desnudo y el término diminutivo era el final de un río en un acantilado donde trece dedos de tres manos hundían bajo el agua mi cabeza. Desperecé mi cuerpo, lo agité en busca de mí, y cuando hube respirado, lo consciente aún avanzaba sin equilibrio. Me miré a mi mismo, pero la nieve se derretía lentamente, como miel espesa que cae por el borde de un vaso. Había aprendido a bailar descalzo sobre una baldosa de hielo. No había razón para enredarse en aquel vago entretenimiento, sin embargo, no podía parar de repetir el movimiento. Era una hora vacía, inhóspita y estrecha en algún imposible lugar en mi cerebro. Me veía, pero ya no sabía qué era exterior o interior.

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-Sólo dime adiós. 

-¿Con un beso?

-Y sentimiento.

-Es miércoles otra vez, no puede ser la muerte.

-Te volveré a comer en sueños.

-Y matarás el apetito.

-Y seré culpable.

-¿Crees que el amor también empequeñece?

-No. Sólo se deteriora.

-Adiós, Carla.

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Arena. Una mosca chocaba en ningún cristal sin más propósito que un nuevo intento. O nada. Aún permanecía vivo porque un pensamiento tras otro me empujaba a continuar siendo un ser vivo. Nadie. Tenía la certeza de que el narcisismo yacía como un cadáver descompuesto, irreconocible, nauseabundo e insoportable. Respiración. Carla era la esencia en algún punto inexacto, donde sus sueños sujetaban el cuchillo y cortaba cuatro naranjas. Mamá despertó sobre un cáscara de fruta cuando dos bomberos la llevaron hasta la escalera donde cocinaba, papá, sin rastro del sol, ya oía la misma canción porque ya no sonaba, yo, desaparecido, pensaba pensamientos sin la utilidad deseada, y el planeta bailaba en círculos a idéntico ritmo sin el cansancio de un peso. Todas las verdades eran inciertas y cualquier movimiento era un trazo invisible o desdibujado, y en cambio, existente.

Fotografía: Isabel Muñoz

Retorcido

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Servía leche fría en un vaso largo y limpio de cristal mientras me embadurnaba el ano con una densa y suave crema que había untado en sus largos dedos. Una nueva mañana con los mismos parámetros, sobre un mismo tiempo y similar escenario. Sus uñas amarillas con purpurina tintinearon en el cristal. Eran uñas afiladas y postizas. Y sin embargo, el movimiento hacia arriba y abajo lo completaba con excesiva suavidad. Era un cosquilleo retorciéndome el vientre. Lo tenía mojado, alguien escribiría húmedo, limpio, abierto, aún estriado, enrojecido, y si aquel pequeño agujero tuviera un pensamiento, sería abstracto y atormentado; terrorífico. La respiración de mi organismo gateaba en un denso conducto de aire donde la única fragancia era limón. Sostuve los ojos entrecerrados y estrellados en el techo, en las caracolas de colores que adornaban el papel de la lámpara de aquella estrecha habitación. Su forma era la de un pezón o media campana. En una cama desmenuzada de exageradas dimensiones, donde las mesillas chocaban con las paredes y la puerta amenazaba con golpear cualquiera que fuera el objeto que estuviera a su paso, yo trataba de evadirme con el efecto desaparecido de la cocaína. Ella bebió leche y vació medio vaso. Después me lo cedió. Tragué, no saboreé. Había una intranquilidad que la provocaba el olor a lirios disecados que siempre hubo sobre la mesa de la cocina. Cocina de color sepia. Ella en el color chillón del siglo veintiuno, veinte años después, repetía sus caricias en la oscuridad de mis nalgas iluminadas. Me dormía su delicadeza pese a que en sus dedos vi la serenidad de un profesional que colecciona víctimas. Rose hundió su cabeza y apartó mi pene, apoyándolo aún erecto sobre mi ombligo. Mi ano mantuvo la calma, como en un atraco ante un revólver y con las manos alzadas; vendido. Si gritara lo haría en silencio, como un ave que aparentaba el sosiego ante el inminente desplume y degüelle. En ese instante, ante el hecho inmediato, oí la respiración agotada de mi cuello sobre la almohada, terso; y vi mis piernas elevadas, separadas, sobre sus hombros, con los brazos abiertos y asustados y sujetos a la sábanas amarillas y ásperas que cubrían un blando colchón. La excitación sobre mi ombligo, sin motivo, había desaparecido.

Al decimoséptimo día no hubo una gota de sol. Los puentes continuaban con su afán de ser testigos. Nada más. Dejaban pasar. Me vi escondiendo anillos de oro en los bolsillos. Príncipes y princesas cruzando ríos que no detuvieron jamás su incesante camino. Y yo, sumido en aquellas reflexiones, con once años, de estatura corta, delgado, ojos claros, pelo castaño, corto, liso y despeinado, sentado en el asiento trasero de un taxi y dando la espalda a la ventanilla, a las calles, a los edificios, a la ciudad, a mí. Ahí arrancaba mi consciencia vital sin siquiera una adolescencia que apretar, olisquear o saborear. Y por alguna recóndita razón, siempre iba a ser como aquel lluvioso día de Enero. Mi vida conducida a merced de los acontecimientos ajenos. Llevada, como el río que marca el paso a capricho de la lluvia. Empujada a voluntad del ímpetu que nunca tuve.

Al decimoséptimo día el castigo era una penitencia interminable y ya había escrito la misma frase en un mismo cuaderno de líneas azules dos mil quinientas cincuenta y ocho veces. Mamá sonreía al ver aquella obra de arte minimizada. Lo cerraba, lo tiraba con orgullo sobre la mesa del profesor, y con decisión cogía mi muñeca y comenzaba a caminar sin oírsele un gemido. Le obligaba a que tirara, al esfuerzo, y cuando le dijo al conductor la dirección exacta en la que se encontraba nuestra casa, y me liberaba, esbozaba una interminable sonrisa mientras yo dejaba que quedara claramente a la vista mi piel enrojecida. Ella preguntaba qué edad tenía. Yo no respondía.

De mamá recuerdo que no me dejaba desayunar cereales y me amontonaba una torre de galletas junto a un vaso de leche con cacao. Sin remover. Pensé en las galletas rotas en la mochila que apretaban mis pies. A mis once años supe que siempre sucedería.

-¿Quema?

-Tienes cinco minutos.

-¿Dónde, mamá?

Soltó el plato en el fregadero. Tambaleó pero no se rompió. El agua continuaba con fuerza cayendo desde el grifo. Dudó el gesto retirándose tan sólo la manga derecha del guante de goma. Después, lo volvió a estirar.

-Tú no pierdas de vista el reloj. Y desayuna.

Lo hice.

En lo alto del pupitre tambaleaba mientras acomodaba mis pies descalzos entre un libro abierto, un cuaderno cerrado y un estuche desordenado, y al mismo tiempo, con suma concentración, observaba las agujas del reloj blanco con números romanos que quedaba sobre la mesa del profesor. Con un vestido azul que alineaba las uñas de mis pies repetía un mismo estribillo que apenas tenía una sola de las rimas que habíamos estudiado en aquel trimestre. Vi, lejos de mí, desde algún punto inexacto de aquel aula, a mí mismo, por primera y única, actuando por voluntad propia, con ímpetu, sin un pensamiento de cobardía, sin temor a las consecuencias. Allí estaba bajo los focos de las voces, entre el ruido de los ojos y la asfixia de los dedos. Allí yo era un chico que desconocía, y, sin embargo, que admiraba con su corta estatura, y su cara de estúpido sobre un diseño de poliéster pobre y con excesivos metros de tela.

Había siete ventanas en el aula, dieciocho mesas, treinta y seis sillas, y dos pizarras verdes en las que aún podía leerse el último problema matemático que Roque había escrito con desacierto. No bailé, tan sólo ladeé mi posición a un lado y a otro, para que las palabras que salían de mi boca danzaran en el aire. Tampoco canté, desafiné. Al tercer verso comencé a desabotonarme uno a uno los botones que caían desde mi pecho hasta la cintura. La última vocal del alfabeto se acompañó de una hache muda y embadurnó el aire. Jamás tanta suciedad me produjo tanto placer. Oírme tanto entre tanta gente me obligó a asumir que el adverbio tanto había adquirido el significado de demasiado. Tantísimo. Y en aquel exceso, no había nada de desacierto. Hubiera guardado cada uno de todos aquellos inocentes, incluso felices ojos que, desde el suelo, me señalaban. Aplausos. Silbidos, gritos, abucheos. Todos ellos conmigo en una caja enorme de cartón que quedarían en el fondo de la parte baja de un armario para que con edad, algún día, pudiera alimentar con indigesta realidad mi memoria. El cerebro y su necesidad de objetos. Eran quince minutos de fama. Si bien, cuando el minutero aún no había alcanzado el número doce, una mano enorme masculina desequilibró mi espectáculo, resbalé, caí sentado con el vestido ya en las rodillas, y por primera vez, un silencio abrupto me desconcertó.

Era el decimoséptimo día y el pelo ardía en la espalda, roto o caído y mojado. Algo extraño quemaba y pensé en las largas velas que temblaban en las dos mesillas. Había sangre en la almohada, apenas podía respirar y las uñas amarillas de sus manos no entendían la uñas de mis pies, cortas, mal recortadas, incluso sucias, y que al moverse inquietas rasgaban las sábanas. Rose abrió la puerta y golpeó mis zapatos. Lo hizo como cada mañana que allí dormía, a idéntica hora. Completó el mismo recorrido, corrió las cortinas, abrió las dos ventanas y me miró a los ojos. En aquella ocasión y, por primera vez, vi en sus ojos falta de compasión. Pensé en el decimoséptimo día.

-¿Has oído alguna vez cómo suenan las pisadas de una sola persona en una cueva mojada?

-¿Qué siente uno?

-Las gotas del techo impiden escuchar el camino.

-¿Placer?

-Placer. Uno lo hace siempre por placer, no hay más motivo.

-¿Y el dolor?

-El dolor es en sí mismo es una manera de placer.

-Me gusta cuando se me cae un diente.

-No es comparable.

-No me gusta el dolor de cabeza.

-El dolor siempre nace en la mente. Lo psíquico informa a lo físico.

-Si me clavas un cuchillo en el pecho, ¿Quién se enterará primero, mi cabeza o tu corazón?

-Podemos comprobarlo ahora mismo.

-Me fascina la sangre goteando cuando se abre un corte en la piel y cae apresurada desde uno de nuestros frágiles dedos.

-Basta una tirita.

-¿Te pondrás preservativo?

-Perderemos sensibilidad.

-Hazlo con sensibilidad.

Rose era una mujer de corpulencia grotesca, habitualmente desnuda y con los hombros y los brazos cubiertos por un largo abrigo de visón que iluminaba la dimensión de sus ojos. La frente amplia, arrugada. Posó el mismo libro de carátula roja que yo leía sobre la cama, y con sus dedos calientes, me acarició los pliegues del ano, como si dibujara un camino. Fría. Húmeda. Acto seguido, leyó con voz firme y pausada mientras comenzaba a masturbarme. Su pene empezó a romper el orden de su bata que le cubría las piernas. El aire, el tercer capítulo, con sus dedos estrangulando mi respiración, y detenidamente, un dolor exquisito adentrándose bajo mi erección.

Era una silla antigua, pequeña, oscura, endeble y tal vez única. Única porque en ella estaba ella, con los ojos marcados e iluminándome la mirada, y con los labios rectos y aparentemente  incoloros. Continuaba muda, impaciente e exhibiendo paciencia. Yo en cambio, sabía que los pasos, dieran hacia donde se dieran, eran incorrectos.

La incorrección la acepté en la lluvia temprana en aquella vacía habitación de un hotel de diecisiete plantas. Recordé los días, las casualidades y el asiento de atrás, una vez más, dejándome llevar sin plantar una sola palabra que declarara mi voluntad. En la ventanilla hubo una rebanada de aire enfriando la continuidad. Después, vi el desacierto en aquella canción que decía la misma frase en el despertador. En la precisión del ser humano para detener los instantes y convertirlos en hábitos. Vi la normalidad digerida. Aquel jersey gris con un gorro colgado cada mañana sobre el pomo de la puerta. Los dos. Ella sobre mí, yo sobre ella, ella debajo de mí, yo detrás de ella, ella delante de mí. El café, con y sin leche, la manzana roja entre sus dientes, la manzana verde troceada entre mis dedos, y los autobuses de azul desde el mismo destino con los números quince y dos. Los dos.

-El diecisiete de Julio.

-Es miércoles. Mis padres, mis amigos, tus amigos, nadie puede asistir nunca un miércoles a ninguna parte.

-Nadie, nunca, ninguna… ¡Déjame que respire!

-¿Es que hay veces que no lo haces?

-Hubo veces…

Los dos equilibrando en la misma cuerda de la vida. Y si nadie salta, el destino se imita. Se repite. Paralelos. Espejos. Y no lo hicimos. Continuamos por la línea. Lo hizo. Lo hice. Hicimos. El veintiuno, un domingo, cuando todos siempre pueden acudir a cualquier parte. Los ojos hinchados de mamá ante mis labios y sus dedos. Y los dos abrazados sin oírnos siquiera respirar. En la silla, ella tan blanca, yo tan oscuro, y cuando me fui, pensé en el barro de la lluvia y la comodidad interior de cualquier otro asiento de atrás.

A mamá no le gustaba que hubiera una sola arruga en el mantel rojo durante las fiestas de Navidad. Asaba el cordero en una fuente de barro con dos líneas irregulares pero perpendiculares que parecían partirla en dos. Una crucifixión que aparecía en el mismo momento que papá pinchaba con el tenedor sobre las patatas. Tenía una mancha ante mis ojos. Era de vino tinto. Mi hermana apenas podía sujetar la copa que calentaba pegada a su pecho. El corazón siempre valiente y con prisa con el alcohol galopando en la sangre. La mancha, la arruga, el cordero, las velas, la música, el color desentonando en una esquina del salón, y lo injustificable. Cuando mi dedo se hundió en la gota de vino, papá me partió un labio, un diente, y la sangre amarga se deslizó sobre mi lengua. Las voces, la luz, el silencio, la oscuridad. Me vi en el espejo aquella noche, desnudo, con el vestido roto entre los dedos, el pelo liso, los ojos caídos, la voz tenue, y la inseguridad que apaleaba llevar aquellos tirantes verdes sobre una camisa blanca apretando hasta hundirme los hombros. Aún seguían tensos sobre el respaldo de una silla.  Dormí con el corazón en la cara. Después, no comprendí que bajo la almohada un ratón comprara dientes de leche.

El golpe, antes de aparecer, sé hoy que fue el primero en acomodarse en una de las dos sillas del salón la noche anterior. Las vi a ellas, inertes, enteras y limpias desde la cocina mientras yo sostenía una galleta entre los dedos. Quieto e invisible no vi la amenaza. Las dos sillas. Aquel vacío pesaba. Sonaron las palabras, todas y cada una de ellas, las más idóneas, las que dichas de una sola vez tenían todo el acierto y la certeza, pero sobre todo, convinción. Imaginé mi nombre en mayúsculas, iluminado y con letras muy grandes. La cola tornaba la esquina. La emoción, el ansia, la excitación. Todos y cada uno de los billetes vendidos y enumerados. El caos ordenado, y sobre el escenario mamá se había pintado los labios por papá y papá se había afeitado por mamá. Yo me había puesto el pijama para incitar el sueño. Al sentarme hundí los ojos y escupí un bostezo. El telón huyó. Después, el vestido azul echo jirones cayó sobre la mesa de cristal del salón.

-¿Recuerdas cuándo te bañábamos? -Preguntó mamá.

Asentí con duda porque el recuerdo llegó sin enfoque. Levanté el pie, pero no di un paso porque no sabía el camino hacia el que me empujaba la pregunta. Ella se sentó, cruzó las piernas y buscó a papá que no prestaba atención. Ella le sonrió, pero no sostuvo la mueca más del tiempo necesario.

-¿A qué jugabas?

-¿Queréis que vuelva a bañarme?

-Había barcos, coches, el lagarto verde que ahogabas con ambas manos… Y luego papá entraba contigo en el agua, te salpicaba, te lavaba la cabeza… ¿A qué jugabais?

-¿Nos bañabamos?

-No. -Tornó hosca.

-Sí.

-¡No, cariño! Os tocabáis. ¿Recuerdas?

-¿Qué?

-Nos movíamos el pene bajo el agua. -Intervino papá.

Me levanté como si alguien hubiera apretado el gatillo y yo fuera la primera bala, la perdida y sin víctima. Pero no lo fui porque sucedió lo imposible. Papá estuvo más rápido, y no abandoné el cañón. Cuando puso la mitad de su peso sobre mis hombros volví a caer en la recámara. Sentado, sus ojos engrandecieron hasta borrar incluso el trazo de los segundos planos.

-Lo que mamá quiere decirte y no sabe cómo…  ¿Te has vestido de niña en el colegio?

-Sí.

-¿Por qué?

-Me gusta.

-¿Te gusta llamar la atención? ¿Te gustan los vestidos? ¿Qué es lo que te gusta?

-El vestido.

Mamá retorció la silla. No vi el movimiento, lo oí. Papá, de corpulencia delgada y avara continuaba escondiéndome todo lo que pudiera suceder alrededor.

-¿Te masturbas, hijo?

-¡Papá!

-Responde.

-Sí.

-¿En qué piensas?

Estaba allí. Pensé que sus manos en las caderas sujetaban la espada que desenvainaría si él no digería mi respuesta. No moví los labios. Y no lo hice porque yo no sabía bien en qué pensaba. No pensaba. A veces me movía el pene con rapidez hasta ver qué sucedida. Otras simplemente imaginaba las medias de la profesora cayendo hasta los tobillos y veía cómo su pis inundaba el aula. Nadábamos en él mientras me masturbaba. Había construido el sexo en mi cabeza, y en ocasiones, las botellas de cristal se retorcían como botellas de plástico cuando eyaculaba. Agujeros. El sexo eran agujeros. Y allí dentro, en mis pensamientos, los agujeros habían acabado confundiéndose. Me gustaba ser un ser humano. Nunca supe con tanta certeza que, en ocasiones, la respuesta incorrecta era más acertada que la correcta. Y en aquella silla, una vez más, cedí mi vida al deseo ajeno. Cuando me levanté y papá me tocó el pelo, no vi el golpe, que incrédulo, se acomodaba en la paciencia.

No podía. Había perdido mi erección y me repugnaba cada trozo de tela de aquella desordenada cama. Vi la penetración salvaje en el televisor, e inexplicablemente el grito de ella en el altavoz me serenó. Ella bebió la leche fría, corrió las cortinas con rabia, y una bolsa de aire caliente nos cegó. Pulsó el botón del ordenador que reiniciaba la película pornográfica que habíamos estado oyendo toda la noche mientras dormíamos y rememoré el lirio y el semen, tan denso, esporádico o rápido, tan vivo y débil. Lo intenté, doblé la tripa y mi mano alcanzó su pecho derecho, duro como un balón de fútbol. Mi gesto despegó su pene enorme de mi ano, ella apretó su mano sobre mi respiración, hundió los ojos con furia y levantó ambas piernas. Por primera vez, sí, era un mero animal doméstico a merced de él.

En el cristal mojado había otra realidad. Ella masticaba chicle y tomaba las curvas en dos veces, golpeando el volante hasta colocar el coche en la posición idónea. Había bobinas de paja con un orden desordenado fotográfico. La niebla se arrastraba moribunda y pesada por la carretera. Cuando las palabras sonaron, no reconocí mi voz.

-Estamos heridos.

-¿Qué quieres decir?

-Somos como un edificio después de una guerra. Seguimos en pie, pero nos han quedado demasiados agujeros.

-No entiendo.

-Hablo de amor.

-El nuestro…

-El mío. Yo hablo por mí.

-Ya no me quieres…

-Alguien deberá recoger todos esos rollos de paja.

En la ventana se reflejaban sus ojos. No me había alejado en ningún momento de las gotas de agua, lentas o disimuladamente quietas. Brillaban en la ventana. Y en la siguiente curva no dio dos golpes al volante y el orden de la lluvia en el cristal comenzó a mezclarse. Frenó como si pisara con histeria una enorme cucaracha, mi nariz resbaló sobre la ventana, las ruedas consiguieron hundirse en el asfalto, las luces se rompieron como un vaso que cae desde un quinto piso, y cuando regresé a su vida, estrellados, moví el cuello y la vi. Ella estrangulaba el volante llorando hacia la otra ventana.

La estrella se fue abriendo lentamente. En equilibrio, tumbado, las sábanas fueron cuerdas en el aire mientras la mano de Rose ponía con fuerza la sujeción, hundiendo mi espina dorsal. Empujado y escondido. Ajeno y sumiso. Otro decimoséptimo día sin localizar, el mismo aula, esta vez vacía, los bancos de madera repletos, y debajo de mí, un tipo desconocido buscando la sonrisa que otros pedían. Y vi la edad de papá y mamá confusa en sus labios, atemorizados al enseñar los dientes porque podían exhalar tristeza. Y apareció un día tan idéntico al de ayer, mi mirada hundida en el cristal de aquel taxi, de aquel salón, de aquella habitación, de mi propio corazón. Las uñas afiladas y postizas tintinearon sobre la piel de mis cadera, temblaron las caracolas de colores de papel en el techo, y con suavidad hundió su pene en aquel diminuto agujero de mi piel. La estrella enrojeció, se distanció, y mi rostro lloró exhausto sobre la almohada. Ella fue invadiéndome hasta que, retorcido, sentí ser un extraño en mí interior. Al fin, era yo.

Me sentía protegido en el asiento de atrás de un taxi. Atravesaba la ciudad mirando por la ventana, sin la necesidad de frenar, acelerar, sin decidir cuando detenerme, incluso en ocasiones a dónde llegar.

-¿Ninguna parte?

-Tan sólo quiero sentarme y observar.

-Perdone la osadía, pero quizá esta estupidez le saldría más barata si utiliza el autobús turístico de la ciudad.

-Conduzca.

Las calles se sucedían y el hombre de piel oscura, ojos negros, pelo más negro si cabe, miraba cada treinta segundos por el espejo retrovisor esperando una orden. No la daba. No la tenía. Tras la ventana, los cafés, los seres humanos cada vez acercándose nuevamente al mono, caminando con el cuello encorvado, toneladas de pelo cortado a diario y caído sobre las baldosas, aquellos cuadros colgados que tanto observábamos, el ruido, la prisa, la desorientación, algún último beso, ninguno el primero, los abrazos continuados y rotos, el tráfico adelantándonos, el dinero entre los dedos manchados y el reloj apresurado en la esquina de los ojos. Yo, por una vez, sin destino, sin la sonrisa beneplácita de mamá y papá al acecho, sin Rose intentándolo, sin la habitación, sin ella en el escaparate de mi vida, y con él, la sinceridad durmiendo en lo desconocido. Me observé observando al mundo, que giraba aparentemente en una guía perfectamente engranada, sin necesidad de empuje, sin necesidad de arreglo. Rectos ante el público.

-¿Huyes?

-¿Sabes lo que significa recto en inglés?

-¿Disculpe?

-Recto.

-¿Recto?

-También.

Cuando el disco se puso de color verde, el taxista aceleró, miró en un par de ocasiones al espejo retrovisor y ante mi silencio, negó sutilmente con la cabeza y desistió. Huido. Leí la palabra en mi cabeza y no supe ponerla en mi camino.

Fotografía: Larry Clark