El amor delgado

IMG_20151213_194551El amor no dijo nada, no tocó nada. Y con una cruel lentitud, como un cadáver bajo la oscuridad de los árboles, fue deteriorándose. Ni una herida. Moví su gesto triste, la cabeza estrangulada por el apetito, y tampoco hubo un rastro claro de la muerte. El amor era una caricia, y derramado entre hojas secas, yacía áspero e insensible. Desmejorado, sostenía a duras penas el peso del agua en ambas palmas de sus manos. Acerqué el espejo en busca de un halo o aliento, pero el amor reiterado continuaba tendido y frío. Cerré la caja de cartón y observé la sonrisa larga e imperfecta que él había cosido en la superficie. El único sonido que había en la minúscula habitación era el de un exhausto corazón, desnudo, empapado en sudor y abandonado. El amor, una vez más, no dijo nada, no tocó nada, y sin embargo, por algún extraño motivo, era un ser humano aún vivo. 

Christopher me mordía los labios cuando hacíamos el mismo amor. Después, mezclaba mi sangre con la tinta de un rotulador, dos gotas de su propio semen, y expandía el cóctel en un trozo de tela cualquiera. Arte, decía. Cogía sus dedos y observaba su todavía dura e imperfecta erección. En la soledad, en silencio, los dos sí éramos perfectos. En compañía, entre palabras, rompíamos con excesiva belleza toda nuestra imperfección. 

-Haré huevos fritos.

-La ciudad torna hacia un caos y no es poesía, dijo el Rinoceronte. 

-¿De qué hablas?

-De huevos fritos, yemas líquidas y de la necesidad de eyacular.

-¿Más?

-En los tejados, querido Sam, sólo hay finales y suicidios. Tú y yo estamos aquí en este menudo apartamento, aún desnudos, hablando de comida, evitando la ciudad, dibujando un libro infantil, y conversando únicamente de ti y de mí, los dos protagonistas.

-¿Qué deseas?

-Soledad. La calma radica en la ausencia, y quizá por eso nos amamos, para escondernos el uno en el otro hasta desaparecer.

-¿Nos amamos?

-Sí. Pretérito perfecto simple.

Gateó sobre las sábanas arrugadas hasta los pies de la cama y analicé la hermosa perspectiva y textura de sus testículos colgando bajo aquellas viejas nalgas. Descabalgó del colchón, y tras posar sobre una circular alfombra de retazos, buscó la ropa interior. Caía con lentitud su rigidez, alzando ambos ojos hacia un vacío en el que yo jamás supe llegar. Él era mi hombre desde hacía doce meses y trece días, pero jamás había logrado poseerle. 

Adoraba los tejados, los gatos blancos, el paso de las nubes, y odiaba su palabra entrelazándose con el sobrepeso de la verdad. Christopher era un hombre adulto, coleccionaba pajaritas de tonos lóbregos y pastel que vestía con soberbia y distinción. Procedía de una familia distendida y distinguida, y coincidí a su lado, por primera vez, frente a un lienzo aterrador de Cézanne. ¿No ves el cuadro torcido?, preguntó ladeando la cabeza. Soslayé las pupilas y advertí su perfil, en la misma posición, con una breve mueca de preocupación y decepción, y sin ofrecerme en ningún instante la propiedad de la dudosa cuestión. Permanecí quieto, respirando un ácido perfume de intensos matices cítricos, atorado o asustado. Devolví los ojos al cuadro y sentí que su voz trocearía mi ser si emergía de nuevo. Nervioso, crucé los brazos, él desapareció, y yo, recliné el cuello hacia la izquierda en busca de su espacio. Me fui y regresé, y en el mismo lugar, junto a él, contesté a la pregunta tres días después. Muy torcido.  

Amaba sin saber de amor el peso de la edad en su cabello, nevado, duro, seco y recto. En ocasiones, indomable como su carácter, recio, creativo e indolente. No me enamoré de él, me enamoré de la rareza, la originalidad y de la pasión fugaz que desprendía en la rutinaria y corta acción que suponía desabrochar una camisa. Un señor, decía él vertiendo azúcar moreno en un café negro aún con un milímetro de espuma en lo alto de la taza. ¿Por el anillo?, pregunté. Porque nunca verás mi lengua dentro de tu boca, respondió. 

Extendí la misma sábana arrugada sobre mi cuerpo, lo cubrí, y bajo la frialdad del lino, vi caer la mirada que había alzado. Vi tristeza como lluvia que se expande sin límites en el asfalto, pero la dejé correr.

-¿Deseas que me vaya? -Sugerí.

-Y que frías los huevos fritos que me prometiste. 

Arrancaba margaritas y la hierba crecía más de lo habitual en verano. Nadie la cortaba. El prado era un espacio pequeño junto a una ladera de rocas. En la cima, un colegio. Tumbado, yo había logrado esconderme, no prestaba atención a las nubes, el sol no caía, pero dejaba tender la belleza de su luz sobre nuestros livianos cuerpos. Oía ruedas de bicicletas y escuchaba gritos hablando como pelotas yendo y viniendo contra una pared que golpeaban sin motivo. Balones vacíos, carentes de recorrido y con tan sólo origen y destino. Conversaciones. 

-¿Crees en el amor? 

Natalie era una niña esquelética, vestía faldas blancas, braguitas blancas que dejaba ver cuando escalaba el muro de la escuela, calcetines blancos y una diadema rosa recogiendo su cabello. No era guapa, era atractiva. Ella, hija de una madre sin padre que vivía en el primer piso de un bloque de edificios de nueve alturas, me escribía cartas que nunca entendí. Ella quitaba cada pétalo, afirmaba y negaba, y una vez conseguía la respuesta, me entregaba con dulzura la flor decapitada. 

-¿Qué es? -Pregunté.

-Es lo que un hombre y una mujer sienten cuando se quieren. 

-¿Y puede ser el amor una flor rota?

-No. El amor es un un sentimiento. 

-¿Y qué forma tiene?

-Es un corazón.

-¿Por qué?

-¿Cómo dibujarías tú el amor? -Se molestó.

-Como una línea delgada e interminable.

-Pero no es así.

-Verdad, termina siempre en algún lugar. 

El gesto de Natalie se torció como si tuviera un trozo de fruta agria entre los dientes. La hierba crecida tambaleó, ella la atravesó con ambas manos, mostró otra margarita sin pétalos y la descabezó por completó entregándome el tallo. 

-Tu amor. 

-Si no la hubieras arrancado, quizá hubiera seguido creciendo, y ése sería nuestro amor. 

-¿Una margarita gigante?

-Y viva.

-Eres idiota. -Lanzó el tallo contra mi cara y volvió la mirada al cielo- La hubiera quemado el sol o ahogado la lluvia.

Nos vi desde una perspectiva eclesiástica y descubrí una puerta en alguno de los rectángulos. Iba directa a la adolescencia. Odiaba los balones y los coches en miniatura, y lejos, sólo muy lejos dejaban de existir. Abominaba colorear, aborrecía el ruido, detestaba la demarcada normalidad y quería eliminar pensamientos, pero la cabeza no cesaba, como el paso de los días, el paso de las páginas, el paso del tiempo y el paso de los pies. 

-¿Sam?

-Sí…

-¿Me quieres?

Natalie separó las líneas afiladas de la hierba que nos distanciaba y tendió la mano hasta que atrapó mi brazo. Los huesos bajo sus dedos eran tersos, y su piel olía tan bien, que era inevitable imaginar el tacto húmedo de una pastilla de jabón. Miraba sin miedo, apenas pestañeaba, o completaba la acción con una excesiva lentitud, y al hablarme, la inocencia de sus pequeños dientes me aterraba.

-No lo sé. -Titubeé.

-¿Quieres venir a mi habitación?

-¿A tu casa?

-¡No! -gruñó-. Aquí, entre la hierba. Este es mi refugio, y aquí guardo todos los tallos de las margaritas rotas. Las podemos pegar y haremos nuestra flor gigante. Luego quiero darte un beso.

-He de irme a casa.

El amor era miedo; emociones idénticas con distinto nombre. Me resultaba incomprensible. El amor era un hilo colgado que balanceaba, y aparecía y desaparecía como el monstruo del armario. Y por ese motivo elegí correr. Vi terrorífico que quisiera presentarse con formalidad en la infancia sin la madurez adecuada. Era una osadía porque desconocía el significado de todo. Huir, muy poco a poco, trajo el alivio y la cantidad de oxígeno adecuada. Cuando miré atrás durante un segundo, sólo pude ver la hierba. Natalie continuaba tumbada en su refugio. Aún así, yo volví a correr como si me persiguiera un extraño. 

Untaba el pan de molde en la yema y no levantaba la cabeza cuando masticaba. Del cuello le colgaba una servilleta de papel, y junto al plato subrayaba frases cortas de un libro de Boris Vian. Christopher solía colocar un pie sobre otro cuando era feliz, habitualmente descalzos, no los movía y no decía una palabra. Tenía un extraño fervor por el silencio, y cuando lo exhibía, el mínimo ruido era un sonido atronador. Sentí la necesidad de amarle, de colocar una silla a su lado, pedirle que untara para mí, que llevara el trozo de pan hasta mis labios, que empujara el libro a un lado, que me abrazara, me mirara a los ojos, y por un instante, en ese minúsculo segundo, él dijera, Te quiero, Sam, te quiero mucho. Sin embargo, el amor, en ocasiones, era un cable largo y en desuso, guardado en una caja de cartón sin una exacta ubicación. El resto de las veces, el cable, enchufado, únicamente realizaba su función.

Despacio, caminé hasta la cocina y dejé que corriera el agua sobre la sartén. Odiaba el ruido de los platos que él amaba, y con la actitud de un ladrón, fui moviéndome y desplazando cada objeto que hallaba a mi alrededor. La ventana, junto a la nevera, era pequeña como la solapa de un buzón y el sol no accedía. Si él hubiera vuelto la cabeza hacia mí, habría hallado una sombra. La lóbrega oscuridad solía llenarse de tristeza o intimidad, si bien, ninguna de las dos allí respiraba. En el salón, él volvía a trazar una línea sobre el libro mientras el tenedor sostenía una fina clara doblada. Yo estaba aceptando que era la hora de desaparecer, aunque el verbo no hallaba camino ni significado, y sólo deseé alejar mi erección del ombligo.

-Mañana vendrás temprano -dijo sin dirigirme la mirada. 

-¿Siete?

-Seis. 

-Podría quedarme a dormir.

-No. 

-¿Me voy ya, entonces?

-Hazlo. 

Descalzo, me dirigí a su habitación. Al desaparecer la propiedad ganaba una dimensión desconocida. Quise dormir en el fondo de uno de sus zapatos, pero me calcé los míos. El amor delgado, decía Christopher, es el único que hoy existe, es como la línea que inició el lienzo. Después pintamos mucho alrededor y olvidamos que nos llevó a la actualidad.

Vi cómo empujó el plato sin que hiciera un sólo ruido, desenganchó la servilleta, hizo una bola y la depositó sobre el tenedor. Allí estaría mañana. Leía, y cuando leía nada existía. Ni él. Su ausencia me permitía lentitud, y con el cuerpo sobre la cama, anudando los cordones, pasé algunas páginas invisibles de aquella habitación. 

Klimt era un artista excesivamente usado. Lo había dicho él mientras levantaba el marco y lo descolgaba de la pared. Aún continuaba allí, arrinconado junto a la mesilla. Era una obra inusual, y no obstante, tenía un halo de tópico aterrador. Su habitación lo era. Como si él quisiera dormir con todo lo que amaba, allí acumulaba lienzos y libros en completo desorden. El sexo había derrumbado las columnas de ejemplares que se acumulaban sobre la cabecera. Libros viejos, leídos, releídos, y sin el orden preciso en tamaño o anchura, y en muchos casos, sin que el lomo estuviera a la vista. Suspiré tendido, retrocedí en mis actos, me descalcé, me desnudé y caminé sigiloso hasta él. Christopher no medió un ruido, cerró la puerta de la calle mientras yo, en calzoncillos, equilibraba con mi ropa entre los brazos. 

-Buenas noches, Christopher. -Logré decir.

-En la vida, querido amigo, -Enunció grandilocuente desde el otro lado de la puerta- hemos de saber cuando ha llegado el final, entonces, no es necesario decir nada más. El ser humano comete el mismo error una y otra vez. No lee porque no sabe pasar páginas.

-¿Es el final?

-Ve a casa. Mañana a las seis. 

Cuando murió Natalie en mi regazo, no la amaba. Observaba que apenas le habían crecido los pechos bajo una blanca camiseta de algodón, si bien, la ínfima y dura aparición de aquellos pezones era hermosa. Su sonrisa, de manera extraña, continuaba firme y viva en el rostro ensangrentado. Cesará, dijo. La cabeza pesaba sobre uno de mis muslos, y cuando recuerdo los autobuses cruzar delante de mis ojos, vuelven a mí las estrellas apelmazando los tejados. No sé cómo terminó su vida porque no escuché el instante en el que dejó de respirar. Cesará, dijo. No era una bella última palabra, pensé. No me atemorizó la muerte, sino la soledad entre tanta gente. 

Viva, años previos, había bajado las escaleras de la puerta de su casa de dos en dos. Sostenía un regaliz rojo y uno negro en la misma mano. Yo, apoyado junto al interruptor y la puerta de un ascensor no pude evitar sonreír cuando me tendió el puño cerrado y ambas tiras cayeron como flores marchitas. 

-Elige. 

-¿Significará algo? -Pregunté. 

-¿El qué?

-El color que elija. 

-Creo que todo tiene significado, Sam. Todo. Pero aún desconozco muchas respuestas.- Volvió a estirar el brazo y ambas quedaron enfrente de mi nariz- Elige. 

Hice lo que no deseaba. Con Natalie todo parecía ser examinado. Sentía que ella medía cada parte de mí, mis gestos, mis palabras, mi forma de mirar, incluso la incontrolable respiración. Sentía un miedo aterrador a ser cómo era porque creía que amaba mi personalidad. Y ella lo sabía. 

-Me mientes -dijo-. ¡Vamos!

No íbamos a ninguna parte. Tampoco era una cita, o yo negaba tal denominación. Mantuvimos la distancia en la estrecha construcción de una acera que terminaba en el centro de la ciudad mientras yo mordía el desagrado de un regaliz negro. Los coches cruzaban en ambos sentidos, y ella, al mover el brazo que caía a mi lado, lo separaba de sus caderas en busca de mis nudillos. Observé su perfil, pero tenía ambas pupilas desatendidas sobre las paredes de los edificios. Hacía años que no llevaba diadema, tampoco vestidos blancos, desconocía el color de sus braguitas, y al sonreír, sus dientes parecían más grandes. Natalie era una chica atractiva, inteligente y extraña. Adoraba la irrealidad en su extravagante personalidad, de la que, si bien, nunca me llegué a enamorar. 

Sobre una mesa de planchar, Christopher colocaba un tenedor sobre otro levantando una pequeña torre. Permanecía en silencio, vestía un pantalón de pijama de lino de patas anchas, iba descalzo y sin calcetines, y aún lucía la misma camisa blanca, arrugada y abotonada de la noche anterior sin su pajarita. Sujetaba del asa una taza de café, observaba la perspectiva de la construcción, y con un nuevo cubierto en la mano libre, dobló la espalda y buscó cómo colocarlo. Aún ningún reloj había alcanzado las seis de la mañana, la puerta continuaba abierta, y yo permanecía inmóvil con ambos pies sobre el felpudo, una bolsa de papel colgando de mis dedos y oliendo a bollería recién hecha, y sin saber cómo decirle en voz alta que el amor estaba perdiendo todo su peso. La ausencia comenzaba a ser un dolor irreparable e irremediablemente abocado a la muerte. Vi al amor pálido, enfermo y abandonado, y si flexionaba las rodillas y acariciaba su corazón, moriría. El amor volvió a no decir nada. Lo supe. Era un hilo roto entre la rudeza de una alfombra.

-He traído el desayuno. -Me descalcé y cerré.

-No podremos usar tenedores. 

-¿Por qué?

-Los estoy utilizando.

-Lo veo -dije incómodo-. Pregunto por qué estás utilizándolos de la manera que los utilizas. 

Me señaló con el cubierto, lo lanzó hacia el sofá y abandonó su actividad. 

-¿Has traído preocupaciones racionales a esta casa? -Preguntó sarcástico- ¿Acaso crees que debía haber utilizado cucharas? ¿Quizá la mesa del salón, haber empezado más temprano o colocarlos en otra posición? Dime tu sabia opinión. 

-¿Dormiste bien, Christopher?

-Mi sueño y mis sueños descansan tras una puerta opaca, gorda y junto a la cerradura cuelgan doce candados. No sé cómo osas siquiera a  golpear tus nudillos en ella.

-¿Qué somos?

-Seres humanos, simples y complejos, pero iguales…  

La torre se desplomó. La cabeza de un tenedor quedó en el aire, él soltó la taza, que con rapidez chocó contra el suelo, oí el crac, y los trozos y el café se esparcieron a gran velocidad entre las líneas del parqué. Después, el cubierto que balanceaba también cayó, tintineó en tres ocasiones, y acto seguido la calma regresó de forma brusca y desagradable. Christopher continuó durante eternos segundos en una posición que evidenciaba el vacío de sus manos, mirando el desorden de los siete tenedores que aún continuaban sobre la mesa de planchar. Yo quise dejar de respirar para evitar que el aire que cogía y expulsaba fuera una molestia. Temblé, y el envoltorio de papel que sostenía entre las manos simuló una tormenta. 

-Tienes mucho trabajo. -Rumió dirigiéndose hacia su habitación. 

-Traje… -Intenté dar el paso hacia él, pero no logré levantar un centímetro del suelo.- Traje, traje…

-Sí, veo qué trajiste, -Áspero, se detuvo en la puerta de su cuarto y volvió a observar el desperfecto.- Nunca fuimos lo que dijimos ser, fuimos lo que hicimos, de hecho, calla más a menudo, porque sólo somos lo que hacemos. Y por eso sólo trajiste. 

-No entiendo, Christopher.

-Hablo de amor por primera vez. Él es un hilo enhebrado, cosido, o un ojal y un botón, y ahí en ese punto nadie intenta huir. Se necesitan el uno al otro para ser un exacto equilibrio. 

-¿Y? 

-Cómete el desayuno y ordena mi desorden.

La cocaína era una línea fina sobre un tablero de ajedrez sin una sola de las piezas que tantas veces, el uno frente al otro, habíamos movido. Los vasos vacíos olían a vodka, y Natalie estaba ligeramente desnuda en el sillón de su mamá con los tobillos hermosos hundidos en un cojín áspero. La televisión encendida era un rumor audible, y entre mis dedos balanceaba el humo de un cigarrillo que no sabía sostener con elegancia. En el reloj de mi muñeca, los dígitos se habían difuminado por retrasar el cambio de pila, y en el reloj de la pared la hora estaba equivocada. Le cedí mi billete, y ella desenganchó el tabaco de mis labios. 

-Al menos una vez, Sam. -Repitió levantándose, dejando caer la camiseta hasta esconder las bragas, y avanzando con bella lentitud hasta una estantería torcida del salón-. Después, desaparecerá. 

-¿Por completo?

-Habrá un espacio vacío entre los dos, y éste nunca lo volveremos a llenar.  

-¿En eso consiste desaparecer?

-Sí.

-Vaciar… -Reflexioné con falsa importancia- ¿Quieres más vodka?

-Y hielos. -Extrajo un disco y lo colocó con torpeza en el interior del reproductor-. Escucharemos la última canción.

-¿Y los recuerdos?

-Pondremos otros encima. Muchos encima. 

-¿Llenaremos?

-No. 

Natalie regresó. Parecía bailar, tarareaba en inglés, musitó Wink Burcham, y recogió el billete que había rodado hasta una esquina de la mesa. Lo tensó y aspiró escondiendo un extremo del papel en el orificio de la nariz. Al levantar la cabeza, no cerró los ojos, me miró y alzó el vaso con hielo para brindar. 

-¿Recuerdas las flores?

-Sí. 

-Es hora de pegar todos los tallos. 

El amor estaba frío en un plato hondo, la cuchara sucia sobre la servilleta y Christopher apuntaba a su cabeza con un cuchillo de mantequilla. El café era negro y había abierto un sobre de azúcar moreno que aún permanecía sin verter. 

-No voy a comer la tostada. 

-¿Quieres escucharme?

-¿Y el arte? Las ciudades están llenas de personas y las personas necesitan personas, y la necesidad no es necesaria, y yo soy una persona y no necesito a nadie.

-¡Deténte, por favor!

-Tú no dejas de meter tu boca entre mis piernas, mis piernas sólo desean meterse en tu culo, y al terminar únicamente deseo desaparecer. Pero te huelo.

-¿Cuál es mi aroma?

-Desesperación. 

-Y amor.

-No hay rastro de amor en tu piel, tampoco en la mía, sólo es una mera necesidad más, y la necesidad no la creo necesaria. -Giró el cuchillo y rasgó la mantequilla sobre su mejilla- Esto somos, rebanadas fugaces. 

No supe ser razonable. Él estaba aún desnudo con la eyaculación goteando desde la vaga erección de su pene. Era un hombre elegante, firme, inteligente, difícil y atractivo. Entendí que yo era el amor sobre su piel, pero la piel, como la tierra, me engulló. ¿Qué es el amor? ¿Cómo lo dibujarías? Una línea transitoria. Una línea fugaz. Una línea accidental. Asentí y bajé los ojos. 

-¿Qué hay en tus pensamientos, Sam?

-La vida son accidentes. 

-Lo entiendes al fin -Clavó el cuchillo en el pan tostado frío, lo soltó, y este se derrumbó-. Chocamos constantemente, evaluamos el suceso, y continuamos nuestro camino. Quienes se quedan es porque no tienen otro lugar adonde ir. 

-¿No existe el amor?

-Sí, pero no es tan grande. 

-Ni tan gordo.

-Ni tan importante.

Cogió el azucarillo, abrió el cajón de los cubiertos, extrajo tres cucharillas y dio vueltas con una de ellas. 

-¿Te quedarás a tomar café?

-Ordenaré tu habitación -dije sobrio evitando que el estruendo de lágrimas desatara su ira-. Después aceptaré el final.

-Los elefantes mueren de amor. ¿Mañana a las seis?

-No.

Desaparecí a las tres y cuarto de la mañana. Mis dedos olían a sexo. Era un olor agrio, era semen, era piel, cabello, el sudor de sus senos, el espesor del fluido vaginal, los labios mojados, la respiración y el ruido. El ruido tenía un aroma peculiar y el arrepentimiento poseía un sonido insoportable. En la calle aún cruzaban coches, el frío, el eco seco de los pasos solitarios sobre las aceras, y la voz de Christopher gritando en mi cabeza sin decir una sola palabra mientras yo bajaba escalón a escalón, llorando y sin emitir un sólo gemido. 

Observé los nudillos con la sangre seca. La victoria de las paredes. De pie ante el escaparate me contemplé, por primera vez en meses, sin prisa. Tenía los hombros caídos, el cuerpo hundido, el rostro hinchado, la droga desubicando el orden de los pensamientos, y en la memoria, Natalie desnuda entre mis brazos. Quise reaparecer, saber si el desorden tenía una recomposición o razón, y entonces ella volvió a repetir, ¿me amarás?  

La eyaculación era un hilo descosido de apenas cinco segundos. El amor no podía traducirse, tampoco definirse, siquiera vivirse. El amor evidente no diría nada, no tocaría nada.

No supe por qué con la voz de él devorándome el estómago como un caníbal hambriento, busqué el origen, la línea del lienzo. Cocaína, vodka y palabras. Natalie. Una vez. Una única. La eyaculación era un trayecto efímero, y entonces, con el semen duro entre las sábanas, volví a ver su cadáver. El amor yacía inmóvil, distante, fugaz e inalcanzable. Mis zapatos la oyeron llorar.

Las estrellas habían empezado a pesar sobre los tejados, rompí mi sombra en el escaparate y me refugié. En una pequeña pantalla había un minuto de espera más nítido que todos los dígitos de mi agotado reloj. Saboreé la rudeza del vodka en mis labios, sentí nauseas, y cuando las luces del autobús iluminaron la carretera, el amor explotó sobre la acera. En los tejados, querido Sam, sólo hay finales y suicidios. Natalie, rota, yacía a siete pasos de mí. Cesará, dijo.

Ending. 

Fotografía: Daniel Diez Crespo.

Introspección

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Mi vida es una penetración. Es constante, es una mentira, es un centrifugado, ruidoso, molesto, efectivo, es un minuto escaso en el microondas para evitar la explosión de la leche en la ventanilla distorsionada y el horrendo olor a goma quemada, es un día de lluvia sobre la tierra desorganizada; sucia, es el viento crujiendo una rama que rompe de un corte la mejilla de un adolescente, y es mi corazón quieto por un único segundo, como el éxito efímero en aquella puerta que tus dedos un día sostuvieron entreabierta.  El éxito es un rotulador rojo.

La penetración es una frase incrédula que queda en el crédulo viaje de ida y vuelta en cualquier habitación rural lejos de la algarabía. La algarabía es la suela de un zapato manejada por una simple idea, basada por una mera emoción. La ira es un pecado contenido. La gente yendo y viniendo, entrando y saliendo, viéndose y olvidándose. La gente en ambos sentidos, infiltrándose entre la gente, apareciendo y desapareciendo. Y entre la gente, mi vida, insulsa, incomprensible e incomprendida, estéril y etérea.  Caigo como la invisible gota de agua entre la lluvia que desaparece confundiéndose en un charco. Y por alguna nimia estupidez, insiste la necesidad de notoriedad, pero ya soy idéntico al resto del mundo. Sin embargo, me aferro a cualquier pedestal, y al pisar, la caja de cartón vacía, y hundo mis pies en el barro. Mi cuerpo, mi pene, mi cabeza, mi persona convertida en más gente. La gente convertida en mí mismo.

Mi nombre es una palabra irreconocible. La edad continúa incompleta y el estado de ánimo insatisfecho. Están sintonizando una emisora de radio mientras avanzo lento por una adicción incontrolable que aún no ha tomado dirección. Penetro. Penetro mis dedos, los tuyos, los suyos, los ajenos, penetro una esponja, penetro tu cuerpo, el mío, el suyo, el de otro, otro, y otro, y otra, penetro un melón, dos almohadas, una sandía, un cojín, tu boca, la mía, penetro el retrete, un árbol, dos donuts, mis calzoncillos rotos y bragas amarillas. Mi vida es una penetración. Penetro y no he leído la señal, tampoco he abierto ni cerrado la puerta. Mi vida es un desorden mental ordenado meramente por la apariencia. El equilibrio de mi vida es una erección. Me siento, y alrededor, en un corro sin final, trece rostros distintos imitando ser yo. En esta interminable adicción, no encuentro el fondo.

.

-¿Penetrarías a alguien ahora mismo?

-Una silla.

-Hablamos de algo, hablamos de alguien. ¿Cuál?

-Cualquiera.

-¿Por qué?

-No siento interés por las elecciones. La similitud es tan intranscendente como la diferencia.

-Tal vez es síntoma de apatía. Elige.

-Aquella. -Señalé.

-¿Motivo?

-Es la única que está vacía.

-¿Hay algo que no hayas penetrado?

-El corazón.

-¿Metafóricamente?

-Literalmente.

Su última reflexión ante mi respuesta parece haber sido más intensa y le obliga a desdoblar las piernas. Los dedos de sus largas manos han salido del enchufe para agarrar dos cables pelados de alta tensión. Se aferra a ellos, como si el dolor salvara a la humanidad. El hombre es un hombre, viste una corbata en la que puede verse la etiqueta, la marca, no el precio, cuelga sobre el respaldo de su silla la americana, parece más alto, y a la altura de mis ojos hay un brillo inusual y provocado; son sus zapatos. Mira alrededor y después vuelve con un movimiento lento hacia mi cuerpo sentado.

-¿Por qué has venido?

-El pan de la cocina se puso demasiado duro.

-¿Y?

-Salí a buscar pan fresco.

¿Y creíste que aquí lo encontrarías?

-Te he mentido.

-¿Por qué?

-No hay motivo, lo he hecho -respondo-. No compro el pan. Yo no compro el pan como ella para rellenar la soledad, yo no llevo el coche al taller y pienso en el olor a gasolina, no me doy duchas de agua fría para evitar la masturbación, no cocino para olvidar el consumo de drogas, no escucho música para alzar el ánimo o enterrarlo, no salgo a correr para ordenar los pensamientos y agotar la apatía, tampoco hablo por Internet para dar con otro ser vivo que sirva de nexo en el amor, yo no soy un hábito habitual, y estoy aquí sentado sin ningún motivo.

-¿Qué hay de los sí?

-Hago que todo mi deseo penetre dentro de mí.

-¿Por qué estás aquí?

-Acumulo un exceso dentro de mí, afuera hacía frío, he desdoblado sesenta y tres bragas amarillas que he esparcido única y exclusivamente por la cocina, no había nada en mis calcetines, no entendía el quemazón con forma de huevo en la alfombra del salón, y habéis escrito su nombre en el contestador automático.

Palpo en el pecho de mi camisa, verde y con pequeños globos de cumpleaños, todos y cada uno de ellos amarillos. Empujo mi silla hacia atrás levantando las dos patas delanteras escasos dos centímetros, mis ojos caen en la aparición de uno de los lazos de mis cordones negros escapando de debajo del pantalón, lo advierto, no dejo que vaya más allá de ser una curiosa circunstancia, así que no lo corrijo y extraigo una cajetilla azul, arrugada, doblada y rota con tan sólo tres cigarrillos. Ofrezco. Nadie responde.

-Sobrio, frío, nervioso y hambriento quise comerme una hamburguesa con queso y tomate, sin pepinillos, pero los hindúes también habían bajado la persiana. Han escrito la palabra felicidad con sprays de colores. Pensé en un café, vi un whisky, sentí tristeza por una bolsita de té encogiéndose en el agua hirviendo, apareció ella en mi cabeza cerrando la puerta mientras me amenazaba a mí mismo con un revólver, y la respuesta que buscáis es que me equivoqué en el número del portal.

-¿Y qué creías encontrar aquí?

-No creo en lo que iba a encontrar.

-¿Y ahora?

-Quiero dejar de ser lo que sois para poder dejar de ser yo mismo.

-¿Es posible?

-Sí.

-¿Cómo?

-Yo no soy capaz.

Enciendo el cigarrillo, levanto mi camisa y coloco sobre mi pierna izquierda el mismo revólver. Me apretaba la cadera bajo el cinturón y observo el relieve de la culata sobre mi piel. Nadie pestañea ante la amenaza, tampoco esquivan el humo. En aquel primer segundo, cuando la bocanada de aire enciende la nicotina y mi respiración emerge como una densa columna gris, imagino todas aquellas cabezas caminando despacio sin sus cuerpos. Sus ojos huyen y miran estupefactos la destreza de sus cuellos. Cabezas bailando alrededor de una penetración, cabezas buscando su inyección adecuada, cabezas lamiendo penes flácidos, oliendo pegamento escolar, mordiendo pastillas insostenibles entre los dedos, bebiendo botellas ya vacías, disparando a su propia sien sin una pizca suficiente de valentía ni efectividad. Y allí, aquella imagen a mi alrededor también soy yo. Detrás de mi cigarrillo, en aquel silencio cómodo y contemplativo, asalta la figura de un forense examinando cualquier cadáver. Vuelvo a no ser yo. Veo un ser humano confuso con sangre entre los dedos, la mira como a un objeto extraño y desconocido y la borra apresurada en los bolsillos traseros de sus pantalones. Nosotros mismos. Las cabezas regresan cabizbajas en orden, y escogen cuello con acierto. Abro los ojos y dejo escapar una sonrisa corta bajo los labios que cubren mi barba. Apenas han transcurrido quince minutos en aquella habitación y nada ha sucedido.

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Soy un niño. Las dos piernas saltan e intentan entrar al mismo tiempo, pero caen y me sujeta el culo cuando caigo al suelo. La abuela hunde el cuchillo en el bizcocho y niega con la cabeza. Idéntico gesto haría dos meses después cuando papá terminó la botella y la caja de madera que había debajo de la cama. Desde el suelo, con los pantalones rojos en los tobillos, yo pataleo, me enzarzo, tiemblo, y en ese inquieto minuto he logrado desnudar mis piernas. Arrugados, acobardados, enmarañados, incluso irreconocibles, están junto a una larga lámpara de pie apagada. Cobijados.

A mamá le gusta sacar punta a los lapiceros. En vertical, negros y amarillos, media docena forma un corro en un cesto pequeño de mimbre sobre una mesa de cristal. Olvido los pantalones, gateo con diligencia y observo la similitud entre ellos. No distingo una sola punta más afilada que otra. O quizá, siendo un niño, carezco de la percepción de los detalles. En cambio, sí dispongo del deseo del tacto. El lapicero es ligero, suave y áspero, contradictorio, y al mismo tiempo, honesto. Es enorme entre mis dedos. Balancea como una vara en desequilibrio que evidentemente caerá. Es la primera vez que me despreocupa lo que sucede alrededor. El lapicero cobra la vida justa, no respira, ni siquiera observa, me mira y engulle. Nada más es necesario. Lo chupo, lo aprieto con los labios, lo muerdo y el dolor me satisface. El paladar se enrarece. Lo extraigo, lo miro y me mira. Lo coloco sobre el labio superior y lentamente él asciende hacia el orificio derecho de mi nariz. Ni siquiera he de alzar los dedos o empujar. Sube. Su inserción cosquillea, estriñe mis ojos, y al final, donde el minúsculo espacio une el conducto de la fosa nasal con la garganta, es mi mano derecha la que me hiere. Insiste y ya ha escondido cerca de la mitad del lapicero negro y amarillo. Duele como estremece el chasquido de una rama. Después, asustada, la nariz mea sobre mis labios. El lapicero ha desaparecido y mis dos manos, cómplices y testigos, están ensangrentadas.

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Los techos son altos, incluso diría soberbios, las ventanas oscuras, lo que evidencia una contradicción funcional. Hay arena en la alfombra de felpa que cubre el círculo porque cruje el suelo cuando rasco la punta de mis zapatillas a un lado y otro. En la esquina de la habitación, detrás de la puerta abierta, junto a una pizarra negra en desuso, descubro una mesa rectangular con un mantel de papel arrugado, manchado, mal doblado, donde uno mismo puede servirse bolsitas de té negro, verde, manzanilla o alguna infusión laxante. En un recipiente de metal se amontonan sin orden un puñado de azucarillos, blancos, oscuros y rosados. En un termo, agua caliente, en otro termo, café y en cuatro jarras de cristal, leche, zumo de naranja y piña, y agua. Seis hombres ocupan mi lado izquierdo, de manera incongruente, el creativo, tres mujeres mi lado derecho, tres hombres y una mujer continúan delante de mí. Sólo he oído una voz y enciendo un segundo cigarrillo.

-¿Por qué habéis tomado asiento? -Pregunto mientras escondo la cajetilla en el bolsillo de la camisa.

-Porque compartimos un mismo deseo.

-Siempre hay un nexo de unión entre un violinista y su director, pero jamás un mismo deseo. Quizá puedo oír alguna de sus voces…

El peso de sus narices les impide levantar los ojos y pienso que ojalá huyeran con el pánico a sus espaldas sin alzar la mirada y chocaran su miedo contra el marco de una puerta, o equivocaran la huída, rompieran el cristal y cayeran por la ventana. Nadie corre, tampoco habla, nadie respira, nada sucede, y por un instante dudo que estoy aquí.

-Sienten miedo escénico.

-¡Ja! Moriremos ante manos de desconocidos. ¿Por qué desaprovechamos estar vivos? Desnudémonos. ¡Hagámoslo! Follémonos, mordisqueémonos, comámonos, metámonos y matémonos, olvidemos lo que hemos de ser y seamos lo que realmente somos y queremos ser. Observemos sin filtro el interior de nuestros propios actos o estados de ánimo o de conciencia. Literal. Hagamos sin motivo, únicamente instinto. Seamos, y al serlo sé que seremos consecuentes, evidentes, sinceros, honestos…

-¿Introspección?

-Penetración. -Apago el cigarrillo en la alfombra y tomo el revólver- Todo lo que sale entra mejor.

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Nadie alrededor. La cocaína fría ha salido del bolsillo de mi pantalón. Puede observarme, olerme, amarme y, al desabrochar el cinturón de plástico, me anudan los testículos y veo mi cuerpo desnudo convertido en un croissant durmiendo en los cómodos labios mojados de una vagina. Hay restos de alcohol bailando en la punta de mi lengua y palabras embarradas desgastando mi voz. No entiendo porqué. Esta vez me inquieta el movimiento que no gobierno. Me orino, aprieto, me aguanto, escapa orín, me muerdo los dientes, chasqueo las rodillas, tiemblan, crujo los dedos, me desmayo, pero no es mi cuerpo, tan sólo el aire que quedaba dentro de mí. Lo veo derrumbado en el suelo, preso, ebrio de asfixia, y sonrío. No sé quién soy, me conozco, tampoco quiénes son, sé sus nombres, no sé dónde estoy y conozco el lugar.

-En ocasiones quisiera ser la piel de un plátano y matar pasos descuidados.

-¿De qué coño estás hablando?

-De la vida.

-¿Ser una cáscara de plátano es vida?

-La casualidad lo es.

-¿Quién está hablando?

-Nosotros.

Mi nosotros ha sonado tres veces y en ninguna ha mejorado la nitidez. Él junto a él y junto a mí, los tres somos media luna en la oscuridad. En la repisa de metal respiran con fuerza cada uno de nuestros nombres maldecidos. Ni siquiera es la primera vez. Voy a adentrarme en una bañera de hielo y los nervios han comprado un billete demasiado caro para una exclusiva primera fila. Mis dedos tienen las uñas sucias, lamentamos no poder atenderle, primer y segundo apellido, una y siete de la madrugada de un uno de enero, y la palma de su mano sirve el dinero en un pasillo oscuro con principio y fin. Pienso en los lápices afilados de mamá y en el doctor poniendo alcohol en un algodón para taponar la hemorragia. Aún nadie, y el mundo alrededor.

-¿Algún consejo?

-No soples antes de aspirar.

-¿Duele?

-Pica.

-¿Y después?

-Duerme.

Rápido. La vida es una escena veloz que tan sólo la muerte parece querer contemplar, y de ahí la pereza de los recuerdos. La cocaína penetra espesa, torpe, desorientada, y necesita de ayuda. La cocaína se atasca, se aferra a los poros de la piel, pellizca, y al aspirar con fuerza escala como si el viento empujara un trozo de papel en el suelo. Y al final, cae. Y el final nunca sabe poner punto y final y lo hace seguido. Una vez más.

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La penetración de mis ojos en uno y cada uno de los trece desconocidos que están sentados en aquella reunión hubiera dejado de ser anónima en el instante que uno y cada uno de nosotros hubiéramos estirado las rodillas escupiendo nuestra mierda en un plato frío y roto. Les intimida el arma. Leo sus nombres escritos en un papel bajo uno de los hombros. Recoger cada una de las palabras de cada uno de los allí presentes esconden entre las manos me hubiera ayudado a conocerme a mí mismo. Un charco me ahoga y desconozco cómo vuelvo a salir a flote. Han manchado sus manos de mierda y no logran respirar con claridad con cada uno de los pensamientos que han pululado en voz alta y descontrolados lejos de mi cabeza. Hechos.

El hombre que gobierna de corbata planchada se pone de pie y recorre con lentitud el círculo trazando con precisión una línea ovalada que cerca la distancia entre él y yo. Es alto, de piernas delgadas, pudieran ser interminables si no las movieran sus caderas. Su rostro es aplastado, como mi cuerpo bajo decenas de lapiceros. Es muy delgado, incipiente, pálido, y de gesto arrugado en los hoyuelos. Por algún motivo, aquellos ojos pequeños hila la posición de mi libre mano derecha en un constante ejercicio de desconfianza.

Oigo las sillas crujir bajo sus nalgas. Oigo sus voces imitando voces peleando en sus cabezas. Oigo mis voces multiplicándose y gritando al unísono las mismas palabras. Oigo mis dedos masturbándose esta mañana de pie ante el lavabo, oigo mi chillido artificial ante el descontrol de la eyaculación mientras mis dedos sujetan el cepillo cubierto de pasta de dientes. Y mis dedos desenroscando papel higiénico, y mis dedos hundiendo los diez números de un mismo teléfono, y mis dedos con las llaves temblando, y mis dedos hambrientos, y mis dedos acariciando un gatillo que sólo aprieto con las siete balas en el cenicero. Cuando suena el silencio, y un soplo choca en mi piel, despierto. Mi cuerpo está frío y meado.

La corbata larga vuelve a tomar asiento. Alza sus extremidades superiores y me enseña las palmas de la mano.

-¿Puedo decirte algo?

-Si lo piensa, sí.

-Has tomado la silla equivocada. Matar aquí no te dará el éxito ni la respuesta que buscas.

-¿Por qué? ¿Hablamos de dificultad o de atractivo?

-La dificultad es un atractivo, pero yo te hablo de seres vivos.

-Nos equivocamos al definir planta como ser vivo.

-¿Y cómo les definirías?

-Morimos cuando dejamos nuestras adiciones porque dejamos de ser nosotros mismos.

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Después de ella.

Cayó la ceniza sobre su espalda cuando unté mis dedos en la copa de vino y humedecí aquellas gotas oscuras en la dulce cobardía de su ano, minúsculo, impenetrable, seco, oscuro, cobarde, quejica e incompatible conmigo mismo.

Sin ella he comprado mil bragas amarillas de diseños distintos para mujeres aparentemente iguales. Al desnudarlas, todas son distintas, todas miran distinto, todas, huelen, hablan y escuchan diferente, todas satisfacen mis insatisfacciones sin éxito, y sin embargo, todas imitan lo mismo, inevitablemente por caminos que jamás antes había conocido. Ellas también son yo mismo.

Su respiración caía como una esponja de plomo sobre la almohada, y mi vértigo ya resbalaba veloz por la espalda hasta estrellarse en la rigidez de su cuello. El tabaco se asentaba en mis pulmones como un peso que arruga un globo de agua. No sostendría el tiempo necesario la erección, la deslicé entre sus piernas, danzó en el aire, sentí frío, y el contacto con el vello erizó su espina dorsal.

He asumido mis actos como míos. Me penetro, no respiro, duele el corazón herido, y continúo sumiso a una espiral interminable que de alguna manera aún me permite continuar con vida y total impunidad. Nadie castiga lo inmoral y abofeteo a mujeres sin nombre cuando no terminan el desayuno. Cada vez hay más altura entre mis ojos y el suelo, y con la edad esquivo mejor a los desconocidos. Padezco un vértigo terminal y no miro abajo porque prefiero ser cigarro que cenicero. Entonces bebo, bebo, bebo, pongo hielo, escupo, lleno el vaso, no saboreo, bebo, ingiero, digiero, no invito, estrangulo el cuello hasta que todas las distancias noto que han muerto, sueño ser un pene incapaz de adentrarme en ningún lugar, y en tal escenario, desquiciado, me aterro.

Vomité con delicadeza un leve soplido en la oreja que quedó al descubierto entre su pelo. La piel nerviosa absorbió el vino, vi una gota muerta en las sábanas, el ano engulló el resto, repetí, mis dedos rojos humedecieron, y con el mismo resultado, desenmascaré la ira, volqué la copa entre sus nalgas, chocó, se rompió, hubo sangre, lancé los añicos, escupí el cigarrillo, hundí los dedos de mis manos sujetándolos a los huesos de sus caderas, empujé, apenas penetré, insistí, gritó, grité, reí, chilló, empujé, y la sangre y el vino se mezclaron entre placer y dolor.

Hay bragas amarillas en el suelo y ninguna de las que compré con mi dinero cubrieron su cuerpo. Creo ser un hombre diminuto incapaz de ver más allá porque delante de mí se alinean lapiceros negros y amarillos, todos afilados y ensangrentados. Lapiceros enormes que pronto rodarán hacia mí. Los lapiceros me acuchillan, la muerte me envuelve y me abriga, me aplastan botellas que jamás beberé, y bajo ellas no veo pies, tan sólo descordinados bailes sin control. Me arrastro hasta estrellar mi cabeza en el tercer cajón. Allí guardo bolsas de droga impura entre los calcetines de rayas y las bragas amarillas. No soy yo, pero estoy exactamente ahí.

Después de mí.

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El aire y un click hacen temblar las trece sillas.

-Nunca me atrevo a conversar con la muerte.

-Por eso estás aquí.

-Por la penetración, la incomprensión, la desorientación, la adicción, la tristeza y la soberbia.

-¿Y el desamor?

-Eso es la incomprensión.

-Y todo lo que te sucede es real, no son sueños…

-¿Cuál es la diferencia? A veces sueño que estoy pensando, y siempre acabo descubriendo que soy capaz de hacer todo lo que pienso salvo una única.

Click, aire, click, aire, click, aire, click, aire, click y aire, click, aire. La pistola cae de entre mis dedos y suena pesada en la alfombra. Rendición sin motivo. La sonrisa vuelve a emerger entre la barba, y aprovecho el terror que aparece dando saltos como una rana enloquecida sobre sus cabezas para perder el tiempo entre sus rostros. Veo manos tapando los ojos, veo barbillas pegadas a los cuellos, veo lágrimas en los labios, veo pelos despeinados, veo dedos hundidos en los muslos, veo mi cuerpo en otros cuerpos, veo sus cuerpos incapaces de penetrar en el mío.

-Ahora que sabemos que no nos va a matar, -retoma el hombre de la corbata planchada- y tampoco quitarte la vida, ¿podríamos servirnos un té?

-Sí, el azúcar siempre es un gran alivio.

-Has utilizado la palabra única. ¿Cuál crees que ha sido el motivo?

-Lo sé. El motivo es su increíble parentesco con última.

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Ella era amarilla porque repetía sin descanso que el amarillo era la felicidad haciendo el amor con la locura. Ella quería volar en el agua mientras no permitía que sacara mi pene de su boca cuando me corría. Ella quería dormir en tostadas quemadas y embadurnarme el ano con mermelada de ciruela, quemar todos los televisores del planeta y desaparecer sin que nadie por ella preguntara. Ella quería ser única y coleccionaba llaves de tamaño diminuto en un mismo aro de metal, pero jamás halló la puerta que buscaba. Y en esa minúscula habitación de un céntrico hostal, sucedió, y sucedo a diario sin saber bien el motivo.

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Paseo despacio la mirada alrededor del círculo, descubro la inseguridad, las cabezas ahogándose en los zapatos, donde inexplicablemente parecen estar seguros. Solo él sostiene su firme posición, sujeta el timón, observa, y espera paciente un recoveco. Somos seres con un miedo aterrador a nosotros mismos. El miedo nace en uno mismo.

Nadie toma té. El sonido de los pasos apresurados marcando el hermoso ritmo de las escaleras. La música en los sonidos. El hombre aún mantiene sus nalgas pegadas a la silla, yo hundo los dedos debajo de mi pantalón vaquero, colocando ambos pulgares sobre mi cinturón de cuero, y al notar el pubis enraizado bajo los calzoncillos siento un cosquilleo y evidentemente es una erección. Podría levantarme, asumir la equivocación, e irme.

Lo hago.

Errar el tiempo restante de una forma desordenada, y si bien, constante. Dormir con desasosiego, deshacerme de él, aliviar la ausencia de sexo, y paciente, que el tiempo agote me sangre.

Lo he hecho ya.

He renunciado a un propósito ideal en estado de vómitos y diarrea con una aguja ensangrentada en el tobillo. Me añoro sucio e indefenso.

El revólver está frío, se hunde bajo el pantalón en el mismo relieve aún latente en mi piel, he de comprar el pan, ordenar las bragas amarillas que desparramé en el suelo de la cocina, desenroscar un par de calcetines y marcar los mismos diez números de teléfono. Hay colillas muertas alrededor de mi silla, hay sillas desnudas que penetraría otro día. Las bolsitas de té y los azucarillos han sobrevivido. Él afloja la corbata con los ojos en el brillo de sus zapatos. Mis pasos por los escalones entonan una melodía inacabada. Soy yo. Tengo treinta y dos años. Soy lo que sois.

Fotografía: Eikoh Hosoe

Mirándome

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Demuestra lo que nunca podrías decirme, entonces, nos olvidaremos de las bragas que te cuelgan del dedo. Demuestra y cierra la puerta. Con el tiempo haremos olvido de los detalles. Vivir es observar y hace demasiado tiempo que tú y yo no nos prestamos atención. Ni tu dedo ni las bragas. Me vendes sexo gratuito que detesto. Lo he utilizado, pero hoy, cuando escribo el verbo complacer me doy completo asco. Tanto asco que pisoteo su significado. Torturas mi estómago y me repugnas hasta incitarme más allá del vómito, porque el vómito sólo es un dulce batido de vainilla con pajitas de colores. Lo digo porque alguien debe poner en voz alta un sentimiento, y tú, ahí, desnuda, sucia, eres la mujer cobarde que nunca quise. Te quise como el sonido que no tenía y necesitaba. Te quise como la compañía de mi soledad. Por ello te mato. Nos morimos, nos acercamos placenteramente a la muerte, lo enseña la piel, pero aún siendo tan tarde, estoy convencido de que hoy es la hora perfecta para partir en dos la soledad.

A mí me duelen las orejas, y al respirar, aún le echo de menos. Me duelen las orejas del frío, como las rodillas. Le observo y ensucias lo que yo sólo veo con cada uno de tus gestos, libres, hinchados de hipocresía, danzando con infinitas clases de sonrisa. Basta ya de inventar sonrisas para la misma rutina. Curaré la herida y podrás decirme adiós. Me gusta la palabra adiós porque es una despedida definitiva. En alto, con claridad, mirándote a los ojos como te estoy mirando, adiós es valor. Saldaremos la deuda. Mi dolor por tu dolor. No tengo miedo a la sangre que calienta los dedos. Limpiaré el rastro y ambos poco a poco estaremos curados. También borraremos una a una las  gotas de semen que se perdieron inertes en el interior de tu vagina. Si quieres, si necesitas, ahora que has perdido el equilibrio, las bragas y has tirado los brazos bajo tus pechos, antes de que el frío te esconda por completo, olvida y corre desnuda por la playa, porque sé que aún, si buscas, tropezarás con la desesperación. Anoche dejé la puerta abierta. La desesperación en ti es un hombre; te lo traduzco porque reconozco ese gesto de desaprobación y desavenencia. Perteneces a ese colectivo de  personas que necesitan compañía; cualquiera. Eliges el sexo opuesto sin medir ni valorar el contenido. Es importante quién comparte un desayuno a tu lado. Yo quiero que mi taza tenga todo el espacio en esta mesa. He mentido demasiado tiempo. A ti porque, no a mí, porque yo sabía mi mentira. Te he utilizado como al destornillador del vecino. Hoy lo devuelvo porque ya no necesito apretar tornillos. Tal vez continúen sueltos, sin embargo, no me preocupan. Y lo admito y me culpo, pero despertar dormido en el suelo, sobre la delicia y rugosa fría madera, lejos de mi colchón, en el que a gritos me buscabas, ha sido la inyección. Pongo la voz para cortar el veneno que descontrolado nos embriaga. Lo curaremos de camino hacia el final. No nos queda más que desesperar. Desesperados, solos, seremos sinceramente más felices. Tenernos el uno al otro no es suficiente, es mentirnos. Prefiero el café de cada mañana pensando que no hay nada detrás de mi ventana, y todo al observar el mar.

Me sobran tres dientes pero hace días que no cuento si queda dinero. Tres dientes como las tres últimas décadas a tu lado. Al respirar, siempre sucede todo al respirar. El sexo es respirar. Quiero un poco más de café. No. Quiero whisky. Quiero un vaso de cristal sin hielos para sentir que este frío rinde debilidad ante mi cuerpo. Es temprano, Mariana, lo sé, pero necesito beber para soportar que tú y yo estamos sentados aún aquí, quietos, estáticos, tan temprano, en silencio, muriéndonos, sin tocarnos. Dúchate y ponte ropa. Un vestido rojo alegrará otros ojos. También tus ojos, que aparecen cada vez más hinchados, y ya no sé si llueve demasiado o guardas toda la mierda que no te atreves a decir cuando despiertas cada mañana. No saldrá el sol. Asume que la vida, a esta altura, es un paseo hacia la oscuridad, y aquí te estoy tendiendo el último camino. Haz la maleta. ¿Escuchas? Las ratas arañan la madera. Al oírlas sé que sus uñas serán mejor compañía. Echo de menos su música. Prefiero las ratas, sí. Las ratas comiendo queso en esta mesa mientras disfruto de las arrugas de la cama deshecha. Deseo ser dueño de lo que observo. La crueldad no son más que palabras que tratan de ayudarte a disfrutar del odio. ¿Escuchas? Amo el ruido de la lavadora cuando es intermitencia. Hoy yo tenderé la ropa mojada. Vete.

-¿Quieres un cigarrillo?

-No -respondí-. Quiero que no te vayas.

-A veces un disparo requiere ser devuelto, por eso creo que debo irme.

-Si hablas de dolor, que te vayas será lo más doloroso de mi vida.

-Aún somos jóvenes.

-¿Más café?

-He pensado que deberé comprar un abrigo largo y caro. Dicen que allí hace demasiado frío.

-Dos mil trescientos cincuenta y cinco.

-¿Grados?

-Kilómetros.

-¿Exactos?

-Lo busqué y encontré en un libro. Los libros tienen toda la información que nunca podrías imaginar.

-¿Más café? -Preguntó.

-Prefiero un beso tuyo.

-Voy a por más café.

Sus pies descalzos sobre la madera sonaban como una orquesta afinada al milímetro. No necesitaba un director porque él era cada instrumento. Su forma de caminar regulaba la nota precisa de cada músico; el ritmo, el volumen, la fuerza y suavidad, la aparición y desaparición de la sinfonía; cuerda o viento, o ambos, y de pronto, quieto, en aquel silencio, ponía cada poro de mi piel como la de una gallina desplumada sobre la madera de un carnicero antes de ser cortada en dos. ¡Zas! Eyaculaba la erección desnuda sobre el bajo de la mesa y no necesitaba limpiar mientras me sujetaba al respaldo de aquella silla. Observaba su figura como un cuadro, un lienzo; un retrato; inmóvil y eterno. Respirar tan invisible era vivir el amor de mi vida.

-¿Leche?

-Una gota, o dos, no más.

-Hoy hace un día maravilloso para que camináramos hasta la ciudad.

-Llueve.

-La lluvia deja un sonido increíble bajo los zapatos.

Sujetó la cafetera y no me miró. Volcó despacio, como si alguien le estuviera vigilando y no quisiera hacer ruido. Cuando regresó con las dos tazas de metal, de idéntico color blanco, pude adivinar lo que no quise decirme. Sin embargo, el pensamiento siempre lo utilicé de manera incontrolada. Cuando le veía caminar pensaba en sexo. En nuestra forma de sujetarnos como dos animales peleándose, luchando por su jerarquía. Imaginé esa forma salvaje de penetrarnos, sin medir el daño, tan dentro que a veces el placer robaba espacio al dolor y  llorar era morir en dos aullidos, sumergidos y desorientados por la palabra orgasmo. Gritarnos y querer destrozar aquella sujeción que bailaba ruidosa sobre la almohada. Empujábamos aquellos hierros cruzados de la cama y los golpeábamos rabiosos contra la pared.  Presionábamos y azotábamos con el único deseo de que la pared cayera. Chillar, morder y arañarnos, apresarnos los labios como si nuestros dientes fueran trampas afiladas de metal que cazan osos, y corrernos, explotarnos hasta atar nuestros cuerpos sobre el colchón; exhaustos, sólo era necesario respirar.

Amar es tan grande, que mirándome, asumo que he vivido muerto tras aquel adiós. Adiós no quería que fuera una despedida definitiva. Mañana, la cocina volvería a estar vacía.

El dolor es ausencia. No es dolor el cuchillo que hace dos horas me has clavado en la pierna. Ya no duele nada. No marea la sangre. Nunca más voy a tratar de sobrevivir. No necesito limpiar si la suciedad me gusta. Limpiar es a veces aparentar, como pasear cogidos del brazo y hablar por hablar. La vida debe curarme porque hay demasiadas heridas abiertas. ¿Observas? Hace semanas que sólo observo y al observar encuentro demasiado que no quiero ver. Sin embargo, sé que es importante observar. Miro a mi alrededor, a ti, a los objetos que te y nos rodean. Me miro mucho a mí. Mirándome he aprendido a descubrir lo que no me gusta de mí, y es tanto, que empiezo por eliminarte a ti. Es necesario observarse a uno mismo. Imagino mi día a día desde fuera de mí. ¿Lo has hecho alguna vez? Obsérvate ahora, despeinada, rabiosa, desmaquillada y llorosa, inquieta o nerviosa, gritona, y ante todo, desorientada porque no tienes ni puñetera idea dónde dormirás esta noche. No te duele el corazón, te duele la incertidumbre. ¿Te defino? Sí, lo haré. Si te veo, si te dibujara o tomara una foto, serías lo que eres, un trozo de piel rota que caerá en los sesenta sin más que un vaso de cristal entre los dedos en el que poder equilibrarte. Tienes mi necesidad y esa enfermedad nos ha mantenido aquí.

Me observo triste. Tan triste que no me soporto. No aspiro sonreír con tu ausencia. Aspiro a la sinceridad. Ser sincero conmigo es el principio de una verdad. No cambiará la realidad. Mi rostro es viejo, descolorido y quieto tras un cristal. Me observo así, quieto, en silencio, mirando algo que echo de menos. Echo de menos el tabaco encendido. Echo de menos caminar. Echo de menos sus pasos. Echo de menos el café en dos tazas y nada más. Echo de menos su bolígrafo con prisa sobre el papel. Echo de menos mis sonrisa. He olvidado y lo añoro, incongruente, pero cierto, el sexo de verdad, el que te mata porque tu cuerpo pesa más que la posibilidad de respirar. ¿Recuerdas esa manera de amar, Mariana? Echo de menos desnudarme y sentir que enfrente de mí tengo el cuerpo de un hombre. Él.

La ceguera de mi ojo izquierdo es una metáfora de mi vida. Muchos años leyendo libros que nunca supe escribir. Aspiré a inventar mis propias historias, y sin embargo, sólo he escrito cartas a alguien que desconozco dónde estará y que nunca envié. ¿Recuerdas su rostro serio? Amo la seriedad en la mirada, la doblez de la piel en la mejilla, la delgadez en la barbilla, la dureza de los labios y el silencio de su voz. He perdido el apetito como la velocidad del crecimiento de mi barba. He perdido la hermosura de las mejillas, y la muerte es la calavera devorando mi piel. Amo. Le amo. Amar es algo tan grande que morir es insignificante. Amo, aunque si miro atrás, no le veo, y sin embargo, mirándome, nunca desaparece de mí.

No olvides aquella caja roja, hay collares, pendientes y dos anillos. Mañana no quiero un solo rastro de mujer en esta casa.

No supe escribirte una carta y sin embargo guardo decenas en un cajón. Estuve sentado allí, en aquella esquina, nuestra esquina, durante meses, semanas que fueron meses, que fueron años. Maldije tu decisión cobarde una y otra vez hasta que la campana ponía el último trago. Al principio siempre tienes esperanza. Después asumí mentiras evidentes que el amor siempre disfraza. Las cubre con una sábana, como cubrimos los cadáveres sobre la carretera. Cubrimos los miedos, ¿verdad? Allí, en aquella esquina descubrí miedos y verdades entre las letras infinitas que escribía para ti. Palabras que decían lo que sentía sin alcanzar lo que de verdad sentía. Allí, en nuestra esquina. Bebía, vivía, mientras sonaban canciones que tú adorabas y yo nunca identifiqué. Amaba escribirte. Necesitaba beber. Creía importante aquella soledad. Dejé que la barba me creciera. Éramos jóvenes, ¿recuerdas? Compré sobres blancos. Algunos aún quedan vacíos. Al cerrarlos y esconder mis letras, todo lo escrito era una maldita mentira. Quizá por ese motivo descansan con tus señas en el cajón. Ni siquiera compré sellos. El último paso debió ser comprarlos, chuparlos y enviar cada carta. Atreverme al vacío de tu respuesta. O a tu respuesta. Sólo escribía y vivía en aquella esquina como la desesperación de sostener tu contacto.

Caminaba el andén. ¿Has escuchado el ruido de los trenes? No todos suenan igual. No sólo depende del modelo, sino del conductor o el número de pasajeros. Te imaginé tantas veces volver, y al final del día, al anochecer, siempre era el mismo recuerdo.

-¿Volveremos a vernos?

-Sí, por supuesto.

-Podría recorrer dos mil trescientos cincuenta y cinco kilómetros.

-Te llamaré en cuanto llegue, pero tú empieza a escribir, disfruta de tu tiempo, te lo mereces. Yo tardaré días en acostumbrarme a la ciudad, al trabajo…

-No habrá beso de despedida, ¿verdad?

-Lo hubo.

-Te amo.

Uno mira lo que desea más allá de la realidad. El andén tuvo un silencio, tuvo un vacío que yo jamás escuché ni miré.

Es la hora imperfecta, pero es la hora, Mariana. A veces nadie dicta los momentos en los que alguien escupe las palabras que rompen una vida. No mires la sangre, parará. El cuerpo humano es más inteligente que un cuchillo de cocina. El dolor poco a poco desaparece, y sólo te pido, que lo que guardas en esa maleta, por tu bien, lo tires. Cada objeto, llevará siempre una parte de mí. Nos hemos envenenado, y la cura de este veneno requiere tiempo, pero sobre todo, requiere matarnos.

-Te amo.

-¿Sabes el significado del verbo amar, Mariana?

-Sí… -Titubea desde el felpudo.

-No, no lo sabes. ¿Y sabes por qué?

-¿Por qué?

-Nadie podrá jamás poner las palabras exactas de su significado.

-Cúrate la herida, por favor.

-Adiós, Mariana.

Fotografía: Willy Ronis

Arrepentidos

Unknown

No sabe matarlo. Lo tiene invisible dentro de sus ojos, negros, y sentada con las rodillas desnudas, tan juntas, en la silla del comedor, cada mañana estira los brazos, los sostiene en el aire, guiña un ojo y raya los dientes a izquierda y derecha afinando la puntería. Remuerde, pero el gatillo, gris, frío e invisible queda siempre quieto. Aprieta la bata con la mano libre a la altura de su ombligo y ladea la cabeza.

-¿Qué haces?

-Nada, mamá.

-¿Cómo que nada? –Le mira con gesto gélido apurando el café- ¿A quién apuntas?

-Al cristal, ¿no lo ves?

-Hija…

-¿Qué?

-Busca un trabajo. Por favor. –Sacude su delantal que le ata la cintura y caen migas- ¿Más café?

-No, gracias, mamá.

-Friega cuando termines, por favor.

Ella cree que no se olvida la voz de una madre. Agria e irrepetible. Y sin embargo, ya no la oye. Es una ausencia en la presencia diaria de una cocina. Examina la sombra de su espalda cada día. Retornar es como reciclar, volver a utilizar lo usado. Siempre quedan posos de lo anterior. Mira, piensa, no olvida, y tras la lluvia, él no habla y sí continúa intacto e idéntico con los pies descalzos y hundidos sobre la madera, entre libros, a veinte metros, girando el cuello y sosteniendo la sonrisa. Continúa intacto en el equilibrio de una escalera, buscando la estantería. Intacto en el gesto de piernas cruzadas sobre una silla. Intacto en los zapatos negros o la camisa de cuadros. Intacto mordiéndose los dedos. Ella mira, mira, mira, mira y mira. Nada más. En la alargada oscuridad sólo hay un diminuto grano de luz. Y en él, él. Tal vez borroso, delgado, gordo o idéntico. Quizá llueva demasiado o fuera siempre así. Afuera la oscuridad es sólo un poco de frío. Fuera o dentro, él nunca tirita. Y huele como la imaginación, a un recuerdo. A veces nada más viste una chaqueta fina de algodón. Ella cierra los ojos, y le ve y bebe café solo con sus dos cucharadas de azúcar. Suyas, no de ella. Vuelve a sujetar el lapicero en su mano derecha, aprieta las rodillas más, pero él logra colarse entre sus piernas como dueño de su invención. Le muerde y excita. Intenta desaparecer por el techo y siempre le caza en el suelo. El techo es eliminar de la cabeza un pensamiento. Todavía no sabe borrarlo. No puede matarlo. Hay mil pasajeros a su alrededor, pero ella los aparta maleducada a tercos empujones y bofetadas para no perderle de vista. Tiempo, mucho tiempo y no le crece el pelo. E inesperadamente aparecen restos en un bolsillo. La última nota escrita jamás leída.

Ella gasta. Le gasta. Le está gastando. Le ha gastado tanto, que la precisión del trazo es dibujo abstracto. Ella dibuja, le dibuja, le está dibujando, le ha dibujado tanto en cada una de las hojas en blanco de su cuaderno, que no ve los retratos repetidos de esas páginas impares que nunca alcanzan la realidad de su recuerdo. Hunde la cabeza mientras agita la muñeca que amordaza el lapicero. Necesita diecisiete minutos. Después, insatisfecha avanza, arranca y las anillas siempre desgarran un hilo de papel. Lo desenreda y lo arruga hasta ser un ovillo desapercibido sobre la mesa de madera. Y cuando sorbe más café y muerde sin hambre una tostada, le quiere mirar un poco más, pero de pronto, ha desaparecido. Tampoco es él en el papel. Siente la necesidad de llegar a un final como si al final todo volviera a empezar.

-¿Sigues aquí?

-No. Hace tiempo que me fui. –Responde a su madre volviendo a dibujar.

-¿Por qué te gusta la oscuridad?

-La oscuridad dibuja sombras.

-La luz dibuja las sombras.

-La una necesita de la otra.

-¿Cómo el amor? –Él sujetó el cuaderno de ella y lo levantó por encima de su cabeza para observar desde otra perspectiva, con otro mismo color.

-El amor nunca está compensado.

-¿Qué quieres decir?

-Uno siempre ama más que otro. El amor es un balancín. –Dijo ella.- Sería muy difícil que dos personas se amaran en idéntico porcentaje. Tal vez imposible.

-¿Quién ama más de nosotros dos?

Bajó el cuaderno con suavidad y lo deslizó con lentitud hasta el fondo de la mesa, donde terminaba el desayuno, a la sombra. No dio un segundo de tregua a su mirada. A la derecha, como una fotografía, inmóvil, escondía que respiraba, aunque parpadeaba un perceptible movimiento en su nariz. Viva y sentada con las rodillas juntas ataba sus dedos al asa de una taza roja. Él deslizó su mano bordeando la pata de madera hasta posar y escarbar entre sus muslos desnudos. Ella sostuvo el gesto helado e incrédula, limpiando a toda prisa la metralla de aquellas palabras. La caricia le derramó una sonrisa.

-¿Observaste tu tostada? –Desvió empujando el plato verde que la sostenía.

-No.

-La curva roja de la mermelada en las esquinas es preciosa.

-Estás loca.

-¿No te gusta?

-Amo tu locura más de lo que tú la mía. –Con la mano libre hundió la cucharilla de metal y rebañó hasta cubrirla por completo de frambuesa- ¿Puedo?

-Mi piel es tuya –invitó ella.

Elena ama dibujar. Elena dibuja; dibujaba. Elena sentía miedo de las agujas del reloj y ha leído Momo infinitas veces. Elena cree que el tiempo necesita de la lectura y ésta debe huir del tiempo. En realidad, piensa que el tiempo nunca es un reloj. No lo es. La persiana levanta a las once, pero la exactitud de nada sirve. El tiempo tampoco requiere un calendario. Horario de lunes a viernes, y sin embargo, el azar es inexplicable y ha sellado los mejores y peores instantes de su vida; todos. El tiempo de Elena es cualquier vida en cambio constante, y a veces, por mucho que desee, nadie es hielo eternamente. El fuego, aún sin agua, siempre se apaga.

Elena ama dibujar. Elena no sintió miedo cuando caminó sin mirar atrás. Y ahora, le aterra adelante.

En la ducha le gusta desempañar el cristal con los dedos como un rastrillo que marca un camino en la arena mojada de la playa. Encarcelada en el reflejo del espejo, sonríe porque le ha crecido el pelo. El tiempo una vez más. El tiempo es una edad. El tiempo es un número. El tiempo le duele entre los brazos al ser tan pesado en la soledad. Desorientada, no sabe qué paso dar; tampoco cuál intentar. Cuando escucha la canción recuerda la oscura y fría habitación a su lado, recuerda las sábanas arrugadas en los dos lados de la cama, recuerda la luz de sus ojos poco después de gritar; la luz al despertar; recuerda la voz como una carcajada solitaria en el salón antes de morder la esquina de una cena más, y recuerda sin explicación, amar. Elena no entiende qué y cómo fue. Sí sabe quién. Y cuando baila en la habitación sonríe al creer que la puerta espera escuchar el timbre una vez más.

Mientras el cabello ondea a una corta distancia del secador, cubriendo su cara, y sin necesidad de una rendija para mirar, sus ojos caen en aquel salón. No desaparece uno solo de  sus gestos en el sofá. Cruzaba las piernas, retiraba el pelo de la frente y no decía frases largas. Sujeto, verbo y adjetivo. Poco más. Sencillo. Luego él le miraba, olvidaba pestañear, abría los ojos hasta arrugar la frente, y sin el carraspeo que aclara la voz, lanzaba el cuchillo directo al corazón. El tacto de sus labios es el beso que no  despega de su vida.

Guarda los arcos de las uñas en las palmas de las manos como líneas de futuro. Tararea la misma canción mientras cae la niebla en la ciudad. Tararea la  canción mientras el sol rompe la oscuridad. Él expande mermelada con una cucharilla pequeña que limpia sobre el pan tostado mientras ronca el café a su espalda. Guarda el cuchillo porque tiene miedo al filo. Guarda las tijeras porque tiene miedo al corte. Ella guarda las palabras en el estómago, o entre los dientes, prietos, porque si las canta tiene miedo. Porque si chilla rompe la calma de su piel, erizada por el frío. El frío es un recuerdo. Dobla las rodillas, luego las endereza, y cuando están rectas, busca un calzado, ve que sus piernas vuelven a nacer con los mismos  calcetines blancos de líneas rojas y negras, gordos, perfectos para sus pies helados. Estúpidos gestos. Hechos no deshechos. Caminar de madrugada fue Diciembre y descalzarse fue sexo por primera vez.

El gato mueve la puerta de su pequeño despacho y roza el lomo con la caja de cartón. Dos veces. Lo hace a la altura de la línea blanca y diagonal que une cabeza y cola. Queda junto a sus zapatos y ni siquiera levanta la cabeza cuando ronca aquella voz.

-¿Cuánto?

-Dos euros.

-¿Y si me llevo dos?

-Tres.

 -¿Y cuatro?

-Cinco.

-¿Sólo?

El hombre sujeta un título de Virginia Woolf entre los dedos, y ha clavado la mirada en una edición de relatos de Lewis Carrol. La luz está evidenciando el polvo, y pese a estar a media luz, Tomas puede divisar la galaxia de motas sobrevolando su nariz.

-Aproveche entonces…

-¿Cuándo es el último día?

-Mañana. –responde con el tacto de un libro de bolsillo escondido en su mano, doblado como un catalejo.

-Once -dice.

-¿Once? -Pregunta.

-Mañana a las once –aclara el señor peinándose el bigote con los dedos.

-¿Cómo dice?

Señala al cristal donde el trazo de unos dedos ha roto el vaho. -Lea en la ventana.

Despertaron desnudos, mirándose a los ojos, afinando la idéntica canción. Cerca del techo  había una ventana por la que apenas entraba luz. Ella siempre quiso una casa con un amplio ventanal por el que mirar. Aquel viejo local olía a libro nuevo, a cartón, a papel, a pintura, a mediar, y tras las cortinas, enseñaba una calle peatonal. Cerradas, apenas podía vislumbrar un hilo vertical de la ciudad.

-¿Mirar qué?

-La luz que quiero dibujar -respondió ella-. Gris.

-¿Y a mí?

-Tú eres imposible.

-¿Tan feo soy?

-No quiero caricaturas del corazón.

Elena sonreía con tanta amplitud como lo eran sus pechos. Ella, joven, demasiado, idealizaba porque la vida no tambaleaba sin realidad. Él se escondió con prisa bajo sus calzoncillos, abotonó una camisa de cuadros rojos y azules y observó las ojeras en un espejo.

-¿A qué hora abres?

-A las once -dijo mientras de un salto ocultaba sus piernas en los pantalones.

-¿Qué hora es?

-El pan de molde caducará más tarde -respondió sarcástico.

-Es tarde, entonces.

-¿Qué harás?

-Compraré mantequilla, quiero alimentarte y darle forma a tu cara.

-Siempre fui triángulo.

-Te prefiero círculo.

-Te amaré cuadrado. Siempre.

-Rectángulo.

-Estás loca.

-Lo sabemos.

Elena echó la manta sobre su cabeza hasta desaparecer. Él agitó el cepillo de dientes y escupió espuma blanca y sangre en un habitáculo que sostenía el lavabo. en él un oxidado espejo junto a un retrete. Caminó hasta el mostrador y buscó el reloj. Las once.

Cruza las piernas sobre la silla y observa como la niebla cae. Apenas la ardilla mordiendo la manzana logra darle un trazo nítido a sus pupilas. Siempre fue una portada preciosa. Tampoco la chimenea, que es un ladrillo tras otro mezclando humo y frío. En el silencio sólo un diálogo: Si te grito no escuchas, si susurro no lo oyes. Gloria ha sentado sus nalgas en la hierba. Cierra el libro y no logra disfrutar del silencio.

Cuando enrosca su bufanda al cuello oye llover porque su madre ha dejado abierta la ventana de su habitación. Cuando sostiene la mano en el bolsillo del abrigo y tiene la nota, recuerda el vacío de dos años, recuerda decepciones, dinero, desesperación y miedo. Pasa el dedo por el aire y dibuja un anzuelo, el que jamás le ha despegado de él.

Cuando recoge la última caja, Tomas calcula el tiempo para vender cada uno de los libros. No ve posible leer cada uno de ellos. Le duele el hombro derecho y apenas queda tinta en el rotulador. Decir ‘Ya está’ mientras pasa la mano por el cálido lomo de Ray ha supuesto un eco tan atronador que debe cerrar los ojos, respirar el polvo de la oscuridad, toser y tener una excusa menos triste por la que llorar. Tiene un mensaje de un amigo en el teléfono. Son demasiadas cajas y la verdad nunca todo puede desaparecer.

El autobús tan temprano recorre demasiado rápido la ciudad. Quiere un caramelo. El bolso le ofrece dos. Naranja y fresa.

Tomas quiere levantar la persiana, pero hoy ha engordado. Siempre dijo que la cambiaría, pero continúa ensordeciendo con idéntico ruido. Es hora de poner incontables letras sobre dos metros cuadrados de acera y esperar. Atrás, oscuridad.

Quiere que las calles le arrastren y romper su lenta velocidad, pero debe caminar. Quiere que sus zapatos no le arañen el dedo meñique, pero ya escuece. Aquella tarde fue la última vez que le miró, y él le correspondió. Aquella vez.

La persiana sube sólo un metro; ahí choca. Debe coger un hierro de color cobre que guarda tras la puerta e utilizar el esfuerzo. Cuando quiere empujar con rabia se le cae de los dedos y el metal explota sobre el suelo. Allí, sus rodillas juntas, desnudas.

Los adoquines están temblando bajo sus pies, ella balancea como si pisara un colchón de aire inestable y siente la necesidad de sujetarse para evitar el desequilibrio.

-¿Elena?

-Sí. -Musita.

-¿Zapatos rojos?

-Sí –responde sin agacharse para encontrarse la mirada-. ¿Abres?

-Cierro –dice.

-Son las once de la mañana.

-Nadie lee. Nadie compra libros. Cierro. –Aclara.

-¿Levantas la persiana?

-¿Para qué?

-¿Vernos?

-Podré esperar. El pan de molde caduca después de dos años, ¿verdad?

Ella baja las manos y las coloca en la base de persiana. El gesto le sorprende, pero Tomas reacciona. Se tocan, y de inmediato, como calambre, huyen. Las manos huelen a ella, y en la pelea han acercado sus cuerpos. Él tiene fuerza, quizá más, menos o idéntica. Amagan, intentan, sostienen. Ella introduce la mano en el bolsillo de la chaqueta, la tiende y atraviesa.

-¿La explicación?

-La luz de mi oscuridad -confiesa-. ¿No vas a levantarla?

-Por última vez.

-Te echo de menos.

-Elena.

-¿Sí?

-Te eché de menos.

Los desnudos

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No tenía una gota de aire en su cerebro diez segundos antes de eyacular. Había atado a su cuello una bolsa de plástico con un cinturón de cuero. Prieto, muy prieto, para que ni una rendija le permitiera respirar. En la acera, mientras, decenas de pies desnudos acompañados de sus uñas desiguales caminaban sin utilizar el paso de cebra para evitar caer la mirada. La ciudad tenía una hermosa hora punta en el reloj de la única Iglesia. Él, de rodillas, seguía sintiendo la penetración. Dura en su ano, intensa y salvaje, como un azote que duele, pesa y desea. En dos minutos necesitaría oxígeno para sobrevivir. Allí, detrás, sucumbía, sacudía como viento inesperado. Las yemas de sus dedos enrabietadas a los adoquines, rogando, los ojos hinchados como si la punta del prepucio fuera una bomba de aire, y en frente, siluetas inquietas emborronadas por el vaho. Bajo el plástico blanco de una marca de supermercados, el zumbido de una avispa como falso silencio. El aguijón perdería su cuerpo. El pene apretó con rabia, arañó el intestino y las dos erecciones explotaron. Él eyaculó dentro. Él sobre un envoltorio de plástico que el viento había arrastrado lentamente hasta el epicentro de aquella posición sexual. Después, diez segundos después, murió.

-¿Qué va a ser?

-Dos tomates, una lechuga, esa grandecita, un pimiento rojo y uno verde, los dos hermosos, por favor.

Retiró el pene lentamente de su culo, con suavidad, introdujo los dedos en su lengua, salivó y lo lavó con húmedas caricias. Desenroscó el cinturón de su cuello con idéntica calma, enroscándolo y desenroscándolo como una serpiente, para acto seguido atarlo a su cintura desnuda. Escondió el glande, soltó con cuidado sus manos de la cadera de la víctima y la dejó reposada en el suelo, boca abajo, con el cuello doblado hacia la calzada, por donde no circulaba un solo coche. Levantó sus rodillas del suelo, recogió tres monedas y examinó el cuerpo exhausto, muerto, al fin, feliz, y pegado a su semen.

-¿Se va a quedar ahí?

-Manolo, siempre quedan ahí. –Caminó hasta el mostrador de la frutería, recogió su cartera de cuero, guardó el dinero y volvió a mirar el cuerpo desnudo sobre la acera- Luego pasan a recogerlo. ¿Me pones una copa de vino?

-No gustará a toda la clientela. ¿Tinto o blanco?

-Está hermoso… ¡Míralo! El espectáculo incluye el cadáver.

-¿Te pongo éste, por ejemplo? –Sujetaba un pimiento rojo de casi dos palmos, brillante, levemente arrugado y con un aroma breve que escondía su grandeza en el primer corte a cuchillo.

-¡Es perfecto! -Sonrió-. Y la botella de ayer.

Manolo era un frutero educado. Toño era un profesional. Manolo le permitía utilizar su calle porque amaba la penetración. Toño hacía su trabajo en su puesto por las propinas. Diez minutos después la compra. Manolo tenía la mejor fruta de la ciudad. Toño tenía un cinturón.

-Es precioso. –Tartamudeó.

-Único, diría yo… -Dijo acariciando la hebilla de plata.

-Amo ver sus cuellos retorciéndose, aullando…

-Es… -Detuvo la lengua entre los dientes al observar que escuchaban, se sentó, observó la copa ya entre sus dedos, la lamió, la mordió como una caricia, la escondió y pidió- Ponme también dos puerros y un calabacín.

-¿Estos dos, por ejemplo?

-Sí, perfecto. Al menos, como sano. –Recogió su pene con la mano y lo acarició con la otra.

-Comes.

El frutero los pesó. Toño abrió la pequeña cartera de cuero que continuaba en el mostrador, extrajo un solo billete diminuto sin cambio y recogió la bolsa de plástico. Manolo salió, le abrazó, le besó en los labios, chocaron los penes y se despidieron. Mientras terminaba la copa de vino, el sol apenas había iluminado la mitad de la acera y el cuerpo descansaba en idéntica posición.

-Debes quitarte los pantalones. ¡Ahora!

-¡No quiero! –Chilló.

-No puedes ir así.

-¿Cómo?

-¡Escondiéndote!

Ni siquiera había dado un sorbo que descubriera la línea seca del cola cao en el vaso de cristal. De un salto se había bajado de la silla de madera, sonaron las patas metálicas, y creyó que tras ella todo le protegería. Apenas tenía quince años y en el calendario de la cocina de su tío podía leer en letras rojas y mayúsculas, el mes de Septiembre. Quince era el número marcado. Necesitaban dinero y Toño ya era un hombre para seguir escondiéndose. Tampoco le permitirían sentarse en el pupitre. En aquella ciudad nadie calzaba un calcetín.

-Me dolerán los pies.

-Los primeros días –respondió con agilidad su tío-. Después aprenderás a caminar. Se harán fuertes.

-Es pequeña.

-Es normal, -rebatió con ternura-. Verás que las hay más pequeñas.

-¿Y por qué?

-Es dinero, hijo. Es comer, es vivir, es ser.

Pataleó cuando aprovechó el descuido y su tío le había cazado el tobillo izquierdo. Le descalzó una de las zapatillas blancas con velcro. La ira de Toño, que explotó a llorar, le hizo doblar la rodilla para proteger su otro pie calzado. El gesto de su tío atacó, él repelió, y la suela clavó el dibujo en su nariz. La sangre no esperó, el crujido fue una repetición que repicó de manera interminable y ensordecedora. El plano corto de los dos, a un palmo, mudos, mirándose, le asfixió. Las gotas mancharon sus nalgas y las baldosas. Toño, culpable, se desnudó.

El porro tenía una luz idéntica al sol que Marta había vuelto a evitar borrar del lienzo lacio, que de pie, sobrevivía sin una minúscula grieta blanca ya que rellenar. El lapicero cruzaba incontables líneas grises y el único color era un disparo grueso de color amarillo en el vértice derecho. Podía entreverse un cuerpo de silueta oscura con una sombra afilada rompiendo el eterno campo de trigo recortado. En lo alto, observaban sentados sobre tres fardos de paja. El cuadro terminado era una pequeña ventana. La noche ya guiñaba la mirada. Toño se masturbaba. Marta fumaba.

-Antes se vestían –Murmuró ella.

-¿Cuándo? –Hundió con fuerza la mano derecha bajo su ombligo y apretó los dientes.

-Después de hacerlo.

-¿Follar?

-El amor, cielo, el amor. Retén el motivo por el que tú y yo no… -Dio una calada y le buscó de reojo- Límpiate, anda.

-¿Y dónde crees que estará?

-La compraron.

-¿Quiénes?

-Los ricos.

-¿Gente con dinero?

-Gente que no vive, pero vive, que siente, pero no siente.

-¿Vestidos?

-Se desnudan para ducharse.

-¿Sólo?

Marta asintió con una sonrisa mientras cruzaba sus largas piernas. Sus hermosos pies esquivaron la ceniza y compartió el último tiro.

-Yo aún tengo –confesó él.

-¿Ropa?

Respiró con fuerza y vació la colilla. Toño se dejó caer por completo y chocó contra el cielo. La aspereza arañó su espalda. Marta no le imitó.

-No –respondió-, ropa, no.

-Tu cinturón… –Miró con desaprobación a su ombligo.

-Mi vida.

-No volvamos a la ciudad. -Pidió sin volver la cabeza.

-Lo hago porque la gente quiere morirse y quiere su instante de felicidad.

-¿Por qué?

-Están tristes.

-Vomito demasiado cuando pienso en ti. –Se sinceró mirándole-. No me gusta, no me gustas. Siendo más idénticos que nunca, el ser humano sigue buscando una distinción. Nos despojan, nos empobrecen, nos asemejan, nos imposibilitan, nos encarcelan, nos matan, nos liberan en cierta manera porque nos borran y nos olvidan, porque no tenemos nada y nada les recuerda, y pudiendo ser iguales, elegimos buscar de alguna manera ser más que otros. Nos aferramos a una posibilidad para creernos superiores y rozar con la yema de los dedos, aunque sea un instante, aunque supongan nuestros ahorros, la cima de la base de nuestra imposible pirámide. Sin escrúpulos. Dejar nuestra huella. Y tu distinción, cielo, es nuestra rendición.

-Nunca alcanzaremos la cima.

-Pero pese a todo, -respiró profundamente- en ocasiones adoro tu pene erecto.

-¿Quieres comértelo?

-Ahora no, gracias. -Marta se giró y comenzó a bajar de la torre- Volvamos a la ciudad.

-Se hace de noche.

-La mejor hora para caminar.

Empujó la puerta con delicadeza y crujió. Había aparecido una carta bajo la puerta y Toño aún tenía la marca de la madera sobre la que dormía en la mejilla. Sin echarse agua en la cara, abandonó las cuatro paredes exactas con su ventana tapiada en la que vivía. Habían escrito la palabra dinero. Marta hacía tres horas que trabajaba en el transporte de piedras.

Acariciaba la hebilla pegado a un piano mientras masticaba despacio el inicio de una zanahoria. No podía saltar sus horarios alimenticios. Al otro lado, fuera, llovía y nadie osaba caminar. Tampoco se levantaban muchas casas en aquella dirección. Dentro, una lámpara de pie iluminaba el salón, al fondo, una chimenea apagada junto a cuatro sillas. La existencia de muebles en una casa le recordó a un pasado, cuando papá y mamá, de la mano, todavía no habían saltado por el balcón sin decirle adiós. Sonrió. Toño sabía que el motivo de su presencia allí era su asfixia. Imaginó dinero. Muchos billetes. Un sofá y un televisor, una ventana, quizá una cama, agua corriente, tal vez electricidad. Planeó una mudanza. Imaginó carne, pescado, una botella, emborracharse y un cinturón de cuero nuevo sin los ojales rajados. De pie, la reunión fue demasiado rápida.

Las notas venían del techo, pero no hubo tiempo de identificar la canción. Nadie se había sentado al piano. Quieto, miró con suavidad alrededor y tampoco sospechó de las sombras alargadas en los azulejos. Nunca detectó una sola respiración. Únicamente, mientras su corazón lentamente aceleraba el paso hasta acompañar la estridente canción, notó frío en la espalda, como el metal de un estetoscopio en el pecho. Tiritó, y cuando quiso mirar atrás, los dedos le sujetaron con fuerza del cinturón a la altura de las caderas, y una mano escondida, negra, sin piel, le cubrió los labios. No pudo revolverse, y el crujido evidenció el corte certero a la altura de sus nalgas. Sufrió un empujón, giró sobre sí, y aún temblándole las rodillas, con la vista empapada, les vio. A los dos cuerpos negros les iluminaba la lámpara de pie. Apenas dos ojos oscuros les identificaban. De la mano de uno de ellos colgaba el cinturón roto y aún enganchado a la hebilla.  Lentamente caminaron hacia la derecha, sin un ruido ni una palabra, sin un murmullo, sin aliento; sin demostrar respirar. Una puerta tornó lentamente, pasó la luz, entraron ellos, y a idéntica velocidad regresó a su posición. Sin él, Toño, sintió estar desnudo.

Apenas quedaba semen en su escroto. La bolsa de plástico era seis pequeños pedazos rotos y estrangulados en aquel tejado. De rodillas, acariciaba su cuello herido, que repetía con distinto trazo los latigazos de los intentos efímeros. No logró detener su respiración, la eyaculación desaparecía, y apenas quedaba hambre en su estómago. Apenas encontraba una arruga como motivo, una sonrisa como mentira. Revolvió impotente su único pensamiento, donde todo era eco; oscuro. Y al decidir el último paso, no supo enmudecer la duda. El trazo de aquellas cuatro letras cegaba mientras equilibraba sobre la última barandilla del balcón de un edificio vacío. El viento insistía en bailar, y en aquel vaivén recordó a su tío mascullando, “tus pies serán tu calzado, tu piel, tu abrigo”. Una nube quiso llover y la brisa enmudeció. Toño enumeraba las plantas y supo que tal vez, si saltaba, sobrevivía, que tal vez si lo hacía en el minuto incorrecto, un cuerpo apresurado detenía el paso y acolchaba su caída. No supo el tiempo, porque desde aquella altura el reloj de la iglesia le daba la espalda. El sol había perdido altura hasta acercarse más de un palmo al tejado rojo de la acera de enfrente. Echó de menos la voz de Marta, y en el aire, con las lágrimas en los ojos abiertos, vio como sus padres despegaban los pies de la barandilla y caían desnudos. Una y otra vez, y otra vez, sin llegar a tocar el suelo, como si la imagen hubiera quedado atascada en su cerebro con sólo ese minúsculo fragmento. Sin ninguna distinción, se rindieron.

Los pies doblados balancearon, la cabeza quedó hundida, los párpados derrotados, y Toño, cansado, descendió. De rodillas, con la nariz en el final de una espiral de forja, sonrió. Marta, desnuda, aún esperaba en la ciudad. Era la mejor hora para caminar.

Fotografía: Daniel Diez Crespo